Grito de gloria : 5

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La cifra pues, de los invasores, no era para inspirar temor a un poder incontestable. Que llegara a aumentarse, era todavía un problema, aunque melenudos, carecían de la levadura de los gigantes bíblicos que con la honda o la quijada nivelaban en un momento las condiciones de la lucha.

Como hemos dicho, el guarismo de los dominadores, teniendo sólo en cuenta las tropas de guarnición en el país, incluidas las auxiliares de Rivera, y las que podían maniobrar en el acto desde la vieja línea divisoria, en donde vivaqueaban con sus armas en pabellón, sumaba cinco mil hombres próximamente. Este ejército compuesto en su mayor parte de infantería y caballería de línea, estaba apoyado por una artillería de plaza y de campaña que contaba con ciento cincuenta cañones. Secundábalo en las vías fluviales una armada de siete buques, perfectamente, equipadas, y prontos para la acción.

Proporcionalmente, correspondían desde luego a cada invasor más de ciento, cincuenta soldados con cuatro piezas de artillería.

Proporcionalmente, correspondían desde luego a cada invasor más de ciento cincuenta soldados con cuatro piezas de artillería. La proporción no podía ser más aterradora, del lado de la tierra nativa. Después estaba el hondo canal del río, suficiente, a absorberse millares de hombres en la fuga desesperada; y del linde opuesto las autoridades hostiles listas para apoderarle de los vencidos, en desagravio del vencedor.

Aquellos hombres que dominaban tales perspectivas sin pueriles ofuscamientos creía de buena fe que ellos se convertirían en dorados horizontes de una mañana de gloria. El caso era hacer pie firme en el terreno.

En las primeras horas buscaron refugio en el bosque -la guarida del patriotismo en aquellos tiempos crueles, de donde el patriotismo salía como hambrienta fiera para poner pavor a los campos.

En el bosque aguardaron que Etchevest y los hermanos Ortiz trajeran caballos de los alrededores.

Ellos los buscaron por los más escondidos lugares.

El matalote de un leñador en que los hermanos se montaron, uno sobre la cruz, otro sobre las ancas, sirvió de vehículo para la pesquisa. Etchevest caminaba al frente fiado al vigor de sus piernas, escudriñando con ojos de baqueano la espesura a lo largo de la costa. De la tropilla que Gómez se había visto obligado a dispersar días antes, dieron a altas horas con diez caballos; más tarde encontraron otros.

El número completaba el de las exigencias, y se volvieron cuando asomaba el alba al escondrijo de sus compañeros.

Ese día lo pasaron entre el ramaje esperando que el sol cayera.

Ya avanzada la tarde, los invasores aderezaron sus caballos; pusieron a grupas lo que sobraba del armamento y municiones de guerra; y emprendieron la marcha con esta consigna de Lavalleja:

-Por razón alguna nadie se separe de las filas.

Dirigíanse a la estancia de Belis, a inmediaciones de San Salvador, donde existía una guardia enemiga.

Había que empezar por batir las guardias.

Esta, sin embargo, alcanzaba casi a cien hombres.

Algunos montaraces de largas greñas, hoscos y callados, se incorporaron al grupo, que hacía su trayecto a trechos por el interior del bosque.

Mandaba el destacamento de dragones a sorprender el comandante Julián Laguna, al servicio del imperio. Advertido formó en ala sobre la loma. El jefe de los invasores se detuvo, e invitó a conferenciar a su enemigo. Vino éste y hablaron. Sin duda alguna las resistencias del invitado se hicieron pertinaces, porque el caudillo de la empresa, perdiendo la paciencia, llegó a exclamar de un modo brusco.

-No entiendo de consejos. Ríndase, o lo cargo.

-¡Cargue, que hay hombre!

Lavalleja revolvió el caballo hacia sus filas, y cargó, bandera al viento. La refriega fue breve. Un avance a media rienda, varios sablazos de gente encelada, alguna sangre vertida; confusión sin entrevero, media vuelta y desbande.

No pocos de aquellos soldados batidos, que habían desnudado sus aceros murmurando, los volvieron a la vaina, e ingresaron al grupo vencedor.

