Grito de gloria : 21

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Un viernes por la noche la helada cubrió los campos, que iluminaba la luna a través de un espacio de limpidez admirable.

El suelo blanqueaba en toda su extensión visible, desapareciendo bajo el manto de hielo el verde vivo de las hierbas y la negrura del lodo en los pantanos. De los arbustos semi-hojosos colgaban los gajos bajo el peso de una costra de cristales, y los que ya estaban desnudos parecían envueltos en redajas de frágiles hilos. El aire lastimaba al rozar las carnes como un latigazo finísimo, y de ahí los encogimientos y crispaciones de los caballos que, sujetos a la «estaca», permanecían con las cabezas quietas y las colas entre remos, sin triscar los pastos. En el «cañadón» la rata de agua solía cruzar el cauce en compañía de los patos silbones.

Algunas brasas brillaban en los vivacs, restos de fuegos encendidos con gruesos troncos traídos del monte de Carrasco de tiro a la cincha. Pero, ya no se veía sino uno que otro bulto de distancia en distancia junto a las cenizas ardientes, sin duda de centinelas perdidas que vigilaban las cercanas lomas. Pasada era media noche. Una hora haría apenas que Luis María se había recogido a su tienda de ramas de sauce y tolda, endurecidas por el hielo. Estaba recostado, fumando. Cerca de la entrada había ardido un buen fogón, del que se conservaban algunos enormes tizones. Ráfagas tibias se introducían a intervalos en aquel refugio, sólo para hacer sentir con mayor intensidad la crudeza del frío que se colaba por los intersticios vivo y sutil.

No parecía, sin embargo, muy mortificado, pues se mantenía inmóvil, envuelto en su «poncho». Acaso existía mucho ardor en su mente, tanto como vigor en sus músculos. Pero, el hecho es que, en cierto momento, llamole la atención un ruido leve de pasos a espaldas de su vivienda.

Leve era, en efecto, ese ruido; el que pudiesen producir las zarpas enguantadas de un tigrino al sentarse sobre la capa helada.

Se incorporó para escuchar mejor y cerciorarse, antes de abandonar su escondrijo inútilmente.

Por un instante cesó el rumor de las pisadas. Pero luego volvió a sentirse, ora lejos, ya cerca, hasta que resonó a la entrada, al mismo tiempo que se proyectaba delante una sombra.

-¡Soy yo, ayudante María! -murmuró una voz de mujer. Tengo que hablarle ahí adentro, que no oigan...

El joven, que había reconocido a la que hablaba, le hizo lugar, diciendo con alguna sorpresa:

-¡Entra V., Jacinta! La habitación es bastante estrecha, pero yo me haré lo más pequeño posible...

-No le hace. Aonde quiera me acomodo sin petardear.

Y se entró en cuatro manos, tendiéndose al lado de Luis María.

-¿Qué ocurre, Jacinta? ¿Ya tenemos a la emisaria?

-Sí, por eso he venido... Manée el malacara por no alborotar.

-Entonces es preciso avisar de lo que pasa al comandante...

-¡No! Él ya jué, y está calentándose en el fogón junto a los carretones. También hay tropa con el capitán Mael y el indio.

-¿Y la mujer emisaria?

-El comandante le sacó los papeles que traía debajo de la bata, y la puso presa en un carretón. ¡Está enojao!

-Me imagino. ¡Ahora mismo voy hasta allá, Jacinta!

-No, no vaya... Él dijo que no había que mover nada del campo hasta que no raye el día; que todo estaba siguro, y que quería tener el gusto de desarmar él mesmo al cordobés cuando se pusiese a churrasquear en su fogón. Ha mandao que naide deje los «ranchos», sino a hora de siempre... La gente que está en el «playo» vino de la guardia del ombú, y la hizo apearse hasta la mañanita.

Luis María notó que Jacinta venía inquieta; que algunos de sus estremecimientos frecuentes no eran causados quizás por el frío, pues en ciertos momentos parecía sufrir sobresaltos, incorporándose de súbito al menor ruido que se produjese en las proximidades del vivac.

En una de esas veces, se arrastró sobra sus rodillas y asomó la cabeza, poniendo el oído con atención.

Luego, al recogerse, se acercó bien al joven con la cara ardiendo a pesar del cierzo, y le preguntó:

-¿Tiene V. las armas a mano?

