Grito de gloria : 28

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Muchas fueron las agitaciones en el campamento de los sitiadores desde la prisión de Calderón, hasta después de ocurridos los hechos de armas que habían apresurado la marcha de Bentos Manuel hacia el interior del país.

Luis María siguió con interés creciente los acontecimientos, examinándolos sin decaer un instante en su entusiasmo, ni preocuparse mucho de los giros extraños que a ocasiones les daba la política.

Se estaba a la naturaleza y al alcance del esfuerzo.

En su sentir, era muy difícil modificarlo sustancialmente, aunque la necesidad lo contrariase por la adopción de formas opuestas a la voluntad firme y constante de los nativos. Bien conocía él esta voluntad. Pero, asistíale también la convicción, en presencia del arduo tema de que no era rigurosamente cierto que «querer fuese poder», según el adagio que se estilaba en casos análogos como sentencia sacada de la misma experiencia. Lo que él y otros querían, no se podía realizar sin riesgo de que toda la obra se perdiese.

Hablaba muchas veces con su jefe en la tienda, en marcha, en los días de zozobra como en los de regocijo; siempre hallaba en él la misma actitud, igual reserva discreta acerca de asunto tan escabroso.

Eran, sin embargo, de importancia y dignos de una meditación profunda, los hechos que habían venido encadenándose hasta confirmar en sus extremos la conducta leal de los libertadores.

Estaba Luis María invadido del espíritu local, que era mezcla de virtudes y rabias; pero en su cerebro el buen sentido primaba sobre el arranque de la pasión, y le hacía condolerse de la suerte que cabía a uno de sus grandes y queridos ensueños.

Pensó sin soberbia.

Pasó revista al pasado, tan lleno de abnegaciones y recuerdos palpitantes.

La suerte de las armas se había mostrado propicia al intento de los buenos; pero, éstos estaban en el comienzo de una obra colosal; y no contando con más recursos que los propios, que eran muy escasos, sin apoyo directo ni indirecto de los gobiernos vecinos, empezaban a palpar los graves inconvenientes de la empresa y a comprender lo serio de la aventura, para cuyo complemento érales preciso el concurso del genio militar e ingentes sumas de dinero.

Sus reflexiones recayeron sobre los hechos fundamentales que se habían consumado con trabazón lógica, preparando acaso al país para una vida ficticia, o por lo menos agitada y turbulenta.

La representación convocada, ardiendo aquél en dura guerra, había nombrado, en uso de sus facultades, un gobierno efectivo y diputados al congreso argentino, -lo mismo que Artigas hiciera en otro tiempo y bajo el imperio de otras circunstancias.

Pero, antes de producirse este hecho y el de las declaratorias notables de la asamblea, súpose que el gobierno de Buenos Aires había dispuesto se formase un ejército de observación en la línea del Uruguay, al mando del general Martín Rodríguez.

Cuando este jefe pasó a recibirse de su puesto, una versión alarmante circuló en esos momentos, y subsistió mucho después.

Se dijo que el general Rodríguez llevaba órdenes para prender al brigadier Lavalleja, y remitirlo a Buenos Aires. Esta especie fue adquiriendo cada día mayor crédito, sin que el tiempo y los sucesos la desvanecieran.

Subsistía entre los orientales, y éstos se la explicaban claramente. La diplomacia argentina que había traído a Lecor, trataba de mantenerlo en el terreno conquistado.

Érales forzoso, para merecer el auxilio y provocar la conflagración, dar prueba segura de su lealtad; y aun asimismo, extender su acción y su poder en el territorio por una victoria ruidosa.

En caso feliz, el apoyo sobrevendría por el exceso mismo del mal que perturbaba profundamente el equilibrio de la vasta zona; si el éxito era desgraciado, los vencidos no debían esperar más que la prisión y el proceso.

A esta triste alternativa estaba condenado el ideal de la aventura por la política insensible y la fría diplomacia. Entre esos dos hielos se encontraba la aspiración ardiente de los débiles, que todo lo fiaban a los milagros del valor.

Diose la prenda.

