Historia de la Patagonia, Tierra del Fuego, é Islas Malvinas

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Historia de la Patagonia, Tierra del Fuego, é Islas Malvinas (1841) de Federico Lacroix
PatagoniaHistoria naturalTierra del FuegoIslas Malvinas
Indice


HISTORIA


DE LA


PATAGONIA, TIERRA DE FUEGO,
É ISLAS MALVINAS.


POR


Mr. FEDERICO LACROIX,


DE LA ISLA DE FRANCIA.


TRADUCIDA AL CASTELLANO


POR


Una sociedad literaria.



Page7-Historia de la Patagonia, Tierra de Fuego, é Islas Malvinas.jpg



BARCELONA.
IMPRENTA DEL LIBERAL BARCELONES.
1841.

HISTORIA
DE LA


PATAGONIA, TIERRA DEL FUEGO,
É ISLAS MALVINAS


POR


Mr. FEDERICO LACROIX,


DE LA ISLA DE FRANCIA




Los países de que vamos á ocuparnos se hallan comprendidos entre los 38-55 grados de latitud S. y los 60-77 de lonjitud occidental. Situados en la estremidad del nuevo mundo y bajo un clima inhabitable, solo han podido ser examinados con un objeto científico. Son pocos ó ningunos los habitantes que hay allí, y en el sur, muy raros establecimientos, mas pronto abandonados que formados. En el norte como en el mediodía, el cuidado de la propia subsistencia ocupa demasiado a sus habitantes para que les quede tiempo de tomar parte en los principios de civilizacion que se conocen en los estados inmediatos del Perú y Chile. Son aquellos pueblos hoy dia, con corta diferencia, en sus hábitos lo que eran en la época en que se descubrió aquella parte de América; si bien es verdad que la imprudencia y la conducta, esencialmente impolítica de los primeros Españoles que se establecieron en medio de ellos, debió privarles de todo lo que la Europa hubiera podido darles y enseñarles para beneficio suyo y de su propio interés. Agréguese á esto que el aspecto que ofrece la presentida civilizacion de los paises limítrofes, no ha debido animar mucho á los Patagones y Araucanos á seguir el ejemplo de las poblaciones indíjenas del centro; las cuales se han dejado inocular dócilmente de los vicios de nuestra sociedad. En efecto, por donde quiera, la raza blanca ha introducido en la América meridional la anarquía y la inmoralidad; por donde quiera el despotismo monárquico ó la ambicion de algunos intrigantes sin talento ha producido el mas lamentable desorden, y ha impedido el desarrollo de las naciones mas favorecidas con respecto á la intelijencia. Desde las provincias septentrionales del Brasil hasta Buenos Aires, desde la Bolivia y el Perú hasta las fronteras meridionales de Chile, no hay mas que luchas sangrientas, escisiones continuas y detenciones forzosas en el camino de la barbarie y de la ignorancia; espectáculo bien propio para justificar la paradoja de J. J. Rousseau sobre el estado salvaje. No es estraño pues que los pueblos del Sur no hayan sido todavía tentados de tomar su parte en las funestas ventajas de semejante civilizacion.

Lo que sí admira es cómo aquel instinto de curiosidad que á falta de otros motivos impulsa al hombre á reconocer países lejanos, se haya apenas escitado respecto de los de Magallanes; pues en tanto que las potencias marítimas se disputan á porfía la perseverancia y los esfuerzos para examinar las rejiones heladas del polo ártico y para descubrir el paisaje inútil al nordeste, la estremidad sur del continente americano permanece envuelta en un profundo misterio, como si ella hubiese sido defendida por un muro incontrastable. Algunos navegantes se aventuraron bastante hacia la parte del estrecho de Magallanes y el cabo de Hornos, para enriquecer la ciencia náutica con nuevas observaciones sobre aquellos parajes tan peligrosos; pero no se ocupaban sino lijeramente de examinar el interior de las tierras, de conocer el carácter y las disposiciones de los habitantes, de estudiar la naturaleza del suelo y sus productos, y calcular las ventajas que se pudieran sacar de un establecimiento formal en aquellos lugares. Así es que estamos reducidos á conjeturas vagas, particu1armente sobre la parte interior de la Patagonia, la cual es enteramente desconocida hasta el punto de haberse visto obligados los jeógrafos á dejar en sus mapas los claros de sus pormenores. Dia vendrá sin duda en que no habrá un solo punto en la superficie del globo que no haya sido visitado, en que cada sér habrá dicho á la ciencia sus cualidades y afinidad; en que nada en fin de lo que existe quedará por definir y clasificar. Entretanto el orgullo del hombre de vé obligado á humillarse ante lo que para él está bajo el dominio de los enigmas.


Patagonia.


Situación jeográfica.— Configuración jeneral y límites.— La Patagonia se estiende del norte al sur sobre una lonjitud de cerca; de cuatrocientas sesenta y cinco leguas, entre los 35-38 grados, y 53-54 de latitud S. Su lado occidental principiando en 1os 38 grados, y el oriental en los 42 de latitud, sus tres puntos estremos, el cabo Corrientes al este, el cabo Froward al mediodía, y el promontorio que se adelanta en el grande océano austral, en frente de isla de Chiloé al oeste, forman como un vasto triángulo, cuyos lados desiguales presentan en su línea dos curbaturas conexas al norte y al oeste, y cóncavas al este. Los límites de este pais son al norte, el Chile, del que está separado por los Andes, después el golfo de Guaiteca hasta mas allá del volcan de Chillan, y el Rio Negro, cuyo curso de oeste al este sube del sur al norte; al este el océano Atlántico; al mediodía el estrecho de Magallanes, y al oeste, el grande océano austral. Las dimensiones de la Patagonia varian mucho : se cálcula que llegará á cien leguas su lonjitud mediana, medida desde el fondo del golfo San Jorje al este, hasta el de Guaiteca al oeste; y se cuenta su superficie total en sesenta y seis mil seiscientas leguas cuadradas, comprendiendo en ellas el archipiélago de la Tierra del Fuego.

Golfos, cabos y montañas.— El lado oriental de la Patagonia presenta dos grandes golfos, el de San José al norte, y mas abajo al sur el de San Jorje. Por la parte de occidente tiene tres; el de Guaiteca, al norte, el de Peñas, mas arriba, y el de la Trinidad, que con el anterior, forma la inmediata isla de Tres Montes. La punta de tierra, que mas bien merece el nombre de cabo, es la de Froward, á la estremidad sur del continente y por encima del ángulo obtuso que describe el estrecho de Magallanes. Sin embargo puede citarse todavía el cabo de las Vírjenes, que se adelantan en las olas, no lejos de la abertura oriental del estrecho. En el cabo Froward principia, bajo el nombre de Sierra Nevada de los Andes, la jigantesca cadena que atraviesa todo el nuevo mundo, costeando, á mas o menos distancia, el lado occidental. Estas montañas y sus numerosas cadenas secundarias componen la armazón de las comarcas de que hablamos. La de Casuhati, que principia en la parte occidental cerca del cabo San Andrés, se interna subiendo hácia el nordeste, y vuelve de pronto para dilatarse del norte al sur, hasta casi llegar al estrecho de Magallanes.

Volcanes.— Ningun pais mejor que este justifica la opinion de muchos sabios que atribuyen á las erupciones volcánicas la formación del continente americano. Los cráteres, todavía abiertos del San Clemente, del Medielena, del Michimavida, del Osorno y del Chillan, en la Patagonia; aquellos mas numerosos que se ven aglomerados en el archipiélago de Magallanes; otros en fin de que hablarémos las señales, tibias todavía, en las islas Malvinas, son mas que suficientes para dar un cierto grado de probabilidad á esta asercion.

Rios.— La Patagonia no tiene grandes rios. El mas notable, descendiendo de la parte oriental, es el Rio Negro, que no debe confundirse con el río del mismo nombore que. desemboca en el de las Amazonas. El de que ahora hablamos toma su oríjen bajo los 36° 50' de latitud, y tiene su desembocadero sobre los 41° de latitud y 63° de lonjitud occidental. Mas abajo está el rio de los Camerones, el cual se supone que tiene su nacimiento, como el anterior, en la falda oriental de los Andes. Su corriente es desde luego del norte al sur. Su manantial está situado, segun se dice, en los 40° 30' de latitud.y 71° 20' lonjitud; su desembocadero en los 45° de latitud y 66° 20' de lonjitud occidental. Este río tiene una porcion de corrientes , lo que unido á las pocas noticias exactas, que hay del interior del pais, hace muy dificil, por no decir imposible, determinar su curso principal. Mas abajo está la débil corriente, llamada Rio-Desiderado, que principia en el lago Coluguape por 71° 50' de lonjitud y 47° 15' de latitud sur; y en fin el Gallegos , cuyo curso es todavía mi problema para los jeógrafos, no obstante que algunos indican que sigue del norte al sud la direccion de los Andes , y que vuelve del oeste al este para desaguar en el Atlántico, por encima del cabo de las Vírjenes. La parte occidental, profundamente cortada por los golfos de Guaimaca y de la Trinidad, que cada uno tiene su archipiélago , y por la tierra de Guillermo VI y la península de Brunswick, cuenta un inmenso número de corrientes, de las cuales ninguna merece que se haga de ellas mencion.

Lagos.— Una particularidad que debe notarse, es la disposicion de la mayor parte de los rios y arroyos que surcan la parte occidental á trasformarse en pequeños lagos, ya sea á la mitad, ya al fin de su curso. De estos, los mas dignos de citarse son el de Tehuel , colocado, por lo que se infiere , en el centro de la Patagonia ; el de Nahuelhapi, que se estiende en la inmediacion de los Andes, y que es bastante grande para contener una pequeña isla llamada de los Tigres ; y en fin un dilatado estanque, situado en la estremidad nordeste de la tierra de Guillermo IV, no lejos del Otway-Water, cuyo circuito no se eleva lo suficiente para que propiamente sea un verdadero lago mas bien que una de aquellas hondonadas tan enormes en la parte del oeste. En cuanto á los lagos de menor dimensión que se hacen casualmente en las llanuras, todos son salobres , por lo menos en la parte septentrional.