-Sí, están junto a mí, prontas. ¿Porqué esa pregunta, Jacinta?

-¡Oh, nada! Es bueno siempre. Mire: yo truje esta daga por si acaso. Hay «malevos» en el campo y puede antojárseles venir hasta aquí.

-No tenga cuidado por eso, que yo los recibiría como merecen -dijo Berón con lentitud, como si se diera cuenta de aquellos misterios-. Pero si Calderón se subleva no veo que le asista tan grande interés en sacrificar a un hombre que poco o nada significa; a no ser que tenga por lujo derramar sangre...

Jacinta lo miró de un modo intenso, murmurando bajito:

-No crea; ¡yo sé!... El cabo Mateo me preguntó anoche si yo conocía a un mozo alto, muy airoso, que era ayudante de Oribe, de apelativo... y si yo sabía donde hacia noche, si tenía fogón aparte, y en qué lugar del campamento... Le contesté que no conocía a naide de esa pinta. Pero yo caí en el ardite, y entré a averiguar haciéndome la poco alvertida para cuándo era el golpe; y me dijo que de esta noche a mañana con el alba, que no estaba en lo firme, porque tenían que salir tropas de la plaza... Entonces pregunté por qué iban a matar aquel mozo, si él no era jefe. Respondió, que había orden de adentro de no dejarlo con vida...

-¡Ah! ¿No añadió de quién podía venir esa orden?

-No dijo más nada. V. ha de saber.

Luis María se sonrió con tranquilidad.

-No adivino, Jacinta. ¡En verdad que es raro! De todos modos, mucho tengo que agradecerle este servicio, que me precave de una sorpresa.

Ella volvió a experimentar un sobresalto en ese instante, y sin desplegar los labios, arrastrose de nuevo hacia afuera mirando a todas direcciones.

Las formas correctas y llenas de su cuerpo ágil y flexible, dibujaban bien sus contornos entre las amplias haldas de la manta que lo servía de vestimenta. Llevaba puestas las botas de piel de puma que lo cubrían hasta la mitad las piernas y una «bombacha» de brin cuya blancura revelaba el aseo y cuidado de la persona; una blusa de paño azul ajustada al talle y un pañuelo de seda ceñido a la garganta.

Así que se volvió al primitivo sitio, pudo recién apercibirse Luis María que aquella especie de leona olía a junquillo y a aroma silvestre, y que esa emanación capitosa empezaba a embarazarle los sentidos.

-¡Qué atrevimiento! pensará V. -dijo ella.

Sin su licencia estoy yo aquí.

-No la necesitaba, Jacinta, y menos para hacerme el bien que tanto me obliga...

-¡Qué obliga! Yo soy asina cuando tengo gusto, guitarra dura para todos menos para quien sabe tañerla.

Deseos tuvo Luis María de decir que él la iba a pulsar entonces; pero, aún se mantuvo firme, un tanto preocupado con lo que le estaba pasando de un modo tan extraño e imprevisto.

Aquel interés en matarle, ¿de quién podía provenir? Su imaginación se abismaba.

Luego hizo ésta pregunta, como confuso:

-Y esas cartas ¿qué dirán Jacinta?

-¡Ya se ve lo que han de decir!... El comandante no conversó nada de eso. Toma «mate» no más, mirando al fogón. A ocasiones se levanta y camina aprisa como para quitarse el frío...

-Verdad que aquí dentro hacía uno intolerable; pero desde pocos minutos acá la atmósfera se ha templado, y parece esto un hornito.

-¡Ya creo! -murmuró Jacinta-. Tengo la cara como fuego, y aun los pies también se me calientan, a la fija porque dan en los tizones.

Y después, siguió diciendo con voz cariñosa:

-Qué gusto de querer irse con esta helada grande, cuando no lo llaman todavía... Si V. quiere yo me voy, señor ayudante María... ¡Qué nombre lindo! ¿V. tiene madre? Porque si tiene, aura ha de estar llorando al acordarse de su rubio.

Luis María se estremeció; y como ella estaba muy cerca acurrucada bajo el mismo poncho, pues el que trajo lo había puesto tendido encima, llegó a sentir aquel temblor,

-¡No la echo!-contestó Berón-. ¿Por qué había de irse, ni yo permitirlo, habiendo V. sido tan buena conmigo?

-Mirá... ¡no hice tanto!

