Grito de gloria : 18

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Ya en el vivac, que estaba cerca del cañadón y de una isleta de sauquillos, Luis María notó muchas sombras que se movían por las inmediaciones, y que ora se acercaban al fogón o se alejaban, como vigilando. Cuaró andaba por allí, a pasos lentos, taciturno. Los «tapes» de Ismael en grupo, atizaban el fuego, volvían un asador con medio cordero ensartado, y cebaban «mate». Jefe y ayudante pusiéronse al abrigo bajo un «ranchejo» bastante espacioso para los dos.

Oribe, que conocía bien a la familia del joven patriota, y tenía de éste una idea elevada, solía explayarse con él sobre lo que interesaba a la causa, sintiéndose complacido ante los arranques de su entusiasmo y de su fe. Creía que aquel mozo era de un molde nada común por su carácter, la solidez de su criterio y la abnegación extrema que revelaba en las horas del peligro, y de este concepto partía para estimarle de veras y reposar tranquilo en su lealtad.

Explícase así la razón de aquella carga valerosa que en la tarde se llevó a los paulistas, cuando éstos hicieron a Berón prisionero.

Ahora, el comandante sentía una gran satisfacción; y recordando el episodio, decíale:

-Acaso hubiese V. deseado llegar al recinto aunque fuese en esa condición después de tanto tiempo que no ve a sus padres; pero nosotros no queríamos perder a tan excelente compañero.

-¡Gracias, mi comandante! -contestó Luis María-. Aquel anhelo, por ardiente que sea nunca igualaría al que tengo de contribuir con todo lo que soy al triunfo de nuestra causa.

-¡Ya lo sé!... Hemos de conseguirlo con la ayuda de los que así sienten, y del tiempo... Ya la obra va tomando forma. Seguimos recibiendo elementos de guerra; nuestra venida no podía ser de más provecho.

Sin embargo, una parte del plan ha fracasado.

-¿De qué se trataba, señor?

-De atraernos cierto contingente de tropa, en el que revistan algunos orientales. La imprudencia de un sargento descubrió la trama, sospechada antes sin duda por Lecor, a juzgar por lo ocurrido hoy. La salida de esa columna, su alto en el saladero, sus vacilaciones y su retirada en presencia de nuestro pequeño grupo, indican la desconfianza de sus propias fuerzas.

A pesar del incidente desgraciado de que hablo, está en nuestro interés el seguir fomentando la desmoralización en los cuerpos que defienden el recinto; siquiera sea para que el espíritu de nuestros amigos se levante, cuanto se relaje la disciplina del enemigo, y podamos conservar la superioridad adquirida.

-¿Y es posible hacer eso de un modo práctico?

-Todo consiste en disponer de dinero... Ya lo han dado en Buenos Aires; también algunos en Montevideo, y no sé hasta qué extremo nos sería lícito llegar en exigencias de esta naturaleza. Preciso es, no obstante... sin el dinero no se mueven moles.

-Así es -repuso Berón lentamente, como absorbido por algún cálculo mercantil-. Dinero... Es la fuerza motriz, ¡el secreto de vencer las resistencias sórdidas!

-No ignora V. -prosiguió el jefe- que estamos rodeados de peligros... En este mismo campo, hay de qué sospechar.

-¡Sí, comprendo!

-De ahí que redoblemos la vigilancia. Nuestra causa es como un buque entregado a vientos adversos.

Si el Brasil fuese vencido, habríamos alcanzado el puerto... para embicar enseguida en la anexión.

-Verdad.

-¿Y qué otro remedio?... La misma fuerza de las cosas así lo determina. Ya se está en las preliminares de la formación de una junta de gobierno y de la reunión de una asamblea que declare la independencia de la provincia y su incorporación a las del antiguo virreinato... La autonomía completa sin recatos ni compromisos, el país solo y libre, tal como lo soñamos los que mantenemos la lucha, es una ilusión hermosa que se desvanece a poco de medir el alcance de nuestro esfuerzo.

-Cierto, también pero quién sabe, comandante, si al fin de ésta que parece muy larga jornada, resulta que ninguno de los poderes rivales se quede con el cardo...

-Cardo es, y muy espinoso en efecto -replicó riéndose Oribe-. En este caso quedaríamos únicos dueños del terrón. ¿Quién podría negarnos ese derecho, después de regarlo una vez más con nuestra sangre? Pero no podemos saber lo que ha de ocurrir en definitiva... Tenemos por delante un campo que ha de sembrarse primero de combates, acaso de catástrofes; ¡nadie puede adivinarlo! Por el momento, nos preocupan las cosas pequeñas... esas que acompañan siempre a las grandes y las traban, sin que lo evite el más previsor.

-Piedras en el camino... La mano militar puede disminuir sus efectos, comandante.

-Se ha de hacer sentir cada vez que sea oportuno. La fuerza tiene su razón respetable cuando está al servicio del derecho. Estas rosas pequeñas a que me refiero tendrán su término...

-¡Lo creo, señor!

Y luego, como luchando con una preocupación dura y tenaz de su espíritu, Luis María, siguió diciendo en voz suave, pero llena de unción:

-El país solo y libre... ¿Quimera?... No hay duda que por ahora es un problema el de la independencia absoluta. Somos pocos y pobres; esos pocos, desangrados... ¡Pero cuántos sacrificios! Bien valían ellos una autonomía completa.

El país pequeño, población reducida, rivales poderosos que se lo disputan; todo eso es cierto. Sin embargo, mañana... Vea V., mi comandante. ¿hay aquí grandes riquezas inexplotadas, aparte del pastoreo y de otras industrias, que darían envidia a los más fuertes el día que salieran a la superficie?

