Historia I (Versión para imprimir)

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Autor: Charles Seignobos[editar]

Transformación del gobierno[editar]



Con la muerte de Carlos VIII, hijo de Luis XI, se extinguió la línea directa de los Valois (1498). El nuevo rey, Luis XII, era de la rama de los Valois-Orleans. Siendo todavía duque de Orleans, se había casado por fuerza con la hija de Luis XI, luego se había sublevado varias veces contra Carlos VIII.

Al subir al trono, mandó declarar nulo su matrimonio y se casó con Ana, duquesa de Bretaña, que ya había estado casada con el rey anterior, Carlos VIII. El ducado de Bretaña no fue de primera intención anexionado al dominio real. Luis y Ana no tuvieron hijos y la Bretaña tocó en herencia a su hija Claudia.

El sucesor de Luis XII, su primo, Francisco I, de la rama de los Valois-Angulema, se casó con Claudia, que le llevó en dote la Bretaña. El rey fue desde entonces dueño de todas las provincias de Francia, excepto los dominios de la familia de Borbón.

Las provincias que habían entrado las últimas en el dominio real conservaron la organización separada que habían tenido en el siglo XV con su príncipe. Hubo de esta suerte dos clases de países. Unos eran gobernados directamente por los antiguos Consejos del rey establecidos en París. Los otros conservaban su administración separada. Eran sobre todo los países fronterizos, Normandía, Bretaña, Provenza, el Delfinado, Borgoña y el Languedoc, que había permanecido separado del antiguo dominio real porque en él se aplicaba el derecho escrito.


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Cada provincia tenía su Parlamento, que juzgaba todos los asuntos de la misma. Todo el centro del reino dependía del Parlamento de París, que tenía por si solo un territorio casi tan grande como todos los otros juntos.

El rey de Francia había tenido siempre un poder ilimitado; los legistas, que habían estudiado el derecho romano, le aplicaban la máxima de los emperadores de Roma: Lo que agrada al Príncipe tiene fuerza de ley. Pero en la Edad Media el rey no tenía fuerza suficiente para hacerse obedecer en todas partes.

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En el siglo XVI, las antiguas familias de príncipes independientes se habían extinguido, excepto la de los Borbones. No quedaba ya en Francia más que señores, que no tenían derecho a alistar tropas, ni a hacer tratados, ni siquiera a acuñar monedas.

El rey tenía un ejército permanente, al que ningún señor podía ya oponerse. Cuando daba una orden, no osaba nadie desobedecerle. El rey imponía a la sazón los tributos, sin pedir el consentimiento de sus súbditos (excepto en las provincias nuevas y en el Languedoc, donde convocaba una asamblea de la provincia). Pero no reunía ya los Estados Generales del reino.

El rey variaba aún las leyes por su propia autoridad, sin consultar a sus súbditos. Dictaba ordenanzas (es decir, órdenes) o edictos (era el nombre de las leyes de los emperadores romanos). Las enviaba a los Parlamentos para que las aplicasen en todo el reino. Francisco I terminaba sus ordenanzas con la fórmula "porque así nos place", es decir, tal es nuestra voluntad.

Un embajador italiano decía: "Francia es el país más unido del mundo, la voluntad del rey lo es allí todo". Otro había oído a unos nobles franceses estas palabras: "Nuestros reyes eran en otro tiempo reyes de los francos (hombres libres), ahora son reyes de los siervos".

El rey resolvía solo todos los asuntos, pero había demasiados para que tuviera tiempo de examinarlos todos personalmente. Hacía que le ayudase un Consejo' llamado comúnmente Real Consejo, formado por algunos grandes dignatarios: el Canciller, encargado de los asuntos de justicia; el Condestable, jefe del ejército, y algunos Consejeros reales. Francisco I designaba cinco o seis a lo sumo, en los que tenía confianza, y los reunía en su gabinete. Eran casi todos prelados o nobles. Dicho rey no quería rodearse más que de gentiles-hombres.

Para hacer las escrituras se habían creado poco a poco 120 secretarios reales. De aquella muchedumbre se separaron los cinco secretarios firmantes en los asuntos de dinero, que eran llamados secretarios firmantes en Hacienda. Cuando el rey de Francia hizo con el de España el tratado de Câteau-Cambrésis (1559), como los secretarios españoles se llamaban secretarios de Estado, los franceses, para no ser menos, tomaron el mismo título. Aquellos cuatro secretarios de Estado habían de ser más tarde los ministros, verdaderos jefes de Gobierno.