Y suavizando cuanto podía su acento ronquillo, añadió como un arrullo:

-¡No me trate tan formal...!

-¿Y cómo quieres que lo haga, Jacinta?

-¡Asina! -repuso ella contenta, cual si hubiese merecido una caricia-. Yo nada valgo, V. sí... Por eso lo quiero distraer un poco, para que no cavile tanto.

-Si yo no cavilo, Jacinta. Pero aunque así no sea tengo mucho placer en que estés junto a mí, el oír tu voz amiga...

Ella le cogió la mano, oprimiéndosela, y dijo:

-¡Qué gusto!

Él se acercó más, acaso sin pensarlo, por un movimiento instintivo; siguieron hablando bajito, estrechándose, y después ya no se oyeron voces.

De vez en cuando chisporroteaban los tizones reventando en el aire alguna brizna ardiendo. La helada descendía siempre acumulándose en cristales sobre el techo improvisado, y el frío era intenso, la noche azul y transparente.

Gran silencio reinaba en el campo. Algún zorro en busca de lonjas de cuero lanzaba en el bajo su grito estridente; si ya no era el de un cabiay errante por el ribazo del «cañadón», el que perturbaba por momentos la calma profunda.

Pronto vino la alborada -una claridad lechosa, tenue y difusa en el horizonte que se iba extendiendo como blanca gasa, y enseñando luego su festón de rosa sobre mi fondo colorante como una lámpara solitaria en la inmensa bóveda sin sombras. Del ramaje ya casi deshojado de los «ombúes» surgía el canto de los dorados y el «teru» recorría el campo a vuelo rasante entra notas bulliciosas.

Fue a esa hora que Jacinta salió de la tienda de Berón, para tomar su caballo en el bajo.

Poco después, Luis María salió, aparejó el suyo, y emprendió marcha hacia el vivac de los carretones.

No había aparecido aún el sol.

La tropa se hallaba dispersa en el llano junto a los fuegos. El comandante Oribe dormitaba recostado a la rueda de uno de los vehículos, frente a un fogón, bien arrebujado en su poncho de invierno.

Ismael y Cuaró departían sentados sobre pieles de carneros, al amor de otra lumbre viva en que se asaban las «cecinas» que debían servir al desayuno.

Mostráronse contentos de la llegada del compañero, a quien hicieron lugar entro los dos brindándole con un «mate» amargo.

-¡Bien lo preciso! -exclamó Luis María-, pues al salir de lo caliente he sentido tal impresión, que sólo estas llamas y este «mate» pueden desvanecerla.

-Me alegro que encontrés esto lindo, hermano -dijo Cuaró-; pero te has venido muy pronto...

Y sonriéndose, le guiñó un ojo.

-No -repuso el joven respondiendo con otra aquella sonrisa; - debía estar aquí más temprano.

-No había priesa -observó Ismael-. El comandante dice que mejor se cazan tigres al romper el sol.

-De juro -agregó el teniente con aire de perito-. El «yaguareté» sale de la espesura cuando el sol alumbra de tendido, y ronza el bajo olfateando carne fresca.

-¡Ya! -objetó Berón-. Entonces hoy la cosa se aclara.

-Y puede ser que nos topemos con los del corral de piedra, porque han de querer venirse al bulto.

-¡Mejor! Dicen que Calderón la da ésta por segura.

-Sí -murmuró Ismael con ceño irónico-: ¡cuando el ñandú comienzo a volar!

Y atizó el cigarro con la uña, despidiendo con la fuerza de un fuelle la humareda por las narices.

-¡El comandante se levanta, y mira! -exclamó Cuaró.

Luis María se puso de pie, y dirigiose presuroso adonde estaba Oribe.

Habló con él breves momentos, y enseguida pasó a los puestos para transmitir la orden de montar.

Cuando regresó al vivac de Ismael, ya se había recogido todo, y los compañeros se encontraban a caballo, ordenando sus escalones sin precipitación ni ruido.

Pocos hombres los componían, constituyendo una simple escolta de números escogidos.

Esta tropa marchó bien pronto detrás de Oribe, que iba muy adelante acompañado de Berón.

Apenas traslomaron, viose que un grupo pequeño con un oficial a la cabeza se corría paralelamente a la costa, a bastante distancia. En el valle ardían fogones, rodeados de soldados con sus caballos listos.

