Historia II (Versión para imprimir)

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Autor: Charles Seignobos[editar]

Guerras de Italia[editar]



A fines del siglo XV había en el Occidente de Europa tres grandes Estados: los reinos de España, de Francia y de Inglaterra. Por el contrario, los países del centro de Europa, Alemania e Italia, permanecían divididos entre gran número de pequeños príncipes y de ciudades independientes. Los reyes de los grandes Estados trabajaron para hacerse dueños de los países más débiles.

El rey de Francia, Carlos VIII, dio el ejemplo. Atravesó con su ejército toda Italia para ir a conquistar el reino de Nápoles (1494). Así empezó una serie de guerras, que se han llamado guerras de Italia.

El ejército del rey de Francia era poderoso principalmente por su caballería. Los mejores jinetes, llamados hombres de armas, iban, como los caballeros antiguos, cubiertos con armadura de hierro completa, constituida por varias piezas, de modo que protegía todo el cuerpo, las piernas, los pies, los brazos y la cabeza. Montaban caballos bardados de hierro y combatían con la lanza. Con ellos iban arqueros a caballo, protegidos solamente con coraza de cuero, que no les cubría más que el busto, y montados en caballos más ligeros. Peleaban principalmente con espada.

La mayor parte de los jinetes eran gentiles-hombres. Los nobles no querían servir en la infantería a no ser en calidad de oficiales.

El rey llevaba consigo algunos miles de infantes, sobre todo suizos, pero ya se empezaba a alistar franceses, sobre todo en el Mediodía. Los infantes más vigorosos llevaban pica larga, los otros combatían con alabarda o espada (sólo más tarde se utilizó el arcabuz). En batalla, los hombres armados de pica se ponían delante.

El rey de Francia era dueño de la mejor artillería de la época. Los cañones, colocados en cureñas ligeras, eran arrastrados por caballos y disparaban pelotas de hierro. Pero no se utilizaban todavía los cañones más que para demoler las murallas de las plazas fuertes. La artillería y la infantería servían sobre todo para los sitios, pues las batallas se decidían, por lo común, mediante cargas de caballería.

Este ejército, formado únicamente de voluntarios, no era numeroso, 30.000 hombres apenas, y la mitad, por lo común, eran jinetes. Pero ningún Estado de Italia tenía ejército capaz de resistir a la caballería del rey de Francia. Los soldados italianos (condottieri) hacían de la guerra una profesión, y se habían acostumbrado a ponerse de acuerdo y a batirse de modo que no se hicieran demasiado daño.

Carlos VIII conquistó sin dificultad el reino de Nápoles; pero todos los Estados de Italia se unieron contra él y no pudo conservar su conquista.

Luis XII, rey de Francia desde 1498, reanudó las expediciones a Italia. Comenzó por atacar el ducado de Milán, que reclamaba como heredero de su abuela, hija de un antiguo duque de la ciudad.

Cuando el ejército francés invadió el ducado, algunas ciudades fortificadas intentaron resistir en un principio. Luis XII ordenó pasar a cuchillo a todos los habitantes. Este procedimiento aterró a los italianos, y las demás ciudades se rindieron sin lucha. El duque Ludovico Sforza huyó. Fue a tomar a su servicio infantes suizos y con ellos volvió al ducado. Pero los generales franceses se pusieron de acuerdo con aquellos mercenarios, les prometieron dejarles marchar con sus bagajes, y los suizos abandonaron al duque, que fue hecho prisionero y enviado a Francia. Luis XII quedó nombrado duque de Milán.

Reclamó en seguida el reino de Nápoles. Se convino con Fernando, rey de Aragón, que poseía ya la Sicilia, para conquistar juntos el reino y repartírselo. Los ejércitos de Francia y España, reunidos, ocuparon sin esfuerzo el país (1501). Pero, cuando hubo que hacer el reparto, los dos reyes se indispusieron. Los franceses y los españoles se batieron entonces. Un gentilhombre francés del Delfinado, Bayardo, empezó a hacerse célebre por su valor y su lealtad, y se le denominó el "Caballero sin miedo y sin tacha". Un día defendió solo un puente en el Garellano contra una tropa de jinetes españoles. Por último, los franceses fueron expulsados y todo el reino de Nápoles quedó en poder del rey de Aragón (1504).

Luis XII conservó algunos años todavía el Milanesado y aun intentó ensancharlo, se alió con otros príncipes e invadió el territorio de Venecia. El Papa Julio II le ayudó en esta guerra y llevó él mismo sus tropas a campaña. Pero Venecia hizo la paz, cediendo al Papa las ciudades que quería poseer. El Papa se volvió entonces contra Luis XII, manifestando que había que "arrojar de Italia a los bárbaros", es decir, a los franceses. Se formó contra el rey de Francia una coalición, llamada la Santa Liga, en que entraron el Pontífice, Venecia, el rey de Aragón, el emperador y hasta el rey de Inglaterra. El Papa excomulgó a Luis XII y a sus aliados.

Después de dos años de guerra, los franceses fueron expulsados de Italia. Un ejército inglés penetró en Francia por Calais, otro suizo la invadió por la Borgoña (1513). Luis XII no obtuvo la paz sino renunciando a sus conquistas. El rey de Francia no conservó nada en Italia. El de Aragón continuó poseyendo el reino de Nápoles, y el Milanesado se entregó a un duque italiano.

Durante estas guerras los españoles habían creado un ejército nacional. Los jinetes españoles, menos poderosamente armados y montados en caballos más pequeños, no podían, por lo común, resistir a los hombres de armas franceses. Pero los generales del rey de Aragón (el más célebre fue Gonzalo de Córdoba, el Gran Capitán), tuvieron la idea de organizar una infantería constituida por españoles.

Los infantes iban armados de tres maneras distintas. Una parte llevaba todavía las antiguas armas españolas, la espada y la rodela, pequeño escudo redondo. Otros fueron armados con pica larga, a la manera de los suizos. A otros se dio la nueva arma de fuego que acababa de inventarse, el arcabuz. Todos estaban reunidos en un mismo regimiento, llamado tercio. En batalla se alineaban según el modo como estaban armados, delante los que combatían con espada, manejando la rodela con el brazo izquierdo; detrás de ellos los soldados armados de pica, y en último término, los que llevaban arcabuz, que disparaban por encima de las cabezas de los otros. La infantería española tuvo muy pronto reputación de ser una de las mejores de Europa.

