Historia VIII (Versión para imprimir)

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Autor: Charles Seignobos[editar]

La Corte de Francia en 1559[editar]



El rey de Francia, en el siglo XVI, era omnipotente, podía arreglar a su antojo la religión de sus súbditos. Como había seguido siendo católico, parecía que habían de resultar exterminados todos los partidarios de la Reforma protestante y que sólo católicos quedarían en Francia. Pero en el momento en que Enrique II comenzaba a exterminar a los calvinistas, fué muerto en un torneo. (véase El calvinismo en Francia). Dejaba cuatro hijos, todos menores. Después de él, durante treinta años, no hubo en Francia más que reyes incapaces de gobernar. Los personajes que los rodeaban disputaron por quién ocuparía el lugar del rey, y los calvinistas aprovecharon la ocasión para hacerse un partido capaz de resistir.

Había entonces en la Corte tres familias poderosas que podían intentar dirigir al rey.

La más alta en dignidad era la familia de Borbón. Sus miembros ostentaban el título de príncipes de la sangre, es decir, descendientes de un rey de Francia. Los Borbones descendían de San Luis. No eran sino primos muy lejanos del rey; pero como todas las ramas de la familia de Valois se habían extinguido, resultaban los únicos emparentados con la familia real por la rama masculina, y sus únicos herederos.

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El mayor, Antonio de Borbón, se había casado con Juana de Albret, reina de Navarra. Se titulaba por tanto rey de Navarra y era soberano, pero su reino había sido conquistado por el Rey de España (en 1513) y de él no le quedaba más que un trozo muy pequeño. Su hermano Enrique, príncipe de Condé, pasaba por ser valiente, leal y humanitario. Su otro hermano, Carlos, que había recibido las órdenes, era ya cardenal.

La familia de Guisa, que venía en segundo lugar, descendía del segundón de un duque de Lorena, Claudio, establecido en la Corte desde la época de Francisco I. Era una familia extranjera, puesto que la Lorena pertenecía entonces al Imperio. El jefe de la familia, Francisco, duque de Guisa, se había hecho célebre defendiendo Metz y tomando Calais a los ingleses. Era un príncipe elegante, salía por París con perpunte de satín, cubierto con un coselete de acero, media capa española y seguido de una escolta de gente armada. Su hermano, llamado el cardenal de Lorena, era titular de doce obispados que le producían una renta enorme. Parecía el primado de la Iglesia de Francia.

No había otros príncipes que los Borbones y los Guisas. Pero el duque de Montmorency, favorito de Francisco I, acabada de fundar una familia de señores, muy influyente en la Corte. Tenía cuatro hijos, llamados como él, Montmorency, y cada uno de ellos llevaba este nombre unido a otro. Tenía tres sobrinos, Francisco de Andelot, coronel-general (es decir, jefe de la infantería), Gaspar de Coligny, almirante (es decir, jefe de la flota), y Odet, obispo y cardenal.

La reina de Navarra y su cuñado el príncipe de Condé se habían declarado abiertamente por la Reforma. El rey de Navarra, débil e indeciso, no osaba manifestarse. Los sobrinos de Montmorency se habían hecho calvinistas y asistían a los sermones de los predicadores. Los Guisas, por el contrario, seguían siendo hostiles a la Reforma.

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Gobierno de los Guisas

Gobierno de los Guisas[editar]



El primogénito de Enrique II, Francisco I, le sucedió. Tenía dieciséis años y era por tanto mayor de edad, según la costumbre de los reyes de Francia; pero gozaba de poca salud, era débil de espíritu e incapaz de gobernarse.

Los Guisas le habían hecho casar con su sobrina María Estuardo, reina de Escocia (véase Capítulo VII: María Estuardo), princesa bella, instruída y graciosa, la cual, siendo mayor que su marido, le dominaba por completo. Francisco dejó gobernar a los tíos de la reina, el duque de Guisa y el cardenal de Lorena. Llevaron al rey y a la reina a los castillos de las orillas del Loire, y siguieron quemando en la hoguera a los protestantes.

El Concilio de Trento estaba en suspenso hacía diez años (véase cap V) y no había esperanzas de que se realizase ninguna reforma en la Iglesia. Muchos franceses, sin querer ingresar en el calvinismo, deseaban una reforma y estaban descontentos del gobierno del Cardenal.

Después de terminada la guerra con España, se había licenciado al ejército. Muchos caballeros, de vuelta del servicio, se encontraban sin medios de vida. Merodeaban por las cercanías de las ciudades donde estaba la Corte, esperando obtener algún empleo o dinero. Asustado el Cardenal, mandó promulgar un edicto en que se ordenaba a todas las gentes de guerra alejarse so pena de muerte. Se encerró con la Corte en la plaza fuerte de Amboise, y mandó levantar cadalsos en el castillo. Los caballeros, descontentos, se reunieron en un bosque en los alrededores y resolvieron entrar por fuerza en Amboise para raptar al rey. El duque de Guisa envió soldados al bosque, y los soldados cercaron a una tropa de descontentos en un pequeño castillo. Se les hizo salir prometiendo no hacerles daño, y quince de ellos fueron llevados a Amboise, donde fueron sometidos a tormento para obligarles a confesar que habían conspirado contra el rey. A esto se llamó la Conspiración de Amboise (1560).

Los prisioneros fueron condenados por el delito de lesa majestad. Se les decapitó, ahorcó o enrodó en el patio del castillo, contemplando el rey y las damas el espectáculo desde las ventanas. Luego se prendió a los caballeros que llegaban de todas partes y fueron decapitados, colgados de horcas levantadas en la puerta del castillo o arrojados al Loire.

Estas ejecuciones hicieron muchos enemigos a los Guisas. Agrippa d'Aubigné, el célebre historiador calvinista, que a la sazón tenía ocho años, pasó por el puente de Amboise con su padre y vió las cabezas de las victimas clavadas en postes. Su padre le dijo que debía «ahorrar la vida para vengar a aquellos jefes llenos de honor», y que si no lo hiciera, le maldeciría.

En varios lugares los calvinistas celebraron asambleas públicas y entonaron salmos. La reina de Navarra hizo ir a su Corte a uno de los amigos de Calvino, Teodoro de Bèze.

El Gobierno convocó en Orleans los Estados Generales. El príncipe de Borbón y el de Condé acudieron y fueron presos. Condé fué condenado a muerte como cómplice en la conspiración de Amboise. Estaba fijado el día de la ejecución, cuando Francisco II murió de un acceso al oído (diciembre de 1560). Aquella muerte salvaba a los calvinistas. Calvino vió en ella un milagro y escribió: «Dios ha herido al padre en el ojo y al hijo en el oído».

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Catalina de Médicis

Catalina de Médicis[editar]



El hermano de Francisco II, Carlos IX, le sucedió cuando no tenía más que diez años. Su madre, Catalina de Médicis, tomó las riendas del gobierno. Era italiana, de la familia de los Médicis de Florencia. Contaba a la sazón más de cuarenta años, era gruesa, bastante fea, el cutis demasiado moreno, ojos grandes redondos y los labios abultados. Era aficionada a los ricos trajes y a los libros bellos, y gastaba gruesas sumas. Escribía mucho, sus cartas se leían con mucha dificultad, y están escritas en un francés que tiene mezcla de italiano y sin ortografía. Decía por ejemplo: «Je souys si troublée que je ne sé que je souys». No podía trabajar con regularidad.

Catalina estuvo apartada del gobierno de su marido, luego por los Guisas. María Estuardo la despreciaba. «No seréis nunca, la dijo un día, más que la hija de un mercader». Pero cuando asumió el poder, se vio que era ambiciosa y amiga de mandar. Trató de dominar por la astucia, a la manera de los italianos de la época. Mentía sin el menor escrúpulo, y cuando le era echada en cara una de sus mentiras, no hacía más que reír.

