Grito de gloria : 23

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Una noche, Natalia notó que Souza parecía más contento que de costumbre.

Estaba comunicativo en exceso, aventuraba ciertas frases de intención y hasta llegó a decir que la guerra debía terminarse de un día para otro, según su creencia.

Estas palabras preocuparon a sus oyentes, que eran las damas.

Don Carlos jugaba al tresillo en la próxima habitación con don Pascual Camaño, a puerta entornada; de manera que se percibían con claridad sus risas y voces, ya que no el sentido y alcance de sus diálogos.

A la afirmación de Souza, repuso la señora:

-Si fuese por la paz que esto acabase, al contento de todos, más no podría pedirse.

-No aseguraría tanto -dijo aquel con mesura-; pero en un simple hecho de armas sin mayor efusión de sangre, acaso el resultado fuese el mismo.

-¡Eso sí que no me parece! -observó Natalia con un acento de firmeza y confianza que puso algo nervioso al oficial-. Le he oído referir a mi padre que sus paisanos cuando van a guerras como éstas, triunfan o vuelven pocos.

-Ese es nuestro dolor -agregó la señora suave y resignada. Souza recogiose un instante con dignidad, acariciándose el extremo de los bigotes, y luego respondió cortés:

-¡Oh, nadie duda del valor de los nativos! Pruebas tienen dadas de su virilidad en guerras desiguales aunque hayan sido para ellos sin suerte. De aquí que no siempre el heroísmo sea lo bastante para alcanzar lo que se sueña; aparte del número, es necesario el poder del dinero, sin el cual el mejor esfuerzo se malogra.

-¡Roña! -gritaba sulfurado en ese momento don Carlos en la otra habitación-. ¡Sí, señor! Roña... Las onzas no se escatiman de esa manera; se ganan y se guardan para utilizarlas luego con provecho. ¡Así que llega el caso de ponerlas a la suerte, se juegan, y si se pierden cómo ha de ser! ¿Qué me viene V. con esas reservas, por San Diego, cuando voy jugando más que V. en la partida?

-¡Lo sé, amigo viejo, lo sé! -contestaba la voz de Camaño-. Pero en todo azar...

A esta altura del debate, las voces bajaron e hiciéronse confusas.

No por esto se interrumpió el diálogo de la sala.

Por el contrario, la señora, que había recogido aquellos ecos un tanto en suspenso, se apresuró a replicar a Souza:

-Nosotras no entendemos bien de esas cosas. Hablamos por sentimiento, ¡V. comprende! Por cariño que nos ata y domina.

Souza asintió; y pasó delicadamente a otro tema más familiar, tratando por todos los medios ingeniosos de recuperar lo que creía haber perdido en el espíritu de Natalia con sus medias frases misteriosas.

Habló de los entretenimientos de don Carlos con el tresillo, la malilla o el ajedrez: observándole la señora que eran hábitos de antaño con sus íntimos, y que ponía siempre algo en las partidas para interesarlas; por lo que no debían extrañarle sus expansiones y entusiasmos, de que daba prueba en ese momento mismo.

Con efecto, la voz de don Carlos se alzaba de nuevo, oyéndose que decía franca y cordial:

-¡Ah, señor de Camaño!... Yo bien sabía que habíais de caer en la remanga como una platija, porque en estos juegos las onzas entran de canto y se quedan luego en pilas... Nada: ¡lo dicho! La partida ha sido de fuerza, no se ha perdido la noche, el caso era de aprovechar sin escrúpulos de monja. ¡Al diablo con las delicadezas cuando prima la necesidad! Cincuenta onzas unidas a otras sirven a los menesterosos.

A esto, replicaba algo de poco inteligible don Pascual, y las voces fueron poco a poco convirtiéndose en murmullos.

Media hora después, cuando Souza se retiró, iba pensativo.

Indudablemente, la actitud de Nata, cada día más reservada, lejos de atenuar el impulso de la pasión que sentía incrementarse en él, la exasperaba y enardecía al punto de que empezaron a cruzar malas ideas en su cerebro.

