Historia XVII (Versión para imprimir)

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Autor: Charles Seignobos

Austria



La monarquía austriaca se había fundado en el siglo XVI, cuando Fernando I, hermano de Carlos V, reunió los dominios de la casa de Austria y los dos reinos de Bohemia y de Hungría. Pero los turcos habían conquistado la mayor parte de Hungría, la casa de Austria sólo había conservado las partes próximas al territorio austriaco.

El poder del emperador, que había disminuido mucho por las luchas con los príncipes alemanes y los señores protestantes, se afirmó de nuevo con la Guerra de Treinta Años (véase cap. X). Los señores protestantes fueron ejecutados o expulsados, sus tierras fueron confiscadas y se dieron a familias extranjeras, a alemanes, belgas, españoles (como los Hoyos), bohemios, italianos (como los Piccolomini y los Montecuculli).

Aquellos nuevos señores vivían en Viena, cerca del emperador. Constituyeron una nobleza de Corte, a la que el emperador daba todos los cargos y que no intentaba contrariarle. El emperador se hizo así dueño absoluto en las provincias austriacas y en el reino de Bohemia.

En Alemania, por el contrario, la guerra de Treinta Años le quitó el poder que le restaba. Desde la paz de Westfalia, cada príncipe era dueño en su territorio, y hasta tenía un ejército independiente y hacía alianzas con los Estados extranjeros. La Dieta se reunía aún, pero no la formaban más que enviados de los príncipes, y no podían resolver nada sin el consentimiento de su señor. Los siete príncipes-electores seguían eligiendo constantemente emperador al jefe de la casa de Austria; pero, antes de elegirle, le imponían condiciones.

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El emperador Leopoldo I había sido educado para entrar en la Iglesia. Ya príncipe, conservó sus costumbres sedentarias. No le gustaban los ejercicios corporales y no iba a la guerra. Era bajito, cetrino de color, el labio inferior colgante. Adoptó el uso de la peluca, como Luis XIV, pero conservó el ceremonial de la Corte de España. Se usaba en la Corte de Viena el traje negro y la capa española.

Leopoldo trabajaba mucho, leía los informes de sus ministros, escribía prolijamente en un alemán mezclado con palabras españolas, italianas y latinas. Se resolvía con lentitud, y dejaba muchas veces los asuntos en suspenso. Tomaba como ministros a sus favoritos y les dejaba dirigir la política extranjera. Se interesaba poco en el gobierno interior, salvo cuando tenía necesidad de proporcionarse dinero para sus guerras.

No le gustaba a Leopoldo hablar francés ni quería a Francia. Se consideraba con derecho a la sucesión de España y detestaba a Luis XIV, que se la disputaba. Pero estaba amenazado por la invasión turca, lo cual le obligaba muchas veces a reunir sus fuerzas por el lado del Este y a dejar obrar a Luis XIV.


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Turquía

Turquía



El sultán del Imperio otomano, establecido en Constantinopla, había sido en el siglo XVI el príncipe más poderoso de Europa. Su ejército, formado por «genízaros», soldados de profesión, ejercitados para la guerra desde niños, era superior a todos los demás ejércitos de la época.

Pero, desde la muerte de Solimán (1566), el sultán había dejado de guerrear y el Imperio otomano ya no se ensanchaba. Comprendía entonces toda el Asia Menor, apellidada Turquía asiática, —Siria, —el Egipto, -y toda la península de los Balkanes, llamada Turquía europea.

La flota turca había sido destruida por los italianos y los españoles en la batalla de Lepanto (1572); pero los corsarios musulmanes súbditos del sultán seguían siendo dueños del Mediterráneo oriental, de donde acabaron de arrojar a los cristianos.

El sultán vivía en su palacio de Constantinopla, el Serrallo, rodeado de sus mujeres y de sus favoritos. Dejaba que gobernase en su lugar el gran visir -muchas veces aún su madre o una de sus mujeres. Aquellas mujeres eran cautivas extranjeras, griegas o eslavas, indiferentes por la suerte del Imperio, y trataban sobre todo de obtener dinero. Los gastos de palacio se hicieron tan grandes que, para allegar dinero, se crearon tributos muy cuantiosos que habían de pagar los campesinos.

Las tierras que habían de servir para sustento de los caballeros (spahis), se daban a los criados de palacio o servían para pagar los gastos de las mujeres del sultán. Casi no quedaban spahis.

Los genízaros se habían hecho mucho más numerosos. Pero no eran verdaderos soldados, se había dejado de alistar a los jóvenes y de instruirlos en los ejercicios militares. Los genízaros eran gentes de Constantinopla, cocineros, mozos de mulas, obreros de todas clases, que habían comprado las plazas para obtener un sueldo. No se ejercitaban en el manejo de las armas, y cuando se iniciaba una guerra, se hacían eximir o desertaban. En tiempo de paz maltrataban a los habitantes, se amotinaban, y a veces llegaban a sublevarse.

Se encontró por fin un gran visir enérgico, Koeprili, hijo de un albanés establecido en Asia. No sabía leer y fué nombrado visir a los setenta años, porque había necesidad de una persona activa para acabar con los sublevados. Koeprili exigió del sultán la promesa de no escuchar queja ninguna contra él y la facultad de nombramiento para todos los empleos. Impidió una sublevación de los soldados haciendo decapitar a sesenta de sus jefes. Mandó ejecutar a los genízaros que habían desertado en el momento de una batalla. Al morir, recomendó al sultán «que no atendiese nunca los consejos de las mujeres, que no confiase jamás el poder a una persona rica y que siempre tuviese las tropas en movimiento».