Para hacerse obedecer en las provincias, el rey enviaba a señores, favoritos suyos, con el título de gobernador y de lugarteniente general del rey. Aquellos gobernadores debían alistar las tropas, mantener en buen estado las plazas fuertes y las guarniciones. Francisco I envió gobernadores a casi toda Francia, sobre todo a las provincias fronterizas.

Los tribunales eclesiásticos habían juzgado hasta el siglo XVI un número muy grande de asuntos seglares, los pleitos en materia de testamento o de matrimonio -los de las viudas y huérfanos-, los delitos de herejía, de sacrilegio, de usura.

Francisco I, por la ordenanza de Villers-Cottorets (1539), quitó a los tribunales eclesiásticos casi todos los pleitos, y los pasó a los tribunales civiles. Al mismo tiempo abolió el uso del latín. Los documentos notariales, las piezas de los procesos y las sentencias hubieron de escribirse en francés.

Los curas siguieron llevando los registros bautismales, de casamientos, de entierros. Redactaban las partidas que, servían para determinar el estado de las personas (lo que hoy llamamos "estado civil"). No era posible casarse sino en la iglesia, no era posible ser enterrado sino con el consentimiento del cura.


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La Corte

La Corte[editar]



El rey de Francia tenía constantemente a su alrededor multitud de servidores, que se denominaban el hotel (la casa) del rey. El gran maestre del hotel, que mandaba a toda aquella gente, era uno de los grandes señores del reino. Otros señores dirigían separadamente cada uno de los diferentes servicios del hotel. El caballerizo mayor tenía a su cargo la grande y la pequeña caballeriza. En las fiestas llevaba la espada del rey, en las batallas se mantenía a su lado. El montero mayor mandaba el personal de caza, los halconeros, los piqueros. El gran chambelán dirigía a los lacayos. El limosnero mayor estaba a la cabeza de los eclesiásticos que servían al rey.

Aun los empleos inferiores eran muy buscados por los nobles, sobre todo los que permitían hablar al rey todos los días y pedirle favores. A esto se decía "disponer del oído del rey". El caballerizo, por ejemplo, cabalgaba al lado del soberano cuando éste iba de viaje, le hablaba todos los días al ponerle las medias. El gentilhombre de cámara dormía al lado del rey y le veía al acostarse y al levantarse.

El rey llevaba siempre escolta de hombres armados: los 200 gentiles-hombres de la casa, los 400 arqueros de la guardia, los 100 guardias suizos, los guardas escoceses. La reina tenía también su casa, formada por damas de honor y doncellas de honor.

Por lo común, el rey tenía a su lado consejeros, príncipes y gran número de señores de visita. Aquella multitud de servidores, de guardias, de visitantes, se denominaba la Corte.


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El rey de Francia no tenía residencia fija. Iba de un castillo a otro, y la Corte le seguía a caballo, en litera o en carros. Se llevaba un largo séquito de carros y mulos, porque había que alojarse en castillos desamueblados, siendo preciso, por tanto, llevar los muebles, las vajillas y los tapices para adornar las paredes. Se llevaban también lo necesario para acampar de noche, porque no siempre se encontraba alojamiento.


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La Hacienda

La Hacienda[editar]



En la Edad Media la renta regular del rey era el producto de su patrimonio. En el siglo XVI todavía se seguía considerando el impuesto como un recurso excepcional, creado solamente para hacer la guerra, y se le llamaba "ingreso extraordinario". Pero los reyes habían ido distribuyendo poco a poco a sus favoritos casi todo sus bienes, aun cuando los hubiesen declarado inalienados. Las rentas del patrimonio no constituían, pues, más que una parte muy pequeña de los ingresos, todo el resto procedía del impuesto.

Francisco I gastaba mucho. Hacía la guerra, levantaba castillos, daba magníficas fiestas, concedía pensiones enormes a sus favoritos. Tuvo grandes necesidades de dinero, y siempre el dinero le faltó.