Para resistir a los Guisas, Catalina trató de satisfacer a los partidarios de la Reforma. Nombró al rey de Navarra lugarteniente general del reino, y mandó dar libertad a Condé. Aparentaba dormirse en los sermones de los frailes y escuchaba a los predicadores protestantes. Llegó a tener una entrevista de noche, en el Louvre, en la cámara de la reina de Navarra, con Teodoro de Bèze, el discípulo más célebre de Calvino. Decíase que su hijo Enrique (más tarde Enrique III), arrojó al fuego el libro de horas de su hermana Margarita, diciendo que, si su madre la viese leer aquel libro, mandaría que le diesen de latigazos.

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Catalina había hecho nombrar canciller a Miguel de l'Hôpital, que fué antes miembro del Parlamento. Era un erudito de rostro pálido, larga barba blanca, respetado de todos por su probidad. Su mujer se había hecho protestante, él había permanecido católico; pero hubiera querido ver vivir en paz a las gentes de las distintas religiones. Reprobaba la persecución religiosa, modo de pensar extraño en aquella época. Cuando se trató de restablecer la Inquisición, dijo: « ¿Qué necesidad hay de tantas hogueras y tormentos?... Preciso nos es proveernos de virtudes y buenas costumbres, e ir al asalto de las herejías con las armas de caridad, de plegarias y de persuasión y la palabra de Dios». Decía: «Desechemos esas palabras diabólicas, luteranos, hugonotes, papistas, nombres de partido y de sedición, y conservemos el nombre de cristianos».

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Formación del partido calvinista

Formación del partido calvinista[editar]



Catalina intentó atraerse a los partidarios de la reforma de la Iglesia celebrando una asamblea en la que se discutieran sus doctrinas, y convocó el coloquio de Poissy. Tuvo lugar en el sitio así llamado, en un convento, en presencia del rey y de la Corte (septiembre de 1561). Acudieron teólogos de los dos partidos: por parte de los católicos, el cardenal de Lorena, el general de los jesuítas, y unos cuarenta obispos; por la de los calvinistas, Teodoro de Bèze, que representaba a Calvino, y unos treinta predicadores. Se celebraron dos sesiones.

En la primera, Teodoro de Bèze explicó los puntos de doctrina en que calvinistas y católicos estaban de acuerdo, luego aquéllos en que diferían. Hablando de la comunión, dijo que «el cuerpo de Cristo está tan lejos de la hostia como el cielo lo está de la tierra». Los obispos y el general de los jesuítas se escandalizaron gritando que había blasfemado. Pidió un plazo para responder.

En la segunda sesión, el cardenal de Lorena refutó la doctrina de los calvinistas. Bèze respondió hablando de los obispos que se enriquecían a costa de la Iglesia. El Cardenal se creyó aludido y se incomodó. Nombráronse delegados para redactar una doctrina común acerca de la comunión, pero no fué posible ponerse de acuerdo.

Los calvinistas, alentados por el apoyo de la reina, tenían sus asambleas de culto en los arrabales de París. Un día que estaba reunida una de ellas cerca de una iglesia, en el arrabal de San Marcelo, los sacerdotes de la iglesia mandaron tocar las campanas, tan fuerte que no se podía oír el sermón. Los calvinistas enviaron a rogar que tocasen más flojo. Hubo disputa, se peleó, los sacerdotes cerraron la iglesia y tocaron a rebato. Los católicos acudieron armados; pero los protestantes, que eran los más fuertes, rompieron la puerta del templo.

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Dentro encontraron mortalmente herido a uno de los que habían enviado. Saquearon entonces la iglesia y derribaron las imágenes. Al día siguiente, los católicos fueron a quemar los bancos de los protestantes, e iban a hacer lo mismo con la casa cuando los detuvo la policía.

Catalina, para impedir las violencias contra los protestantes, promulgó el edicto de enero de 1562. Concedía el derecho de celebrar el culto calvinista públicamente en todas partes, excepto en las ciudades fortificadas. Los predicadores calvinistas empezaron entonces a predicar en los huertos o en las granjas. Lo hacían en francés y obligaban a que en francés se cantasen los Salmos. Hablaban contra los abusos de la Iglesia (que el Concilio de Trento no había corregido aún). En varios sitios fueron golpeados o aun muertos, pero atraían a muchas gentes y realizaban conversiones.

Los jefes del partido católico se inquietaron. El duque de Guisa se puso de acuerdo con el condestable de Montmorency y el mariscal de Saint-André. Se les apellidó los triunviros. El duque de Guisa fué luego a Alsacia, a Saverne, para intentar ponerse de acuerdo con los príncipes luteranos de Alemania en contra de los calvinistas de Francia.

A la vuelta, llevando consigo sus criados con armas y una tropa de soldados, pasó por delante de la pequeña ciudad de Vassy, en la Champaña. Una reunión de burgueses y aldeanos asistía a los oficios calvinistas del domingo en una granja, cerca de la iglesia. Las gentes del duque fueron delante de la puerta, quizá por curiosidad, para presenciar una prédica de hugonotes. Disputaron con los protestantes, que los llamaron papistas. Fuéronles lanzadas piedras, y ellos amenazaron con matar a todos. Los calvinistas, asustados, cerraron las puertas de la granja. El duque llegó con sus gentes. Según los relatos de los católicos, fué recibido a pedradas y su sombrero cayó al suelo. Sus soldados derribaron las puertas, entraron en la granja y a tiros de pistola o de arcabúz mataron 60 personas e hirieron a más de 200, hombres, mujeres y niños. Tal fué la matanza de Vassy.

En Sens, había un centenar de calvinistas y fueron degollados. En París, fueron saqueadas las casas de los ricos protestantes. En Tours, se tuvo a los protestantes encerrados tres días sin darles de comer, luego fueron llevados a orillas del Loire y asesinados.

En las comarcas donde los calvinistas abundaban, se hicieron dueños de las ciudades. Manifestaron que querían mantener el edicto que les concedía la libertad de su culto. Decían que el rey y la reina estaban prisioneros en París y que querían libertarlos. Degollaron a algunos católicos, sobre todos sacerdotes. Saquearon las iglesias y destruyeron los altares, los crucifijos, los ornamentos, las reliquias, los cuadros y las estatuas de los santos que denominaban ídolos, lo cual parecía entonces un sacrilegio peor que matar hombres.

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Primera guerra de religión

Primera guerra de religión[editar]



Entonces empezaron en Francia las guerras de religión. Iban a durar más de cuarenta años. Hubo ocho guerras (de 1562 a 1595). Francia no tenía entonces ejércitos regulares, ninguno de los dos partidos era bastante fuerte para exterminar al otro. Cuando se había acabado el dinero y se sentía la fatiga de luchar, la guerra se contenía; pero tras un intervalo (de unos años por lo común), empezaba de nuevo.

Catalina, indiferente en religión, sin otro deseo que dominar, quiso primeramente desembarazarse de los Guisas, y empezó por apoyar a los calvinistas. Escribió en secreto a Condé para que viniera en su auxilio a Fontainebleau, donde ella y su hijo estaban prisioneros de los Guisas. Condé lanzó una proclama convocando a las armas a los calvinistas para librar al rey. Pero la tropa de Condé llegó demasiado tarde, Montmorency había obligado a la Corte a salir de Fontainebleau, amenazando a los criados de la reina con darles de palos porque no desmontaban bastante deprisa el lecho del rey. Llevó al rey y a la Corte a París. De París se expulsó a todos los calvinistas y fueron demolidas sus casas. Desde entonces dejó de haber protestantes en París.

Condé reunió gran número de caballeros y fué a acometer Chartres. En el camino supo que d'Andelot acaba de sorprender una puerta fortificada de Orleans. Inmediatamente salió a galope con sus hombres, las capas flotaban al viento, los sombreros volaban por el camino, los aldeanos, sorprendidos, reían a carcajadas. Llegaron ante la puerta donde d'Andelot se defendía aún con veinte hombres. Entraron a Orleans a galope. La muchedumbre que un momento antes sitiaba a d'Andelot, empezó a gritar: «¡Viva el Evangelio!»

