Grito de gloria : 32

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El desorden en la línea del centro, y sus episodios, sólo habían durado algunos minutos.

Puesto Lavalleja al frente de la reserva que mandaba Quesada, y llevada la carga, quedó limpia de enemigos la ladera, rehízose en el acto la división de Oribe, y el escalón de Ismael, con su alférez a la cabeza, trepo a escape la loma, hallando solo y a pie su capitán entre los caídos en la pelea.

Al ver a sus soldados, dijo con su aire calmoso:

-¡Cayeron a tiempo!

Y enseñó el sable roto por el medio.

Alcanzáronle un caballo ensillado, uno de los mejores que por la falda vagaban sin dueño; y una de las lanzas arrojadas en la fuga por los escuadrones de Bentos Manuel.

Cogiola con desdén, y al montar murmuró:

-Puede que en esta mano alcance y sobre... ¡Avancen!

El escalón empezó a bajar la cuesta.

Toda la línea, en cuanto la vista dominaba, se movía al trote para ocupar el campo en que tendiera al principio la suya al enemigo.

Los cascos de la caballería iban chocando con millares de armas esparcidas en el suelo, y estrujando cuerpos muertos; delante, en un hermoso valle verde, los despojos eran más numerosos, y allí se arrastraban algunos hombres y bestias con las entrañas de fuera y un rumor de agonía.

Más allá, divisábase como una nube negra extensa que se agitaba en ondulaciones de serpiente, que era la de los restos brasileños, empeñados sin duda en hacer pie firme para tentar el último esfuerzo.

Hacia la derecha Zufriategui, después de doblar con ímpetu el ala izquierda enemiga desordenándola y poniéndola en fuga, había vuelto a su posición y traslomaba ahora la colina al son de las dianas.

Bajo el sable de sus escuadrones habían caído los más esforzados soldados de la izquierda imperial, cuando hecha la descarga por sus carabineros dio media vuelta en dispersión, al comienzo mismo del combate.

Hacia la izquierda notábanse tumultos, avances, repliegues; y llegaban ecos de clamores, de clarines, de fuego graneado.

Se llevaban cargas todavía. Allí estaba Rivera.

En el primer choque, con su empuje acostumbrado y su bizarra osadía, el brigadier no dejó un adversario a su frente, confundiendo en una mole informe los regimientos de Bentos Gonzalves.

Pero, acorridos éstos por su reserva, se reorganizaron en parte; trajeron nuevo ataque; hesitaron otra vez; volvieron grupas, y el sable de los dragones orientales, esgrimido sin cansancio, golpeó sus espaldas en todo el largo de la llanura, sembrándola de cadáveres.

Era lo que se percibía de la línea del centro.

Ismael observaba atento a todos rumbos; algo buscaba con sus ojos con cierta ansiedad; tal vez a Luis María, acaso a Cuaró.

El panorama era demasiado confuso para distinguir personas. Todos se movían y cambiaban de puesto con rapidez; los cuadros solían disiparse, apenas se esbozaban; los episodios se sucedían por minutos; el ambiente estaba nutrido de azufre y salitre, y el ánimo pasaba por la emoción de lo trágico, del desborde de los instintos conflagrados.

Por encima de todo, los clarines seguían incansables en su toque de diana llenando de notas agudas el espacio, como una música alegre que acompañara en su viaje a los muertos, siendo himno de vida, salmo de gloria, para los que se alzaban en los estribos rugientes bajo el sol de aquel día de gloriosa primavera.

Ismael señaló con la lanza el ala izquierda, y dijo cual si hablara a solas:

-¡Frutos!

Recordó tal vez que los dispersos de la extrema izquierda del centro se habían recostado a esa parte, y presumía que allí estaban sus amigos.

Bajando la cabeza, emprendió el galope hacia aquel rumbo.

El escalón, bien alineado, siguió detrás.

Antes que traspusiesen una «cuchilla» intermedia, en cuya cresta terminaba la línea de Rivera, y cuando sonaban ya lejanos los últimos disparos de los imperiales, apareciose en la altura un jinete que sujetó de golpe su caballo y clavó en tierra una lanza de moharra larga y forma culebrina.

Este jinete, al instante reconocido, mereció una aclamación de la tropa y un saludo de Velarde con el astil de su lanza.

El jinete cogió la suya, la remolineó muy alto como si manejará un junco, contestando marcialmente al saludo; y vínose al galope.

Era Cuaró.

¿Por qué se encontraba allí?