Dos horas después, cuando se aprestaban los invasores para continuar su obra de viento de borrasca depurador y bravío, una partida de patriotas, trayendo varios prisioneros, se les incorporó.

Esta junción produjo entusiasmo en las filas. Los recién venidos eran casi todos antiguos soldados de Lavalleja u Oribe.

Juntos habían vivido en los montes durante largos meses hostilizando al enemigo desde la madriguera, sin ceder nada de sus odios nativos; ahora se presentaban sin tacha, soberbios, encelados, arrastrando un grupo de vencidos, en prueba de ardor varonil y de fibra guerrera.

Acompañábalos un clarín, que no cesaba de echar diana con un brío que denunciaba la robustez de sus pulmones. En las filas abrazábanles entre aclamaciones ruidosas, llamándolos por sus nombres y pidiéndoles detalles del encuentro en que habían salido victoriosos.

Uno de los nuevos campeones era el capitán Ismael Velarde, soldado de las primeras guerras, a quien Lavalleja conocía bien.

Joven, esbelto de semblante de mujer y mirar duro, llevaba la lanza con aire de soberbia, acaso con el mismo que lo estimulara a empuñarla en su primera mocedad. Él era el que enterado del pasaje de los treinta y tres patriotas, había reunido algunos compañeros en las vertientes de Santa Lucía y arrojándose sobre un destacamento de caballería de línea brasileña, apostado en los campos de Robledo, matándole varios soldados y apoderándose del resto. La refriega había sido aún más fructífera. El éxito devolvió a la causa de los patriotas un buen número de nativos que se encontraban asediados en el monte, y otros prisioneros en las «casas»: los cuales, rescatados, figuraban ahora en el grupo cómo números distinguidos. El teniente Cuaró, veterano de Latorre, de atezada piel, miembros fornidos y pescuezo de toro, entraba en la cifra; también Ladislao Luna, antiguo alférez de Rivera en sus aventuras heroicas, del año XVII. Seguían luego algunos «tapes» de Soriano y mocetones ariscos de la cuchilla de Marrincho, que habían crecido en el torbellino de la lucha y en él debían desaparecer como «tucos» en noche de tormenta.

Pero, entre todos, un voluntario atrajo las miradas por su aspecto y compostura.

Era éste un joven blanco y rubio, de ojos azules, cabellera blonda y rizada, alto, gallardo, de manos y de pies pequeños que llevaba la espada como un oficial correcto, el sombrero como un trovador y la espuela como un caballero.

A pesar de la tostadura del sol y el viento, y del deterioro extremo de las ropas, Oribe lo reconoció apenas fijó en él la vista. Se llamaba Luis María Berón. En su mirada triste y su frente soñadora parecía reflejarse algo como las nostalgias de la tierra, y en el gesto altivo y adusto presentirse el vibrar de la fibra a impulsos de una sangre rica y generosa.

Seguía a Berón como su sombra, un negro liberto con todos los aires de buena chanza, mozo, robusto, bien plantado y gran jinete, el chambergo sobre la oreja, bota a media pierna, una haba del aire en el ojal de la blusa y el trabuco cruzado a los riñones.

Por último, un viejo sobresalía en el grupo. Era este hombre muy tieso y muy espigado, de mirada viva y ceñuda propia de ojos hundidos en las cuencas y rodeados de un matorral de cejas gruesas en forma de penachos de «ñacurutú». Tenía la nariz ganchuda y prominente en el vómer; el pelo, que había sido crespo y del que apenas quedaban algunos largos mechones, caía sobre los hombros a modo de capullos invertidos de cortadera; la barba enmarañada y recia, teñida en parte por el humo del tabaco, mostraba su punta retorcida hacia un costado por el uso del barboquejo.

Llevaba sombrero de panza de burro, chapona de paño azul, chiripá de tela gruesa listada a bandas rojas, botas flamantes de cuero crudo y espuelas de hierro, cuyas ruedecillas hacían música gruñona con el freno y las coscojas.

