Grito de gloria : 24

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda


Después de ese día, Esteban venía con la mayor frecuencia, aprovechando sólo en esas visitas la hora de puerta franca.

Ea cada una de ellas, su tema obligado de conversación era su joven señor, con cuyo recuerdo deleitaba a sus antiguos amos.

Tenía también sus buenos momentos que consagrar a Guadalupe, a causa de lo cual la negrilla se estaba en la cocina más tiempo que el ordinario.

Los otros sirvientes llegaron a decir que los dos se lo pasaban «enlucernándose» a la sobremesa, aparte de hablarse muchas veces al oído como personas de grandes secretos.

Agregaban que una tarde, Guadalupe había brindado a Esteban con una ramilla de aromas, y que Esteban lo había regalado un zarcilla de plata que desde criatura llevaba en la oreja izquierda.

Los señores reían de estas cosas, y las observaban acaso con complacencia. Difícil hubiese sido encontrar una pareja negra mejor proporcionada y más bizarra, pues que era ella una mujer de plenitud fisiológica, maciza y fuerte, y él un mocetón robusto que tenía el don de imitar el aire y hasta el vestir de su amo.

Y esto, al punto de que cuando lo veía salir la señora gallardo, flexible, a paso medido con una mano atrás sobre la cintura y la otra en el bigote, no podía reprimir una sonrisa, diciendo a Natalia:

-¡Si mi Luis lo viese, sería un jolgorio!

Cierta mañana muy ventosa y fría en que la hija de Robledo se hallaba sola en su dormitorio escribiendo para su padre, entrose Guadalupe con un braserillo, que colocó próximo a los pies de su ama.

En tanto se esmeraba en la colocación de aquél, invirtiendo en la diligencia más tiempo que el necesario, Natalia levantó la vista distraída, la miró, y notando en ella marcados barruntos de hablar, díjole:

-Algo tienes tú que decirme.

-¡Adivinó, niña!... ¡Pero yo no sé como atreverme!

Guadalupe parecía tener dentro de sí mucha agitación.

-Atrévete repuso la joven dulcemente.

-Pues vea, su mercé: Esteban anda lo más afligido a causa de que no puede levantarse con sus compañeros tan pronto como quería...

-¿Le han sorprendido en algo?

-¡No, niña; no es eso! Sino que él dice que con un poco de dinero para darlo a un sargento «mameluco» de su compañía, todo quedaba listo, y en una noche salían zumbando campo afuera sin quedarse un solo hombre de su escuadrón.

-¡Oh, qué suerte sería! ¿Y eso podrá hacerse?

-Él jura que sí, y yo se lo creo. Casi todos los soldados son orientales prisioneros, o que sirven a la fuerza, y les han puesto oficiales y sargentos paulistas para tenerlos sujetos. Esteban dice que esto no importa nada, a salvo el sargento, que es preciso comprar...

-¡Ay! ¡Y si eso lo descubre? No, Lupa, ¡no quiero que me hables más de eso! -exclamó Natalia con firmeza-. El que se da por dinero a unos, se da a otros; y al fin el pobre Esteban sería el sacrificado...

Guadalupe se calló como una muerta.

Como Natalia siguiese su escritura, ella se fue a paso leve, cabizbaja.

Concluida su carta, la joven apoyó el rostro en la mano y se quedó pensativa.

Preocupábale lo que había oído momentos antes.

Quizás ella había opinado sin mucha reflexión respecto al asunto secreto de que le hiciera confidencia su esclava. ¿Qué entendía ella de esas cosas de hombres de armas? Bien era posible que Esteban tuviese plena seguridad de salir airoso en su tentativa, puesto que conocía a fondo a sus compañeros y a sus superiores. A más, él hacia por su causa lo que estaba en su mano; era honrado y valiente y era preciso que se fuese cuanto antes con su señor, que le echaría de menos, llevándole un buen contingente de hombres sufridos. ¿Por qué no consultar esto con el señor Berón? Sería lo más discreto. ¡Pero tan adusto el anciano! Iba tal vez a salir diciéndole que esas eran «cosas de negro».

Tampoco quería explayarse con su protectora por temor de llevar a su ánimo nuevas inquietudes e incertidumbres.

Todo el día se lo pasó Natalia absorbida por estos pensamientos, viva siempre la memoria de su amigo como un estímulo perenne que la predisponía y empujaba a aceptar todos los medios de esa índole en su obsequio y en el de la causa de sus afecciones.