Clima, aspecto.— En general se sabe muy poco de las producciones de la Patagonia. Las últimas tierras de la América meridional, aunque apenas pasan el 55° grado de latitud sur, están espuestas á una temperatura casi tan áspera como la de Groenland. No han sido realmente objeto sino de estudios particulares; así es que los testimonios de los viajeros parecen con frecuencia contradictorios habiendo hecho cada uno de ellos estensivo á todo el pais lo que deberia haberse ceñido unicamente á la localidad que habian examinado. El interior del Africa y de la Nueva Holanda se halla casi en el mismo estado ; y mucho trabajo habrá de costar todavía antes que dejemos de lamentar esta ignorancia. La Patagonia segun el aserto de varios viajeros, no ofrece mas que vastos desiertos, algunas praderas muy raras, y espacios inmensos impregnados de nitro. Según otros, por el contrarío, se hallan magníficos bosques, abundantes en madera para construir casas. Estas observaciones son ciertas, si se refiere la primera á la parte nordeste y sudeste del territorio , y la segunda á la parte oeste y sudoeste; no siendo por lo demás de admirar la gran variedad de aspecto que ofrece un pais tan vasto como este, pues en la Europa misma tenemos ejemplos mas notables de ella en una escala mucho menos estensa. Tampoco es de olvidar que el hombre no ha llevado allí aun la actividad fecunda de su industria; siendo lo que ha obtenido con ella, bajo latitudes frias y en paises todavía mas ingratos, una prueba de lo que pudiera hacer en esta, si la poblacion, aumentada en América en la misma proporcion que en Europa se diese á cada tierra su importancia y valor.

Todos los autores no obstante están de acuerdo en reconocer que sobre el límite de la zona septentrional de la Patagonia, el suelo es mas productivo que en la rejion del sur. En el norte se detiene complacida la vista sobre la risueña pradera donde á veces los frutales de Europa, trasplantados por los primeros colonos españoles, se confunden con el sauce del pais. Causa una agradable sorpresa hallar en las riberas del Rio Negro la higuera, el cerezo, el manzano y la viña con toda la riqueza de una vigorosa vegetacion. En suma, fuera del territorio que confina con la república de Buenos Aires, el aspecto de la parte conocida de la Patagonia es esencialmente uniforme. Grandes llanuras donde no se divisan mas que escasos matorrales abrasados por la sequedad, algunos montecillos acá y acullá que se elevan en medio de eriales privados de toda sombra, tal es el triste panorama que se descubre á la vista del estranjero en un radio muy estenso del territorio patagon.

Constitucion del terreno.— Al llegar aquí nos vemos precisados á consultar la bella obra de Mr. Alcide de Orbigny sobre la América meridional. Este hábil naturalista que ha recorrido durante ocho años consecutivos todo el hemisferio austral del nuevo mundo, permaneció ocho meses en la Patagonia estudiando las riquezas minerales y animales de este misterioso pais, viviendo bajo la tienda del indíjena. Así es como ha podido damos á conocer con los pormenores mas minuciosos todas las partes de aquella vasta rejion que debió tener tiempo de visitar , tales como la zona septentrional , próxima al Rio Negro , y la zona oriental hasta la península de San José. Es una fortuna verdaderamente el poder referirnos en este punto á una obra tan preciosa como la de Mr. de Orbigny, por quien además hemos tenido el gusto de ser autorizados para ello. Confesamos pues con toda franqueza que cuanto vamos á decir sobre el norte de la Patagonia y la poblacion que la habita, es el resumen de las relaciones y de la opinion del sabio viajero, cuya única guia merece toda confianza en semejante materia. Muchas veces le habremos de citar textualmente , porque hay casos en que no puede remplazar el análisis á la cita exacta , y porque hay en las obras de este jénero períodos que no permiten el estracto y conviene reproducirlos tales, como son, só pena de alterar el asunto á que se refieren y sujetar á su autor á una torpe diseccion. No quiere esto decir que haya tal necesidad, sino para las cosas que forman el carácter que las distingue esencialmente, como los detalles de las costumbres, y de ningun modo para lo que no es parte integrante del cuadro de un pais ó del retrato físico de un pueblo.

Tampoco dejarémos por esto de examinar cuidadosamente la opinion de otros viajeros y aprovecharnos de las noticias que faciliten, haciendo las inducciones á que dieren lugar en nuestro concepto sus contradictorias aserciones , aunque adhiriéndonos siempre al testimonio de Mr. de Orbigny, como la autorídad mas preferida, y bajo cuyo nombre se distinguirá nuestro trabajo.

El Viaje d la América meridional no es el solo libro que nos ha suministrado las noticias curiosas, y bajo todos aspectos nuevas, que vamos á dar: nos hemos también valido de otra obra mas especial y no menos notable ; queremos hablar del Hombre americano , tratado de fisiolojía de los mas preciosos para el estudio de las razas del nuevo continente, y que bajo mas de una relación coloca definitivamente á Mr. de Orbigny al lado de Mr. de Humboldt. ( Esta es también la opinión de Mr. Darwin , sabio naturalista inglés que ha reconocido el estrecho de Magallanes en compañía del capitán King , cuya competencia en este punto no puede ser contestada.)

Es á la verdad sensible que no se hayan publicado todavía los tratados de jeografía, jeolojía , philolojía y una parte de la historia natural del Viaje á la América meridional, pues que hubiéramos podido, con las interesantes noticias que promete la perfección de una obra tan útil como esta , dar á la descripción jeneral de la Patagonia un desarrollo mas proporcionado á las otras partes de esta relación.

Principiamos pues nuestras citas sobre la constitución del terreno de la Patagonia:

«Considerado bajo la relación de su composición, el terreno de la parte septentrional parece ofrecer desde el pié de los Andes hasta el mar una sucesión de capas de tierras terciadas que contienen alternativamente conchas de agua dulce y marinas, y huesos de mamíferos en medio de un arenisco deleznable, tan perfectamente colocados, que sobre las orillas del mar y la ribera del Rio Negro donde por dó quiera se notan escarpados de una grande altura, se puede seguir la menor de ellas el espacio de seis á ocho leguas sin que varíe de espesor. Hecha la comparación de muchas peñas con las descripciones de los viajeros, han probado que el mismo terreno ocupa casi toda la Patagonia de la costa oriental hasta el estrecho de Magallanes. Por lo demás , el terreno terciado sigue por el pie de los Andes hacia el norte , comunica con el que baña el gran Chaco, y rodea por todas partes los Pampas propiamente dichos, formados invariablemente de arcilla de huecos y de tierras movedizas. Esos mismos Pampas tienen mucha menos estension de lo que se habia creido, pues que no participan jeneralmente del terreno de la Patagonia , acabando á los 39 grados para dar lugar á las tierras terciadas de los lados australes; así que, á escepcion de los terromonteros y orillas de las riberas, la Patagonia está sin cultivo, porque no cuenta mas que con terrenos arenosos y secos que carecen de la humedad necesaria.»

Ya hemos tenido ocasión de decir que las llanuras de este país están impregnadas de sal, y que los lagos de la parte del norte son salados. Es tan abundante esta sustancia en las tierras de la Patagonia que frecuentemente se manifiestan sus partículas de moho por la superficie, y hasta sobre los terrizos ó terromonteros de las márjenes del Rio Negro : así es que ningún pozo ha dado jamás agua potable, y la misma que beben los naturales, á falta de otra mas dulce, es tan salobre que produce á los estranjeros fuertes cólicos y una peligrosa disenteria. Esta disposición del terreno y el reciente descubrimiento de ciertos fósiles que lo indican, prueban que la Patagonia ha sido cubierta por el mar; y si esta hipótesis, que parece muy racional, se admitiese, se esplicaría fácilmente la formacion de numerosas salinas que dan á los colonos del Cármen sus productos naturales: al retirarse las aguas, han dejado lagos salados, cuya parte líquida se ha evaporado, gracias á lo raras que son las lluvias y á la estremada sequedad de la tierra. Así es como las partes salinas se han concentrado en el fondo de estos receptáculos , pasando en fin al estado de cristalización. Por lo demás hay también que observar, que en las orillas de esas salinas suele haber cristales, los cuales toman equivocadamente los naturales del pajs por sal , no siendo otra cosa que calizo ó sulfato de cal. Algunos de esos cristales tienen hasta diez ó doce pulgadas de lonjitud, y pueden pasar por los modelos mas completos y bellos en su jénero.


HISTORIA NATURAL.— Vejetales.— La proximidad de los establecimientos agrícolas de Buenos-Aires ha influido muy poderosamente sobre la parte de la Patagonia que baña el Rio Negro, para que se hallen allí haciendas donde se cultivan la mayor parte de nuestros cereales y algunos árboles frutales, indicados ya en el párrafo relativo al aspecto del pais. Mr. de Orbigay ha reunido ciento diez y siete especies de plantas, número mas que suficiente para vindicar al pais de la nota de completa esterilidad; pero por desgracia, entre esas 117 especies no hay ninguna que sea digna de fijar particularmente nuestra atencion.

Animales.— El reino animal ofrece mas interés. Citarémos el lobo rojo (canis jubatus), que hace la guerra á las gallinaceas; el enguardo, ese tigre americano, que despues de haberse hartado de sangre y de carne palpitante, oculta bajo la yerba, las hojas ó la arena, el despojo de su presa para volver á ella cuando le apremie la necesidad; dos especies muy pequeñas de gatos salvajes, el pajero y el mbaracayá, que hacen la caza, en concurrencia con el enguardo, en las llanuras que baña el Rio-Negro; la mofeta o vivera, que exhala un olor fétido insufrible cuando un enemigo cualquiera se le acerca; el oso canoso, especie de huron que socaba la tierra y que dotado de las mismas cualidades que la mofeta, arroja tambien cuando se le irrita un olor fuerte de almizcle (Bufon le llama fuina de Cayena); el zorrillo, otra clase de mofeta, parecida á las martasen las formas esveltas y graciosas, en la piel negra con dos rayas blancas desde la cabeza hasta la cola, y el zorro de Patagonia que, segun Catesby, solo difiere del de Europa por la piel de un gris plateado. Este animal, todavía mas astuto que el que nos es ya conocido, sale por la tarde de su guarida para ir á sorprender á las aves caseras en las granjas, y sucede frecuentemente que acosado por el hambre y no hallando con que satisfacerla, se arroja sobre los cueros de piel no curtida que usan los habitantes , los corta y se los lleva. Así es que á veces los animales ó los caballos encerrados en un coto hecho de estacas y travesaños, atados con tiras de cuero, se escapan durante la noche por haber sido arrebatadas estas tiras por algún descarado zorro. Los Patagones les temen mucho: cuentan de ellos una multitud de historias mas ó menos estravagantes ; llegan hasta asegurar que son bastante atrevidos para venir á cortar, mientras duermen , las correas que suspenden sus recados puestos debajo de la almohada, por cuya razón tienen siempre cuidado de ponerlos en su caja. Suponen todavía que tirando cierta noche uno de estos zorros del ramal de un caballo para apropiárselo , logró conducirle hasta su cueva.

