Historia VII (Versión para imprimir)

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Autor: Charles Seignobos[editar]

Advenimiento de Isabel[editar]



El pueblo inglés, en diez años, había cambiado tres veces de religión. Inglaterra había sido cismática con Enrique VIII, protestante con Eduardo VI, católica con María Tudor.

Cuando murió esta última (1559), de toda la familia real de los Tudores no quedaba más que una doncella, Isabel, hija de Enrique VIII y de Ana Bolena. Los católicos no la reconocían como heredera legítima, porque su madre no había sido reina sino después del divorcio de Enrique VIII.

Isabel no había sido educada para reina. Era muy niña cuando su madre fué ejecutada; primero quedó abandonada, luego una de las mujeres de su padre se interesó por ella y la hizo educar, pero dentro de la religión protestante. Su hermana María, que no le tenía cariño, mandó que la encerrasen en la Torre, luego le dió libertad y la envió a un viejo castillo. Isabel estaba leyendo debajo de una encina en el parque de Hatfield cuando fueron a decirle que era reina. Tenía entonces veinte años. Tomó inmediatamente como secretario a uno de sus vecinos, un señor experimentado e inteligente, Cecil, que hasta morir siguió siendo su primer ministro.

Fué inmediatamente a Londres y asistió al entierro de María Tudor, que hicieron obispos católicos, pero se hizo coronar por un obispo protestante que ofició en latín y en inglés. El Parlamento estaba reunido y le suplicó que se casara para asegurar la sucesión al trono, pero no quiso.


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Isabel comprendía que su situación era peligrosa. No tenía ejército para defenderse y temía al rey de España, que era viudo de la reina anterior. No se manifestó claramente, durante varios años hizo concebir esperanzas a Felipe II de que se haría católica, y aun de que se casaría con él. María Estuardo, reina de Escocia, era la heredera de la corona de Inglaterra, pero, aun cuando católica, Felipe II no deseaba verla en el trono inglés, porque era prima de los duques de Guisa, príncipes franceses cuya influencia le causaba temores.

Inglaterra estaba todavía en guerra con Francia. No tenía dinero y para proporcionárselo se había alterado el valor de la moneda. Los protestantes acababan de ser perseguidos, pero el catolicismo no se había restaurado por completo y los ingleses no sabían cuál era su religión.

Isabel, ayudada por sus consejeros, sorteó con prudencia todas estas dificultades. Hizo la paz con Francia, abandonó Calais y renunció a intervenir en el continente. Hizo un empréstito y restableció la buena moneda.

Establecimiento de la monarquía protestante[editar]

Capítulo 7 – Inglaterra en tiempo de Isabel
Establecimiento de la monarquía protestante

de Charles Seignobos



No quería Isabel a los calvinistas, pero no podía ponerse de acuerdo con los católicos, que no la reconocían como reina legítima. Quiso establecer una forma de religión intermedia entre el calvinismo y el catolicismo, esperando lograr su aceptación a la vez por los partidarios de la Reforma y por los fieles afectos al culto católico.

El Parlamento aprobó primero el Acta de Supremacía. La reina fué declarada «único gobernador supremo del reino en materia eclesiástica lo mismo que en materia temporal». Todos los obispos y los sacerdotes, todos los jueves y los funcionarios, habían de jurar que reconocían el poder de la reina y rechazaban todo poder extraño. Los obispos católicos se negaron a prestar juramento y fueron destituidos. Isabel nombró otros. Un exobispo emigrado volvió a Inglaterra y consagró a un nuevo arzobispo, que, a su vez, consagró nuevos obispos. De esta suerte los prelados ingleses siguieron, como los obispos católicos, unidos a los Apóstoles por una tradición no interrumpida.

Otra ley, el «Acta de uniformidad», estableció un culto obligatorio para todos los ingleses. Se puso de nuevo en vigor la liturgia protestante de tiempos de Eduardo VI, llamada Libro de oraciones públicas (Book of comon prayer), pero con algunas variaciones. Se conservaron algunas formas del culto católico: la sobrepelliz usada por los sacerdotes, el servicio de la mesa de comunión, las genuflexiones, los crucifijos, los órganos.

