Historia XIV (Versión para imprimir)

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Autor: Charles Seignobos

Luis XIV



En tanto Mazarino vivió, Luis XIV le dejó gobernar. El joven rey asistía al Consejo, pero no tomaba las decisiones y se creía que nunca se interesaría en los negocios. El día de la muerte de Mazarino (1661), Luis XIV reunió a los ministros. Manifestóles «que había resuelto ser su primer ministro», y les prohibió firmar nada sin haber recibido orden suya. Al día siguiente, el arzobispo de Rohan, que estaba encargado de lo relativo al clero, le preguntó: «Ahora que el cardenal ha muerto, ¿a quién quiere Su Majestad que me dirija en adelante?» — «A mí», respondió el rey.

Luis XIV tenía entonces veintidós años. Era de mediana estatura, vigoroso, bien proporcionado, de rostro regular, que cada vez se hizo más majestuoso, la nariz larga, los ojos castaños, el labio un poco saliente, el perfil muy marcado. Tenía maneras solemnes que producían gran impresión, y no reía casi. Cuidaba de sus gestos y de sus palabras, y raras veces se le vió encolerizado. Era siempre reservado y fino, sobre todo con las mujeres. Escuchaba y hablaba poco. Cuando se le hacía una pregunta imprevista, respondía: «Veré».

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No era malo, y le ocurrió llorar cuando la reina estaba enferma. Pero como vivió rodeado de adoración, acabó por no querer en realidad más que a él mismo. Tomó la costumbre de no molestarse por nada. Cuando habla resuelto que las damas le acompañasen en su carroza, las obligaba a ir, aun cuando estuvieran enfermas. Se habla casado con María Teresa, infanta de España, mujer dulce, fea y poco inteligente, que no le interesaba gran cosa. Tuvo sucesivamente varias favoritas, algunas de las cuales fueron célebres. La primera fué una muchacha rubia, de ojos azules, Mlle. de la Vallière, dama de honor de su cuñada. Amó apasionadamente al joven rey, y acabó por retirarse a un convento de Carmelitas. Luis XIV la abandonó por la marquesa de Montespan, bella, espiritual y mala, que gozó de favor mucho tiempo. En 1684 despidió a Mme. de Montespan y se casó en secreto con la viuda del poeta Scarron, a la que hizo marquesa de Maintenon.

Luis XIV no era aficionado a los ejercicios corporales ni a los viajes, y raras veces se presentó en el ejército. Llevaba vida sedentaria, no haciendo casi más ejercicio que cazar. Montaba pocas veces a caballo, y se paseaba sobre todo en carroza. No vistió jamás uniforme militar. Usaba traje de Corte, con peluca larga y bastón.


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La Corte

La Corte



El rey de Francia tenía siempre a su alrededor un contingente numeroso de servidores que se llamaban la casa del rey (véase cap. 1). Luis XIV la aumentó mucho. Su casa comprendía 3.000 personas, repartidas en servicios.

La capilla real, dirigida por el gran limosnero, se componía de dos capellanes y varios limosneros.

El gran maestre de Francia tenía a sus órdenes los siete oficios, cada uno formado por un personal de servidores mandados por un dignatario que era siempre un gran señor:

1.º La panatería y repostería real, dividida en dos secciones: una, a cargo del gran panatero, encargada de preparar el cubierto del rey, el pan, las frutas; otra, a cargo del copero mayor, para preparar el vino, el agua y la servilleta del rey;

2.º La cocina, compuesta de pasteleros, guarda-vajilla, pinches, cocineros, «encargados de los asados, de la sopa, todos dedicados a la cocina del rey;

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3.º La panatería común;

4.º La bodega común;

5.º La cocina común para los convidados del rey;

6.º La frutería;

7.º La leñera, encargada de proporcionar el combustible.

El gran chambelán dirigía el personal de la cámara, los cuatro gentileshombres de cámara, los 24 pajes de cámara, los ujieres de antecámara, los lacayos de cámara, los porta-mantos, encargados de recoger el sombrero y los guantes de Su Majestad, los barberos, que peinaban y afeitaban al rey y le enjugaban el sudor cuando había jugado a la pelota, un cirujano-dentista, ocho tapiceros, tres relojeros, seis mozos de cámara, ocho portadores de lechos.

El gran maestre del guardarropa dirigía a los lacayos y mozos del mismo, a los sastres, a los intendentes de la platería.

Había también un personal dedicado especialmente al gabinete del rey, —otro para la música de cámara, —otro de médicos, —otro de montería y de halconería para la caza, —sin contar el cuarto militar formado por varias compañías de jinetes.

Luis XIV no tenía afición a París. Vivió en un principio en los castillos de los alrededores, en Saint-Germain, en Fontainebleau, luego se mandó construir el palacio de Versalles, y en él se estableció y trasladó su gobierno en 1682.

Luis XIV quería tener a su alrededor gran muchedumbre de gentes. La Corte, formada por señores de visita cerca del rey, llegó a ser más numerosa. Luis XIV conocía a todos los señores de su reino, y todos los días miraba cuidadosamente quiénes estaban presentes. No concedía jamás puestos ni favores sino a los que veía con frecuencia, y se negaba a dar nada a los que no aparecían en la Corte. Cuando para ellos se le pedía una plaza, respondía: «No le conozco» o «Es persona a la que no veo nunca». Así obligó a todos los señores de Francia a ir a vivir a Versalles para hacer la corte al rey.

El único medio que un noble tenía de hacer fortuna era estar bien en la Corte. No se iba solamente a ella para pedir al rey dinero o puestos, era honra muy ambicionada ser admitido en la Corte, porque se necesitaba ser noble, no se admitía a los del estado llano. Cuando el rey quería castigar a un cortesano, le ordenaba volver a sus tierras y le prohibía figurar en la Corte.