Debemos tambien citar, entre los mamíferos que se encuentran en mayor ó menor número en la Patagonia, la semivulpeja , cuya maternal ternura es conocida de todo el mundo, sabiéndose, como se sabe, que al menor peligro que amenace á sus hijuelos, los escande en su buche. En lo alto del pais se hallan muchas especies de animales roedores , como los eténomes, que labran las llanuras como nuestros topos; las ratas en bandadas numerosas, indíjenas ó traidas por los buques europeos; el raton y el guya, de los que algunas familias , venidas del Norte, pueblan los pantanos, y hacen oir quejidos melancólicos en la hora de la noche en que la biscacha huelga ; este último es un animal especial á estas comarcas , y nunca se acerca á los trópicos. Lo mismo sucede al veloz mara, ó liebre de América. Este cuadrúpedo que se aproxima al jénero de los agoutis, es notable por su costumbre de escavar profundamente la tierra; su piel es parda-roja, oscura por por el lomo y blanca por el vientre; hácia lá cola reina una media luna negra que resalta agradablemente con lo demás del pelo. Algunos son tan grandes como los perros de mediana estatura. Los naturales del país son muy diestros en la caza encarnizada que les hacen. Como la mara tiene el paso muy irregular y da mil vueltas cuando huye, los caballos, acostrumbrados á este jénero de ejercicios, hacen otras tantas evoluciones rápidas como este animal, y no haciéndolo así son perdidos. Mas los Indios están ya tan habituados á este arte, que siguen todos los movimientos del caballo y logran llegar á fatigar á la liebre en términos que sin apearse la cojea por las orejas y se la llevan.

En Patagonia no se encuentran monos, ni jaguares; este ultimo, el mas bello y mas grande de todos los gatos salvajes, después del tigre, no pasa jamás al sur de las montañas del Tandil.

Entre los mamíferos desdentados, no podemos dejar de hacer mención del pichi, que pertenece al jénero del tato. Loa individuos de esta familia son, como se sabe, notables por la callosidad y dureza de la concha que los cubre; tienen el hocico puntiagudo, orejas grandes, uñas largas, cuatro ó cinco dedos delante y cuatro detrás; socavan sus moradas subterráneas y se alimentan de vejetales y de insectos. El pichi es un gracioso y pequeño animal, muy afable, absolutamente inofensivo y en estremo solicitado por la delicadeza de su carne, que no disgustaría en las mesas mas esplendidas de Europa. Los Gauchos y los naturales la ponen á cocer sobre el fuego por la parte de la concha , y cuando está bien tostado, se caen las escamas muy fácilmente. No es raro hallar los pichis en las casas de los colonos, donde se divierten con ellos ya por sus gracias, ya por las posturas singulares que toman á veces.

Los pantanos del Rio Negro sirven de abrigo á un gran numero de pecaris de collar, ó jabalí de América, tan ásperos é indóciles en este país como lo son en todas partes, Una especie de ciervo, llamado guazuti también muy común en la Patagonia, pero es menos interesante que el guanaque, cuya carne y sobre todo su piel aprecian mucho sus habitantes.

Este último animal, que no faltan naturalistasque le consideren como el lama en estado salvaje, es en la América meridional el Representante del camello de Oriente. Puede muy bien ser comparado por sus formas esteriores á un asno con dos patas y un cuello mas largos. Se hallan muchos en todos los puntos templados de la América del Sur, desde las islas de la Tierra del Fueco hasta las rejiones montañosas de la Plata, y aun hasta la cordillera del Perú. No obstante que estos animales prefieren los lugares elevados para habitar, se encuentran también en las llanuras de la Patagonia meridional. En jeneral andan en cuadrillas de doce á treinta, aunque no dejan de reunirse en otras mas numerosas y apiñadas sóbre las costas septentrionales del estrecho de Magallanes.

Un rasgo característico de este cuadrúpedo es la curiosidad. Cuando se halla uno por casualidad frente de un guanaco aislado, en lugar de huir, como debería aconsejárlo su instinto salvaje, se detiene y le observa con atención; un instante despues, sigue su camino, y se para todavía para volveros á mirar. Si se toma alguna postura estraña, como por ejemplo, si se echa uno en el suelo con las piernas al aire, se acerca para reconocer el singular objeto que ha notado de lejos. Algunos viajeros se han valido de este ardid con éxito, y aun á veces, los guanacos parecían creer que los escopetazos que les disparaban sin alcanzarles eran una consecuencia de la broma. Mr. Darwin, naturalista inglés, ha visto varios sobre las montañas de la Tierra del Fuego no solo relinchar y gritar cuando se les acercaba, sino empinarse y saltar de la manera mas ridícula. Son susceptibles de enseñanza como también de mucha familiaridad. Descarados entónces en estremo, se arrojan sobre el hombre y le maltratan por detrás con sus dos rodillas. Se asegura que el motivo de estas bruscas embestidas suele ser el amor celoso que esperimentan por sus mujeres. No sucede lo mismo con el guanaco en el estado puramente salvaje; no tiene ninguna idea de la defensa natural , y un solo perro es suficiente para sujetarle , á pesar de su alta talla. Cuando reunidos en rebaños son asaltados por hombres á caballo, se desbandan inmediatamente y huyen atolondradamente , sin saber á dónde dirigirse; esto es precisamente lo que facilita la caza que les hacen los Indios : fácilmente los empujan hacia un punto central , y los rodean de tal modo que muy pronto se hacen dueños de ellos.

Los guanacos se arrojan voluntariamente al agua. En el estrecho de Magallanes pasan á veces de una isla a otra. Biron, en su viaje, los ha visto beber agua salada ; y los oficiales del buque inglés el Beagle divisaron una cuadrilla entera que parecia estaban bebiendo el líquido contenido en una salina del cabo Blanco. Fuera de esto , no pueden sufrir el agua salada , esponiéndose á morir de sed en algunos puntos de la Patagonia. Durante el dia se revuelcan con frecuencia en hoyos llenos de polvo. Los machos se pelean á veces con encarnizamiento. Estos animales tienen una costumbre que parece inesplicable : todos hacen sus necesidades corporales en el mismo paraje, resultando de aquí tales montones de basura y estiércol que algunos tienen hasta ocho pies de diámetro. Frezier observa que esta costumbre es también común al lama, y dice que es de grande utilidad para los Indios , los cuales se sirven de los escrementos del guanaco para combustible. Mr. de Orbigny confirma esta observación, y asegura que todas las especies del jénero , es decir, los lamas , los alpacas y los vicuñas, están dotados de este singular instinto.

Los guanacos parece que elijen determinados lugares con preferencia á otros para morir. Se ha visto, por ejemplo, en las orillas de Santa Cruz el suelo blanqueado de huesos, principalmente en los sitios de matorrales y cercanos á los rios. Estos huesos no ofrecen señal alguna de haber sido devorados los guanacos por bestias feroces. El mismo hecho se ha observado por las márjenes del Rio Gallegos. Ninguna razón se puede atribuir á esta costumbre; sin embargo es de notar que cuando un guanaco está herido, se dirije siempre hasta el curso del agua que tiene mas inmediata. Estos hechos pueden servir á veces para esplicar la existencia de huesos intactos en una cueva , 6 enterrados bajo bancales de turbiones; enseñándonos también la causa de hallar frecuentemente los despojos de varios mamíferos mas bien que de otras especies en los terrenos rangosos. (Estos pormenores sobre el guanaco están estractados de la interesante obra de Mr. Darwin.)

Además de los cuadrúpedos que hemos citado, se hallan en la Patagonia bueyes , caballos y carneros que los colonos europeos han llevado y connaturalizado allí sucesivamente.

Los bueyes producen un comercio bastante considerable de carne salada, y se llevan muchos para las inmediaciones del Carmen. Están pastando cerca de las habitaciones y allí es donde se les mata y se prepara su carne para ser conducida a la población para su venta. El lugar donde se hace esta operación se llama saladero. Mr. de Orbigny ha hecho una descripción que vamos acopiar:

«Los animales son conducidos á la inmediacion del establo , encerrando todas las tardes en estos rediles á los que se destinan para ser muertos al dia siguiente. Desde el amanecer los operarios se distribuyen el trabajo : los unos montan á caballo con el lazo , entran en el redil, amarran á cada animal por los cuernos y le obligan á salir ; en tanto que los otros a fuerza de golpes les nacen encaminar hacia el sitío de la ejecución de frente al cobertizo. Luego que llega allí, el operario que le impelia por detrás, sin apearse del caballo , le troncha de una cuchillada, diestramente dada, los corvejones traseros á fin de que no pueda andar; en seguida otros le echan por tierra y le hieren en la garganta para desangrarlo, ó bien, si es necesario, le clavan la punta de su cuchillo, por detrás de la nuca hasta tocar la médula del espinazo, lo cual requiere mucha habilidad, y entonces ya el pobre animal queda sin movimiento y como muerto hasta que se le acaba de matar. Mientras que los hombres montados á caballo continúan así sus operaciones, otros operarios principian á desollar y á partir la carne ; y cuando ha sido muerto el número de reses suficiente para el trabajo del dia, lo que sucede á veces á las ocho o nueve de la mañana, aunque haya ochocientas ó mil, entonces para cada una se dedican dos trabajadores. Dividen con el cuchillo la piel en toda la lonjitud del vientre desde la cabeza hasta la cola, y las patas por la parte interior desde la corva hasta el punto de unión de la línea del medio; cortan los pies y los tiran, desuellan el animal y sobre la misma piel lo despedazan. Sacan los cuatro cuartos con una habilidad admirable y los ponen debajo del cobertizo , donde los suspenden en ganchos preparados al efecto; después aquellos mismos hombres separan las carnes de los huesos y las dividen en cuatro ó seis pedazos, pero con una destreza difícil de creer: el uno levanta en un solo trozo las de los costados, y el otro las de la parte vertebral, igualmente en grandes pedazos, llevándolos todos al mismo sitio, colocándolos en pilas sobre los cueros, y separando los intestinos que los muchachos cuidan de limpiar antes de ponerlos en su lugar.