Los conventos continuaron suprimidos, pero se conservó la misma organización del clero que en la Iglesia católica, los obispos, los capítulos, los curas. Se mantuvieron los tribunales eclesiásticos en que los obispos tenían la facultad de juzgar a los fieles. Isabel habría querido aún suprimir el matrimonio de los clérigos. No lo logró, pero nunca quiso nombrar obispos más que a los que no estaban casados.


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Casi todos los eclesiásticos ingleses aceptaron el nuevo régimen. Luego los obispos reunidos en asamblea redactaron la «confesión de fe» conocida con el nombre de los «39 artículos de la Iglesia de Inglaterra». Es, con algunos cambios, la profesión de fe calvinista de Eduardo VI. Así quedó organizada la Iglesia Anglicana.

Todos los súbditos debían practicar exactamente la misma religión, era lo que se llamaba «la uniformidad». Los que se separaban eran llamados «no conformistas» o «disidentistas». Se apellidaba a los católicos «papistas» por que reconocían la supremacía del Papa, o «recusantes» porque se negaban al juramento.


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La religión anglicana era obligatoria para todos los súbditos. El que se negaba a asistir al servicio religioso podía ser multado o reducido a prisión. Estaba prohibido predicar o enseñar otra creencia que la de los «39 artículos» y también emplear otra liturgia que la del «Libro de las oraciones». Pero en los primeros tiempos las medidas contra los disidentes y los católicos no fueron aplicadas con rigor. Muchos grandes señores y casi toda la población del Norte de Inglaterra permanecieron católicos.


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La reina Isabel

La reina Isabel[editar]



Isabel era una mujer robusta, de estatura algo más que mediana, facciones regulares, ojos claros, y espesa cabellera rubia leonada. Era aficionada a los ejercicios físicos, podía cazar el día entero, danzar y contemplar las máscaras toda la noche sin cansancio. Bebía mucho, sobre todo cerveza.


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Habiendo pasado la juventud constantemente amenazada de muerte, Isabel había aprendido a disimular. Permaneció siempre muy egoísta y muy avara, y a sus ministros favoritos no hacía casi más que regalos que no le costaban nada. No pagaba a sus servidores, y su primer ministro se vió obligado a vender sus tierras para sostener las cargas de su empleo. No quería siquiera dar dinero para los gastos del Estado.

Aun cuando fuera instruida, tenía poca afición a la lectura y leía raras veces. Había aprendido el francés y el italiano y hasta sabía latín y griego. Pero la interesaba sobre todo el adorno de su persona, se creía muy bella y estaba muy orgullosa de su belleza. Gastaba sumas enormes en sus trajes, mostraba sus diminutas manos, y, hasta pasada la edad de sesenta años, se vistió como una muchacha. Le era grato que la compararan al sol y que se alabasen sus encantos. Estaba muy infatuada de su poder, se hacía servir de rodillas, y no soportaba la menor contradicción. Se encolerizaba, juraba, pegaba a sus camareras. Ocurrió que escupiera en el traje a un cortesano que no le agradaba y diera una guantada al conde de Essex.


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Estas maneras vulgares la hacían popular, y gustaba de hablar con todos, en un lenguaje muy familiar. Los ingleses la querían porque era muy inglesa. Jamás salió de Inglaterra, se contentaba con ir a los castillos de los alrededores de Londres. Consideró como un gran viaje haber llegado hasta Bristol.

Tenía espíritu despierto y memoria muy segura. Pero no le gustaba ocuparse de los asuntos públicos y los confiaba a sus ministros. Por no gastar dinero ni tener preocupaciones, deseaba el mantenimiento de la paz; pero sus ministros la inducían frecuentemente a obrar para sostener los intereses de Inglaterra o defender a los protestantes amenazados. Entonces, para evitar la guerra, hacía a los embajadores extranjeros promesas que no mantenía y les decía mentiras.

Isabel se interesaba poco por la religión, y casi sólo se atenía a las ceremonias de culto. Pero no quería a los calvinistas, que le parecían bastante poco respetuosos y que trataban de impedir que se divirtiera.


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Los ingleses apoyaban mucho a Isabel porque impedía fuese restablecida la religión católica y porque mantenía la paz. En su reinado, en tanto los países vecinos eran devastados por las guerras de religión, Inglaterra vivió en paz y se enriqueció. Los ingleses atribuyeron aquella prosperidad a su reina, y se acostumbraron a considerar el reinado de Isabel como una época gloriosa, y a Isabel como una gran reina.

