Historia XII (Versión para imprimir)

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Autor: Charles Seignobos

Jacobo I



Con la muerte de Isabel se había extinguido la dinastía de los Tudores, que reinaba en Inglaterra desde 1485. El reino de Inglaterra pasó a manos del pariente más próximo por la línea femenina, el hijo de María Estuardo, Jacobo VI, rey de Escocia, que vino a ser Jacobo I de Inglaterra (1603). Con él empezó en Inglaterra la dinastía de los Estuardos.

Jacobo, educado en Escocia por teólogos calvinistas, se interesaba por la teología, y hasta había escrito libros acerca de estas cuestiones. Tenía idea elevada del poder del rey, que consideraba como representante de Dios en la tierra. «Los reyes, decían, han recibido de Dios la misión de gobernar, y los súbditos deben obedecerlos, y en ningún caso hacerles resistencia.

El rey es señor superior de todo el país, es dueño de todos los que le habitan, y tiene sobre cada uno de ellos derecho de vida y muerte. —El rey está por encima de la ley, tiene el derecho de suspender la ley por causas de él solamente conocidas.»

Jacobo había conservado rencor a los pastores presbiterianos que le habían vigilado cuando era niñ. Detestaba a los pastores «que se ocupaban de asuntos del Estado y se erigían en tribunos del pueblo contra la autoridad del rey». Deseaba vivamente que los pastores se sujetasen a la autoridad de los obispos, que le parecían los auxiliares necesarios del rey. «Sin obispos no hay reyes», decía.

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Partió de Escocia para ir a instalarse a Inglaterra. En el camino, para probar su autoridad, dió orden de ahorcar, sin formación de juicio, a un ladrón. Jacobo no agradó a sus súbditos ingleses, creían que le faltaba dignidad. Hablaba mucho del respeto debido a su autoridad divina, pero tenía accesos de cólera durante los cuales no sabía bien lo que decía (contábase que insultaba entonces). Creíase que hablaba demasiado. —Amaba la paz y decía cifrar su gloria en ser «artífice de la paz»; pero se sabía que no era valiente, y hasta se decía que no podía ver una espada sin echarse a temblar. —Quería que se respetase su autoridad, pero él no sabía ejercerla. No le gustaba ocuparse de los negocios y dejaba que en su lugar gobernasen sus consejeros.

Llegado de Escocia, que era entonces un país muy pobre, Jacobo se figuraba, al ser rey de Inglaterra, encontrar un tesoro inagotable. Había llevado consigo escoceses pobres que trataban de enriquecerse. Dió a su favorito principal, un joven paje escocés, numerosas tierras, y le hizo uno de los principales señores de Inglaterra. Los ingleses y los escoceses formaban entonces dos pueblos distintos, y los súbditos ingleses de Jacobo se irritaron por aquellos favores concedidos a extranjeros.

Jacobo pasaba una parte del tiempo cazando y bebiendo. Verdad es que aguantaba muy bien la bebida, pero ocurría a veces que sus compañeros se emborrachaban. Como un día su cuñado, el rey de Dinamarca, hubiera ido a visitarle, las damas de la Corte, que debían representar una comedia, se sintieron demasiado ebrias para poder acertar en sus papeles. Los ingleses juzgaban que aquella Corte no se portaba como era debido, que en ella se gastaba demasiado, que se hacía demasiado ruido, y que el lenguaje que el mismo rey hablaba era grosero. Pronto fué Jacobo impopular en Inglaterra, donde encontró dos clases de resistencias, religiosa y política.


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Conflictos con los puritanos

Conflictos con los puritanos



La Iglesia de Inglaterra, desde los tiempos de Isabel, era obligatoria. Todos los ingleses debían asistir al culto y obedecer a los pastores y a los obispos. Se habían establecido penas contra los protestantes que se negaban a asistir al culto anglicano. Se les llamaba disidentes, o no-conformistas, porque no querían «conformarse» a los reglamentos de la Iglesia. Se les llamó también puritanos, porque querían, decían ellos, «purificar» la religión.

Los puritanos no se negaban a conformarse sino en cuestiones de forma. No querían que el pastor llevase sobrepelliz, ni que hubiera que arrodillarse para tomar la comunión, ni que la mesa de comunión fuera colocada al oriente como un altar. Todas estas formas católicas les parecían «idolatría». Protestaban también del poder de los obispos sobre los pastores, pedían una organización presbiteriana como en Escocia (véase capítulo V).

Ya a su advenimiento, Jacobo recibió una petición firmada por gran número de pastores disidentes (un millar, se decía). Fué llamada la «petición milenaria». Tuvo una conferencia con sus delegados, y se discutió durante dos días. En la discusión uno de ello pronunció las palabras «el obispo con su presbytery» (consejo de los ancianos). Jacobo no podía soportar a los presbiterianos, tuvo un acceso de cólera y puso a los delegados a la puerta, gritando: «El presbytery escocés concuerda con la monarquía como Dios con el diablo». Luego añadió. «Si es todo lo que tienen que decirme, les haré conformarse o los expulsaré».

Poco tiempo después, mandó redactar una declaración, que todos los eclesiásticos ingleses debían firmar so pena de ser destituídos. Dos mil, dícese, se negaron y hubieron de dejar el puesto.


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Lucha contra los católicos

Lucha contra los católicos



En tiempo de Isabel se habían dictado leyes que ordenaban condenar a los católicos a multa o a prisión. Se les llamaba recusantes papistas, porque se negaban a asistir al servicio de la Iglesia y porque obedecían al Papa. Jacobo habría querido que aquellas penas fueran abolidas. Trató con el Papa, y hasta se creyó en Roma que Jacobo iba a convertirse. En Inglaterra dejaron de cobrarse las multas impuestas a los católicos.

Pero el número de católicos aumentó tan rápidamente que Jacobo tuvo miedo. Ordenó aplicar las leyes y expulsó a los sacerdotes que había dejado entrar en Inglaterra.

Algunos católicos tramaron entonces un complot, cuyo objeto no ha sido nunca conocido exactamente, y que se llamó la conspiración de la pólvora. Se dijo que los conjurados habían preparado una mina bajo el salón del palacio del Parlamento, y que se preparaban a hacer saltar al rey y a los lores cuando fueron descubiertos (1605). La noticia exasperó al Parlamento. Se dictaron nuevas leyes contra los católicos, a los que se prohibió presentarse en la Corte y aun acercarse a Londres.


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Conflictos con el Parlamento

Conflictos con el Parlamento



El Parlamento inglés había permanecido compuesto como en la Edad Media. La Cámara de los Lores, que los señores formaban, era más alta en dignidad. Pero la Cámara de los Comunes empezaba a ser la más importante. Los diputados de las ciudades y de los burgos, que de ella formaban la gran mayoría, no eran burgueses, sino casi todos gentiles-hombres, propietarios de muchas tierras.

