Historia XIII (Versión para imprimir)

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Autor: Charles Seignobos

Restauración



Después de haber abdicado Ricardo Cromwell, los soldados, dueños del poder, llamaron a los miembros del Rump Parliament expulsados en 1653, y les confiaron el mando. Pero la Cámara se indispuso muy pronto con el Consejo de los oficiales, con motivo de los tributos consignados en la época de Cromwell para pagar a los soldados.

Había entonces dos ejércitos, uno al sur, cerca de Londres, el otro en Escocia. El general que mandaba en Escocia, Monk, era un oficial de carrera, indiferente a las cuestiones de religión. Todos los partidos le pidieron ayuda. Partió de Escocia con 2.000 jinetes y 5.000 infantes, y fué contra Londres manifestando que iba a asegurar la libertad del Parlamento. Tuvo de su parte a todos los ingleses, anglicanos o presbiterianos, igualmente irritados con el ejército y con los Independientes.

Los regimientos del sur se desbandaron sin luchar. Monk entró en Londres sin hallar resistencia y se puso de acuerdo con los realistas. Hizo que volvieran al Parlamento todos los miembros excluídos en 1648. Los presbiterianos estuvieron en mayoría. El Parlamento restaurado voto inmediatamente su propia disolución, y así acabó el Parlamento largo (1660).

Carlos II, que residía en Holanda, publicó entonces el manifiesto de Breda. Prometió pagar la soldada que se debía a las tropas y hacer que el Parlamento arreglara la amnistía y la libertad de conciencia para los disidentes.

Se eligió una asamblea que se llamó Convención, porque no podía ser convocado «Parlamento» regular sino por un rey. Los presbiterianos tuvieron la mayoría.

La Convención decidió restablecer al rey y la Cámara de los Lores, y llamó a Carlos II. Desembarcó en Douvres entró en Londres, recibido por una muchedumbre que lanzaba gritos de alegría.

El gobierno fue restaurado tal como estaba en 1641, después de la ejecución de Strafford. Se empezó por perseguir a los Independientes, enemigos de Carlos I y del Parlamento. Se exceptuó de la amnistía a los regicidas, es decir, a los jueces que habían decidido la muerte del rey. Trece fueron ejecutados. Se desenterraron los cadáveres de Cromwell y de su yerno, se colgaron de una horca y allí quedaron abandonados. Otros «regicidas» huyeron y murieron en el destierro.

El ejército fué licenciado, no se conservaron más que dos regimientos que vinieron a ser los guardias del rey (1666).

Luego la Convención fué disuelta y se eligió un Parlamento regular. Los realistas, partidarios de la Iglesia anglicana, tuvieron en él enorme mayoría. Se le apellidó Parlamento caballero (1661). Carlos II le encontró tan dócil que le conservó durante cerca de dieciocho años, sin hacer nuevas elecciones.

Los anglicanos, convertidos en dueños del poder, dedicáronse a su vez a perseguir a los presbiterianos, sus antiguos enemigos.

Para arrojar a los presbiterianos de la Cámara, una ley obligó a los miembros de las corporaciones municipales que elegían los diputados a comulgar en las formas de la iglesia anglicana y a renunciar al Covenant. De esta manera quedaron excluídos los electores presbiterianos.

Para arrojar a los presbiterianos de la Iglesia, se aprobó la ley de uniformidad (1662), que obligó a todos los eclesiásticos y a los maestros de escuela a firmar la declaración de que aceptaban toda la liturgia anglicana. Doscientos pastores próximamente prefirieron retirarse.

Por último, para impedir quee los presbiterianos tuvieran iglesias, aun costeándolas, una ley prohibió todo reunión religiosa «en desacuerdo con las prácticas de la Iglesia», y todo el que a ellas asistía era castigado con penas que podían llegar hasta la deportación.

Los dos partidos que habían hecho la revolución, los Independientes primero, los presbiterianos luego, fueron excluídos enteramente de la política y de la Iglesia.