¿No hay pasión por la tierra, lujo de valor y de heroísmo; no hay conciencia de lo que se anhela de un modo constante?... Yo he soñado alguna vez que esas riquezas eran descubiertas, que el país se henchía de vida, y que venían de otros lejanos a sus puertos numerosas gentes, que se esparcían luego a la orilla de sus ríos sin semejantes, sembrándola de ciudades orgullosas. Y veía en sus campos feraces, llenos de luz y de verdor eterno, treinta millones de toros; en sus canales escuadras enteras con todas las banderas del mundo; un mar de espigas y de viñas en sus vegas; emporio de comercio en sus playas admirables; solidaridad nacional, leyes justas, historia gloriosa, culto por los mártires y los héroes... Era mi sueño, no se ría V.; un sueño acaso de niño, la ilusión enardecida al calor de la sangre, exagerada por la fiebre de los grandes y queridos amores. ¡Yo bien sé que es sueño! Me halaga, por eso vive en mi memoria... Cuando V. me habló de cosas pequeñas; de esas ambiciones personales que se agitan, de esas felonías que se traman entre algunos que aceptan la lucha como un medio de primar, no pudiendo conjurarla o deprimirla por completo, he vuelto a la realidad y pensado en un porvenir de aventuras.

-Si todo lo que V. ha dicho es hermoso; ¡pero nada más! El encanto se desvanece con sólo pensar en lo incierto de nuestro destino. Y si del presente seguimos hablando, si concretamos hechos convendrá V. en que estamos muy lejos de ese ensueño patriótico. Parte de nuestros elementos responde a medias...

-Me consta, comandante. El brigadier Rivera ha tomado a pecho el papel que le obligan a desempeñar, seguirá en el movimiento mientras abrigue la esperanza del predominio por la jerarquía, y se saldrá de él cuando así se lo aconseje su interés. Está eso en su índole y en sus hábitos: será héroe si así lo quiere, o «matrero» taimado si se encona. Calderón conspira, aquí en este mismo campo sus dragones preparan cazoletas...

-No han de dar chispas las piedras -repuso Oribe con acento tranquilo-. Tenemos que esperar, un poco, horas tal vez. Pero... ¡estas son las cosas pequeñas! Para fortalecer la acción, se va a constituir un gobierno.

-Como se proyectó en tiempo de Artigas.

-Se va a elegir una asamblea, que designará delegados al congreso.

-La fórmula de Artigas, que fue repudiada.

-¿Qué quiere V. significar con eso?

-Que los medios son únicos y se repiten y que ahora se piensa como entonces por la ley de la necesidad. ¿Darán al presente mejores resultados? Nosotros los aceptaremos en nombre de la causa. Otros, quizás no...

-Es posible. ¡Habrá entonces que imponerse, para la suprema salvación!

En tanto así hablaban, la noche hacía camino. A altas horas la llovizna empezó a ceder y a aclararse un poco el cielo. Lucían algunas estrellas.

Luis María, que necesitaba de reposo, se despidió de su jefe, diciéndolo al irse:

-Voy a escribir a mi padre, apenas venga el día.

Aquel le oprimió en silencio la mano.

Berón se fue a su vivac.

Una vez a cubierto, descalzose las espuelas y se acostó vestido, echándose encima el «poncho» de paño.

No pudo dormir bien. Tenía dolorida una parte del cuerpo, la que sufrió el peso del caballo en la caída en la loma. Una especie de sopor invadió su cerebro durante largo rato; y aquello que no era vela ni sueño, reparó poco sus fuerzas, agitándolo en febriles pensamientos.

Divagó horas enteras su mente sobre temas confusos, en los que se entremezclaban los recuerdos de familia, el nombre de Natalia balbuceado varias veces por sus labios, la idea, de la fortuna que él nunca había acariciado con ardor en sus tristezas, unido al amor de la causa; los mirajes extraños de un presente lleno de peligros y de un porvenir preñado de tormentas. Sus pasiones cerebrales de consuno con el malestar físico lo hicieron sufrir, al punto de obligarle a abandonar el duro lecho antes del alba.

Arregló sus ropas ligeramente, fuese al cañadón, donde se lavó de un modo minucioso, y después de esto se sintió bien, despejado, ágil, dispuesto a los fuertes ejercicios de costumbre.

Volviose a su «rancho»; y allí tendido boca abajo, se puso a escribir, cuando ya se anunciaba serena la mañana.

Una carta era para sus padres; otra para Nata.

En la primera, tuvo el pulso firme, seguro; en la segunda, trémulo. Los afectos del hogar hablaron sin reservas; el amor, con miedo. ¡Qué lenguaje, sin embargo, lleno de sinceridad y de ternura!

Releyó, enmendó, volvió a escribir con una pluma oxidada que cogía a cada instante pelos; con una tinta resuelta en su frasquillo por el continuo vaivén del tubo de metal que lo encerraba; y en un papel tosco, moreno, como fabricado con corteza de «molle», y con tantas arrugas que parecía piel reseca de cabritillo.

Al fin concluyó; la encontró aceptable, doblola con cuidado y le puso cubierta, encerrándola luego bajo la de la otra, y después en el bolsillo más oculto de su casaquilla.

Sentía un grande alivio. Sus padres, Nata, sabrían de él. Tenía derecho a una contestación más pronta que antes, ahora que las distancias se habían acortado y que la comunicación era más fácil con el empleo de medios ingeniosos.

¡Cuánto anhelaba una respuesta! ¡Oh! su madre, que era tan buena, no podía haberlo olvidado; debía amarlo como en otro tiempo, cuando a la menor dolencia acudía solícita y le curaba con sus besos más que con las drogas, haciéndole creer que eran así todos los amores -acendrados, profundos, perdurables...



Grito de gloria de Eduardo Acevedo Díaz

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