Historia VI (Versión para imprimir)

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Autor: Charles Seignobos[editar]

Felipe II[editar]



Rey de España por abdicación de su padre Carlos V (1555), pasaba por ser el príncipe más poderoso y rico de su época. Había reunido todos los reinos de España, todos los Países Bajos, es decir, Bélgica y Holanda. Poseía en Italia el reino de Nápoles, Sicilia y el Milanesado. Poseía las colonias españolas que se extendían por gran parte de América.

Felipe II era bajo y de miembros flacos. Tenía los ojos azules, el pelo rubio claro, la piel blanca, boca grande y grueso labio inferior prominente. Parecía mucho más flamenco que español. Había estado casado con la reina de Inglaterra, María Tudor, que murió pronto. Había vivido en Alemania, en los Países Bajos y en Inglaterra. Pero, acabada la guerra (1559), fué a establecerse en España y no volvió a salir de ella. Se rodeó de castellanos y acabó por considerarse tal.

No era aficionado a la guerra ni a ningún ejercicio corporal. Mandó edificar, a unas leguas de Madrid, en un desierto azotado por huracanes violentos, una fortaleza, El Escorial, formada por diecisiete edificios que flanquean en los cuatro ángulos otras tantas gruesas torres. Había ordenado a su arquitecto tomar como plano del castillo una parrilla. Era el instrumento de suplicio de San Lorenzo, cuya fiesta se celebra el 10 de agosto, el día que Felipe había conseguido la victoria de San Quintín.


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No era aficionado a la sociedad. Vivía encerrado en El Escorial, rodeado solamente de sus consejeros íntimos. Prohibía a los señores castellanos ir a vivir cerca de él, y no tenía Corte como los demás príncipes.

No salía de El Escorial más que para ir a algún otro palacio de los alrededores de Madrid. Su hijo Carlos, joven de espíritu extraviado, que detestaba al rey, se mandó hacer, para burlarse de él, un registro titulado "Los grandes viajes del rey Don Felipe", y escribió en sus páginas: "Viaje de Madrid al Pardo. Viaje del Pardo a El Escorial. Viaje de El Escorial a Aranjuez".

Felipe encontró establecido un sistema de Consejos. Había diez, cada uno encargado de una clase de asuntos (Consejo de Castilla, de Aragón, de las Indias, de Flandes, de Guerra, de Hacienda, etc.) Los conservó todos, pero no los dejó resolver nada. Trabajaba en su despacho, acompañado solamente de unos cuantos secretarios. Para cada asunto se hacía presentar un informe escrito, le leía y ponía anotaciones al margen, a veces tan largas como el informe. Como trabajaba muy despacio no conseguía leer todo, los papeles se acumulaban y los asuntos permanecían en suspenso. Felipe, desconfiado e irresoluto, no gustaba decidirse de primera intención y difería siempre su respuesta para más adelante. Uno de sus agentes escribía un día: "En cuanto a nuestro señor, todo lo alarga de un día para otro, y la principal resolución de todo es permanecer perpetuamente irresoluto".


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El rey de España tenía fama de ser un soberano muy rico, poseía las minas de plata que se acababan de descubrir en el Perú y obtenía grandes ingresos de los tributos de los Países Bajos. Pero España ha sido siempre un país pobre. Los cristianos españoles consideraban deshonroso el trabajo, no cultivaban casi más que los alrededores de algunas ciudades, apenas tenían industria y los comerciantes eran extranjeros. Se hacían traer del extranjero casi todos los objetos de lujo.

Para sostener sus largas guerras, Carlos V había tomado dinero prestado por los banqueros italianos y alemanes, y había empeñado de antemano sus rentas. En 1561 escribía Felipe:

"Todos los recursos ordinarios están empeñados. Se deben cinco millones de ducados a los banqueros de Amberes y a los comerciantes de Sevilla. De las rentas ordinarias no queda nada, y de las extraordinarias todo está empeñado a comerciantes, incluso los 400.000 ducados concedidos para mi casamiento."

Lucha contra la reforma en España[editar]

Capítulo 6 – Política de Felipe II
Lucha contra la Reforma en España

de Charles Seignobos



Felipe II era buen católico, a diario oía misa y mandaba distribuir regularmente limosnas. Como sus súbditos de Castilla, tenía horror a la herejía. «Preferiría, eran sus palabras, no tener súbditos a reinar sobre herejes.»

