Grito de gloria : 19

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda


Salía, con ánimo de aproximarse al fogón de Ismael, cuando el teniente Cuaró se presentó a caballo, y sin apearse, díjole:

-Te convido a venir conmigo a visitar las guardias... Por allá tomaremos «mate». Puede ser que al pasito y a lo zorrino, entreveraos con los ñanduces nos pongamos a tiro de pistola de los muros para bichear. ¿No te gusta, hermano?...

-Sí me agrada, teniente. Pero antes tengo que ir a recibir, órdenes del jefe.

-No tenés que hacerlo. Él acaba de montar, y no sé donde va. Me dijo que te convidase a vigilar las avanzadas.

-¡Entonces, vamos!

Montó a caballo al momento, y partieron.

Ya fuera de vivacs, pasaron lejos el cañadón en una de sus curvas hacia el este, traspusieron un pequeño llano y una «cuchilla» y bajaron al trote a la planicie arenosa en donde brotan diversos manantiales que dan alimento a un estero lleno de cortaderas y totoras.

El sol se levantaba algunas líneas sobre el horizonte bañándolos de frente con una luz sin ardor que arrancaba reflejos pálidos a las infinitas gotas de la llovizna de la noche, colgantes de los cardos y de las «chilcas». En el campo, muy herboso, veíase dispersa una «caballada» de la tropa; más lejos dos o tres carretones con sus pértigos en tierra; y junto a ellos otras tantas mujeres que atizaban fuegos hechos con troncos de un saúco; a la izquierda un «rancho» sobre una aspereza del terreno, en plano inclinado, como enorme terrón que parecía desplomarse al valle; al lado opuesto, un corral de palos a pique unidos; detrás de una sucesión de lomas, la línea azulada del «mar dulce» donde busca su confluencia con el océano.

Los dos jinetes, sin salir del trote, llegaron pronto hasta el sitio de los carretones.

Notando Luis María qua uno era de víveres, echó recién de menos su bolsica con monedas, que los «mamelucos» le habían arrebatado en los cortos instantes que estuvo prisionero.

Pero Cuaró le dijo que no se diese cuidado por eso.

Una de aquellas mujeres vestía de «bombacha» gris y «poncho» de paño burdo, un sombrero de paja gruesa con barboquejo, bajo el cual se alcanzaba a ver un pañuelo a cuadros amarillos y rojos con que ceñía bien al casco la cabellera. Estaba descalza, y eran sus pies pequeños, regordetes y duros poco sensibles a la escarcha y a las breñas, a juzgar por la rapidez con que iba y venía transportando leña.

Otra llevaba chiripá a listas, perfectamente aliñado, medias de lana cruda y encima botas de piel de puma con su pelaje dorado. Una blusa larga le resguardaba el tronco, plegada por un cinturón de soldado de cuero negro con hebilla de bronce, a más de un vichará a bandas blanquinegras cruzado por el hombro, y cuyos extremos ceñía un «tiento» sobre la cadera izquierda.

El cabello formábale fleco muy negro sobre la frente y sienes, aumentando su largo en gradación hasta la nuca, donde caía lacio, abundoso y brillante como el de un mocetón cambujo. Sin duda había sido cortado a cuchillo y sin ningún esmero, pues uno que otro mechón le caía largo, ya sobre la mejilla redonda y carnuda, ya más abajo de la oreja chica y muy plegada al cráneo. Un sombrero de panza de burro, colgado a la espalda por el barboquejo puesto a modo de collar, y un pañuelo de algodón cruzado a la garganta, completaban la vestimenta de esta bizarra moza, que no cifraba en los veinticinco años.

Tenía los ojos color del pelo, las caderas amplias, las manos cortas, macizos los brazos, la boca de labios hinchados y encendidos, un lunar oscuro en la barba, el aire desenvuelto y atrevido.

Veíasele detrás de la oreja un medio cigarro de hoja de Bahía, a manera de cañoncito en su cureña, y en el pliegue del pañuelo dos flores de junquillo de una fragancia sutil y capitosa.