Por la noche, retirada ya a su aposento, llamó a Guadalupe y reanudó con ella la conversación de la mañana, revelando un interés ardiente por lo que entonces acogió con escrúpulos al parecer invencibles.

Guadalupe, que había pasado largas horas de desaliento, tuvo una grande alegría ante las manifestaciones favorables de su ama; y cuando ésta le enseñó un cofrecito de madera que guardaba onzas de oro, la negra, que se había arrodillado cerca de ella para hablarla con sigilo, cogiole las manos y se las besó llena de indecible gozó.

Aquella pequeña arca le había sido dejada por don Luciano, con facultad de disponer de su contenido, que era el de quince onzas, en la forma que creyese más útil. Nunca tuvo necesidad de recurrir a ella, allí donde se lo consideraba como una hija; de modo que se hallaba intacta lo mismo que una reliquia.

¡Qué bien empleada estaría en beneficio de los que sufrían por su tierra!

Natalia abrió el arca, cogió en puñado las monedas sin contarlas, púsolas de nuevo en su sitio, y preguntó algo afligida:

-¿Alcanzará esto, Lupa?

-¡Yo creo, niña!

-¡Si es un puñadito!...¿Y por esto se compra un hombre?

-Por mucho menos. ¡Oh, como su mercé no conoce estas cosas!

Por cinco «patacas» se vende un cabo, y por diez un sargento cuando tiene ganas de desertar, dice Esteban; ahora, figúrese, su mercé, qué ojos abrirá éste que da trabajo, cuando él le ponga al alcance dos no más de esas amarillas.

-No importa, Lupa. ¿Cuándo viene Esteban?

-Mañana, niña.

Bueno. Así que venga se las darás todas, aunque yo creo que no bastan para lo que él quiere. Si fuera así, dímelo en el momento mismo, que yo veré cómo se ha de remediar eso. En el cofre ahí en la mesa, de donde lo tomarás mañana y se lo entregarás, con mucha recomendación de que guarde el secreto.

Prometió Guadalupe en cumplir todo religiosamente; puso el arca en el sitio indicado; y después de permanecer un rato todavía en conversación animada con su ama, se retiró a esperar con ansia el sol del nuevo día.

Esteban fue puntual a la cita.

Conducíase tan bien en el servicio, era tan hábil en su profesión de soldado, y cedía tan dócilmente a la regla de severa disciplina, que sus superiores habían concluido por reconocerle méritos a su confianza.

Como no abusaba nunca de la licencia, caso poco común, concedíansela ahora sin objeción, pues que ella sola podía ser aprovechada entre muros sin oportunidades tentadoras.

Alguien, sin embargo, los había advertido que tuviesen en cuenta la circunstancia de haber sido el liberto asistente de un joven «revoltoso» que era ayudante de Oribe, y que figuraba con cierto brillo, por pertenecer a una de las principales familias del país.

Al principio esta prevención puso en cuidado a los jefes; pero, el celo llegó a adormecerse a medida que la buena conducta del liberto se fue afianzando.

Sin temor alguno, pues, desde que las sospechas se habían desvanecido, Esteban venía haciendo su trabajo de hormiga negra.

Nada había comunicado a don Anacleto, su compañero de desgracia, sabiendo que al viejo capataz se le soltaba con facilidad la lengua; en cambio, habíase atraído aquellos elementos del escuadrón que en su concepto eran los indispensables a la empresa, lo que probaba que él sabía distinguir y utilizar los hombres -calidad superior de que carecían muchos que ocupaban más altos puestos.

Al habla con Guadalupe, y enterado de las disposiciones de su joven ama, el liberto no pudo menos de sorprenderse y de expresar su contento con todo género de demostraciones cariñosas a la esclava. Aquello superaba sus mayores deseos.

No era necesaria una suma tan crecida. Con la mitad bastaba.

-La niña da todo -dijo Guadalupe;- pero, ¡que ha de callarse sobre esto!

-Nadie lo ha de saber -contestó Esteban,- o no soy hombre libre. Mi ama puede quedar tranquila. Tomo yo la mitad, y guardas el cofre sin decirlo nada a la niña.

Yo he de volver cuando sea tiempo, y todo esté pronto.