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María Estuardo

María Estuardo[editar]



La reina de Escocia, María Estuardo, hija de una princesa francesa hermana del duque de Guisa, se había criado en la corte de Francia. Hablaba francés, hacía aún versos franceses y se consideraba francesa, no hablando el inglés ni el escocés (dialecto céltico). Sin tener facciones regulares, era graciosa, la voz suave y un atractivo que la hacía amar. Era aficionada a la música, cantaba bien y tocaba el laúd.

Se había casado con el joven rey de Francia Francisco II, que murió pronto. Abandonó Francia con pesar. Desde el puente del navío que la transportaba, dirigía los ojos a la costa, lloraba y repetía: «¡Adiós Francia!».

Encontró en Escocia un pueblo rudo y pobre. Los escoceses acababan de adoptar la religión calvinista (véase Historia V:La Reforma presbiteriana) y desconfiaban de una reina católica. María mandó decir misa en su capilla. El predicador calvinista la censuró por introducir la idolatría —así llamaban a la misa— y en sermones violentos reprochó a la reina por que bailaba. María, acostumbrada a los juegos y a la conversación de Francia, juzgó que la vida era triste en Escocia. Pero supo hacerse amar del pueblo; iba a visitar familiarmente a las gentes, asistía a los juegos y a las tiradas de acto y leía para distraerse.

Intentó restablecer en Escocia el culto católico y casarse con el hijo del rey de España; pero sus tíos, los Guisas, hicieron fracasar el proyecto. Se decidió entonces a casarse con Darnley, un señor escocés guapo, vanidoso y frívolo, que se embriagaba y pasaba parte del tiempo cazando (1564).


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Al principio, María fué sostenida por los nobles. Pero no se avino con su marido, que quería gobernar en su lugar. Un día, el rey hizo dar muerte delante de ella a su secretario, un italiano católico llamado Rizzio. María le lloró y juró vengarle. Fingió reconciliarse con su marido, y un día que estaban juntos en una casa de Edimburgo, salió de noche y, de madrugada, se hizo volar la casa. Darnley resultó muerto.

María escribió que quería castigar a los asesinos de su marido; pero se fué con uno de ellos, un señor brutal llamado Bothwell, y, poco tiempo después, se caso con él. Pronto se indispusieron. María habló de suicidarse. La mayor parte de los nobles eran a la sazón enemigos suyos.


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La reina salió, vestida de hombre, con dirección a Edimburgo, y en el camino se puso las ropas de una mujer del país. Los señores la cogieron y la llevaron a la ciudad. Tuvo un acceso de cólera y apareció en la ventana con el pelo suelto y gritando: «¡Auxilio!» Los señores le dieron a elegir entonces entre el divorcio o la abdicación. Abdicó. Fué encerrada en un castillo, se fugó e intentó hacer guerra. Pero de lo alto de una colina, desde donde presenciaba un combate, vió a los suyos dispersados y huyó a Inglaterra.

Isabel se negó a recibirla hasta que se hubiera justificado. María manifestó que moriría antes de alegar contra sus súbditos. Los señores escoceses la acusaron de haber preparado el asesinato de su marido, mostraban cartas de ella encontradas en un cofrecillo, en las que se hablaba de asesinato. (Se discute todavía si estas "cartas del cofrecillo" eran falsificadas). Isabel manifestó que las presunciones contra María eran tan graves, que no podía recibirla sin comprometer su propia honra. La hizo custodiar con centinelas de vista, como prisionera, en diferentes castillos.

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Lucha contra España

Lucha contra España[editar]



Felipe II había esperado que Isabel se convertiría al catolicismo. Pero como la Iglesia anglicana se consolidaba y los protestantes eran cada vez más numerosos, los católicos perdieron la paciencia.

Los grandes señores católicos del Norte quisieron obligar a Isabel a reconocer como heredera a María Estuardo. Sublevaron a los habitantes católicos del país y se apoderaron de la villa de Durham. En ella se celebró públicamente la misa católica, por última vez, en Inglaterra (1569). Isabel no quiso gastar dinero para alistar un ejército. Pero los nobles protestantes sofocaron la rebelión y se indemnizaron apoderándose de las tierras de los católicos vencidos. El Papa excomulgó a Isabel y declaró a sus súbditos desligados del juramento de fidelidad (1570).

