Historia IX (Versión para imprimir)

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Autor: Charles Seignobos

Minoría de Luis XIII



Enrique IV, como Francisco I, había sido todopoderoso porque nadie osaba desobedecerle; pero, para ser obedecido, el rey de Francia había de dar aún sus órdenes directamente. El poder del rey estaba en su persona.

El sucesor de Enrique IV, su hijo Luis XIII, era niño de nueve años y no podía gobernar. Su madre, María de Médicis, se hizo nombrar regente y tomo el poder. Era una italiana ignorante, dominada por su camarera Leonora Galigai. Enrique IV la había detenido apartada de los negocios, la reina no conocía Francia. Dejó que en su lugar gobernara el marido de Leonora, un aventurero italiano, Concini, a quien hizo marqués de Ancre y nombró mariscal.

María de Médicis abandonó los proyectos de Enrique IV e hizo la paz con España. Luego Luis XIII se casó con la hija del rey de España. El príncipe heredero de España contrajo matrimonio con la hermana de Luis XIII.

Los príncipes dejaron hacer al principio. Aprovecharon la debilidad de la regente para hacerse dar gobiernos y pensiones cuantiosas. Se les pagó con el Tesoro de Enrique IV. Cuando se agotó el dinero obligaron a la reina a reunir los Estados Generales (1614). Aquella asamblea no fué casi más que una comedia. El clero y la nobleza disputaron con los diputados de la burguesía. Un día la corte mandó cerrar la sala de reunión, so pretexto de que se necesitaba para dar un baile. Los diputados aguardaron algún tiempo a que se quisiera reunirlos, luego se resignaron a volver a sus casas.

Los calvinistas de Mediodía tuvieron miedo de que la reina, dirigida por consejeros católicos, prohibiera su culto. Tuvieron reuniones y se entendieron con los príncipes, que se sublevaron.

Luis XIII había sido declarado mayor de edad; pero; como su madre conservaba el mando, vivía retirado en el Louvre y se divertía cazando con halcón. Su halconero, un hidalgo pobre llamado Alberto de Luynes, se captó las simpatías del joven rey y le excitó contra el favorito de su madre. Mostróle el mariscal de Ancre, dueño del reino, viviendo entre lujo, rodeado de cortesanos, en tanto él, el verdadero rey, no recibía siquiera el dinero que deseaba para sus diversiones.

Luis XIII se decidió a desembarazarse del mariscal de Ancre, pero no se atrevió a hacerle juzgar, un capitán de los guardias del rey le prendió en el momento que entraba en el Louvre y le mató de un pistoletazo. Su mujer Leonora fué detenida, juzgada y condenada a muerte como hechicera. Se la acusó de haber logrado influjo sobre la reina valiéndose de sortilegios. María de Médicis fué despedida de la Corte. Luynes gobernó entonces en lugar de Luis XIII, y se aprovechó para hacerse nombrar duque y para que se dieran títulos a sus hermanos.

Los descontentos se sublevaron. Los había de dos clases.

Los príncipes y los señores, que habían sido nombrados gobernadores, se consideraban cada uno dueño de su provincia. Los capitanes que mandaban las plazas fuertes del país eran nombrados por ellos y les obedecían. El gobernador mantenía junto a su persona una tropa numerosa de nobles sin fortuna que comían a su mesa y cazaban con él. Aquellas gentes iban armadas y constituían un pequeño ejército siempre dispuesto a batirse.

Los protestantes del Mediodía habían conservado sus plazas fuertes y elegían las guarniciones. Enviaban diputados a una asamblea general que marcaba la conducta que había de observarse. La asamblea decidió imponer tributos y alistar soldados para defender la religión protestante.

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Ni los gobernadores ni los protestantes habrían pedido sostener mucho tiempo una guerra; pero el rey no disponía más que de unos cuantos regimientos y no tenía dinero para alistar un ejército.

Luis XIII tenía aficiones guerreras, y gustoso se dejó llevar al Mediodía para combatir a los protestantes. Hizo en tres años tres expediciones contra ellos (1620 - 1622). Su ejército era demasiado reducido y su artillería poco potente para tomar por fuerza una ciudad rodeada de murallas. No se apoderó más que de poblados y se vió detenido ante Montauban (1621) y ante Montpellier (1622).

En tanto el rey de Francia fracasaba ante dos plazas fuertes, el emperador y el rey de España comenzaban la guerra de Treinta años y dominaban Alemania e Italia.

Fué entonces cuando Luis XIII tomó como consejo al cardenal de Richelieu.


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Richelieu

= Richelieu



Armando de Richelieu, hijo de un señor del Poitou, había sido educado como noble. Sabía esgrima y montaba bien a caballo A los veintiún años fué nombrado obispo de Luçon, un pequeño obispado que se daba a los segundones de su familia. Como muchos obispos de aquella época, no residía en su diócesis, vivía en la Corte.

Richelieu se decidió a adquirir celebridad. Halagó a la reina y llegó a ser su favorito; la reina le nombró limosnero mayor e hizo que ingresara en el Consejo (1617).

Pero, después de la muerte de Luynes, Luis XIII se reconcilió con su madre, y para agradarla hizo nombrar cardenal a Richelieu, tomándole más tarde por consejero (1624). Pronto le dejó gobernar en su lugar (1626).