Tenían miedo de una restauración católica, y querían que se adoptasen medidas para impedir a los católicos hacerse poderosos. Sin ser ellos disidentes, consideraban a los no-conformistas como buenos protestantes, y no querían dejar que se les persiguiera. Desconfiaban de los favoritos de Jacobo y estaban descontentos de los gastos de la Corte. Pero el Parlamento no era dueño del gobierno. El rey lo convocaba cuando le placía, podía en todo momento aplazar su reunión y aun disolverlo. Durante todo su reinado, Jacobo no hizo elegir más que cuatro Parlamentos (1604, 1614, 1621, 1624), y transcurrieron quince años durante los cuales no se celebró ninguna sesión. Jacobo gobernó la mayor parte del tiempo sin Parlamento.

El rey gastaba mucho, sus recursos ordinarios no le bastaban. Cuando tenía necesidad de dinero lo pedía al Parlamento, al que nunca reunía más que para este menester. La Cámara de los Comunes era la única que tenía el derecho de votar los impuestos. Antes de hacerlo pedía al rey que retirase sus medidas contra los disidentes, y se quejaba del Gobierno y de sus ministros.

En 1611, Jacobo dijo con cólera que no quería «tener paciencia de asno y aceptar un subsidio sazonado con tantas cosas desagradables», y declaró disuelto el Parlamento que se había elegido en 1604.

El segundo Parlamento, elegido en 1614, fué disuelto el mismo año porque pidió al rey que restaurara en sus puestos a los eclesiásticos puritanos expulsados como disidentes.

Luego Jacobo tomó como favorito a un lindo joven, Villiers, buen bailarín y elegante caballero. Le dió muchas tierras, le hizo duque de Buckingham y le nombró almirante. Buckingham fué quien gobernó el reino. Se le hacía la corte como a un rey, y se conducía de una manera tan insolente que fué generalmente detestado.

Entonces empezó en Alemania la guerra de Treinta Años. El jefe del partido protestante, el Elector palatino Federico, se había casado con la hija de Jacobo I. Fué vencido e invadido su territorio por las tropas de los príncipes católicos. Jacobo convocó el Parlamento (1621). La Cámara de los Comunes estaba muy dispuesta a votar fondos que permitieran al rey sostener a su yerno, y aun quería que hiciese la guerra para defender a los protestantes de Alemania. Pero Jacobo no se decidió a romper con las Potencias católicas, porque deseaba casar a su hijo con una princesa española.

La Cámara acabó por presentar al rey una petición rogándole que «empuñase la espada» para ayudar a los protestantes extranjeros, que casase a su hijo con una protestante y que hiciese enseñar a los hijos de los católicos por maestros protestantes. Jacobo, furioso, prohibió a la Cámara mezclarse en su gobierno o en «materias profundas de Estado». —La Cámara aprobó una segunda petición para reclamar su derecho de hablar libremente. Cuando los delegados se presentaron para llevarle la petición, Jacobo dijo irónicamente: «Traed sillas a los embajadores». Censuró a los diputados que usurpasen «su prerrogativa» (es el nombre del poder real en Inglaterra), y que «se mezclasen en cosas muy por encima de su alcance».— La Cámara redactó una protesta declarando «que los asuntos difíciles concernientes al Estado, la defensa del reino y de la Iglesia», son materias de discusión en Parlamento. Jacobo hizo que le llevaran el acta y arrancó con su propia mano la página en que estaba escrita la protesta. Luego el Parlamento fué disuelto (1622).

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Jacobo envió a su hijo Carlos a Madrid para arreglar su matrimonio con la hija del rey de España. Buckingham le acompañaba. Pero ninguno de los dos jóvenes agradó a los españoles, la princesa no quiso casarse con un hereje y el matrimonio se deshizo (1623). Carlos y Buckingham volvieron irritados a Inglaterra y prepararon la guerra con España. Se hizo elegir un Parlamento (1624), el cual concedió dinero para la guerra. El príncipe Carlos se casó con una princesa de Francia, Enriqueta, hermana de Luis XIII. Jacobo murió muy pronto (1625).


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Carlos I

Carlos I



Carlos I, que le sucedió, no se parecía en nada a su padre. Era guapo, elegante, valeroso y buen caballero. Se admiraba su manera de jugar a la pelota y de justar. Amaba la música y era inteligente en pintura. Su continente era correcto, y hasta se ruborizaba cuando delante de él se pronunciaba una palabra malsonante. Empezó siendo respetado y era bastante popular.

Pero Carlos era altanero, desconfiado, lleno de rencores, incapaz de tener en cuenta las ideas de otro y de comprender su punto de vista. Cuando había adoptado una opinión, nada podía hacérsela variar. Como era tímido, cuando se le hablaba no encontraba respuesta y permanecía silencioso o respondía mal. Cuando quería guardar un secreto, mentía o empleaba palabras de doble sentido, No era posible fiarse de su palabra. Su mujer, Enriqueta de Francia, había permanecido católica. Ejercía influjo sobre él, y los ingleses tenían sospechas de que quería convertir a su marido y hacer del catolicismo la religión de Inglaterra.

Carlos I se dejó en un principio guiar por Buckingham, e hizo la guerra a España, luego a Francia para apoyar a los protestantes de la Rochela. Convocó todos los años el Parlamento y le pidió subsidios para sus expediciones.

La Cámara de los Comunes aprobaba la guerra con las Potencias católicas, pero no tenía ninguna confianza, en Buckingham, del cual se sospechaba que se guardaba el dinero. No quería votar tributos sino a condición de examinar el empleo de las sumas aprobadas. Carlos no quería someterse a esta vigilancia. Intentó proporcionanse una Cámara más dócil mediante nuevas elecciones, con lo que tres Parlamentos fueron elegidos y disueltos en cuatro años (1625 - 1628).

El primero (1625) pidió al rey que tomase consejeros en los que pudiera tener confianza. Era una manera indirecta de pedir que Buckingham fuese despedido.

El segundo (1626) atacó directamente a Buckingham, haciéndole objeto de acusación. Un diputado le comparó a Seyano, el favorito de Tiberio. «Si él es Seyano, dijo Carlos, es que yo soy Tiberio», y el Parlamento fué disuelto.

El tercer Parlamento (1628) intentó impedir que el Gobierno se proporcionase dinero por medios ilegales. Aprobó una declaración de los derechos de los ingleses, que Carlos aceptó, y fué llamada la petición de los derechos. En ella se dice que nadie ha de verse obligado a pagar un impuesto sin una votación del Parlamento, y que nadie puede ser detenido sino por mandamiento judicial o sentencia.