Luego que todas las reses muertas han sido partidas, llevan los operarios las pieles al tinglado y sacan la carne superior de los cuartos, siempre con la misma ajilidad, para ponerla sobre los cueros, colocando en otro lado los huesos. Concluido esto, principia una nueva operacion en la que todos toman parte: vuelven á repasar separadamente cada trozo para partirlo si es muy grueso, quitarle de encima la grasa y echarle en el monton. En seguida se ponen las pieles en tierra y se pone en ellas una fuerte capa de sal, y sobre esta una capa de pedazos de carne estendidos con cuidado; siguiendo haciéndolo así alternativamente hasta formar una alta pila cuadrada, á la que no se toca en diez ó quince dias, para dar tiempo á que las carnes tomen bien la sal. Trascurrido este tiempo, se espone diariamente al aire la carne colgada en unas cuerdas hasta que se seca , lo que la hace ser menos pesada y de mas fácil trasporte. Las pieles se salan de la misma manera que la carne: se las deja en montón ó pila por espacio de quince dias, ó un mes; y luego se forman paquetes de ellas para embarcarlas y entregarlas al comercio.

Las grasas se dividen en tres clases: hay desde luego aquella que se saca de los intestinos y que forma el sebo, la cual por lo regular se envia en barricas amontonada solamente ó derretida; siendo de esta última de la que se usa en el pais para el alumnrado y la que sirve también para la esportacion, además de la que se estrae de las carnes. Esta otra se derrite y se pone en las vejigas ó grandes intestinos y no se emplea en el pais sino para la cocina, siendo uno de los artículos mas indispensables, tanto para la jente del campo como para la que habita en Buenos-Aires. Hay en fin en los saladeros otra tercera clase de grasa: los trabajadores ponen á parte todos los huesos capaces de contener la médula, y acabado el dia, los quebrantan estrayendo de ellos aquella con un palito, y derretida en las calderas, la colocan en pequeños barriles. De esta última especie de grasa se sirve el propietario para su cocina, se da como regalo de gran precio á los amigos y se vende bastante cara á los glotones del Rio de la Plata que la estiman mucho; siendo con meto sin contradicción el condimento mas delicado y muy superior á la manteca de puerco, á la de vacas y aun al mismo aceite. Las lenguas se salan aparte, y ya que se han secado, vienen á ser de este modo un objeto de comercio. Es un manjar bastante bueno y apreciado de los consumidores de carne seca. En el Brasil es donde se hace principalmente este comercio, así como el de la grasa porque los grandes calores de Bahía, de Rio Janeiro y de todas las otras ciudades situadas bajo la zona tórrida, no les permiten conservar la carne fresca.

Luego que los operarios han acabado el trabajo del dia, se dedican á limpiar su matadero, se llevan la cabeza con sus carnes, toda la armazon oseosa del tronco y los huesos de las patas cerca de la orilla del rio, donde amontonan todos estos despojos y los intestinos, el corazón, el hígado y los livianos, que tambien se tiran cuando las pobres jentes del Cármen ó los Indios no vienen á buscarlos. Así es que los huesos, buscados con tanta avidez en Europa, vienen á quedar sin uso alguno, siendo allí arrojados al campo. Apenas cuando se han corrompido las carnes hace el propietario recoger los cuernos que se desprenden entónces mas fácilmente, porque como hay madera de sobra en los alrededores para no tener necesidad de emplear los huesos como combustible, segun lo hacen en todos los Pampas de Buenos-Aires, se tiran y no sirven absolutamente para nada. Se hallan sobre muchos puntos de la ribera esos montones considerables de huesos, como señal de haber habido por su inmediacion algun saladero, y que permanecerán así hasta que la industria estranjera quiera apropiarselos cargándolos para trasportarlos á Europa, ó la industria indíjena los emplee en el propio pais cuando la civilizacion habrá llevado allí sus fábricas.

El Europeo, testigo de los trabajos de un saladero, no puede menos de quedar sorprendido de la habilidad feroz de los operarios y de la destreza con que huyen el cuerpo de los cuernos de los toros que, furiosos al verse enredados, luchan con una fuerza estraordinaria cuando se acercan á sus compañeros ya muertos en la plaza, saltan, cocean, y ponen al jinete en un verdadero peligro. Se estremece el espectador á cada momento al aspecto de aquellos hombres que, amenazados mil veces de la muerte, juegan sin embargo con la cólera del toro como con la de la vaca; su presencia de ánimo es siempre igual á su pujanza y su habilidad; siendo muy raro que sean heridos. Pero esos hombres que no le temen la muerte, que se encuentran con ella á cada paso, son tan duros para los animales como para ellos mismos: se gozan con los sufrimientos de la víctima, cual si esto fueran una especie de indemnizacion de los riesgos que les ha hecho correr. La dejan con frecuencia revolcarse por largo tiempo en la tierra cuando le han cortado los corbejones, y se rien de los lamentables bramidos que le arranca su dolor: la mutilan gratuitamente, y la entregan así sin defensa á los disformes perros que la muerden la lengua y se la arrancan cuando brama. Prorumpen entonces en infinitos aplausos todos los operarios que, cubiertos de sangre, la esprimen gota á gota, recreándose en éste espectáculo, que es para ellos muy delicioso. ¿ Qué humanidad pueden tener unos hombres acostumbrados á estas escenas? Así es que con la cuchilla en la mano se están continuamente amenazando con la muerte , y se divierten en hacerse chirlos en la cara; de manera que el verdadero torero rara vez deja de tener la cara acribillada de cicatrices. Asesínanse unos á otros con la misma frialdad que si degollasen un buey ó un ternero, sin esperimentar remordimiento alguno. Una circunstancia que tuvo lugar después en el mismo paraje, demuestra cuan insensibles son á la agonía de los animales : es el caso que habiendo acabado de matar todo el ganado menos los becerros, y temiendo que estos fuesen robados por los Indios enemigos, los encerraron en el parque donde, faltándoles el tiempo para sacrificarlos les cortaron los corbejones dejándolos por muchos dias en este estado, cosa que les parecía muy natural.