Richelieu, que entonces contaba treinta y cinco años, tenía maneras de gran señor más que de sacerdote. Iba a la guerra con traje de gentilhombre y coraza. Sostenía gran número de pajes, de criados, de músicos, y hasta compañías de soldados de a caballo. Tenía siempre en su casa cuatro mesas servidas, una con catorce cubiertos para él y sus amigos, otra de treinta para los gentileshombres y los invitados, y otras dos, mucho más numerosas, para sus pajes, sus lacayos y sus cocineros. Se mandó hacer en París un palacio, el Palacio Cardenal, que fue más tarde el Palais Royal. Mandó edificar un castillo y toda una ciudad en sus tierras de Richelieu.

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Richelieu trabaja mucho. Hacía que le presentasen los despachos a las tres y las cuatro de la mañana y los respondía la misma noche. Dormía de seis a ocho horas, trabajaba toda la mañana con los ministros, y después de la comida del medio día, trabajaba hasta el oscurecer.

Al término de su vida, Richelieu resumió todo lo que había querido hacer. Escribía a Luis XIII: «Cuando Vuestra Majestad me puso al frente de su Consejo, los hugonotes compartían el Estado con ella, los grandes se conducían como si no hubiesen sido súbditos, las alianzas extranjeras estaban menospreciadas. Prometí a Vuestra Majestad emplear mi industria para causar la ruina del partido hugonote, rebajar el orgullo de los grandes y realzar su nombre en las naciones extranjeras».

Richelieu trabajó: 1º, para destruir el partido protestante; 2º, para obligar a los grandes a obedecer; 3º, para disminuir el poder del rey de España y del emperador. Trabajo en esto hasta su muerte y venció en sus tres empresas.


Destrucción del partido protestante



El partido protestante se había debilitado. Casi todos los señores calvinistas se habían convertido para reconciliarse con la Corte, que daba con preferencia los favores a los católicos. Los burgueses de las ciudades protestantes no osaban resistir al rey. El pueblo bajo era el que les había obligado a sostener los sitios de Montauban y de Montpeiller, y el rey había mandado derribar las fortalezas de todas esas ciudades.

No quedaba a los protestantes más que una plaza capar de defenderse, La Rochela. Del lado de tierra, fuertes murallas y marismas hacían difícil acercarse. No habría sido nunca posible apoderarse de ella por hambre, porque por mar recibía provisiones, y el rey no tenía flota para establecer un bloqueo.

Luis XIII acababa de indisponerse con el rey de Inglaterra. Una armada inglesa desembarcó un pequeño ejército en la isla de Ré, cerca de la Rochela. El favorito del rey de Inglaterra, Buckingham (véase Capítulo XII), la mandaba. Manifestó que venía a defender a las iglesias protestantes de Francia.

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Richelieu llevó delante de la Rochela un ejército mandado por Luis XIII. Arrojó a los ingleses de la isla de Ré, luego sitió la ciudad. Demostró al rey que, si no tomaba la ciudad en aquel momento, necesitaría volver a emprender la lucha todos los años. Se decidió bloquear la ciudad para apoderarse de ella por hambre. Del lado de tierra se hizo un atrincheramiento de tres leguas de largo. Para impedir que los barcos llevasen víveres se construyó, fuera del alcance de los cañones, un dique de piedra, con un paso para que entrase el agua de la marea. Los soldados hicieron esta obra en invierno, a pesar de los temporales que destruyeron varias veces los trabajos.

Las gentes de la Rochela empezaron a padecer hambre. Los ricos burgueses habrían querido someterse, pero los marinos hicieron una revolución y eligieron alcalde a un capitán de corsarios, Guyton, un hombrecillo enérgico cuya casa estaba llena de banderas cogidas al enemigo. Cuando se posesionó de la alcaldía, clavó el puñal en la mesa del Ayuntamiento y dijo: «Conmigo no hay que hablar de rendirse, y si alguien pronunciara esta palabra, le mato».

Una flota inglesa llegó en auxilio de la ciudad; pero encontrando el dique bien custodiado, se fué. Ya no quedaba nada que comer. Los ricos compraban a gran precio carne de caballo, de mulo, de perro; los pobres comían hierba, mariscos y pedazos de cuero cocido. Muchos salían de la ciudad e iban a rendirse; pero se ahorcaba a algunos y los demás eran otra vez enviados a la Rochela. Los defensores, debilitados por el hambre, no tenían ya fuerzas para sostener las armas. Por último se rindió la ciudad. El rey prometió una amnistía y la libertad del culto protestante (1628).

Luis XIII hizo luego una expedición contra los protestantes a las Cevennas, país de montañas desprovisto de caminos. Sitió la pequeña ciudad de Privas, la obligó a rendirse y, para asustar a las gentes del país, la destruyó y mandó ahorcar o enviar a galeras a los defensores.

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Cuando todo el país quedo sometido, Luis XIII promulgó el edicto de Alais (1629). Dejaba a los calvinistas el derecho de celebrar su culto, pero les quitaba todas sus plazas y les prohibía tener asambleas. Los protestantes no podían ya resistirse a las decisiones reales.


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Lucha contra los grandes

Lucha contra los grandes



Antes de haber acabado la guerra contra los protestantes, Richelieu había empezado la lucha con los señores. Mandó derribar todos los castillos que no servían para la defensa del país (1626). Los gobernadores de provincia hicieron volar con pólvora varios castillos.