El sultán nombró en su lugar a su hijo, que gobernó quince años (1661-1676). Era instruido a la manera de los musulmanes, conocía el Corán, la astrología y los poetas árabes.

Después de él, el gran visir fué su cuñado, que hizo que todo el mundo le diese dinero y que tuvo una corte como el rey, tropas de mujeres y de esclavos, caballos a miles, jaurías de perros.

La familia de los Koeprili reanudó las invasiones suspendidas desde hacía un siglo. Un ejército turco invadió Hungría. El mismo visir llevó 120.000 hombres y 3.000 cañones. Saqueó Hungría, la Moravia, la Silesia, llevándose a los moradores como esclavos (1661-1663). Asustados los príncipes alemanes, enviaron soldados al ejército de Leopoldo. Luis XIV envió 6.000 hombres. El ejército turco encontró a aquel ejército imperial acampado cerca de la abadía de Saint-Gottard y le atacó. Los alemanes, colocados en el centro, huyeron; pero los austriacos a la derecha y los franceses a la izquierda atacaron a los turcos. Se dijo que el gran visir, al ver a los caballeros franceses con sus pelucas rubias, preguntó: «Qué muchachas son esas?» Los genízaros fueron dispersados. El sultán hizo una tregua con el emperador (los musulmanes no hacían jamás con los cristianos un tratado definitivo).


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Hungría

Hungría



La mayor parte del reino de Hungría estaba aún bajo la dominación del sultán, que enviaba a ella bajás turcos. Su capital era Pesth. Pero los señores húngaros, de nacionalidad magiar, conservaban sus tierras y su poder sobre sus campesinos. Habían seguido siendo cristianos, católicos los unos, los otros calvinistas.

La parte occidental de Hungría, que subsistía en poder de la casa de Austria, conservaba su vieja constitución. El emperador no reinaba en ella sino a título de rey, estaba representado por algunos grandes dignatarios que él nombraba, el palatino (virrey), el juez mayor, el tesorero; pero no podía nombrar más que a señores húngaros.

El rey no podía variar las leyes ni imponer los tributos sino con el consentimiento de la Dieta, dividida en dos Cámaras, los magnates y los diputados de los condados (comitados), elegidos por la gente hidalga. Pero la Dieta no se reunía sino cuando el rey la convocaba. Al rey no le gustaba convocarla, porque la Dieta le presentaba reclamaciones contra su Gobierno, le pedía que no enviase a territorio húngaro soldados extranjeros, quería decidirle a que expulsase a los jesuitas. Los húngaros querían se reconociese que su reino no era hereditario, y que la Dieta elegía al soberano. Reclamaban también el derecho de alzarse en armas si el rey violaba la Constitución. Los protestantes se quejaban de que el rey les hubiera quitado iglesias para darlas a los católicos.

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El principado de Transilvania, al Este, del lado de los montes Cárpatos, había sido una dependencia de Hungría. Pero, desde que los turcos habían conquistado esta última, el príncipe de Transilvania se había hecho independiente. Los campesinos eran rumanos, de religión griega; pero el príncipe, todos los señores y los nobles eran magiares, la mayor parte calvinistas o unitarianos, (se llamaba así a una secta que no creía en la Trinidad).

Uno de los príncipes magiares y calvinistas de Transilvania, Gabriel Bethlen —en magiar Bethlen Gabor (los húngaros ponen el nombre después del apellido), reunió un ejército de guerreros magiares y se alió con los protestantes de Bohemia sublevados contra el emperador (véase cap. X). Llegó a poner sitio a Viena y sublevó a los protestantes de Hungría (1620). Siguió siendo aliado de los señores húngaros descontentos.

El emperador no se atrevía a establecer el poder absoluto en Hungría, como en sus otros Estados, por temor a impulsar a los húngaros a aliarse con los turcos. Pero Leopoldo I no quería la Dieta ni el culto protestante. Después de la victoria de 1664 contra los turcos, dejó tropas en las plazas fuertes de Hungría y se negó a convocar la Dieta.

Los húngaros creían que los jesuitas aspiraban a suprimir el culto protestante. Contaban que los cortesanos, hablando de los señores húngaros, decían: «Echaremos por tierra sus gorros y sus grandes penachos, cambiaremos los botones de oro de sus grandes capas por botones de plomo». Los grandes señores descontentos conspiraron con Luis XIV. Leopoldo ordenó prenderlos y decapitarlos. Luego trató a Hungría como si fuera una provincia. Envió a ella un gobernador alemán y soldados que aterrorizaron al país. Los pastores protestantes fueron acusados de haber tomado parte en el complot (1674). El tribunal los declaró culpables de alta traición. Se indultó a los que se comprometieron a no ejercer más su cargo; lOS restantes fueron enviados a galeras, a Nápoles. Se establecieron tributos sin consultar a la Dieta.

Los húngaros se sublevaron, con el nombre de Kuruzze (cruzados). Su jefe era un joven de veinte años, Tékéli, hijo de uno de los señores decapitados en 1670, educado a la fuerza en un colegio de jesuitas, de donde se había escapado. Casóse con la viuda del príncipe de Transilvania, una mujer enérgica, Helena Zriniy. Se entendió con Luis XIV y con el sultán, y mandó acuñar monedas con su efigie, con estas palabras en latín: «Tékéli, señor del país de Hungría». Leopoldo tuvo miedo, convocó la Dieta y prometió a los protestantes de Hungría dejarles su religión.