Luis XIV, en tanto fué joven, gustó mucho de los placeres. Dió grandes fiestas, carruseles, fuegos artificiales. Le agradaba el teatro. Se divirtió justando en los carruseles y danzando él mismo en los bailes. Pero, al tener más edad, adoptó un género de vida más solemne. Como amaba el orden, arregló su vida día por día. Cada uno de los actos del rey, el de levantarse, las comidas, el acostar se, fué una ceremonia a la que toda la Corte asistía como a un espectáculo. En el reglamento que escribió en 1681, cuando se estableció en Versalles, el momento de levantarse, de las comidas, de acostarse el rey, se describen con todo pormenor.

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He aquí, por ejemplo, cómo se reglamenta el acto de levantarse. —Cuando el rey se despierta, el primer ayuda de cámara abre la puerta y da entrada a los íntimos del rey, a sus hijos, a su médico, a su cirujano, es lo que se llama la entrada familiar.— Luego el rey dice al ayuda de cámara que llame a la gran entrada, y entonces se abre la puerta a los grandes dignatarios, a los chambelanes, a los primeros gentilhombres de la cámara, la gran maestre del guardarropa, al boticario mayor, a los barberos. El rey está todavía en el lecho. El ayuda de cámara coge un frasco de espíritu de vino y lo vierte en las manos del rey (era entonces la manera de lavarse). Se le ofrece una pila de agua bendita, el rey moja una mano en ella y recita una oración.

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En este momento el rey salta del lecho y se calza las zapatillas. El gran chambelán le pone el traje de cámara, y el rey se sienta en un sillón. Entonces se llama a la primera entrada, de que gozan los grandes señores, a quienes el rey ha dado licencia de entrada, favor que es muy buscado. Los lacayos del guardarropa se acercan para vestir al rey.

Un ujier se llega a decir al oído del primer gentilhombre de cámara los nombres de los grandes personajes —embajadores, obispos, duques, gobernadores— que esperan para ser recibidos. Se repiten sus nombres al rey, y el rey ordena que entren. Es lo que se llama las entradas de cámara.

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Se empieza a vestir al rey. Un criado lleva la camisa caliente, y la entrega al primer gentilhombre de cámara, que la presenta a un gran personaje, por lo común un pariente del rey, el cual la entrega a éste. En tanto el rey se la pone, dos ayudas de cámara tienen extendida la bata para taparle. Un maestre del guardarropa le quita la camisa de dormir, un criado le presenta la manga derecha de la de vestir, otro la izquierda. Luego el rey se levanta del sillón, el maestre del guardarropa le ayuda a levantarse las calzas, los lacayos le llevan la espada, la chupa y el cordón azul. Luego un lacayo trae la casaca, y el gran maestre ayuda al rey a ponérsela. Traen corbatas en un cesto, el rey elige una y el maestre del guardarropa se la pone. Otro criado trae tres pañuelos en un platillo, y el rey coge uno. El maestre del guardarropa lo ofrece el sombrero, los guantes y el bastón. Cuando el rey está vestido, va a arrodillarse delante de su lecho reza una oración y dice a qué hora oirá misa.

Lo mismo está reglamentado el acto de acostarse el rey. Designa cada día a un gran personaje, príncipe o señor principal, a quien quiere hacer el honor de tener la palmatoria. Un gran señor también, presenta al rey la camisa de dormir.

En Versalles, el rey recibe a los cortesanos en las grandes salas, una fila de piezas enormes, la mayor, la Galería de los espejos, de 72 metros de larga por 10 de ancha y 13 de alta. Las paredes están cubiertas con grandes espejos que adornan trofeos de cobre dorado, los muebles son de plata maciza, cincelada. Por la noche se encienden los candelabros. Toda la Corte se reúne tres veces a la semana, de las siete a las diez. Las damas principales rodean a la reina. Sólo las duquesas tienen el derecho de sentarse en un taburete, el resto permanece de pie.

Luis XIV era aficionado a jugar al billar. Pero se jugaba sobre todo a juegos de azar y se cruzaban grandes cantidades. El hermano del rey perdió un día 100.000 escudos. Luis XIV perdió en seis meses un millón de libras. Le gustaba ver jugar una gruesa suma a una sola carta.

Aquella vida de Corte, reglamentada por un ceremonial riguroso, acabó por hacerse monótona y triste. Los cortesanos, obligados a permanecer de pie horas enteras en la antecámara, tenían aspecto cansado y cohibido.


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Teoría del poder monárquico

Teoría del poder monárquico



Luis XIV tenía idea muy elevada de su poder real. El mismo la ha expuesto en las Memorias que mandó escribir para instrucción de su hijo. «El rey, dice, representa a la nación entera. La nación no constituye cuerpo, reside toda entera en el rey». —Se cree también que Luis XIV dijo un día: «El Estado, soy yo».

Se consideraba representante de Dios en la tierra. «El (Dios) que ha dado leyes a los hombres, dice, ha querido que se les respetase (a los reyes) como sus lugartenientes». El rey de Francia era un personaje sagrado, se creía que tenía el poder milagroso de curar las escrófulas. En ciertas fiestas, los escrofulosos iban a arrodillarse. El rey, después de haber comulgado, pasaba por delante de ellos. En la cara de cada uno hacía la señal de la cruz, diciendo: «El rey te toca, que Dios te cure!» Era lo que se llamaba «el milagro de los lamparones».

Siendo el rey lugarteniente de Dios, no era responsable sino para con Dios. Debía, por tanto, decidir todo a su capricho, sin tener que consultar a nadie. Luis XIV, comparando su situación con la del rey de Inglaterra, escribía: «Esta sujeción que pone al soberano en la necesidad de tomar la ley de sus súbditos, es la mayor calamidad en que puede caer un hombre de nuestro rango... A la cabeza solamente corresponde deliberar y resolver». —Escribió también: «El rey y los príncipes, que han nacido para gobernarlo todo y mandarlo todo, no deben estar sujetos más que a Dios y a la fama».