Fue ella la primera en venir al encuentro de los jinetes, acercándose al teniente con desenfado.

Cuaró se sonrió, y guiñó el ojo a Luis María. Enseguida dijo:

-Esta es una güena muchacha, de apelativo Jacinta, muy amiga mía.

Ella miró de lado, algo torcida a Berón con gesto de curiosidad; y luego se cogió con una mano del «fiador» del caballo de Cuaró, diciendo con una voz ronquilla:

-Apéate, indio... Hay mate y galleta.

-Al forastero se le brinda -repuso Cuaró-. ¡Te presiento al ayudante María!

Berón no pudo menos de reír. Nunca había logrado que su compañero lo designase por su verdadero nombre de pila. Cuaró se había aferrado al término medio: lo llamaba simplemente. María.

Jacinta se volvió, siempre a medias, hacia el joven, lanzole de nuevo una ojeada vivaz, y contestó:

-Tanto gusto, en conocerlo... ¿Por qué no se baja?

Manee el tostao, y alléguese, que para todos alcanza.

-Sí. Vamos a bajar un ratito a despuntar el vicio -dijo Cuaró.

-Es que pueden merendar un poco... el ruego está lindo, la caldera caliente. Aura verán que les arreglo una tortilla.

Mientras ellos se sentaban sobre dos cueros de carnero al lado del fogón, Jacinta se fue y regresó pronto con un huevo de avestruz que venía horadando en el casquete cónico con el mango del cuchillo.

La otra mujer, de ojos verdosos y una nariz llena, de pecas grises como si un montón de avispas la hubiesen picado, seca, adusta, de muy pocas palabras, cebaba el «mate» pasándolo por turno a los visitantes.

Jacinta puso el huevo al rescoldo, echándolo por la abertura algunos granos de sal gruesa y briznas de una hierbilla verdinegra que traía junto con el saquillo de la sal y, en tanto preparaba un palito para revolver la clara y la yema a fin de que con el calor no se hiciesen un engrudo, decía contenta:

-Desimulen que no les obsequee más que este güevo de ñandú, porque no han traído carne todavía. Ya verán que sabe bien y es cuasi mejor que el de pato y el de ganso cocinao asina...

Y como empezar a crujir la cáscara al ardor de la leña, se apuraba en agitar la varita como un molinillo, levantando la punta hacia arriba para dar lugar a la cocción lenta.

Después, contemplando a Luis María con el rabillo del ojo destellante, y un aire picaresco, añadía frunciendo los rojos labios:

-Conque este mozo se llama María... Ya se ve que no ha sido criao a monte, ¡por la estampa! ¡Demontre de brasas! Se quieren untar de güevo. Pero se ha de asar al antojo, por lo mesmo. Agapita: ¡arrempujá ese tronco a aquel costao, mujer, que no parece sino que te han metido una estaca en la boca!

-¡Hum! -replicó la aludida, agria y chúcara-. ¿Para qué querés acollararme? Con tu labia basta...

Y desparramó las ramas con los dedos.

Luis María observaba atento la escena, los tipos de las dos mujeres, sus vestidos varoniles y especialmente aquellas botas de cuero de puma con color que cubrían hasta la mitad las bien torneadas piernas de Jacinta.

Esta, por su parte, solía mirar al joven cuando él se quedaba como absorbido en una preocupación, y luego a Cuaró con los ojos muy abiertos. Acaso comparaba; tal vez la llenaba de extrañeza aquella cabeza rubia de finos perfiles asentada con energía en un tronco de hombre fuerte en un albor de juventud. Sin duda: no era «criao a monte». Por lo mismo, podía ser de aquellos a quienes voltea de un salto el caballo, cuando vuela de pronto una perdiz.