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Sitio de Viena

Sitio de Viena



El gran visir Mustafá, apellidado Kara, «el Negro», aprovechó la sublevación de los húngaros para atacar el Austria. Reunió un gran ejército (dícese que de 200.000 hombres) que invadió Hungría (1682); pero la mayor parte de los húngaros cristianos se negaron a unirse a los turcos.

El año siguiente, el ejército turco partió de Andrinópolis con el gran visir. Remontó el valle del Danubio, invadió Austria, quemando las mieses, incendiando los pueblos, llevándose las mujeres y los niños, y fué a acampar delante de Viena (julio de 1683).

El emperador Leopoldo no tenía ejército dispuesto. Huyó con su familia sin que le quedase tiempo para llevarse nada, y le siguió una parte de los habitantes. Viena no tenía para su defensa más que 10.000 soldados, y burgueses y estudiantes se organizaron en milicia. El sitio duró siete semanas. Los turcos hicieron saltar 40 minas, dieron 18 asaltos, y tomaron uno por uno los bastiones que defendían la ciudad.

Por último llegó un ejército de socorro, formado por 30.000 alemanes mandados por el duque de Lorena, y 27.000 que capitaneaba el rey de Polonia. Fué a acampar en la montaña frente a Viena. Luego atacó el campamento otomano. Los jinetes polacos dieron una carga. Los turcos, sorprendidos, huyeron en desorden, abandonando 300 cañones, sus tiendas, todos sus bagajes y las banderas. Así acabó la última invasión de los otomanos en Austria. El ejército turco se retiró desordenadamente, perseguido por los polacos hasta Belgrado. El sultán, irritado, mandó decapitar al gran visir.


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Reunión de Hungría y Austria

Reunión de Hungría y Austria



La batalla de Viena decidió la suerte de Hungría. Los austriacos, que desde hacía dos siglos se mantenían a la defensiva, tomaron la ofensiva contra los turcos. Invadieron Hungría. Tékéli, comprometido por su alianza con los infieles, fué expulsado del país. Se refugió entre los turcos, que le aprisionaron. Un ejército imperial, formado por alemanes y polacos, pasó el Danubio (1686), destruyó el ejército turco (1687) y ocupó toda Hungría.

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El general de Leopoldo, un italiano, Caraffa, fingió creer en un complot de los nobles húngaros contra el emperador. Hizo condenar a muerte y que fueran ejecutados varios centenares de ellos, en un cadalso que funcionó permanentemente en la ciudad de Epéries. Fué lo que se llamó la matanza de Epéries. Entre las víctimas había señores, enemigos personales de Caraffa. Leopoldo II mandó casar las sentencias del tribunal y reunió una Dieta. Los húngaros, atemorizados, consintieron en lo que Leopoldo pedía. —Reconociéronle rey hereditario. Fué abolido el artículo de la Constitución que permitía a los húngaros insurreccionarse.— Transilvania fué anexionada a Hungría.

Los austriacos habían invadido Serbia. No la conservaron. Pero 100.000 cristianos serbios salieron del Imperio y fueron a establecerse al país desierto al Sur de Hungría, donde formaron una provincia de Serbia que todavía existe (1690).

Los turcos intentaron reconquistar Hungría. Otro gran visir de la familia de Koeprili condujo un ejército que rechazó a las tropas imperiales; pero en una batalla Koeprili fué muerto y su ejército se desbandó (1691).

La guerra se detuvo porque el emperador estuvo ocupado en luchas, del lado del Oeste, con Luis XIV (véase cap. XV.) Los turcos aprovecharon esta circunstancia para invadir de nuevo Hungría (1695).

Pero cuando el emperador hubo hecho la paz con Francia (1697), las tropas austriacas, reunidas al mando del príncipe Eugenio de Saboya, consiguieron en Zenta una victoria completa. El gran visir, casi todos sus oficiales y una parte del ejército turco fueron pasados a cuchillo o se ahogaron en la huida. El sultán pidió la paz y se concertó una tregua en Karlovitz. Renuncié a Hungría y a la Transilvania (1699).

Durante la guerra de Sucesión de España (véase capitulo XV), los húngaros se sublevaron de nuevo contra el Imperio y se entendieron con Luis XIV. El jefe de los insurrectos, Rakoczy, era nieto de Tékély, y sus banderas llevaban la divisa: «Dios, libertad, patria». Fué elegido príncipe de Transilvania, luego príncipe de Hungría (1707). Pero parte de los húngaros permanecieron fieles a la casa de Austria. Rakoczy fué vencido y se retiró a Turquía. Fué la última insurrección. Hungría quedó definitivamente reunida a Austria.


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Suecia

Suecia



Los tres reinos de Dinamarca, Suecia y Noruega habían estado mucho tiempo reunidos bajo un solo soberano, el rey de Dinamarca. En el siglo XVI, Suecia se había sublevado contra el rey de Dinamarca y había vuelto a hacerse reino independiente. El jefe de los sublevados, un caballero sueco, vino a ser el rey Gustavo I y fundó una nueva dinastía sueca. Fué denominada más tarde dinastía de los Vasa (sobrenombre tomado de la gavilla que figura en el escudo familiar). Gustavo estableció en Suecia la religión luterana.

Su nieto Segismundo, siendo ya rey de Suecia, fué elegido rey de Polonia. Se hizo católico y se estableció en Polonia. Los suecos, que eran luteranos, quedaron muy descontentos. El tío del rey, el duque Carlos, último hijo de Gustavo I, había seguido siendo luterano y vivía en Suecia. Convocó una asamblea de personalidades, que declaró el luteranismo religión de Suecia. Pocos años más tarde, depuso al rey católico y eligió en su lugar a su tío, que vino a ser Carlos IX, rey de Suecia (1604).