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Carlos II

Carlos II



Era el rey muy alto, el pelo negro, hermoso y de maneras caballerosas, tenía afición a la caza, a las carreras de caballos, a la navegación. Le gustaba mandar construir y plantar. Le interesaban el teatro, los cuadros y hasta las ciencias. Le ocurrió asistir a disecciones, y tenía un laboratorio químico. No le gustaba emborracharse, ni jugar, lo cual era raro entonces. Tenía excelente memoria, y hablaba con facilidad, a veces con ingenio. Sabía bien el francés y el italiano. Pero no había aprendido nada regularmente y no se dedicaba a ningún trabajo seguido. Ante todo quería divertirse y no tener en qué pensar. Dejaba que resolvieran los asuntos sus consejeros y sus favoritos. No era duro y podía mostrarse afable, como era bueno para sus sabuesos, que tenía con él en su cámara, Pero no quería a nadie más que a sí propio, no creía en la honradez de los hombres ni de las mujeres, ni tenía el menor escrúpulo en mentir. Cuando los solicitantes le enojaban, intentaba desembarazarse de ellos, y, si no lo conseguía, prometía cuanto le era pedido y no cumplía nada.

En su juventud, Carlos había pasado cerca de dos años en Escocia, rodeado de pastores presbiterianos que le pronunciaban largos sermones y le impedían divertirse. Había guardado rencor a la religión presbiteriana. Dijo un día a uno de sus cortesanos: «El presbiterianismo no es religión para caballeros».

Carlos había vivido luego ocho años desterrado en los países católicos, en Francia, en Colonia, en Bélgica, y se había intentado convertirle al catolicismo. Una vez rey, casó con una princesa católica de Portugal. Por eso no experimentó, como sus súbditos ingleses, odio a la religión católica. No era afecto siquiera, como su padre, a la iglesia anglicana. Hubiera querido establecer en Inglaterra la tolerancia para el culto católico. Pero, como decía, «estaba decidido, ocurriera lo que ocurriera, a no empezar de nuevo sus viajes», es decir, a no correr el riesgo de una revolución.


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El gabinete

El gabinete



Carlos encontró al principio la situación fácil. La mayoría del Parlamento, por odio a la revolución, era devota del rey, Votó para él un impuesto, en forma de derechos de aduana, que había de percibirse durante todo su reinado. Este impuesto había de proporcionarle más dinero que su padre había tenido jamás, lo sufuciente para gobernar sin el Parlamento, si no gastaba mucho en sus placeres.

Como la gestión de los asuntos de gobierno le fastidiaba, Carlos dejó que gobernasen unos cuantos consejeros que reunía en su gabinete, y a esto se llamó el gabinete. Más tarde fué apellidado la Cabal (nombre formado con las iniciales de los cinco consejeros).

El más influyente fué en un principio el antiguo jefe del partido caballero en 1641, Hyde, al que dió el título de duque de Clarendon. Gobernó al principio del reinado. Su hija se había casado con el hermano del rey, heredero del trono.

Pero en pocos años Carlos y sus consejeros llegaron a irritar aun a sus propios partidarios. —Carlos vendió a Luis XIV la villa de Dunkerque, adquirida por Cromwell (1662).— Clarendon hizo la guerra a Holanda y fué necesario pedir sumas enormes al Parlamento (1665).

La peste penetró en Londres. En aquellas calles estrechas y sucias, el número de víctimas fué tan grande que no se lograba enterrarlas. Iban por las calles carros con un hombre que tocaba una campana y gritaba: «Sacad los muertos!»

El año 1666 estalló en Londres un incendio, y en tres días destruyó toda la ciudad antigua.

Carlos, que había creído iba a hacerse la paz con Holanda, desarmó sus barcos para emplear el dinero en placeres. La flota holandesa llegó de pronto, entró por el Támesis y quemó tres navíos de guerra ingleses (1667).

El Parlamento, irritado por aquellos desastres, la emprendió contra Clarendon. Acababa éste de indisponerse con la favorita de Carlos, negándose a darle dinero. Carlos no le apoyó, y dejó que la Cámara le acusase. Clarendon huyó a Francia (1667).