Cuando fué a establecerse a España se descubrieron -en Sevilla, el gran puerto comercial de Castilla, y el Valladolid, donde estaba la Corte- caballeros y ciudadanos acomodados que se reunían en secreto para leer los libros de los reformadores alemanes. El tribunal de la Inquisición, que hasta entonces no había actuado sino contra los judíos conversos, los mandó prender. El Papa ordenó entregar al «brazo secular» a todos los herejes, incluso a los que abjuraban por temor a la muerte.

Según costumbre española, la ejecución fué una ceremonia religiosa. Se hicieron sucesivamente dos autos de fe en Valladolid, en presencia de toda la Corte. En el primero se quemaron catorce condenados. Otros dieciséis, después de haber figurado en la ceremonia, fueron encerrados en prisión.

Felipe II asistió al segundo auto de fe, ante una multitud enorme. Había entre los condenados ocho religiosos. Fueron conducidos ante el cadalso. El Gran Inquisidor, volviéndose hacia el rey, le dijo en latín: «¡Señor, ayúdanos!» Felipe se puso en pie y desenvainó la espada. El Gran Inquisidor leyó el juramento por el que el rey se comprometía a exterminar a los herejes. Felipe dijo «Lo juro». Uno de los condenados a muerte era un caballero italiano, capitán del ejército español, que estaba casado con una princesa real. Al pasar delante del rey, le dijo: «¿No os avergüenza dejar que frailes quemen a un caballero como yo?» Felipe respondió: «Si mi hijo fuera tan perverso como vos, yo mismo arrimaría la leña para quemarle» (1559).


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Todos los protestantes de España fueron exterminados y no quedaron más que católicos. España conservó «la unidad de fe». Para impedir que sus súbditos conocieran las doctrinas heréticas, Felipe prohibió a los españoles ir a estudiar a ninguna escuela extranjera.

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Los Países Bajos

Los Países Bajos[editar]



Se llamaba entones Países Bajos a un grupo de diecisiete provincias pertenecientes todas al rey de España. Era un país llano a orillas del mar del Norte, que hoy constituye la Bélgica, Holanda y el norte de Francia. -La parte que toca al mar era la más poblada y rica. Los pueblos que la habitan, flamencos y holandeses, hablan un idioma parecido al alemán (hay muy poca diferencia entre el flamenco y el holandés).- La parte sur estaba habitada por los valones, que hablaban francés.

El país flamenco era entonces uno de los más ricos de Europa. Amberes era el gran puerto comercial a donde iba a recoger los productos de América y de las Indias; Bruselas, la capital del Brabante, tenía fábricas de paños y de tapices, ya célebres. Los flamencos vivían con gran desahogo, vestían lindos trajes de lana y seda, tenían fama de comer y beber mucho. Eran un pueblo instruido para la época, había escuelas en la mayor parte de las aldeas y se compraban muchos libros.

Cada provincia tenía su administración y su gobernador nombrado por el rey; comúnmente un señor del país. Para el conjunto de los Países Bajos se había creado un Consejo y un gobernador, con residencia en Bruselas.

Felipe II había nombrado gobernadora de los Países Bajos a su hermana Margarita de Parma, mujer muy alta y bigotuda, con voz de hombre y maneras bruscas, bastante querida porque su madre había nacido en el país. Felipe le había dado como principal ministro a un natural del Franco-Condado, Granvela al que había hecho arzobispo de Malinas. Era hombre hábil, que sabía siete lenguas y trabajaba mucho.

Los señores del consejo eran gentes del país. El más conocido, el conde de Egmont, era un cortesano elegante y notable capitán que se había distinguido en la guerra de Francia.

Los señores desconfiaban de Granvela porque era extranjero, y acabaron por enviar a Felipe una petición para que le relevara, Felipe, a la sazón ocupado en guerra con los musulmanes de África, no se atrevió a manifestarse claramente por temor a una sublevación y permaneció seis meses sin dar respuesta. Su hermana le rogó que fuera a los Países Bajos, pero Felipe temía el mareo y no quiso salir de España embarcado. Por último, Margarita se indispuso con Granvela y Felipe le mandó llamar, pero dejando a sus partidarios en el gobierno.

Lucha contra la Reforma en los Países Bajos[editar]

Capítulo 6 – Política de Felipe II
Lucha contra la Reforma en los Países Bajos

de Charles Seignobos



Había, desde hacía mucho tiempo, luteranos en las ciudades de los Países Bajos. Carlos V había creado un tribunal de la Inquisición y ordenado condenarlos a muerte, quemando en la hoguera a los hombres, enterrando vivas a las mujeres. En el reinado de Felipe II, los calvinistas llegaron a ser numerosos, sobre todo en las ciudades del territorio valón donde se hablaba francés. Empezaron a tener reuniones en las que se cantaban salmos en francés. Felipe dió orden de que fueran ejecutados.