El hijo de Carlos IX, el célebre Gustavo Adolfo, no fué reconocido rey sino dos meses después de la muerte de su padre. No había sido educado para rey y siguió viviendo como simple caballero, sin Corte, sin ceremonial. Fué príncipe muy activo, buen caballero, buen capitán. Pasó su reinado guerreando; primero con el rey de Polonia, luego con el emperador de Alemania (véase cap. X).

Suecia era un país pobre, que no tenía más que ciudades pequeñas, ni otra industria que las minas de hierro que pertenecían al rey, ni comercio, porque los barcos alemanes de la Hansa hacían entonces todo el comercio del Báltico. La población vivía casi toda en el campo.

Había en Suecia menos diferencia entre los campesinos y los nobles que en los demás países de Europa. Parte de las tierras pertenecían a los campesinos que las cultivaban. Aquellos aldeanos propietarios estaban representados por diputados en la Asamblea de los Estados de Suecia. Todos los propietarios debían seguir al rey a la guerra, los que podían hacerlo a caballo eran nobles. El campesino propietario, si era bastante rico para servir en caballería, venía a ser noble.

El rey no tenía poder absoluto. Había de consultar a un Consejo (llamado Senado), que formaban unos cuantos señores dignatarios, cada uno de los cuales tenía a su cargo una clase de asuntos, el canciller (para los asuntos extranjeros), el mariscal, el almirante, el maestre del Tesoro, el juez. Para los asuntos graves, las leyes, la paz o la guerra, se convocaba la Dieta, formada por cuatro Estados: la nobleza, —el clero, que eran los obispos y los diputados de los pastores, —la burguesía, formada por los diputados de las ciudades, —los aldeanos. La nobleza por sí sola tenía más poder que los otros tres Estados. En realidad, el rey gobernaba de acuerdo con los señores del Consejo y con los nobles de la Dieta.

Gustavo-Adolfo tuvo necesidad de un 'ejército para sus guerras. Los nobles le daban la caballería y los oficiales. Para tener infantería, alistó campesinos. Ordenó a los pastores que hicieran cada uno la relación de los hombres de su parroquia. El pastor anunciaba desde el púlpito el día que habían de reunirse. Ese día, juntábanse los hombres y se repartían en grupos de 10 o de 20. En cada grupo se designaba un individuo que debía ser «sano, fuerte y valeroso». El rey recomendaba que se eligiese al criado con preferencia al dueño y que se hiciera ir a la guerra con antelación a los más pobres.

Como aquellos infantes no podían equiparse a sus expensas, la población de la parroquia había de equiparlos. Se les daba, no uniforme, sino buenas ropas de aldeano y pieles de carnero. El rey proveía a los herreros de hierro para hacer los mosquetes y las picas.

Gustavo-Adolfo no tenía Corte y gastaba muy poco en su persona. Pero eran sus únicos recursos el producto de sus tierras y de sus minas, y un pequeño tributo. Cuando necesitó dinero para la guerra, intentó el establecimiento de varios impuestos (sobre el ganado, los granos, las bebidas); mas los nobles no se avenían a pagar tributo, y resultó déficit por consiguiente. Hubo entonces de permitirse que el ejército sueco hiciera lo que los otros de su época, vivir a expensas del país saqueando a los moradores e imponiendo contribuciones de guerra.

Suecia, que no tenía dinero suficiente, hubo de ponerse al servicio de un aliado rico que pudiera proporcionarla subsidios, y se unió a Francia. En lugar de tener ejército para hacer la guerra, se vió obligada a hacer la guerra para sostener su ejército. Un embajador sueco decía: «Otros Estados hacen la guerra porque son ricos, Suecia la hace porque es pobre». La guerra vino a ser para los suecos una industria nacional.

La monarquía sueca llegó a ser una monarquía militar. Tres de los generales más grandes de la época, Gustavo-Adolfo, Carlos X, Carlos XII, fueron reyes de Suecia. Aquellos monarcas usaban uniforme de general. Fueron los modelos que han imitado más tarde los reyes de Prusia.

Suecia, con un ejército desproporcionado a su población y a su riqueza, tuvo en el siglo XVII el rango de gran Potencia. Fué el Estado más fuerte de Europa oriental y de ello se aprovechó para ensanchar su territorio. Al advenimiento de Gustavo-Adolfo (1611), no poseía aún más que las provincias más pobres de la Suecia actual del centro y del norte, y Finlandia, a la sazón casi desierta.

Gustavo-Adolfo conquistó la gran provincia de Livonia, que era de Polonia. Murió en la guerra de Alemania (1632) y sólo dejó una hija de cinco años, que fué la reina Cristina. El gobierno pasó a un noble sueco, el canciller Oxenstiern, que decidió a la nobleza sueca a continuar la guerra. Suecia ganó en ella la parte mejor de la Pomerania, y dos territorios eclesiásticos en Alemania (1648). Fué el Estado más grande del Báltico. Se ensanchó todavía a expensas de Dinamarca (véase Guerra de Polonia).


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Polonia

Polonia



Polonia tenía entonces territorio más grande que ningún otro Estado de Europa, llegando desde el Báltico al mar Negro. Estaba formada por la reunión de dos Estados, el reino de Polonia y el Gran Principado de Lituania.