Conflictos religiosos y políticos



Carlos, que no tenía dinero suficiente para los gastos de su Corte, recurrió a Luis XIV. Su hermana Enriqueta, casada con el duque de Orleans, hermano de Luis XIV, negoció un tratado secreto en Douvres. Carlos prometió ayudar a Luis a hacer la guerra a Holanda, y se manifestó dispuesto a reconocerse católico en el momento que le pareciese favorable. Luis XIV se comprometió a darle 1.200.000 escudos al año durante la guerra, y le prometió un ejército para defenderle en Inglaterra contra sus súbditos cuando se hubiera declarado católico (1670). Aquel tratado permaneció secreto. Carlos, no atreviéndose todavía a declararse católico, ordenó hacer un tratado público de alianza con Luis XIV, en el cual no se hablaba de conversión (1671).

El Parlamento, dominado por los anglicanos, no quería conceder la libertad religiosa a los católicos de Inglaterra. Carlos pretendía que el rey tenía el derecho de dispensar leyes. En virtud de este derecho promulgó la Declaración de indulgencia, que dejaba en suspenso todas las penas impuestas a los católicos y a los disidentes (1672).

Irritado el Parlamento manifestó «que las leyes penales en materia eclesiástica no podían ser suspendidas sino por orden del Parlamento». Carlos cedió y retiró la Declaración. Los ingleses no conocían el tratado secreto hecho con Luis XIV, pero tuvieron la impresión de que su rey trabajaba para hacer a Inglaterra católica.

Carlos no tenía sucesión, y su hermano Jacobo, duque de York, que era su heredero, acababa de convertirse públicamente al catolicismo. El Parlamento votó entonces una ley que impedía al soberano dar cargos a los católicos. Todos los funcionarios, todos los diputados, antes de tomar posesión, debían firmar una declaración por escrito manifestando que no creían en la doctrina católica de la Eucaristía, y habían de comulgar en la forma de la Iglesia anglicana. Tal fué «el acta del Test» (prueba), que había de perdurar hasta 1827. Carlos la aceptó para obtener dinero del Parlamento. Su hermano Jacobo, que era almirante, presentó la dimisión.

Carlos intentó luego pasarse sin Parlamento. Pero, cuando ya no tuvo dinero, se reconcilió con él (1675) y tomó como ministro a Danby, que era jefe de la mayoría anglicana en la Cámara. Para tranquilizar a los protestantes, casó a la hija mayor de su hermano con el príncipe de Orange, jefe del partido protestante en Europa (1677). Luego consintió en hacer la guerra a Luis XIV (1678).

Hubo entonces viva irritación contra los católicos. Un aventurero católico convertido, Oates, aprovechó la ocasión para inventar lo que se llamó «el complot papista». Contó que los católicos ingleses se habían puesto de acuerdo con los extranjeros para hacer desembarcar un ejército francés y degollar a los protestantes. Se encontró asesinado en el campo al magistrado a quien había hecho esta denuncia, no se supo por quién. Se empezó a perseguir a los católicos, cinco fueron ejecutados y varios grandes señores fueron enviados a prisión.

Después de la paz, el primer ministro, Danby, fué acusado de haber pedido dinero a Luis XIV para permitir que el rey se pasase sin Parlamento. Carlos, para salvarle, disolvió el Parlamento, que ya tenía más de diecisiete años de existencia (1679).


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Formación de los partidos

Formación de los partidos



Carlos no tenía bastante dinero para gobernar sin el Parlamento, y le convocó (1679). Pero los electores creían la religión protestante amenazada y eligieron diputados en gran mayoría hostiles a los ministros.

El Parlamento, para evitar que el rey tuviera encarcelados a los que le estorbaban, votó primeramente una ley que ha conservado celebridad, el bill del habeas corpus. Toda persona detenida debía, en el término de las primeras veinticuatro horas, ser llevado ante un juez que resolvía su libertad o su encarcelamiento no definido.

La mayoría del Parlamento, no queriendo tener, después de la muerte de Carlos, un rey católico, intentó en seguida desembarazarse del hermano del rey, el duque de York. Presentó un proyecto de ley que excluía a Jacobo de la sucesión. Para impedir que se votase, Carlos disolvió el Parlamento.

Como el rey tenía necesidad de dinero, convocó otro Parlamento, en el que fué aún más fuerte la mayoría favorable a la exclusión del duque de York (1679). Carlos se desembarazó del Parlamento no reuniéndole. Se solicitó entonces del rey que reuniese el Parlamento. Pero la mayor parte de los anglicanos no admitían que en ningún caso se pudiera privar de su derecho al heredero legítimo, y presentaron peticiones en que expresaban «su horror» a los que querían violentar al rey.