La daga que traía a la cintura tornábale por detrás un embuchado en la chapona. El poncho en rollo a las grupas, y una gran lanza con cuatro medias lunas y banderola tricolor que blandía en la diestra, daban a este nuestro antiguo conocido don Anacleto todo el aire de un caudillo de pago que aún goza de la plenitud de su prestigio.

Su caballo overo de cola recogida y crines retaceadas a cuchillo, en buenas carnes y regulares bríos, solía pararse para golpear con el casco el suelo, en cuya sazón, el viejo capataz le acercaba la espuela con cuidado y apretando las rodillas, como si se tratase de un «redomón» de más mañas que un «matrero».

Pasada la efusiva expansión de los primeros momentos, el valioso contingente entra a formar en el escuadrón de Oribe; quien nombra a Ismael Velarde capitán de la primera mitad con Cuaró de segundo, y a Luis María su ayudante secretario.

Ladislao, con su grado de alférez, queda subordinado a aquel, haciendo revistar en filas a los «tapes» y mocetones montaraces.

Adquirido así mayor nervio con gente de resolución y empresa, maciza en la marcha y en extremo hábil para manejarse, en el terreno, la reducida fuerza revolucionaria siente que se aumentan sus alientos y que crece en ella el espíritu de cuerpo que ha de llevarla unida y vigorosa de escaramuza en refriega y de combate en batalla, en una serie no interrumpida de brillantes jornadas.

Se alza la bandera, y se grita: ¡todo por la patria! ¡la tierra pertenece a los valientes! Los jinetes se agitan fieros, rompen los clarines en marcial fanfarria que estremece el suelo del camino al paso de aquella caballería temeraria, en duelo con la suerte, que va a quebrar lanzas contra el dragón forrado en hierro de la conquista.

La pequeña legión avanza, entra en Soriano -la vieja villa taciturna del sistema hispano-colonial,- y da el grito de independencia con asombro de sus solitarios moradores. Algunos antiguos servidores, de Artigas, que allí dormitaban sobre el gran estero oscuro como soldados que han caído rendidos por el cansancio, oyeron el grito, y escucharon la lectura de una proclama en que se hablaba en nombre de la unión argentina, de la autonomía de la provincia como parte integrante de la República limítrofe y del auxilio que de ella vendría, toda vez que los orientales respondieran al llamado del patriotismo. La proclama nada decía de las primeras luchas, y mucho de una vida nueva. No preocupó la fórmula a aquellos antiguos servidores. Era sin duda una proclama como cualquiera otra; «que ayudasen no más los de la otra banda»; después el tiempo diría lo que del crecimiento y el choque de las pasiones y de los intereses resultase. Tras de ese encogimiento de hombros del estoicismo, los hombres se limitaron a este criterio concreto: «ante todo es preciso sacudirse el peso del yugo, y venga el socorro para ello de quien pueda más que Artigas».

Y descolgaron sus sables mohosos, acudiendo al rumor de la batalla. La legión subió a cien; y estos cien marcharon hacia el arroyo del Perdido.

En el trayecto, cae prisionero un baqueano enemigo de nombre Juan Baez, que llevaba instrucciones escritas de Rivera para el mayor Calderón, jefe de los dragones. En la nota urgíale que se le incorporase sin demora para abrir operaciones sobre Lavalleja, soldado de éste en las guerras anteriores, Baez acata a su viejo jefe, ofrécesele para inducir a engaño al brigadier, y le informa que algunas partidas merodean por allí cerca. Añade que hay tropa acampada en los ribazos del Monzón, uno de los manantiales del arroyo Grande, y que con ella está el comandante general de compaña. ¡Al encuentro, a paso de trote!

El baqueano vuelve sobre sus pasos y con él la pequeña columna, que abandonó por el hecho el rumbo que le hubiera conducido, hasta el campamento de Calderón, situado a la orilla, de otro canalizo secundario de aquel arroyo.

Bruscamente, las partidas contrarias aparecen traslomando a la carrera la próxima «cuchilla», como impelidas por un instinto irresistible; y a la vista de la hueste, blanden las lanzas como un saludo marcial, y en vez de acometer se incorporan a las filas. Óyense gritos vehementes; y algunos de aquellos hombres se abrazan juntando sus cabezas sin detenerse.