Los polacos, pueblo eslavo y católico, ocupaban al occidente las grandes llanuras del Wartha y del Vístula hasta los Cárpatos. Habían conquistado al Norte la Prusia, poblada en parte por alemanes luteranos, — al este el reino de Galitzia, habitado por rusos ortodoxos, los rutenos,— al Sudeste las grandes llanuras, que formaban la Pequeña Rusia, habitada por un pueblo ruso ortodoxo.

Los lituanos, establecidos al Norte en el país de grandes selvas que se extiende hasta el Báltico, eran un antiguo pueblo que había conservado su lengua al hacerse católico. Pero los señores lituanos habían adoptado el traje y la lengua de los polacos. Los lituanos habían conquistado al Este el país de selvas y de pantanos llamado Rusia blanca, habitado por un pueblo ruso y ortodoxo.

Los nobles eran más numerosos en Polonia que en ningún otro país de Europa, porque todos los guerreros eran nobles y servían a caballo. Tenían el monopolio de todos los empleos y todas las propiedades. Los aldeanos estaban sometidos a los nobles, como los siervos de la Edad Media en Francia.

En 1573 se había extinguido la familia real, y desde entonces el rey de Polonia era elegido por los nobles. Se reunían a caballo en una gran llanura, y, antes de elegir al rey, le imponían un tratado, los pacta conventa. El rey se comprometía a no hacer nada sin el consentimiento del Senado, formado por grandes señores de Polonia y de Lituania. No tenía ya más facultad que la de nombrar los grandes dignatarios. Una vez nombrados, estos dignatarios permanecían en funciones toda su vida y eran los verdaderos dueños del gobierno.

Los reyes fueron casi todos príncipes extranjeros, primero Enrique de Valois, que llegó a ser el rey de Francia Enrique III, luego un príncipe de Transilvania, más tarde un sueco.

La Dieta, que se reunía una vez cada dos años, se componía de dos Cámaras. Una era el Senado, constituido por grandes señores; —la otra, la Asamblea de los diputados (nuncios), que enviaban los nobles de cada distrito. Se estableció la costumbre de que la Dieta no pudiera adoptar ninguna resolución sino por unanimidad. Bastaba un solo diputado para impedir que votasen todos los demás. Era lo que se llamaba el liberum veto.

Muchos nobles polacos, en el siglo XVI, se habían hecho protestantes. Pero los reyes siguieron siendo católicos. Mandaron llamar jesuitas y no quisieron nombrar protestantes para ningún cargo. Poco a poco todos los nobles se educaron en los colegios de jesuitas y no quedaron más que católicos.

En las provincias orientales, los habitantes eran rusos y de religión ortodoxa. Los polacos quisieron hacerles entrar en la Iglesia católica. Se pusieron de acuerdo con algunos obispos ortodoxos que aceptaron la Unión (1595). Parte de los rusos ortodoxos reconocieron el poder del Papa y entraron en la comunión de la Iglesia católica; pero conservaron su culto en vieja lengua eslavona y siguieron teniendo sacerdotes casados. Se les llamó Griegos unidos.

Pero la mayor parte de los ortodoxos no aceptaron la Unión, y se alzaron contra los sacerdotes católicos. Hubo motines y hasta matanzas, en el Sur, en la Pequeña Rusia.


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Rebelión de los cosacos

Rebelión de los cosacos



Las grandes llanuras del Dnieper, que forman la Pequeña Rusia, estaban habitadas por aldeanos rusos ortodoxos que habían seguido siendo libres y guerreros. Combatían a caballo y no pagaban impuesto. Se les llamaba cosacos (es decir, nómadas). El Gobierno polaco enviaba para mandarlos nobles polacos, y luego ordenó levantar fortalezas en el país.

En el siglo XVII, los polacos no quisieron conservar más que un número reducido de cosacos libres y guerreros. Empezaron a tratar a todos los demás como trataban a los aldeanos siervos de Polonia. Querían obligarlos a trabajar en las tierras de los señores polacos.

Los cosacos, que habían conservado la religión ortodoxa, detestaban a los polacos católicos, Subleváronse todos en 1648, se aliaron con los tártaros musulmanes e invadieron la Galitzia. Degollaban a los nobles polacos, a los sacerdotes católicos y a los judíos que cultivaban las propiedades de los polacos.

Entonces empezó una larga guerra entre los polacos y los cosacos. Dos grandes ejércitos de jinetes libraron una batalla que duró tres días (1651). Los polacos, vencedores, quisieron reducir a 20.000 el número de los cosacos.

Estos, antes que obedecer a los polacos, ofrecieron al zar ortodoxo de Rusia reconocerse sus súbditos. El zar aceptó. Los rusos atacaron las provincias de Lituania, las incendiaron y se apoderaron incluso de la capital, Wilna (1655).


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Guerra de Polonia

Guerra de Polonia



El rey de Polonia, Segismundo, había sido rey de Suecia (véase Suecia) y no renunciaba a su título; Polonia estaba siempre en guerra con Suecia. Pero Francia, que necesitaba del rey de Suecia contra el emperador de Alemania, había logrado hacer dos treguas entre Polonia y Suecia, y la guerra estaba detenida desde 1630.

La reina de Suecia, Cristina, mujer de espíritu raro, acababa de abdicar, y había hecho reconocer rey de Suecia a su primo, un príncipe alemán, Carlos X Gustavo (1654). El rey de Polonia, Juan Casimiro, hijo de Segismundo, reclamó. No podía soportar, dijo, que el descendiente de una rama colateral de la familia fuera rey de Suecia. Cristina respondió que «su primo probaría su derecho al trono presentando 30.000 testigos».