Luis XIV se consideraba también propietario de todos los bienes de sus súbditos. «Los reyes, dice, son señores absolutos y disponen naturalmente de todos los bienes». Decía también: «Todo lo que se encuentra en la extensión de nuestros Estados, de cualquier naturaleza que sea, nos pertenece con igual razón».

Los súbditos, cualesquiera que fuesen, no tenían otro deber que obedecer. «La voluntad de Dios, decía Luis XIV, es que el que ha nacido súbdito obedezca sin discernimiento».

Bossuet, que fué nombrado preceptor del hijo de Luis XIV, escribió para su discípulo un tratado que llamó Política sacada de las propias palabras de la Sagrada Escritura (1677). Allí se dice: «Dios es el verdadero rey, pero establece a los reyes como ministros suyos... Los príncipes obran como ministros de Dios y sus lugartenientes en la tierra. El príncipe es la imagen de Dios». Bossuet reconoce que el príncipe tiene deberes, que está atenido a trabajar por el bien de su pueblo; pero los súbditos no tienen el derecho de pedir nada y deben obedecer a los reyes, aun cuando sean injustos. «Es preciso, dice, obedecer a los príncipes como a la justicia misma». «La autoridad real es absoluta. Los súbditos deben al príncipe entera obediencia. Si el príncipe se conduce mal, no hay fuerza ninguna capaz de obligarle, los súbditos no deben oponer más que respetuosas advertencias».


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El Gobierno

El Gobierno



Luis XIV fué apellidado el Rey-Sol, y había tomado como emblema un sol. Creía ser autor de todo lo que se hacía en su reino, lo mismo que el sol da vida a todo en la tierra.

Decía: «El oficio de rey es grande, noble, delicioso». Le gustaba ejercer su «oficio de rey». Se había hecho regla de trabajar todos los días. «Por el trabajo se reina», eran sus palabras.

Al asumir el poder, había manifestado que no tendría primer ministro, no queriendo, decía, «dejar que otro ejerciera las funciones de rey mientras él sólo tendría el título». Quería gobernar directamente y decidir solo. Prohibió firmar ninguna resolución sin orden suya. Los ministros no debían servirle más que para preparar los asuntos.

Luis XIV adoptó la regla de no tomar nunca como ministro a ningún personaje de alto rango, ni obispo, ni señor. Dió a los príncipes de su familia dignidades y pensiones, pero no los admitió en su Consejo. Tomó siempre como ministros gentes de la clase media ennoblecida. Pensaba que aquellos advenedizos, no siendo nada por su origen y no pudiendo contar más que con el favor del rey, le obedecerían mejor que los altos personajes. «Quería, escribió, mostrar al pueblo por el rango de aquellos de que me servía, que no era mi intento compartir con ellos mi autoridad».

Tomó primeramente como consejeros a los hombres que habían ayudado a Mazarino: Le Tellier, encargado de los asuntos de Guerra; —Lionne, de las Relaciones exteriores; —Fouquet, superintendente de Hacienda. Pero ya desconfiaba de Fouquet, que había adquirido una gran fortuna proporcionando dinero a Mazarino para la guerra.

Fouquet se había mandado edificar Un palacio magnífico con un parque, en Vaux, cerca de Melun, y daba grandes fiestas. Luis XIV decidió desembarazarse de él. Le llevó a Nantes, le mandó prender y juzgar. Fué condenado a destierro. Luis XIV agravó la pena por la de prisión perpetua. El cargo de superintendente de Hacienda fué suprimido.

El rey tomó muy pronto como principales consejeros a Colbert, que había sido el intendente de Mazarino, y al hijo de Le Tellier, al que nombró marqués de Louvois. Imaginaba dirigir a sus ministros. Pero Louvois y Colbert sabían hacer decidir lo que les agradaba, exponiendo sus proyectos al rey como si fuera éste el autor de la idea.

Colbert y Louvois aprovecharon el favor de que gozaban, a fin de que sus parientes fueran nombrados para los cargos más altos. —Colbert hizo dar a su hijo, nombrado marqués de Seignelay, la supervivencia (es decir, el derecho de sucederle) como ministro de Marina y de la Casa del rey. Hizo dar el ministerio de Estado a su hermano Colbert de Croissy, que logró trasmitirlo a su hijo. —Louvois tuvo por sucesor a su hijo, nombrado marqués de Barbezieux.

A diario el rey se reunía en Consejo con algunos de sus ministros. Tenía tres veces por semana el Consejo llamado de Estado o Consejo superior. En él se arreglaban los asuntos de gobierno, las relaciones con los Estados extranjeros, lo que llamamos política interior y política exterior. Los que a este Consejo asistían eran llamados ministros de Estado. No eran más que cuatro o cinco, personas de confianza del rey. Iban con el traje ordinario y se sentaban en taburetes. Luis XIV no quería que aquella reunión pareciese una ceremonia oficial.

El lunes, cada quince días, se reunía el Consejo de los despachos. A él acudían los ministros de Estado, el canciller, que estaba encargado de los asuntos de Justicia, y los cuatro secretarios de Estado, entre los que estaban repartidas las diferentes provincias y las diferentes clases de asuntos. En este Consejo se leían los despachos enviados por los intendentes que administraban el reino. Cada ministro hacía la relación de los asuntos que le concernían y preparaba la respuesta. El rey la firmaba.

El martes y el sábado, el rey reunía el Consejo de Hacienda, en que se decidían las cuestiones de impuestos y de gastos.

El viernes, el rey tenía el Consejo de conciencia con su confesor, para resolver los asuntos de la Iglesia y para nombrar a los eclesiásticos.

Todos los asuntos eran resueltos en secreto, sin inspección de ninguna clase. El Parlamento ya no tenía el derecho de presentar peticiones, el rey no le permitía siquiera deliberar sobre los edictos que le eran enviados para registrarlos.