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Casa de Austria

Casa de Austria[editar]



La familia de los príncipes alemanes de Hapsburgo, archiduques de Austria, desde fines del siglo XIII poseía un "dominio hereditario", formado principalmente por provincias situadas al sur del Danubio.

Desde fines del siglo XIV los príncipes electores alemanes, encargados de designar emperador, nombraban siempre a un príncipe de esta familia. Pero el emperador, a pesar de su título, no tenía ya un poder comparable al de los reyes de Francia o de España. Federico III (1440-1493) no tenía dinero ni ejército y no era obedecido en Alemania.

No obstante, la casa de Austria llegó a ser en un cuarto de siglo, mediante tres matrimonios sucesivos, la más poderosa de Europa. Esta política matrimonial fue resumida en dos versos latinos, obra, según se dice, del rey de Hungría:


"Bella gerant alii, tu felix Austria, nube.

Nam quse Mars aliis, dat tibi regna Venus."


"Hagan otros la guerra; tú feliz Austria, cásate;

porque los reinos de Marte da a los otros, a ti te los concede Venus."

1º El hijo del emperador Federico III, el archiduque Maximiliano, casó con María de Borgoña, hija de Carlos el Temerario, heredera del Franco-Condado y de los Países Bajos (Bélgica y Holanda), países los más ricos de Europa. Fue, después de la muerte de su hermano, elegido en su lugar en Alemania, y no llevó durante mucho tiempo más que el título de Rey de romanos, porque no podía ser coronado emperador más que por el Papa en Roma, y no fue nunca a esta ciudad, a pesar de lo cual acabó por tomar el título de emperador (1509). Maximiliano no fue nunca poderoso; intentó varias conquistas y en ninguna tuvo éxito. Carecía de fondos. Los italianos le habían denominado "Maximiliano de poco dinero". Pero su hijo, el archiduque Felipe el Hermoso, heredero de su madre, reinó en los Países Bajos.

Felipe el Hermoso casó con la hija de los soberanos de España, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, Juana, apellidada la Loca. A la muerte de su madre Isabel, Juana fue reina de Castilla (1504). Después de morir su padre Fernando, tuvo en herencia el reino de Aragón (1516). Su marido Felipe había muerto joven (1506), dejando dos hijos de corta edad. Juana fue acometida de una locura melancólica, no quería abandonar el cadáver de su marido. Quedó incapacitada para reinar, y su hijo primogénito Carlos fue reconocido rey en su lugar. Carlos reunió las herencias de cuatro familias: Austria, Borgoña, Castilla y Aragón.

3º Carlos cedió muy pronto a su hermano Fernando los dominios hereditarios de Austria. Luego Fernando casó con la hermana del joven rey de Hungría y de Bohemia, que no tardó en morir en batalla contra los turcos (1526). Hízose entonces reconocer soberano en los dos reinos de Bohemia y de Hungría, que confinaban con sus provincias a Austria.

Rivalidad entre Francisco I y Carlos V[editar]

Capítulo 2 - Política europea (1498 - 1559)
Rivalidad entre Francisco I y Carlos V

de Charles Seignobos



Como Luis XII había muerto sin dejar ningún hijo, le sucedió su primo Francisco I (1515), de edad de veintidós años. Los dos reinos más poderosos de Europa tenían entonces por soberanos a dos príncipes jóvenes y ambiciosos: Francisco I, rey de Francia, y Carlos V, heredero de España y los Países Bajos.

Francisco I, seis años mayor que Carlos, tenía el color moreno, la nariz demasiado grande y aguileña, los ojos sesgados, y usaba la barba en punta. Era un príncipe caballero, alto, robusto, diestro, elegante, de majestuoso porte. Era aficionado al lujo en el vestir y en el equipo, y usaba telas de seda brochada de plata u oro. En las ceremonias aparecía con precioso ropaje adornado con flores de lis de oro, y se cargaba de piedras preciosas. A caballo, se pavoneaba gustoso en público. Hizo su primera entrada en París (1515) con traje blanco trenzado de hilo de plata, montado en un caballo con bardas de hierro. Un embajador extranjero que le vio pasar decía que "entusiasmaba en su caballo que siempre estaba en el aire". Rodeábale un cortejo a caballo "que era maravilla mostrándose ante las damas".

Francisco amaba apasionadamente la caza, y en cacerías pasaba parte de su tiempo, llegando a encontrarse solo frente a un jabalí. Gustábale mucho justar en los torneos. Se divirtió también haciendo simulacros guerreros. Mandaba edificar también haciendo simulacros guerreros. Mandaba edificar fortalezas improvisadas, que sitiaba y defendía con sus camaradas. Escribía con facilidad, le interesaba la música, coleccionaba cuadros y obras de arte. Tenía muy buena conversación, gustándole tratar de todo, de literatura, de política, hasta de ciencias. Pero a nada se dedicaba en serio; le interesaba menos el gobierno que sus placeres, y no le agradaba ocuparse de los asuntos públicos. Un embajador italiano decía de él más tarde: "Una inclinación natural le lleva allí donde no trabaja".


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Carlos de Austria, nacido el año 1500, mayor de edad a los quince años, era enteramente distinto. De mediana estatura, cara seria, la mandíbula inferior muy saliente. Nunca fue realmente joven y envejeció pronto. Gustaba de la soledad y aun tenía accesos melancólicos.

Comía con exceso, y pronto le atacó la gota y una enfermedad del estómago, dolencias que le hacían sufrir frecuentemente.


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Era buen jinete, había aprendido a manejar el arco e iba a veces de caza; pero no dejó nunca que los placeres le absorbieran. Se ocupó siempre seriamente de los negocios, trabajaba mucho y escribía de su puño y letra cartas muy largas. Antes de obrar reflexionaba maduramente, y con gusto solicitaba consejos. Cuando había tomado una resolución, la mantenía obstinado. El mismo decía que era de natural terco.