Los calvinistas sorprendieron de esta suerte varias ciudades en el Norte de Francia. Tenían por lo común de su parte a los obreros, y también a los aventureros, que aprovechaban la ocasión para saquear las iglesias. Pero su fuerza principal estaba en en Mediodía.

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En la Guyena, los calvinistas eran sobre todo campesinos y burgueses descontentos de los nobles. Se les censuraba haber dicho del joven rey: «¿Ese reyezuelo? Le haremos aprender un oficio para que se gane la vida como los demás». Montluc, un capitán que había hecho la guerra de Italia, gobernaba el país. Tuvo a su lado dos verdugos, y decía más tarde: «Se les llamó mis lacayos porque con frecuencia estaban junto a mí». Fué a prender a cuatro calvinistas que habían hablado mal del rey, los llevó al cementerio, mandó decapitar a uno e hizo colgar de un árbol a otros dos. Como el cuarto no tuviera más que dieciocho años, no quiso darle muerte, pero dijo: «Hice que le dieran tantos latigazos, que murió de resultas unos días después».

Habiéndose apoderado de una pequeña ciudad, mandó arrojar a los prisioneros a un pozo «que era muy hondo, dijo, y que se llenó tanto que se podía tocarlos con la mano». Se vanagloriaba de haber realizado estas ejecuciones «sin sentencia, ni escrituras, porque en estas cosas he oído decir que había que empezar por la ejecución». Tenía por sistema ahorcar. «Un ahorcado, decía, admira (asusta) más que cien muertos». —«Se podía, dijo, conocer por las ramas de los árboles el camino que había seguido».

En el Sudeste, el barón des Adrets, que había sido coronel en las guerras de Italia, tomó el mando de los calvinistas del Delfinado. Atacó Mornas, pequeña ciudad a orillas del Ródano, la obligó a capitular y mandó arrojar a los doscientos católicos de la guarnición desde lo alto del castillo al Ródano. Poco tiempo después, habiéndose apoderado de Montbrison, mandó conducir a los ciento cincuenta prisioneros hachos a la terraza y les ordenó que, uno por uno, fueran dando el salto al precipicio. Decía que había querido dar valor a sus hombres mostrándoles que podían tratar a los católicos como los católicos trataban a los protestantes.

Ninguno de los dos partidos tenía ejército para hacer la guerra. Los reformados no tenían más que unos cuantos miles de caballeros y una docena de ciudades. Los católicos y el rey mismo no contaban más que con escasos soldados y poco dinero. Por ambas partes se hicieron venir soldados de fuera. El rey tomó a su servicio dos regimientos de suizos que combatían a pie, armados con pica larga. El duque de Guisa hizo entrar en Francia cuatro mil infantes españoles y lansquenetes alemanes. Los calvinistas mandaron venir de Alemania jinetes protestantes, llamados reitres (caballeros). La reina de Inglaterra les envió soldados ingleses, que se apoderaron del Havre.

Los soldados no tenían aún uniformes. Los partidos se distinguían por una banda que se ponían rodeando el brazo. Los católicos llevaban la de los españoles, blanca con una cruz roja. Los protestantes adoptaron el color blanco que era el del rey.

Era difícil a estos pequeños ejércitos apoderarse de una ciudad fortificada; los cañones no disparaban aún más que balas de escasa fuerza para demoler una muralla. Los caballeros y gentileshombres no ejecutaban con gusto los trabajos de sitio. Los infantes suizos consignaban en un contrato de servicio que no se les emplearía en atacar una cuidad, no habían de servir más que en batalla. Todas las ciudades de Francia, aun las más pequeñas, eran entonces plazas fuertes, rodeadas de gruesas murallas. El partido derrotado en combate no tenía más que retirarse a sus plazas fuertes, y en ellas podía defenderse hasta que el contrario hubiera agotado el dinero con que contaba para mantener sus tropas. La guerra podía durar indefinidamente.

El duque de Guisa, habiendo conservado al rey en su poder, tuvo la preponderancia. Los católicos tomaron una por una las ciudades de que los protestantes se habían hecho dueños. Tours, Poitiers, Angers, Bourges y Rouen que fué saqueada.

Condé, con el ejército protestante, atacó Dreux, donde un habitante había prometido hacerle entrar. Fracasó el golpe. Los protestantes se retiraron, el de Guisa los persiguió y acometió. Se dió la batalla de Dreux, la más grande de la época (1562). Los católicos tenían 16.000 hombres, franceses, españoles, suizos, alemanes, contra 12.000 protestantes, franceses, ingleses y alemanes.

Los gentileshombres protestantes, a caballo, rompieron las filas de los caballeros católicos en el centro; pero los suizos habían formado el cuadro, presentado por todas partes un frente erizado de picas. Contuvieron a los protestantes y los obligaron a refugiarse en el bosque. Condé cayó prisionero.

El duque de Guisa fué a poner sitio a Orleans, única ciudad que había quedado a los protestantes en el Norte de Francia. Iba a apoderarse de ella, y el partido calvinista parecía perdido. Pero un gentilhombre calvinista, Poltrot de Méré, había penetrado en el campamento católico haciéndose pasar por desertor. Se ocultó en una espesura y disparó contra el duque de Guisa un arcabuzazo que le mató (1563). El asesino había querido imitar a Judit, matando al tirano enemigo del «pueblo de Dios».

Decaimiento del partido calvinista[editar]

Capítulo 8 – Luchas interiores en Francia
Decaimiento del partido calvinista

de Charles Seignobos



La muerte del duque detuvo la guerra. Catalina de Médicis asumió el poder. Otorgó un edicto que daba a los protestantes derecho a celebrar su culto, no ya en toda la campiña, sino solamente en los castillos de los señores de horca y cuchillo, en las casas de los nobles y en una ciudad de cada bailia (1563). Desde aquel momento los calvinistas quedaban expulsados de las ciudades en casi toda Francia. No quedaron otros protestantes sino los moradores de los dominios de los nobles y los de algunas ciudades del Mediodía.

Las iglesias calvinistas se organizaron copiando a la de Ginebra. Prohibieron a sus fieles el baile, el teatro, los juegos de cartas, y los trajes de lujo (véase La Reforma calvinista).

El Concilio de Trento acababa de decidir la reforma católica (véase La obra del Concilio de Trento), lo cual hizo volver al catolicismo a muchos descontentos. Catalina, libre de sus adversarios católicos, cambió de política. Abandonó a los calvinistas y se rodeó de consejeros católicos. Su hija Isabel se había casado con el rey de España. Fué a verla a Bayona (1565).

Corrió el rumor de que la Corte se disponía a dar muerte a los jefes del partido calvinista, Coligny y Condé, y a prohibir el culto protestante. Entonces Condé quiso anticiparse. Intentó apoderarse de la persona del rey sorprendiendo a la Corte, que estaba en Meaux. Pero los dos regimientos de suizos que Catalina acababa de tomar entraron en Meaux por la noche.

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Al día siguiente, antes del amanecer, pusieron sus filas al rey, a la reina y a las damas de la Corte, y condujeron a todos camino de París. Los caballeros protestantes los persiguieron casi hasta las puertas de esta población; pero siempre que intentaban atacar, los suizos se detenían y les presentaban las picas (1567).

El golpe había fallado. Pero los calvinistas habían pedido auxilio a los príncipes de reitres alemanes. Saquearon las cercanías de París y se establecieron en el mismo Saint-Denis.

Cuando llegaron los alemanes, los jefes calvinistas no tenían dinero para pagarles el sueldo prometido (200.000 escudos). Los gentileshombres franceses dieron su dinero y sus alhajas.

Los dos partidos estaban cansados. La Corte ofreció la paz, que fué hecha por un edicto del rey, dado en Longjumeau (1568), que reconocía a los calvinistas el derecho de celebrar su culto como en 1563.