El liberto se fue, con las seguridades de Guadalupe de que iba a rogar a la virgen de los milagros porque fuese él feliz en su intento, cuanto iban a serlo los amos y ella misma, así que lo viesen libre con sus compañeros de la tiranía del recinto.

Por otra parte, sentía cierto orgullo de que fuese Esteban el iniciador y el actor principal de aquella temerosa aventura.

Con todo, transcurrieron bastantes días sin que el liberto apareciese.

Tampoco había vuelto Nerea, la mensajera siempre anhelada, con nueva correspondencia secreta.

Natalia acudía todas las mañanas a su observatorio haciendo funcionar el catalejo a diversos rumbos, deseosa de descubrir algún indicio de grato augurio.

Pocas novedades ocurrieron en los contornos, aparte de muy lejanos tiroteos, de salidas y entradas de regimientos que hacían el servicio de plaza y de pasajes frecuentes de partidas por la zona libre a tiro de cañón.

El invierno era riguroso, aunque ya corría a su término; y a su influjo el campo presentaba un aspecto de profunda tristeza con su extenso tapiz recubierto de cardizales del color de la escarcha que retoñaban fecundos al pie de los que había secado el último estío.

Los agaves exóticos comenzaban a largar sus pitacos gruesos y enhiestos de un morado y verde sombrío, aún sin anteras ni liseras, orillando las tierras arables con sus anchas y múltiples hojas armadas de agudos pinchos. Destacábanse en esqueleto los «ombúes» descubriendo a la vista todo su tronco robusto, y formando contraste el amarillo claro de su ruda corteza con el verde sin fin de las hierbas.

De la parte del este, por encima de los tejados bajos que se extendían ondulando según las inflexiones del terreno hasta la costa riscosa, espaciábase el inmenso río a perderse en el océano hinchado y tumultuoso bajo las alas del viento sur.

Un buque de dos mástiles y bauprés, velas cuadradas y una gran cangreja, que no llevaba en el palo mayor aparejo de bergantín goleta, surcaba veloz las aguas rumbo al Buceo, de cuyo pequeño puerto distaba apenas una milla.

Muy atrás, en el horizonte del sur, navegando también a todo trapo, divisábanse otras dos naves que parecían venir en persecución de la primera en orden de escuadra.

El bergantín redondo no traía bandera. Tendido sobre una de las bordas, con gruesa ampolla en el velamen, alzábase sobre el olaje ágil y marinero, como una enorme gaviota que rozase las crestas con el extremo de sus alas.

Natalia dirigió el anteojo a las más apartadas; y a poco de observar, percibió al tope los colores del Brasil.

Vivamente inquieta, volvió el tubo al bergantín. Este izaba bandera tricolor en ese momento, y viraba de bordo poniendo proa al océano. Las lonas, en parte recogidas, se sacudieron, flojas algunos minutos, luego se inflaron formando elipses, y el buque, acostándose muellemente sobre una de sus bandas, arrancó mar afuera.

Los otros venían ya próximos. Una nubecilla blanca como un copo de algodón con un chispazo que se esparció del centro a los bordas, brotó de la banda del bergantín, y tras una pausa llegó el eco de una detonación distante.

A ésta, se siguieron otras.

Los disparos salían de los tres buques, especie de bocanadas de humaza que el viento clareaba al instante, y cuyos retumbos se perdían roncos en la atmósfera.

El bergantín verileaba audaz eludiendo los escollos de la punta Brava, y aumentando la delantera a sus perseguidores, que marchaban en línea paralela; y con el sol, que ya descendía, dejose al fin de ver su casco, luego los estays, los foques, el velamen hundiéndose en el horizonte brumoso.

Natalia se retiró del mirador impresionada.

El patrón de una sumaca pescadora que había estado en la ensenada de Santa Rosa, contó después a don Carlos que un bergantín del corso acosado por otros dos brasileños, consiguió burlarlos por la tarde; y que en la noche pudo desembarcar un contingente de armas y hombres en punto seguro de la costa.

-¡Ese sí que es lobo de mar! -había dicho don Carlos-. Muchos de esos quiero yo en auxilio de los que no tienen más esperanzas que sus propias fuerzas, bien reducidas y pequeñas, y un ideal tan grande como un despropósito, ¡por Santiago! Lo que afirmo: ¡alas de águila en cuerpo de pollo, y no digo más!



Grito de gloria de Eduardo Acevedo Díaz

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX - XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV - XXXV - XXXVI - XXXVII