Carlos, que se había criado en Flandes, hablaba comúnmente flamenco o francés, y en los primeros años se dejó aconsejar por señores belgas. Pero, en calidad de jefe de la casa de Austria y heredero de los reinos de España, aprendió también el alemán y el español.

Estos dos príncipes, orgullosos de su poderío, llegaron a ser, naturalmente, rivales. Iban a disputarse el primer lugar en Europa y la dominación en Italia. La rivalidad entre Carlos y Francisco I debía durar lo que duró su vida.

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Triunfos de Francisco I en Italia

Triunfos de Francisco I en Italia[editar]



Francisco I tuvo primeramente ventaja. Estaba dispuesto a obrar, en tanto Carlos, que tenía quince años solamente, estaba retenido aún en los Países Bajos por los señores belgas que gobernaban en su nombre.

En cuanto subió al trono, Francisco salió a campaña para conquistar el Milanesado. Los regimientos suizos que estaban al servicio del duque de Milán defendían los pasos de los Alpes. Pero un ingeniero español al servicio del rey de Francia abrió al ejército francés un camino improvisado en las rocas, y los hombres de armas franceses pasaron uno a uno, casi siempre a pie y llevando el caballo de la brida.

El ejército de Francisco I bajó de esta suerte a Italia de improviso. Llegó sin combatir hasta cerca de Milán y acampó en Marignan. Hallábase en una llanura cortada por canales y fosos, donde no se podía maniobrar sino yendo por las calzadas.

Los suizos salieron de Milán en tres columnas para sorprender al ejército francés. Eran infantes armados con largas picas. Se les vio llegar entre una nube de polvo. Atacaron a los infantes alemanes al servicio del rey de Francia, que custodiaban los cañones franceses. Francisco revistió su armadura de caballero y cargó varias veces a la cabeza de sus hombres de armas. Se peleó hasta la noche, siendo el polvo tan espeso que no se veía. Al oscurecer se suspendió la pelea. Los ejércitos estaban entremezclados y pasaron la noche reuniéndose. Francisco durmió, dícese, en la cureña de un cañón.


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Al día siguiente, en cuanto amaneció, comenzó otra vez la pelea, y los suizos hendieron el ala izquierda de los franceses. Pero un ejército al servicio de Venecia, aliada de Francisco I, acampaba a unas cuantas leguas de allí. Francisco le había mandado avisar y acudió. A las ocho de la mañana la caballería de Venecia llegó al galope y socorrió al ala izquierda. A las once llegó la infantería. Los suizos, fatigados de tan larga batalla, se retiraron y luego emprendieron la fuga. Muchos fueron pasados a cuchillo.

Francisco I había combatido como valiente caballero. La victoria de Marignan le dio conciencia de que tenía el ejército más fuerte y de ser el soberano más poderoso de su tiempo. Ocupó todo el ducado de Milán sin que nadie osara resistirle. Luego avanzó con su ejército en dirección al centro de Italia. El Papa León X acudió a recibirle a Bolonia con ceremonia grande, acompañado de veintidós cardenales, y convino con él el Concordato de 1556, que hacía al rey dueño del clero de Francia. Los suizos hicieron la paz y prometieron no permitir que en su país se alistaran soldados contra el rey de Francia.

Francisco, orgulloso de sus victorias en Italia, se consideró superior a Carlos, seis años más joven que él y que era su vasallo, porque el condado de Flandes, la provincia principal de los Países Bajos, era un feudo del reino de Francia. Francisco prometió ser "buen pariente" y "buen señor" para Carlos; pero manifestó que "no quería ser conducido por él como el emperador y el rey de Aragón habían conducido a Luis XII". Por su parte Carlos, como heredero de la casa de Borgoña, quería recuperar esta provincia, anexionada desde la época de Luis XI al dominio real.


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La paz duró unos años todavía. Los príncipes llegaron a hablar de hacer alianza para juntos emprender de nuevo la cruzada contra los turcos. Se recordaba más tarde con pena aquel tiempo en que todas las naciones cristianas, francesas, ingleses, alemanes y españoles "comerciaban entre sí pacíficamente".

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Elección de Carlos V

Elección de Carlos V[editar]



Habiendo muerto Maximiliano (1519), el título de emperador quedó vacante. Era la dignidad más alta en Europa, aun cuando de ella no se desprendía ningún poder efectivo. En las ceremonias, el emperador tenía preeminencia sobre los reyes. Los dos rivales, Francisco y Carlos, quisieron ambos el título.

El derecho de elegir emperador pertenecía a los siete "príncipes electores" alemanes. Francisco y Carlos intentaron ganar sus votos mediante dinero. Algunos de los electores prometieron los suyos a Francisco I. Pero había de antiguo costumbre de elegir a un príncipe de la casa de Austria. La mayor parte de los príncipes de Alemania no querían tener por soberano a un francés, temían que Francisco, acostumbrado a mandar como dueño a los nobles franceses, tratara de igual modo a los alemanes. Carlos, menos acostumbrado a ser obedecido, les parecía menos peligroso. Como sus dominios de Austria, estaban directamente amenazados por la invasión de los turcos, se pensaba que estaría más dispuesto a combatir a éstos.

Los príncipes electores se reunieron en Francfort, y un pequeño ejército de caballeros fue a acampar cerca de la ciudad. Los señores de las cercanías manifestaron no querer al rey de Francia. Los príncipes, aun los que habían aceptado el dinero de Francisco I, eligieron a Carlos por unanimidad.

Francisco I, al recibir la noticia, se fue de caza a Fontainebleau, para olvidar su fracaso.

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Imperio de Carlos V

Imperio de Carlos V[editar]



Carlos, nombrado emperador, se llamó Carlos V (en latín Quintus). Poseía los dominios de cuatro familias.

El dominio de Austria, es decir, los "países hereditarios" de los Alpes al Sur del Danubio, que cedió en 1521 a su hermano Fernando.

El dominio de Borgoña, es decir, los Países Bajos y el Franco Condado.

El dominio de Castilla, que comprendía la mayor parte de España y las nuevas posesiones de América.