Los jueces católicos del país no se oponían a perseguir a los herejes, pero les parecía cruel condenarlos a muerte. El gobernador de Hainaut decía: "¿En qué pasaje de la Sagrada Escritura se lee que los herejes hayan de ser castigados por el fuego o con pena capital? A los que se conviertan no hay que imponerles pena, y a los obstinados no hay que matarlos, porque pueden convertirse".

Un jurisconsulto belga observaba que los católicos de aquel país no querían asistir a los procesos de los herejes, "pareciéndoles cosa cruel condenar a un hombre por una opinión, aun cuando reprobada".

Parecían también los protestantes demasiado numerosos para poder exterminarlos a todos. Margarita escribió al rey: "Os he dicho ya que se exige para acabar con la herejía arrojar a la hoguera a 50 ó 60.000 personas, y que los gobernadores de las provincias no quieren permitirlo y nos presentan su dimisión".

Los señores enviaron al conde de Egmont a España para pedir al rey que suavizase los edictos contra los herejes. Felipe decía: "Preferiría sufrir mil muertes a soportar que se cambie nada en la religión". Pero, según su costumbre, hizo esperar mucho tiempo la respuesta. Por último, escribió que se aplicasen a la letra los edictos y que se destituyera a cualquier funcionario que los ejecutase con negligencia. Al mismo tiempo, se negó a relevar a los funcionarios extranjeros que regían los Países Bajos (1565).

Los nobles belgas se descontentaron mucho, se quejaban de que el rey no les daba puestos ni grados en el ejército. Tuvieron una gran asamblea y formaron una Junta para lograr que fuera abolida la Inquisición, sin dejar por eso de declararse fieles súbditos del rey. No había entonces ejército en los Países Bajos, y Margarita suplicó al rey que cediera.

Una tropa de 400 nobles armados entró a caballo en Bruselas. Llevaron a Margarita una petición para que suavizara los edictos. Luego celebraron un gran banquete. Al final uno de ellos, Brederode, joven noble arruinado hizo que le llevaran un zurrón, cogió una escudilla de madera llena de vino y la vació gritando: "¡Vivan los mendigos!". Los descontentos tomaron desde entonces el sobrenombre de mendigos, que pasó luego a los insurrectos de los Países Bajos [1].

Alentados los calvinistas se reunieron en el campo. En algunas ciudades la muchedumbre invadió las iglesias y destruyó las imágenes de la Virgen y de los santos. En Amberes fueron desgarrados los encajes de la Virgen y destruidos el órgano y la hostia.

Felipe, exasperado por aquellos sacrilegios, escribió: "No podía tener una pérdida que me causase más disgusto que la menor ofensa a Nuestro Señor y a sus imágenes". Un fraile, que había enviado a los Países Bajos para que le sirviera de espía, le escribió: "Para extirpar el mal, bastará matar 2000 hombres en todos los Países Bajos, si los que gobiernan cuidan de que el mal no retoñe, porque los otros huirán y tratarán de salvar la vida".

Felipe resolvió acabar con los descontentos. Para tranquilizarlos anunció que iba a suavizar los edictos y a conceder amnistía a los culpables. Era un engaño. Al mismo tiempo mandaba escribir un documento secreto. "Aun cuando autorice a la duquesa para conceder el perdón a todos los que están comprometidos en las turbulencias de los Países Bajos, declaro que no me considero comprometido, en modo alguno, por este documento. Esa autorización no la he dado libremente y tengo la firme resolución de castigar a todos los culpables". Encargó a su embajador en Roma que dijera al Papa: "El compromiso de suprimir la Inquisición es nulo, pero tengo interés en que la cosa permanezca secreta. Decid que el castigo de los herejes será el mismo, a pesar de la promesa de modificar los edictos. Antes de sufrir el menor cambio en la religión y el servicio de Dios, preferiría perder todos mis Estados y cien vidas, si las tuviera, porque no concibe mi mente ser señor de los herejes".

Un gran señor español, el duque de Alba, fué desde España a los Países Bajos con un ejército de los mejores soldados españoles, 9000 jinetes y 14000 infantes. No eran aventureros alistados para una campaña, como en los otros Estados se hacía, sino soldados de profesión, hidalgos la mayor parte, y que eran llamados, por sus oficiales, "Señores soldados". El puesto de soldado era como un grado que se tenía en propiedad. Cada soldado llevaba a campaña su mujer y su criado. Brantôme, que los vió pasar, los encontró armados con tanta riqueza que se les habría tomado "más bien por capitanes", y sus mejores tan adornadas que parecían "princesas".