En las provincias, el rey continuaba nombrando gobernadores, elegidos, como antes, entre los grandes señores. Les daba cuantiosos sueldos, pero no les dejaba ningún poder. El gobernador permanecía en la Corte y no iba a su provincia sino raras veces, por lo común para dar fiestas. El mariscal de Villars, gobernador de Provenza por espacio de veinte años, pasó en total tres meses en su gobierno.

Los agentes que en realidad estaban en posesión del poder eran los «intendentes de Justicia, Policía y Hacienda». El gobierno los elegía entre los relatores del Consejo de Estado, que eran burgueses ennoblecidos. Enviaba uno a cada una de las generalidades, de las que había una treintena. Permanecían en su puesto mientras al rey le placía conservarlos en él. El intendente era la persona de confianza del Gobierno, encargado de ejecutar las órdenes del rey. Se ocupaba de todo, de Justicia, de Hacienda, de las tropas, y, como nadie podía oponérsele, era el verdadero dueño de la provincia.


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Colbert

Colbert



Juan Bautista Colbert, nacido en 1619, era hijo de un vendedor de paños de Reims que se había enriquecido y había comprado un cargo. Fué empleado en las oficinas del secretario de Estado Le Tellier. Luego entró al servicio de Mazarino, llegó a ser intendente y se dedicó a administrar la enorme fortuna de éste. Aprovechó su posición para empezar a enriquecerse. Mazarino, satisfecho de Colbert, incluyó en su testamento una cláusula en que rogaba al rey se sirviera de él.

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Colbert se captó la confianza de Luis XIV proporcionándole dinero, y le decidió a desembarazarse de Fouquet. Después de haber caído en desgracia Fouquet, Luis XIV nombró a Colbert intendente. Más tarde (1665) le hizo inspector general de Hacienda y hasta su muerte (1683) le dejó regir el Tesoro de Francia.

Colbert, aun cuando había llegado a ser gran señor, conservó siempre costumbres modestas. Iba al Consejo a pie, sin criado, sin llevar más que un saco de terciopelo negro en el que metía sus papeles. Tenía rostro ceñudo, cejas espesas y ojos hundidos. No era aficionado al trato social y recibía mal a los solicitantes. Parecía duro y frío. Mme. de Sévigné le llamaba «el Norte».

Colbert fué muy trabajador. Pasaba el día entero leyendo papeles, escribiendo despachos y memorias y preparando informes para el rey. Luis XIV tenía tanta confianza en él que le dió sucesivamente la superintendencia de las construcciones y los cargos de secretario de la Casa Real y de la Marina. Colbert tuvo entonces en sus atribuciones la Hacienda, la Marina, las Colonias, la Industria, el Comercio, las Construcciones, las Obras públicas, las Bellas Artes, la Casa Real. Reunía las atribuciones de siete de nuestros ministros. Regía todos los asuntos, excepto los de Guerra, las Relaciones exteriores y la Justicia.


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La obra de Colbert

La obra de Colbert



Colbert, que había llegado a ser el principal consejero de Luis XIV, expuso sus ideas en Memorias que entregó al rey (1663-1664). Creía que el poderío de un Estado depende de «la abundancia del dinero». Juzgaba que había en Europa una cantidad limitada de dinero que «rodaba» de un país a otro por el comercio. No se podía aumentar la cantidad de dinero en un Estado sino disminuyendo la de los demás. Los franceses compraban entonces en el extranjero gran parte de los productos fabricados —las telas de lujo, los tapices, los espejos, el acero—, y pagaban en dinero contante, lo cual hacía salir el oro y la plata del reino. Colbert intentó que no saliesen estos metales de Francia, creando industrias que fabricasen dichos productos. Empleó tres procedimientos:

1.º Creó manufacturas reales, cuyos directores y obreros eran pagados por el rey. En el Hotel de los Gobelinos en París, Colbert estableció la Manufactura real de los muebles de la Corona, dirigida por el pintor Lebrun, en la que se fabricaron tapices para el rey (1662).

Mandó establecer otras fábricas de tapices, en Beauvais y en Aubusson. —Hizo venir de Venecia obreros para la fabricación de espejos y fundó una fábrica que fué trasladada más tarde a Saint-Gobain. —En Alençon, donde se hacían encajes desde larga fecha, Colbert estableció una fábrica real para imitar los encajes de Venecia.

A veces, en vez de pagar directamente a los obreros, el rey se entendía con un particular, le daba una prima y le concedía el monopolio, es decir, el derecho exclusivo de fabricar y vender. De este género fué la fábrica de paños finos de Abbeville. Así el Gobierno introdujo en Francia la fabricación de tapices, de paños finos, de espejos, de encajes, de hojalata, de jabón.

2.º Para permitir a los fabricantes vender sus productos más caros, Colbert estableció derechos de aduanas sobre los productos similares procedentes del extranjero. El reglamento, llamado tarifas, de 1664 impuso derechos elevados, 40 libras por pieza de paño fino, 36 libras por docena de sombreros de castor, tres libras por docena de medias. —La tarifa de 1667 elevó todavía los derechos— a 80 libras para los paños finos, a ocho libras para la docena de medias. Quedó prohibido entrar a ningún precio los espejos de Venecia. Fué lo que se llamó sistema proteccionista. Los italianos le han denominado colbertismo.

3.º Colbert quería lograr que los productos franceses tuvieran en el extranjero buena fama, para que los compradores se resolvieran a adquirirlos. Quiso obligar a los fabricantes a no producir más que artículos buenos. Hijo de pañero, le interesaba sobre todo la fabricación de paños. En las ciudades del Norte de Francia, los obreros estaban reunidos en corporaciones llamadas oficios, cada una de las cuales tenía sus reglamentos que prescribían la manera de trabajar. Colbert intentó introducir este sistema en las ciudades donde no existía. Habría querido aún que, en toda Francia, se fabricasen piezas de paño del mismo largo y de igual calidad. Mandó hacer más de 140 reglamentos.