El espectáculo de un saladero es muy triste para quien lo presencia : la noche , los mujidos de los ánimales encerrados en el parque, faltos de Mlis¡o€üÍ0 por espacio ie dos é tres ^iás, la ag<»iia del gsrnado espirando fasyo la oiicbHla del carnice^ , la ra^ bia de los aue intentan sustraerse á lalnuerley ios clamores lejanbsdelos operarios, dan á esta escena un carác- ter aterrador. Caufta súinoascoel ver ocho ó diez hombres provistos de su t^rrespondienie cuchiJla,de^llando los unos j^ despedazando ios otros una porción de animales , cuyos iníemoros desparramados sirven de juguete á los operarios j de presa á JOS perros y aves de rapiña, atraídos aUí por la esperanza del botín. Yo presencié una de esas reunió* hes fortuitas de aves que no se alimentan mas que de carties muer- tas. Vense siempre al rededor de una habitación una infinidad de calarlos tirubu y aura, los buitres de aquellas rej iones, y grandes y pequeños cará- caras que viven de los desechos de los habitantes ; pero estas aves nun* ea pasan de veinte a treinta, á menos que se mate un animal , porque en- tonces se reúnen en lin numero con- siderable hasta que apuran tx)do el sitstento. Un día en que se empesó la matanza en «I saladero aparecieron por la mañana como una docena de estos parásitas del hombre ; el cebo de la carne atrajo mayor número en muy poco tiempo , reuniéndose en pocos dias todas las aves de rapiña de mas de treinta leguas á la redon- da. Aumentábase por instantes la multitud, tanto que á media matan- za podían contarse muchos miles dé umbus, caráctiras, auras y chiman- gos que se disputaban con grandes gritos los restos descamados de las reses.Estasaves se movían apenas á la aproximación del Iwmbre , 3; al dis- parar un tiro se remontaban imitan- do el estruendo del rayo con, sus alas, que ocultaban el sol por su disformidad. £n Buenos- Aires, don- de 00 hay urubus , e^án cubiertos los saladeros de gaviotas blancas que «e alimentan también de las reses muertas. Al concluirse los alimentos , se dispersan estas reuniones de aves, no volviendo á comparecer hasta otra matanza. En medio de su rapacidad 9on de suma utilidad , pues á no ser ^por ellas los cuerpos de k» animales É»a»donado& en el muladar podrían acarrear una dañina peste con lu pu- trefacción. I^ Patagonia m muy abundante «n aves, pero no tienen el pluma^ je tan hermoso y variado como las que habitan en otras rejiones de América. El avestruz , que es muy numeroso en el norte, es mas peque- ño que el de África, del qial difiere además por tener cuatro dedos en los pies, dos delante y uno atrás, por ser sus plumas cenicientas y tener la cabeza como una oca. Su nombre índijeno es ñandú. Pone sus huevos por octubre y noviembre en los sitios mas silvestres, cubriéndolos tan solo por la noche, ya el macho ya la hem- bra. Cuentan los habitantes que<3uaa- do los huevos están ya empollados , rompe los huevos tel mismo avestrtí» para atraer á las moscas y alimentar con ellas sus polluelos. Él rasgo mas característico de esta ave es su estrema curiosidad. Cuando está do- mesticado suele colocarse en medio del círculo de las personas que están hablando para mirarlas mejor ; estff instinto le es muy fatal en los montes porque entonces le sorpren- de el couguar sin que pueda esca- par. Ix)s naturales . del país buscan con ahínco la carne del avestruz: oi Gauchos comen la pechuga, á la que llaman picaifilta. Los huevos se ven- den entodo el país y hasta en Buenos- Aires y Montevideo. Las plumas del ñandú no son ni con mucho tati her- mosas como las del avestruz afrícano, y por lo tanto solo se emplean para escobillas. La caza de este pájaro se hace á caballo, siendo muy diestros en ella los habitantes. Es muy difícil cojer al avestruz porque huye al mas lijero ruido. Desde el momento en que se le divisa se debe dar rienda suelta al. caballo y dar tras él continuamente hasta aue esté á tre- cho de echarle al cuello el lazo que con tanta aiilidad arrojan los Gau- chos. Sucede muchas veces que vién- dose cercado por los cazadores , in- tenta picar al caballo con una espe- cie depua que tiene en el ala, y cuan- do ha perdido toda esperanza se me- te entre las piernas oe los corceles , que arr(>jan asustados á los jinetes Sobre la arena. Logra escaparse en- tonces, pero en breve es alcanzado por otros enemigos que acaban por sinetarlecon el lazo fatal : por lo re- guiar se le mata en el instante mis- mo, y el vencedor cortándole las alas, las coloca en el cuello de su caballo en señal de triunfo. Esta caza es un espectáculo sumamente curioso para el estranjero, y anima los llanos de- siertos de la Patagón ia septentrional. Hállase además otra clase de estas aves que los Gauchos denominan avestruz petiso. El número de aves de rapiña es ' mu^ considerable en la Patagonia: el temible cóndor^ cuyas alas jigantescas , abrazan un radio de quince pies, se- ñorea con uh vuelo majestuoso las rejiones del litoral; los Incas del Pe- rule t*espetan como los Ejipcios al milano. Él cóndor tiene por compe- tidores al catharto aura y al cathar' to urubú. El primero, llamado tam- bién vultur aura , es una especie de buitre voraz que esparce á su alrede- dor un olor insoportable. El urubú es de la misma familia aue el prece- dente, y el olor que exhala, lo mismo que sus-escrementos, tienen mucha analojíacon el almizcle, si bien este mismo olor se halla sufocado por el de carne podrida. Estas aves , como se ha dicho ya , se nutren de reses muertas v evitan al pais muchas en- fermedades epidémicas. Cuando los urubus se ven acosados al acabar su comida , vuelan con dificultad y vo- mitan la carne que acaban de tragar, no sólo con el objeto de aliierar su vuelo, sino también con el ae entre- tener á los carácaras que se paran Sararecojer el cebo que leshandeja- o sus enemigos. El carácara es un águila voraz en estremo que anda siempre rodando al rededor de las habitaciones alimentándose de ani- males muertos. El águila coronada., el águila aguya , la busa tricolor y algunos busardos hambrientos per- siguen á su presa incesantemente. Por el verano regresan á la Patagonia el alcpn y algunas aves carnívo- ras nocturnas, como el ñacurutú , el duque de Europa y el aterrador. Entre las aves de tamaño menor se cuentan los rhinomios , especie de mirlo^ que viene en el invierno des- de el estrecho de Magallanes; «I burlón de Patagonia^cviyo canto mo- dulado y cadencioso parece que re- meda al de los otros pájaros ; el lije- rísimo trogladito , el tímido synar llaxoy y el juguetón gobemosca. Las praderas del norte se hallan frecuen- tadas por algunos pipis que devoran los insectos , y por muchos muscisa- xicoles , especie de pájaro mosca , y eor el vocinglero tangara^ cuyos ermosos colores pueden rivalizar con los del colibrí. Este pajarillo es el único de su clase que frecuenta los pantanos , donde se hallan también algunos trupiales , y el pájaro milu tar^ llamado así, por sus charreteras y pecho encamados. Inñnidad de golondrinas pueblan taínbien las oríllas de Rio Negro con otros pajaríllos,como el diuca ó gran pico del Chile^ célebre por su pluma- je azul y su garganta blanca; eta/iu/ii- bi ave de pluma negra y pata colo- rada , cuyo nido merece describrirse por su orijinalidad, colocado ordina- riamente en la punta de las ramas inclinadas ó en medio de arbustos solitaríos. Esta mansión, donde va á dormii' cada noche la pareja,es muy singular, comparada con el volumen de sus constructores; tiene de IS á 19 centímetros de lonjitud y algu- nas veces asciende á 40: su forma es la de un óvalo prolongado ; la parte esteriorestá protejida por una por- ción de espinas vejetales, colocadas con tal arte que no pueden arran- carlas sin quebrantarlas ; lo interior se compone dedos gabinetes, uno de ellos bastante capaz y abierto lateral- mente: en la primera estancia hay un Í>asadizo que conduce á la segunda, a cual está muy tullida y es dónde pone sus blancos huevos lá hembra en el mes de los amores, que es el dé octubre. Los anumbis trabajan cons- tantemente en componer su nidó^ en lo que ocupan toda su vida, es- cepto los instantes que consagran a! cuidado desús hijuelos. El anabato^ pájaro de aH>ustos, cuyas costumbres son muy parecidas á las del anumbi^ con un canto muy cromático y cadencio^; el horneras que construye tam,bien su nido ccm sumo intenio ; el ibis con sa chillido desagradable y el pico largo ; el thi- eonoroy que se arroja al suelo con su- ma velocidad , y confundido con la tierra por su idóneo color, no vuelve á remontarse hasta que le pisan; el /iupucertioj pájaro minr tímido; el Aeron con sus patas anladas ; el bi^ horó^ especie de heron coronado con una hermosa guirnalda de plumas blancas, que muda cada año y son muy estimadas; hay también varias becadas y cigüeñas con un pico muy largo; el pico envain€ído^ que los an- tiguos navegantes españoles é ingle* ses denominaron palomo blanco , y cuyas costumbres marítimas con tras- tan singularmente con su terrestre aspecto. Citaremos también al fla- mingo ^ que hace su nido en medio de las espaciosas salinas que cubren aquellas llanuras. Agrupados estos nidos á veces en número de mas de dos mil, forman un islote neero que resalta en medio de aquella blancu- ra. Cada nido es un cono de un pié de latitud y cóncavo para depositar los huevos ; es muy curioso ver esta infinidad de conos en medio de las salinas; parece una de nuestras anti^ guas ciudades ccm sus calles tortuo- sas. £1 flamingo tiene las patas y el cuello desmedidos, el plumaje del cuerpo blanco y las «las de color de fuego; se les ve en grandes bandadas saltar de un lago á otro, prefirien- do siempre el agua salitrosa, y su- meniénaose en el líquido para bus- car los in^ctos aquaticos, aue son para ellos muy apetitosos. Ivo se di- seminan jamás, y cuando están asus- tados buten todos á la vez forman- do una línea regular de infantería , despliegan sus alas de un brillante encamado , sin perder por eso su orden simétrico, y volando forman otra vez, una larga falanje algo curva. Llegada la estación de los amores, vuelve cada pareja al sitio donde se había fijado el año anterior, y re- compone su nido con el pico , ó le construye de nuevo si le arrebataron las aguas. Ckmcluida la obra , ponen los huevos en la parte superior del nido, y los empollan alternativa- mente macho y hembra , montando á caballo uno encima da otro, única PATAGOMIÁ. , % ptosicíonqne les permiten sus lai^f^ ' simas patas. Entre los piaros saltones, distín- guense principalmente el pico de los campos y el ara patagón , hermoso papagayo que suele hallarse también en el estrecho de Magallanes. £n la clase de los gallináceos de Patagonia , va comprendido el quejo- so tinamous , especie de perdiz de un gusto esouisito ; la tórtola y el pichón^ que llegan á millares por el invierno , y la eudromia , cuyo plu- maje, salpicado de blanco y de un fondo pardo , es muy parecido aHc la pintada. Este páiaro, conocido^en el país con el nombre de martinete^ vive en familia y queda como inmó- vil en la tierra pelada ó rasa, de don-^ de se remonta silvando en medio de la pequeña vandada que le rodea. Las aves acuáticas están represen- tadas en estas rejionespor dos espe- cies de cisnes ; once de patox; la oca antartica^ que visga hasta la Tierra del Fueeo ; el cuervo marino^ cuyas cos^ tumDres se han descrito con tanta frecuencia , y el colimbo^ que es el nadador mas hábil de todas las aves de esta clase. Los reptiles son muv pocos; se re- ducen á la tortuga del cabo de Bue- na-Esperanza, cuatro especies de la- gartos y una sola de sapos. Solamente hay dos ó tres de peces de agua dulce. Los insectos son mas numerosos y ofrecen mayor interés. Donde mas abundan es en la superficie de las sa- linas. Allí están impregnados de sal , por lo cual se hallan en un estado ca- nal de conservación. Frecuentan las costas las ballenas , delfines, cachalotes v otros cetáceos, á cuya caza acuden buques de todas las naciones. Puéblanlas también varios anfibios , entre los cuales dis- tinguiremos dos clases deliénero de las focas ; la una, conocida con el nombre de /oca ele trompa^ y la otra llamada vulgarmente león marino. La pesca de estos anfibios ha llevado infinidad de Europeos á las orillas de la Patagonia. « Orbigny dice que las naves arriban en los meses de agosto y setiembre, fondeando ya en el rio Negro,ya en la bahía de S. Blas y en el puerto de la Unioo. Cada na» ^ tenia ana lancha ptr^ trasportar iagrasa y^c^nór dL litoral de la eos- t^.Las tripulacioAea tomaban pose- i^OQ 4el terreaa c^ue se les asigpsalMi, y aguardaban attí que saltera el tro* peli4e fec^; teniendo cuidado de no atSKmrlas anJ»ft de que hubiesen salí* oo ái tierra todas.» y aun enceste cas^ l4s autoridades del Gárnaen im^ pedían muchas veees que se diese prineiptQ á la caz». Uera^ ei dia prefijado V aegüiala oi^ de lasf aguas cada tripoUeion armada de ladzas y palaneas pafá eokiearse en frente, de la manadaí^ yoortarlo la re- tiradíl. Los machos los primeros pro- curaban ganar dagiia^ pevo tos pes- cadores les cortaban el paso- j les dabsMa un golpe c« la trompsi para v^Qi^ei4oa mas fácüinenile* Le^uitá- bas» eñtóncesrel pes sobre su». alas 4irijÁéttdose con la boca abierta ha- cia auaarreaor co^áoímode mor- derle á anogaHe con ' et peso de su Cuerpo; pero este illtimo, práctico ep takA n^iobras, aprovechaba la pca^íotí paoaUepitltlarle ki'^anza en el pecho, sacándola después con presteza. Este^ goJpe es suficiente las mas. dti las veces para aturdir á la fo- ca, que ptevdela ñierzacon la sangre y acaba d&raprír á palos: pero succr de también ^ne se'enfurece con las heridas y se levanta con mas fti^erza dlr^jiéndose oonlra su adversario y dando un grito roitco. Entonces se hace la lucha m9s difícil, por<^ que si no se ha vuelto á sacar con ttenipo la lanza, se rc»npe eon el pe^ so del animal ó la destroza este con 5US dientes. Ninguna fdoa queda vi^ va, siendo todas, destrozadas, á pesar de su resistencia. Acabada la malap- aa enciende» paja los pescadores so- bre las ñ>eas muertes á fm de reco- nocer sr queda alguna con vida, y en seguida proceden á d erretir ía gra- ta por medio de los hornos que han construido de antemano. «Una feca grande prodvice por lo común nn tercio de tonel de aceke, pero si son hembras se necesitan cuatro 6 cinco Mra producir igual cantidad. Toda foca podría dar doble aceite del que te la estrae si se aprovechasen las partes tfue te desperdician* Se ha nrobado ^ aítiliaarlos dientes de l«a rocas , pero los resultados han sido inütíliés por tm estreñía duresa. £1 aceite ofrece «a ramo de co- mercia muy Ineralivo ; véndese ordinariamente en Europa oomo aceke de ballena.» Este ranudepro-^ duotos ha hecho acudirtantoaFrao** ceses é Ingleses á la petea de esloa attfíbíoSi,. que ya han abandonado las costas de ftienos-Ah'es y déla paa«^ te acptentrknaLde la Patagonkv Pu^ deevaluarseendosmiltoneles lacan- tídad de aceite que se e^iraia asnal- mente, para la euai se ha; calculado que debían ser muertas cada año una» cuarenta mil focasu El soMBás. Tribus iad^ennx. Mr. de Orbign^t divide ka «stremidad de la América meridional encuatratribus: l^vLos Araucana ditucas que te es- tienden desde la Plata al Bio^Ne^, en los Pampas, sobveel declive orien- tal de los Andes , y sobre el oociden- tel .desde Ck>quimba hasta el archi- piélago de Chonos V 2." Los Puelches; quo ocupan el espacio comprendido enire m Araneanos y los Patago- nes; S."" Los PatagonesóTueleosque se estirnden desde;d ftio^Negtlo al estre^ éhodeMagaliánes;4.^Los Fuegiien- se&esparciéos por todas hn islas de la Tierra del Fuega y en las dos máija- nes occidentamdtel estrecho. No tra- taremos de loa Araucjanos id de los Puelches, puesto que ya se ha habla'< do de ellos en la noticia sobre el Chile y los Pampas. Masadelante ha- blaremos de los. Fuegnensea , cuya estatura mediana ha dada moAivo á la. larga contvoversia acerca de los grandes y pequeños Patagones. Tan solo nos ocuparemos acpií de la na- ción patagona, propiamente tal. Este pueblo , que recorre los. inmensos espacios encerrados entre el Atlán- tico y hi vertiente oriental de los An* des, se siibdivide en dos tribus, oue son i la de los Tehuelches al norte , y la de los Inakcncsque habita* en las eastaa del estrecho de MagaHanes. Con todo, se nos permitii^ que en cuanto á la distinción de estas raías 4 tribus , no nos sujetemos 4 una «xactHud minuciosa que exyiria á