Hizo que se prohibiera a los nobles batirse en duelo, bajo pena de muerte. Dos jóvenes señores fueron expresamente a batirse, en pleno día y en París, a la plaza Real, para mostrar que no querían obedecer. Uno de ellos, el conde de Bouteville, había tenido ya veintidós desafíos. Richeliey mandó prender y ejecutar a los dos; pero los duelos no cesaron (1627).

Richelieu luchó principalmente con los señores de la Corte. Siempre estuvo en situación peligrosa. Tenía en contra a toda la familia del rey: su madre, María de Médicis, a mal con Richelieu desde que hacía la guerra a España; su mujer, María de Austria, hija del rey de España; su hermano, Gastón de Orleans, descontento por no participar del gobierno. Ahora bien, Luis XIII no tuvo un hijo hasta 1638, y de haber muerto sin sucesión, su hermano hubiera sido rey de Francia.

El mismo Luis XIII no era un apoyo seguro. Se dejaba dirigir por Richelieu porque conocía su habilidad y porque le gustaba la guerra, que sólo Richelieu quería hacer. Pero quería poco a su ministro y siempre tenía favoritos que le ayudaban a divertirse. Richelieu estaba en constante riesgo de ser suplantado por un favorito del rey.

Estaba, pues, obligado, en tanto trabajaba en el gobierno, a vigilar a las gentes de la Corte. Sus enemigos tenían gran interés en desembarazarse de él. Siempre corría el riesgo de caer a manos de un asesino. Tenía espías en todas partes, para avisarle de las intrigas que se tramaran contra él. Como era desconfiado, veía en todas partes complots y asesinos. Hizo ejecutar a cerca de cincuenta individuos, acusados de haber querido matarle. Creyó descubrir más de diez complots.

En cuanto hubo ocupado el poder, Richelieu mandó prender al joven conde de Chalais, gran maestre del guardarropa, favorito de Luis XIII, por haber formado una «cábala» con los favoritos de Gastón de Orleans. Se le acusó de haber querido dar de puñaladas a Richelieu, y fué decapitado (1626).

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El año 1630, habiendo estado Luis XIII muy enfermo, su madre le hizo prometer, durante su convalecencia, que despediría a Richelieu. Un día se encerró con el rey en su gabinete. Cuando Richelieu fué a llamar a la puerta, no obtuvo respuesta. Entró por una puertecita que conocía, la reina tuvo con él una escena violenta en francés mezclado de italiano, y echó en cara a Luis XIII que «prefiriera un lacayo a su madre». Para calmarla, el rey mandó decir a Richelieu que se retirara unos días. Se creyó que Richelieu había caído en desgracia, y todas las gentes de la Corte fueron en multitud a felicitar a la reina. Richelieu, creyéndose perdido, se preparaba a juir de Francia. Se decidió, no obstante, a intentar una última gestión. Fué a Versalles, donde el rey se había retirado a un pabellón de caza. Le encontró en el lecho y le habló largo tiempo. Luis XIII le prometió ayudarle. Richelieu conservó el poder fué María de Médicis la que salió de Francia. A esto se apellidó la jornada de las intrigas. Richelieu se vengó de los partidarios de la reina, algunos de los cuales fueron enviados a sus tierras o encerrados en la Bastilla. El mariscal de Marillac fué acusado de haber distraído fondos. Richelieu obligó a los jueces a que le condenaran a muerte, y le hizo ejecutar (1632).

Gastón de Orleans huyó a Bélgica. Se entendió con la Corte de España y con un gran señor, el duque de Montmorency, gobernador de Languedoc. Con una tropa de 1.500 jinetes extranjeros atravesó Francia y llegó al Languedoc, donde se le unió Montmorency. Los sublevados atacaron al ejército del rey delante de Castelnaudary, pero Montmorency fué herido y hecho prisionero, y sus hombres se desbandaron. Montmorency se confesó culpable y fué decapitado en Toulouse (1632). El duque de Orleans fué perdonado, a condición de que declarase todas las negociaciones que había tenido con los extranjeros.

En 1641, el conde de Soissons partió de Sedán y entró en Francia con un ejército. Murió combatiendo.

El último complot fué el de Cinq-Mars, un joven favorito de Luis XIII. Había hecho un tratado secreto con la Corte de España. Richelieu le descubrió. Cinq-Mars fue decapitado en Lyón (1642).

Richelieu no podía sufrir que nadie se le resistiera. Cuando había hecho prender a una persona, quería que fuera condenada. No dejaba que juzgase el tribunal ordinario. Elegía él mismo los jueces y los obligaba a condenar a muerte. Decía: «Hay delitos en que precisa empezar castigando, y luego informar». Decía también: «Es preferible excederse a quedar corto. Aun cuando se hiciese algo excesivo, es decir, si se condena a un inocente, no resulta incoveniente de ello, porque no hay nada que disipe las cábalas como el terror». Uno de los jueces que estaban a su servicio, Laubardemont, ha logrado fama. Se supone que decía: «Dadme dos líneas escritas por un hombre, y le hago ahorcar».

Los sublevados se negaban a obedecer a Richelieu, no al rey. Pero Richelieu no quería que se hiciera distinción entre sus órdenes y las del rey. Para mantener su autoridad, utilizaba los procesos y las ejecuciones. Quería aterrorizar a sus adversarios. Gobernaba como dueño absoluto , sin consultar a nadie. No quería dejar que se exteriorizase una opinión, ni una queja. Mandaba prender a los particulares que hablaban del gobierno. Se negaba a admitir las observaciones de los Parlamentos. No tenía para nada en cuenta los deseos de la nación y de la opinión pública. «Los reyes, decía, no están obligados a decir las causas de las resoluciones que adoptan». Decía: «La fuerza de la razón deber ser el único guía». A esto se llamó la razón de Estado, Richelieu se mantuvo en el poder hasta su muerte, odiado por los nobles, temido por el pueblo.