Pero los católicos habían visto la debilidad del partido calvinista. A pesar del edicto, en muchos sitios impidieron a los calvinistas tener sus reuniones. Luego Catalina despidió al canciller de l'Hòpital, partidario de la paz, y dió orden de sorprender a los jefes del partido calvinista, Condé y Coligny, que estaban entonces en Borgoña.

Se les advirtió y, atravesando toda Francia, fueron a ponerse en seguridad en La Rochela. Era entonces uno de los puertos más grandes de Francia, en donde se equipaban los corsarios que iban a la captura de las naves españolas. La Rochela vino a ser el centro principal de la resistencia calvinista. A Condé y Coligny se juntó la reina de Navarra, Juana de Albret, y su joven hijo Enrique (1568).

la Corte quiso exterminar a los protestantes. Un edicto ordenó a todos los pastores calvinistas salir del reino, y prohibió, bajo pena de muerte, celebrar el culto protestante. Los calvinistas, exasperados, se sublevaron, ocuparon una parte del Oeste y reunieron un pequeño ejército. Esperaban auxilios de Alemania.

Catalina envió contra ellos un ejército católico, que mandaba su hijo preferido, Enrique, duque de Anjou, de edad de diecisiete años. Hombres de guerra experimentados le dirigían. Aquel ejército atacó a los gentileshombres calvinistas en el Poitou, en Jarnac, y los dispersó.

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Condé fué hecho prisionero, un capitán de guardias le mató de un pistoletazo (1569).

La reina de Navarra llevó al campamento de los calvinistas a su hijo Enrique y al joven hijo del príncipe de Condé, ambos príncipes de la sangre, Enrique, que contaba quince años, fué nombrado «jefe de los señores confederados para la defensa de la religión». Coligny había de dirigirle.

El ejército católico perdió el tiempo sitiando ciudades pequeñas. Un ejército de alemanes atravesó Francia y fué a unirse a los calvinistas. El ejército real atacó a los protestantes en Moncontour. Los suizos al servicio del rey dispersaron a los lansquenetes alemanes, y los protestantes se pusieron en fuga (1569).

Pero Coligny y la reina de Navarra decidieron a los calvinistas a continuar la guerra. Coligny reunió nuevos ejércitos, atravesó Francia y llegó hasta Borgoña, donde sorprendió a un ejército católico. La Corte ya no tenía dinero, temía la llegada de un ejército alemán y ofreció la paz.

El rey, por el edicto de Saint-Germain, reconoció a los calvinistas el derecho de celebrar su culto como antes. Además, para garantir que la paz se observaría, les dejó cuatro ciudades fortificadas donde habían de continuar teniendo guarnición calvinista. Se llamó a estas ciudades plazas de seguridad (1570).

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La Saint-Barthélemy

La Saint-Barthélemy[editar]



Carlos IX, ya de edad suficiente para querer gobernar por sí mismo, era un joven brutal y arrebatado. Tenía la cabeza algo extraviada, un tic nervioso le torcía un lado del rostro. Padecía ataques de tristeza sombría, y para distraerse, se fatigaba forjando armas o corriendo a caballo pro las espesuras. Había sido violento enemigo de los calvinistas; pero detestaba al rey de España y llegó a tener envidia de su hermano Enrique, cuyas victorias se alababan. Los súbditos del rey de España en los Países Bajos acababan de sublevarse (véase Capítulo VI) y pedían auxilio al de Francia. Carlos pensó entonces ponerse de acuerdo con los protestantes de Alemania y de Francia para conquistar Bélgica.

Coligny fué a París, Carlos le recibió con agasajo, le besó, le llamó "Padre mío", le devolvió los cargos que le habían sido quitados, y le consultó acerca de los asuntos públicos. Coligny aconsejó a Carlos hacer la guerra al rey de España.

Habiendo muerto repentinamente la reina de Navarra, su hijo Enrique, ya rey de Navarra, resultó ser el personaje principal del partido calvinista. Para hacer patente su reconciliación con los protestantes, Carlos IX le casó con su hermana Margarita. Se hicieron grandes fiestas en París con ocasión de la boda. 2.000 caballeros calvinistas fueron a la capital para presenciarlas. La mayor parte de ellos se alojaron alrededor del Louvre, donde el rey había dado albergue a Coligny, o en el arrabal Saint-Germain. Los habitantes de París eran todos católicos desde que se había exterminado a los protestantes, y vieron con cólera que los herejes eran bien recibidos en la Corte.

Catalina, su hijo el duque de Anjou y el duque de Guisa no querían permitir que Coligny se apoderase del gobierno, y se pusieron de acuerdo para desembarazarse de él. Un aventurero que estaba al servicio del duque de Guisa, Maurevel, fué escondido detrás de una ventana con un arcabuz cargado. Esperó dos días a que Coligny pasase, y disparó contra él. Pero solamente le rompió un brazo. Avisado Carlos IX, llegó furioso a casa de Coligny y juró "vengarle de manera tan horrible que jamás se perdería el recuerdo".

Por la noche, el rey, Catalina, el duque de Anjou y algunos de sus amigos se reunieron secretamente en consejo. Se dijo a Carlos IX que los calvinistas iban a vengarse tomando las armas y que el único medio de inutilizarlos era degollar a todos los hugonotes. Carlos, cambiando de sentir repentinamente, accedió.

Inmediatamente se dieron órdenes. A las dos de la mañana, el 24 de agosto, día de San Bartolomé, se tocó a rebato en la iglesia de Saint-Germain-l'Auxerrois, la más próxima al Louvre. A esta señal empezó el degüello de todos los protestantes que había en París.

Una tropa al servicio del duque de Guisa fué a la casa de Coligny y violentó la puerta. Un alemán, Behm, que tenía en la mano un chuzo, gritó: "¿No eres tú el almirante?" Coligny respondió tranquilamente: "Soy yo, joven, deberíais respetar mis años y mis pocas fuerzas". Behm lanzó un juramento y le hundió un chuzo en el vientre. Luego fué arrojado el cadáver de Coligny por la ventana y se le cortó la cabeza. Desnudo fué dejado en el suelo y los chicos se divirtieron arrastrándole por las calles.

Los calvinistas, sorprendidos de noche, no intentaron defenderse. Fueron degollados todos, hombres, mujeres y niños. Matábaseles con picas o alabardas. Se disparaban tiros de arcabuz a los que huían por las calles.

Enrique de Navarra y el príncipe de Condé, que estaban en el Louvre, no fueron muertos; pero sí se les llevó a presencia de Carlos IX y se les obligó a abjurar el calvinismo.

La Corte envió a varias provincias orden de matar a los hugonotes. Hízose así en Troyes, en Orleans y, en Toulouse. Pero en otras partes los gobernadores se negaron a autorizar la matanza.

Carlos IX quiso aparecer como organizador del hecho, e hizo decir que el matrimonio con su hermana había sido un lazo para atraer a los jefes calvinistas a París.

Mandó acuñar una medalla que por un lado ofrecía la imagen del rey con el lema en latín: "Valor contra los rebeldes", y en el otro la fecha (24 de agosto de 1572) y el lema: "La Piedad ha despertado a la Justicia". El rey de España y el Papa felicitaron a Carlos IX. En Roma se acuñó otra medalla que por un lado representaba al Papa Gregorio, por el otro un angel exterminando gentes y estas palabras en latín: "Matanza de los hugonotes".

Los calvinistas, amenazados de muerte, se refugiaron en alguna plazas fortificadas. El duque de Anjou fué a sitiar la principal, La Rochela. Pero el ejército real, que carecía de víveres y acampaba en una comarca pantanosa, padeció de disentería. Los sitiados rechazaron unos treinta asaltos. Después de cuatro meses de sitio, el duque de Anjou se desalentó. Acababa de saber que le habían elegido rey de Polonia y quiso terminar la guerra. Un edicto del rey reconoció a los calvinistas el derecho de celebrar su culto en las tres ciudades que ocupaban (1573).