El brigadier Lavalleja sometió la dirección de la empresa militar al ejecutivo de la república, ofreciendo así prueba eminente de espíritu de orden.

Este compromiso no fue aceptado. La resistencia del gobierno general a tomar cualquiera intervención explícita quedó excusada legalmente por preceptos que era preciso llenar de un modo solemne.

Contra esta resolución se habían estrellado todos los esfuerzos y los ruegos del pueblo oprimido, tanto como las vehementes insinuaciones del espíritu nacional, los argumentos de los tribunos y del patriotismo exaltado.

Era entonces necesario que el denuedo de los nativos, luchando solos con el enemigo común, rompiese aquella barrera, consagrando su afán constante con un triunfo memorable; y preciso era que ellos confirmasen los votos protestados por su libertador, por medio de un acto armónico con sus instituciones.

Lo primero se ansiaba día tras día, soñándose con la aurora de una jornada cruenta, pero fecunda, que despejase un poco los horizontes del porvenir; lo segundo se había hecho por una asamblea con mandato imperativo, que, en el fondo, no podía suplantar los efectos de un plebiscito necesario.

En un país de cien mil almas, cuyos ciudadanos, sin escuela de gobierno libre, eran soldados, y a quienes en esas horas críticas les era corto el tiempo para preocuparse de otra cosa que de batirse a muerte contra un adversario diez veces superior, no debía esperarse tampoco que la voluntad del conjunto, la expresión meditada y tranquila de la voluntad soberana se manifestase por otros medios más correctos.

El día 25 de Agosto la asamblea había declarado al país, de hecho y de derecho, libre e independiente del rey de Portugal, del emperador del Brasil y de cualquier otro del universo; y en pos de esta declaratoria viril, hecha en medio de zozobras y peligros, había dictado también la ley que lo incorporaba a las provincias unidas del Plata como porción integrante de su antigua soberanía.

Era ésta, sin duda, una concepción más clara y luminosa de la patria, cuyo sol debía nacer en el confín sur brasileño y hundirse detrás de los Andes, después de alumbrar inmensas regiones destinadas a todas las razas laboriosas del mundo y a todas las libertades sin arraigo en las naciones caducas; era el haz de fuerzas que hacían la solidaridad perseguida, la cohesión de los medios y la armonía en los fines, dando aparente solución al problema del equilibrio platense.

Aparente, porque ¿no invocaba el imperio iguales títulos que su rival a la posesión y exclusivo dominio de la tierra disputada, y no eran sus pretensiones antecedentes de funesto augurio para el futuro?

La fórmula de incorporación, que era en sí misma expresión de poder y de fuerza, resultaba para el dominador impuesta por la brutalidad de los hechos, y como un reto a su soberanía, por cuanto los nativos, años atrás, habían resuelto la anexión al imperio por intermedio de sus cabildos, únicos cuerpos de carácter representativo y popular.

En esta grave querella, para nada tenía en cuenta el Brasil que los orientales no querían en el fondo lo que sus cabildos hicieron; ni Buenos Aires se daba por entendido tampoco de que la célebre declaratoria no era un acto espontáneo de los pueblos oprimidos.

Dirimían sus antagonismos sin consideración a la prenda. Y la prenda anhelaba ser entidad neutra y por lo mismo libre y respetada. Pero, no siendo eso práctico por sus solos recursos, ninguno más adecuado como quien saca fuerza de flaqueza, que el de aquella declaratoria. La incorporación al cambiar el dominio traía consigo el conflicto, y hacía teatro de la lucha el mismo suelo disputado; mas al fin de esa lucha podría bien suceder que del exceso de sangre vertida surgiese la zona neutral por utilidad recíproca, y de esta situación, una independencia que era imposible adquirir por otros medios.

Por eso, condensando su pensamiento en las propensiones locales firmemente acentuadas, el joven patriota recordaba entonces la frase lacónica pero expresiva que había recogido en más de un labio a raíz de aquella última declaratoria:

-¡Libertémonos del yugo extraño, y después Dios proveerá!

Resumía esta frase, con los anhelos de una generación formada al calor de la lucha y que todo de la lucha lo esperaba, lo incierto de su destino.