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El reglamento de 1669 fijaba exactamente la calidad de la lana, el número de hilos, el largo y el ancho que debía tener cada pieza, el tinte y la grasa que había de emplearse, que debía ser manteca de cerdo muy blanca. Ordenaba romper todos los telares antiguos que no tenían el ancho exigido.

Si un fabricante no aplicaba el reglamento, era multado y confiscadas las telas. —A la segunda contravención, la tela debía ser expuesta en un poste con un cartel en que figuraba el nombre del comerciante y el del obrero, luego había que hacerla pedazos y quemarla.- A la tercera vez, el obrero o el fabricante debía ser puesto en la picota. Pero los fabricantes se resistieron, y Colbert no logró que sus reglamentos fueran aplicados.

En aquel tiempo en que los caminos estaban empedrados o llenos de baches, se hacía poco comercio por tierra. Para facilitar el tráfico en el interior, Colbert intentó hacer los ríos más navegables. Entonces se hizo el canal de Languedoc, que permitió ir del Mediterráneo al Océano, pasando por el Aude y el Garona. Lo hizo un contratista de aduanas, Riquet, al que se dió en cambio la señoría del canal.

Colbert se ocupó sobre todo del comercio exterior. Le irritaba que los navíos holandeses llegaran a los puertos de Francia a buscar las mercancías extranjeras. Se había establecido un derecho de cincuenta sueldos (dos pesetas y media) por tonelada a los barcos extranjeros. Los holandeses pedían a Luis XIV su supresión. Colbert hizo que fuera mantenido. Esperaba que los franceses se resolvieran a construir barcos que impidieran a los extranjeros hacerles competencia.

Los armadores franceses no eran bastante ricos o bastante atrevidos para emprender solos expediciones a los países remotos. Colbert fundó Compañías de navegación, semejantes a la Compañía holandesa de las Indias (véase capítulo XI).

La Compañía de las Indias orientales, fundada en 1664, debía ser propietaria de todas las islas que ocupase en el Atlántico y el Pacífico, y tener el derecho exclusivo de comerciar en las Indias. El rey se suscribió por tres millones, la mitad del capital. Se construyó un puerto que tomó el nombre de la Compañía, se llamó L’Orient.

La Compañia de las Indias occidentales, establecida en el Havre, debía tener el comercio y el gobierno de todas las colonias de América y de la costa occidental de Africa, y una prima por cada tonelada de mercancías exportadas e importadas.

Más tarde se creó una Compañía del Norte, en Dunkerque (1669) para el tráfico del mar del Norte y del Báltico, y una Compañía del Levante, en Marsella, para el Mediterráneo. Estas Compañías no pudieron pagar dividendos y pronto quedaron arruinadas. Pero el número de barcos franceses se duplicó desde 1670 a 1683.

Colbert encontró la marina de guerra deshecha, no quedaban más que unos cuantos navíos medio podridos. Mandó construir dos flotas, una en el Mediterráneo, otra en el Océano.

En el Mediterráneo, los barcos eran galeras largas y bajas, movidas por remos enormes de 12 metros de largo. Se necesitaban cuatro o cinco hombres para cada remo.

Los remeros, condenados a galeras, iban sujetos con cadenas a los remos. Los guarda-chusma, armados de látigo, estaban en el medio y azotaban la espalda de los hombres para que remasen más fuerte. Como se necesitaban muchos remeros, Colbert recomendaba que se condenase la más gente posible a galeras. Se hacía así con los criminales, los contrabandistas, los alborotadores, los vagabundos, los mendigos. Más tarde se condenó también a los protestantes que intentaban salir de Francia. Se retenía indefinidamente a los condenados a galeras, aun cuando hubiera pasado el tiempo de la condena.

En el Oceáno, los barcos eran fragatas o navíos de línea, de puente alto, armados con dos o tres filas de cañones superpuestos. Tenían tres palos y navegaban a vela. No podían entrar más que en los grandes puertos, en Brest o en Tolón. Colbert mandó construir un puerto de guerra nuevo en Rochefort, en el Charente.

Para tener marinos, Colbert creó un servicio obligatorio. Todos los marinos de la costa de Francia, dedicados al comercio o a la pesca, fueron inscritos y divididos en cinco clases (o tres, según las regiones). Cada clase debía servir de tiempo en tiempo en los barcos del rey. Además, se podía hacer embarcar a todas en caso de necesidad. En cambio, los inscritos percibían sueldo y un pequeño retiro. Este régimen, llamado matrícula de mar se ha conservado hasta nuestros días.


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Louvois

Louvois



Mazarino había confiado los asuntos militares a un exmagistrado de familia burguesa, Le Tellier, secretario de Estado de Guerra. Su hijo, nombrado marqués de Louvois, fué su agregado y le sucedió al morir.

Louvois encontró el ejército desorganizado. Los coroneles se habían hecho amos de sus regimientos y vendían los grados de oficiales. Reclutaban ellos mismos los soldados, y como el rey les daba el total del sueldo de los soldados de su regimiento, era su interés tener menos hombres que los que estaban obligados a pagar. Cuando un inspector real iba a pasar revista a las tropas, para ver si el regimiento estaba completo, se le presentaban soldados falsos que se llamaban pasa-volantes, y que eran por lo común criados.

Los soldados estaban alojados en pequeñas barracas colocadas en un suelo fangoso, y dormían cuatro en una misma cama. No se les daba ropa con regularidad, muchos sólo tenían pantalones de lienzo. Era también muy frecuente que no recibieran sus pagas.

El ejército no tenía almacenes provistos, los soldados vivían como se les alcanzaba y saqueando el país. Como no había forraje, se esperaba antes de entrar en campaña a que el trigo hubiera crecido lo bastante para que pudieran comer los caballos.