Al llegar a los Países Bajos, los soldados fueron alojados en casa de los habitantes, y se establecieron como dueños, con sus mujeres, tomando todo lo que les convenía y haciéndose servir. Su general escribía: "Están tan acostumbrados al robo que no se toman el trabajo de ocultarse". Nadie intentó resistir y muchas gentes huyeron.

El duque de Alba mandó disponer horcas, y, para llevar las cosas más deprisa, creó un tribunal de doce miembros que había de juzgar sin tener en cuenta las leyes. Se llamó "Tribunal de las revueltas", pero fué apellidado "Tribunal de la Sangre". El duque se negó a poner en el individuos versados en el derecho, porque, decía: "no condenan sino en los casos en que hay pruebas". El duque solo firmaba todas las sentencias. Pero hacía que juzgasen tres españoles. Uno de ellos, Vargas, desterrado de España por un crimen, decía en su latín de cocina: "Heretici fraxerunt templa, boni nil facerunt contra, ergo debent omnes patibulare". A la Universidad de Lovaina, que se quejaba de que se había prendido a unos estudiantes a pesar de los privilegios, respondió: "Non curo vestros privilegios".

En todos los Países Bajos fueron presos a millares los sospechosos de haber tomado parte en las revueltas y los que intentaban huir. Dos grandes señores, los condes de Egmont y de Horne, fueron decapitados en la plaza pública de Bruselas. Varios miles de belgas perecieron decapitados, en la hoguera o ahorcados, y sus bienes sufrieron confiscación (1567-1568). Después de lo cual, el duque de Alba mandó publicar una amnistía de la que se exceptuaba a todos los "sospechosos de haber favorecido la herejía o sostenido a los descontentos" (1570). Habíase hecho tan odioso en Bélgica que nadie le saludaba. Por último, sin pedir el consentimiento de la Asamblea de los Estados, el duque de Alba ordenó cobrar un tributo sobre todas las ventas, Los comerciantes cerraron los establecimientos (1571).


  1. Margarita escribió a su hermano que no conocía el significado de la palabra. Se cree que la había empleado primeramente uno de sus adversarios, que había dicho a Margarita, viéndola pasar: "¿Qué, Madama, tendréis miedo de estos mendigos?"
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Sublevación de los Países Bajos

Sublevación de los Países Bajos[editar]

Capítulo 6 – Política de Felipe II
Sublevación de los Países Bajos

de Charles Seignobos



El duque de Alba se disponía a ahorcar, a las puertas de sus casas, a los comerciantes principales de Bruselas cuando se supo el alzamiento de los Países Bajos del Norte.

Uno de los principales señores era allí un alemán, Guillermo de Nassau, que por sucesión llegó a ser Príncipe de Orange. Había sido favorito de Carlos V, el cual le había casado con una rica heredera. Se había establecido en los Países Bajos y se había hecho popular por sus maneras dulces y afables. Era gobernador de las provincias de Holanda y de Zelanda cuando llegó el duque de Alba. Tuvo la precaución de retirarse a Alemania y sus bienes fueron confiscados.

Siendo príncipe soberano, Guillermo tenía derecho a hacer la guerra en nombre propio. Algunos nobles, escapados de Bélgica, habían armado navíos y se habían hecho corsarios. Capturaban los barcos españoles e iban a venderlos a Inglaterra y a la Rochela. A veces desembarcaban en las costas, degollaban a los sacerdotes y destruían a las iglesias. Dábanse el nombre de «mendigos del mar». El príncipe de Orange nombró almirante a su jefe y compartió con ellos el botín.

Los mendigos, cuando se les perseguía, se refugiaban en los puertos de Inglaterra. Felipe se quejó. La reina de Inglaterra tuvo miedo y prohibió a sus súbditos suministrar provisiones a los mendigos. Veinte navíos, obligados a dejar Douvres, salieron para Holanda. El viento los arrojó a las bocas del Mosa y abordaron delante de la pequeña ciudad de Brielle, en la que no había guarnición española. Los burgueses partidarios del príncipe de Orange les abrieron una puerta, los mendigos entraron y saquearon las iglesias y los conventos. Luego conservaron en su poder la ciudad y la pusieron en estado de defensa. El gobernador español llegó para recuperarla. Un carpintero, provisto de un hacha, fué nadando hasta una esclusa y la rompió. El mar inundó la comarca y los españoles se vieron obligados a retirarse.

Entonces los habitantes de las provincias de la costa se sublevaron. Se declaraban en rebeldía, no contra el rey, sino solamente contra el duque de Alba que había violado los derechos de su provincia. La Asamblea de los Estados se reunió, decidió alistar un ejército para la defensa del país y reconoció al príncipe de Orange. Guillermo tomó posesión del país, como si fuera todavía gobernador en nombre de Felipe II.