Tal vez se descubría en ella el fondo de soberbia genial que constituía la base de las rebeldías indomables; pero esa naturaleza bravía favorecida en su desarrollo por las condiciones geográficas del territorio, aislado de los otros en casi su totalidad por mares y grandes ríos, era precisamente la causa del conflicto, la razón inicial de la aventura legendaria.

Y bajo esta faz el problema de futuro ¿podía considerarse asimilable el elemento nativo?

La pregunta era honda, y eludió satisfacerla como si se hubiese abocado a un abismo insondable...

En la bandera a cuya sombra los orientales peleaban se leía con letras negras la inscripción de ¡libertad o muerte! que era su grito de guerra y también de gloria.

En ese lema se resumían sus ideales; en ese grito sus virtudes guerreras. ¿Se obstinaban ellos en probar que eran capaces de ser libres dentro de un gran todo o de una gran patria de comunes sacrificios; o buscaban significar con ese lema, que tenía su origen en Artigas, que toda dependencia les sería odiosa aun dentro de la comunidad primitiva?

Se inclinaba a creer esto último; y un día dijo a su jefe lleno de ardimiento:

-Si vienen los argentinos y libran la gran batalla, nuestra esperanza llevará camino de realidad, mi comandante.

-¿Por qué? -había preguntado Oribe.

-Porque hoy ninguno de los rivales podrá obtener victoria definitiva, fuertes como uno y otro lo son; y entonces nos harán el fiel entre los dos platillos.

-El caso es que los argentinos vengan. Mientras eso no suceda, no habrá fiel, desde que no haya balanza que equilibrar.

No ponía en duda Berón este aserto; pero consolábale la idea de que el auxilio vendría, hecha como lo había sido la declaratoria de incorporación, y factible como era un hecho de armas que de un momento a otro, asegurase a los «insurgentes» el dominio de la campaña.

Muchas otras circunstancias concurrían a preparar el espíritu del gobierno argentino a una actitud resuelta.

La marcha misma seguida por la revolución estimulaba al socorro, en nombre de principios que ella se esmeraba en consagrar sobre el terreno de la lucha. Sus prácticas no desdecían de la alteza del propósito. Hacia la lucha humana, sin crueldades ni venganzas.

El joven patriota sentía por ello una íntima fruición, que se renovaba con frecuencia por las voces que se alzaban en la otra orilla en defensa de los oprimidos.

Una tarde su goce subió de punto.

De la tienda de Oribe había pasado a la suya una hoja impresa, un número de El Piloto, que aparecía en Buenos Aires, cuya prédica reflejaba los nobles deseos del pueblo argentino, y en cuyas columnas leyó, entro otras expansiones entusiastas y generosas, estas líneas:

«Un pueblo que ha pasado por cien vicisitudes podrá acaso, como Roma, no hacer votos por los buenos días de su libertad; pero los pueblos que no han tenido lugar aún de gozar de aquellos bienes, no pierden así sus sentimientos ni sus esperanzas de conquistarlos: ellos hacen lo que los orientales conducidos por el inmortal Lavalleja, cuyos heroicos hechos han sido coronados con el sublime ejemplo de perdonar el extravío de sus hermanos.»

Y al leer esto, que era gloriosa verdad, tuvo presente que la revolución había aceptado aun a los descreídos en su seno; recordó que Calderón, enviado por Oribe al cuartel general con la nota de traidor y condenado a muerte por el consejo de guerra, había merecido gracia el día del cumpleaños de Lavalleja, por interposición de Rivera, sin otro compromiso que el del juramento de no hacer armas contra sus antiguos compañeros; juramento violado a los pocos días, uniéndose al perjurio nuevamente la traición.

Hizo también memoria de muchos otros que debieron la vida a la lealtad caballeresca, y de más de mil prisioneros actualmente en depósito que eran objeto de tratos humanitarios; y aun cuando hallaba algún punto oscuro en la actitud de Rivera en el episodio de Calderón, dadas las facetas sombrías de este personaje, no podía él menos de decirse interiormente, como un resumen de levantadas ideas: «con esta moral se irá lejos».



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