Los ingleses se dividieron en dos partidos: —los «peticionarios», que querían que el Parlamento se reuniese para excluir al heredero católico; —los abhorrers, que no querían modificar la sucesión. Cada uno de los dos partidos recibió de sus adversarios un apodo que aceptó. Los adversarios de Jacobo fueron apellidados whigs, del nombre de los sublevados presbiterianos de Escocia; los otros fueron llamados tories, del nombre de los bandidos católicos de Irlanda. Así empezó la división en «partido whig» y «partido tory», que ha perdurado hasta el siglo XIX.

Carlos acabó por reunir el Parlamento (1680). La Cámara de los Comunes aprobó la ley de exclusión. Pero la de los Lores la rechazó, y Carlos se desembarazó otra vez de la Cámara disolviendo el Parlamento (1681).

Convocó un tercer Parlamento en Oxford, y esta vez los diputados se presentaron con armas. La mayoría quiso hacer reconocer por heredero al duque de Mommouth, hijo natural de Carlos II. El Parlamento fué otra vez disuelto al cabo de una semana (1681).


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La reacción absolutista

La reacción absolutista



Carlos, que había recibido dinero de Luis XIV, gobernó sin Parlamento hasta su muerte. Tenía a la sazón un pequeño ejército, nadie podía ya resistírsele. Se desembarazó de sus adversarios mediante un régimen de terror. Hizo que los tribunales los condenasen, eligiendo jurados en el partido tory. El jefe del partido whig, Shaftesbury, se libró huyendo de Inglaterra. En las ciudades que habían elegido diputados whigs, se cambiaron las listas de los electores.

Algunos republicanos tramaron una conspiración para prender al rey y a su hermano (1683). El rey aprovechó esta circunstancia para hacer condenar y ejecutar a los jefes de la oposición, Russel y Sidney.

Carlos murió (1685), habiendo recibido los sacrmentos de la Iglesia católica.

El hermano de Carlos II, Jacobo II, le sucedió sin dificultad. Se había declarado católico y se había casado en segundas nupcias con una princesa católica italiana. Deseaba restablecer la religión católica en Inglaterra, y, mientras esto ocurría, conceder a los católicos la libertad de su culto. —En la ceremonia de la coronación tuvo necesidad, según la costumbre, de jurar que había de defender la Iglesia anglicana. Pero mandó abrir las puertas de la capilla católica de la reina y asistió a la misa.- Fué, según costumbre, coronado por un obispo anglicano, pero se observó que abreviaba la ceremonia todo lo posible.

La situación de Jacobo fué fácil al principio. Todos sus adversarios habían quedado aniquilados, nadie se atrevía a oponérsele. El Parlamento elegido a su advenimiento (1685), se compuso, como el de 1661, únicamente de tories, partidarios de la Iglesia anglicana y muy bien dispuestos para con el rey. Aprobó un impuesto que daba a éste dinero suficiente para no necesitar reunir el Parlamento en lo sucesivo.

El duque de Mommouth, hijo de Carlos II, a quien los whigs habían querido reconocer por soberano, desembarcó en el oeste de Inglaterra y se declaró soberano legítimo. Tuvo de su parte a los disidentes, que le apoyaron por no querer un monarca católico. Pero sólo los aldeanos tomaron las armas, ningún noble quiso seguirle. Jacobo envió contra él 4.000 soldados. Los rebeldes, que no tenían el menor hábito guerrero, fueron dispersados. Mommouth fué hecho prisionero y ejecutado (1685).

Los prisioneros hechos en aquella guerra fueron ahorcados. Se prendió a los partidarios de Mommouth y se les llevó a los tribunales. El gran juez, Jeffreys, hizo un viaje al oeste para dirigir aquellas causas, y se hizo famoso por su crueldad. En una sola ciudad, Dorchester, se ahorcó a 74. Una vieja señora de setenta y cuatro años fué condenada a la hoguera por haber recibido en su casa a los fugitivos. Cuando el jurado no quería condenar a un acusado, Jeffreys insultaba a los que le componían para obligarlos. Con frecuencia estaba borracho y se divertía burlándose de los procesados. Aquel viaje se denominó las audiencias de sangre. Trescientos veinte fueron sentenciados a pena capital, 840 deportados a las Antillas y vendidos como esclavos. Jacobo recompensó a Jeffreys nombrándole Canciller.