Buckingham fué asesinado (1628) por un oficial descontento. Luego Carlos se indispuso con el Parlamento con motivo de los tributos y de la organización de la Iglesia. El Parlamento fué disuelto (1629), y ya no se convocó ningún otro en Inglaterra por espacio de once años.


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Gobierno absoluto de Carlos I

Gobierno absoluto de Carlos I



Carlos gobernó entonces como soberano absoluto, nadie podía oponerle resistencia. El jefe de la oposición en la Cámara de los Comunes, Elliot, fué encerrado en la Torre de Londres y allí murió.

Carlos seguía los consejos de dos hombres, amigo uno de otro. Para los asuntos políticos su consejero era uno de los antiguos jefes de la oposición en la Cámara, Wentworth, que en 1640 fué nombrado duque de Strafford. Fué enviado de gobernador a Irlanda (1632), donde trabajó para preparar un ejército. Estableció en Irlanda un gobierno absoluto, como el de Richelieu en Francia, y escribía a Inglaterra: «Lo que yo hago aquí, vos podéis hacerlo ahí».

El Consejo del rey funcionaba como tribunal para juzgar las causas políticas (era llamado la Cámara estrellada), y condenaba a los autores que hablaban mal del Gobierno. Leighton, un médico que se había hecho pastor, había escrito un libro en que decía de los obispos «hombres sanguinarios, perseguidores de los santos, que llenan el país de juramentos, de embriaguez y de pecados». Fué condenado a pagar una multa de 10.000 libras (250.000 pesetas), a ser puesto en la picota por primera vez, a perder una oreja y la mitad de la nariz y a que le marcasen con hierro al rojo las letras S. S. (sembrador de sediciones), luego a ser puesto segunda vez en la picota y a perder la otra oreja y la otra mitad de la nariz, y a ser encerrado en prisión para el resto de su vida (1630).

Un abogado, Prynne, había escrito un grueso volumen contra el teatro, que declaraba condenado por la Sagrada Escritura. Insultaba a las actrices, a los espectadores y a los magistrados que permitían las representaciones. Como la reina y sus damas hubieran representado una comedia, Prynne fué condenado a ser puesto en la picota, a perder las dos orejas y a prisión perpetua (1634).

Carlos no quería ya reunir el Parlamento. Ahora bien, como las rentas ordinarias de los dominios del rey y los ingresos de las aduanas no bastaban enteramente para cubrir sus gastos y hubiera en 1635 un pequeño déficit de 18 millones, Carlos intentó proporcionarse dinero por otros medios.

Una vieja ley permitía al monarca, cuando el reino era invadido, imponer a los súbditos un tributo para equipar barcos. En 1634, Carlos obligó a pagar este tributo, llamado ship money (dinero para los barcos). Ningún enemigo amenazaba a Inglaterra, pero los jueces manifestaron que el rey tenía la facultad de hacer lo que juzgaba necesario para la defensa del reino en caso de peligro, y que él sólo tenía el derecho de decidir si el peligro existía.

Los ingleses no tenían medios para resistir. Un gentilhombre, Hampden, se negó a pagar el impuesto, y se ordenó entablar una causa que fué solemnemente vista (1637). La mayoría de los jueces dió la razón al rey, pero los discursos pronunciados en aquella causa fueron repartidos por todo el país y Hampden se hizo célebre.


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Gobierno de la Iglesia

Gobierno de la Iglesia



En los asuntos de la Iglesia Carlos se dejaba guiar por Laud, al que había nombrado en 1633 arzobispo de Cantorbery, es decir, jefe de la Iglesia de Inglaterra. Laud no quería restaurar el catolicismo, pero sí conservar las ceremonias exteriores y hacerlas celebrar «con tanta uniformidad como fuera posible». Decía que «la unidad no puede durar en la Iglesia cuando la uniformidad está excluida de ella». Ordenó colocar en todas las iglesias la mesa de comunión al lado del oriente, y doblar la rodilla al pronunciar el nombre de Cristo.

Los disidentes, como los presbiterianos de Escocia, prohibían divertirse en domingo. Laud mandó hacer pública una declaración del rey que permitía bailar, el tiro del arco y representar comedias en la tarde del domingo, y obligó a los pastores a leer esta declaración en el púlpito.

Laud quería hacer que todos los pastores celebrasen el culto exactamente de la misma manera. Envió delegados a girar una «visita» a todas las iglesias, para cerciorarse de que los pastores ejecutaban sus órdenes. Los que no lo hacían fueron juzgados por un tribunal especial (llamado Alta Comisión) y destituídos. La reina tenía entonces a su lado un enviado del Papa, y, como algunas damas se convirtieran al catolicismo, los ingleses creyeron que Laud quería restaurar la religión católica.

Laud tuvo entonces en contra, no solamente a los disidentes, sino a la masa de los protestantes ingleses. Se publicaron contra él libelos. Hizo comparecer ante la Cámara estrellada a tres autores. Uno de ellos era Prynne, preso a la sazón. Ningún abogado se atrevió a defenderlos, el tribunal se negó a escucharlos, y los condenó a la picota, a perder las orejas, a pagar una multa de 5.000 libras (125.000 pesetas) y a prisión perpetua, sin disponer de pluma, tintero ni papel (1637).

Se vió entonces cuán impopular había llegado a ser Laud. Cuando los condenados fueron puestos en la picota, la muchedumbre los aclamó. Uno de ellos pronunció un sermón que la muchedumbre escuchó con respeto. Cuando Prynne fué conducido al norte de Inglaterra, encontró en el camino miles de gentes que habían acudido para decirle adiós, y centenares de hombres le acompañaron a caballo.


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Sublevación de Escocia

Sublevación de Escocia



Los ingleses estaban muy descontentos de Carlos I, al que acusaban de destruir la religión de Inglaterra, imponiendo los usos católicos, y de acabar con la libertad inglesa impiniendo tributos sin la aquiescencia del Parlamento. Pero no tenían medio alguno para resistir al rey. Esta resistencia les fué posible porque el rey de Inglaterra era al propio tiempo soberano de Escocia y de Irlanda. La revolución que iba a acabar con la monarquía comenzó, no en Inglaterra, sino en Escocia.

Al ir Carlos I a hacerse coronar rey a este país (1632), le habían chocado los usos de los escoceses. Sus iglesias eran construcciones cuadradas, de paredes desnudas, «semejantes a palomares». Sus pastores pronunciaban largos sermones y oraciones interminables, y no llevaban más que una sotana negra. Carlos intentó reformar la Iglesia de Escocia según el modelo de la anglicana. En la ceremonia de su coronación, los cinco obispos escoceses aparecieron con roquetes blancos, y la mesa de comunión estaba cubierta como un altar, con candeleros y tapices, y adornada con un crucifijo. Aquellas formas, que parecían católicas, irritaron vivamente a los escoceses, habituados al culto sin ornamento de las iglesias calvinistas.