Para proporcionárselo, dobló las tallas que pesaban sobre los aldeanos. Obligó a los habitantes de las grandes ciudades, sobre todo a los de París, a pagarle un impuesto extraordinario, llamado donativo gratuito. En los momentos difíciles, vendió sus tierras y las joyas de la Corona.

Francisco I hizo muchos empréstitos. Como el rey no habría inspirado confianza, hubo acuerdos con la ciudad de París. El rey puso como garantía los impuestos que pagaba París sobre la carne, las bebidas, la sal. Los que prestaban, a cambio de su dinero, recibieron una renta perpetua, que se les prometió pagar todos los años con el producto de aquellos impuestos, y esa renta podían ellos revenderla. Por 200.000 libras prestadas se les había de pagar 12.600 al año, con lo que el interés era del 8 por cien. Con estas "rentas del Estado", que había de elevarse poco a poco a 30.000 millones.

Para la recaudación de los impuestos y registrar el producto, el rey nombró personal nuevo. Para las rentas del patrimonio creó los cuatro tesoreros de Francia, que se distribuían el territorio del reino. Para los fondos tributarios, creó cuatro generales de Hacienda y cuatro recaudadores generales.

Como el rey necesitaba siempre dinero contante, precisaba tener tesoreros que tuvieran dinero suficiente para anticipárselo. Nombraba, pues, a gentes ricas, sobre todo hijos de acaudalados comerciantes. Aquellos financieros formaban unas cuantas familias unidas por lazos matrimoniales, y, por lo común, estaban de acuerdo entre sí. Anticiparon dinero a Francisco I para la guerra de Italia, para la elección imperial, para las fiestas del Campo del paño de oro. El más célebre, un rico mercader de Tours que se había hecho banquero, estaba encargado de los asuntos de la madre del rey, la reina Luisa, y llegó a ser barón de Semblançay. La reina madre, que se había incomodado con él, mandó que le procesaran, y fue condenado a muerte.

Enrique II reunió las funciones de tesorero y de general en un cargo único de tesorero general. Francia se dividió en varias regiones, que se llamaron generalidades. Fue el sistema que perduró hasta 1789.

El tesorero general no estaba encargado más que de guardar el dinero. Para recaudarlo se conservaban varios personales enteramente distintos, cada uno encargado del percibo de una clase de ingresos.

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Venalidad de los cargos

Venalidad de los cargos[editar]



Los hombres encargados por el rey de administrar justicia y de la gestión financiera eran, hasta el siglo XVI, en Francia lo mismo que en todos los demás países, servidores del rey, elegidos por él, y a los cuales podía destituir. El rey, al nombrarlos, les mandaba una comunicación, en la que decía haberles elegido para permanecer en funciones "en tanto nos plazca".

Pero, ya en la Edad Media, los reyes empezaron a considerar los cargos como un medio para proporcionarse dinero. Vendieron primeramente los cargos de tabelión o notario, es decir, el derecho a redactar los documentos de los particulares, y los cargos de escribano, que daban el derecho de hacer copias de las sentencias. En el siglo XV vendieron también las funciones del juez.

Los Estados generales de 1484 protestaron contra este abuso, y Luis XII prohibió vender los cargos (se les llamaba oficios). Ordenó que todos los funcionarios, antes de entrar en el cargo, jurasen no haber dado nada para obtenerlo.

Pero el rey tenía demasiada necesidad de dinero para rehusar las ofertas de los ricos banqueros, deseosos de obtener cargos. Luis XII vendió funciones de Hacienda, Francisco I vendió todos los cargos de justicia.

Se creó en 1522 la oficina de las partidas eventuales, "para servir de tienda a esta nueva mercancía", según palabras del jurisconsulto Loiseau. Desde entonces los cargos se vendieron públicamente en nombre del rey, depositándose el precio de la venta en una caja especial. El que compraba el cargo, antes de tomar posesión de él, prestaba, sin embargo, el juramento de que no había dado nada para adquirirlo. Este perjurio obligatorio no fue abolido hasta fines del siglo XVI. No se vendieron jamás los cargos de la casa del rey, ni los grados del ejército, pero los otros cargos llegaron a ser venales.