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Recursos financieros

Recursos financieros



Richelieu luchaba contra las dos grandes potencias católicas, España y el Emperador. En esta guerra tuvo enfrente a todos los de la Corte, partidarios de España, y sobre todo a la reina, que era española. Le fué asimismo contrario casi todo el pueblo de Francia, que habría preferido la paz. No se comprendía entonces la utilidad de la guerra, y se veía con escándalo que un Cardenal se aliara con príncipes herejes contra soberanos católicos. Luis XIII, que tenía aficiones guerreras, apoyó a Richelieu y le permitió ejecutar sus proyectos.

Pero la guerra costó muy cara, y al rey no le quedaban casi ingresos regulares. Richelieu no sabía como proporcionarse dinero. Al ocupar el poder, había reunido una asamblea y había manifestado «que quería aumentar los ingresos, no mediante nuevas imposiciones que los pueblos no podían soportar, sino por medios inocentes». Les pedía «que buscasen los medios más inocentes». Pero ni la asamblea ni Richelieu dieron con ellos.

Richelieu dejó de ocuparse directamente de cosas de Hacienda. Permitió que los «superintendentes de Hacienda» encontrasen el dinero como pudieran, no sin censurarlos cuando sus procedimientos habían dado lugar a revueltas. Se conservaron todos los antiguos impuestos y fueron aumentados.

La talla que pagaban los aldeanos, fué más que duplicada. Aun cuando hubiera sido establecida en el siglo XV para pagar a los soldados, se añadieron nuevos impuestos con el mismo fin. Se impusieron las etapas y subsistencias para dar de comer al ejército en camino, los cuarteles de invierno para alimentarlos en la mala estación. La talla, que era en 1610 de diecisiete millones de libras, subió en 1639 a cuarenta y tres millones y medio, y los impuestos a veinticinco millones.

Se conservaron también, aumentándoles, los impuestos indirectos, las ayudas, la gabela de la sal. Hasta se intentó crear un impuesto nuevo de una vigésima sobre el precio de las ventas. Pero el pueblo se sublevó en varias provincias y se renunció a él.

Estos impuestos no bastaron. Se tomó dinero a préstamo vendiendo rentas sobre el Municipio de París. De dos millones en 1624, la suma de intereses que había que pagar al año subió a veintiún millones en 1642. pero no se pagaron regularmente los intereses a los rentistas, en 1639 les fué quitado un «cuarto» de la suma que se les debía. Como ya no se encontraba quien diera dinero, se obligó a las gentes acomodadas a comprar rentas.

El principal recurso de Richelieu fué vender cargos, que se creaban con esa intención. Se crearon jueces, recaudadores de tributos, tesoreros, aun cuando ya hubiera más de los que podían tener ocupación. Se dividía el año en dos partes, y el poseedor del cargo no permanecía en funciones más que la mitad de él. Se crearon 50.000 comisarios de las tallas. Se crearon cargos nuevos, inspectores de papel, medidores de tela, vendedores de pescado, visitadores y registradores de la lengua de los cerdos. Se vendieron cargos por valor de cerca de 500 millones.

Se vendían a tratantes que los compraban en conjunto con una rebaja del 25 por 100 y los revendían al pormenor de burgueses que disponían de dinero contante. Los que compraban cargos venían a ser funcionarios reales, y se les prometía un sueldo calculado de modo que el cargo les produjera un interés del 10 por 100. De esta suerte, para ingresar 350 millones aproximadamente, el Estado había abandonado 150 a los tratantes, se había obligado a pagar cada año 50 millones de sueldos y había creado funcionarios perpetuos que vivían a expensas del común.

Cuando Richelieu murió (1642), se había comprometido de antemano la renta de varios años, y los gastos superaban a los ingresos en mas de 50 millones. Los aldeanos estaban tan pobres que no era posible cobrar los impuestos más que enviando tropas a las aldeas. En diez provincias el pueblo se sublevó. En Gascuña, los campesinos, apellidados Bigardos, se armaron y tomaron Bergerac, siendo preciso hacer una verdadera guerra. En Normandía, los Descalzos, que se negaban a pagar la talla, se defendieron en la villa de Avranches contra un ejército.

Francia parecía arruinada. Richelieu murió odiado. Más tarde solamente su admiró su política extranjera y se le denominó el Gran Cardenal.


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La Regencia

La Regencia



Luis XIII murió poco tiempo despues que Richelieu (1643). Su hijo, Luis XIV, no tenía aún cinco años, y su viuda, Ana de Austria fué tutora del joven rey y regente. Como Luis XIII no confiaba en ella, había ordenado en testamento que no resolviera nada sino después de haber oído la opinión de los miembros de un Consejo. Pero la reina se entendió con los miembros del Parlamento para desembarazarse de aquellas disposiciones del difunto rey.