La herencia de Aragón, es decir, las provincias del Este de España, y en Italia la Cerdeña, Sicilia y el reino de Nápoles.


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Carlos V reinaba en un territorio mucho más vasto que ningún otro príncipe de su época; sus dominios se extendían por toda Europa y el Nuevo Mundo. Decíase que "en ellos no se ponía nunca el sol".

Su hermano Fernando, en posesión de los dominios austriacos, adquirió pronto también los reinos de Hungría y de Bohemia (1526), lo cual hizo parecer más grande aun el poderío de la casa de Austria, cuya cabeza era Carlos V.

Este, considerado en adelante superior a los demás reyes cristianos, se condujo como Jefe del Imperio y de la cristiandad. No se limitó a que le obedecieran los príncipes de Alemania, quiso obligar a los restantes soberanos de Europa a que reconocieran su superioridad.

Se le creía muy poderoso porque poseía un grande Imperio, pero este Imperio tenía varias causas de debilidad.

1) No formaba un territorio continuo. Los Estados de Carlos V estaban separados, divididos en tres trozos (sin contar Alemania) que no podían comunicarse más que por mar. Carlos no podía enviar tropas de uno a otro, y él mismo no podía ir desde los Países Bajos a España, de España a Italia, sino por mar, viaje siempre peligroso en aquella época.


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2) Cada uno de aquellos países estaba habitado por un pueblo diferente, que hablaba distinto idioma, español, italiano, flamenco o francés. No era fácil gobernar a la vez a todos aquellos pueblos que se consideraban como extranjeros entre sí.

3) Teniendo Carlos, Estados en todas partes de Europa, tenía enemigos que combatir por todos lados. En calidad de heredero de la casa de Borgoña, estaba en pugna con el rey de Francia. Sus posesiones de Italia le hacían rival de varios príncipes italianos y del Papa. Como emperador, tenía conflictos con los príncipes alemanes, y se veía obligado a rechazar a los turcos que comenzaban a invadir Alemania. Tenía que combatir a los piratas musulmanes que hacían destrozos en las costas de Italia y de España. Necesitaba, pues, hacer la guerra por varios lados a la vez, y, como sus tropas no podían trasladarse de un país a otro, en cada país había de mantener un ejército.


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4) Aquel vasto Imperio daba poco dinero. España seguía siendo un país pobre, en ella se encontraban muy pocas ciudades, la mayor parte miserables, y entre una y otra apenas una casa. Aun en Andalucía, el campo no estaba cultivado más que en los alrededores de las ciudades, y eso mal. "Los españoles, decía un viajero italiano, prefieren ser soldados con corta soldada, o bandoleros en los caminos, a trabajar en el comercio o en la industria". Los campesinos cultivaban la menor cantidad de tierra que podía. Los artesanos no sabían trabajar, casi todos los obreros de la Corte eran extranjeros. Las posesiones de América no daban más que una pequeña renta; todavía no habían sido descubiertas las grandes minas de plata del Perú. Las provincias de Italia costaban casi como producían. Casi todos los ingresos procedían de los tributos de los Países Bajos. Carlos V tenía que hacer grandes gastos para mantener sus ejércitos y sus flotas, y siempre anduvo escaso de dinero, jamás tuvo el suficiente para pagar con regularidad el sueldo de sus tropas.

Francisco I tenía Estados mucho menos extensos que los de su rival. Pero el reino de Francia formaba un territorio continuo, de suerte que se podía enviar el mismo ejército sucesivamente a varios lados. Los franceses estaban habituados a los tributos y Francia era más rica que España. Era más fácil al rey sacar dinero de sus Estados. Francisco conocía sus ventajas, y decía de Carlos V: "Sus países están dispersos y alejados unos de otros; le costará bastante trabajo conservarlos". Escribía en 1523: "No temo al emperador, porque no tiene dinero".

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Carlos V en España

Carlos V en España[editar]



Todas estas dificultades aparecieron desde los primeros años del reinado de Carlos V. Cuando abandonó por primera vez su país natal, los Países Bajos, para ir a tomar posesión de sus reinos de España (1517), tuvo que esperar primeramente dos meses en el puerto a que dejase de soplar el viento del sudoeste.

El navío tardó once días para llegar a las costas de Asturias, al Norte de España. Carlos y su escolta bajaron a barcas que los condujeron a tierra. Los habitantes, tomándolos por piratas turcos o franceses, enviaron sus mujeres, sus hijos y muebles a la montaña y tomaron las armas. Se tranquilizaron viendo las banderas castellanas y oyendo el grito de ¡España! Pero no tenían lechos que ofrecer y hubieron de tenderse los llegados en bancos y paja. Al día siguiente se emprendió el camino; pero para 200 personas no había más que 40 caballos o mulos. Se caminó a pie; las damas de la Corte iban en carretas arrastradas por bueyes, por caminos pedregosos, bordeados de precipicios, cortados por torrentes sin puentes, que había que vadear con el agua hasta los arzones. Un mes se estuvo sin pasar por una sola ciudad.


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Carlos no sabía aún el español y estaba rodeado de señores flamencos. Los castellanos se irritaron al ver que aquellos extranjeros guiaban a su joven rey y se hacían dar los mejores puestos. Las Cortes de Castilla (formadas por señores y procuradores de las ciudades) quisieron que Carlos jurase no volver a dar cargos a extranjeros. Pidiéronle también que hablase español y que prohibiese la salida de dinero de España.


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Carlos fué luego a sus reinos de Aragón y pidió fondos a las Cortes (había Cortes en cada uno de los tres reinos). Las de Aragón y Cataluña le hicieron esperar cerca de dos años antes de la votación, y gastó en el país para mantener su Corte casi tanto como le fué dado. No tuvo siquiera tiempo de ir al reino de Valencia.

Los castellanos tuvieron envidia de que su rey hubiera permanecido tanto tiempo en los otros reinos, y cuando Carlos hubo vuelto a Castilla, no quisieron dejarle partir. El rey anunció su partida de Valladolid, se tocó a rebato, y los habitantes se reunieron armados para impedir que el rey se marchase. Carlos escapó gracias a una tempestad. Reunió las Cortes de Castilla y prometió volver antes de tres años, y no dar ningún cargo a extranjeros. Tenía prisa por embarcar, pero el viento soplaba del norte y a diario se hacían rogativas para obtener viento favorable.