Pronto se crearon cargos inútiles, expresamente para venderlos. En Hacienda se crearon a miles de recaudadores y electos. En la administración de justicia se crearon cargos de consejeros de los Parlamentos.

No había hasta entonces en las provincias otros funcionarios que el bailio o el senescal. La justicia se administraba en su nombre por sus lugartenientes, que habían hecho estudios de Derecho, el lugarteniente civil para los pleitos, el lugarteniente criminal para los asuntos criminales. Todos juzgaban solos, pero de ordinario hacían que les ayudasen algunos abogados de su tribunal, que le servían de consejeros.

En tiempo de Enrique II, para tener nuevos cargos que vender, se cambiaron estos consejeros en funcionarios. En cada ciudad donde había un bailiaje, se creó un tribunal presidial, formado por dos lugartenientes y siete consejeros. Se crearon de una vez 32, luego otros más. Se estableció también, por bajo de los Parlamentos, un nuevo grado de jurisdicción al que los litigantes debieron llevar sus causas.

La venalidad de los cargos creó en Francia una especie de personajes desconocidos en el resto del mundo. Como el oficial había comprado su oficio, no podía ser destituido, a menos de que se le condenara por un delito, y venía a ser funcionario vitalicio. Habiendo comprado el cargo, le consideraba como una propiedad. A su muerte, el cargo habría debido volver al rey, pero se admitió que el oficial tuviera el derecho de resignarlo, es decir, de presentar la dimisión designando su sucesor. Era preciso solamente que lo resignara cuarenta días antes de morir, y, si moría antes, el cargo volvía al rey, que lo vendía de nuevo.

Al vender el cargo, no se atendía más que al dinero que se podía sacar de la venta, no se exigía del comprador ninguna condición de capacidad. Verdad es que, antes de dar posesión a un juez, había de hacerse una información acerca de su conducta y se le obligaba a sufrir un examen; pero no se pedía ningún grado universitario y en el examen jamás era nadie desaprobado.

Los poseedores de cargos debían percibir un salario, que se llamaba gajes. Pero el rey, siempre necesitado de dinero, descuidaba con frecuencia de pagarlos. Los jueces tomaron la costumbre de hacerse pagar por los litigantes, antes de dictar sentencia. Tratábase al principio de un regalo en especias o en grajea, luego fue una suma de dinero, pero siguió la denominación de especias. Los oficiales de Hacienda se servían también de su poder para sacar dinero a los administrados. Como el rey vendía los cargos, ellos tenían el derecho de explotar a los súbditos del rey.

Durante un siglo, todo el mundo en Francia protestó contra la venalidad de los cargos. Loiseau decía aún en 1612: "La venta es tan odiosa que causa vergüenza declararla, y, en vez de esto, se dice que se da el cargo a título oneroso. Creo que no hay nada en nuestras costumbres más contrario a la razón que la venalidad de los cargos, que prefiere el dinero a la virtud, en la cosa del mundo en que la virtud es más de buscar y el dinero más de despreciar, porque, si el oficial merece su cargo, no hay razón para que lo compre, y, si no lo merece, hay todavía menos razón para venderlo". La venalidad duró, sin embargo, hasta la Revolución. Fue restablecida en parte desde la soberanía de Napoleón I, y subsiste todavía en Francia para los notarios, escribanos, alguaciles, abogados, agentes de cambio, peritos tasadores.

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El clero

El clero[editar]



La tentativa de reforma del clero, hecha en el siglo XV, había fracasado. La Pragmática Sanción de 1438, destinada a hacer la Iglesia galicana independiente del Papa, no fue aplicada mucho tiempo. Luis XI la derogó para obtener la alianza papal en Italia. Durante medio siglo, la Iglesia de Francia permaneció en confusión, no sabiéndose ya quién tenía que nombrar a los obispos y abades.

La oposición entre el Papa y el clero de Francia recaía sobre dos puntos: 1º, conservaba éste los decretos del Concilio de Basilea, que declaraba el Concilio superior al Papa; 2º, no quería ya pagar las annatas (rentas de un año que había de satisfacerse al Papa por cada nuevo titular).