Jacobo conservó el ejército alistado contra Mommouth y nombró oficiales a varios católicos, a pesar de la ley inglesa. Despidió a sus ministros protestantes y se rodeó de consejeros católicos.

El rey seguía los consejos de su nuevo confesor, un jesuíta. Nombró católicos profesores de las Universidades, en contra de la ley. Mandó abrir en su palacio una capilla en que predicaba un padre jesuíta, e intentó convertir a los señores de su Corte.

Luis XIV acababa de prohibir en Francia el culto protestante. Los protestantes de Inglaterra, incluso los tories, empezaron a inquietarse. Apoyaban a Jacobo II porque era el rey legítimo, pero no querían que Inglaterra llegara a ser católica. Los mismos católicos ingleses, y el Papa, juzgaban imprudente a Jacobo.

Por último el rey, sin consultar al Parlamento, promulgó una Declaración de indulgencia semejante a la de 1672. Suspendió todas las leyes dictadas contra los católicos y los protestantes disidentes, y les permitió celebrar su culto (abril de 1687). El Parlamento protestó y fué disuelto.

Jacobo intentó hacer elegir diputados favorables a su proyecto. Pero los nobles ingleses no querían dejar establecer la tolerancia para la religión católica. Les parecía un medio de preparar la restauración del catolicismo en Inglaterra. Jacobo vió que no podría lograr la elección de sus candidatos, y renunció a convocar el Parlamento.

Promulgó una segunda Declaración de indulgencia (1688). Aquella vez ordenó leerla en las iglesias dos domingos seguidos. La mayor parte de los pastores se negaron, y siete obispos presentaron al rey una petición excusando a su clero. Jacobo los mandó prender y perseguir por «libelo sedicioso», aun cuando su petición no hubiera sido publicada. La muchedumbre, reunida en las calles de Londres, los aclamó. Jacobo mantenía entonces Un pequeño ejército e iba con frecuencia a pasarle revista. Al llegar al campamento, oyó a los soldados lanzar gritos de alegría: «Qué pasa?», preguntó. — «No es nada, le dijeron, son los soldados que están contentos de la absolución de los obispos» - «¿A eso decís nada?», dijo, y añadió: «¡Tanto peor para ellos!»


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Revolución de 1688

Revolución de 1688



Jacobo estaba en desacuerdo con la gran mayoría de sus súbditos, pero no tenían los ingleses medio alguno de resistir a la voluntad del rey. El clero mismo anglicano enseñaba que los súbditos no deben, en ningún caso, rebelarse contra su príncipe.

Jacobo no tenía más sucesión que dos niñas habidas con su primera mujer, que era hija del ministro Clarendon. Eran protestantes, y los ingleses confiaban que la tentativa de restablecer el catolicismo acabaría con la vida de Jacobo II. Pero, en junio de 1688, la reina dió a luz un hijo. Iba a ser criado en la religión católica, ya no quedaba esperanza a los protestantes.

Entonces los señores ingleses del partido tory se pusieron de acuerdo con sus adversarios whigs para desembarazarse de Jacobo II, Enviaron a decir a Guillermo de Orange, marido de la hija mayor de Jacobo, que, si desembarcaba en Inglaterra con un ejército, se declararían francamente en su favor.

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Guillermo tenía un ejército dispuesto en Holanda. Dudó primeramente en partir, porque Luis XIV tenía grandes fuerzas cerca de la frontera de los Países Bajos, y se creía que los dos reyes estaban aliados. Luis XIV advirtió a Jacobo de los proyectos de Guillermo, y hasta le ofreció tropas. Pero Jacobo quería permanecer independiente de Luis XIV y mantener en paz a Inglaterra. Respondió que él podía defenderse, y Luis XIV, entonces, envió su ejército a invadir Alemania.