Se celebró una sesión solemne en el Palacio de Justicia de París, a la que los miembros del Parlamento asistieron con togas encarnadas. En la parte de delante tomaron asiento los príncipes y los grandes señores, cubiertos con mantos forrados de armiño. Al extremo de la sala, encima de un estrado, se alzaba un trono con un dorsel de terciopelo encima. Heraldos, vestidos de terciopelo violeta, adornado con flores de lis de oro, entraron llevando un cetro, y después iba el gran Chambelán, que llevaba en brazos al niño rey, vestido de color violeta, que era el luto entre los reyes de Francia. Fué sentado en el trono; la reina se sentó a su derecha, el aya a la izquierda. Se ordenó silencio. La reina y el aya pusieron al niño rey derecho sobre el trono. Se le había enseñado a decir: «He venido aquí para decir mi voluntad a mi Parlamento; mi Canciller dirá el resto». El niño rey tuvo un capricho y se sentó de nuevo, sin querer pronunciar palabra; pero se hizo como si hubiera hablado.

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La reina y el tío del rey pronunciaron un principio de discurso cada uno. El Canciller fué a arrodillarse delante del rey, como para pedirle consejo; se levantó y pronunció una arenga. Luego fué acercándose a todos los asistentes, como para recoger sus votos, y dió lectura de un decreto que se había escrito de antemano. El rey declaraba a su madre regente, con derecho a resolver todos los asuntos durante su menor edad. Ya no había en Francia más voluntad que la del rey vivo, cualquiera que fuese su edad.

Como la reina había sido siempre enemiga de Richelieu y de su política guerrera, se pensaba que iba a haber paz con España y que se iban a dar los puestos a los señores que Richelieu había perseguido. Pero se sintió incapaz de dirigir el gobierno, y se encargó de hacerlo en su lugar al cardenal Mazarino, el hombre de confianza de Richelieu.


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Mazarino

Mazarino



Julio Mazarino era un italiano del reino de Nápoles, de familia modesta. Había ido a buscar fortuna a la Corte del Papa. Tomó entonces el hábito eclesiástico, sin llegar a ser sacerdote. El Papa le envió a Francia para un asunto diplomático. A Richelieu le pareció hábil, le tomó a su servicio, le hizo nombrar Cardenal y le dió entrada en el Consejo.

Mazarino era todo lo contrario de Richelieu, tenía aspecto humilde y no trataba de hacer ostentación de su poder. Hablaba con suavidad, sin encolerizarse. No intentaba vengarse de sus enemigos y no fué causa de la muerte de nadie. Trabajaba mucho y siguió abnegadamente la obra de Richelieu.

Pero no tenía condición alguna para imponer respeto. Hablaba el francés muy mal, con pronunciado acento italiano que le hacía ridículo. Mentía sin escrúpulo y se le juzgaba trapacero. Trataba de amontonar dinero por todos los medios y no le daba a nadie. Le gastaba en el juego, porque era muy jugador, o en la compra de cuadros, objetos de arte y libros, porque era coleccionista.

Los cortesanos que Richelieu había perseguido en calidad de amigos de la reina salieron de la prisión o volvieron del destierro. Contaban con ser dueños del gobierno. Se les apellidó los importantes, a causa del orgullo de que hacían gala.

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Lograron que la reina les diera pensiones por varios millones de cuantía. Luego intentaron desembarazarse de Mazarino haciéndole matar. Pero Mazarino decidió a la reina a que prendiera a su jefe y expulsara a los demás. La reina le dejó desde entonces la dirección de todos los asuntos, y fué llamado primer ministro. Fué a alojarse cerca del Palacio Real, y luego la reina le dió habitaciones dentro del Palacio.


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Los tratantes

Los tratantes



Mazarino continuó la guerra. Asistió a los grandes éxitos del ejército francés que llevaron a la paz de Westfalia (véase Capítulo X). La guerra costaba mucho, y Richelieu había dejado la Hacienda, completamente arruinada, comprometidos de antemano los ingresos.

Mazarino confió el cuidado de encontrar dinero a un italiano, Particelli, al que hizo marqués de Émeri y nombró inspector, luego superintendente de Hacienda. Era un hombre hábil, pero de mala reputación. Se le había condenado, dícese, por quiebra fraudulenta.

El gobierno, hasta entonces, no había arrendado más que los impuestos indirectos, y percibía por sí mismo los directos. Pero como necesitaba dinero contante renunció a cobrar hasta la talla. Hizo contratos con negociantes que tenían dinero y les vendió el derecho de percibir la talla. Los capitalistas se llamaron tratantes o financieros, y se les llamaba también asentistas, porque el Estado les vendía en montón cargos, con derecho a irlos revendiendo uno por uno (lo que se llamaba «poner en partida»).

Los tratantes ganaban sumas enormes y ostentaban lujo de grandes señores. Tenían en París los mejores trenes y los hoteles más suntuosos: el hotel Lambert, el hotel Feydeau. Montaron, al cual Corneille dedicó Cinna -y al que llama Monseñor y compara con el emperador Augusto-, había sido soldado y se había hecho tratante. Sentaba a los príncipes a su mesa.

Aquellos financieros, que ni siquiera eran nobles, compraban tierras y títulos y se casaban con las hijas de los grandes señores. Parecía escandaloso que tales advenedizos fueran más ricos que los grandes señores del reino. Había, pues, gran irritación contra los financieros, y contra Mazarino que los protegía.


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Resistencia del Parlamento

Resistencia del Parlamento



En tiempo de Luis XIII se había sacado dinero de las provincias. Mazarino se dedicó a pedírselo a los habitantes de París.