Francisco I, después de una victoria en Italia, fue a avistarse con el Pontífice León X en Bolonia y se pusieron de acuerdo, haciendo juntos el Concordato de 1516. El rey compartió los poderes con el Papa, pero se quedó con los más importantes: tuvo el derecho de nombrar todos los obispos, los canónigos y la mayor parte de los abades, comprometiéndose el Papa a revestir a los que el rey nombrase. Los obispos debían tener, al menos, veintisiete años y veintitrés los abades, a excepción de las "personas sublimes", es decir, de alta alcurnia. El Papa conservó el derecho de apelación en las causas canónicas importantes. No se mencionaron las annatas en el Concordato, pero se sobreentendió que el rey las dejaría restablecer. Así quedó suprimida en Francia la elección de los obispos y los abades, que era desde un principio regla de la Iglesia.

El rey se vió dueño de todas las altas dignidades de la Iglesia, a las cuales estaban afectos grandes dominios, 10 arzobispados, 82 obispados, 327 abadías y un número enorme de canonjías y prioratos.

Francisco I había prometido nombrar a licenciados en derecho canónico de las Universidades y a "personas convenientes". De hecho el rey no nombraba casi más que a nobles o a los parientes de sus favoritos, muchas veces jóvenes. Por medio de las dispensas, la misma persona podía acumular varios obispados o abadías. Se le dispensaba la residencia en ellos y vivía, por lo común, en la Corte, donde consumía las rentas de sus beneficios.

El rey hizo de la mayor parte de las abadías encomiendas, dándolas a un seglar, que percibía las rentas y se hacía sustituir por un prior. Francisco I dio abadías a oficiales o a pintores, manera de pagar que no le costaba nada. En tiempo de Enrique II, el señor de Bourdeille obtuvo la abadía de Brantôme, porque su hermano había muerto guerreando en un asalto al servicio del rey, y se dio a conocer como escritor con el nombre de Brantôme.

Los obispos y los abades no se ocupaban casi de los fieles. La "carga de almas", es decir, el cuidado de decir misa, de predicar, de administrar los sacramentos, se dejaba al clero bajo, a los curas, los vicarios, los monjes mendicantes, que vivían pobremente de una pequeña parte de los beneficios. Aquellos eclesiásticos pobres habían hecho frecuentemente estudios en las Universidades, no querían a los prelados y muchos seguían pidiendo la reforma de la Iglesia.

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Las ciudades

Las ciudades[editar]



Francia producía entonces a los extranjeros la impresión de país rico. Un embajador veneciano admiraba en 1546 la variedad de sus producciones, el trigo, los vinos, las frutas, las telas. Otro, comparándola con España, decía: "España tiene minas de oro y plata, Francia no tiene más que hierro, pero la plata se importa y no falta jamás. España es un país árido y pobre, Francia es fecunda, está cubierta de ciudades y castillos".


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Había en Francia varios centenares de ciudades, residencias de un príncipe, de un obispo o de un abad. La mayor parte son hoy nuestras capitales de departamento o de distrito. Pero había pocas grandes ciudades. París, la más poblada con mucho, no tenía más de medio millón de habitantes. Ninguna otra ciudad contaba más de 50.000 almas. Las principales eran Toulouse, residencia del Parlamento que juzgaba todos los asuntos del Mediodía, y tres ciudades mercantiles: Rouen, por donde pasaba todo el comercio del Sena; Burdeos, que hacía el tráfico de vinos con Inglaterra, y Lyon, a donde llegaban las mercaderías italianas, terciopelos, sedas, paños de oro y plata, y que era la ciudad de Francia donde se imprimía mayor número de libros. Marsella hacía el comercio con Levante, pero no era todavía una gran ciudad. Había algunos otros puertos, Nantes, La Rochela, Bayona, en el Océano; Dieppe, Boulogne, Saint Malo, en el Canal de la Mancha.

Francia recibía también del extranjero casi todos los productos fabricados -las armas y las pieles, de Alemania; los brocados y las pedrerías, de Italia-, las telas y las drogas, de las Indias. No había todavía en Francia industria en gran escala.


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Habitaban las ciudades casi exclusivamente los funcionarios del rey, los burgueses propietarios de las tierras y los artesanos, que hacían los objetos necesarios para la vida. Empero, desde que habían cesado las guerras en Francia, la población había aumentado y muchas ciudades se veían ahogadas en su recinto fortificado, en el que no se encontraba lugar para edificar nuevas viviendas.