Los calvinistas de las provincias que hablaban francés pidieron auxilio a los protestantes franceses. Una banda de voluntarios franceses se apoderó de la ciudad de Mons (1572) y Coligny intentó decidir a Carlos IX a conquistar los Países Bajos; pero algún tiempo después fué degollado (la noche de San Bartolomé) y los sublevados del país valón fueron vencidos.

El ejército español invadió entonces las provincias del Norte, mal defendidas por las tropas del príncipe de Orange. Las ciudades no se atrevieron en un principio a resistir y se rindieron. En Zutphen los soldados españoles pasaron a cuchillo a los habitantes, incluso a las mujeres, diciendo que no estaban obligados a mantener una promesa hecha a herejes.

Los holandeses, viendo que no ganaban nada con rendirse, empezaron a resistir. La ciudad de Harlem dió el ejemplo. En ella habían entrado soldados valones, ingleses y alemanes que obligaron a los burgueses a defenderse. El sitio duró todo el invierno y se peleó encima del hielo. Gentes que se deslizaban por el hielo con patines llevaban víveres a los sitiados. Los españoles, acampados en tiendas, padecían mucho con el frío. Perecieron, dícese, 15.000 hombres. Los soldados españoles se negaban a hacer obras de atrincheramiento; no se habían alistado más que para combatir y consideraban indigno de hidalgos remover la tierra. Por último, al cabo de siete meses, los sitiados, que no tenían ya víveres, se rindieron. El duque de Alba mandó que los ataran por parejas y que los arrojaran al mar (1573).

El sitio de Harlem había demostrado que una ciudad podía resistir. Los soldados españoles, disgustados de aquella guerra y porque no percibían su sueldo, empezaban a no querer batirse, y se negaron a ir al asalto de una ciudad.

Todos en los Países Bajos, incluso los obispos, aconsejaban al rey que llamase al duque de Alba. Felipe, cansado de tantas dificultades, le llamó y envió en su lugar a un señor castellano de carácter suave, que abolió los impuestos y el Consejo de las revueltas. Pero los sublevados no se sometieron.

El ejército español fué a sitiar Leyden. Los habitantes resistieron cuatro meses. No les quedaban víveres y se decidieron a destruir los diques que resguardaban sus tierras. El mar inundó la campiña, los «mendigos de mar», en sus barcos, fueron a atacar a los sitiadores. El ejército español, sorprendido por las aguas, perdió mucha gente y levantó el sitio de Leyden. Los insurrectos fueron dueños de todos los Países Bajos del Norte (1574).

En las provincias del Sur, el general español había muerto, y los soldados, a los que no llegaban las pagas, se sublevaron (1576). Entraron en la rica ciudad de Amberes y la saquearon; luego eligieron ellos mismos una general. Entonces el Consejo hubo de inducir a las provincias a alistar tropas para defenderse. Los representantes de todas las provincias hicieron un tratado, la Pacificación de Gante (1576), con objeto de expulsar a las tropas españolas y restaurar los antiguos derechos de las provincias. Se esperaría el restablecimiento de la paz para arreglar la cuestión religiosa. Mientras tanto, los edictos contra los herejes quedarían en suspenso. Las provincias aliadas seguían reconociendo al rey de España. No se trataba todavía más que de combatir a los soldados españoles en sublevación.

Felipe II, no teniendo ya fuerzas bastantes para exterminar a los herejes, aparentó aceptar la Pacificación. Ordenó a los soldados extranjeros salir de los Países Bajos, y envió un nuevo gobernador, el príncipe Don Juan de Austria, hijo natural de Carlos V. Don Juan quería ir a Inglaterra para libertar a la reina María Estuardo y casarse con ella, pero no accedió a ello Felipe II. Don Juan, descontento, llamó a los soldados españoles y reconquistó una parte de los Países Bajos, pero fué atacado de una enfermedad reinante entre sus tropas y murió (1578).

Las provincias que se habían unido para resistir a los españoles se desunieron con motivo de la religión. En las provincias del Norte, los calvinistas habían asumido la dirección. Guillermo de Orange se había declarado calvinista (en 1575). En las ciudades se habían nombrado predicadores protestantes y establecido el culto calvinista. Todas las provincias del Sur, por el contrario, seguían siendo católicas, excepto Amberes y Gante, donde los refugiados y parte de los habitantes eran calvinistas.