Calderón se encontraba allí.

Oribe hizo detener la escolta en la ladera, y marchó solo hasta el vivac del jefe de la línea.

Ismael, que estaba mirando con fijeza el grupo que se alejaba por su derecha, dijo a Cuaró:

-Aquel es Batista que ha venteao y se va. Vea, teniente, si le sale al encuentro, antes que dé el anca a las guardias... ¡Saque seis hombres y marche!

En un instante se hizo la operación.

El destacamento se desprendió con Cuaró al frente, al trote, simulando una contramarcha al flanco opuesto, y pronto desapareció detrás de una quebrada.

Luis María, atento a todo, había seguido con la mirada los pasos de su jefe.

Un ligero diálogo se había sucedido a su llegada al vivac, con el presunto traidor; luego, algunos ademanes violentos.

Cierto movimiento se produjo en los grupos, al parecer de hostilidad, pues algunos se dirigieron a sus caballos.

Empero, ese movimiento cesó muy pronto y todos se quedaron perplejos al observar la actitud resuelta de la escolta, inmóvil y carabina en mano en la ladera.

Voces diversas se oyeron, sin duda de protesta; y no pocos llevaron la diestra a sus armas.

Calderón siempre esforzando su voz, retrocedió algunos pasos con la mano en el pomo del sable.

Oyose que decía:

-¡No le reconozco autoridad para prenderme, ni me entrego!

Entonces Oribe, sin preocuparse de los que estaban a su espalda, sacó las dos pistolas que tenía cruzadas delante, y sin decir palabra las amartilló, apuntándole con ellas a la cabeza.

Enseguida de esto, Calderón se desprendió su sable y se lo entregó sin más resistencia.

De cerca y de lejos, con las cabezas en alto, silenciosos y sorprendidos, los pequeños grupos diseminados contemplaban la escena.

Nadie se atrevía a dar ya una voz.

Lanzola, al fin, Oribe.

Luis María se acercó.

-Que pase el capitán Velarde a retaguardia de esa gente y la haga marchar al campamento, bajo rigurosa vigilancia. Y V., ¡monte! -agregó dirigiéndose a Calderón con acento duro.

El antiguo jefe de dragones estaba trémulo y muy pálido. Ni una palabra brotó de sus labios casi amarillos. Miraba torvo debajo del ala del sombrero.

Montó y siguió al trote, dos pasos al flanco de Oribe.

Ya en el campo, media hora después, Cuaró estuvo de regreso.

El oficial traidor había logrado escapar a favor de su caballo, pero no así dos de sus hombres que el teniente traía, atados de las piernas al vientre de sus monturas.

Así que divisó a Cuaró, hízole llegar Oribe, y díjole:

-Queda V. encargado de llevar este preso al cuartel general, y desde ahora está bajo su vigilancia. Descanso en V., teniente.

Cuaró oyó sin pestañear la orden, cuadrado, respetuoso; y volviendo a montar, dijo muy grave a Calderón:

-Endilgá el roano a aquel ombú que se empina en la loma, al pasito no más...

-El preso siguió en la dirección indicada, pasivo y silencioso.

Llegados al punto, Cuaró llamó a un soldado, y ordenole que trajese un caballo como para prisionero.

El soldado volvió al rato con uno de pelo cebruno, que no por ser el del ciervo y la liebre acusaba aptitudes en el animal; matalote sano en el lomo, pero que mostraba bien todo su esqueleto ganoso de rasgar el cuero, «lunanco» por vicio viejo y lerdo por añadidura.

Cuaró fijó un buen momento su mirada de inteligente en aquel Babieca, y luego murmuró con los labios apretados:

-¡Lindo! Echále el recao.

El soldado desensilló el caballo de Calderón y enjaezó el cebruno con sus prendas; y viendo que le bailaba la cincha se apresuró a ajustarla con los dientes.

Listo todo, Cuaró encendió despacio su cigarro en un tizón; con una seña hizo montar a su asistente y al preso, saltó él sin poner pie en el estribo en los lomos de su redomón como un hábil gimnasta, y arrancó al trote, diciendo suave:

-En ese caballo mansito no vas a rodar, comandante. Si echa vuelo por milagro, no te asustés, yo te barajo en la lanza y quedás siguro.



Grito de gloria de Eduardo Acevedo Díaz

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