Cuando bajó al llano envuelto en un torbellino de jinetes y de aceros, sin auxilio alguno en su trance amargo, al favor de su redomón de pecho que se abalanzaba a saltos de fiera, había logrado arrastrar a su vez el grupo de agresores hacia la línea de Rivera eludiendo los golpes de muerte con tendidas a los flancos de su montura y devolviéndolos con renaciente vigor.

Ya encima de los dragones de Frutos, el grupo se fue desgranando, y al llegar al declive de la colina, los últimos abandonaron su presa.

Cuaró apareciose, pues, disperso en la columna.

Viéndolo Ladislao Luna de lejos, despertósele la inquina y gritó de modo que él lo oyese:

-¡Miren ese que anda como avestruz contra el cerco! ¡Háganlo formar!

Al escucharlo, el teniente sintió que la sangre se le subía en oleadas a la cabeza hasta producirlo un vértigo.

También el odio se le enroscó como una víbora en las entrañas.

A pesar de eso, se estuvo quieto.

Para no mascar rabia, sacó del cinto un pedazo de tabaco en rollo y se le puso en la boca.

Quedose un rato inmóvil mirando a Ladislao, que conversaba con Rivera, con una mirada opaca, sombría; volviose a alzar hasta el hombro la manga de la camisa hecha pedazos y teñida por coágulos de sangre salpicada, y sin hacer caso al toque de atención que resonaba en la línea, puso espuelas y se dirigió a la loma.

Fue entonces cuando se encontró con Ismael.

-Van a entrar a perseguir -díjole.- Sería güeno seguir al flanco.

Efectivamente, el ala izquierda se movió al galope en columna, dirigiéndose hacia el paso de Sarandí.

El escalón de Ismael, a una voz de éste, tomó la misma dirección.

Los escuadrones de Rivera corrían a media rienda en la llanura; y a medida que iban adelantando terreno todas las fuerzas estacionadas en esa dirección, volviendo grupas y aglomerándose bajo el pánico, se precipitaban al vado en tropel.

Acaeció entonces que el regimiento de dragones de río Pardo, cuerpo regular que había causado mucha parte del estrago en las filas libertadoras y que se retiraba en orden por mitades, en la imposibilidad de dominar el tumulto sin comprometer su formación, contramarchó de súbito, y alineándose junto al monte, se rindió a la gran guardia de Rivera.

Parte de la fuerza que éste mandaba había cruzado el vado, cuando llegó Ismael; quien viendo rendidos a los dragones imperiales, preguntó a Cuaró:

-¿Seguimos el rastro, o damos resuello a la gente?... Ya la flor se entregó.

-Calderón va delante con los dos Bentos -respondió el teniente,- y hay que alcanzarlo aunque sea con un tiro de bolas... ¡Recién principia la corrida!

Ismael, sin observar nada, ordenó pasar el arroyo; y ya del lado opuesto, notaron que el brigadier lo cruzaba a su vez seguido de un fuerte destacamento y se perdía luego a media rienda en las ondulaciones del terreno.

-¡Mirá amigo,-dijo Cuaró,- es preciso apurar!

Ismael mandó al galope.

Un zambo que llevaba de clarín sopló el instrumento con todas sus fuerzas.

La tropa se precipitó por las faldas y los valles.

A uno y otro lado huía un enjambre de enemigos a pequeños grupos, y de los ranchos esparcidos en los contornos salían de súbito viejos y aun mujeres armadas de trabucos, que descargaban sobre los fugitivos a su alcance, desmontando a unos y ultimando a otros.

El escalón llegó a enfrentar a una especie de «tapera» en cuya puerta se veían varias chinas que daban voces iracundas, y agitaban cuchillas en sus manos.

A pocos pasos, yacían tres hombres, uno de ellos con insignias de jefe, a quien habían abierto el pecho con una daga.

Era el teniente coronel Felipe Neri.

El escalón pasó a media rienda sin preocuparse del episodio; atravesó un extenso valle cubierto de cardos; traspuso una altura alanceando en su tránsito a algunos rezagados de Bentos Gonzalves, y fue a detenerse en el nexo de dos «cuchillas» para dar aliento a los caballos y examinar el horizonte.

Empezaba a caer la tarde.

La espesa selva del Yi se distinguía próxima, enseñando una orla inmensa de verdura que culebreaba en el terreno hendido hasta perderse muy lejos detrás de las grandes lomadas; multitud de dispersos corrían diseminados por los pequeños valles acosados por el continuo silbido de las «boleadoras», y más allá un grupo considerable, contorneándose en espiral, penetraba en el bosque y se hundía velozmente en su espesura.