La columna así robustecida, sigue andando en busca de la aventura temerosa como asistida de una virtud aquiliana. El humilde Baez la guía; es este oscuro soldado el que ha de llevarla al terreno de uno de sus mejores triunfos, el que debía asegurar el éxito de la empresa. Baez, aunque al servicio de los dominadores hasta pocas horas antes, ya no es un prisionero, porque se ha identificado con los que acompaña; ni se considera a sí mismo un traidor, pues que su conciencia no le acusa y su corazón le arrastra. Es una unidad del esfuerzo anónimo, que cae en cuenta; el baqueano de la aventura que, casualmente atravesado en su camino, se apasiona de la audacia, y se resuelve a separar aquélla de su marcha ciega guiándola a favor de su arte por senderos desconocidos hasta precipitarla armada y potente sobre el enemigo más temible -por ser aquel que podía detenerla en sus avances y romper el nervio de su acción.

Baez se adelanta, en prosecución del plan acordado con Lavalleja, a favor de las asperezas del terreno; y dejando oculta la columna, sigue solo hasta encontrarse con la guardia que mandaba el bravo oficial Leonardo Olivera.

Juan Baez dice a éste:

-El mayor Calderón con el escuadrón de dragones está en el bajo, aguardando órdenes. Yo sigo hasta el campo del comandante general a darle parte.

Olivera no se sorprende de la nueva, y pide su caballo, contestando tranquilamente:

-Voy hasta el bajo. Anuncie el caso al jefe.

Enseguida monta, toma el galope, trasloma y cae al llano sin recelo. Allí es rodeado y se le intima rendición.

Apercibido de esto, exclama con entereza:

-Rendirse ¿a quién? Todos somos hermanos. ¡Pido lugar en las filas, para mí y mis compañeros!

En esos momentos, un pequeño grupo, apartado del grueso que había estado inmóvil al pie del declive, a las órdenes del comandante Oribe, moviose bruscamente tendiéndose en ala en la ladera.

Sentíase a la parte opuesta el galope de varios caballos.

Fijáronse allí las miradas.

Pronto escaló la colina un jinete de figura apuesta, cabello negro y semblante tostado, joven, en la plenitud de su vigor; quien, bien sentado en los lomos, cubierto por un poncho de tela color ante, cuya halda derecha había arrollado sobre el hombro, venía seguido por otros dos a guisa de escolta.

Sujetó el caballo al trasponer la «cuchilla», y empezó a descenderla al trote, algo sorprendido del cuadro que se extendía a su vista.

-Ese es Frutos -dijo Ladislao con cierta fruición íntima-. ¡Veanlo si se mueve arrogante!

Ismael lo miró de soslayo, por debajo del ala del sombrero, murmurando:

-¡Verás que se duebla!

Otra vez dejó caer con pausada entonación estas palabras:

-¡Ahora, para qué!...Ya cayó el «matrero».

Alguien añadió, con risa irónica:

-Está lustroso, a fuerza de buen vivir. ¡Naide rompa esa cuna por ser del mesmo palo!

El comandante Oribe hizo una seña.

El pequeño grupo emprendió el galope, formando media luna a retaguardia de los recién venidos; y el mismo jefe, abandonando con Luis María su puesto, picó espuelas, y se puso en un instante junto al brigadier.

Al sentir el tropel, Rivera, volvió el rostro y saludó llevando la mano al sombrero. La estratagema le quedaba de manifiesto; su saludo, suplantando a la protesta, era un principio de llamado a la clemencia.

Oribe lo alcanzó, cuando ya estaba próximo a Lavalleja.

El brigadier se detuvo sin objetar nada sabiendo que era, temible el adversario que tenía a su lado; por lo que, dirigiendo un tanto inquieto la palabra a Lavalleja, exclamó:

-Perdóneme la vida, compañero... Ordene que se respete mi persona...

El caudillo invasor lo miró severamente, respondiendo en el acto:

-¡No lo han de matar! En cuanto a lo demás, no pensó V. lo mismo respecto a mí, no hace mucho tiempo, cuando por orden de Lecor entró a acosarme desde los campos de Zamora.

