Grito de gloria : 36

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Ella presentía la proximidad de un gran dolor.

Pero era uno de esos temperamentos que lo sofocan, que lo reconcentran y lo anidan en el pecho, aunque el esfuerzo los deje inquietos, trémulos, adustos, sin más manifestaciones externas que una palidez intensa, un brillo de fiebre en las pupilas y una punzada aguda en la entraña que sólo en la soledad se resuelve en sollozos. De estos dolores que tienen miedo de ser penetrados, por lo mismo que son sinceros y profundos, era el suyo. Sus centros nerviosos se resentían del esfuerzo, y de ahí que la mente divagase aturdida y el corazón empezase a golpear violento como quien pide aire desde el fondo de su encierro. No quería llorar, a pesar de sus ansias. La amargura de su padre sería menos. ¡Cuánta ternura delicada con el herido, y cuánto cariño con él, en su afán doliente! Si ella cedía, ya no abría enfermera; no más tino, no más atención inteligente en las horas crueles, porque la desesperación la haría su presa y el delirio su juguete.

En ciertos momentos la fiebre parecía abrasarle las sienes. El sueño solía hacerla cesar, ese sueño que trae el cansancio prolongado y que deja al organismo como muerto.

Entonces, al incorporarse, se sentía con ánimo fuerte y volvía a la tarea con más ahínco, nutrida de nuevas esperanzas, dulce, risueña, para llenar la atmósfera en que respiraba el herido con todos los tonos y reflejos de su adorable juventud.

¿Cómo pensar que él se podía morir? Era ese un ensueño sombrío. Había venido al mundo con tantos dones para la dicha, era tan gentil, tan generoso, que la adversidad debía respetarlo. Estaba en todo el vigor de la vida, y había de resistir a los estragos del mal hasta vencerlo.

Una noche, el paciente tuvo fuertes contracciones; se quejó, la fiebre volvió a atacarlo y durante largas horas todo afán fue inútil para devolverle algo de la calma perdida.

Natalia pasó este nuevo suplicio de pie, rígida, silenciosa; y ya muy tarde, cuando el herido quedose al fin postrado, como hundido en el lecho, don Luciano la sacó de allí.

Fue aquella una noche triste.

En tanto Esteban y Guadalupe hacían la vela, Robledo salió al patio ansioso de aire puro bajo los efectos de una gran pesadumbre.

El cielo estaba sereno y rutilante, en profunda quietud los campos, y sólo el canto alegre del gallo desde el fondo de los «ombúes» interrumpía el silencio.

Paseose en lo oscuro, por debajo del alero, con la cabeza descubierta y los brazos cruzados.

Luego se quedó quieto delante del ventanillo de Natalia por mucho tiempo; y estando aún allí como una estatua, llegó a oír la voz de su hija que parecía balbucear un ruego.

Después la escuchó más alta, de un timbre desgarrador, que decía:- ¡Piedad, Dios mío!

El viejo llegó a creer que le mordían las entrañas.

¡Era tan amargo el acento, tan sentida la súplica! Aquella pobre que no dormía hacía tantas noches, debía tener como un plomo la cabeza.

Lo peor era que ya el mal parecía sin remedio. Sin duda la bala había caído al pulmón después de haber estado pendiente en el vértice a modo de carámbano vacilante o de lágrima que oscila en las pestañas antes de rozar el pómulo; y si era así, ¡asunto concluido!

Don Luciano fuese de nuevo sin ruido a la habitación de Berón, con los ojos muy abiertos, jadeante y confuso.

Sorprendiose al entrar en ella.

Allí estaba Natalia, firme, tranquila en apariencia, con un gesto de resignación extrema que daba a su semblante toda la dulzura del rostro de las imágenes de cera. Tal vez había llorado mucho. De sus bellos ojos se desprendía un reflejo de tristeza honda, natural en quien ya ha medido toda la magnitud de su infortunio.

Robledo nada dijo.

Observó un momento al herido, y volvió a salir a paso lento, suspirando con fuerza.

Guadalupe y Esteban permanecían quietos en los extremos, sin abrir para nada los labios.

De pronto, Nata se dirigió a ellos, mirándolos también en silencio con los brazos caídos y el aire desolado.

Ellos se fueron al comedor.

Estúvose Nata todavía unos instantes con la vista en el suelo, como escuchando el rumor de esos pasos.

Después se volvió hacia el herido clavando en sus facciones desencajadas la vista ansiosa, se acercó bien, arreglole la almohada, apartole a los dos lados el cabello, y púsose a contemplarlo con muda fijeza.

Como viese que él no se movía, cogiole suave entre sus dos manos el rostro y lo besó en la boca.

Luis María hizo un movimiento, abrió los ojos y los puso en ella.

Volvió a cerrarlos y a abrirlos cual si luchase por reconocer; y al fin, como si reuniese todas las fuerzas que le quedaban, alzó trémulo el brazo, que ciñó al cuello de la joven, la atrajo hacia sí nervioso juntando con la suya la linda cabeza, y dijo anhelante:

-¡Cuánto bien! Así... así...