«ida paso disertaciones cansadas ^
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lisbtaa rábido eomo el 4|tte henos

ofipecido. Ümnarémás piXíe& Patago» a€s (hombres de ^iMMbcá pié») y al ipiieblo 4e ^9 vamos á hablar pri^ meramectte , síq que por esto áej^ moñ d(^ peíerir «quelb» hechas prio^ ^i^e% mí^ nos pare^aa capaces úe establecer una diferencia mani* ^í^ta aRire tal y tal tribu, de las que tambieift lidiaremos oporkm^anen* te[1]

Población de la Patagonia. Ocho ^ diez mil almas., divididas <m hor* das , cada una de ellas bajo el maíl- lo á dirección de un caudillo, com- ponea> la poblacioa de los países •comprendidos entre el Rio-Negro, «I Atlántico, el estrecho de Magalla- nes y los Andéis. Esta nuweracion , 4ae ik&icameilte da paca ks. veinte y seis mil legtias cuadradas coates sidas en aquel inmenso espacía , la mediana nropioveio» de un hombre j>ara tres leguas, poco aaas ó menos^ fie esplicavá fócimiente, si se refle- wm la naturaleza de aquellos terrevftQSi árúios, y la superficie oeoesaróa para el eslabkctraienlo de 'CsAé (oMertayóMc^ formada de al- gnnaa tiendas. Para encontrar el ali- ime^ e« ai|iMl socüa ingrato ,^^ se ve cad9^ iakttUiía mreqúsAéa á esparta^ nsiarse 6 estendene maicho mas que «a un paÁs fértil. Sabidio es,: per otra parte , quQ ptra poder vivir un pue- blo catador , neeesitauna supemeie maSí esteaMSa qu^ un pueblo a^eul* tor.