Los protestantes, que formaban la mayoría del Parlamento inglés, respondieron haciendo aplicar las leyes contra los católicos. Se empezó a tratarlos como enemigos del reino, porque se negaban a reconocer a Isabel como reina legítima. El Parlamento aprobó una ley que declaraba culpable de alta traición al que atacase a la reina con actos o con palabras.

Se hacía juzgar a los acusados por un tribunal extraordinario constituido por miembros del Gobierno, la «Cámara estrellada», llamada así porque se reunía en una sala cuyas paredes estaban adornadas con estrellas. En contradicción con las costumbres inglesas, este tribunal sometía a tormento a los acusados. Los condenados eran divididos en cuatro trozos. El Parlamento habría querido también ejecutar a María Estuardo. La reina se negó.

No simpatizaba Isabel con Guillermo de Orange, pero sus ministros la decidieron a enviar auxilios a los rebeldes de los Países Bajos. Se enamoró entonces del hermano del rey de Francia, el duque de Anjou, joven feo y mal conformado, vanidoso, que tenía veinte años menos que ella. Le escribió cartas amorosas y hasta preparó la boda.

Los católicos intentaron entonces desembarazarse de Isabel. El Papa y el rey de España enviaron una pequeña expedición a Irlanda para sublevar a los irlandeses, que habían seguido siendo católicos. Fué hecha prisionera y pasada a cuchillo.

Los Guisas intentaron que Escocia atacase a Isabel. Después de la marcha de María Estuardo, los escoceses habían reconocido rey a Jacobo, un niño, y los nobles católicos y los nobles protestantes disputaban con motivo de su tutela. Un jesuita escocés, enviado por el Papa, llegó a París para ponerse de acuerdo con un enviado de María Estuardo y con los Guisas. Pero Felipe II dudaba en combatir a Isabel, por celos de los Guisas, que apoyaban a María Estuardo.

Acababan los católicos de fundar un colegio en Douai que a la sazón era del rey de España, y en el que se preparaban jóvenes ingleses para servir como misioneros católicos. Veinticuatro habían recibido ya las órdenes en 1577. Aquellos sacerdotes iban a Inglaterra a celebrar la misa, lo cual estaba prohibido bajo pena capital, y los que caían presos eran ahorcados o divididos en cuatro trozos. El Gobierno inglés estableció penas contra todo católico que presenciara la misa o no asistiera al culto protestante. Una ley condenó a la picota y a la pérdida de las orejas al que pronunciase palabras sediciosas o propagara rumores contra la reina (1581).

El rey de Escocia, Jacobo, se escapó del poder de los señores protestantes que le guardaban, mandó ejecutar a algunos de ellos y trató con el Papa. Los católicos ingleses creyeron llegado el momento de desembarazarse de Isabel. Un católico que quería matarla fué detenido y sometido a tormento, y delató un complot para hacer que los españoles invadieran Inglaterra. Isabel despidió entonces al embajador de España. El Gobierno inglés creó una asociación cuyos miembros juraban, si la reina era muerta, matar «a la persona por la cual había sido perpretado el crimen», es decir, a María Estuardo (1584).

Cuando Felipe II hubo reconquistado Bélgica (véase Historia Moderna - Capítulo 6), y la guerra hubo empezado de nuevo en Francia, los católicos ingleses tramaron una conspiración para matar a Isabel y dar la corona a María Estuardo con ayuda de los españoles. Unos espías descubrieron el complot, y se supo que María le había aprobado. Los conjurados pagaron con la vida (1586). El Gobierno inglés decidió ejecutar a María Estuardo.

Isabel tenía prisionera a María Estuardo hacía dieciocho años, sin permitir que fuera juzgada, porque era reina. Fué traslada a una fortaleza y allí se la juzgó (1586). Se defendió bien y declaró no haber tenido nunca conocimiento del complot. Fué condenada a muerte.

Isabel aparentó, al principio, no poder decidirse a que fuera ejecutada, luego firmó la sentencia. María Estuardo fué decapitada. En el cadalso manifestó que tenía la satisfacción de morir «pro la Iglesia católica, apostólica y romana». Isabel aparentó irritarse con los autores de la ejecución y vistió de luto (1587).