Luego Carlos resolvió hacer una reforma de conjunto. En 1636 ordenó a los pastores escoceses revestir la sobrepelliz y ajustarse en la celebración del culto al libro de liturgia inglés, el prayer-book (libro de oraciones). Les indujo a colocar la mesa de comunión al extremo de la iglesia y a pronunciar sermones cortos.

Los pastores escoceses no obedecieron y continuaron empleando la liturgia escocesa. La primera vez que en Escocia se leyó la liturgia inglesa, fué en una iglesia de Edinburgo, la capital. Los bancos estaban llenos de sirvientas, que habían ido a reservar sitio para sus dueñas. Cuando se comenzó a leer la liturgia inglesa, empezaron a murmurar: «¡la misa está entre nosotras, Baal está en la iglesia!» El obispo subió al púlpito para calmarlas. Una mujer le tiró una silla, la multitud se amotinó y rompió las vidrieras de la iglesia (23 de julio de 1637).

El Consejo municipal de Edinburgo preparó una petición al rey contra la nueva liturgia inglesa. Irritado Carlos, ordenó que saliera el gobierno de Edinburgo. Entonces se sublevó la multitud, y todos los protestantes de Escocia se pusieron de acuerdo para firmar la petición. Carlos amenazó con perseguir a los autores.

Los escoceses repitieron entonces el medio empleado en otro tiempo para fundar la Iglesia de Escocia (véase capítulo V). Todos juraron y firmaron el compromiso escrito de trabajar por todos los medios en el restablecimiento de la pureza del Evangelio, tal como estaba antes de las innovaciones recientes. Aquel compromiso se llamó el covenant (convenio).

Carlos no tenía ejército preparado y trató de ganar tiempo. Retiró la nueva liturgia, luego dejó que se reuniera una asamblea general constituída por 144 pastores y 96 seglares, nobles la mayor parte. Aquella asamblea, a pesar del rey, depuso a los obispos y restableció el antiguo régimen presbiteriano.

Carlos declaró disuelta la asamblea, pero la asamblea se negó a separarse. Carlos consideró desde entonces a los escoceses como sublevados y se decidió a hacerles la guerra. Alistó voluntarios, pero, como no tenía dinero, no pudo reunir más que un pequeñísimo ejército de aventureros que no habían combatido nunca, Por el contrario, muchos escoceses acababan de combatir en Alemania. El dinero del rey se agotó muy pronto y su ejército se desbandó. No había muerto un solo hombre en aquella guerra, que fué apellidada guerra de los obispos.

Carlos hizo la paz (1639). Reunió una asamblea de escoceses, la cual pidió la supresión de los obispos. El rey decidió reanudar la guerra.


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Strafford y Pym

Strafford y Pym



El consejero de Carlos, Strafford, gobernador de Irlanda, volvió a Inglaterra. Por su consejo, Carlos convocó el Parlamento de Inglaterra, que no había sido reunido desde hacía once años, y le pidió un tributo para alistar un ejército contra Escocia. Para decidirle, mostró cartas escritas por los sublevados de Escocia al rey de Francia, esperando que los ingleses no perdonarían a los escoceses tener inteligencias con el extranjero. Pero los diputados, irritados contra los consejeros del rey, pidieron a Carlos, antes de votar ningún impuesto, que atendiera a sus reclamaciones, y le indujeron a hacer la paz con los escoceses. Carlos se apresuró a disolver el Parlamento, que, como no había durado más que tres semanas, fué apellidado Parlamento corto (mayo de 1640).

Strafford fué nombrado general en jefe del ejército real, «con el poder de suprimir toda rebelión». Pero la guerra de Escocia tomó mal carácter. Los mismos soldados de Carlos entraban en los templos para mudar la mesa de comunión y ponerla en medio de la iglesia. Los ingleses deseaban la victoria de los escoceses, enemigos como ellos de los ministros de Carlos. El ejército escocés invadió Inglaterra sin encontrar resistencia. Carlos, que no tenía dinero, se decidió a convocar un nuevo Parlamento, que iba a durar veinte años (1640-1660). Es el más largo que ha habido en Inglaterra, y se ha apellidado Parlamento largo.

La Cámara de los Comunes, formada por nuevos diputados sin experiencia, siguió los consejos de un antiguo miembro de la oposición, Pym que se había adiestrado en los Parlamentos de 1621 a 1629. Era un caballero muy fino, de un natural tranquilo, de espíritu lucido y práctico. Veía claramente la situación, juzgaba lo que había que hacer para salir de dificultades, y, una vez que se había decidido, obraba con sangre fría y resolución.

Pym juzgó que el enemigo más poderoso del Parlamento era Strafford, el cual había reunido un ejército en Irlanda y animaba al rey para que lo emplease contra los ingleses. Strafford, para desembarazarse de Pym, llegó bruscamente a Londres. Iba a mandarle prender y juzgar por haber estado en correspondencia con los escoceses sublevados, pero Pym se le adelantó. Manifestó a la Cámara de los Comunes que, si dejaba a Strafford tiempo para obrar, iba a disolver el Parlamento y hacer venir el ejército de Irlanda. La Cámara decidió inmediatamente acusar a Strafford.

La Cámara de los Lores debía juzgarle. Strafford dijo: «Iré y mirará a mis acusadores cara a cara». Pero, en cuanto entró, los lores se negaron a dejarle hablar y ordenaron prenderle y encerrarle en una prisión.

Se le acusó «de haber traidoramente intentado trastornar el gobierno del reino de Inglaterra y de Irlanda e introducir un gobierno arbitrario y tiránico... aconsejando a Su Majestad que obligase a sus súbditos, por fuerza de armas, a someterse». Strafford había dicho en el Consejo secreto del rey: «Haced la guerra ofensiva, tenéis un ejército en Irlanda, podéis utilizarlo aquí para reducir a este reino. Estoy seguro de que Escocia no resistirá cinco meses». Se le acusó de haber querido emplear el ejército irlandés, no contra los escoceses, sino contra los ingleses. Respondió que, en caso de necesidad absoluta, Dios ha dado al rey el derecho de emplear todos los medios para defenderse, él y su pueblo.

La Cámara de los Lores no se resolvió a condenarle, porque el delito de alta traición de que se le acusaba no consiste más que en traicionar al rey, y Strafford, por el contrario, había sostenido al rey contra el Parlamento. Entonces la Cámara de los Comunes empleó un procedimiento de la Edad Media. Propuso una ley de excepción (attainder) que declaraba a Strafford convicto y condenado, no por una sentencia, sino por una ley.

