Historia de la Compañía de Jesús en Nueva-España. Tomo I: El editor

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El editor

Motivos de la publicación de esta obra

En 22 de mayo de 1841, ciento setenta y dos personas, inclusos en este número tres señores obispos, presentaron a la cámara de diputados del congreso mexicano una exposición que hicieron suya algunos miembros de dicha cámara, solicitando se restableciese la Compañía de Jesús en esta América, como lo había sido en la república de Buenos Aires, en Inglaterra, Norte América y en otros países llamados de clásica libertad, sin pretender que se les devolviesen las posesiones que les había tomado el gobierno español cuando los expulsó de todos sus dominios. Esta pretensión sufrió contradicción por unos cuantos individuos de dicha cámara; pero quedó sin resolverse porque se dudaba si podría entrar en el número de los negocios para que se habían prorrogado las sesiones extraordinarias. Entre tanto se suscitó una —IV→ horrible tempestad contra la Compañía de Jesús, recrudeciendo sus enemigos cuantas especies se vertieron cuando se trató de su ruina por el gobierno español regentado por el conde de Aranda. La animosidad llegó a tal punto que un impresor, después de convidar a que le presentasen cuantos documentos quisiesen los enemigos de los Jesuitas para publicarlos por su imprenta, dio a luz un folleto de 20 páginas intitulado: Idea de S. Ignacio de Loyola, o lo que son los jesuitas, en que nos presenta en sus primeras líneas a este patriarca como al héroe de Cervantes, y nos dice... «San Ignacio es un don Quijote realizado: él fue en la religión lo que el héroe de la Mancha en la caballería... cuando el catolicismo, atacado en sus misteriosos dogmas, veía asomar una crisis bajo la que iba a peligrar, vino al mundo Ignacio. Caballero de la Virgen, firme apoyo de Roma vacilante, se le vio en la edad media enardecerse con un entusiasmo tan ardiente, como el del paladín más rendidamente consagrado al culto de su hermosura y de su rey».

Este pensamiento vertido mucho antes por D'Alambert, es tan general en todos los cristianos, que todos los que lo fueren de corazón pueden llamarse «tan Quijotes como aquí por burla se llama a San Ignacio...». Todos tenemos por señora y reina de nuestros pensamientos a la misma que tuvo aquel patriarca; todos la ofrecemos nuestro corazón; todos le pedimos su auxilio en las tribulaciones del espíritu; todos esperamos en ella, y, ¡ay del infeliz que desconoce su protección, y no recurre a su patrocinio! Duelos le mando a fe mía, y le anuncio un llanto eterno y un crujido de dientes interminable, de que no lo sanará el mejor dentista. En fin, después de esta tormenta desecha contra la Compañía, —V→ el resultado es que se ha formado contra ella un juicio de sindicato o de residencia, en que se convocan a son de clarín a los que quieran presentarse como sus acusadores y testigos... «¿Quam acusationem afertis adversus hominem hunc?» preguntó Pilatos a la canalla Jerusalén cuando arrastró a su tribunal al hijo del hombre... Yo quiero suponer confundidos y vencidos a los jesuitas en este juicio; algo más, quiero ya verlos conducir al patíbulo para ser inmolados; pero en este momento me acuerdo de que la legislación de Moisés dictó leyes de suma equidad aun para cuando llegaba éste triste caso; leyes que perdieron de vista los acusadores del Redentor, y solo en él no se tuvieron presentes, sino que todas se violaron escandalosamente, pues así convenía que sucediese en los designios del Altísimo... Convenía que un hombre muriese... Que Cristo sufriese la muerte, y muerte de cruz... que el autor de la verdadera libertad del hombre, muriese en el patíbulo del esclavo. Intimada la sentencia al reo (dice monsieur de Pastoret)1 camina este lentamente al patíbulo donde hallará su muerte y su infamia. Atormentado el populacho de una inquieta curiosidad, le rodea enternecido, y busca en su semblante señales de arrepentimiento o perversidad. Dos magistrados van a su lado para escuchar lo que tuviere que decir en su defensa, y darle el valor correspondiente. Por entre el tropel de espectadores rompe un heraldo (o pregonero) y grita: «El infeliz que veis está declarado reo, y camina al último suplicio... ¿Hay alguno de vosotros —VI→ que lo pueda justificar? Hable, pues, cualquiera que sea...». ¿Llega a presentarse uno de los ciudadanos? Al punto se le vuelve a su prisión, y son examinadas las pruebas de su defensa.

La ley dispone que en semejantes casos se ponga en ejecución esta diligencia hasta cinco veces antes de ser condenado el reo... ¡Jesuitas!, se os ha condenado a muerte, y ya en opinión y juicio de vuestros acusadores, sois infaliblemente conducidos al patíbulo... Ellos creen que un congreso cristiano y justo, va por su decreto a cerraros la puerta para que no entréis en este continente, donde por dos siglos causasteis la felicidad de sus hijos; librasteis a los miserables indios del filo de la espada de sus conquistadores, que vibraba sobre sus cabezas; redujisteis naciones bárbaras a la civilización; las educasteis y revocasteis del abismo de la muerte; regasteis este suelo con vuestra sangre, sudor y lágrimas con que sellasteis las verdades eternas que anunciabais; erigisteis templos a la Divinidad que aun subsisten y dan testimonio de vuestra virtud y afanes, y donde la idolatría yace hollada a los pies de la cruz; sin embargo, un heraldo grita... ¿Hay quien os defienda?... Sí, vive Dios, hay todavía quien defienda la pausa de la justicia y del honor del cielo; un hombre obscuro, un hombre amante de esa reina hermosa a quien Ignacio dedicó su corazón, y a cuyos pies adquirió la ciencia de ganar en nueve días ese Paraíso perdido por nuestras aberraciones, se levanta en medio de esa grita feroz, y dice: «He aquí la historia de lo que esos hombres hicieron en esta América, escrita en tiempos inocentes y sin tacha... He aquí la obra del sabio Alegre, de la honra de Veracruz, de un hombre extraordinario que admiró a la Europa... Leedla, —VII→ y ved justificada su causa en todas sus líneas... Calificad por ella, si será o no útil el restablecimiento de una compañía que tantos frutos de honor y bendición dio a esta tierra...». ¡Ah!, si en medio de vuestra saña y enojo, conserváis todavía un resto de virtud, conoced vuestros extravíos y desmanes, y confesad sin rubor que os habéis engañado... Tal es el motivo porque hoy se presenta esta obra que iba a ser pasto de la polilla, y a sepultarse en el olvido. Bendigamos al cielo por esta contradicción: la luz no huye de las tinieblas, ni la verdad teme a la impostura.

Carlos María Bustamante