Es oportuno observar, que los habitantes de laa dos estremidades de la América están mti^y lejf>»de( t«^ producirse en i^ial proporción que tas demás raaas del oontioente* £s«  plieado queda esle hecho: con jres* pécto á los Ind ío» de la América M Biorte, por lo habituadas ^fiieí^stán las mujeres á daar de mapaar ¿ sns hijoa líasta la edad -de siete ü ocho años; por las ocnpaoioDes gnerre- ras^ que roban la actividad d« los koanbres, y por otras causas perfec^ lamente conocidas. En enante 4 los naturales del Sur^ no se ha demos* trado todavía la raxon tójioa del es- tado inalterable de su población ; siendo tanto mas estraño este fenó* mena, cnanto que clamor i la fami* lia, como se vera díespues, parecemuif declarado entre los Patagones , cir* ennstancia que por sí sena induce á pensar que d^era provocar entre aquellas tribus salvajes el deseo da reproducirse. PíUagones del Norte, Su fífirat». Todo el mundo sabe quelosantignos^ navegantes, empezando por Ma^all»' . nes, que fué el primero q«ie visitó la cosita de laestremídad de la Pataeo^ nía, han esparcido fábulas ridícntas acerca de ki« pueblosdeaqnel país. La easion alo maravillosos que en aqoer os tiempos de ignoranda era ^e*' ral en Europa , encontró partiGttla^ objeto de complac^cicia en tas exa- jerackmes absurdas de aquellos via- jeros sobre la estatura de los Patar gones. Por .k> tanto, al notat lo mtic^ho ^«e le costaba á Freai«r el convencer a sus lectores , en el si^o diez j ocho, úe la veracidad de sus antecesores y de la suya propia, motivo hay para^ suponer que no se daba entera fe 7 crédito ala existencia de estos preten-^ 4ídos jigantes. Recuerda que en el naes de julio de 1704, los que iban á bordo del San^^e , de San Jtaló» mandado por el «ipitan Haringtcm, vieron siete de a<pellos mismos ji^ gantes en la bahía Gregorio ; que> tos del Sítn Pedro de Mars^la, man- dado porCarmon, otro armador, también de San Male , habían visto seis», los cuales tenían de nueve á diez pi^ de altura. El primero que hahtaptijesto en duda estas )*elacío- nes maravillosas ftié Froger, rédaclor del viaje de Mr, Güines. «Lo que le ha eogañado ^ dice Frezier , es que ea el estrecho de Magallanes se han visto Indios de una estatura que no sobrepujaba á la de los de- más hombres.» Es verdad que con- viene en que la rareza del espectá- culo que presenta una población robusta y vigorosa , en un suelo in- grato y bajo un cielo inclemente , ha podido ocasionar alguna exajera- cion en el cálculo de la estatura de los individuos descubiertos; pero añade que en caso de no quererse considerar sino como aproximativas las medidas indicadas , se encontra- rá definitivamente una concordan- cia perfecta entre todos los viajeros que nan hablado de ellas ; y se apre- sura á invocar el testimonio de An- tonio Pigafetta , á quien debemos el diario del viígede Magallanes, y que asegura que en la bahía de San Ju- lián vieron los Españoles muchos ji- jantes tan altos que no les llegaban a la cintura. También cita á Barto- lomé Leonardo de Ar^ensola , que en el libro I de su historia de las Molucas , dice que el mismo Maga- llanes vio en el estrecho de su nom- bre unos jigantes de mas de diez pies de altura ; y que .en el libro III, ' volviendo al mismo asunto , supone que la tripulación de las naves de Sarmiento peleó con unos hombres que tenian de estatura unos diez pies castellanos. !Nótase pues la dismmu- cionde un pié, atendida la primera graduación ó cálculo; de aquí el apresurarse Frezier al desquite, vol- viendo á hablar de su tasa favorita, apoyándose en el testimonio de Se- baldo de Werd , de Olivier de líoort, y del Holandés Jorje Schou- ten, que dicen esceder de nueve pies la altura de aquellos colosos. Para dar el primero en apariencia mayor aspecto de verdad á su aserción , sostiene que aquellos Indios, espan- tados del fuego de la mosquetería , y no sabiendo^ ya como preservarse de sus mortíferos efectos , arranca- ban árboles para ponerse á cubierto. Con respecto á Schouten ^ cuyo tes- timonio en elase de cirujano seria admisible á no haber dado alguna vez pruebas deescesiva creduhdad. debe advertirse que su observácioil está fundada en haberse encontrado unas osamentas bajo unos monto- nes de piedras <^ue llamaron la aten- ción de los marineros del navio an- clado en el puerto Deseado: mas por desgracia estos residuos no eran mas que huesos de un mastodonte par- ticular á la América^ El monje Pei^ netty, que escribió después que Frezier , da sobre este objeto un es- tracto no menos curioso, sacado del viaje del comodoro Biron al rededor del mundo , en 1764 y 1765. «El 22 de diciembre de 1764, dice, estando los Ingleses en el estrecho de Magallanes , á cinco le^as de la Tierra del Fuego , descubrieron hu- mo que se levantaba de diferentes sitios en la «osta de los Patagones. Acercáronse,echaron el áncora á cer- ca de una milla de tierra , y vieron clara y distintamente unos hombres á caballo que les hacian señas con las manos. Al aproximarse á la cos- ta , se notaron demostraciones de espanto en el rostro de los que iban á desembarcar con la lancha , al co^ lumbrar en la orilla unos hombres de prodijiosa corpulencia. £1 como- doro Biron, movido de la idea de ha- cer un descrubrimiento concernien- te á los Patagones , cuya existencia era objeto de las conversaciones en Inglaterra , mucho tiempo hacia , saltó el primero en tierra , y le si- faieron los oficiales y marineros ien armados, con los cuales se pre- sentó allí en actitud de defensa. En- tonces acudieron los salvajes, en nú- mero de unos doscientos , miraindo á los estranjeros con ademán de es- traordinaria sorpresa , y sonriéndo- se al observar la desproporción que habia entre la estatura de los Ingle- ses y la suya. Hízoles seña el como- doro para que se sentaran , y lo ve- rificaron: hecho esto les puso al cue- llo collares de cuentas esmaltadas , y cintas , repartiendo además entre ellos algunas otras baratijas. Sumag- nitud es tan estraordinaria, que aun sentados eran todavía casi tan al' tos comúelc comodoro en pié ; la es- tatura de los medianos le pareció ser de cerca de ocho pies , y la mas alt^ de nueve, y aun mas.» Advierte Pernetty , que ségim la relación xle los 'mismos lagleses , de ninguDa medida usaron estos para asegurar- se de la exactitud de su cálculo; pe- ro adopta como cierta y valedera la seguridad que dan de ha))er mas bien disminuido (}ue exajerado la magnitud indicada. Añade á conti- nuación , ateniéndose siempre á los mismos testigos , que la estatura dé las mujeres es tan admirable como la de los bombres , y que en los ni^ ños se notaba la misma proporción; y termina con el siguiente rasgo , que nos pareceria una bocanada de parlancbín , si el erave y sabio be^- nedictino no se bubiese cardado en cierto modo con la responsabilidad, refiriéndolo seriamente : «Hallábase entre los Ingleses el teniente Cum* mins , y parecía que los Patagones le veian con placer , á causa de su grande estatura, quesera de seis pies y diez pulgadas. Algunos de aque- llos Indios le tocaron en el bombm, y aunque esto era por cariño, sus ma- nos se dejaban caer con tanta pesa- dez que todo su cuerpo se bambo- leó. i> Banks , que dos años después , en 1766, apomp^maba al capitán Wallis eU: un viaje al rededor del mundo Y renunciaba sin embargo al privilejip de que tan ampliamente usaron sus antecesores, y reduela la estatura de los Patagones á propor- ciones mucho mas razonables. El mayor de los que midió, noescedia, según dice > oe seis pies y siete pul- gadas inglesas ; algunos de ellos de seis pies y cinco pulgadas , y el ma- yor número de cinco pies y diezpul^ gadas basta seis pies. En resumen , y para dar una idea de las aserciones contradictorias , aventurada por diferentes navegan- tes , sobre este problema tan intere- sante en su punto de vista físiolóji- ca , vamos á dar en pocos renglones el cuadro de todos estos testimonios, dejando á .parte la opinión délos viajeros que no se han declarado ca- tegóricamente en la cuestión : En 1520, según Pigafetta, diio Ma- gallanes : Nuestra cabeza llegaba apenas á su cintura.» En 152$, según el historiador Ovie- do, dijo Loaysa qué tenian trece pal- mos de alto. En 1578 , afirma Drake al contra- rio , que hay Ingleses de mas esta- tura que el mas alto Patagón. £n 1579 habla Sarmiento de jigan- tes de tres varas. En 1592 se Umita á decir Caven- dish, que los Patagones son grandes y robustos. En 1593 , habla Ricardo Hawkins de verdaderos jigantes. En 1615 , Lemaire y Shouten , se- gún unas osamentas encontradas en Patagonia, aseguran que aquellos habitantes tieneii de diez á once pies de altura.' En 1670 i Narborough y Wood , observadores mas juiciosos y dignos de fe, únicamente indican una esta- tura mediana. En 1704, supone Carmon que lle- ga á dies pies franceses. En 1745, Cardiel y Quiroga con- firman la opinión de Narborough y dcWood. En 1764 , concede Byron la esta- tura de siete pies ingleses. En 1766 , Duclos-Guyot y Girau- dais¿ , atribuyen á los Patagones mas pequeños cinco pies y siete pulga* das de Francia. En 1767 , otros varios viajeros di- fieren en tal manera que unos supo- nen ser la altura de los Patagones de cerca de seis pies , otros mas de seis, y otros poco mas de cinco. En el mismo año afirma el jesuíta Falkner , que entre aquellos Indios es raro el que tiene siete pies ingle- ses de estatura, y que la mayor par- te no llegan ni aún á seis. En 1820, Mr. Gautier, armador dé ' buques balleneros , solo habla de que tienen los Patagones seis pies , medida francesa. Este conflicto de opiniones dejó el problema sobre la estatura de ta- les IiMlios en la mayor incertidum- bre ; pero hoy dia está definitiva- mente resuelto. Mr. de Orbigny, que ha visto un gran número de Patago- nes de diferentes parajes , después de observaciones rigorosas y repe- tidas^ después de un estudio pro- fundo de tal raza , ha fijado la esta- PATAGONIA (Cuaderno 2 ) tura de los mavores en cinco pies once pulgadas de Francia , y la me- diana en cinco y cuatro. Este aprecio se halla confirmado por el capitán King , cuyas tareas en toda la estre- midad de la América del Sur me- recen una entera confianza, además de que viajaba al mismo tiempo que Orbigny. La estatura media de los Pata- júes es pues en realidad la de cinco pies y unas cinco pulgadas ; y en venlad que al paso que es una gran estatura, nada tiene de estraor- diñaría ó prodijiosa, porque Euro- peos hay que son de tanta y mas al- tura. Así es como está probado qué los Patagones, aunque determinada- mente grandes , no son jigantes, en Fa verdadera acepción de este nom- bre. Lo que distingue particularmente á estos Indios de los demás indíje- nas T de los Europeos , es el tener los hombros anchos v hundidos , cuerpo robusto , miembros fornidos y formas gruesas y hercúleas. Tie- nen la cabeza voluminosa y aplasta- da por detrás , la cara ancha y cua- drada , los pómulos algo salientes , los ojos horizontales y pequeños; su frente , sus cejas espesas, sus labios gordos y boca grande, sobresalen de tal manera que si se tirase una línea perpendicular desde la frente á los labios , apenas tocaría en la nariz , Ja cual es remachada , chata y de narigales muy abiertos. A pesar de este retrato poco lisonjero , se en- cuentran entre ellos algunas caras no muy feas. Aun las mujeres jóve- nes tienen un semblante espresivo que indica viveza , afabilidad , y que suele hacerlas menos repugnantes. Gozan de ciertas ventajas que á buen seguro envidiarían algunas de nues- tras damas. Tienen la mano y el pié peqiieños ; su cuerpo no carece de garbo, y por viejas que sean conser- van la dentadura cabal ; algo gasta- da, pero bien arreglada, muy igual, y sobretodo de una olancura estraor- dinaria. La tez de los Patagones se áseme* ja mas á la de los mulatos que al color de cobre rojo que se les atri- . biiye favoreciéndolos , y tal vez por esto es mas aparente que verdad era la