Rivera, aunque bastante impresionado ya por los rumores de voces airadas que llegaban hasta él, echó mano al fondo inagotable de sus recursos de astucia, apresurándose a decir con el tono de la mayor sinceridad:

-¡Oh! nunca fue mi intento el perseguirlo a muerte... Le aseguro que lo buscaba para proponerlo un plan de independencia; pero las cosas vinieron mal.

-¡Buen modo de buscar!... Obligar a un hombre a huir en pelos, y con sólo los calzoncillos... No le hace, paisano, nunca es tarde para eso.

En un grupo del flanco, se murmuraba de una manera sorda. Los reproches de Lavalleja incrementaban la excitación. Aquellos como resongos de cimarrones alimentaron por grado a la alarma de Rivera; acaso porque sabía él medir la importancia de su persona, y por parte de sus adversarios, la imperiosa necesidad de eliminarla o de hacerla servir a sus fines. Sagaz en la combinación de sus planes, como despierto en el peligro, aquellos murmullos amenazadores le indicaron el medio de prevenir la explosión de descontento. Entonces dijo, sin vacilar, con el acento de aquel que no puede creer que se dude de su lealtad:

-Estoy dispuesto a entregar la fuerza de mi mando, y si V. lo quiere, en el acto mismo imparto órdenes... Aseguro que no habrá resistencia alguna, por cuánto los muchachos están siempre cismando con la libertad de la tierra y a una voz mía seguirán el movimiento.

-Falta hace que se les caliente la sangre -repuso Lavalleja, echando un terno redondo-. Mande lo preciso a preparar la entrega.

Mientras Frutos -como le llamaban los criollos- daba instrucciones a Olivera para que hiciera largar los caballos a su tropa, y difundiese en el campamento la especie de que eran los dragones de la provincia los que estaban en el bajo, la pequeña columna desmontó, a la espera del resultado. Al primer impulso rencoroso, habíase sucedido cierta satisfacción bulliciosa. Si el caudillo obraba de buena fe, la empresa iría adelante de un modo irresistible.

Unos minutos después se ordenó montar.

Lavalleja dijo al cadete Spikermann:

-¡Cuando estemos en medio del campamento, hágalo flamear alto para que la saluden todos!

El cadete llevaba en la diestra un astil con funda de hule negro, y ocupaba el centro de los escalones. Estos avanzaron, al trote. Al encumbrarse en la colina, divisaron los fogones y a la fuerza que vivaqueaba confiada casi encima del ribazo.

Los invasores penetraron en el campamento en formación, y una vez en el centro, el porta desplegó la bandera al grito de «¡libertad o muerte!». Esta gran voz, porque fue briosa y sonora, salió de labios de Luis María. Antes que el estupor visible en todos los semblantes, se hubiese desvanecido, el capitán del primer escalón de Oribe puso espuelas a un redomón tostado y entrándose en las filas riveristas, con gesto ceñudo, dijo imperioso:

-¡Dos pasos al frente, todo el que no sea oriental!

Los brasileños que no revistaban en la fuerza obedecieron sin dilación, y depusieron las armas.

Los demás fueron alistados en la tropa invasora. El clarín echó diana.

Ahora se sentía en el núcleo un aliento poderoso de fe y de audacia que levantaba los corazones ante las realidades del éxito.

-¡A este paso comandante, el ensueño será pronto un hecho! -dijo Berón, fijando en Oribe su mirada llena de luz y de pasión patriótica.

-Tal vez -respondiole su jefe, con aire adusto-. La obra empieza; cuando concluya, sabe Dios si será completa.

Demarcaremos con la espada la frontera. Y así que hayamos triunfado, serán nuestra defensiva la elección y el ejemplo.

-De la frontera norte, no dudo, ayudante, que quedará señalada con nuestra sangre, si necesario fuere. Pero... ¡hay otra frontera que la fatalidad de las cosas borrará acaso, aunque la forme un río ancho como mar!