-Calláte -murmuró Jacinta, muy empeñada en su obra, después de un momento de silencio-. Voy a servir a los hombres esta tortilla... Pueden comerla sin recelo, porque el güevo es fresco, de una nidada que encontré ayer de tardecita junto al bañao. Vaya, mozo. Ya tiene salmuera.

Y lo puso entre dos leños, al alcance de Luis María y de Cuaró.

-Lindo está -dijo el teniente-. Acarreá galleta, Jacinta.

-Ya truje.

Y sacó dos de un bolsillo de la blusa, duras como piedras y ornadas de un ribete de verdín.

Ellos las encontraron, sin embargo, muy sabrosas, al igual de la tortilla confeccionada dentro de la misma cáscara.

Concluida la merienda, Luis María declaró que se había desayunado como un canónigo y que Jacinta entendía bien las reglas del arte; -lo que dejó a oscuras a la moza, y en ellas se hubiese agitado un buen rato, si Cuaró no la habla con su calma inalterable en estos términos:

-Alcanzá el «chifle», china, para remojar.

Jacinta se apresuró a extraer del seno, debajo del «vichará», un medio cuerno de buey lleno de anís, provisto de un corcho en la embocadura.

Cogiolo el teniente, y se lo puso destapado cerca de la boca a Luis María, quien sin escrúpulos sorbió un trago.

Enseguida él se lo empinó, trasegando sin ruido. Limpiose los labios, y devolvió a Jacinta el «chifle» con un visaje.

-No es tan juerte -dijo ella, echándose un traguillo, y pasando el cuerno a Agapita.

-Orejano ha de ser -repuso Cuaró.

-¡Si es de tu marca, indio!

El teniente se echó a reír.

Levantose desperezándose con los brazos en alto, dio un brinco con las piernas tiesas, y luego, a pretexto de seguir desentumeciéndose, pusose de un saltito junto a Jacinta y le hizo cosquillas en el seno.

-Sacá esos dedos -dijo la moza toda llena de risa nerviosa-. Parecen nudos de «tacuara»... ¡indio!

Cuaró pellizco un instante concienzudamente; y revistiéndose de formalidad después, dirigiose a Jacinta en estos términos:

-Mirá, amiga: vas a tratar siempre muy a su gusto al ayudante, porque es mi compañero, un mozo de alma que vale, aunque yo le lave la cara asina a boca de jarro.

-¡La tiene bien limpia! -exclamó Jacinta, contemplando a Berón con un aire humilde-. He de servirlo en lo que mande...

     Luis María, que estaba serio, agradeció todo; y como se dispusiera a la marcha, saludó a Jacinta, diciéndole que no olvidaría su agasajo.

Agapita, amorrada, siguió junto al fogón quieta, tomando «mate aguachento» hasta hacer sonar la «bombilla».

Ya sobre los lomos, Cuaró saludola así, calmoso:

-¡Adiosito, «tambeyuá»!...

     Como si la hubiesen hincado en la nuca, Agapita se irguió colérica, contestando:

-¡Mirá el «quirquincho»!... Andá, zafao.

El teniente picó espuelas riéndose, al punto de echarse una y dos veces sobre el cuello de su montura.

Era la suya una risa de niño, tan espontánea o ingenua, que Berón no pudo menos que admirar aquel organismo poderoso, tan imponente en la lucha, tan sencillo en los efectos.

Y acabando de reír, dijo Cuaró:

-Las dos muchachas son muy güenas...

     Jacinta se le juyó a Frutos, y aura no más, no quiere cabrestearle a Calderón que al ñudo la anda requebrando. Es muy de a caballo, y guapa cuando pinta.

-¡Ya me figuro!

Caminaban por una loma desierta, en dirección a la plaza.

A un flanco, como a media milla, cerca de un edificio arruinado, distinguíase un grupo de hombres y caballos. Los primeros estaban reunidos a un gran fuego que lanzaba vertical una larga humareda. Varias lanzas con banderolas se veían clavadas en redor, como enormes y derechos tallos de caña con sus penachos de hojas puntiagudas en desfleco.