Louvois era un oficinista, nunca había salido a campaña. No intentó variar el sistema del ejército. Se siguió reclutando los soldados por alistamiento voluntario.

Oficiales reclutadores recorrían Francia en busca de hombres. El reclutador, cuando llegaba a una población, mandaba pregonar que venía a alistar soldados para el servicio del rey. Para decidir a los hombres a engancharse, les daba una suma en metálico. Por lo común les hacía promesas falsas o los emborrachaba para que firmasen el compromiso de enganche. Muchas veces se apoderaba de ellos por fuerza. Louvois escribía en 1677: «Es muy mala excusa en un soldado, para justificar su deserción, decir que le han cogido por fuerza. Si se quisiera admitir razones de esta calidad, no quedaría un soldado en las tropas del rey, puesto que casi no hay uno que no crea tener alguna buena razón para reclamar contra su alistamiento». Los soldados alistados de esta suerte eran pobres gentes sin recursos o aventureros.

Cuando Luis XIV guerreó en 1668, Louvois se dió cuenta del desorden del ejército. Empezó inmediatamente a hacer reformas. Ordenó condenar a galeras a todos los que se encontrase haciendo de «pasa-volantes» .—Creó comisarios de guerra, encargados de comprobar el efectivo de las compañías.—Obligó a los capitanes a tener completas sus compañías. Ordenó pagar el sueldo cada diez días. Fijó una misma soldada para todo el ejército: cinco sueldos diarios para el infante, once para el dragón, quince para el jinete.

Louvois creó los servicios necesarios para aprovisionar al ejército: arsenales, polvorines, fundiciones de cañones, hospitales y ambulancias, remontas para la caballería.— Creó un servicio regular de los víveres, lo que llamamos la intendencia militar.—Mandó edificar cuarteles para alojar a los soldados.

Se conservó el régimen antiguo que permitía a los oficiales comprar su grado y revenderlo. Pero Louvois exigió que el oficial hubiera cumplido un año de instrucción militar como cadete en una compañía antes de comprar su grado. Obligó a los oficiales a hacer el servicio regularmente y a estar presentes en sus regimientos. «Se quiere, decía, que un capitán haga su granja de la compañía, pero se quiere también que la cultive» .—Reguló el ascenso de los oficiales por antigüedad. En igual grado, había de mandar el más antiguo.

Louvois no cambió el traje ni el armamento. Obligó a los oficiales a proporcionar a sus hombres ropas de paño; pero no exigía uniforme. Les aconsejaba únicamente que diesen el mismo traje a todos los soldados de un mismo regimiento.

Se conservaron mucho tiempo las antiguas armas, el mosquete y la pica. En 1670 no había aún más que cuatro fusileros por compañía, que manejaban fusiles de chispa. La bayoneta no apareció hasta después de Louvois. En 1690, en la batalla de Steinkerque, se luchaba todavía con picas.

Louvois creía que la guerra consiste más bien en sitios que en batallas, y tenía mucho interés en construir plazas fortificadas. Dirigía las fortificaciones en todas las provincias conquistadas, que eran las de la frontera. Colbert tenía este mando en todo el resto del reino. Utilizaba arquitectos, Louvois tenía ingenieros militares. Estos dos cuerpos eran rivales.


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Vauban

Vauban



El mejor ingeniero empleado por Louvois fué Leprestre de Vauban, un hidalgo del Morvan, hombre suave, concienzudo e instruído. Había escrito tratados acerca del ataque y la defensa de las plazas.

Vauban fortificó casi todas las plazas de la nueva frontera francesa: en los Países Bajos, Dunkerque, Calais, Saint-Omer, Lille, Cambrai; —en la frontera del Este, Givet, Rocroi, Metz, ThionvilLe, Belfort, Estrasburgo, Besançon; —a la parte de España, Perpignan, Mont-Louis, Bayona.

Adoptó un sistema ya empleado de larga fecha. En Francia se ha adoptado la costumbre de decir forticaciones a lo Vauban. Renunció a las murallas altas que dominaban los alrededores (fortificaciones dominantes), porque los cañones podían demolerlas con demasiada facilidad. Construía murallas de obra de fábrica, cortas y gruesas, el pie al mismo nivel que un foso profundo, la cima llegando solamente al nivel de lo alto del foso. Aquella muralla estaba cubierta por un espeso talud de tierra con hierba, en que las balas de cañón se hundían sin poder destruir nada. Estaba oculta por el reborde exterior del foso, llamado contra-escarpa, que bajaba en suave pendiente por la parte del campo, de modo que el enemigo no veía más que el talud de tierra y no podía tirar contra la obra de fábrica. La guarnición estaba alojada en casa-matas fortificadas, ocultas bajo la muralla. Los ángulos estaban defendidos por bastiones cubiertos de tierra. Es lo que se llama fortificaciones rasantes.


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El galicanismo

El galicanismo



Asuntos religiosos


Luis XIV quería ser obedecido en cuestiones de religión como en todo. Nombraba los obispos (véase cap. XVI). Cuando moría un obispo, y hasta que se nombrase el sucesor, el rey se quedaba con las rentas del obispado. Era el derecho de regalía.

El rey de Francia no cobraba la regalía más que en una parte del reino, y Luis XIV quiso establecerla en todas las provincias. Dos obispos protestaron y apelaron al Papa. Este se declaró en favor de ellos y contra sus arzobispos.

Un partido muy numeroso, llamado galicano, y que remontaba al siglo XV, declaraba a la Iglesia de Francia (galicana) independiente del Papa para sus asuntos propios. En opinión de los galicanos, el rey de Francia tenía la facultad de prohibir a los obispos comunicar con el Papa. Las decisiones de éste no debían ser aplicadas en Francia sino después de haber recibido la aprobación del Gobierno. Era lo que llamaban las libertades de la Iglesia galicana. —El partido opuesto reclamaba en favor del Papa el derecho de dictar órdenes a la Iglesia de Francia. Era llamado ultramontano, es decir, italiano.