Ella dejó hacer. Se puso de rodillas en el suelo, lo estrechó contra su pecho y oprimió con los suyos sus labios ardientes sin hablar, entre mimos y retozos, suspiros que eran risas ahogadas, risas que eran llantos comprimidos, fruiciones preñadas de amargura, deliquios que eran ansias de una vida que se iba y de una dicha malograda.

Él pareció renacer; ella olvidar.

Se estrechaban como si buscasen desafiar juntos la temida, hora de la muerte con la fuerza de su cariño.

Arrastrándose de uno a otro sitio sobre sus rodillas, con el seno entreabierto, la boca roja, la pupila brillante, Natalia sostenía entre sus brazos la cabeza del joven, evitándole esfuerzos y venciéndolo en cada arranque con una caricia infinita.

Enseguida se quedaban mirándose, y ella decía:

-¿Es éste un consuelo?...

-Oh, sí -contestaba él.- ¡Más! Que no mata, y hasta el dolor cesa...

Yo quiero vivir, mi bien.

-¿Y por qué no? Dios lo ha de querer, pues que en su bondad permite que hasta los malos gocen... ¡Si te mejoras pronto, verás que dicha! Está el campo que rebosa de alegrías, y vienen los follajes... Iremos allí, donde me bajaste del árbol aquella vez. Me hiciste temblar de miedo, o qué sé yo qué... ¡Pero, tenía un gusto! No pude dormir, entonces; estaba como una aturdida...

Y esto diciendo, escapáronsele las lágrimas que había luchado por reprimir, escondiendo el rostro en la almohada.

Luis María volvió a acariciarla febril, violento, atrayendo con brusquedad su cabeza como quien presiente que la vida se le escapa por el recomienzo del escozor en las heridas.

Natalia se abandonó nuevamente a aquel delirio, a aquella ardorosa ternura que recién se manifestaba intensa, profunda, en el ahínco por la existencia.

La ahogó él con sus besos.

Cada vez que quería hablar, su boca, llena de fuego, cerrábale la suya con energía varonil, y su mano crispada le retenía la cabeza unida como un áncora de esperanza.

Cual si saliera de un sueño, Natalia dijo temblante:

-¡No puede esto dañarte...! ¡Qué locura! Reposa, por favor.

-Hay tiempo -murmuró Luis María con voz apagada.

Otra vez... otra...

Dio luego una sacudida, se arqueó, puso el semblante en el seno de la joven y escapósele un sollozo.

En pos de esa contracción, su cabeza resbaló en la almohada y hundiose en ella.

-¡Ay! -exclamó Nata- ¡qué tortura horrible!

El herido había cerrado los ojos y respiraba con gran fatiga. Ardían sus sienes.

Púsose de nuevo Natalia de pie, alzándose pálida y rígida como una muerta.

Cogió con mano convulsa la infusión de corteza de «quebracho», y le hizo beber dos o tres sorbos.

Examinole las vendas.

La del brazo no ofrecía novedad alguna. No así la del pecho. Debajo de ésta se dibujaba una mancha de sangre y sentíase un resuello sordo, intermitente de fuerza viva que se aniquila.

-Yo habré apresurado su muerte -susurró Natalia conteniendo los alientos.- Pero él lo quería... Era un pobre y último goce que no podía negarle, ¡pobre goce! ¡Más merecías, mi amado, ya que vas a morir; todo mi ser fuera poco!

Y contemplándole como extraviada, la angustia subió de punto.

Volvió a abrazarse a él y lo movió diciendo con acento bajo y entrecortado:

-No te vas así tan pronto... Yo no quiero que te mueras. ¡Oh, crueldad de la suerte! ¡Vuelve, mi bien, sí, vuelve!... Un último beso para tu madrecita querida, que yo lo recibiré todo en mi boca. Sonríete como antes; ¡ánimo! ¡sí, ánimo, que esto pasará, mi amigo adorado!

Sonreía ella a su vez, viendo que el herido abría los ojos y se volvía, como cediendo al esfuerzo de sus manecitas temblorosas que le opriman las sienes dulcemente.

Pero fue un arranque supremo.

Un fulgor opaco lucía en sus pupilas, que se concentraron sobre la joven con la dureza de la agonía; quiso hablar, y de su boca salió un hálito leve, y al sellarse en un último beso los labios de los dos, sacudió un momento la cabeza, la posó en la almohada y se quedó inmóvil.

Natalia lanzó una voz semejante a un ronquido, y dioso vuelta anonadada.

Vio a su padre, a Esteban, a Guadalupe, a don Anacleto en la penumbra que miraban hacia el lecho, como buscando entre sus pliegues un signo de vida.

-Inútil empeño -dijo Natalia.- ¡Todo acabó!

Sin vacilar acercose al lecho, y posó sus dos manos en los párpados del muerto.

Allí las tuvo un rato.

Después las separó y miró...

-Estaban plegados. Parecía dormido.

El resplandor tenue del alba penetraba por las rendijas del ventanillo y con su aparición coincidía el variado concierto de las aves que anidaban bajo el alero. De afuera venía como una oleada de vida, cargada de trinos y de aromas; y las luces brillantes no tardaron en unirse al festival de la mañana, con el coro lejano del ganado y el vaivén del esquilón.



Grito de gloria de Eduardo Acevedo Díaz

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