-¡Paso de Polanco! -exclamó el teniente.- Por aquí se van los jefes pero el río trae mucha agua... Tienen que cruzar en la balsa y nos dan tiempo.

-Tocan a reunión en el campo de Frutos -dijo Velarde, con el oído atento a los ruidos de aquel lado, y la vista fija en el valle.- La gente se retira.

-¡Sí; ya no «bolean»! -observó Cuaró.- Vamos a atropellar el paso, capitán Mael.

-Mejor sería que «bombeáramos» desde aquellos saúcos para ver lo que pasa.

-Como mande.

Los dos se separaron de la tropa al galope, dirigiéndose hacia el paso.

Recorrieron alguna distancia, y bajaban a un sitio rodeado de quebradas, desde el cual todo quedaba oculto a la vista, cuando en la altura del frente apareciose de súbito Ladislao Luna, quien les gritó a voz en cuello:

-Ya está güeno de perseguir... ¡Dejen que los mate Dios que los crió, aparceros!

-¿Quién manda? -dijo Ismael.

-Frutos. Se ha tocao a riunión y es juerza obedecer.

Cuaró se echó el sombrero a la nuca.

Se había puesto verdinegro, palpitábale el párpado como el ala de un murciélago y las espuelas hacían música de trinos en sus botas de piel de tigre.

Levantó el brazo convulso, exclamando presa de indecible rabia:

-¡Aparcero nunca, ahijao de Frutos!... ¡Amadrinando traidores!...

-A la cuenta le has dao muchos besos al «chifle», enfiel sin entrañas -contestó Ladislao colérico, empujando su caballo a la ladera.- ¡Te he de tarjar la lengua!

-¡Venite al «playo»! -repuso el teniente breve y ronco como quien concentra energías.- ¡Aquí verás si te chupo la sangre, ladrón!

Luna se puso en el bajo a brincos de su overo, que azuzó con la «nazarena», al punto de hacerle doblar los remos delanteros en el declive.

Traía lanza, sable y trabuco.

Ismael quiso intervenir dos veces, poniendo su astil por medio.

Pero, convencido de la inutilidad de su esfuerzo, dada la índole de aquellos dos hombres que él conocía bien, apartose; y púsose a observar la terrible escena mudo, impasible, indolente.

Sería esto un poco de sangre más, de aquella sangre brava que tanto se derramaba por lujo en su tierra.

En el hondo valle, fiera fue la lucha de los dos centauros.

Ninguno habló.

Por tres veces se chocaron los astiles de «urunday», produciendo el ruido de los cuernos de dos toros, y al cuarto ludimiento saltó el rejón de Ladislao arrancado a su diestra por un golpe en la sangría.

Luna empuñó el trabuco, e hizo fuego.

Todos los balines y «cortados» dieron en el pecho y cuello del redomón de Cuaró; mas, al mismo tiempo el overo vino de manos, y la moharra enemiga encontró a Ladislao en descubierto, sepultose cuan larga era en su vientre, le sacó de la montura tendiéndolo en tierra de costado, revolviose en la ancha herida hasta hundirse en el suelo, y cuando Luna se enroscaba al astil como un reptil con el tronco y brazos, y el semblante desencajado, el caballo de Cuaró se desplomó muerto.

El teniente quedó de pie, y largó el lanzón.

Este se cimbró por un momento bajo las convulsiones del herido, hasta que Luna cayó de espaldas. Entonces el astil quedose en posición oblicua, trémulo, cual si a él se trasmitiesen las palpitaciones del moribundo.

-Ya sobra, hermano -dijo Ismael.

Cuaró tiró un manotón de tigre al overo de Ladislao, saltó en sus lomos, arrancó la lanza al cuerpo de un revés; y se fue en silencio sin volver el rostro.

Ismael se apeó.

Allí cerca veíase un charco.

El agua estaba clara y transparente, inmóvil en su lecho de gramillas de un color de esmeralda. En los tronquillos de juncos colgaban sartas de gránulos de un rosa vivo a modo de rosarios que eran hueveras de batracios; y al mojar su pañuelo de algodón Ismael rozó alguna de esas sartas, brotando de ella entonces un liquido de carmín subido, que le manchó la mano.

-¡Aonde quiera sangre! -murmuró.- No parece sino que hemos de ahogarnos en ella, como decía el viejo don Cleto.