Destrucción de la Armada Invencible[editar]

Capítulo 7 – Inglaterra en tiempo de Isabel
Destrucción de la Armada Invencible

de Charles Seignobos



La ejecución de María Estuardo decidió al rey de España a emprender la lucha contra Isabel. Felipe II quiso acabar de una vez. Reunió en España un ejército de 30.000 hombres para transportar en 120 navíos, la que se llamó Armada Invencible. Reunida en la primavera de 1588, retrasó su salida por un temporal y no dejó el puerto hasta fines de julio.

Los ingleses estaban muy inquietos. Se mostraban a las puertas de las iglesias modelos de los instrumentos de tortura que la Inquisición española se decía llevaba consigo. Isabel no había tomado casi ninguna medida de defensa, aun cuando se supiera que la flota española estaba dispuesta a salir. Había reunido solamente cerca de Londres, en Tilbury, un reducido ejército, sin pólvora, cañones ni víveres, e iba a pasar revista a caballo al campamento.

No tenía la reina más que una pequeña flota de guerra. Los marinos ingleses se encargaron de defender su país. Equiparon barcos más pequeños, pero mejor aprovisionados que los de la reina. Se formó una flota de 150 naves.

Los barcos españoles eran altos y pesados, armados solamente con reducido número de cañones que disparaban balas ligeras. Tripulábanlos marinos que maniobraban mal, iban cargados de tropas y casi no podían combatir más que de cerca, al abordaje. Los barcos ingleses, más pequeños, más ligeros y rápidos, con mejor artillería, iban tripulados por buenos marinos y mandados por corsarios y navegantes audaces que conocían bien los lugares en que se iba a luchar. Cuando la Invencible llegó al canal de la Mancha, soplaba un viento fuerte del Sudoeste. Los ingleses dejaron pasar los barcos españoles y los atacaron luego, cayendo sobre ellos viento en popa. Disparábanles de lejos con los cañones y evitaban el abordaje.

El almirante español llegó delante de Calais para ponerse de acuerdo con el general en jefe del ejército de los Países Bajos. Entonces el almirante inglés envió brulotes encendidos que se aproximaron a las naves enemigas. Los españoles, temiendo morir achicharrados, cortaron las cuerdas de las anclas y salieron a alta mar. Los ingleses los persiguieron disparándoles cañonazos. Uno de los almirantes ingleses escribía: «Les arrancamos las plumas una a una».

El viento llevó a la Invencible a lo largo de la costa de los Países Bajos, sin que pudiera abordar. El almirante español, no sabiendo qué hacer, se decidió a dejar que el viento del Sur empujase los barcos, dió vuelta a Escocia por el Norte.

Los ingleses no habían perdido una sola nave; pero sus víveres estaban echados a perder y se vieron obligados a dar la vuelta. Muchos marinos murieron al desembarcar. Un capitán inglés escribía: «Da lástima ver a los hombres morir en las calles de Margate».

La flota española dió la vuelta a la Gran Bretaña sin ser perseguida. Pero muchos barcos fueron lanzados contra las costas de Escocia o de Irlanda, y sus tripulaciones pasadas a cuchillo por los habitantes. De 130 barcos apenas volvieron 50, y desmantelados. Los españoles habían perdido 20.000 hombres; el ejército español no se repuso nunca de aquel desastre.

Los ingleses tomaron inmediatamente la ofensiva. Desembarcaron en las costas de España (1592), y en 1596 se apoderaron de Cádiz y de Sevilla.

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La marina

La marina[editar]



En tiempo de Isabel, el dinero había llegado a ser más abundante y las cosas subieron de precio. Los obreros de las ciudades y de los campos, que no vivían más que de su salario, se vieron todavía en peor situación, porque se habían hecho leyes que fijaban los salarios y prohibían a los trabajadores hacerse pagar más. Pero los propietarios de tierras y los comerciantes aprovecharon la elevación de los precios. Los burgueses ricos llegaron a ser numerosos, sobre todo en Londres. Un noble mandó levantar a sus expensas un edificio donde se reunían los mercaderes para discutir los precios de los artículos. La reina le inauguró en 1571 y le llamó Royal Exchange (corresponde a nuestra Bolsa). Londres fué una gran ciudad donde la población se amontonaba en alojamientos reducidos. Muchos obreros de los Países Bajos, huyendo de la persecución, fueron a establecerse a Inglaterra, y allí introdujeron la industria de los encajes y de las telas.