Cada ciudad conservaba todavía su municipalidad; pero el rey nombraba los regidores y los alcaldes, hacía que sus agentes examinaran las cuentas, y muchas veces también nombraba un gobernador encargado de las fortificaciones.

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Los gremios

Los gremios[editar]



En la mayor parte de las ciudades del norte de Francia, los trabajadores habían seguido organizados en gremios, formados por gentes que hacían la misma clase de trabajos. Cada gremio tenía sus reglamentos y sus jefes, los jurados. Para tener derecho a abrir tiendas y vender, era preciso haber sido admitido como maestro por los que lo eran del oficio, y no se aceptaba como tal sino al ya ejercitado en la profesión.

El niño entraba en el oficio como aprendiz de un maestro, comprometido por un contrato. Debía trabajar para el maestro sin ser pagado durante un número de años que difería según los oficios, y el maestro, en cambio, debía darle alojamiento, comida y enseñarle el oficio. Acabado el aprendizaje, el obrero venía a ser sirviente o compañero. Trabajaba para el maestro, pero percibía salario. Los hijos o los sobrinos del maestro podían ser también maestros en cuanto salían del aprendizaje. Los demás seguían siendo compañeros, en espera de tener medios para abrir una tienda.

Hasta fines de la Edad Media, en la mayor parte de los oficios, los compañeros acababan, por lo común, por hacerse maestros. Pero a éstos interesaba no aumentar el número de los que podían hacerles competencia. Exigieron una obra maestra que llevara mucho tiempo para hacer, elevaron el derecho de entrada que había que pagar, y no dejaron entrar ya más que a hijos de maestros. Se hizo más difícil cada vez ser admitido en la clase. En el siglo XVI, la mayor parte de los obreros seguían siendo, por tanto, compañeros toda la vida, obligados a trabajar por cuenta de un maestro y reducidos a vivir de su salario.

Los compañeros, de ordinario, vivían como huéspedes y no tenían familias. Debían acudir al taller del maestro y trabajar desde la salida del sol hasta la noche. Cuando no tenían trabajo, habían de acudir todas las mañanas a un sitio determinado por la costumbre a esperar a que un maestro fuera a contratarlos.


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En cuanto llegaban a una ciudad, habían de buscar un patrón. Si permanecían sin trabajo, se les consideraba como vagabundos y se les podía coger a la fuerza, encadenar y emplear en los trabajos de la ciudad.

Los reglamentos fijaban los salarios. No solamente estaba prohibido al obrero pedir más, sino decírselo siquiera al patrón. Se quería impedir que un maestro quitase obreros a los otros.

El compañero, una vez contratado, no tenía derechos a salirse antes de terminar el ajuste. Estaba prohibido a los compañeros ponerse de acuerdo para discutir los salarios con los maestros y hacer coaliciones. Les estaba prohibido concertarse para cesar a un tiempo en el trabajo, lo que se empezaba a decir "hacer huelga".

En Lyon (1539), los obreros impresores se quejaban de que los patronos les pagaban poco, les daban mal de comer y les quitaban el trabajo, tomando aprendices a los que no daban salario. Se reunieron en secreto y juraron cesar en el trabajo y no reanudarlos sino juntos. Habían creado una caja común y llevaban puñales y palos. Se batieron en las calles con los compañeros que no querían abandonar el trabajo. Los patronos se quejaron, y la policía prohibió a los compañeros reunirse so pena de prisión y muerte.

A partir del siglo XV, los compañeros de algunos oficios tomaron la costumbre de ir de ciudad en ciudad, pasando algún tiempo al servicio de un maestro, al que dejaban más tarde, y a esto se llamaba "dar la vuelta a Francia".

El régimen de los oficios no existía más que en las ciudades de veeduría, que eran casi todas en el norte de Francia, y no se aplicaba sino a determinadas profesiones. En todas partes en el campo, en todas las ciudades del mediodía y la mayor parte de las del oeste, se podía abrir tienda libremente, como hoy ocurre. En Lyon, no había más que cuatro oficios organizados.

Aun en las ciudades de veeduría, las profesiones que no estaban organizadas en gremio permanecían libres. Aun en los oficios sometidos a los reglamentos, las prohibiciones no siempre eran observadas. Muchos obreros en sus casas, llamados chambrelans, hacían zapatos, vestidos, muebles, y lo vendían en contra de lo mandado.