Guillermo, libre del temor de una invasión francesa, desembarcó en Inglaterra con un ejército holandés de 14.000 hombres. Publicó una declaración diciendo «que llamado por los señores y los municipios de Inglaterra, venía, en calidad de heredero de la corona, a conservar las leyes y la religión del país». Fué hacia Londres. Los nobles ingleses, al pasar, se unieron a su ejército.

Jacobo fué en busca de sus tropas para combatir a Guillermo, pero varios de sus oficiales le abandonaron. Su segunda hija huyó también. Jacobo, desalentado, volvió a Londres, propuso a Guillermo una tregua y envió a su mujer y a su hijo a Francia. El mismo salió de la capital, y, al ir por el Támesis, echó al agua el gran sello del reino, sin el que ningún acto de gobierno podía ser promulgado regularmente, y fué a embarcarse (11 de diciembre de 1688).

En Londres, la multitud, armada con palos, sables y lanzas, en las ropas cintas de color naranja, corría las calles gritando: «Abajo los papistas!» Demolió las capillas católicas, amontonó los bancos, los confesionarios y los breviarios, y con todo hizo hogueras.

Jacobo, en el momento de embarcar, fué detenido por unos pescadores que le tomaban por un jesuíta. Se le puso en libertad y volvió a Londres. Pero los soldados de Guillermo llegaban. Fué preso otra vez, y Guillermo, de intento, le dejó escapar. Se refugió en Francia, donde Luis XIV le recibió como soberano.

Guillermo hizo elegir un Parlamento, que se llamó Convención porque no estaba convocado por un rey. La mayoría, en la Cámara de los Comunes, estuvo formada por whigs, adversarios de Jacobo. Pero los Lores no querían reconocer que un Parlamento tuviera derecho a deponer un rey. Hubo acuerdo para admitir que Jacobo, al huir, había abdicado, y que el trono estaba vacante. El hijo de Jacobo fué desechado, se aparentó creer que era un hijo supuesto. La heredera era por tanto la hija mayor de Jacobo, María, y se propuso hacerla reina. Pero Guillermo declaró que no estaba dispuesto a ser «el ayudante de su mujer». Se decidió que Guillermo y María serían reconocidos «soberanos conjuntos» y que Guillermo gobernaría solo (febrero de 1689). Se redactó una Declaración que fué leída solemnemente en la sala del banquete, en presencia de los grandes señores. Guillermo y María manifestaron que la aceptaban.

La Declaración de derechos de 1689 enumera los actos, reprochados a Jacobo II, que un rey de Inglaterra no tiene derecho a realizar: imponer tributo, mantener un ejército, variar la religión, dictar leyes. Recuerda los derechos que pertenecen a los ingleses y que el rey no debe quitarles: derecho de elección libre, derecho de ser juzgados por los tribunales. Para impedir que el rey cometa en el porvenir abusos, «el Parlamento debe reunirse con frecuencia». Todos los derechos que se enumeran en esta declaración son proclamados «los verdaderos, antiguos e indubitables derechos y libertades del pueblo de este reino». Todo rey o reina, antes de asumir el poder, deberá prestar juramento de respetarlos.

La Revolución de 1688 no destruyó el gobierno del rey como la de 1648. Hacía solamente imposible que el rey gobernase sin Parlamento, como Carlos I, o que intentase cambiar la religión, como Jacobo II.


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Guillermo III

Guillermo III



La revolución se había hecho en Inglaterra sin guerra civil. Pero Guillermo III estaba comprometido en una guerra con Luis XIV, y Francia apoyó a Jacobo II. Los católicos le permanecieron fieles, y se negaron a reconocer a Guillermo. La guerra comenzó en Escocia y en Irlanda.

En Escocia, los montañeses católicos habían tomado partido por Jacobo e ido contra los protestantes que habían reconocido a Guillermo. Atacaron al pequeño ejército de Guillermo y le pusieron en fuga (1689). Pero su general fué muerto y se volvieron a sus montañas. El gobierno distribuyó dinero entre los jefes de clanes, que se sometieron uno a uno.

Una flota francesa llevó a Jacobo con un pequeño ejército francés a Irlanda. Los irlandeses católicos le recibieron y le proclamaron rey de Irlanda (1689). No quedaron en la isla en poder de los ingleses más que algunas ciudades fortificadas, que defendían los protestantes. La guerra duró cerca de dos años.