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Enrique III

Enrique III[editar]



Carlos IX murió pronto (1574) sin dejar ningún hijo. Su hermano, el duque de Anjou, fué rey de Francia con el nombre de Enrique III. Era a la sazón rey de Polonia, y sin avisar a sus súbditos salió de noche de su palacio y regresó a Francia.

A su vuelta pasó algún tiempo en Avignon, ingreso en una cofradía de penitentes blancos y apareció en las procesiones. Tenía a veces así accesos de devoción. Remonto luego en barca el Ródano y el Saona, para no tomarse el trabajo de hacer el camino a caballo.

Enrique III tenía la cara y los gustos de un italiano. Hablaba con felicidad e ingenio, pero no era activo. Disimulaba y mentía y no inspiraba confianza. Se divertía de una manera que escandalizaba a sus súbditos. Hizo su entrada en París rodeado de monos, de loros y de perrillos. Tenía a su alrededor jóvenes favoritas muy insolentes, apellidados los miñones, siempre dispuestos a batirse en duelo. Le gustaba jugar con ellos, danzar, correr de noche por las calles, hacer mascaradas. Adoptaron una moda nueva, el pelo rizado, llevando anillos en las orejas, collar de oro, enorme gorguera almidonada de la que salía la cabeza, lo cual, decían, la hacía parecer a la de San Juan Bautista en una fuente.

Formóse un partido de descontentos católicos que ya no querían la guerra, y proponían restablecer la paz asegurando la tolerancia a los calvinistas. Se les apellidó los políticos, pues se interesaban poco por la religión. Sus jefes eran los hijos de Montmorency. Uno de ellos, Montmorency- Damville, gobernador del Languedoc, era un guerrero feroz y rudo. Apenas sabía firmar, y en su habitación tenía, por la noche, un lobo y un capitán de estatura gigantesca. Los políticos, por odio a Catalina y los Guisas, se aliaron con los calvinistas.

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Como el rey no tenía hijos, su heredero había de ser su hermano Francisco de Alençon, duque de Anjou en aquel momento. Se le tenía en la Corte para vigilarle; pero se escapó y los descontentos le reconocieron por jefe.

Enrique, rey de Navarra, llevaba tres años y medio prisionero en la Corte. Salió con pretexto de ir a cazar a Saint-Germain, luego huyó y atravesó el Loire, diciendo: "¡Loado sea Dios que me ha libertado!" Permaneció con una tropa de caballeros, cerca del Loire, no yendo a misa, pero sin haberse declarado aún protestante, y vivió tres meses sin religión. Luego los protestantes, le reconocieron jefe y fué nombrado "protector de las iglesias reformadas y de los católicos asociados".

Un ejército de reitres llegó de Alemania en auxilio de los protestantes. El duque de Guisa, Enrique, gobernador de Champaña, fué a atacar la vanguardia y la derrotó. Resultó herido de un tiro de arcabuz en la cara, lo cual hizo que se le llamara Enrique el de la Cicatriz (1575).

Como Enrique III no tenía ejército, no se atrevió a resistir, y concedió a los descontentos todo cuanto quisieron. Dió a su hermano tres provincias, nombró al rey de Navarra gobernador de la Guyena, y al príncipe de Condé gobernador de Picardía. Por el edicto de Beaulieu, concedió a los calvinistas lo que no habían tenido nunca, el derecho de celebrar su culto en toda Francia (excepto París), y de tener en ocho Parlamentos jueces protestantes para juzgar sus pleitos (1576).

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La Liga

La Liga[editar]



Los católicos, grandemente irritados por este edicto, se pusieron de acuerdo para impedir su ejecución. Formaron en picardía una «unión católica» para que el Príncipe de Condé no ocupase el gobierno de la provincia. Se hicieron uniones semejantes en otras provincias, luego se fusionaron en una sola que se la llamó la Santa Liga.

Los miembros, llamados ligueros, juraban mantenerse dispuestos y armados para sostener la religión católica e impedir que se celebrara públicamente en otro culto. El jefe del partido católico, el duque de Guisa, lo fué de la Liga.

Se reunieron los Estados generales en Blois (1576-1577). Los diputados fueron ligueros, y pidieron al rey que prohibiese el culto protestante.

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Enrique III se encontró entre dos partidos opuestos.

Quiso ponerse del lado del más fuerte, entró en La Liga y se declaró su jefe (1577). Luego hizo la guerra a los protestantes.

Se peleó sobre todo en el Oeste. Pero las calvinistas, que ya no tenían dinero, no lograron reunir un verdadero ejército. Los soldados no se alistaban más que para el pillaje del país. En Montagu, en el Poitou, los protestantes quisieron alistar una guarnición prohibiendo el saqueo de la campiña, y no se presentaron más que treinta hombres. Se decidió entonces permitir el pillaje y acudieron 1.400.

Por ambas partes los soldados, convertidos en bandidos, incendiaban las aldeas y torturaban a los moradores, los encerraban en cofres, hacíanles morir de hambre, les apretaban la cabeza con una cuerda. Los aldeanos no pudiendo dedicarse al cultivo, no tenían que comer. Se alimentaban con botellas, con helechos, con máscaras de nueces machacadas. Las ciudades se llenaban de mendigos, las gentes, mal alimentadas, morían de epidemias.

Enrique III no deseaba exterminar a los protestantes, por temor a hacer demasiado poderoso al duque de Guisa.- El rey de Navarra, Enrique, jefe del partido protestante, trataba secretamente con el Rey católico de España. El embajador español escribía: «No es buen calvinista, ni será jamás católico, es ateo...». Felipe II esperaba que Enrique de Navarra se convirtiera por interés.

En medio de ésta confusión, murió el dique de Anjou (1584). Ya no quedaba ningún príncipe de la familia de los Valois, el heredero de Enrique III era a la sazón Enrique de Navarra.

Enrique no sólo era hereje sino relapso, porque después de la noche de San Bartolomé había sido católico por fuerza, y más tarde había vuelto al protestantismo. Muchos católicos no soportaron tenerle por rey, y entraron en masa en la Liga, que llegó a ser muy poderosa. En París, y en casi todas las ciudades del norte de Francia, los habitantes que se negaron a entrar en ella fueron tratados como malos católicos, muchas veces incluso amenazados de muerte. En París, los parisienses se organizaron en compañías armadas.

Los príncipes de Guisa firmaron entonces un tratado secreto con el Rey de España. Se comprometieron a excluir del trono a todo príncipe hereje relapso, y a reconocer como heredero de la Corona al viejo cardenal del Borbón, Carlos, tío de Enrique de Navarra. Hicieron que se sublevasen todas las provincias del Norte de Francia.

Enrique III, que carecía de ejército, renunció a resistir. Dió al duque de Guisa el derecho de mandar tropas. Prohibió celebrar el culto calvinista y ordenó a todos los protestantes convertirse en el plazo de seis meses.

El Papa, en bula solemne, excomulgó al rey de Navarra y le declaró incapacitado para suceder en el reino de Francia (1585).

Catalina de Médicis, ya vieja, se entendía con Felipe II, Trabajaba por su nieta, que había casado por el duque de Guisa. Se empezaba a hablar de hacer al duque de Guisa rey de Francia.

Enrique de Navarra atacado a la vez por la Liga y por el rey, se defendía penosamente en el Sudoeste. Pidió auxilio a la reina Isabel y a los príncipes protestantes de Alemania. En 1587 llegó un ejército de caballeros alemanes, pero tenían que atravesar Francia para unirse al ejército calvinista en la Gascuña. Enrique III trató de desembarazarse a la vez de los jefes de los dos partidos. Envió su mejor ejército, mandado por su favorito, el duque de Joyeuse, al Mediodía, para acabar con el rey de Navarra.- Envió al duque de Guisa con una tropa insuficiente contra el ejército Alemán. Pero fracaso su combinación.