Cuando Carlos hubo partido (1520), los habitantes de las ciudades castellanas se sublevaron. Fueron a buscar a la reina doña Juana al castillo en que estaba encerrada y quisieron hacerla tomar las riendas del gobierno; pero la reina seguía loca y no quiso firmar nada. Mientras tanto, Carlos estaba en Alemania ocupado en arreglar el asunto de Lutero (ver Capítulo V). Dejó que los grandes señores castellanos reunieran tropas y combatieran a los de las ciudades. La rebelión fue sofocada, y, cuando Carlos volvió a España, no salió de ella en siete años para satisfacer el amor propio de los castellanos.

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Triunfos de Carlos V en Italia

Triunfos de Carlos V en Italia[editar]



Carlos V y Francisco I preveían que pronto se haría la guerra. Ambos trataron de conseguir la alianza del rey de Inglaterra, Enrique VIII, el soberano más poderoso de Europa después de ellos. Era un príncipe joven, alto, vigoroso. Podía, contábase, "montar a caballo mejor que sus escuderos y manejar el arco mejor que los arqueros de su guardia". Como Francisco I, era gran aficionado a los vestidos ricos y a los torneos.

Enrique VIII aceptó primeramente una entrevista con Francisco, en la frontera de sus dominios, cerca de Calais. Los dos jóvenes reyes quisieron rivalizar en riqueza. Mandaron levantar magníficos pabellones de preciosos paños. El de Francisco I, de tisú de oro y seda azul, fué llamado "Campamento del paño de oro".

Los dos reyes pasaron juntos varios días en banquetes, justas y juegos. Pero Enrique VIII no llegó a hacerse aliado de Francisco. Poco después tuvo una entrevista con Carlos V, que acudió sin ningún lujo, acompañado solamente de una pequeña escolta, y se puso de acuerdo con él para hacer un tratado secreto.

Francisco I comenzó pronto la guerra contra Carlos V (1521). Envió a la vez dos ejércitos, uno a España, otro a Italia. Pero los puso a las órdenes de dos favoritos incapaces de dirigir una campaña, y no envió bastante dinero para pagar la soldada de sus tropas. Todos sus ejércitos fueron rechazados.

Francisco I concedía mucha importancia a sus conquistas de Italia, y envió, para la defensa del ducado de Milán, un ejército de infantería suizos. Pero no dió dinero para pagarlos. Un proverbio de la época decía: "No hay dinero, no hay suizos". Los suizos mandaron a decir que, si no se les pagaba, se irían, a menos que no se les llevase a atacar el campamento enemigo. Decían querer "dinero, licencia o lucha". Su general se decidió a atacar al enemigo. Pero el ejército imperial estaba fuertemente atrincherado en el parque de la Bicoque, rodeado de muros y fosos profundos. El ataque fué rechazado y una parte de los asaltantes quedaron muertos. Los suizos volvieron a su país y Francisco perdió el Milanesado (1522).


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El personaje más poderoso de entonces era el duque de Borbón, el más cercano pariente del rey, jefe de la familia más importante de príncipes de la sangre, condestable de Francia, es decir, capitán general de todos los ejércitos. Francisco I le arrebató la herencia de su esposa, y el condestable de Borbón, irritado, se puso de acuerdo secretamente con Carlos V para hacer la guerra en Francia sublevando a los nobles de sus provincias. Francisco I, a quien se advirtió, dió orden de prenderle, y el de Borbón no tuvo tiempo más que para escapar del reino. Pero Francia fué invadida por tres partes: un ejército español entró por el Pirineo, otro alemán por el Mosa, un ejército inglés, desembarcado en Calais, llegó a pocas leguas de Paris (1523). Los tres fueron obligados a retroceder.

Francisco envió otro ejército para recuperar el Milanesado. Aquel ejército, que carecía de municiones y de víveres, perdió muchos caballos y se vió obligado a volver a Francia. El ejército del emperador, mandado por el condestable de Borbón, invadió entonces la Provenza; pero se detuvo para poner sitio a Marsella. Francisco I tuvo tiempo de llevar un ejército a Provenza y el enemigo se retiró (1524).

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Batalla de Pavía

Batalla de Pavía[editar]



Francisco I tenía gran interés en recobrar el Milanesado. El mismo, con su ejército, entró en Italia y llegó hasta Milán. Luego fué a poner sitio a la Pavía, que defendía un capitán español, y mandó plantar un gran campamento en semicírculo. Había en su campamento 30.000 soldados, con una multitud enorme de lacayos, mercaderes y muchas mujeres. Era en invierno, y el ejército padeció por el frío. Los grandes señores iban a calentarse a la cocina del rey.

Pasaron tres meses y Pavía continuaba defendiéndose. El ejército del emperador avanzó para librarla. Contaba 13.000 alemanes, 6.000 italianos y 3.000 españoles. Francisco I mandó entonces apostarse su ejército en un parque rodeado de muros. Los dos ejércitos permanecieron dos semanas frente a frente, tan cerca uno del otro que los franceses oían gritar y tocar el tamboril en el campo enemigo. Francisco creía que no se atreverían a atacarle, y decía que "el enemigo no quería comer batalla".

Por último, una noche la infantería del emperador, que se había puesto las camisas sobre las armaduras para reconocerse los soldados, avanzó en silencia hasta el cercado y abrió brechas en los muros. Al despuntar el día penetraron dentro. Los cañonazos de los franceses les cogían de flanco y hacían volar por los aires brazos y cabezas. Pero, a pesar de los cañonazos, la infantería se reunió y atacó el campamento francés.

El rey, en lugar de defender sus atrincheramientos, mandó alinear sus tropas a vanguardia. Luego, personalmente, a la cabeza de sus jinetes, se arrojó contra el enemigo, tapando de esta suerte los cañones que ya no podían disparar, y dejando detrás a la infantería que no pudo unírsele. Metióse con sus jinetes por entre el ejército adverso, en tanto los imperiales atacaban a su infantería. Los infantes suizos al servicio del rey de Francia se desbandaron. La guarnición de Pavía salió de la ciudad y atacó el campamento francés.