El rey, para algunas industrias de lujo, como el tejido de la seda, autorizaba a particulares para que pusiesen manufacturas, en que se hacía trabajar a obreros que no quedaban sometidos al reglamento del oficio.

El rey concedía también a artesanos hábiles patentes de maestría, que les daban derecho a trabajar y vender cual si hubieran pasado examen como maestros. Eran, sobre todo, los obreros que vivían cerca de la Corte, y trabajaban para ella, los plateros, los pintores, los escultores.

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Los aldeanos

Los aldeanos[editar]



La Guerra de Cien Años había destruido muchas aldeas y hecho perecer a una parte de los aldeanos. Después de que la paz se hubo restablecido, la población aumentó en los campos y las tierras volvieron a cultivarse. A medida que el dinero llegado de América se hizo más abundante, aumentó el precio del trigo, del vino y del ganado.


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Quedaban muy pocos siervos, pero los aldeanos continuaban casi en todas partes debiendo a los señores rentas y prestaciones. Las rentas en especies seguían siendo tan pesadas como en otro tiempo; pero allí donde se había establecido el pago en dinero, como éste disminuía de valor, se hacía más fácil a los aldeanos pagar. El que había de satisfacer, por ejemplo, 10 sueldos al año, seguía no pagando más que 10 sueldos, aun cuando esta moneda, en el siglo XVI, tuviera mucho menor valor que en el XV. Una parte de los aldeanos, por lo tanto, se aprovechó del alza de los precios.

La masa de los arrendadores y colonos siguió en estado miserable. El jurisconsulto Loiseau escribía en 1612: "Los hemos oprimido tanto con los tributos y la tiranía de los gentiles-hombres, que hay ocasión de maravillarse de cómo pueden subsistir y cómo se encuentran labradores que nos alimenten".

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Trasformación de la sociedad

Transformación de la sociedad[editar]



La sociedad francesa venía estando dividida en un corto número de clases bien distintas, señores, caballeros, aldeanos. En el siglo XVI estas clases se subdividieron.

Los nobles eran legalmente todos iguales, y se llamaban todos gentiles-hombres, "hombres de alcurnia". El mismo Francisco I juraba: "¡a fe de gentilhombre!". Pero se habían establecido entre ellos diferencias que se marcaban por los títulos.

Los antiguos duques y condes, soberanos en una provincia, habían desaparecido, y ya no quedaban pares. Los señores que hasta entonces se llamaban solamente barón o sire, desearon un título superior. El rey empezó a conferirles los títulos de duque, marqués, conde y aun par, haciendo a sus tierras ducados, marquesado, condado. El título se trasmitía al hijo mayor.

Los señores que no recibieron estos títulos nuevos siguieron llamándose barones. Por bajo de ellos venían los caballeros. Legalmente, no habrían debido llamarse caballeros sino después de haber sido armados como tales. Un proverbio decía: "Ni siquiera los hijos del rey nacen caballeros". Pero la costumbre de armarse caballero se perdió en el siglo XVI, y el nombre vino a ser título que ostentaban los nobles de familias suficientemente ricas para considerarse superiores a los demás.

La mayoría de los gentiles-hombres tomaban el título de escudero, que usaban en otro tiempo los criados de los caballeros, haciéndolo así para distinguirse de los burgueses.

Los nobles llevaban, por lo común, el nombre del dominio primitivo de su familia, un nombre de terreno precedido de la preposición de. Se decía, por ejemplo: "Anne de Montmorency, Gaspar de Coligny". Pero había también familias nobles que se llamaban "Chabot", "Sanglier". Se citaba aún un gentilhombre, Jacobo Tezard, barón de Tournebut, que se ofendió porque se añadiese "de" a su nombre. Es, por tanto, un error considerar como signo de nobleza el "de" (que se llama impropiamente "la partícula"). Un noble podía no usar el "de", y muchas gentes tenían "de" sin ser nobles.