Cierto era que este fenómeno se venía operando de algún tiempo atrás en sus sentimientos. La repulsa constante habíale enconado y llevaba camino de endurecerle.

Acaso la conspiración de Calderón que debía estallar por horas en el campo de Oribe, le allanase las dificultades.

Por su parte, había influido lo suficiente con los intermediarios del jefe sitiador para que su afortunado rival entrase en el número de los que fueran eliminados por sus propios amigos.

¡No quitaba, ni ponía rey! Si por cualquier circunstancia el plan se malograra, estaba él dispuesto a buscar por todos los medios la solución; procurando, eso sí, que la hija de Robledo no llegase a apercibirse de su acción directa en daño de Luis María.

Eso pensaba y estaba decidido a hacer.

¿No era Luis María su enemigo en la guerra y su rival en el amor y en una como en otra lucha, los ardides y estratagemas no eran lícitos? ¿No se habían compensado mutuamente sus acciones caballerescas? ¿Estaba obligado a guardarle deferencias que reñían con el cumplimiento estricto de los deberes militares? De ninguna manera.

En buenos instantes lo asaltaban a Souza ímpetus siniestros.

Pero, forzoso le era reprimirlos, hasta tanto se desenvolvieran los sucesos que seguían en incubación.

En definitiva, aquella guerra no podía prolongarse mucho; llegarían refuerzos; se tomaría la ofensiva; y si Berón salvaba del desastre, lo que él pondría empeño en que no acaeciese, tendría que irse al extranjero por tiempo indeterminado.

Por el momento, las probabilidades se inclinaban a su favor.

Los que conspiraban en el campo enemigo eran de empresa y mano segura; ni temían, ni perdonaban. Por otra parte, serían auxiliados por fuerzas de la plaza.

Un golpe de efecto reservaría él para Natalia, en estos días; el de la libertad de su padre, por quien venía interesándose con el general Lecor con verdadero empeño y confianza en el éxito.

Esta conducta crearía un nuevo vínculo de gratitud, evitando por lo menos que el odio llegase a reemplazar al efecto amistoso en el corazón de la joven.

Después, la obra era del tiempo, de la constancia, de la persuasión. Nada resistiría a los procederes hábiles y correctos.

Las intenciones de Souza llegaron a acentuarse contra Luis María, y su acritud subió de punto, cuando al día siguiente, ya tarde, se supo en la plaza que la trampa tan bien urdida había sido deshecha; que el jefe del movimiento había sido apresado por Oribe; y que, por encima de este fracaso se habían producido serias deserciones en ciertos cuerpos de la guarnición.

En casa de don Carlos, la noticia fue muy comentada alegremente.

Sin la menor efusión de sangre, aquel plan tenebroso había abortado; la buenaventura estaba de lado de los leales; no cabían traidores en sus filas; éstos se estrechaban con firmeza, en tanto decaía en el recinto la confianza.

Al oír la nueva, Natalia experimentó una fuerte impresión y dijo a su protectora:

-¡Tal vez eso tenga que ver con aquello que Souza decía, madre!... Aquello de que todo concluiría pronto.

-¡Bien puede ser! -respondió la señora-. Sabes que él es un poco enigmático en sus confidencias a medias... Pero, ahora debemos estar tranquilos, si todo lo que se asegura es cierto.

-¡Como dudarlo! Si no fuese así, ya nos habrían afligido con sus músicas y festejos.

Don Carlos recorría el patio contento a pasos precipitados; y en una de sus vueltas, acercándose al oído de su mujer, murmuró sin omitir sílaba:

-Anoche le saqué cincuenta onzas al cicatero de Camaño, y hoy veinticinco a Calixto, el del depósito de maderas.

-¡Ya te oímos! -repuso riendo la señora-. Hablabas bastante en voz alta; pero Souza se fue creyendo que eran ganancias al tresillo.

-¡Está fresco! Amarillas para los pobres, mujer; para unos pobres de solemnidad que viven al raso en el campo sin otra ayuda que Dios y sus fuerzas.