Por ultimo, Guillermo en persona fué a Irlanda con un ejército inglés. Jacobo II intentó detenerle en el riachuelo Boyne, cerca de Dublín. Cada uno de los dos ejércitos estaba compuesto, en parte, de franceses. Jacobo tenía una tropa enviada por Luis XIV, Guillermo tenía emigrados hugonotes, que mandaba un francés, el viejo mariscal Schomberg. El ejército de Guillermo atravesó el río y atacó. El irlandés, que formaban sobre todo aldeanos, se desbandó. Sólo los franceses resistieron (1690). La batalla del Boyne decidió la guerra, el ejército de Guillermo sometió toda Irlanda, y Jacobo se refugió otra vez en Francia.

Un Parlamento protestante, reunido en Dublín, dictó leyes contra los católicos. —Se desterraba de Irlanda a todos los sacerdotes católicos, y el que volviese debía ser condenado a muerte.— Cuando moría un propietario católico, la herencia debía darse a aquel de sus hijos que se hiciera protestante. No quedaron en Irlanda más católicos que los campesinos, y todos los propietarios fueron ingleses o escoceses.

Guillermo III habría querido establecer en Inglaterra la tolerancia para todas las sectas protestantes. Pero el Parlamento mantuvo la obligación de asistir al servicio de la Iglesia anglicana. Se limitó a aprobar una ley que eximía a los miembros de ciertas sectas protestantes de las penas en que incurrían por haber asistido a otro culto.

Todos los eclesiásticos de la Iglesia anglicana hubieron de jurar fidelidad a los nuevos soberanos. Siete obispos se negaron a hacerlo y fueron destituídos y reemplazados por prelados partidarios de la revolución y de la tolerancia.


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Transformación del Gobierno

Transformación del Gobierno



Guillermo tenía necesidad de mucho dinero para sus guerras, y lo pidió al Parlamento. La Cámara no votó ya los subsidios más que para un año, lo cual obligó a Guillermo a reunir el Parlamento anualmente y a darle más parte en el poder.

El rey seguía designando a su voluntad los miembros del Consejo, y gobernaba todavía con sus ministros favoritos reunidos en gabinete. Guillermo había empezado por tomar a la vez hombres de los dos partidos en pugna, whigs y tories. Pero aquellos ministros se combatían los unos a los otros. En la Cámara, los tories desconfiaban de Guillermo. Tenía favoritos holandeses y oficiales franceses emigrados. Se le censuraba el rodearse de extranjeros y gastar demasiado dinero en una guerra que no interesaba a Inglaterra. Le costaba trabajo que la Cámara votase fondos.

Había entonces en Inglaterra un viejo ministro bastante menospreciado, Sunderland. En tiempo de Jacobo II se había hecho católico para hacer la corte al rey. Aconsejó a Guillermo que tomase todos sus ministros en el mismo partido, y en el que estaba más dispuesto a concederle dinero. Guillermo alejó poco a poco a los tories y no conservó más que ministros whigs.

Aquellos ministros eran miembros del Parlamento, podían, por tanto, en calidad de diputados o de lores, ir a la Cámara de que eran miembros, y decidir a sus colegas del partido whig a votar lo que ellos les pedían. Así empezó el gobierno de un partido.

El impuesto no daba ya bastante dinero para los gastos de la guerra, y se allegó por el empréstitos El primero fué de un millón de libras esterlinas (25 millones de pesetas) en 1692. De esta suerte se creó una deuda que creció rápidamente. Los acreedores fueron sobre todo burgueses ricos de las grandes ciudades. Se interesaron en la victoria de Guillermo, porque la restauración de los Estuardos habría producido la bancarrota.

El año 1694 se emitió un empréstito de 1.200.000 libras (30 millones de pesetas). Para facilitarle, los que acudieron a él se constituyeron en una Compañía, a la que el rey autorizo para fundar un Banco. Así se creó el Banco de Inglaterra. Emitía billetes de banco, recibía a cambio el dinero de los particulares y podía prestarlo al Estado.