Aproximose en seguida al herido, puso una rodilla en tierra, y separándole las ropas hasta rasgarlas en pedazos, lo volvió sobre el costado opuesto.

La espantosa desgarradura quedó a la vista. Por ella asomaban las entrañas y se oía un soplido de fuelles. La culebra de hierro había penetrado ondulando en las carnes, dividiendo tejidos, músculos y una costilla, cuyas puntas saltaban hacia afuera.

Ismael lavó los labios de la herida, moviendo la cabeza, en tanto susurraba dando suelta a una expansión largo rato sofocada:

-¡Parece arco de barril rompido!

Al sentir el roce del pañuelo mojado, Ladislao se contrajo dolorosamente y reprimiendo un alarido que estranguló en su garganta, dijo jadeante:

-¡No te tumés pena, que pronto he de acabar... ¡La encajó lindo ese bárbaro!

Recubriole el capitán la herida, sin decir palabra, diole al cuerpo la mejor posición con cuidado, e hizo beber a Luna un trago de su «chifle».

Luego, otro.

Esto lo reanimó visiblemente.

Miró a Velarde, y prorrumpió:

-Mirá, hermano: cuando yo me haiga muerto, sacáme este escapulario que aquí llevo, en el pecho, y dáselo a Mercedes, si la llegas a ver. Me lo regaló un día de mi santo, diciéndome que nenguna chuza me había de entrar en el cuerpo, porque estaba bendito por el cura... ¡A la cuenta la chuza me entró de costado con miedo al santo, dende que todavía respiro!

-No ha de morir tan pronto, aparcero, -le interrumpió Ismael, rompiendo su taciturnidad con una sonrisa.- ¿Dónde ha visto que asina no más se acabe la yerba mala?

El herido tentó reírse, y lo encogió el dolor.

Replicó, sin embargo, entro quejidos;

-También se seca, y ya siento adentro que me grita la hoya. Nunca me asustó el morir... pero, ¡quién juera vos para ver al pago libre, a la tierra libre, después de tanto pelear!

Se me hace que columbro los ranchos, el arroyo, el monte, las laderas, el ganao matrero...

Aquí se detuvo, con los labios trémulos.

Sus ojos, semi-apagados, se quedaron fijos en el espacio, como si en verdad contemplase algo de todo aquello que revivía en su cerebro.

Clavando luego los ojos en el rostro de Ismael, volvió a decir:

[-Cuando yo haiga muerto dejá mi cuerpo entre estos yuyos, que no precisa de tierra encima para que el cuervo o el gusano se lo coman.] (2) El sol y el agua lo harán guiñapos, y después las hormigas negras dejarán lustrosos y blancos los huesos como costillas de bagual. Naide los ha de llevar, ni la vizcacha, cuando no tengan grasa nenguna; que no vale más que la de un toruno la osamenta de cristiano...

Mirá, valiente: guardáte mi sable que es hoja de confianza. Lo afilé una mañanita en una piedra de la sierra, y si está un poco mellao no es de cortar leña...

-De juro -dijo Ismael pálido y cejijunto.- A ocasiones se criba la guampa al toro, y no es de cornear al ñudo.

El herido dio un resuello, y murmuró muy bajo:

-¿Me prometés?

-Llevar el escapulario y el sable, prometo.

¿Dónde está la moza?

Ladislao le cogió la mano, tomando alientos.

Luego dijo:

-Allá en San Pedro, en un ranchito arrimao al río.

-He de caer...

Pasaron largos instantes de silencio.

De pronto, la herida resolló ruidosa y silbadora y algunas gotas gruesas de sangre negra aparecieron en las ropas.

Ladislao se estremeció, lanzando un ronquido; y ya no volvió a hablar.

Ismael lo cubrió en parte con su «vichará».

Después le acercó a la boca el «chifle», humedeciéndosela con un poco de «caña», que él ingurgitó a medias.

A poco, expiró.

En los aires, sobre el matorral, empezaba a girar un ave negra con las alas muy abiertas, inmóviles. Tenía la cabeza calva y el pico uncirostro. Por momentos arrojaba una nota ronca, con la mirada fija en el suelo.

Ismael se sentó, y permaneció impasible.

Sólo una vez inclinó ligeramente la cabeza, para mirar de un modo siniestro por debajo del ala del sombrero con una ojeada de buitre.



Grito de gloria de Eduardo Acevedo Díaz

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