Siquiera algunos han de poder vestirse, y surtirse de ciertas cosillas indispensables que meterán estruendo, ¡por Cristo! Porque en ellos el plomo ha de andar revuelto con el acero y el bronce.

Los ojos del viejo relucían, y apretaba los labios hasta esconderlos en la cavidad sin dientes.

Su compañera no tuvo tiempo de objetarle nada, pues él se alejó a su escritorio con el gorro en la nuca, procurando erguirse cuan alto era, a paso militar.

Después de estos acontecimientos sucediose por algunos días una inacción extraña en las tropas del recinto.

Tal estado de cosas se prestaba a todo género de conjeturas; las que se hacían sin reservas a pesar de las amenazas publicadas por bando y de la persecución reiniciada contra los desafectos con brusca violencia.

Pero, muy pronto se divulgó el rumor de la llegada de refuerzos, y el aspecto del recinto sufrió un cambio completo.

Don Carlos presenció desde su mirador la entrada de las naves de guerra con mar tranquila y suave brisa.

La furia del viento y de las olas en la costa bravía del levante, no salió esta vez al encuentro de aquella nueva expedición enemiga para ayudar a los débiles en su obra.

-¡Oh, elementos caprichosos! -prorrumpía don Carlos siguiendo atento con el anteojo la marcha triunfal de las corbetas y transportes cuando doblaban la punta del este a velas desplegadas y banderas al tope;- ¿por qué no bramáis, sudeste irreductible, para arrojar ese presente dañino contra las restingas y cantiles como despojos de naufragio? ¿por qué no silbas «pampero» formidable, como millón de flechas disparadas por mil tribus del desierto, y empujas, desarbolas y tumbas esas negras naos mar adentro, allá donde levantas cordilleras de olas capaces de estrellar entre sus crestas toda una escuadra de Xerxes? ¡Dormís, vientos; dormís, ondas fragorosas y en tanto las hormigas trabajan a la espera del oso que ha de engullirlas!

¡Así sois los fuertes, por Santiago! Como las fieras; os respetáis, no venís a las manos sino por un evento; cuando se os precisa y se os ruega, dormitáis en los antros sin importaros un comino de nuestra suerte... ¡Andaos al infierno, fuerzas brutales e incapaces!

Y dejando el catalejo de golpe, don Carlos había descendido colérico para encerrarse en su escritorio.

Mucho bullicio hubo en la ciudad ese día; y antes de la noche llegó a saberse que se habían desembarcado gran cantidad de elementos bélicos para el ejército y la armada, así como uno de los contingentes pedidos compuesto de cuatro batallones de línea, cazadores y granaderos de la guardia imperial y otras fuerzas regulares.

Añadíase que a estos regimientos debería seguirse la llegada por antigua línea divisoria de dos mil jinetes perfectamente listos para una carga a fondo.

Guadalupe que no perdía ocasión de recoger en la calle toda novedad cuyo conocimiento interesase a su ama, se encontraba desde la puesta del sol en una esquina de la calle de San Carlos viendo desfilar las tropas a sus cuarteles al son de trompetas y charangas.

Muy alborotada estaba ante tantos morriones, penachos, correajes y banderas; tantos semblantes desconocidos, aunque a ella le parecían iguales, aberenjenados y chatos, cuando no retintos y trompudos; tantas bandas lisas rumorosas y desaforados chin-chines; y tanto traquear de carromatos cargados con bagajes como para una cruda campaña.

Era aquel un desfile brillante lleno de reflejos y vivos colores, ruidos prolongados y haces de armas lucientes entre aclamaciones de bienvenida y dianas que encadenaban sus ecos a lo largo de las explanadas y bastiones.

La artillería solía unir su voz al general estruendo, a modo de extenso y ronco mugido.

Poco a poco todos estos ruidos se fueron apagando; y cuando la noche venía a grandes pasos, notó recién Guadalupe que el escuadrón de nativos que había acompañado a otros cuerpos en la recepción, alineado por una acera al flanco de la plaza, se apresuraba a formar para emprender marcha a su cuartel. Mantúvose quieta la negrilla basta que desfilase, tal vez con el sólo objeto de hacer alguna morisqueta a don Cleto, que en él dragoneaba a la fuerza.