Los acreedores del Estado y los accionistas del Banco formaron una clase nueva de capitalistas, interesada en el triunfo de Guillermo. Sostuvo al partido whig —en oposición a la nobleza campesina, que siguió afecta a los Estuardos y al partido tory.

Pero, después de la paz (1697), Guillermo se encontró en situación difícil. La mayor parte de los ingleses no querían guerra ni ejército. Eligieron una fuerte mayoría tory. La Cámara de los Comunes quería obligar a Guillermo a licenciar sus tropas holandesas y a despedir a sus ministros whigs. Como se negase, llevó a la barra a los ministros.


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La sucesión protestante

La sucesión protestante



Todos los partidos se reconciliaron para tomar medidas contra un peligro que amenazaba a todos. La reina María había muerto sin sucesión (1694), después de Guillermo la corona debía ir a parar a la hermana de María, Ana, casada con un príncipe de Dinamarca, y después de ella a su hijo. Aquel hijo acababa de morir, y ya no quedaba ningún heredero protestante. Después de Ana, la corona habría vuelto a su hermano, el hijo de Jacobo II, que era católico.

Para que no hubiera rey católico, el Parlamento aprobó una ley denominada «acta de establecimiento» (1701). El acta exigía que todo rey de Inglaterra profesase en la Iglesia anglicana. La corona, después de Ana, había de pasar al más próximo heredero protestante, Sofía, descendiente de Jacobo I, casada con el príncipe de Hanover. La familia de Hanover debía sustituir a la de los Estuardos. Así se estableció en Inglaterra la regla de sucesión protestante, que subsiste todavía.

Habiendo muerto Guillermo de pronto (1702), el trono pasó a la reina Ana, que era muy afecta a la Iglesia anglicana y estaba empeñada en elegir los ministros a su gusto. No quería a los disidentes ni a los whigs, prefería a los tories, y empezó eligiendo ministros en este partido.

Pero Ana tenía por íntima amiga a su dama de honor, Sara, casada con un general, Marlborough, y se dejaba guiar por ella. Marlborough quería sobre todo la guerra. Se puso de acuerdo con los whigs, que consentían en votar dinero para el ejército, y su mujer convenció poco a poco a la reina para que tomase ministros whigs. Los de este partido gobernaron hasta el momento en que Ana se incomodó con su amiga Sara.


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El Reino Unido

El Reino Unido



El acta de 1701 no concernía más que al reino de Inglaterra y a Irlanda, el reino de Escocia había quedado fuera. Los escoceses quedaban en libertad, después de la muerte de Ana, de elegir soberano distinto al rey de Inglaterra. Si Escocia hubiera considerado como rey legítimo a Jacobo Estuardo, aliado del rey de Francia, Inglaterra se encontraba expuesta, como en otro tiempo, a guerras en la Gran Bretaña.

El Parlamento de Escocia, descontento del gobierno inglés, votó un acta declarando que, después de la muerte de la reina, los escoceses la elegirían un sucesor que no sería el rey de Inglaterra —a menos que el gobierno inglés adoptase medidas para «asegurar el comercio, la religión, la libertad de la nación escocesa» (1704).

Los ingleses inquietos se decidieron a hacer un sacrificio: propusieron a los escoceses concederles los mismos derechos comerciales que tenían los ingleses, a condición de que los escoceses renunciasen a su independencia nacional. Escocia era entonces un país muy pobre, los escoceses tenían interés en poder traficar en Inglaterra y en las colonias inglesas. Se llegó a un acuerdo, y los dos Parlamentos de Inglaterra y de Escocia votaron el acta de Unión (1708).

Escocia conservó sus leyes, conservó también su Iglesia presbiteriana, que siguió siendo la Iglesia del Estado. Pero dejó de ser reino. Fué fusionada con Inglaterra en uno solo que se llamó Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda.

Ya no hubo más que un rey y un Parlamento. Escocia estaba representada por 45 diputados (de 513) en la Cámara de los Comunes, y por 16 miembros en la de los Lores. —Los dos pueblos debían tener la misma moneda y los mismos privilegios comerciales.

Los escoceses eran adversarios de los anglicanos, entraron en el partido whig y le reforzaron. Proporcionaron gran número de colonos, y llevaron su religión presbiteriana a las colonias inglesas.