Enrique de Navarra, apostado en Coutras, esperó el ataque de la caballería del rey. Había puesto arcabuceros a pie entre las filas de sus jinetes. Los jinetes de Joyeuse cargaron. Al llegar, cansados por haber tenido que atravesar tierras labradas, fueron recibidos a quince pasos con una descarga de los arcabuceros que los puso en desorden. Enrique se lanzó sobre ellos con sus jinetes. Joyeuse fué muerto y su ejército destruído. Era la primera victoria lograda por los calvinistas (1587).

En la Champaña, los jinetes alemanes llegaban dispersos. El duque de Guisa los sorprendió en dos combates y los derrotó, Cuando volvió a París, la multitud le llamó «Salvador de Francia». Los predicadores decían en el púlpito: «Saúl ha matado 1.000 y David 10.000».(Saúl era el rey; David, el duque de Guisa). Enrique III se irritó mucho.

Rompimiento entre Enrique III y la Liga[editar]

Capítulo 8 – Luchas interiores en Francia
Rompimiento entre Enrique III y la Liga

de Charles Seignobos



Francia se encontró dividida en tres partidos. Los ligueros católicos eran dueños del Norte y del Este- los calvinistas tenían el Sudoeste-, el resto del reino era realista. La suerte de Francia dependía del rey de España. Felipe II enviaba contra Inglaterra a la Invencible. El duque de Guisa, de acuerdo con él, debía sorprender a Enrique III en París, conservarle prisionero y gobernar en su nombre.

Enrique III, inquieto, hizo penetrar 4.000 infantes suizos en los arrabales de París y prohibió a Enrique de Guisa ir a la capital. El duque, que se entendía con Catalina, llegó a pesar de la prohibición y entró de noche en la ciudad (9 de mayo).

Al día siguiente, cuando salió por las calles, la muchedumbre acudió a su paso gritando «¡Viva Guisa!». Llegó al Louvre, donde moraba el rey. Enrique III le recibió pálido de coraje. «Os había hecho advertir, dijo, que no vinierais». El 14 de mayo, el de Guisa volvió al Louvre con una escolta de 400 caballeros, y pidió al rey que despidiese a sus consejeros e hiciera la guerra a los herejes. Por la tarde, Enrique III ordenó a los suizos entrar en París.

Al día siguiente por la mañana (12 de mayo), los suizos entraron y ocuparon varias plazas. Los parisienses, furiosos, tomaron las armas, tendieron las cadenas que cortaban las calles, y con barricas llenas de tierra hicieron, en las calles, atrincheramientos que se llamaron barricadas[1]. Atacaron, lanzando piedras y disparando arcabuces, a los suizos acampados en las plazas, donde se les había dejado sin víveres desde por la mañana. Los suizos habían recibido orden de no servirse de sus armas contra el pueblo, no osaban defenderse y se arrodillaban. Algunos fueron muertos. Asustado el rey, envió a rogar al duque de Guisa que salvase a sus suizos. El de Guisa salió con perpunte blanco y una varita en la mano, y ordenó al pueblo que dejase marchar a los suizos.

Al día siguiente (13 de mayo),Enrique III envió a su madre Catalina a negociar con el de Guisa. Los curas decían en el púlpito que había que «ir a coger en su Louvre a Enrique de Valois» (ya no se llamaba el rey). Los frailes y los estudiantes de teología se disponían a acometer al Louvre. Enrique III salió de este palacio como para ir de paseo. Pasó por el jardín de las Tullerías (que entonces estaba fuera de París), montó a caballo y huyó a Chartres.

La Jornada de las barricadashabía indispuesto definitivamente al rey con la Liga. Enrique III, no sintiéndose bastante fuerte, aparentó reconciliarse con el de Guisa. Lo nombró «lugarteniente general del reino», juró acabar con los herejes y convocó los Estados Generalesen Blois. Los diputados elegidos fueron casi todos partidarios de la Liga.

Pero se supo la destrucción de la Invencible (véase La destrucción de la Invencible). Enrique III ya no tenía que temer a los españoles, y se decidió por el asesinato de su enemigo el duque de Guisa. La corte estaba en el castillo de Blois, donde se reunían los Estados. El de Gusia y su hermano el cardenal habían ido a Blois. Una mañana, el rey avisó al duque para que acudiera a su gabinete. Los caballeros de su guardia, llamados los Cuarenta y Cinco, le esperaban con puñales ocultos bajo las capas. El duque entró, se lanzaron sobre él y le apuñalaron. El Cardenal fué encerrado y muerto al día siguiente. Enrique III fué a decir a su madre: «Ahora soy otra vez rey de Francia, he mandado a matar al rey de París». —Catalina respondió: «No está todo en cortar, hay que coser».

El Asesinato del duque de Guisa dió lugar a una guerra civil. La mayor parte de las ciudades del Norte se sublevaron contra el rey. El duque de Mayenne, hermano del de Guisa, fué dueño de París. Los predicadores decían en el púlpito: «Ya no tenemos rey». Los doctores en teología de la Sorbona manifestaron que el pueblo estaba desligado del juramento de fidelidad a Enrique y tenía derecho a sublevarse para defender la Iglesia católica romana.

Enrique III, refugiado en Tours con una pequeña tropa, se decidió a llamar al rey de Navarra. Este entró en Tours con un ejército calvinista, en el momento en que los de la Liga acababan de apoderarse de un arrabal de la ciudad.


Referencias[editar]

  1. La palabra se ha aplicado desde entonces a toda fortificación improvisada hecha para interceptar una calle.
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Advenimiento de Enrique IV

Advenimiento de Enrique IV[editar]



Los dos reyes juntaron entre ambos 40.000 hombres, realistas, hugonotes, suizos, alemanes, y fueron contra París. Enrique III acampó en Saint-Cloud, Enrique de Navarra en Meudon. Iban a dar el asalto y París no podía resistir.

Un fraile joven, Jacobo Clemente, enviado por los de la Liga, se presentó con una carta diciendo que tenía un secreto que comunicar al rey. Mientras éste leía la carta, sacó de la manga un cuchillo y le dió una cuchillada en el vientre que le mató (1589).

Enrique de Borbón, rey de Navarra, venía a ser Enrique IV, rey de Francia. Los de la Liga se negaron a reconocerle y proclamaron rey a su tío, el Cardenal de Borbón (Carlos X); pero estaba prisionero y murió al año siguiente.

Una parte del ejército real que sitiaba a París se retiró para no servir a un rey protestante. Los católicos que se quedaron exigieron a Enrique IV la promesa escrita de mantener la religión católica como estaba, y de no dar cargos más que a católicos. A los calvinistas, Enrique prometió permitir la celebración de su culto en una ciudad de cada bailía. La mayor parte de los calvinistas permanecieron en su ejército.

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Guerra entre Enrique IV y la Liga

Guerra entre Enrique IV y la Liga[editar]



Ya no tenía Enrique bastante gente para tomar París; pero comprendió que, para lograr ser reconocido rey de Francia, le era preciso permanecer en el Norte. Fué a establecerse en Normandía, donde podía recibir refuerzos de la reina de Inglaterra.

El ejército de la Liga fué a atacarle en una fuerte posición, cerca del castillo de Arques, y quedó rechazado (setiembre de 1589). Recibió pronto municiones, víveres y tropas de Inglaterra. Volvió entonces bruscamente contra París y saqueó los arrabales. Casi todos los territorios del Noroeste le reconocieron rey.

Durante tres años Enrique IV maniobró para apoderarse de París. En 1590, el ejército de la Liga fué a atacarle en Ivry. No tenía más que 8.000 infantes y jinetes armados con espada y pistolas, contra 12.000 infantes y 4.000 jinetes armados con lanza. Dijo a su caballería: «Si perdéis de vista vuestras banderas, uníos a mi penacho blanco. Le encontrareis siempre en el camino del honor». Cargó con su caballería y puso en derrota a los de la Liga.