Los señores católicos no querían obedecer al príncipe de Orange. Nombraron primeramente gobernador general a un príncipe alemán católico, Matías, hermano del emperador. Luego, como los defendía mal, mandaron llamar a un príncipe francés, el duque de Anjou, hermano del rey de Francia. Los católicos, apellidados "los Malcontentos", formaron una liga separada en Arras (que entonces formaba parte de los Países Bajos) y se comprometieron a mantener la religión católica. Las provincias calvinistas del Norte, a su vez, concertaron la Unión de Utrecht, en la que entraron, una por una, todas las ciudades del Norte y, en el Sur mismo, Gante y Amberes. Estas provincias formaron una Confederación perpetua y nombraron un gobierno dirigido por el príncipe de Orange (1579).

Felipe II, para desembarazarse de Guillermo, prometió al que le matase una gran suma de dinero, la nobleza y el perdón de todos los delitos que hubiera cometido (1580). Entonces las provincias del Norte se decidieron al fin a romper toda relación con Felipe II. La Asamblea de los Estados, reunida en La Haya (1581), declaró no reconocer ya al rey de España como príncipe y señor. Las provincias de Holanda y Zelanda dieron más tarde (1583) al príncipe de Orange el título de conde y le reconocieron como soberano.

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Conquista de Portugal

Conquista de Portugal[editar]



Por espacio de veinte años Felipe II había seguido una política de paz. Se había ocupado bastante en la defensa de sus Estados contra los corsarios turcos de África y en combatir a sus súbditos de los Países Bajos. No tenía dinero y sus ministros favoritos le inducían a evitar la guerra. En 1579 empezó a cambiar de política.

El rey de Portugal, D. Sebastián, había muerto peleando con los musulmanes en África (1578) y había tenido por sucesor a su tío Enrique, un cardenal viejo y enfermo que no iba a tardar en morir. Portugal era el único país ibero que había permanecido independiente. Poseía un gran imperio colonial, en África, en la India, en las islas de la Sonda, en el Brasil. Felipe decidió reclamar el reino de Portugal como heredero de su madre, una princesa portuguesa. Pero había otros herederos, una sobrina del último rey, Catalina de Braganza; un sobrino, D. Antonio. Felipe mandó entonces llamar al viejo cardenal Granvela y le nombró su primer ministro para preparar la conquista de Portugal (1579).


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Cuando murió el rey Enrique (enero de 1580), Felipe II mandó que su ejército entrase en Portugal; pero obró con tanta lentitud que dió a los portugueses tiempo para resistir. Proclamaron rey a D. Antonio, que fué sostenido por el pueblo de Lisboa y por los frailes, no atreviéndose los señores a resistir. El ejército español dispersó a los portugueses mal armados que custodiaban el puente de Alcántara. Entró a Lisboa, saqueo todos los arrabales y robó hasta las iglesias. El duque de Alba mandó ahorcar a muchos de sus soldados. «He colgado tantos merodeadores, escribía, que va a faltarme cuerda». Mandaba ahorcar a sus prisioneros portugueses, considerándolos rebeldes contra su rey legítimo. Había cogido italianos e ingleses, y escribió a Felipe: «Son demasiados para ahorcar», y proponía enviarlos a remar a las galeras. Felipe respondió: «Las galeras no son castigo suficiente. Se ha dicho ya que los súbditos de Su Majestad deben ser todos condenados a muerte, portugueses lo mismo que italianos». Felipe fué a Lisboa. Reunió las Cortes, ante las que apareció vestido a la portuguesa, e hizo que le prestaran juramento sus nuevos súbditos.

La conquista de Portugal hacía a Felipe II dueño de toda la península ibérica y reunía en un solo imperio colonial todas las colonias europeas de aquella época.

Intervención de Felipe II en Europa[editar]

Capítulo 6 – Política de Felipe II
Intervención de Felipe II en Europa

de Charles Seignobos



D. Antonio había huido a las islas Azores, habitadas por portugueses, y en ellas fué reconocido rey y continuó la guerra. Apoyole la reina Isabel de Inglaterra, y de Francia le fué enviada una flota. La reina madre, Catalina de Médicis, que pretendía tener derechos sobre Portugal, había dado el dinero. La flota francesa fué vencida, los prisioneros franceses fueron tratados como piratas, se decapitó a los que eran nobles, se ahorcó a los soldados y a los marineros.

Felipe II se encontró por esto frente a la reina de Inglaterra y al rey de Francia. Granvela le aconsejaba la declaración de guerra. Felipe no se decidió, pero empezó a apoyar a los enemigos de la reina de Inglaterra y del rey de Francia en sus reinos. Así comenzó a intervenir en los asuntos de Europa.