El escuadrón rompió marcha al trote y toque de clarín.

Pasado habrían cinco mitades, cuando haciendo punta, en la siguiente un jinete apuesto y garboso, pero renegrido como un cuervo de las asperezas floridenses -según le pareció a Guadalupe,- fijó en ella el blanco de sus ojos, saludándola cortés y militarmente con el sable que llevaba terciado con bizarría.

La negrilla se quedó estática, encogida por la sorpresa.

El escuadrón acabó de desfilar; alejose; perdiose en las sombras entre un desconcierto de cascos y de vainas.

Pero, ella siguió mirando quieta y arrobada.

Luego, cual si saliese de un estupor al sentir el toque de queda, apresurose a llevar sus manos a la cabeza para advertir si sus racimillos de saúco estaban peinados; después al seno, recubierto por un pañuelo limpio de algodón, por si se lo había desprendido el alfiler rematado en cuenta roja que lo prendía; por último al delantal de lana floreada, que sacudió aturdida; y como un viento partió de súbito contorneándose y echando para atrás la visual por si los ojos blancos le lanzaban algún destello desde el fondo de la noche.

A quien ella acababa de ver, y la había saludado, era Esteban. Una nueva y grande sorpresa.

La negrilla no cabía en sí de gozo.

Muy cerca ya de la casa de Berón, y libre un tanto de su aturdimiento, Guadalupe entró a pensar.

¿Por qué está aquí Esteban? No ha ido a saludar a sus amos viejos, que lo vieron nacer y criarse junto al niño Luis María, su hermano de leche, y después su señor. ¿Cómo creer que él fuese un ingrato que hubiese abandonado al que le había dado libertad para entregarse al servicio de sus enemigos? ¡Oh! no era posible. Debía haber caído prisionero en alguna refriega, condenándosela después al servicio en la tropa auxiliar de extramuros como al pobre don Cleto. Lo que habría en el fondo de todo era eso, y lo tendrían siempre acuartelado por temor de que desertase. Sea como fuese estaba bueno y sano, y ya se presentaría ocasión de hablarle.

Guadalupe entró en la casa casi sin aliento.

Las señoras se encontraban en el escritorio haciéndole compañía a don Carlos, con quien conversaban de pie cogidas de la cintura en cariñosa familiaridad.

Reprimiéndose en lo posible, Guadalupe contó lo que había visto en la calle de San Carlos, el desfile de los cazadores y granaderos y la aparición de Esteban en filas del escuadrón de nativos, sin omitir los menores detalles del encuentro, del saludo y de su asombro.

En suspenso se quedaron todos por breves instantes. Don Carlos arrugó el ceño.

Su esposa pareció conmovida, balbuceando estas palabras:

-¡Ha dejado solo a mi Luis!

Natalia la acarició y díjole confiada y risueña:

-¡Oh, él volverá a su lado! Yo lo conozco bien; si está aquí no es por su voluntad, madre, y sobre esto estoy tan segura como si lo hubiese visto.

Guadalupe, solicitada en todo sentido, no hizo más que repetir lo que trasmitiera al principio.

Preguntáronle si no se habría equivocado, a lo que ella respondió sin titubear:

-¡Ah, no! Créanme, sus mercedes: tengo su estampa aquí en mitad de los ojos.

-Seguro es -dijo Natalia sonriendo-. ¿Y te saludó con el sable Lupa?

-Como negro de buena casa, niña, y más aires que un tambor mayor.

Don Carlos seguía callado, haciendo castañetear sus dedos sin descanso.

De pronto, llamaron a la puerta de calle.

Sintiéronse luego pasos en el patio; y cuado ya salía Guadalupe una voz conocida decía humildemente:

-¿Da permiso, su mercé?

Era la voz de Esteban.

-¡Entra! -gritó don Carlos como saliendo de un sueño.

Apareció el liberto en el umbral, avanzó un paso y no cuadró, diciendo como cuando era chico y no hubiera mediado larga ausencia:

-¡La bendición, los amos!