Era preciso, como para toda ley, el acuerdo de las dos Cámaras y el consentimiento del rey. La Cámara de los Lores vacilaba. En aquel momento, Carlos intentó librar a Strafford apoderándose por sorpresa de la Torre de Londres donde estaba encerrado, y la reina intentó hacer venir el ejército a Londres, Pym lo supo y lo comunicó a los lores, que aprobaron la condena.

Era necesario también el consentimiento de Carlos, y éste había prometido a Straffbrd que «no se tocaría a un pelo de su cabeza». Pero una muchedumbre armada llegó debajo de las ventanas de Palacio lanzando gritos de muerte contra la reina, Carlos perdió la cabeza y firmó la sentencia. Strafford fué decapitado (mayo de 1644).

Laud había sido preso al mismo tiempo. En prisiones estuvo cuatro años y luego fué decapitado.


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El Parlamento largo

El Parlamento largo



El Parlamento se había desembarazado de los dos ministros que dirigían el gobierno de Carlos. Le obligó a aceptar una ley declarando que la Cámara no podía ser disuelta en lo sucesivo sino por su propio consentimiento. El rey renunciaba a su derecho de disolver, y el Parlamento se hacía Independiente del rey.

Luego obligó a Carlos a reconocer que el rey no podía imponer ningún tributo sin el consentimiento de la Cámara, lo cual le quitaba el medio de proporcionarse dinero.

Hizo abolir en seguida los dos tribunales que servían al rey para condenar a sus adversarios, la Cámara estrellada y la Alta Comisión.

Se hacía imposible a Carlos continuar su sistema de gobierno. El ejército que alistara contra los escoceses fué licenciado.

Entonces los miembros del Parlamento, hasta entonces unidos contra los ministros de Carlos, empezaron a dividirse a propósito de los obispos. Unos proponían suprimirlos, porque eran siempre del partido del rey, otros querían conservarlos.

En aquel momento se recibió la noticia de que los católicos de Irlanda acababan de sublevarse y degollaban a los protestantes escoceses e ingleses establecidos en el país. Decíase que habían dado muerte a 30.000, y se contaban historias de niños degollados y de gentes arrojadas al agua por los rebeldes.

Los ingleses quisieron enviar un ejército a Irlanda para vengar a las víctimas, pero temieron, si era confiado a Carlos, que se sirviese de él contra Inglaterra. La mayoría de la Cámara intentó, por tanto, quitarle el poder. Aprobó la gran petición que enumeraba todos los actos reprochados a Carlos I y proponía dos reformas: l.ª, dar el gobierno a ministros aceptados por el Parlamento; 2.ª, dar la dirección de la Iglesia a una asamblea de teólogos nombrados por el Parlamento. Era quitar al rey todo su poder.

La petición no fué aprobada sino por catorce votos de mayoría. La Cámara se dividió en dos partidos. Los que querían conservar los obispos se aproximaron al rey.

Carlos I, viéndose apoyado, anunció que mantendría la religión protestante tal como estaba establecida en tiempos de Isabel. Cuando regresó a Londres, la muchedumbre le aclamó en las calles (noviembre de 1641). Entonces se creyó bastante fuerte para desembarazarse de los jefes de la oposición, a los que ordenó perseguir como traidores por haberse entendido con los sublevados de Escocia.

Carlos en persona se llegó con una banda de hombres armados a la Cámara de los Comunes, entró en el salón y dijo «que había venido para prender a cinco traidores». Los miembros amenazados (Pym estaba entre ellos) se habían refugiado en la City de Londres. Carlos, no viéndolos, preguntó al presidente dónde estaban. El presidente se hincó de rodillas y dijo: «Con licencia de Vuestra Majestad, yo no tengo ojos para ver ni lengua para hablar en este puesto, si no es lo que esta Cámara me ordene». Carlos, después de haber mirado a su alrededor, dijo: «Los pájaros han volado», y se fué.


Guerra entre el rey y el Parlamento

Capítulo 12 – Inglaterra desde 1603 a 1660
Guerra entre el rey y el Parlamento

de Charles Seignobos



No había entonces ejército en Inglaterra, y se quería alistar uno para reconquistar Irlanda. El rey tenía indudablemente el derecho de mandarlo y de nombrar los oficiales. Pero el Parlamento no quería dar a Carlos una fuerza armada, y reclamó el derecho de nombrar los oficiales. Carlos no accedió: «es cosa, dijo, que no querría siquiera confiar a mi mujer ni a mis hijos». Por ambas partes se alistaron soldados, y el Parlamento nombró un general. Carlos había abandonado Londres y se había puesto a la cabeza de su ejército. Así comenzó la primera guerra civil.

Los ingleses se dividieron en dos partidos.

El Parlamento tuvo a su favor el este y sur de Inglaterra, que eran entonces las partes más ricas y las más pobladas. Sus partidarios querían suprimir los obispos —abolir todos los usos de origen católico, sobrepellices, crucifijos, pinturas de altar, candeleros, mesas de comunión—, prohibir las danzas y los juegos en domingo. Se les llamaba puritanos porque hablaban de establecer la «pureza» en el culto y la conducta, y llevaban trajes oscuros, sin adornos. Se les apellidó también cabezas redondas, porque llevaban el pelo cortado.

El rey tuvo a su lado a los partidarios de los obispos. Eran la mayor parte gentilhombres ingleses y de las comarcas del oeste y del norte, donde había entonces pocas ciudades. Sus partidarios se llamaban episcopalianos y fueron llamados caballeros a causa de los gentilhombres de la Corte, vestidos con trajes elegantes y acostumbrados a montar a caballo. Los miembros del Parlamento que habían tomado partido por el rey fueron a su lado, y formaron un Parlamento realista en Oxford.

Por ambos lados los ejércitos eran pequeños y maniobraban mal. El rey tuvo en un principio la ventaja. En los primeros combates, los gentilhombres de la caballería de Carlos I pusieron en fuga a los jinetes del Parlamento, y Carlos llegó hasta las proximidades de Londres (1642).

El año siguiente, tres ejércitos realistas, procedentes de los tres extremos de Inglaterra -el norte, el este y el sur— avanzaron hacia Londres para cortar las comunicaciones entre la ciudad y el mar. Pero se detuvieron en el camino para volver a la defensa de su país.