Cuaró extendió el brazo hacia el grupo, murmurando casi entre dientes:

-La guardia del capitán Meléndez y el alférez Piquemán...

     -Spikermann será, teniente -observó Luis María, sonriéndose.

Cuaró encogió un hombro, replicando:

-Lo mesmo es.

Al lado opuesto, pero más lejos, divisábase otro grupo próximo a un «ombú» que alzaba su redonda copa sobre las colinas dominando el campo a gran distancia.

-¡Lindo bichadero! -exclamó el teniente. A lo pájaro se columbran de arriba hasta los buques.

Es la guardia del capitán Sierra.

En la zona del frente, a más de una milla, movíanse algunos hombres a caballo. Algo adelante, lucían como fugaces relámpagos y oíanse después detonaciones aisladas, que eran disparos de carabinas.

-La avanzada del Capitán Manuel -dijo Cuaró-. Y enderezó el caballo hacia la costa, guiando a su compañero.

Luego, moderando el trote ante las rugosidades del terreno, volvió a tomar el rumbo del recinto fortificado.

Las lomas a la derecha reducían en extremo el campo de la visual; a la izquierda se extendía la playa llena de rumores con su oleaje de ligeras espumas.

Sobre las aguas de un azul sombrío, vagaban las gaviotas de pico negro y pinzas rojas en desfilada mojando el extremo de sus alas.

A lo largo de la costa se sucedían en serie los grandes peñascos con sus trechos de explanadas arenosas, y entre esos riscos y las colinas corría un sendero culebrino escondiéndose tan pronto detrás de las piedras y malezas, como enseñando en las alturas su huella angosta y amarillenta.

Los dos jinetes precipitaron la marcha por ahí, avanzando mucho terreno.

Luego repecharon una cuesta, deteniéndose en lo alto, para inspeccionar con una mirada atenta los contornos.

Habían dejado detrás las guerrillas, hacia el costado derecho.

Cerca de una milla delante descubríase el cinturón de granito que rodeaba a la plaza, con su gran broche de baluartes a tenaza y ángulos flanqueados, llenos de cañones; el campanario de la iglesia matriz y su cruceta de hierro; uno que otro mirador disperso con sus tejados verdinegros a modo de palomares, y el casquete del cerro en el fondo, como el morrión de un coloso.

A poca distancia de los jinetes, en un vallecico muy verde, veíanse diseminadas con sus bocas a flor de tierra varias «cachimbas» de aguas quietas y transparentes, al punto de divisarse los guijarros y las arenillas del álveo como a través de un vidrio color topacio.

En dos de esas «cachimbas», echadas de bruces, lavaban ropa dos negras viejas con sus cabezas bien envueltas en pañuelos de algodón unidos por los extremos en la mollera.

Sin perjuicio de restregar las ropas sobre una tabla que formaba como el diámetro de aquellas bocas circulares, sorbían, y devolvían por sus anchas fosas nasales el grueso humo de unas pipas de yeso, bien repletas de tabaco negro.

Las dos conversaban con mucho calor, cuando la aparición de los jinetes las dejó en suspenso.

Abandonaron por un momento la tarea, sentáronse sobre los talones, y miraron retirando de los labios los «cachimbos».

A poco de observar con grave atención a los recién venidos, una de ellas se persignó lentamente y uniendo luego las dos manos, exclamó llena de asombro:

-¡Ave María purísima!...

-Sin pecao concebida -gruñó la otra.

-¡Si me parece el niño Luis, que estoy mirando, por Dios Santo!

Berón contemplaba en ese instante a Montevideo; y de tal modo tenía allí puesto los ojos cual si buscase por encima de los muros en las más altas azoteas, alguna sombra amada, que las voces del llano no llegaron a su oído; ni llegado hubieran, si el teniente no le previene que una de aquellas lavanderas le hacía señas.

La negra empezó a hablar en voz tan alta, poniéndose de pie, que Luis María no tuvo que hacer grande esfuerzo para reconocerla.