La mayor parte de los nobles vivían en el campo, de las rentas de sus tierras y de los censos que pagaban sus campesinos. Pero los que querían hacer fortuna iban a ponerse al servicio del rey o ingresaban en el ejército. Algunos, el duque de Epernon, el de Joyeuse, fueron favoritos del rey y llegaron a ser grandes señores. Desde mediados del siglo XVI, París estuvo lleno de hidalgos venidos del Mediodía, donde la nobleza era muy numerosa y tenía pocos medios de vida. Fueron llamados "los cadetes (segundones) de Gascuña".

La nobleza se trasmitía por el nacimiento y aumentaba por la antigüedad. Un hidalgo pobre, cuya familia era noble desde la época de las Cruzadas, se reputaba más noble que un señor rico descendiente de ennoblecidos.

Para seguir siendo hidalgo, era preciso vivir noblemente, es decir, sin trabajar. Si un noble ejercía un oficio, si era comerciante, procurador o notario, dejaba de ser noble, decíase que se degradaba. No se reconocía al noble el derecho de ganar dinero. El año 1525, el tribunal de Lisieux consideró degradado al padre de un almirante, porque había cebado bueyes en una de sus tierras para venderlos.

Por bajo de los nobles venían las gentes de las ciudades, los llamados burgueses. Este nombre, aplicado en otro tiempo a los habitantes de una ciudad cerrada no se aplicó en Francia, en el siglo XVI, más que a las personas bastantes ricas para no tener que dedicarse a trabajos manuales.

Los más ricos -que habían hecho fortuna en el comercio o logrado un cargo del rey- no se contentaron ya con llamarse burgueses. Se hicieron llamar nobles hombres, lo cual no quería decir que fuesen nobles.

Muchos compraron las tierras de nobles y tomaron el nombre de ellas, haciéndose llamar "Fulano, señor de tal lugar" (por ejemplo, Eyquem, señor de Montaigne). Sus descendientes acababan por confundirse con los gentiles-hombres. Los que se acercaban al rey, se hacían dar ejecutorias de nobleza y venían a ser ennoblecidos.

Los antiguos nobles no consideraban a estos últimos como sus iguales, los llamaban golillas (gentes de toga). Pero los ennoblecidos, para confundirse con los gentiles-hombres, se hacían llamar escuderos.

Creóse así, entre la nobleza y la burguesía, una clase intermedia. Hízose mucho más numerosa por la venalidad de los cargos, que dio origen a gran cantidad de oficiales de Hacienda y de Justicia. Eran burgueses que tenían dinero y que compraban las tierras de los nobles.

La burguesía inferior se dividió a su vez en grados. Los más considerados eran los financieros, encargados de percibir las rentas del rey o de prestarle dinero, y los propietarios de tierras y de casas que vivían del arriendo de sus bienes. En estas familias de propietarios se escogían los alcaldes y síndicos que administraban las ciudades. A la misma clase pertenecían también los armadores, propietarios de barcos, y los banqueros en las ciudades donde había comercio.

Estaba prohibido el préstamo con interés, pero, cuando el rey hubo creado rentas, los burgueses las compraron; algunos vivieron del interés de este dinero, y se les llamó rentistas.

Por bajo de los ricos burgueses venían los que habían hecho estudios, los abogados graduados en Derecho, los médicos, los profesores y los doctores de las Universidades, -los leguleyos, notarios, procuradores, abogados, escribanos, llamados "gentes de toga"-. Se consideraba también como burgueses a los mercaderes, sobre todo a los pañeros, los boticarios, merceros y especieros, porque eran más ricos y trabajaban menos que los artesanos. Se calificaban ellos "de hombre honrado" o burgués.

Todos los colocados en situación inferior, ya no eran considerados como burgueses. Venían primero los empleados inferiores de los tribunales, porteros de estrados, alguaciles, tasadores, pregoneros, luego los artesanos, es decir, los dedicados a trabajos manuales.

Los artesanos empezaban también a dividirse en dos grupos: los maestros (patronos) y los compañeros (obreros).

Se consideraba como los últimos de todos los braceros a los que se ganaban la vida con su trabajo sin ser miembros de un oficio, los cargadores, carreteros y jornaleros.

En el siglo XVI, la sociedad francesa estaba ya dividida en un número de grados mayor que ninguna otra sociedad. Francia era ya el país donde la burguesía tenía más poder y donde había mayor número de funcionarios.