Se llamó primeramente por un edicto a los vecinos de los arrabales, que no tenían derecho a edificar cerca de las fortificaciones (en la zona polémica), y se les ordenó pagar un impuesto de cuarenta sueldos por toesa (1644). Fué lo que se llamó edicto de la toesa. Los vecinos apelaron al Parlamento de París. Los miembros del Parlamento tenían envidia a los financieros, a los que echaban en cara «poseer toda la riqueza del reino» y gastaría en «lujo y festines», en tanto Francia estaba en la miseria. Sentenciaron en favor de los vecinos, a pesar del edicto. El gobierno anuló la sentencia del Parlamento. La multitud se amotinó y amenazó con quemar la morada de Émeri.

El gobierno renunció al edicto de la toesa y estableció un impuesto sobre los comerciantes (1645). Manifestaron éstos que preferían cerrar las tiendas. Sus mujeres fueron a esperar a la reina a la salida de la iglesia y la acompañaron llorando hasta Palacio.

Se estableció (1644) un derecho de entrada, denominado tarifa, sobre los artículos que entraban en París. Los miembros del Parlamento tenían la costumbre de hacer entrar en París las cosechas de sus tierras sin pagar ningún derecho. El edicto de la tarifa los irritó mucho.

Mazarino intentó luego sacar dinero a los miembros de los altos tribunales de París, llamados tribunales soberanos.

Había cuatro:

  1. El Tribunal de las ayudas juzgaba las causas en materia de impuestos;
  2. El Tribunal de cuentas comprobaba las de los agentes del rey;
  3. El Gran Consejo juzgaba las causas que el Gobierno no quería dejar a los jueces ordinarios;
  4. El Parlamento, el tribunal más poderoso, juzgaba todas las causas civiles y criminales.

El Parlamento se componía de varias Cámaras. La principal, «la Cámara Grande», formada por lo consejeros de más edad, juzgaba las causas. Las Cámaras de instrucción y las Cámaras de las instancias preparaban los asuntos. Las formaban los consejeros más jóvenes.

En las grandes ocasiones, todas las Cámaras se reunían en pleno, 220 magistrados con togas encarnadas y de armiño, en la Cámara de San Luis, un salón alto de techo, pintado de azul y oro, con pavimento de mosaico de mármol blanco y negro.

El Parlamento no era, en principio, más que un tribunal. Pero el Soberano había tomado la costumbre de enviar al Parlamento las ordenanzas y los edictos para registrarlos, lo cual era un medio de hacer conocer las leyes nuevas. El Parlamento se aprovechó para presentar quejas al rey acerca de las ordenanzas antes de registrarlas, lo cual era un media de criticar los actos del gobierno.

Todos los miembros de los tribunales soberanos habían comprado su cargo y tenían derecho, al presentar su dimisión, de designar su sucesor. Hasta 1604 era necesario, después de haber resignado el cargo, esperar cuarenta días, hasta que el sucesor se hubiera posesionado de él. Si el poseedor moría en ese intervalo, el rey recuperaba el cargo y volvía a venderlo en provecho suyo (véase capítulo I). En 1604 el rey concedía «la dispensa de los cuarenta días», a condición de pagar un derecho anual. Se denominó este erecho «la Paulette», del nombre del financiero. Paulet a quien el rey vendió el derecho de recaudar esta renta. Pero el edicto de dispensa no se había concedido sino por cierto tiempo, y el plazo iba a expirar en 1648. Para renovarle, el gobierno exigió de los miembros de los tribunales soberanos que pagasen cuatro años de sus gajes. Se exceptúo al Parlamento, porque los gajes, fijados en la Edad Media, habían seguido siendo de 375 libras anuales, y el derecho anual se fijaba en 400.

Los miembros de todos los tribunales se conocían, tenían la costumbre, para arreglar sus asuntos comunes, de celebrar una asamblea de delegados. El Parlamento dictó un «decreto de unión» que ordenó reunir a los delegados de los cuatro tribunales en la Cámara de San Luis. Añadió que trabajarían «en común para reformar los abusos del Estado» (mayo de 1648).Se hablaba mucho entonces en París del Parlamento de Inglaterra, que acababa de destronar al rey Carlos I. No se veía que este Parlamento inglés, la Asamblea de los representantes de la nación, no tenía de común más que el nombre con el Parlamento de París, que era un simple tribunal. Los «parlamentarios» imaginaban poder, como en Inglaterra, intervenir en el gobierno.

La reina hizo anular la disposición. Decía «que establecer en París una asamblea de cincuenta personas sin orden del rey, era una especie de república dentro de la monarquía». Pero la asamblea se reunió a pesar de la prohibición. Pidió al rey que anulase los tratos con los financieros y que no cobrase tributos sino después de haber hecho que los discutiera el Parlamento.

La reina declaró que no consentirá jamás «que aquella canalla atacase la autoridad de su hijo», y aún quería mandar prender a los consejeros. Pero los parisienses, descontentos de los tributos, amenazaban con sublevarse. París estaba lleno de soldados que habían desertado por no recibir su soldada; la Corte no tenía tropas para defenderse. Mazarino prefirió esperar. «La reina, dijo, es valiente como un soldado que no conoce el peligro». Despidió a Emeri y prometió hacer reformas.