La tropa de los hombres de armas franceses que seguía al rey se encontró entonces aislada en medio del ejército imperial. El general del emperador había mezclado entre sus jinetes arcabuceros que tiraban casi a boca de jarro y derribaban a los jinetes franceses. Carlos V decía más tarde que había "ganado la batalla de Pavía por las mechas de sus arcabuceros".

Al fin Francisco I, rodeado de los principales señores franceses, se vió acosado por el enemigo. Batióse largo tiempo. Herido en el brazo, se defendía aún con la espada. Los soldados le rodeaban por todos lados para hacerle prisionero. No quiso rendirse más que a un general. Su ejército estaba deshecho, sus compañeros muertos o prisioneros.


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Pocos días más tarde, escribió a su madre una larga carta con gran desaliento en la que figuraba esta frase: "De todo, no me ha quedado más que el honor y la vida, que está salva". Se refirió más tarde que el rey había escrito: "Todo se ha perdido, menos el honor".

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Cautiverio de Francisco I

Cautiverio de Francisco I[editar]



Francisco pensaba tratar con el emperador como si hubiera sido vencido en un torneo y lograr la libertad mediante rescate. Pero Carlos V mandó que le condujeran a España y que lo encerraran en una torre del recinto de Madrid. Allí Francisco cayó en gran melancolía y tan enfermo que se le creyó perdido.

En Francia su madre había tomado las riendas del gobierno, y se proporcionó dinero bastante para pagar a las tropas y poner el reino en estado de defensa. Carlos V ya no tenía dinero y los otros príncipes empezaban a inquietarse al ver que se hacía demasiado poderoso. Enrique VIII, aliado suyo hasta entonces, trató con Francia y prometió esforzarse cuanto pudiera para libertar a Francisco I. El Papa y los príncipes italianos comenzaban a ponerse secretamente de acuerdo contra el emperador. Los turcos acababan de destruir el ejército cristiano y habían conquistado casi toda Hungría (1525). Carlos V se decidió a ofrecer la paz al rey de Francia. El tratado se firmó en Madrid en enero de 1526.

Carlos se aprovechó de que Francisco deseaba ardientemente recobrar la libertad, y le obligó, no sólo a renunciar a Italia, sino a entregar el ducado de Borgoña, que ya llevaba medio siglo reunido en Francia. Francisco I prometió aportar una flota y un ejército para ayudar a Carlos a hacer la cruzada contra los turcos. Como garantía de sus promesas entregó dos de sus hijos, que el emperador debía guardar prisioneros hasta la ejecución de lo pactado (1526). Pocas horas entes de firmar el tratado de Madrid, Francisco I había mandado llamar en secreto a dos testigos y había mandado escribir un documento en que manifestaba de antemano considerar nulo todo lo que iba a prometer, porque se abusaba de su situación de prisionero para obligarle a aceptar condiciones demasiado duras. Se le dejó en libertad, quedando sus dos hijos mayores como rehenes.

Una vez libre, Francisco I se negó a ceder la Borgoña y ofreció dos millones de escudos para rescate de sus hijos. Se entendió con los príncipes italianos y con el Papa, inquietos por el poderío de Carlos V, e hizo con ellos en Cognac una liga secreta.

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Saco de Roma

Saco de Roma[editar]



Carlos V no tenía dinero, pero logró sin embargo reunir un ejército y le puso a las órdenes del condestable de Borbón. Estaba formado, en parte, por infantes alemanes luteranos, que saqueaban las iglesias a su paso y decían que iban a hacer la guerra al Papa.


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Aquel ejército atravesó Italia y fué contra Roma. El Papa, asustado, entró en negociaciones con el emperador, pero los soldados de éste no las tuvieron en cuenta. Dejando atrás su artillería, llegaron bruscamente ante las murallas de Roma. La ciudad apenas estaba defendida, y el condestable de Borbón dió la orden de asalto. El mismo cogió una escala, la arrimó al muro y subió. Fué muerto de un arcabuzazo, pero sus soldados penetraron en Roma.

Por espacio de dos meses pasaron a cuchillo a los habitantes, incendiaron las casas, destruyeron los conventos y torturaron a sus prisioneros para obtener el pago de rescate. Saqueaban las iglesias, rompían los cuadros, las estatuas de los santos y los ornamentos del culto. El Papa, refugiado en el castillo Sant'Angelo se rindió y fué llevado prisionero (1527). El saco de Roma produjo gran impresión en el mundo cristiano.

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Paz de Cambrai

Paz de Cambrai[editar]



Francisco I envió un ejército a Italia. Carlos no tenía dinero para sostener el suyo. Las tropas francesas recobraron el Milanesado, atravesaron Italia y llegaron hasta el reino de Nápoles; pero una epidemia las diezmó, y otra vez los franceses fueron arrojados de Italia (1528).

Carlos V tenía entonces bastante que hacer para defender Alemania contra los turcos. El ejército del sultán, remontando el valle del Danubio, invadió Austria y puso sitio a Viena (1529). Carlos se decidió a hacer la paz. Renunció a reclamar la Borgoña y devolvió los hijos de Francisco I mediante una gruesa suma. El rey de Francia prometió no hacer nada contra el emperador en Francia ni en Alemania, es decir, que abandonó a los príncipes con los cuales se había aliado. Tal fué el tratado de Cambrai (1529).

Carlos V fué entonces dueño de Italia; ningún príncipe italiano osó resistírsele. Fué a Roma a que el Papa le coronase emperador.

Durante algunos años Francisco I siguió los consejos de su favorito, el duque de Montmorency, que le animaba a obrar de acuerdo con Carlos V para acabar con los protestantes. Ya no hubo otra guerra entre ellos.