Los dos partidos, sintiéndose débiles, buscaron aliados. Carlos negoció con los católicos de Irlanda para hacerles enviar un ejército a Inglaterra. El Parlamento se entendió con los escoceses presbiterianos. Para decidirles a acudir en auxilio de los ingleses, se les prometió adoptar su religión. Los miembros del Parlamento vacilaban, porque el régimen presbiteriano no era grato a la mayor parte de los ingleses. Pym los decidió. «Se objeta, dijo, que una reforma de los obispos sería medicina mejor para la iglesia de Inglaterra. Pero la iglesia es como un enfermo que va a tomar una medicina y ve que se le echa encima un asesino. No tiene sino elegir entre tirar la medicina para coger la espada, o tomar aquélla y dejarse matar».

El Parlamento hizo con los escoceses un tratado que se llamó Liga solemne y convenio. Se comprometió a reformar la Iglesia de Inglaterra «según el ejemplo de las mejores Iglesias reformadas y la palabra de Dios». Todas las iglesias habían de estar organizadas del mismo modo en Inglaterra, en Escocia y en Irlanda. Todos los miembros del Parlamento juraron el Covenant y se ordenó a todos los ingleses jurarlo también (1643). Los escoceses enviaron entonces su ejército a Inglaterra, y se nombró un «Comité de los dos reinos» para dirigir la guerra.


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Reforma del ejército

Reforma del ejército



La fuerza de los ejércitos estaba entonces en la caballería. Los infantes, armados unos con picas, otros con mosquetes, se defendían mal en un campo de batalla contra una carga dada por jinetes.

El rey tenía de su parte a casi todos los gentilhombres, habituados a combatir a caballo. Su primo, el príncipe Roberto, cargaba a su cabeza. El Parlamento reclutaba penosamente soldados de caballería. Comités que se habían creado en los condados del este alistaban voluntarios y los pagaban con un tributo impuesto al condado, pero aquellas gentes se batían mal.

Entre los oficiales del Parlamento se encontraba un gentilhombre campesino, diputado en la Cámara, Oliverio Cromwell. Era alto y robusto, de facciones duras, buen jinete, ardiente en los ejercicios corporales. Se había hecho muy piadoso desde algunos añós antes. Tuvo la idea, para resistir a los gentileshombres realistas, de oponerles gentes que no se batieran solamente por dinero. Después de la derrota de los soldados del Parlamento, Cromwell decía a uno de los jefes: «Vuestros soldados son en su mayor parte criados, aprendices y gente de esta clase; los suyos son hijos de caballeros, personas de calidad, ¿creéis que el espíritu de gentes de esa baja estofa podrá jamás hacer frente a caballeros que tienen honra y valor? Necesitáis gentes de un espíritu que pueda ir tan lejos como el de los caballeros, si no seréis otra vez derrotados».

Cromwell alistó campesinos puritanos que se batieron por sacrificio religioso, y formó con ellos primero una compañía, luego un regimiento. En una batalla cargó a la cabeza de sus hombres y puso en fuga a los caballeros del rey. El príncipe Roberto le apellidó cotas de hierro, y el sobrenombre pasó a su regimiento. El Parlamento nombró a Cromwell teniente general (1644).

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Era costumbre entonces no nombrar oficiales más que a los caballeros. Cromwell escogió sus oficiales según su valor militar. Como se le censurase por nombrar capitanes a gentes del pueblo, escribió: «Hubiera sido bueno que hombres de prosapia y honor hubieran entrado en estos empleos, pero, ¿por qué no aparecen? Y como es absolutamente preciso que la labor se realice, preferible es tener hombres sencillos a no tener ninguno... Prefiero un capitán vestido de paño burdo, que sabe cómo se bate, a lo que vosotros llamáis un caballero y que no es ninguna cosa más».

Los otros jefes no habrían querido tener como soldados más que presbiterianos. Cromwell permitió a sus hombres todas las formas de religión protestante distintas al anglicanismo. Les pedía solamente que fuesen «hombres de Dios», es decir, piadosos y de conducta severa. Hubo muy pronto entre ellos gentes de varias sectas.

Un día se le pidió que destituyera a un oficial porque era anabaptista. «Aun cuando lo fuera, dijo, ¿le haría esto incapaz de servir al pueblo? Guardaos de ser demasiado duro con gentes a las cuales no podéis reprochar nada, a no ser el no concordar con vos en todas vuestras opiniones sobre materias religiosas. El Estado, al elegir hombres para servirle no toma nota de sus opiniones. Si están dispuestos a servirle fielmente, ello le basta». Cromwell, con sus jinetes, logró una victoria decisiva. El ejército realista fué rechazado al Norte (1644).

El general del ejército del Parlamento, lord Manchester, deseó desde aquel momento hacer la paz, porque tenía miedo de llevar al rey al último extremo. «Si el rey es derrotado, decía, es todavía el rey. Si nos derrota, nos hará ahorcar a todos por traidores». Cromwell decía: «Si encontrase al rey en la batalla, haría fuego contra él como contra cualquier otro».

Cromwell denunció a lord Manchester en la Cámara de los Comunes. Reprochábale conducir mal la guerra, no por pura negligencia, sino por mala voluntad. Decidió al Parlamento a hacer una reforma radical. Todos los miembros del Parlamento que eran oficiales hubieron de presentar su dimisión. Fué lo que se llamó «la ordenan- za de renuncia».

Cromwell, que era diputado, habría debido retirarse también, pero estaba entonces ocupado en perseguir al rey. Se prolongó su mando. Luego el nuevo general en jefe y los oficiales manifestaron que no había otro oficial capaz de mandar la caballerí, y se conservó a Cromwell por un plazo de tres meses, que fué prolongado indefinidamente.

Fueron licenciadas las tropas de los condados y se creó un ejército único que se llamó el «nuevo modelo». Todos los hombres debían percibir un sueldo pagado por el Parlamento. Se admitieron primeramente voluntarios, pero faltaban más de 8000 y se alistaron a la fuerza hombres vigorosos, a los que no se obligó a jurar el Covenant. Entraron así en el ejército muchos que no eran presbiterianos. Los oficiales superiores eran nobles, pero los simples soldados llegaban a los grados de oficial y de coronel.


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Derrota del rey

Derrota del rey



El ejército así reformado fué a buscar al último ejército realista al norte, y le encontró en Naseby. Contaba 7.000 infantes y 7.000 jinetes. El rey tenía 3500 jinetes y 4.000 infantes.

Por ambas partes fué colocada la infantería en el centro y la caballería en las alas. Cromwell, que mandaba los 3.500 hombres del ala derecha, puso en fuga a los 2.000 jinetes realistas colocados frente a él. Mientras tanto, en la otra ala, el príncipe Roberto dispersaba el ala izquierda del ejército del Parlamento y la perseguía. Pero Cromwell, que había vuelto el primero de la persecución, cargó contra los infantes del rey y los obligó a rendirse. Fué la última batalla (1645).