Luis XIV, que a propósito de la regalía se había indispuesto con el Papa, reunió un sínodo de obispos y eclesiásticos del reino y le preguntó su opinión.

La Asamblea dió la razón al rey e hizo pública la Declaración de 1682, en cuatro artículos. Esta declaración, que Bossuet había redactado, exponía la doctrina del partido galicano. El Papa no tiene poder sino para las cosas espirituales que conciernen a la salvación. Respectó a los asuntos temporales de la Iglesia, el rey de Francia no está sometido a ningún poder extraño. En sus relaciones con el Papa, deben observarse, no solamente las decisiones de la Iglesia universal, sino también las reglas de la Iglesia galicana.

La Declaración añadía: «El Concilio ecuménico es superior al Papa» y «El juicio del Papa es reformable con el consentimiento de la Iglesia» (dicho de otro modo: «El Papa no es infalible»). Era la doctrina proclamada en el siglo XV por el Concilio de Constanza.

La Declaración de 1682 hacía la doctrina galicana obligatoria para todos los súbditos del rey. Luis XIV ordenó a todos los profesores de teología de la Sorbona que la registrasen y firmasen. Varios de ellos se negaron y fueron destituidos.

El Papa dijo que no aceptaría como obispo a ninguno de los miembros de la Asamblea de 1682 que habían adoptado la Declaración. Eran los únicos a quienes Luis XIV quería hacer obispos. Pronto hubo 15 obispados vacantes. Por último, como en 1689 hubiera muerto el Papa Inocencio, Luis XIV se reconcilió con su sucesor. Entonces los obispos que el Papa se había negado a aceptar firmaron una declaración en que afirmaron «no haber querido decir nada contrario a la autoridad papa», y le juraron obediencia. El conflicto entre el rey y el Papa terminó. Pero los galicanos siguieron considerando la Declaración de 1682 como regla de la Iglesia.


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Los jansenistas

Los jansenistas



Un obispo belga, Jansen (latinizado Jansenius), que murió en 1638, había dado a luz un tratado en latín, el Augustinus, en que comentaba la doctrina de San Agustín. Sostenía que, para salvarse, no basta ser justo, es preciso tener la gracia de Dios. Cristo, decía, ha muerto, no para todos los humanos, sino solamente para los elegidos.

Esta doctrina se parecía a la de Lutero y Calvino. El Papa condenó como heréticas cinco proposiciones contenidas en el Augustinus. Algunos católicos franceses habían adoptado las doctrinas de Jansen, y se les llamó jansenistas. Su centro fué en un principio el viejo convento de religiosas de Port-Royal de los Campos, a pocas leguas de París. Su abadesa, apellidada «la madre Angélica», le había reformado. Un magistrado, Saint-Cyran, amigo de Jansen, reunió a su alrededor varios discípulos, magistrados la mayor parte. Al lado del convento fundó una comunidad de solitarios que vivían trabajando con sus manos. Estudiaban la Biblia y a los Padres de la Iglesia y publicaban escritos de teología.

Los solitarios de Port-Royal fundaron una escuela donde enseñaban a los muchachos el latín y el griego. El poeta Racine fué uno de sus discípulos. El convento de religiosas de Port-Royal fué trasladado a París, al arrabal Saint-Jacques. Los jansenistas, aun cuando poco numerosos, tuvieron entonces en Francia gran fama. Uno de ellos, Arnauld, sobrino de «la madre Angélica», fué apellidado el grande Arnauld.

Los jansenistas no se negaban a reconocer la autoridad del Papa y se declaraban católicos. Decían solamente que las cinco proposiciones condenadas por el Papa como heréticas no figuraban en el libro de Jansen. Los jesuítas, enemigos de los jansenistas, resolvieron al Papa a declarar que figuraban (1656). Se redactó un formulario que debían firmar todos los eclesiásticos de Francia. Las religiosas de Port-Royal y algunos obispos se negaron a firmarlo. No se adoptaron medidas contra ellos porque el Papa murió poco después.

Un nuevo Papa dejó el asunto en suspenso. Los jansenistas fueron tolerados en Francia durante treinta y cuatro años. Pero, a fines del siglo XVII, el arzobispo de París, amigo de los jansenistas, sostuvo que los católicos no estaban obligados a creer interiormente las decisiones del Papa, que bastaba con «un silencio respetuoso». El Papa declaró (1705) que todos los católicos debían rechazar la doctrina de Jansen.

Luis XIV tenía como confesor un jesuíta, el padre Tellier. Se declaró contra los jansenistas y obligó a todos los eclesiásticos a firmar la declaración del Papa. Sólo las religiosas de Port-Royal se atrevieron a negarse. Luis XIV las prohibió primeramente admitir novicias. Luego envió soldados que sacaron del convento a las religiosas de Port-Royal. Se demolió el edificio y se desenterraron los huesos de los solitarios (1709). El Papa renovó la condenación de los jansenistas en la bula Unigenitus, que fué promulgada a fines del reinado (1713).


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Los calvinistas

Los calvinistas



El edicto de Nantes (véase cap. VIII) garantiza a los calvinistas franceses la libertad de practicar su culto. Mazarino le había respetado. Consideraba a los protestantes «buenos servidores y súbditos del rey». «El pequeño rebaño, decía, mordisquea la mala hierba, pero no se descarría».

Desagradaba a Luis XIV tener súbditos de otra religión que la suya. La asamblea del clero católico —que se reunía cada cinco años para votar el impuesto—, inducía al rey a tomar medidas que obligasen a los protestantes a convertirse.