En los Países Bajos, había nombrado gobernador a un hábil general, el príncipe italiano Alejandro Farnesio, hijo de la «gobernadora» Margarita. Le permitió hacer que volvieran los soldados españoles y alistar tropas italianas (1582). Desde este momento el ejército español reconstituido rechazó a las tropas de los belgas rebeldes y recuperó poco a poco todas las comarcas del Sur.

A Francia, Felipe II envió, en calidad de embajador en París, a un señor belga, el conde de Tassia, que se puso de acuerdo con el duque de Guisa, enemigo de Enrique III.

En Inglaterra, Felipe II apoyó a los católicos ingleses que conspiraban para destronar a la reina Isabel y sustituirla por María Estuardo (véase Capítulo IX).

El duque de Anjou, a quien habían llamado los católicos belgas, era un príncipe frívolo y vanidoso. No se entendió con sus nuevos súbditos e intentó sorprender la ciudad de Amberes. Sus soldados entraron en ella y empezaron a saquear, pero los de la ciudad los rechazaron, rompieron las esclusas y el duque de Anjou se vió obligado a salir de Bélgica (1585).

Las provincias católicas de los Países Bajos, sintiéndose incapaces de resistir a los españoles, ofrecían a Enrique III reconocerle por rey. Enrique recibió a sus diputados, pero no osó decidirse. El ejército español reconquistó la mayor parte de los Países Bajos. En el Norte, Guillermo de Orange, después de haber escapado a cinco tentativas de asesinato, fué al fin muerto por un católico del Franco Condado (1584).

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Lucha contra la Reforma en Europa

Lucha contra la Reforma en Europa[editar]

Capítulo 6 – Política de Felipe II
Lucha contra la Reforma en Europa

de Charles Seignobos



Habiendo muerto el duque de Anjou (1584), el rey de Francia tenía por heredero a Enrique de Navarra, jefe del partido protestante francés. Felipe II había vacilado mucho antes de comprometerse en una guerra europea; pero se consideraba cabeza del partido católico, destinado a hacer triunfar la fe católica contra los herejes en los demás países de Europa. Se decidió a hacer francamente la guerra.

En Francia, el embajador español fué a avistarse secretamente con los príncipes de Guisa en sus tierras de Joinville. Por un tratado secreto (enero de 1585), Felipe II prometió a los Guisas darles 600.000 escudos de oro al año. Los Guisas se comprometieron a quitar del trono a cualquier príncipe hereje y a exterminar la herejía. El embajador español comunicó a su gobierno que el tratado serviría para mantener la guerra en Francia, de suerte que España tuviera tiempo de someter a los Países Bajos. El partido de la Liga, dirigido por el duque de Guisa, inició contra Enrique de Navarra una guerra civil que duró diez años. El Papa Sixto V, aliado de España, excomulgó a Enrique I y le declaró incapacitado para reinar.

En los Países Bajos, el ejército de Alejandro Farnesio acabó de conquistar todas las provincias del Sur. Amberes, donde se habían agotado los víveres, capítulo (1585). Los españoles empezaron el ataque a Holanda. Los calvinistas holandeses, desesperados, pidieron auxilio a la reina de Inglaterra y la reconocieron como soberana. Isabel, que no quería gastar dinero, consistió en enviar 6.000 hombres; pero los envió al mando de su favorito el conde de Leicester, joven señor vanidoso e incapaz que se puso a mal con los burgueses de las ciudades. Isabel le hizo volver a Inglaterra, luego le envió de nuevo a Holanda, pero recomendándole que decidiera a los holandeses a pedir la paz a España. Los holandeses no querían someterse. Leicester quiso obligarles a ello, y acabaron por expulsarle (1587).

En Inglaterra, Felipe II había esperado que los católicos le desembarazasen de Isabel, pero la conspiración fué descubierta y la reina se aprovechó para hacer condenar a María Estuardo. Felipe II se decidió al fin por la guerra. Preparó una flota de 130 navíos tripulados por 10.000 marineros y con 20.000 soldados. Se la denominó Armada Invencible. Debía ir a la costa de los Países Bajos, recoger un ejército de 30.000 hombres mandado por Alejandro Farnesio y trasportarle a Inglaterra. Isabel no tenía ejército para defenderse. Pero la Invencible, mal dirigida, fué atacada por las naves inglesas y dispersada, no volviendo siquiera la mitad (1588).