Alianza de Francisco I con los turcos[editar]

Capítulo 2 - Política europea (1498 - 1559)
Alianza de Francisco I con los turcos

de Charles Seignobos



El sultán de los otomanos, establecido en Constantinopla desde 1453, había fundado un gran Imperio turco musulmán. Poseía las dos regiones que llamamos aún Turquía europea y Turquía asiática, la Siria y el Egipto. Su ejército era el mejor de aquel tiempo. Los jinetes turcos, montados en caballos ligeros, peleaban con la cimitarra. La infantería otomana se componía de soldados de oficio, los genízaros, bien instruídos y disciplinados. El sultán tenía buena artillería e ingenieros para sitiar las plazas fuertes. Los turcos habían conquistado Hungría e invadido Austria, devastando el territorio y conquistando a los habitantes. Toda Alemania tenía miedo a los turcos.

El año 1518, piratas musulmanes, procedentes de Siria, habíanse apoderado en las costas de África de los puertos de Túnez y Argel. Su jefe, un renegado cristiano, Kairedin, apellidado Barbarroja, se declaró súbdito del sultán de Constantinopla, que le dió el título de "capitán del mar". Tenía una flota de galeras movidas a remo que recorrían el Mediterráneo. Capturaban las naves de comercio, desembarcaban en las costas de Italia y de España y se llevaban los mozos, las mujeres y los niños para venderlos como esclavos en los países musulmanes. Todos los habitantes cristianos de la costa vivían atemorizados por causa de los corsarios de África, llamados berberiscos.

Los musulmanes turcos y berberiscos, dueños de todos los países situados al Este y al Sur del Mediterráneo, aparecían como enemigos comunes de todos los pueblos cristianos, habiendo el Papa llegado a proclamar la cruzada contra ellos. Pero los príncipes cristianos estaban demasiado ocupados en sus querellas para ejercer acción común contra los musulmanes.

Francisco I hizo más. Cuando estuvo en guerra con Carlos V, para crearle dificultades en Alemania, envío secretamente a proponer a los turcos que invadieran el Austria (1523). Luego, cuando estuvo prisionero en España, su madre envió a pedir socorro al sultán Solimán, y Solimán respondió prometiendo su apoyo a Francisco I. Esta alianza con el sultán enemigo de los cristianos, contra el emperador, jefe y baluarte de la cristiandad, parecía tan escandalosa que Francisco I tuvo cuidado de mantenerla secreta.

Cuando Carlos V pidió la ayuda de Francisco I para defender la cristiandad de los ataques de los turcos, el monarca francés no se atrevió a negarse formalmente. Pero cuando hubo resuelto reanudar la guerra contra Carlos V, se decidió a aliarse abiertamente con los musulmanes. Su embajador se trasladó primeramente a Túnez para dar gracias al corsario Barbarroja, que le había ofrecido la ayuda de su flota. Luego fué a Constantinopla a ponerse de acuerdo con el sultán acerca de los medios de atacar a Carlos V en Italia (1535).

El sultán firmó con Francisco I un tratado de comercio que daba a los súbditos del rey de Francia derecho a comerciar en los puertos del Imperio otomano (1536). Este tratado aseguró a los franceses en Levante una situación privilegiada, que conservaron durante tres siglos. Mientras tanto Carlos V hacía una cruzada contra los piratas musulmanes, se apoderaba de Túnez y libertaba 20.000 esclavos cristianos.

Francisco I no renunciaba a Italia. Habiendo muerto el duque de Milán, reclamó el ducado y reanudó la guerra. Ocupó primeramente el territorio vecino a Francia, el Piamonte, que pertenecía al duque de Saboya, aliado del emperador (1536).

Carlos V hizo invadir Francia por dos lados. Un ejército invadió la Provenza, pero Montmorency, no queriendo arriesgar una batalla, había mandado quemar todos los pueblos, talar todas las mieses y trasformar el país en un desierto. El ejército imperial, no hallando con que mantenerse, se retiró. Otro ejército imperial llegó a Picardía. Hubo tanto miedo en París, que se puso la ciudad en estado de defensa (1536).

Carlos V y Francisco se sintieron pronto cansados de una guerra que les costaba muy cara. El Papa les ayudó a reconciliarse para que juntos trabajaran contra los protestantes. Pero de nuevo se indispusieron por la cuestión del ducado de Milán.


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Francisco I había seguido manteniendo relaciones con los turcos. Su enviado cerca del sultán, un italiano, Maraviglia, volvió en 1541 de Constantinopla con una misión del otomano y tuvo secretas conferencias con el rey de Francia. De vuelta a Turquía, pasó por la Italia septentrional. El gobernador del Milanesado apostó soldados para prenderle y apoderarse de sus papeles. El enviado del Francisco desapareció, y más tarde se supo que había sido asesinado.

Irritado Francisco I mandó pregonar en toda Francia la declaración de guerra contra el emperador.

Luego hizo venir la flota de los corsarios de Argel para ayudarle a apoderarse de Niza; pero la ciudadela no se rindió y el mal tiempo obligó a suspender las operaciones. Francisco I ordenó a los habitantes de Tolón, que abandonasen la ciudad y la entregó a los corsarios, sus aliados, para que allí pasaran el invierno. El año siguiente, para decidir a los berberiscos a que se fueran, les envió sacos repletos de escudos. Al irse, los corsarios saquearon las costas de Italia y se llevaron esclavos a miles de cristianos (1543-1544).

Francia fué otra vez invadida. El ejército imperial saqueó la Champaña y llegó a veinte leguas de París. Pero Carlos V no tenía dinero y sus soldados se negaron a seguir adelante. Otra vez se hizo la paz (1544).

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Fracaso de Carlos V en Alemania

Fracaso de Carlos V en Alemania[editar]



Carlos V, desembarazado de la lucha con Francia y con los turcos, aprovechó la ocasión para hacerse dueño de Alemania. Guerreó con los príncipes luteranos, cuyo ejército fué sorprendido y se desbandó. Los dos príncipes más poderosos cayeron prisioneros y fueron encerrados (1547). Entonces Carlos obligó a los países protestantes de Alemania a restablecer el antiguo culto católico.

Francisco I, enfermo y debilitado, murió en 1547. Su hijo Enrique II, alto y robusto, buen jinete, cazador y justador en los torneos, tenía poco carácter y era incapaz de resolverse por sí mismo. Las gentes que le rodeaban se disputaban por dirigirle. Unos le aconsejaban la guerra, otros la paz.