Enrique, vencedor, fué a acampar delante de París, destruyó los molinos e interceptó todos los pasos por donde llegaban los víveres. Pronto no hubo en París más que carne de caballo y harina de avena, y los pobres no tenían otro alimento que la hierba de los arrabales. Las mujeres y los niños que salían para segar los trigos eran recibidos a tiros de arcabuz.

París, hambriento, iba a rendirse cuando llegó el ejército español de los Países Bajos, enviados por Felipe II (véase el Capítulo VI). Desembarazó el Marne y el Serna, las barcas cargadas de víveres entraron en la capital. Enrique IV levantó el sitio. Al mismo tiempo pequeños ejércitos españoles ocuparon el Languedoc, Bretaña y la Provenza.

Felipe II intentó fuera reconocida reina de Francia la infanta, su hija primogénita. El partido de la Liga vacilaba. Unos querían por rey al duque de Mayenne, jefe de la familia de Guisa, otros habían aceptado a la infanta, siempre que se casara con el joven duque de Guisa, hijo de Enrique el Acuchillado.

Muchos burgueses de París deseaban la paz y decían que Enrique IV era el rey legítimo. Se había dividido la ciudad en barrios, cada uno tenía su compañía de milicia. Los jefes de los barrios, apellidados los Dieciséis, eran dueños de París. Mandaron ahorcar a tres jueces del Parlamento partidarios de la paz (1591). Mayenne entró en París, quitó el poder a los Dieciséis e hizo ejecutar a cuatro (1592). Acabó por convocar una reunión de los Estados Generales en París (1593).

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A ella no acudieron más que diputados de las comarcas de Francia en que dominaban los de la Liga. El embajador de España se presentó en la asamblea y reclamó el trono de Francia para la infanta. Se le preguntó que marido la destinaba Felipe II. Respondió que su primo el archiduque, príncipe austriaco. Los partidarios de la Liga querían tener un rey francés y abandonaron la alianza con los españoles. Pero no se unieron a Enrique IV, sólo querían aceptar un rey católico.

Enrique IV no había querido convertirse en seguida, por no aparecer obrando demasiado por interés y por no irritar con exceso a sus compañeros protestantes. Pero, como ocurría a muchos príncipes de la época, le interesaba poco su religión. Reunió una asamblea de doctores católicos, escuchó un largo sermón de un arzobispo y se declaró convencido de la verdad de la religión católica. Luego se despidió de los pastors protestantes y les dijo llorando: «que rogasen a Dios por él y le amasen siempre». Fué entonces a la iglesia de Saint-Denis, se puso de hinojos delante del arzobispo y recibió la absolución. No tomaba su conversión muy en serio. Había escrito a su favorita: «El domingo daré el salto peligroso» (1593).

En cuanto Enrique IV se convirtió, los parisienses convinieron una tregua, y el rey se entendió con el conde de Brissac, que mandaba las tropas de la capital. Le prometió 200.000 escudos, una cuantiosa pensió y el título de mariscal. Mediante lo cual, fueron abiertas a su ejército las puertas de la ciudad, y Enrique entró, aclamado por el pueblo. Los soldados españoles salieron de París. Los vió desfilar, saludo a su jefe y les dijo: «Recomendadme a vuestro señor, pero no volvais» (1594).

Los de la Liga seguían siendo dueños de varias provincias y declaraban a Enrique incapacitado para reinar en tanto no estuviera absuelto. Como el príncipe era relapso, sólo el Papa podía darle la absolución. Sixto Quinto, que le había excomulgado, había muerto, pero Felipe II había hecho elegir uno tras otro tres Papas que se habían negado a absolver a Enrique.

No intentó el monarca francés recuperar las ciudades que tenían los de la Liga. Decía que «si había que tomarlas por la fuerza, costarían diez veces más». Prefirió comprar a los gobernadores mediante dinero, pensiones y puestos. Rescató así Normandía, Picardía, Champaña y Borgoña. Prometía a los habitantes no tolerar el culto protestante en sus ciudades.

Al fin fué elegido, contra el deseo del rey de España, un Papa, Clemente VIII, que dió la absolución a Enrique IV (1595).

Ya no tenía éste otros enemigos que los españoles. Hízoles la guerra en Borgoña (1595), luego en Picardía. Por ambas partes se carecía de dinero. Felipe II se resignó. Mediante el tratado de Vervins, hizo la paz con Enrique IV (1598).

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Edicto de Nantes

Edicto de Nantes[editar]



Los calvinistas franceses, inquietos por la conversión de Enrique IV, habían organizado una asamblea, compuesta de un miembro por provincia, para dirigir su defensa, y pedían los mismos derechos que en 1577. Pero Enrique IV había prometido a la mayor parte de las ciudades de Francia no permitir más que la celebración del culto católico en ellas. Fué a Bretaña, donde había aún ligueros sublevados, y promulgó el edicto de nantes para regularizar la situación de los protestantes (1598).

Los calvinistas tuvieron en todo el reino la libertad de conciencia. No se podía perseguirles a causa de su religión, ni obligarles a ninguna práctica religiosa católica, contra su conciencia.

Tenían el derecho de celebrar su culto en todas las casas de los señores calvinistas, en todos los lugares donde se celebraba en 1596, y en el resto de Francia en dos lugares de cada bailía.

Debían tener, lo mismo que los católicos, el derecho de ocupar cargos públicos, y el de ser admitidos en las escuelas, en los hospitales, en los gremios de menestrales.

Debía crearse, para juzgar sus causas, en los tres Parlamentos de las comarcas en que eran numerosos (Burdeos, Tolosa, Grenoble), una Cámara especial, en que la mitad de los jueces serían protestantes.

Para garantir la aplicación de estas medidas, los calvinistas habían de conservar durante ocho años sus guarniciones en 200 plazas fuertes aproximadamente, plazas que ya ocupaban.

El edicto de Nantes ponía fin a las guerras de religión. Dejaba subsistir las iglesias calvinistas del oeste y del mediodía.

Muchos católicos protestaron, varios Parlamentos se negaron a admitir el edicto. Enrique IV les obligó. "No hay que hacer distinción, dijo, entre católicos y hugonotes. Es preciso que todos sean buenos franceses y que los católicos conviertan a los hugonotes mediante el ejemplo de su buena vida".

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Enrique IV

Enrique IV[editar]



Este rey había nacido y había pasado su infancia en los Pirineos, en el Béarn que era la provincia principal de los reyes de Navarra, desde que Navarra había pasado a poder del rey de España. Se le apellidó el Bearnés. Su abuelo quería que fuese hombre de guerra, para poder reconquistar su reino, y le hizo educar como un joven de la montaña. Enrique, sobriamente alimentado, vestido como un aldeano bearnés, corría por las montañas con los pies descalzos y sin nada a la cabeza aguantando la lluvia y el sol, viviendo fraternalmente con la gente del campo. Se hizo, y continuó toda su vida robusto, atrevido y alegre, resistente a las fatigas y a las privaciones.

Enrique tenía la frente ancha y algo hundida, brillantes los ojos, larga nariz aguileña, labios gruesos y sonrientes y grandes bigotes erizados, y la barba en punta. Cuando fué rey de Francia siguió vistiendo con sencillez. Llevaba con frecuencia traje de lana gris muy descuidado. No era limpio; decíase "Que olía mas a soldado que a rey". Enrique hablaba con familiaridad y le gustaban las chanzas, tenía respuestas imprevistas y frases ingeniosas a estilo de los gascones. Hacía muchas promesas, daba buenas palabras, y hablaba frecuentemente de su deseo de aliviar a su pueblo. Deseaba, decía, "Que el campesino de Francia fuera bastante rico para echar gallinas al puchero todos los Domingos". Jamás se rodeó de guardias, quería que todos sus súbditos pudieran acercarse a él y hablarle. Su aire placentero hacía creer a la gente que era sensible de corazón. Se le llamó "El buen rey Enrique". Los que le conocían bien sabían que pensaba sobre todo en su persona, y que no era generoso. Se le creía incluso avaro.