La destrucción de la Invencible hizo fracasar todos los proyectos de Felipe II. El gobierno protestante siguió siendo dueño de Inglaterra. El rey de Francia Enrique III se animó y ordenó el asesinato del duque de Guisa. Luego se alió con el rey de Navarra y juntos fueron a sitiar a los de la Liga en París. El asesinato de Enrique III obligó a los sitiadores a retirarse; pero Enrique de Navarra, ya Enrique IV, rey de Francia, continuó la guerra y otra vez puso sitio a París (1590).

Formación de las Provincias Unidas[editar]

Capítulo 6 – Política de Felipe II
Formación de las Provincias Unidas

de Charles Seignobos



Empezaba Alejandro Farnesio, con el ejército español de los Países Bajos, a reconquistar las provincias del Norte, cuando Felipe le ordenó pasar a Francia en socorro de los de la Liga sus aliados, a los que amenazaba Enrique IV. Alejandro Farnesio, llegó a obligar a Enrique a levantar el sitio de París, lo cual prolongó la guerra contra los de la Liga más de tres años. Pero en los Países Bajos, los insurrectos de las provincias del Norte aprovecharon la partida del ejército español para reconquistar el país.

Los holandeses nombraron gobernador a un primo de Guillermo de Orange, un joven príncipe de dieciocho años, Mauricio de Nassau. Frisia nombró gobernador a un príncipe de la misma familia, Guillermo. Dichas provincias tomaron a su servicio voluntarios, que llegaron a hacerse soldados de profesión. Como se les pagaba sueldo regularmente -lo cual no se hacía entonces en ningún país-, el ejército holandés vino a ser el mejor organizado de la época. Jamás fué muy bueno en la batalla; pero adquirió habilidad en el arte de los sitios. Guillermo estudió en los libros de la antigüedad el arte militar de los romanos y enseño a los soldados a hacer atrincheramientos a la manera romana.

Todas las plazas fuertes del Norte, que habían permanecido en poder de los españoles, fueron tomadas una tras otra. Luego los holandeses ocuparon el norte de las provincias católicas (Brabante y Limburgo). Los Países Bajos se encontraron entonces divididos en dos. -Las diez provincias del Sur siguieron siendo del rey de España, que las mantuvo dentro de la religión católica.- La siete provincias del Norte vinieron a ser Estados independientes, cuya población fué en gran mayoría protestante. Estaban unidas por una Confederación perpetua y se llamaban Provincias Unidas.

Las provincias del Sur habían sido siempre más populosas y mucho más ricas. Pero, cuando los españoles las hubieron reconquistado, los burgueses protestantes de las ciudades belgas emigraron y fueron a establecerse a Holanda. Introdujeron la industria pañera en Leyden, y las filaturas en Harlem. -Los barcos de la provincia de Zelanda interceptaron la entrada del Escalda y no permitieron que ningún barco arribase a Amberes.- Los comerciantes de Amberes se trasladaron a Amsterdam, que llegó a ser el puerto mercantil más importante del mar del Norte. Amberes, el gran puerto comercial de los Países Bajos en el siglo XVI, quedó abandonado. Bélgica fué arruinada y Holanda se hizo el país más rico de Europa.

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Ruina de Europa[editar]



Felipe II había logrado anexionar Portugal a las provincias españolas; pero fracasó en todos sus restantes proyectos. No pudo conquistar Inglaterra, ni exterminar a los calvinistas de Francia, ni reconquistar las Provincias Unidas.

Sus adversarios formaron una liga contra él. Tuvo que combatir a la vez con la reina de Inglaterra, con el nuevo rey de Francia Enrique IV, y con las Provincias Unidas. Los marinos ingleses vinieron a atacar los puertos de España. Una flota inglesa forzó la entrada del Guadalquivir, se apoderó de Sevilla, que era el gran puerto del comercio con América, saqueó la ciudad y la incendió (1596).

Felipe II, que ya no tenía recursos, se vió obligado a hacer la paz con Francia (1508). No conservó siquiera los Países Bajos católicos, pues los cedió a su hija Isabel que casó con un archiduque de Austria.

Aquellas guerras habían arruinado a España, Felipe II había perdido su renta principal, el tributo de los Países Bajos, y ya no podía pagar a los banqueros que le habían prestado dinero. No podía tampoco sostener sus ejércitos y defender sus posesiones.

Llegó a ser impopular, aun entre sus súbditos de Castilla, que durante mucho tiempo le habían admirado. Poco antes de morir, supo que muchos fieles, al confesarse, se acusaban de odiar al rey. «Bien está, respondió Felipe, que, puesto que sus lenguas andan sueltas, sus manos permanezcan atadas.» Mas tarde, los escritores españoles ensalzaron la gloria de aquel rey e hicieron popular su nombre. Pero la monarquía española no se rehizo jamás de su ruina.