Luis María se puso más adusto que su jefe, y mirando a la bandera que flameaba altiva, repuso con acento amargo:

-Y entonces eso, ¿nada significa?

El comandante se sonrió.

-Sí -dijo-. Recuerda muchos años de pelea, la lucha ciega contra todos los que han querido arrebatarnos nuestro derecho.

-Y ahí está -murmuró Berón como hablando a solas-. ¡Es la misma protesta, la protesta de siempre!...

Callose, triste. Pareciole que sentía esa protesta, zumbando en el aire, eco lejano de combates desesperados, -al sacudir el viento la bandera. Si no era el símbolo de redención, de independencia absoluta, de historia propia, si en manos de Artigas fue pendón de caudillo, emblema de crudezas y de ambición hosca y fiera, ¿por qué se agitaba cómo lábaro de un nuevo ideal entre los que por ella habían dado su sangre? Aparte de aquella independencia absoluta, ese símbolo no se armonizaba con el esfuerzo. Su prestigio se fundaba en su origen histórico. ¿Por qué renegarlo, en la hora de las grandes reivindicaciones? Allí estaba, en medio de las filas, con sus colores vivos, osado, altanero, como la pasión indómita de otros años, esparciendo en derredor los recuerdos de cóleras furiosas de agravios infinitos, de cruentos infortunios. ¿Hablaba a la memoria hiriendo en el instinto de la venganza o en la fibra de un patriotismo dormido en la lucha constante, en la aspiración permanente a la existencia sin ligaduras ni reatos? Con su tela se había empezado a tejer la nacionalidad, y ciertas nacionalidades se tejen al principio con crudezas de semi-barbarie, que son las que más resisten a la decadencia que corrompe y disuelve. Esa bandera se paseó en combates heroicos sin que la deshonrara la misma derrota; ungiéronla con sangre a raudales en terribles entreveros; consagráronla como signo de guerra a la absorción y a la hegemonía todas las soberbias de pago encarnadas en los hombres de valor; y todas las energías locales se habían crecido y encelado bajo sus flotantes pliegues, formando con sus rabias y enconos, sus sacrificios y ejemplos como durísimas mallas en que debía embotarse el golpe de muerte al ideal de independencia. En prueba de esto estaba allí... ¿Conocía otra bandera el paisanaje belicoso? Esa era la que, a pesar de asoladoras guerras, hablaba a sus pasiones con la elocuencia de una arenga momentos antes de la carga, de un premio a sus afanes después de la victoria... Al pensar que no fuera ahora emblema de un poder propio, velaba el encanto del himno marcial de los clarines, a su sombra; simbolizaría el sacrificio de los débiles en obsequio a la grandeza ajena a la eterna tutela del más fuerte, al vil precio de la necesidad, como se decía en la época del embrión revolucionario.

¿De qué modo entenderían esto los hombres de corteza rústica, de pensamiento de niño y corazón de león?

En medio de este hondo soliloquio, y alejado Oribe, Luis María vio detenerse cerca a Cuaró, quien se puso a contemplar impasible la escena que se desenvolvía, a su frente.

Una vez fijó sus ojos negros y relucientes en la bandera, dilatándosele las alas de la nariz cual si olfatease humo de pólvora, o se le agitara algún instinto adormecido en el fondo de la entraña.

Berón, que lo observaba atentamente, díjole.

-¿Te estás acordando, compañero?

El teniente parpadeó con fuerza hasta dar a sus pupilas un brillo luminoso, y alzando el brazo semi-desnudo señaló la tricolor con un gesto de orgullo.

-En Catalán estuvo asina, -contestó-, hasta tardecito, cuando Latorre mandó que yo cargase con la escolta. La querían tomar, yo la defendí y me mataron la gente; a mí mesmo me curtieron la lanza, pero desde que no morí, la bandera no cayó... Verás hermano que la salvamos mejor en esta pelea. ¡Va a durar más que vos y que yo!

-¡Si eso fuera cierto, si sobreviviese lo que ella en el fondo simboliza!... -exclamó con emoción el joven-. ¿Qué importaría lo demás?



Grito de gloria de Eduardo Acevedo Díaz

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