Carlos X Gustavo era un hombre grueso, de mediana apariencia, aire sencillo, sobrio, muy trabajador, que dormía poco. Se reveló pronto como gran guerrero. Entró en Polonia con un pequeño ejército. Todos los enemigos de Polonia, los rusos, los cosacos, el Elector de Brandeburgo duque de Prusia, invadieron a la vez el país. Los ejércitos polacos capitularon sin combatir.

El ejército ruso ocupó todo el principado de Lituania, pero el de Suecia llegó antes que él a Varsovia y ocupó todo el reino de Polonia. Los nobles polacos se presentaron a prestar juramento a Carlos X, a condición de que les dejaría su religión y sus privilegios, y de que se comprometería a no dar cargos más que a los polacos (1655).

Pero los nobles polacos católicos no soportaron largo tiempo tener que obedecer a un sueco luterano. El pueblo padecía el pillaje de los soldados. Los polacos se sublevaron en el Sur, y manifestaron que se armaban «por su religión, su nación y su libertad». Juan Casimiro tuvo pronto a su servicio un gran ejército de caballeros polacos. Al mismo tiempo, los rusos invadieron las provincias suecas del Báltico.

Carlos X, aventurado con un pequeño ejército en medio de un país hostil, hizo entonces la campaña que consagró su reputación de gran capitán. Con 18.000 hombres atacó delante de Varsovia a un ejército enorme de jinetes polacos y tártaros, y los dispersó (julio de 1656). Los habitantes de los territorios del Báltico rechazaron el ataque del ejército ruso.

El rey de Dinamarca, viendo a los suecos ocupados lejos, creyó el momento favorable para atacar a Suecia. Pero Carlos X, con su rapidez ordinaria y acompañado de 6.000 hombres, salió de Polonia y en tres semanas, habiendo perdido parte de sus caballos, llegó a Dinamarca y ocupó toda la Jutlandia.

Llegado el invierno, Carlos aprovechó la ocasión para pasar el estrecho por encima del hielo e invadió las islas. El deshielo comenzó cuando estaba todavía encima del estrecho. Escribía: «Era terrible caminar de noche sobre este mar helado, en el que había una vara de agua por encima del hielo y el temor a cada instante de ver el mar abrirse».

El rey de Dinamarca, sorprendido, no pudo defenderse y aceptó las condiciones que Carlos X le impuso. Cedió a Suecia las provincias del Sur, la Escania y la Blekingia, que hasta entonces habían sido de Dinamarca. Suecia adquirió así su territorio actual, que se extiende al Sur hasta el Báltico (1658).

Carlos X estuvo a punto de conquistar toda Dinamarca. Desembarcó de nuevo en las islas y puso sitio a Copenhague, pero esta vez la ciudad se defendió. Holanda, el Elector de Brandeburgo, Inglaterra, Francia intervinieron y obligaron a Carlos X a renunciar a la conquista de Dinamarca (1659). Murió en plena guerra (1660), dejando un hijo de cuatro años, que fué el rey Carlos XI.

Suecia hizo la paz con todos sus vecinos, Dinamarca, Polonia y Rusia. La paz de Oliva, cerca de Dantzig, concertada con Polonia (1660), reconoció a Suecia la provincia de Livonia, que Gustavo-Adolfo había conquistado. Suecia poseyó entonces la mayor parte de las costas del Báltico.


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Decadencia de Polonia

Decadencia de Polonia



Polonia había demostrado que era incapaz de defenderse. Cedió a Rusia las provincias rusas que había conquistado en otro tiempo, el territorio de Smolensko y el de Kief, la antigua capital de Rusia. —Abandonó la parte de la Ukrania, al Este del Dnieper, habitada por los cosacos, y no conservó más que la parte Oeste (1667).

Los turcos invadieron muy pronto las provincias del Sudeste hasta Galitzia. Polonia les cedió lo que le quedaba de la Ukrania y prometió pagar al sultán un tributo anual.

El general polaco Sobieski reunió a los polacos irritados, que se negaban a pagar el tributo. Atacó al ejército turco, le puso en fuga y se apoderó de su artillería (1673). En agradecimiento, Sobieski fué elegido rey de Polonia. Condujo al ejército polaco en socorro de Viena en 1683 (véase esta sección). Los turcos, vencidos, devolvieron a Polonia sus conquistas. Pero la gloria de este triunfo no disminuyó la debilidad de Polonia, que permaneció dividida entre varios partidos. Cuando se trataba de elegir rey, cada partido vendía sus votos a uno de los Estados de Europa.


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Rusia

Rusia



El pueblo ruso, al hacerse cristiano griego en el siglo XI, había sido separado de los pueblos católicos de Europa. De ellos se apartó aun más en el siglo XIII, cuando fué dominado por los tártaros procedentes de Asia. Los rusos empezaron a vivir como los pueblos de Oriente, usaron barba larga y largos ropajes flotantes, se acostumbraron a tener a sus mujeres encerradas. Coparon incluso algunas costumbres tártaras, el samovar para hacer el té, —el knut, látigo con correas con el que puede matarse a un hombre de un solo golpe. Adoptaron la costumbre de prosternarse delante del soberano.

El pueblo ruso había sido repartido entre gran número de pequeños príncipes, todos de la misma familia. Todos vinieron a ser súbditos del Jan (jefe) de los tártaros, que habitaba en una ciudad cuyas casas eran de madera, cerca de la desembocadura del Volga.