Los príncipes alemanes se inquietaron al ver a Carlos V demasiado poderoso. Secretamente pusiéronse de acuerdo con Enrique II e hicieron con él un tratado contra el emperador. Censuraban a Carlos V sus trabajos "para hacer caer a Alemania en una bestial e insoportable servidumbre como había hecho con España". Enrique prometió darles dinero para costear un ejército, y, en cambio, los príncipes alemanes prometieron a Enrique ocupar las ciudades del Imperio donde se hablaba francés, Metx, Toul y Verdun, que eran llamadas los Tres obispados (1552).


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Un príncipe luterano, Mauricio de Sajonia, buen capitán, ambicioso, indiferente en religión, había mandado el ejército de Carlos V contra los otros príncipes. Había logrado que el emperador le confiriese la dignidad de Elector y una parte de las tierras confiscadas a su primo. Cuando tuvo lo que quería, Mauricio se alió en secreto con los luteranos, y de pronto, en pleno invierno, reunió un ejército de infantes y avanzó rápidamente hacia el Tirol, donde el emperador se encontraba. Carlos V no tenía ejército y estuvo a punto de caer prisionero. No tuvo tiempo más que para huir atravesando las montañas cubiertas de nieve.

El hermano de Carlos V, Fernando, tenía miedo a una invasión turca, y ordenó hacer una tregua con los príncipes alemanes (1552). La guerra siguió entre Enrique II y el emperador.

El ejército francés llegó delante de Metz. Los moradores no querían dejarle entrar, y entró con engaños. Luego un príncipe lorenés al servicio del rey de Francia, el duque de Guisa, fué a poner la ciudad en estado de defensa. Mandó reparar las murallas y destruir los arrabales.

Carlos V reunió un gran contingente de tropas y puso sitio a Metz. Estaba enfermo y hubo de ir en litera. Su ejército permaneció dos meses delante de la ciudad y disparó muchos cañonazos. Pero acampaba en un terreno inundado por las lluvias y carecía de víveres. Las enfermedades debilitaron pronto a los soldados, de suerte que los generales no se atrevieron a ordenar el asalto. Carlos se decidió por la retirada. Muchos soldados, las piernas heladas y no pudiendo andar, quedaron abandonados en el barro (1553).

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Fin de la guerra

Fin de la guerra[editar]



Después de una nueva guerra, los príncipes luteranos de Alemania lograron la paz de Ausburgo (1555), que les daba el derecho de establecer definitivamente la religión luterana cada uno en su territorio. Con el rey de Francia, el emperador concertó solamente una tregua (1556).

Carlos V, desde hacía algunos años, estaba agotado por las preocupaciones, la gota y una enfermedad del estómago. Abdicó solemnemente, primero en los Países Bajos, luego en España, y dejó sus Estados a su hijo Felipe. Se retiró a un convento en España, y allí hizo durante unos años vida de monje.

No había conseguido recuperar la Borgoña de manos de Francisco I, ni contener a los turcos en Hungría, ni impedir que los príncipes luteranos hicieran la Reforma en Alemania.

Felipe acababa de casarse con la reina de Inglaterra y no deseaba guerrear con Francia. Pero el nuevo Papa Paulo IV, que era napolitano, detestaba a los españoles, de los que decía ser "simiente de judíos y de moros". Decía que Carlos V estaba "poseído del demonio lo mismo que su madre", y no quería permitir que reinasen sus descendientes. "Quiero, eran sus palabras, declararlos despojados de sus reinos y excomulgarlos, porque son herejes". Envió proposiciones a Enrique II para que hiciera la guerra en Italia. Enrique se dejó convencer y reanudó la lucha (1556). Envió a Italia en socorro del Papa un ejército, pero éste no hizo nada (1557).

Felipe II tomó entonces la ofensiva en el Norte de Francia. Su ejército, mandado por el duque de Saboya, fué a poner sitio a San Quintín. La ciudad, aun cuando mal fortificada y defendida por muy escasa guarnición, resistió mucho tiempo. El ejército francés llegó para hacer levantar el sitio; pero maniobró con tanta lentitud que se dejó sorprender por el enemigo, y sus soldados fueron acuchillados o hechos prisioneros casi sin combatir. Pero el ejército español no tenía suficiente dinero y víveres para ir contra París, y se redujo a apoderarse de San Quintín, que fué saqueada e incendiada (1557).

Como la reina de Inglaterra se había casado con el rey de España, Inglaterra se había visto arrastrada a la guerra con Francia. Calais, que hacía dos siglos pertenecía a los ingleses, era una ciudad muy bien defendida, rodeada de terrenos pantanosos, a orillas del mar, y no se podía entrar en ella más que por una calzada. En invierno sólo permanecía en ella una pequeña guarnición inglesa, porque no se esperaba que hubiese campaña en dicha estación.

Llegado el invierno, el duque de Guisa llevó de pronto un ejército delante de Calais. Hizo venir por mar cañones, que situó en las arenas por el lado del agua. Al subir, la marea los tapaba, y sólo servían cuando bajaban las aguas. Las fortificaciones de Calais no estaban preparadas para resistir un ataque por aquella parte. En pocos días los franceses se apoderaron de los fuertes, luego de la ciudad (1558). Los habitantes, que eran ingleses, fueron expulsados y sustituídos por franceses.

El duque de Montmorency, que había caído prisionero en la batalla de San Quintín, deseaba ser puesto en libertad, y decidió a Enrique II a hacer la paz con España. Así se hizo en el tratado de Cateau-Cambrésis (1558). El rey de Francia devolvió todo lo que había conquistado en Italia y en los Países Bajos. Pero conservó Calais, que Inglaterra le cedió poco más tarde. Conservó también los Tres Obispados.

Después de medio siglo de guerras, España seguía siendo soberana en Italia, donde poseía el reino de Nápoles y el Milanesado. El rey de Francia no había conseguido conservar sus conquistas de Italia. Pero había aprovechado la guerra última para quitar a Inglaterra todo lo que le quedaba en Francia.