Experimentó una emoción de alegría, que no puso empeño en dominar, bajando a gran trote la cuesta.

-¡El mismo soy, mama Nerea! -dijo con acento cariñoso-. ¡Qué suerte el encontrarla!... Va a hacerme V. un servicio señalado cuando yo creía imposible el medio de salir del paso. ¡Vea V.! Aquí tengo dos cartas que ansío mucho lleguen a su destino, pues son para personas queridas que acaso se acuerden de mí... ¿Ha visto V. a mis padres, Nerea?

-Sí, niño; están buenos... ¡Virgen bendita! Mírenlo como viene de quemao. ¡El servicio que quiera, aunque me afusilen!... El ama va a tener un gusto como nunca así que le cuente esto que me está pasando. ¡Quién lo diría, niño!

-Así es. Pero ahora, Nerea, el tiempo es corto; tenemos que regresar, y pídole me escuche. ¿Cómo va a llevar V. estas cartas? Yo temo mucho que se apoderen de ellas.

La negra se calló de súbito con gesto muy serio, y púsose a mirar a todos lados como si buscase un medio de solución.

Y poniéndose un dedo en la boca, dijo luego, bajito:

-¡Démelas, niño; yo sé!... Todos los días entramos y salimos por un portillo en la muralla donde hay poca vigilancia. Registran ahora, pero una nadita... A las negras viejas nos dejan pasar sin poner mucho el ojo, como que lavamos ropa de los oficiales. ¡Ya verá, niño! ya verá, su mercé...

Esto diciendo, Nerea se desataba, el pañuelo de algodón que ceñía su cabeza, un cráneo achatado en el frontal y saliente en el occipucio, cubierto en parte por «motas» blancas tan nutridas aún, que bien podían ocultarse dos cartas debajo del vellón.

Luis María comprendió; y haciendo con su correspondencia varios dobleces hasta reducirla al mínimum del volumen posible, la introdujo entre las «motas», de manera que no se descubriera a simple vista el engaño.

-¡Ahí está! -exclamó la negra pasándose una y dos ocasiones la callosa mano por el cráneo, subdividido en isletas y ranuras-. Ahora se aprieta fuerte el pañuelo en muchas vueltas y se ata en el medio... ¿A que ningún «mameluco» encuentra la güeva, niño?

-Así ha de ser, Nerea.

-Ya no hay más que irse, si su mercé no tiene otra cosa que mandar... Enjuago esa camisa que está ahí sobre el tablón, ato la ropa seca; guardo el jabón y el añil con todo lo demás, allí en ese «rancho» viejo de mi comadre Guma; me pongo el bulto en la cabeza, ¡y adiosito!... En un ave maría estoy en el pueblo, niño; y en una señal de la cruz en casa del ama junto que llegue la oración. ¡Por la virgen purísima! ¡Qué cosas me están pasando, bendito sea el Señor!

Y la negra, toda nerviosa, púsose a arrollar las ropas, dejando caer el «cachimbo»; en tanto Cuaró, inmóvil en la lonja, decía a su compañero:

-Es güeno volver, hermano. Ya comienzan a alborotarse los que están en el saladero de adelante, y nos van a cortar.

-Cuando guste. Adiós, Nerea...

-Que la virgen lo ayude a su mercé... ¡Pronto, niño, mire que estos «mamelucos» no son de fiar!

Ya Berón no lo escuchaba, pues había traspuesto con Cuaró la loma, y descendía al sendero de la playa.

Todavía Cuaró escaló la altura una vez más y al bajar dijo:

-Una partida grande corre para el campamento, a media rienda. ¡Vamos a emparejar!

Y arrancaron a toda brida.

En efecto, un grupo numeroso de jinetes se dirigían al campo de Oribe; pero no se oía un grito, y habían cesado las detonaciones.



Grito de gloria de Eduardo Acevedo Díaz

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV - XXXV - XXXVI - XXXVII