El príncipe de Moscou se puso al servicio del Jan para imponer los tributos a los rusos. Llegó poco a poco a acabar con los restantes príncipes rusos. Luego se hizo independiente de los tártaros, sometió todos los territorios de lengua rusa y tomó el título de zar. Conquistó más tarde parte de los países tártaros, alrededor de Kazan. Tuvo entonces el territorio más vasto de toda Europa.

El zar Ivan, apellidado el Terrible (1533-1584), famoso por sus matanzas, mandó edificar en Moscou el palacio del Kremlin.

La dinastía de Ivan se extinguió en 1598. Una asamblea de los obispos y de los señores eligió zar a un señor ruso que se hizo detestar persiguiendo a las familias nobles.

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Un joven se presentó entonces como hijo de Ivan, Demetrio, al cual se creía asesinado. Le reconoció gran parte de los rusos, fué apoyado por el rey de Polonia y se convirtió a la religión católica. Como el zar hubiera muerto, el falso Demetrio entró en Moscou y fué coronado. Pero se casó con una polaca católica y llevó a Rusia polacos que irritaron al pueblo de Moscou mofándose de Su religión. Los nobles conspiraron y reunieron un pequeño ejército. Demetrio, sorprendido una noche, fué muerto, y el pueblo degolló a parte de sus polacos.

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En el desorden que siguió, los polacos y los suecos invadieron Rusia. Un ejército polaco entró en Moscou. Los cosacos y los tártaros invadieron las provincias meridionales, incendiando las aldeas y profanando las iglesias. Entonces los rusos, excitados por los monjes, se sublevaron, fueron contra Moscou y sitiaron el Kremlin. Los polacos que le ocupaban se rindieron y fueron hechos esclavos.

Luego los insurrectos convocaron una asamblea general del país. A ella acudieron obispos, señores, oficiales, y hasta comerciantes (1613). Eligió zar a un joven señor ruso, Miguel, de la familia de los Romanoff, con la que se enlaza la del zar reinante últimamente en Rusia. El padre de Miguel, Filaretes, patriarca de la Iglesia rusa, gobernó en nombre del joven zar. Rusia tuvo durante un siglo dos soberanos a la vez, el zar y el patriarca.

En la segunda mitad del siglo XVII el imperio ruso se ensanchó mucho por el lado del Oeste cuando los cosacos sublevados contra los polacos se hicieron súbditos del zar (véase esta sección). Hizo primeramente que Polonia le cediera (1667) todo el territorio al Este del Dnieper, territorio enorme en el que había dos ciudades rusas, Kiev y Smolensko. Adquirió luego (1681) lo que quedaba del territorio de los cosacos al occidente del Dnieper. Así fué reunida al Imperio del zar casi toda la Pequeña Rusia, es decir, el territorio en que se habla el dialecto pequeño ruso.


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Régimen ruso

Régimen ruso



El gobierno ruso se había organizado a imitación del Imperio oriental de Constantinopla. El zar era dueño absoluto como en Oriente, sus súbditos se llamaban sus «esclavos». Tenía a su alrededor una Corte numerosa, guardias de corps, chambelanes, sirvientes para la mesa y las cuadras. Los más considerados y los más ricos se llamaban boiares (lo cual equivale a la palabra señor).

Como ya no quedaba en Europa ningún soberano de religión ortodoxa, el zar no podía casarse con ninguna princesa. Cuando había de contraer matrimonio, hacía le fueran presentadas las hijas de todos los señores de Rusia, y escogía una. Los padres de la zarina venían a ser de ordinario sus favoritos, y el zar gobernaba con ayuda de sus servidores y de los padres de su esposa.

En las ocasiones graves, el zar reunía una asamblea de notables, el Zemsky Sobor, análoga a los Estados generales de Francia. Componíanla los obispos, los abades, los boiares y los comerciantes de las principales ciudades. La primera había sido reunida por Ivan IV en 1550. Hubo otras hasta terminar el siglo XVII.

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El antiguo ejército ruso se componía de los propietarios, obligados a servir a caballo, y que combatían a la usanza turca, con arcos. Los jinetes llevaban todavía, como los orientales, vestiduras flotantes, se batían con cimitarras corno los turcos, montaban caballos de poca alzada y sin herrar, y en sillas altas y con estribos cortos.

Se intentó más tarde formar un ejército permanente como en los demás Estados de Europa. El zar creó una infantería nueva formada por soldados de profesión, que fueron llamados los strelitz (tiradores). Llevaban vestidos galoneados, botas amarillas y altos gorros puntiagudos. Eran casados, y sus hijos les sucedían. Se les permitía ejercer al mismo tiempo otro oficio. Los strelitz estaban organizados como las tropas de Europa, divididos en compañías (de 500 hombres), armadas con picas, alabardas, arcabuces, más tarde con mosquetes. En 1682 había más de 40.000.

La mayor parte de los campesinos carecían de propiedades, cultivaban las tierras de los señores o de los conventos. Habían tenido en un principio el derecho de dejar la tierra donde se hallaban establecidos y de ir a la de otro dueño o a las comarcas todavía desiertas, pero desde fines del siglo XVI el zar dió al señor el derecho de conservar sus aldeanos a la fuerza. Los aldeanos quedaron sujetos a la tierra, como los siervos de la Edad Media.


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Religión rusa

Religión rusa



En Rusia, como en el Imperio bizantino, el clero se dividía en dos clases. —Los monjes, apellidados clero negro, vivían juntos en conventos que poseían extensas fincas, y eran los únicos que seguían estudios. El superior del convento, llamado higumeno (jefe), era un gran personaje, como los abades en Europa.— Los sacerdotes, llamados popes, que servían las parroquias, constituían el clero blanco. Aprendían escasamente a leer y a cantar los oficios, y vivían de lo que les daban los fieles. Eran todos casados, el matrimonio era obligatorio para ellos; pero les estaba prohibido volverse a casar. Cuando un pope enviudaba, no podía permanecer en el cargo.