Se supo pronto que el ejército real acababa de conseguir una gran victoria en Lens, en los Países Bajos. El joven rey dijo: «El Parlamento estará muy incomodado por esta noticia». Mazarino quiso aprovechar el efecto producido por aquella victoria para asustar a los miembros del Parlamento. Quería habérselas, sobre todo, con un viejo consejero, Broussel, el que más enérgicamente había protestado contra los impuestos y los tratantes, que llamaba «cuervos hambrientos». En el Parlamento -donde se emitía opinión por orden de edad- hablaba uno de los primeros, y muchas veces decidía la votación. Había hecho añadir a las peticiones de los tribunales que cualquier detenido habría de ser interrogado por un juez dentro de las veinticuatro horas. Decíase que tenía «sentimientos de romano». Broussel era respetado por el pueblo de París, porque se conocía su mucha honradez. Vivía con gran sencillez en un cuartito, e iba siempre a pie.

Se llevaron a Nuestra Señora 72 banderas cogidas al enemigo, y en tanto se contaba el Te Deum por el triunfo, Mazarino mandó prender a Broussel, así como a otros dos consejeros. Pero la vieja sirvienta de Broussel empezó a escandalizar. Broussel era muy querido en el barrio donde vivía, y la multitud se amotinó gritando: «¡Libertad!» y «¡Viva Broussel!» Se cerraron las tiendas, la milicia burguesa tomó las armas, y se interceptaron las calles, muy estrechas entonces, con barricadas (dícese que se levantaron 1.200).

Al día siguiente, el Parlamento en corporación pasó por las barricadas y llegó al Palacio real a pedir a la reina la libertad de los presos. La reina empezó por negarse, diciendo que preferiría ahogar a Broussel con sus propias manos. Pero casi no había tropas en París, se resignó a ceder, y dió libertad a Broussel [1]


  1. El cardenal de Retz, a la sazón coadjutor del arzobispado de París, escribió más tarde unas Memorias célebres en que se alabó de haber sublevado al pueblo, lo cual es inexacto. Molé, primer presidente del Parlamento, de quien también se ha hablado mucho, mostró valor ante la multitud irritada, pero desempeñó papel poco importante.


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La Fronda

La Fronda



La reina se enfureció tanto que pronto salió de París, llevándose al rey. Así comenzó una sublevación que había de durar cuatro años. Se la llamó la Fronda, porque se comparaba a los parlamentarios con los muchachos que tiraban con honda en los fosos de París, y escapaban en cuanto veían llegar a los guardias.

La Corte volvió primeramente a París, y prometió conceder al Parlamento lo que deseaba. Esperaba Mazarino el invierno (no se hacían entonces operaciones militares en dicha estación) para hacer venir las tropas a París y emplearlas contra los sublevados.

El Parlamento y los burgueses de París no habrían tenido energías para resistir. Pero casi todos los grandes señores y las damas de la Corte los ayudaron contra Mazarino.

Había entonces dos familias de príncipes de la sangre: 1º, Gastón de Orleans, hermano de Luis XIII, y su hija, apellidada la Grande Mademoiselle, que moraba en el Luxemburgo; 2º, el príncipe de Condé y su hermano el príncipe de Conti, que tenían sus palacios en París.

Quedaban cuatro familias de príncipes descendientes de los Guisas, y una familia de príncipes extranjeros protestantes, el más conocido de los cuales, Enrique de Turena, acababa de hacerse en Alemania reputación de gran general.

Quedaban tres familias de descendientes naturales de Enrique IV. Uno de ellos, el duque de Beaufort, famoso por su belleza y su tontería, era muy querido del pueblo de París, y se le había apellidado «rey de los Mercados». Otro, el duque de Longueville, era gobernador de Normandía.

Casi todos aquellos señores se entendieron con el Parlamento para hacer la guerra a Mazarino. Nadie quería sublevarse contra el rey, se quería solamente desembarazarse de su ministro [1].

Una noche de invierno (6 de enero de 1649), a las tres de la mañana, la reina, el niño rey y la Corte salieron secretamente de París y fueron al castillo de Saint-Germain. Según costumbre de aquel tiempo, estaba desmantelado cuando no le habitaba la Corte, Los parisienses no quisieron dejar salir las camas, y el rey y la Corte empezaron por acostarse en colchones en habitaciones sin cristales. Para pagar sus gastos, la reina hubo de empeñar las piedras preciosas de la Corona.

Comenzó la guerra. Algunos grandes señores habían ido a París a alentar la rebelión, y fueron los directores de la lucha. El duque de Orleans envió, dícese, una carta dirigida «A Madame la condesa mariscala del campamento en el ejército de mi hija contra Mazarino». El duque de la Rochefoucauld, el autor de las Máximas, se batía por amor a la bella duquesa de Longueville, la hermana de Condé, que tenía ojos de «azul turquesa» y cabellos rubios plateados. Para agradar a madama de Longueville, Turena, que tenía mando en Alemania, intentó que su ejército se sublevase contra el rey.

Condé, que se había quedado con Mazarino, mandaba el ejército que bloqueaba París. El general en jefe del ejército del Parlamento era us hermano Conti, un hombrecito jorobado y cobarde. Un día, dícese, su hermano Condé, al pasar por delante de un mono, le saludó diciendo: «¡Servidor del generalísimo de la Fronda!» Los burgueses de País dieron dinero, se alistaron soldados que formaron el «ejército para el servicio del rey y de la ciudad». En todas las salidas los soldados del Parlamento fueron rechazados, y se hizo burla de ellos.