Los parlamentarios se apoderaron de los bagajes del rey y encontraron las cartas que escribía a los irlandeses y al rey de Francia para pedir un ejército católico contra sus súbditos protestantes.

Carlos, que no tenía ya ejército en Inglaterra, se retiró al lado del escocés (1660). Intentó atraerse a los escoceses haciéndoles creer que establecería la religión presbiteriana, pero no quiso jurar el covenant y pidió ir a Londres para entablar negociaciones. Los escoceses desconfiando de él, le entregaron a los comisarios del Parlamento. Fué conducido a un castillo de Inglaterra donde se le trató con consideración (1647).


Ruptura entre el Parlamento y el ejército

Capítulo 12 – Inglaterra desde 1603 a 1660
Ruptura entre el Parlamento y el ejército

de Charles Seignobos



El Parlamento, que había quedado solo, gobernó toda Inglaterra. Pero los puritanos, que acababan de vencer al rey, se habían dividido. La mayor parte querían establecer una Iglesia presbiteriana obligatoria, como en Escocia, y no aceptaban la tolerancia para ninguna otra secta protestante. Ahora bien, durante la guerra se habían formado varias pequeñss sectas en oposición con los presbiterianos. Estas sectas no estaban de acuerdo entre sí acerca de todos los puntos de la religión y tenían nombres diferentes, pero se las llamaba a todas juntas independientes. Los fieles se reunían en pequeños grupos, llamados congregaciones. Cada congregación constituía una Iglesia independiente en absoluto, que elegía su pastor y sus ancianos. No reconocía ninguna autoridad y no pedía nada al Estado.

Los independientes, que no eran más que una pequeña minoría, no aspiraban, como los presbiterianos, a imponer su régimen a todos los ingleses, y pedían solamente la tolerancia para todos los puritanos (no se quería para los católicos, ni para los anglicanos, ni para los ateos).

Los presbiterianos tenían de su parte a la mayoría del Parlamento y a casi todos los habitantes de Londres. Pero los independientes tuvieron por suyos a una parte de los soldados. Después de la victoria de Naseby (1645), Cromwell escribió al presidente de la Cámara: «Son buenas gentes que os han servido honradamente en esta acción y yo os ruego, en nombre de Dios, que no los desalentéis... Presbiterianos e independientes, todos están de acuerdo aquí, no usan nombres que los distingan, y sería un mal que así no fuese en otras partes».

Pero los presbiterianos, dueños del poder, no querían tolerar las otras sectas. Trataron de entenderse con el rey. Le propusieron restablecerle, a condición de que impusiera el régimen presbiteriano. Carlos no renunció jamás a restablecer los obispos, pero esperaba destruir a los dos partidos poniendo el uno frente al otro, y dejó creer que accedía a las proposiciones del Parlamento.

Intentó éste desembarazarse del ejército, que era la fuerza de los independientes, y le declaró licenciado, excepto un cuerpo de caballería. Los soldados hacía varios meses que no habían recibido sus pagas, las reclamaron, y el Parlamento se las negó. De esta suerte produjo la irritación en todo el ejército, sin distinción de confesiones.

Los soldados eligieron entonces agentes (llamados agitators) encargados de reclamar su dinero. Luego, para impedir que el Parlamento se sirviera del rey, Cromwell envió un escuadrón de caballería que fué a recogerle y le llevó con el ejército.

Carlos aparentó entonces discutir las proposiciones del ejército, mientras el Parlamento empezó a alistar tropas en Londres. El ejército acusó a once miembros de la Cámara de preparar la guerra. La muchedumbre de Londres, que era presbiteriana, invadió el salón de la Cámara de los Comunes y quiso degollar a los diputados del partido independiente. Los representantes amenazados se refugiaron en el campamento, y el ejército entró en Londres (agosto de 1647).

Carlos se escapó del castillo donde estaba instalado y se fué a la isla de Wight, al sur de Inglaterra, para poder embarcarse. Pero fué detenido y custodiado. Se entendió en secreto con los escoceses, que prometieron enviarle un ejército a condición de que establecería el presbiterianismo.

Entonces empezó la segunda guerra civil. Los escoceses entraron en Inglaterra, y los realistas se sublevaron. Mientras el ejército estaba ocupado en combatirlos, el Parlamento aprobó una ley que castigaba con la muerte o reclusión a todo convicto de herejía, incluso a los independientes. Intentaba hacer un tratado con el rey.

Cromwell había acabado por convencerse de que no era posible fiarse de la palabra de Carlos. El ejército derrotó a los escoceses, volvió cerca de Londres y pidió que Carlos fuera juzgado «por la traición, la sangre vertida y las desgracias de que es culpable». Carlos fué encerrado en prisión.

La Cámara de los Comunes propuso que se tratase con el rey. El ejército decidió acabar con el Parlamento. Un regimiento fué a la Cámara y expulsó a todos los miembros presbiterianos, es decir, a la gran mayoría, quedando apenas 150 diputados. Esta operación fué denominada la «purga de Pride» (Pride’s purge), del nombre del coronel que mandaba el regimiento.


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Revolución de 1648

Revolución de 1648



Ya no quedaba Cámara de los Lores. La Cámara de los Comunes, reducida a una minoría, decidió procesar a Carlos, acusado de alta traición por haber hecho la guerra al Parlamento. Se creó un Alto Tribunal de justicia, pero de 135 miembros, 67 solamente tomaron posesión del cargo. Carlos se negó a defenderse, diciendo que aquel tribunal no tenía derecho a juzgar a un rey. Fué condenado a muerte y decapitado en un cadalso levantado delante de su palacio (30 de enero de 1649).

El Parlamento declaró que Inglaterra sería «en lo sucesivo gobernada como república y Estado libre... sin ningún rey ni Cámara de los Lores». El gobierno fué dado a un Consejo de 41 miembros, elegidos anualmente por la Cámara.


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Guerras de Escocia y de Irlanda

Guerras de Escocia y de Irlanda



Ni Escocia ni Irlanda aceptaron la revolución de 1648. El hijo de Carlos I, Carlos II, fué reconocido rey en estos dos países. Entonces comenzó la tercera guerra civil, que fué la mas sangrienta.

Cromwell, con 12.000 hombres, desembarcó en Irlanda, se apoderó una tras otra de las ciudades defendidas por los irlandeses, y pasó a cuchillo las guarniciones. Quería vengar en los católicos la matanza de los ingleses en 1641. «Es castigo justo de Dios contra estos miserables bárbaros que han teñido sus manos en tanta sangre inocente, y esto ayudará a precaver la efusión de sangre en el porvenir». Pero impidió que sus soldados hicieran daño a la población.