-Dios te la dé, hijo -murmuró la señora con los ojos llenos de lágrimas.

Don Carlos abrió cuan grandes eran los suyos, echose atrás el gorro y estuvo mirándolo un instante fijamente.

Luego se puso a pasear precipitado, encogiendo el hombro izquierdo hasta llevarlo a la altura de la oreja; y ahuecando la voz echó por encima la visual, preguntando severo:

-¿De dónde sales tú? ¿Cómo has dejado a tu amo?

-Caí prisionero, señor.

-¡Prisionero, eh! ¿Desde cuándo?...

-Desde el día de la salida. Yo diré a su mercé...

-¡Dí! Sí. Es preciso que te expliques.

-A mi amo le mataron el caballo en la guerrilla, y él quedó abajo, de modo que, no pudiendo zafarse, lo tomaron los «mamelucos»...

-¿Qué lo tomaron?

-¡Oh! -exclamaron la madre y Natalia a un tiempo-. ¿Eso es verdad?

-Crean, sus mercedes, que sí -repuso Esteban.

-¿Y qué sucedió después? -prorrumpió don Carlos.

-Después, aconteció que los compañeros cargaron por salvarlo, y lo consiguieron. Mi amo quedó libre sin lesión ninguna. Pero yo fui desgraciado, como ven sus mercedes; cargué también; mi caballo rodó y cuando volví a montar, me encontré envuelto en el tropel, y me arrastraron hasta donde estaba la tropa de infantería...

-¿Cómo no te mataron negro? -interrogó don Carlos, más tranquilo y atento.

-En la rodada perdí el sombrero, y si su mercé supiese que yo tenía puesto un vestuario de paulista, de unos que tomamos en el paso del Rey, porque andaba ya muy despelechado...

-¡Ah, comprendo! Te confundieron en los primeros momentos con otros pájaros del plumaje. ¿Y luego?...

-Me trajeron a la ciudadela, y estuve preso muchos días, sufriendo castigos.

Al cabo, un jefe me pidió para su cuerpo, donde serví un poco de tiempo. Después de esto me han pasado al escuadrón de auxiliares.

Hoy me dieron licencia por primera vez y he venido...

-Sí -lo interrumpió el señor Berón-. Es bastante extraordinario lo que nos cuentas y de que estábamos bien ignorantes. A fe mía; lo que confirma aquel adagio de que, por donde uno menos se imagina salta la liebre. ¡Canarios! Pues no es humo de paja todo eso que tú has dicho muy sereno en cuatro palabras. ¿Han oído ustedes a este negrillo?

La señora y Natalia, abrazadas, escuchaban en silencio.

-Sí, -dijo al fin la primera-. Veo que al escribirnos poco después, nuestro hijo nos ocultó el percance... ¡Pero ya eso pasó! ¡Ahora pienso cuánta falta le hará Esteban!

-¡Oh! ¡Ya haremos que vuelva!... ¿Te atreverías a volver de cualquier modo?

Y don Carlos clavó en el liberto su mirada penetrante.

-Sí, señor -contestó Esteban-. De un día para otro. Sabe, su mercé, que soy de a caballo y baqueano. No espero más que una noche oscura, cuando andemos a busca de forraje, para escaparme con otros compañeros.

-Entonces, ¿contigo se irán algunos?

-Sí, señor; y más que esos, si se pudiera...

Don Carlos reflexionó un breve rato.

-¡Está bien! -dijo-. Cuando tú creas que ha llegado la oportunidad de la fuga, avísamelo, porque te quiero encomendar una cosa de interés. Por esto verás la confianza que te tengo. Seguro estoy que cumplirás lo que he de encargarte, si no te matan.

El liberto se inclinó callado:

-Y como la licencia que te han concedido ha de ser corta, conviene que te vuelvas al cuartel para hacerte acreedor a otras; pero antes, ve lo que precisas, para que te se dé aquí todo. Pide sin reservas, negro; pues tus amos no han cambiado en nada desde que te fuiste.



Grito de gloria de Eduardo Acevedo Díaz

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