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La guerra se paralizó pronto, por ambas partes había miedo. Mazarino le tenía a un ejército español que llegaba por el lado del Oise; el Parlamento a un ejército alemán que llegaba de Alemania. Se hizo la paz de Rueil (marzo de 1649). El rey prometió volver a París y disminuir los impuestos, el Parlamento prometió no reunirse durante un año. Se siguió luchando en Normandía, donde el duque de Longueville era gobernador -en Aix en Provenza-; en Burdeos, donde el Parlamento luchaba contra el gobernador.


  1. En la misma época se imprimió en París una cantidad enorme de libelos contra Mazarino. Eran llamados Mazarinadas.
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La Fronda de los príncipes

La Fronda de los príncipes



El príncipe de Condé, orgulloso de su victorias, aparentaba ser dueño del gobierno, y reclamaba todos los puestos para sus amigos, burlándose de Mazarino y hasta de la misma reina. Sus amigos le imitaban. Eran llamados los Pequeños amos.

Mazarino y la reina decidieron, por último, desembarazarse de Condé, el cual fue preso y encerrado en el castillo de Vincennes (enero de 1650). Pero Burdeos, de donde Condé era gobernador, se sublevó. Turena, con un ejército español, entró en la Champaña. Empezó una segunda guerra, que se denominó Fronda de los príncipes.

Mazarino fué sostenido por los antiguos fondistas de París, enemigos de Condé. Trajo un ejército, sitió Burdeos y la hizo capitular. Luego rechazó a los españoles. Pero al cabo de un año de guerra, como no había cumplido sus promesas, los de la Fronda de París se entendieron con Condé y obligaron a la reina a dejarle libre. Mazarino salió de Francia, el Parlamento le desterró del reino (febrero de 1651).

Las dos Frondas no tardaron en indisponerse. Condé se fué a la Guyena, de donde era gobernador, y se entendió con España, todavía en guerra con Francia. Ana le hizo declarar rebelde y traidor. Luis XIV era mayor de edad. Mazarino volvió a Francia con un pequeño ejército alistado a sus expensas. Turena, que se había pasado al partido de la Corte, tomó el mando de él y, llevando consigo a la reina y al joven rey, fué a maniobrar contra los soldados de Condé por la parte de Orleans.

De pronto Condé, al cual se creía aún en el Mediodía, atravesó Francia, fué a tomar el mando de su ejército y estuvo a punto de apoderarse de la Corte y de Mazarino.

Los dos ejércitos volvieron entonces sobre París. Al mismo tiempo, otro ejército al servicio del rey llegó de la Lorena. Condé, atacado a un tiempo por los dos ejércitos, se atrincheró en el arrabal Saint-Antoine. Los parisienses se negaron a abrirle las puertas de la ciudad, su ejército iba a ser aplastado ante los muros de la capital. Entonces la Grande Mademoiselle, hija del duque de Orleans, fué al Palacio municipal. Reunió al pueblo, irritado contra Mazarino. Luego, cruzando el barrio de Saint-Antoine, lleno de heridos, fué a la Bastilla y mandó apuntar los cañones contra el ejército real que llegaba. Se abrió la puerta Saint-Antoine, el ejército de Condé entró y fué salvado.

Los parisienses estaban divididos en dos bandos. Los enemigos de Mazarino, que llevaban en el sombrero un ramo de paja para reconocerse, atacaron el Palacio municipal. Cogieron de la orilla del Sena madera que habían descargado las barcas, la llevaron ante las puertas y la prendieron fuego. Luego degollaron a unos cincuenta hombres sospechosos de ser «Mazarino» (partidarios del Cardenal).

Aquella matanza irritó a los parisienses contra Condé, y enviaron a suplicar a la reina y al rey que regresaron a su ciudad. Para facilitar la reconciliación, Mazarino salió por segunda vez de Francia. Luis XIV entró en París, atravesando a caballo por entre una muchedumbre enorme que lanzaba gritos de alegría. La rebelión había terminado (1652). El rey concedió una amnistía, pero expulsó de la Corte a todos los príncipes que habían dirigido la Fronda.

Condé solo continúo la guerra, pero ya no tenía tropas. Salió de Francia y fué a ponerse al servicio del rey de España, en el ejército español de los Países Bajos.


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Restablecimiento del poder real

Restablecimiento del poder real



Mazarino volvió pronto a París, conducido por el joven rey en su carroza. La municipalidad de París le dió un gran banquete, en el que se bebió a la salud de los «Mazarinos».

La Fronda había dejado al joven rey una impresión imborrable, y conservó rencor contra París y el Parlamento. No quiso vivir en la capital y no dejó jamás al Parlamento elevar peticiones.

Luis XIV, aun cuando mayor de edad, dejaba gobernar a Mazarino en su lugar. Hasta que murió el Cardenal, siguió siendo dueño del gobierno. No era querido, pero los nobles estaban arruinados, las gentes de los Parlamentos no osaban ya resistir, y las ciudades no deseaban más que reposo. Un inglés escribía: «Todo el mundo detesta al gobierno..., pero no se quiere oír hablar de ningún movimiento».

Mazarino mandó venir de Italia a sus siete sobrinas y las casó con duques. Los grandes señores franceses que le habían despreciado buscaron sus favores. Siguió acumulando enormes riquezas, y dejó al morir más de cincuenta millones de libras, en tanto no quedaba dinero en el Tesoro.