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Enrique pasaba la mayor parte del tiempo en diversiones, cazaba mucho, era apasionado por el juego, y sus favoritas han conservado la celebridad. Pero era su comprensión pronta y la decisión rápida. No trabajaba casi más de dos horas al día, paseando por su jardín, o de pie arrimado a una ventana y hasta recibía a los embajadores paseándose. Pero trabajaban deprisa y bien, escuchaba los informes de sus ministros y daba la resolución en pocas palabras.

Restablecimiento de la autoridad real[editar]

Capítulo 8 – Luchas interiores en Francia
Restablecimiento de la autoridad real

de Charles Seignobos



Enrique IV estaba decidido a restablecer el poder absoluto del rey. No lo hizo de una vez, porque había de combatir a excesivos adversarios. Decía "Todo se hará poco a poco, París no se ha hecho en un día". Pero cuando se vió libre de la guerra, cambio de tono.

El Parlamento de París se había negado a registrar un edicto. Recibió colérico a sus delegados. "Soy rey, quiero ser obedecido. Se trata de oponerse a mi voluntad. Soy rey. Quiero ser obedecido". Cuando los enviados del Parlamento le presentaron quejas contra el edicto de Nantes, respondió: "He hecho en otro tiempo vida de soldado y ahora soy rey, y rey que quiere ser obedecido".

Enrique IV encontraba a Francia arruinada y el Tesoro vacío. Las aldeas estaban quemadas o abandonadas, los labradores habían pedido sus ganados y no podían cultivar la tierra. Los caminos estaban reventados, los puentes en ruinas. Los soldados licenciados se habían hecho bandidos, vagaban por el país, saqueaban las granjas y detenían a los mercaderes. Los habitantes de las ciudades no atrevían a salir. Los obreros carecían de trabajo y mendigaban.

Durante las guerras, el rey había pedido mucho dinero a los príncipes y a los banqueros de otras naciones. Había cesado de percibir los impuestos. Parte de ellos los había dado en prenda a sus acreedores, que por su cuenta los cobraban, y el resto los había arrendado a financieros. De 10 millones de escudos de tributo, el rey no percibía más que 2 1/3 y como gastaba 8 1/3, el déficit era de 6.

Durante las guerras, los gobernadores habían tomado la costumbre de no obedecer al rey, y aun algunas intentaron entenderse contra él con los príncipes extranjeros.

Terminada la guerra (1598), Enrique se ocupó de restablecer el orden. Mandó ahorcar a algunos bandidos y los actos de bandidaje se hicieron raros. Los aldeanos volvieron a sus faenas.

El duque de Saboya se entendía con España. Enrique IV le hizo la guerra y le obligó a ceder a Francia la Bresse, el Bugey, el país de Gex (estos territorios forman hoy el departamento del Ain). En cambio le cedió el marquesado de Saluces en Italia (1601).

Uno de los compañeros de Enrique IV, Biron, gobernador de Borgoña, era muy jugador y siempre estaba falto de dinero. Púsose de acuerdo con el duque de Saboya, cuando Enrique IV le hacía la guerra. El duque prometió dar a Biron la Borgoña y su hija en matrimonio. Enrique IV lo supo y perdonó a Biron, a condición de que no iniciara nuevos tratos.

Enrique IV había prometido casarse a su favorita Enriqueta de Entragues. Pero se casó con una princesa italiana, sobrina del papa, María de Médicis (1600). El hermano de Enriqueta conspiró con Biron para hacer entrar un ejército español en Francia y destronar a Enrique IV. El secretario de Biron notificó al rey este complot. Enrique llamó a Biron y le prometió perdonarle, si confesaba. Biron respondió que no necesitaba ser perdonado. El rey ordenó prenderle y que le juzgase el Parlamento, el cual le condenó a muerte. Biron fué decapitado (1602). Enriqueta y su hermano conspiraron de nuevo. Fueron condenados a muerte, y el rey los indultó.

Enrique IV había tomado como consejeros a hombres de todos los partidos: ligueros, que habían combatido contra él, como Villeroy, realistas, católicos, protestantes.

El principal consejero protestante era Maximiliano de Rosny, a quien el rey hizo duque de Sully [1]. Nombróle primero Superintendente de Hacienda (1599), luego Gran Maestre de artillería.

Sully mandó hacer cuadros de los impuestos que el rey había de percibir. Luego mandó anular los tratos hechos con los financieros y arrendó los tributos a un precio más alto. Mandó revisar los créditos, descubrió algunos que no eran regulares y los anuló.

Los ingresos aumentaron de tal modo que el rey pudo, no sólo pagar todos sus gastos, sino reducir en diez años la Deuda de 350 millones a 225 y reunir un tesoro en metálico para hacer la guerra.

Enrique IV tenía por sistema economizar lo más posible. Licenció casi todo su ejército y no conservó más que cuatro regimientos de infantería francesa, algunas compañías de gendarmes (jinetes cubiertos con armadura de hierro) y cuatro compañías de caballería ligera (provista de armas de fuego). Prefería emplear su dinero en reunir armas y un tesoro con que poder preparar un ejército en caso de guerra.

Para aumentar sus rentas, Enrique intentó crear riquezas nuevas. Los trajes de lujo de los señores y de las damas se hacían entonces con telas de seda o terciopelo de fabricación italiana o con paños finos de Inglaterra. Su adquisición suponía dinero.

Sully habría querido impedir que el dinero saliera de Francia, prohibiendo a los franceses usar trajes de lujo. No era aficionado a la industria, porque los obreros son peores soldados que los campesinos. No atendía más que a las labores del campo, diciendo: «La labor y el pasto son las dos tetas del Estado».

Enrique IV, por el contrario, trató de establecer en Francia las industrias que enriquecían a los países extranjeros. Mandó plantar moreras en las Tullerías, En Fontainebleau, y edificar locales para la cría del gusano de seda. Hizo crear en París fábricas de telas de seda, de oro y de la plata, y tapicerías. Dió a los fabricantes el monopolio de la venta de sus productos en Francia. Mandó venir obreros de Italia para que enseñasen a los franceses a hilar y tejer la seda. Mandó buscar también obreros que enseñasen la fabricación del cristal.

Gustaba a Enrique IV tener buenos caminos. Nombró a Sully gran veedor. Sully mandó plantar árboles a los largo de los caminos principales, por lo común olmos, que más tarde se llamaron «Rosny».

Enrique intentó también tener canales. Entonces se empezó el canal que une el Loire al Sena.

Quería el monarca utilizar su poder para hacer de nuevo la guerra a la casa de Austria. Se había aliado con los príncipes protestantes de Alemania. En 1610. con motivo de la herencia de territorios disputados entre varios príncipes alemanes, se declaró en favor de los protestantes contra el emperador, y reunió un ejército de 40.000 hombres. Iba a salir para conducirlo a Alemania, cuando fué asesinado.

Un católico fanático, probablemente loco, Ravaillac, que había ido desde Angulema a París pidiendo limosna, creyó que Enrique iba a hacer la guerra al Papa y decidió matarle para salvar la religión católica. No tenía siquiera dinero para comprar un cuchillo. Robó uno en una posada y fué a apostarse en una calle por donde el rey había de pasar. Enrique llegó en una carroza muy pesada que caminaba al paso. La calle era estrecha y no tenía acera. Ravaillac se subió al estrobo de la carroza y dió al rey dos cuchilladas. Enrique murió casi inmediatamente (1610). Ravaillac sufrió el tormento por espacio de trece días, para lograr que denunciase a sus cómplices, pues no se quería creer que no los tuviera. Luego fué descuartizado vivo.


Referencias[editar]

  1. Sully, ya viejo, mandó escribir un libro, Las economías reales, en el que aparecía habiendo hecho tomar al rey las medidas más importantes de su reinado. Sully se atribuía una representación y una importancia que no había tenido. De esta suerte se hizo más célebre ante la posteridad de lo que en su tiempo había sido.