El Gobierno daba pocos cargos a los protestantes, los señores calvinistas eran mal vistos en la Corte. Poco a poco, para obtener los favores del rey, casi todas las familias nobles protestantes se habían convertido. Apenas había calvinistas más que entre la clase media de algunas ciudades y los aldeanos de algunas provincias del Mediodía, sobre todo en el Poitou y las montañas de las Cévennes. Como para los cargos no se les admitía, los protestantes se habían dedicado al comercio o a la industria. Los de la clase media calvinista eran comerciantes o fabricantes. Hacían el comercio marítimo en la Rochela, dirigían las fábricas de paños del Mediodía.

Luis XIV no se atrevió en un principio a derogar el edicto de Nantes; pero prometió a la Asamblea del clero de 1666 «interpretar favorablemente todo lo que no podía ser muy bien interpretado por los edictos», es decir, interpretar el edicto de modo que se disminuyera todo lo posible la libertad de los protestantes.

Se empezó a demoler los templos que no estaban exactamente previstos en el edicto. —Se prohibió en las escuelas protestantes enseñar otra cosa que a leer y a escribir. —Se prohibió hacer entierros protestantes ante más de diez personas. —Quedaron prohibidas a los protestantes las profesiones de notario, procurador, impresor, librero, cirujano, farmacéutico. —Se autorizó a sus hijos para hacerse católicos contra la voluntad de los padres, primero a los catorce años, luego (1681) a la edad de siete años, «porque, se decía, los niños a esa edad son capaces de razón y de elegir en materia tan importante como es la de su salvación».

Al mismo tiempo se intentaba convertir a los protestantes enviándoles misioneros. Se creaba un fondo de conversión para dar dinero a los protestantes que se convirtieran.

Un intendente del Languedoc imaginó, cuando un protestante no quería convertirse, enviar alojados a su casa, jinetes o dragones, en numero de diez y hasta de veinte, y con obligación de darles de comer. Se apellidó por burla a aquellos soldados «misioneros con botas de montar».

A Louvois le pareció aceptable el procedimiento, y mandó fueran enviados los dragones a todas las comarcas protestantes. Aquellos dragones, sabiendo que se les dejaba hacer cuanto querían, se conducían como los soldados de aquella época en país enemigo, rompían los muebles, pegaban a los hombres, ultrajaban a las mujeres. Se divertían colgando a las gentes del pelo o de los pies en las chimeneas, las impedían dormir durante ocho días pellizcándolas para obligarlas a convertirse. Fueron las llamadas dragonadas.

Los protestantes, aterrados y atormentados, se presentaban por miles a manifestar que abjuraban.

Luis XIV, desde hacía quince años, tenía incesantemente noticias de nuevas conversiones, y creyó que todos los calvinistas estaban convertidos y que no había más. Firmó un edicto de revocación del edicto de Nantes. «La parte mejor y más grande de nuestros súbditos, supuestos reformados, habiendo abrazado, decía, la religión católica», el edicto de Nantes ya no tenía razón de ser. El rey ordenaba, por tanto, demoler los templos y cerrar las escuelas protestantes. Inducía a los protestantes a salir del reino en el término de quince días, so pena de galeras. Los calvinistas podían quedarse en Francia y conservar la libertad de conciencia, pero no debían practicar más su culto, y sus hijos habían de ser educados en la religión católica (octubre de 1685).

Quedaban infinitamente más protestantes de los que el rey había creído. Muchos de los que habían abjurado por fuerza se declararon de nuevo protestantes. Otros intentaron salir de Francia. Pero Luis XIV no quería permitir que emigrasen sus súbdito calvinistas, quería obligarles a permanecer en su reino cambiando de religión. Les prohibió salir de Francia bajo pena de galeras.

Entonces empezó una larga lucha entre los protestantes y el gobierno. Los que se negaban a convertirse eran encerrados, los hombres en las cárceles, las mujeres en conventos. Se enviaba a sus hijos a los conventos, donde las religiosas los convertían a la fuerza. —Los que se habían convertido se retractaban en el momento de morir. Eran declaradas relapsos, su cuerpo arrastrado por las calles y dejado sin sepultura.

Muchos se iban en grupos pasando los montes y trataban de embarcarse ocultamente para llegar a país extranjero. Los que se cogían eran condenados a galeras. Se les enviaba con grillos en los pies, por parejas, con los criminales, y seguían en las galeras hasta morir.

Los que consiguieron huir se establecieron en los países protestantes, sobre todo en Inglaterra, en Holanda y en Alemania. Varios eran oficiales que sirvieron en los ejércitos coaligados contra Luis XIV. La mayor parte eran artífices o fabricantes, y se fueron a establecer en el extranjero fábricas de paños, de vidrio, de papel. No se conoce el número exacto de los hugonotes emigrados. Vauban los calculaba en 100.000 hombres, 9.000 marinos, 12.000 soldados.

En las Cévennes, los aldeanos calvinistas habían seguido siendo muy numerosos. Jóvenes que se creían profetas predicaban y predecían. Durante la guerra de Sucesión de España, los campesinos, excitados por los «profetas de las Cévennes», se reunieron, se armaron como pudieron y se sublevaron. Combatían con una camisa sobrepuesta. Se les apellidó «los camisardos». Su jefe era un panadero joven, Juan Cavalier. Ellos se llamaban «hijos de Dios».

Se envió a su país un ejército real que incendió las aldeas, pasó a cuchillo a los habitantes y ahorcó a los prisioneros. Pero los camisardos resistieron más de dos años (1702-1704). Fué el mejor general de Luis XIV, Villars, quien acabó la guerra negociando con Cavalier, al cual tomó al servicio del rey.

Luis XIV no consiguió acabar por completo con los protestantes de Francia, pero disminuyó mucho su número. Ya no quedaron casi en el Norte (salvo en Alsacia). En el Mediodía mismo, dejó de haberlos en las ciudades. Casi todos los calvinistas que quedaron eran campesinos, en el Poitou, las Cévennes, los Alpes, países de viviendas aisladas y sin caminos, en que era escasa la vigilancia del Gobierno.