Los que más provecho obtuvieron de esta riqueza fueron los armadores que equipaban los barcos de comercio. Se asociaron para crear Compañías de comercio. La Compañía de Moscovia comenzó a ir al mar Blanco en busca de los productos de Rusia. Otra Compañía hacía el comercio en los puertos del Báltico; otra la Compañía del Levante, en los puertos del Mediterráneo. Muchos marinos se dedicaban a la pesca en las costas. Para facilitar la venta del pescado, el Gobierno mantuvo la prescripción de no comer carne en Cuaresma.

Marinos ingleses concibieron la idea de ir a las costas de África a comprar a los reyezuelos del país cautivos negros, que luego llevaban a vender como esclavos a las colonias españolas de América.

El procedimiento más rápido para enriquecerse era el corso, que consistía en ir a capturar los barcos extranjeros, sobre todo los de los españoles. Aun cuando Inglaterra no estuviera en guerra con España, los marinos ingleses no tenían escrúpulo en detener los barcos que venían de América o de las Indias, cargados de plata o de especias, para apoderarse del cargamento. Isabel dictó proclamas en que prohibía a sus súbditos atacar los barcos de una nación neutral; pero ponía dinero en las empresas de los negreros y de los corsarios, y de aquel dinero obtenía grandes beneficios.

Los españoles prohibían a todos los barcos extranjeros ir a América, y prendían a los marinos ingleses que en aquellos mares cogían, los ahorcaban como piratas o los entregaban a la Inquisición en calidad de herejes.

Algunos marinos ingleses fueron bastante atrevidos para ir a atacar las colonias españolas. El más célebre, Drake, un marino de Portsmouth, había empezado siendo corsario, luego había vendido negros en las colonias españolas. Fué a América a atacar un puerto español del istmo de Panamá. Sorprendió la morada del gobernador español y en el ella encontró gran cantidad de barras de plata llevadas de las minas del Perú. Dijo entonces a sus gentes: «Os he traído a la boca del tesoro del mundo».

Los indios llevaron a Drake a la parte media del istmo de Panamá, al pie de un árbol que dominaba toda la comarca. Trepó a la cima del árbol poniendo el pie en hendiduras hechas en el tronco, y desde arriba vió el Océano Pacífico, que ningún inglés había contemplado hasta entonces. Drake se hincó de rodillas y pidió a Dios que le concediera vida bastante para llevar un barco inglés a aquel mar, que llamó mar del Sur (1572).

Pocos años después partió con cinco barcos pequeños, el mayor de los cuales sólo tenía cien toneladas. Se dirigió al estrecho de Magallanes, que nadie había pasado desde que lo hizo el navegante de este nombre. Llegó allí, habiendo abandonado dos de sus barcos ya inutilizados. Después de haber pasado el estrecho, le cogió una tempestad que duró cincuenta y dos días, y se quedó con un solo barco. Se lanzó al Océano Pacífico, donde los españoles no le esperaban, y sorprendió sucesivamente varios puertos de esta nación. Encontró en las costas del Perú ocho llamas cargadas de plata. Al llegar al Callao, el puerto principal del Perú, supo que iba a pasar un barco cargado de plata. Le sorprendió y cogió 26 toneladas de dicho metal, 15 cajas de objetos fabricados con el mismo, 80 libras de oro, piedras preciosas, con un valor total de cerca de ocho millones. Bordeó las costas de América, esperando encontrar paso para el Atlántico por el Norte. Llegó hasta California. Se decidió al fin a volver atravesando el Pacífico, pasó por las islas de la Sonda, donde compró especias, y volvió a Inglaterra al cabo de tres años, cargado de metales preciosos y de especias (1580).

El embajador de España fué a reclamar a Isabel. Llamaba a Drake «maestro ladrón» y quería obligarle a devolver lo que había cogido. Pero Isabel, que tenía parte en los beneficios, prefirió conservar el tesoro. Fué a bordo del barco de Drake, y en el puente le nombró caballero. El navío se conservó como una reliquia y en él se celebraban fiestas.

Drake fué encargado por la reina de mandar los barcos que custodiaban el canal de la Mancha. Combatió contra la Invencible e hizo expediciones a España. Volvió a América, sorprendió la ciudad de Cartagena y la obligó a pagar más de un millón de rescate.

Los marinos ingleses aprendieron a hacer la guerra. A partir del triunfo sobre la Invencible, Inglaterra tuvo la mejor flota militar de Europa.