Los popes, pobres, ignorantes, llevando la misma existencia que los campesinos, eran menospreciados. El clero negro gobernaba la Iglesia. No se elegían los obispos sino entre los monjes. La Iglesia rusa tenía por jefe al Patriarca de Moscou, que era entonces casi tan poderoso como el zar.

El zar Alejo, que reinó desde 1645 a 1676, fué dulce y devoto, y se le denominó «el Pacífico». Se levantaba muy temprano para asistir a largos oficios. Nombró Patriarca de Moscou a un monje instruido, Nicon, y le permitió hacer una reforma en la Iglesia.

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Los libros de misa y de salmos que el clero ruso utilizaba para recitar los oficios se habían copiado de antiguos manuscritos que tenían faltas debidas a los copistas. Unos monjes griegos, que habían ido a Moscou, se admiraron de que el servicio divino no se dijera en las iglesias rusas del mismo modo que en todas las demás iglesias ortodoxas griegas. Se consultó al Patriarca de Constantinopla, que condenó los usos de Rusia.

El Patriarca reunió en Moscou, primeramente, un Sínodo de obispos y abades rusos, luego un Concilio al que acudieron prelados griegos. Se decidió restablecer la liturgia rusa a su texto primitivo, haciendo desaparecer las faltas de copia que se habían introducido en la Edad Media. Los cambios no se referían sino a pequeñas diferencias de forma. —Los rusos se persignaban con dos dedos, se decidió que debían hacerlo con tres.— El nombre de Jesús se escribía Ijssus, con una sola j; se decidió escribirlo con dos.

Como no había en Rusia buena imprenta, en Venecia fueron impresos los libros nuevos de liturgia.

Pero cuando se quiso aplicar esta reforma, muchos rusos, sobre todo los más piadosos, se indignaron porque se cambiaban las formas a que estaban habituados. Consideraban a los católicos de Europa como latinos herejes, la liturgia impresa en Venecia les parecía una herejía procedente de los latinos. Los monjes y los que se dedicaban a copiar los libros de iglesia acusaron al Patriarca de herejía y anunciaron el fin del mundo. Muchos sacerdotes y monjes se negaron a recitar la nueva liturgia. El Patriarca mandó encerrar en prisión a un obispo que se resistía.

Los seglares, descontentos, se negaron a ir a las iglesias donde se utilizaban los libros corregidos, y acabaron por apartarse en absoluto de la Iglesia. Así empezó el «cisma», (en ruso raskol). Los que se separaron fueron llamados raskolniks, (cismáticos). Ellos se dieron el nombre de «Viejos creyentes».

El Gobierno persiguió a los raskolniks conforme a la ley rusa, fueron condenados a muerte y algunos perecieron en la hoguera. Muchos huyeron a los bosques desiertos y fundaron numerosos aldeas.

El raskol continuó estando prohibido, pero nunca se ha podido acabar con los raskolniks. Constituyen hoy, sobre todo en el Norte, gran parte de la población rusa. Figuran en gran número entre los comerciantes.


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Los europeos en Rusia

Los europeos en Rusia



Seguían siendo los rusos, en el siglo XVII, un pueblo semioriental; ignorante y atrasado, que parecía bárbaro a los demás pueblos de Europa.

Los personajes más altos conservaban aún costumbres groseras. Cuando el zar envió embajadores a Europa, sorprendieron por su suciedad. Los embajadores enviados en 1656 a Venecia dormían vestidos en el suelo y metían los pañuelos en el gorro. En la mesa, cogían la comida con las manos y la ponían en los tenedores. No podían ir en una carroza sin ensuciarla. Los señores de su escolta se pegaban unos a otros, no sabían más que ruso y no comprendían nada de lo que veían. El rey de Dinamarca, que los había visto al paso, decía: «Si otra vez nos vienen enviados rusos, les mandará alojar en la cochiquera, porque nadie quiere vivir en donde han parado».

Sin embargo, muchos europeos estaban ya establecidos en Rusia, sobre todo en Moscou, cerca del zar, y empezaban a enseñar a los rusos la civilización europea.

La mayor parte eran alemanes luteranos que el zar había llevado cuando había invadido Livonia. Los había conducido a la fuerza a su capital, según costumbre de los tártaros. —Otros, ingleses, escoceses, holandeses, suizos, se habían alistado voluntariamente al servicio del zar; pero, una vez en el país, no se les dejaba marchar. Eran sobre todo armeros, mineros, carpinteros, ingenieros y oficiales.

Había también algunos comerciantes holandeses e ingleses. Unos estaban establecidos en Arkángel, que era entonces el único puerto de Rusia; otros en Moscou. Compraban los productos brutos de Rusia, las pieles, la miel, la cera, la resma, y vendían a los señores rusos los artículos de lujo de Europa occidental.

Los europeos de Moscou habían vivido primeramente en la ciudad entre los rusos, y muchos incluso iban vestidos a la rusa. En 1652, el zar ordenó a todos los extranjeros abandonar la ciudad, y mandó que se establecieran en un barrio especial, «el arrabal de los extranjeros». Allí tuvieron iglesias protestantes, y vivieron a la usanza europea. Los rusos empezaron de esta suerte a conocer la civilización occidental.