Irlanda fué sometida muy pronto. Cromwell ordenó la ejecución de los jefes del partido católico y la confiscación de sus tierras, a las que fueron a establecerse colonos protestantes (1649).

Luego Cromwell partió con 16.000 hombres en dirección a Escocia, donde Carlos II estaba al frente de un ejército de presbiterianos. Fué una guerra peligrosa. El ejército de Cromwell estuvo a punto de quedar rodeado en Dunbar. Los escoceses le atacaron. Cromwell los puso en fuga mediante una carga brusca de caballería (1650). Pero, aun después de la victoria, no tuvo bastantes hombres para impedir que Carlos II invadiese Inglaterra. Cromwell le persiguió y destruyó su ejército (1651). Fué la última guerra.


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Expulsión del Parlamento largo

Expulsión del Parlamento largo



No quedaba ya en el Parlamento más que un reducido número de miembros. Por burla se le apellidó Rump Parliament [1]. Pero este pequeño grupo conservaba el gobierno y se negaba a disolverse.

El Parlamento hizo la guerra a las Provincias Unidas, que sostenían a los realistas ingleses. La flota inglesa se batió con la flota holandesa. —Para quitar a los holandeses el comercio con Inglaterra, el Parlamento votó el Acta de navegación (1651): las mercancías extranjeras no habían de ser llevadas a Inglaterra sino en barcos que fueran propiedad de ingleses y con tripulaciones de esta nacionalidad.

Los soldados deseaban un gobierno regular y la paz con los protestantes de Holanda. El Consejo de los oficiales presentó una petición rogando al Parlamento que se disolviera y que hiciera elegir un nuevo Parlamento, adoptando medidas para impedir la elección de los realistas. Pero los diputados no querían irse. Se discutió cerca de un año.

Cromwell vaciló mucho tiempo. Por último reunió en su casa a los oficiales y a los principales diputados, se discutió hasta que se hizo de noche, y se decidió reunirse de nuevo al día siguiente.

Pero los diputados intentaron conservar el poder mediante un golpe de sorpresa. Al día siguiente, por la mañana, sin avisar a Cromwell, pusiéronse a votación una ley mediante la cual todos los miembros que figuraban en el Parlamento habrían quedado en su puesto y habrían hecho elegir nuevos miembros. Alguien se llegó a avisar a Cromwell,que se decidió a obrar. Mandó llamar mosqueteros y los llevo a las puertas de la Camara. Entró en esta, fué a sentarse en su puesto y escuchó un momento sin decir nada. Por ultimo, el presidente sometió el asunto a votación, la ley iba a ser aprobada. Cromwell dijo: «He aquí el momento, es necesario que lo haga». Se levantó y empezó a hablar. En primer lugar recordó los servicios que la Asamblea había prestado, pasó luego a los cargos que se hacían a los diputados. Luego, animándose poco a poco, empezó a andar e interpeló a algunos de los miembros por sus nombres, llamando al uno borracho, al otro corrompido. Acabó por decir: «Bastante tiempo habéis estado aquí». —Un diputado se levantó y protestó.—Cromwell, en un acceso de furor, gritó: «¡Ved, ved! Es suficiente, no sois un Parlamento; voy a poner fin a esto». Dijo al que estaba a su lado: «llamadlos».

Treinta mosqueteros entraron en el salón y echaron a los diputados. Cromwell cogió la «maza de armas», depositada, según costumbre inglesa, en la mesa presidencial. «¿Qué vamos a hacer de este juguete? Lleváoslo». (20 de abril de 1653).


  1. Quiere decir Parlamento anca.


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Gobierno de Cromwell

Gobierno de Cromwell



Ya no quedaba otro poder que los oficiales. Cromwell intentó organizar un Gobierno. Pero no se atrevió a convocar a elección para el Parlamento. Reunió una asamblea de 140 miembros, que había elegido él mismo atendiendo a su piedad, y que el pueblo apellidó por burla «Parlamento Barebone», del nombre de uno de sus miembros, Barebone, que usaba el prenombre de «Alabanza a Dios» (Praise God). Aquel Parlamento quiso hacer reformas que desagradaban a Cromwell, y pronto le disolvió.

El Consejo de los oficiales hizo entonces una Constitución que atribuía a Cromwell un poder semejante al del rey, pero con el título de Lord Protector. Había en ella un Parlamento formado por una sola Cámara, que representaba, no ya solamente a Inglaterra, sino a Escocia e Irlanda. Ningún partidario de Carlos I había de ser elector ni elegido (1653).

El Parlamento fué elegido (1654) y pidió cambios en la Constitución. Irritado Cromwell, le declaró disuelto.

Dos años más tarde, Cromwell hizo cambiar la Constitución, haciéndola más semejante al régimen antiguo de Inglaterra. —Se creó una segunda Cámara, semejante a la de los lores.— Se aumentó el poder del Protector: había de designar los miembros de la segunda Cámara, tenía el derecho de nombrar su sucesor. Se llegó a ofrecer a Cromwell el título de rey. Los oficiales le rogaron que rehusase, y no se atrevió a aceptar. Pero, en la ceremonia de instalación, reanudó los usos de las antiguos reyes, apareció revestido de púrpura y armiño, y en la mano un cetro de oro (1657).

Cromwell acabó por indisponerse, con aquel nuevo Parlamento, y le disolvió diciendo: «El Señor me juzgará a mí y os juzgará a vosotros» (1657). Hasta su muerte, Cromwell fué dueño absoluto del poder.

Intentó reorganizar la Iglesia, tomando como pastores a la vez presbiterianos e independientes. Prohibía el culto anglicano, pero toleró todas las sectas protestantes y hasta los judíos.

Cromwell conservó el ejército que había organizado y la flota de guerra creada para combatir a los holandeses. Inglaterra fué entonces la nación más poderosa de Europa, bastante fuerte para decidir la victoria entre las dos grandes monarquías católicas, debilitadas por largas guerras. Aun cuando Cromwell fué detestado por parte de las Cortes europeas en calidad de regicida, España y Francia le pidieron ambas alianza.

Cromwell se decidió contra España, la vieja enemiga de los protestantes. Su flota fué a América. Se apoderó de Jamaica, que ha seguido siendo colonia inglesa, capturó los navíos españoles que traían la plata de las minas de América (1655)

Luego se alió con Francia y su ejército ayudó a los franceses a batir a los españoles y conquistar Dunkerque (véase cap. X), que fué dado a Inglaterra (1658).

Cromwell murió pronto (septiembre de 1658). Su hijo mayor, Ricardo, le sucedió. Pero no era puritano ni amante de los soldados. Pronto se puso a mal con el ejército y abdicó (1659). Ya no quedaba Gobierno en Inglaterra.