blancura ae sus dientes. Traje. El de estos Indios se com- pone de pellejas , ó sean pieles con pelo. Prefieren el pellejo del guanu- co á todos los demás, bien que usaní únicamente la parte inferior al cue- llo y las piernas , porque la lana es /mas suave y sedosa ; al efecto aña- de n ó cosen muchas df ellas con nervios de avestruz , de que hacen uso en vez de hilo, componiendo de este modo anchas capas cuadradas. La zorra y la vivera ó mofeta , es- pecie de gato de garduña , contri- . Duyen también con sus pellejos al vestido de los Patagones; pero co- mo su pelo es de mucho menos abri- go que el del g[uanaco , y el Patacón pasa toda su vida sin quitarse la ca- pa ó manto , d pellejo de aquellos animales es para él una cosa de lujo. Bajo aquel áspero clima , debi^do calcularse todo por la utilidad , la parte ó cara de Ja piel en que está el pelo y la opuesta , se aplica al- ternativamente al cuerpo , según la temperatura; y á fin de que la parte pelada ten^a mejor vista, dibujan en ella varios adornos á mo- do de grecas. Además de este manto, usan un vestido compuesto también de pieles, y que atado al rededor de la cmtura , acaba en punta por de- lante para pararlo entre las piernas y que se remangue para atarlo por detrás. Completan este lijero traje con un calzado á manera de botas, hecho de un retazo de piel , levan- tado y asegurado por encima del to- billo. Sus largos y negros cabellos van siempre atados encima de la ca- beza con un cordón de cuero ó una cinta de lana. Ignoran el arte de pin- tarse el cuerpo como otros Indios.)» Sin embargo , su rostro, dice Mr. de Orbigny , rara vez conserva el color natural : comunmente se le pintan de colorado , negro y blanco , si- guiendo para esto ciertas reglas, £1 colorado ocupa casi siempre el es^ pació que media entre ojos y boca, . a escepcion de una pulsada , debajo del párpado inferior , el cual pintan de negro ; y con lo blanco se pon^i una mancha encima de cada o|0. De iguales colores usan las mujeres >> menos del blanco , que me pai^eció resenradq para el traje ó distíntivo de los guerreros. Jamás se pone en marcha ningún Patagón , sm llevar consigo muchos tale^itos de piel con los colores para pintarse. £1 tra- je de las mujeres tiene una prenda ó adorno mas que el de los hombres, pues con el manto y el faldón delan- tero que no arremangan por detrás, iisan otra cosa semejante que les co- ]e desde los sobacos» hasta las rodi- llas. Llevan además el pelo bien suelto por encima de. los bombros , y separado por la frente , bien que en dos trenzas que se descuelgan por cada hombro , y pendiente de ellas lo mas precioso que pueden juntar, como es cuentas de vidrio y otras baratijas semejantes , revueltas con chapas de cobre y monedas. Han to- maaodel lujo menos bárbaro de los Araucanos el uso de arillos de pla- ta sumamente pesados , pendientes «  de las orejas. Los Patagones , como casi todos los pueblos de América se con cuidado la barba , y así es que se ve á los hombres con unas ]>inzas de plata , arrancándose con tinuamente los pelos ó cerdas que les asoman.» Carácter. Discordes están los via- jeros acerca del carácter de los Pa- tagones: unos los han encontrado humanos y sociables ; otros les acu- san de pérfidos y crueles. Según las diversas noticias que hemos consul- tado , nos parece que este pueblo es á lo menos susceptible de civiliza^ cion ; pues, á pesar de las pocas re- laciones continuas que median en- tre los Españoles y los naturales del Norte, se observa una diferencia no- table entre estos y los indíjenas del Mediodía. Al paso que la educación ba ido borrando sus vicios y sus de- fectos naturales , se les echa en ca- ra que son falsos , arrogantes é in- clina^dos al robo. Dícese que su dis- creción y prudencia es á toda prue- ba , particularmente cuando se trata de un secreto que interesa á la se- guridad de su tribu. Vsos y costumbres. La pereza de los Patagones es estremada : ocü- panse ünicamente de sus armas , y pasan el tiem{)o en estúpida ociosi- dad, ^'ingima aptitud tienen parn la pesca y marinería ; siendo los ha- bitantes de la Tierra del Fuego, los únicos navegantes de toda la punta de la América meridional. Cazado- res , y por tanto nómades , ninguna industria tienen, al paso que los Araucanos están mucho mas adelan- tados en esta parte ; de manera que surten á los Patagones de ios pocos tejidos de lana de que hacen uso. Sobresalen no obstante en arreglar los mantos que hemos descrito ; y el modo de preparar ó curtir los ten- dones de avestruces para hacer hilo y cordeles , indica que tienen cier- ta habilidad manual. La consecuen- cia de aquella pereza , y aquella es- ' pecie de desden <|ue les carecteriza, es un desaseo inesplicable. Jamás barren sus tiendas ó toldos , hechas de ramas plantadas en círculo , cer- radas por arriba y cubiertas de pie- les de guanacos ; y cuando les inco- moda la inmundicia que allí llega á amontonarse, levantan su morada y van á establecerla en otro sitio. ]No se bañan sino durante el calor , y únicamente por refrescarse, a Tan solo se cuidan, dice Orbigny, de la cara y el cabello : de la una para pintarla de colores mezclados y de sebo de yegua ; y del otro para pei- narlo con una especie de cepillo de raices.» Limitadísimas son las diversiones de los Patagones. Además de unjue- gopara el cual usan de dados seme- jantes á los del chaquete, tienen otro reservado esclusivamente para los jóvenes , y que los Araucanos deno- minan pilma^ cuya descripción es la siguiente : « Se forman los jugadores en dos hileras , unos en frente de otros , teniendo el caínpeon ó capa- taz de cada banda un balón de jpiel ; el uno al costado izquierdo y elotro al derecho. Empiezan luego á botar- la de manera que vaya á parar don- de está el contrario , que la recibe y despide con ia manó contra otro de los adversarios, á quien debe dar en el cuerpo, baio pena de perder un tanto ; lo cual obliga al de enfrente á hacer mil contorsiones para evitarlo, bajándose ó saltando, á fin de que el balón no le toque y salga d«l círculo para que el primer jugador pierda dos. tantos, estando obiisado además á ir á buscarlo. Mas si el balón da en el cuerpo de aquel á quien se dirije , este debe cojerlo y arrojarlo á otro, sopeña de perder la partida. En este caso empieza el juego el capataz de la parte contrana. Las actitudes , las contorsiones y los ardides de que cada cual se vale para que el valon no le alcance, escita la risa y la alga- zara del partido opuesto , y la esci- tara en cualquiera que fuese es- pectador de semejante diversión. El juego de pilma^ en que tan diestros son los Indios , sin duda le inventa- ron por ellos para calentarse duran* te el invierno en las rejiones hela- bas que babitañ algunas de sus tri- bus ; pero causa admiración ver cómo pueden resistirlo aquellos at- letas en el mes de febrero , al medio dia, y con un calor escesivo. El jue- go del balón , añade el autor de este relato se conoce en todos los paises. Se ha visto efectivamente con el nom- bre de quatoroch en la provincia de Chiquitos , en Bolivia , donde este mego ha llegado á ser una justa re- nidísima y complicada , con sus jue- ces , clarines y timbales , numeroso concurso , y cuanto . puede real- zar. El Patagón es poco delicado con respecto á su comida. Con igual ape- tito come la carne estando cruda que estando cocida , particularmente la de yegua. Come bárbaramente , con suma gula , pero es capaz de sufrir un largo ayuno. La grasa y el sebo, cuanto mas rancios, son manjares mas apetitosos , así como la mante- ca mas crasa es el alimento esquisito de los Islandeses, y el aceite mas turbio el regalo de los Esauimales. Las armas ofensivas de los Pata^ gones se reducen á un arco y unas flechas. El arco, largo de cerca de una . vara , no tiene adorno alguno , y es de madera blanca, encorbado con fuerza por una cuerda de tendones de animales. Las flechas de madera, muy cortas, están guarnecidas por arriba de plumas mancas de aves .nuirí timas , cortas y tiesas, y la pun-^ ta con un pedazo de pedernal , ar- tísticamente cortado como un rejón, atado flojamente de manei*a qirr cuando se trata de sacarlo de la he- rida se desprende fácilmente del dardo. Le disparan con una habili- dad maravillosa. Hacen también uso de un venablo muy corto , y de una honda muy sencilla de cuero , con la cual arrojan las piedras á gi*an dis- tancia y con una destreza y tino casi sin igual. Pero la mas terrible de to- das sus armas es la que llaman bolas ^ 3ue consiste en dos piedras rédon- as de cerca de una libra de peso ca» da una, forradas de cuero , y atadas á los cabos de una cuerda de seis á siete pies de largo. Hacen uso de ella, teniendo en la mano una de las piedras , volteando la otra por enci- ma de su cabeza hasta que cobre fuerza bastante, y despidiéndola en^ tónces hacia donde quieren , con tal violencia y acierto, que se les ha vis- to dar con' ambas piedras á un tiem- po y á distancia muy considerable , ' en un hito ó blanco de una pulgada, á quince lineas de diámetro. De la misma arma usan también ^ como de un lazo, para la caza, en cuyo ca- so las bolas son dobles y aun triples , y las arrojan de modo que las cuer- das se enreden en las patas del ani- mal que persiguen , cojiendo así la res sin herirla. Hacen comunmente con hogueras señales telegráñcas, y por este medio se avisan á grandes distancias de los peligros que les amenazan. Esto mis- mo se practica en -un gran número de pueblos. Las armas defensivas son adecúa* das á los medios de ataque , contri- buyendo singularmente á volver di- formes y feos á los Patagones. El dia de le batalla permanecen casi desnu- dos , con su ceñidor dé cuero, del que cuelgan sus armas: pero los prin- cipales guerreros ó caudillos van es- jcudados de una armadura muy ori- jinal adquirida de los Aucas. Se em- bozan con una larga coraza de man- gas , que parece un camisón , com- puesta de siete á ocho dobleces de una piel flexible perfectamente cur- tida, pintada por arriba de amarillo con una ancha faja colorada sobre la línea divisoria, y el cuello levanta- do hasta la barba ^ cubriendo parte del rostro. Con está armadura llevan una especie de casco , formado de dos caeros gordos y fuertes , cosidos iuntos ; de modo que parece un som- preron de anchas alas, dominado de una cresta quecoje de atrás á delan- te , adomaao de chapas de plata ó cobre, sujeto por detrás al cuello de la coraza , y por delante con un ba- berol , tambicn de cuero. La corsea llega hasta las rodillas, y es muy in- cómoda yendo> 4 caballo. Los que no la llevan , ó que do tienen derecho á llevarla , se dejan el cabelló suelto sobre los honwros. Con todo este aparato belicoso están los Patagones inuy distantes de ser tan temibles como los Araucanos. Apesar de su alta estatura y su fuerza física , son los mas pusiiátnines de todos lo;^ pueblos de aquellas reiiones, de que han sido no obstante el terror; pero diezmados, por una enfermedad epi- démica en los anos de 1809 á 181 1 , y atacados después por los Arauca- nos , que hicieron en ellos una hor- rible carnicería ,. han perdido á un tiempo su valor y su importancia nacional. Lo^ Patajúes no son pues, temidos de sus vecinos. En tiempo de guerra desplegan el ardid y la astucia^ de que hacen tanto alarde los salvajes de la América. Janeas acometen hasta que el caudillo les ha hecho preventivamente una lar- ga arenga para escitar en ellos el ar- aor. Preciso es también que ante to- éo reconozcan la posición del enemi- go , á cuyo efecto envian esplorado- res hasta diez ó doce leguas de dis- tancia. Esta precaución y el uso de las sorpresas , constituyen entre to- do el arte de la guerra. Cuando quieren acometer de improviso á sus adversarios , se revisten (Je una pa- ciencia y usan de una destreza ma- ravillosa. Dejan atados sus caballos lejos, á fin de que no quede rastro al-. guno de su marcha ; andan muchas veces á gataft , y en ocasiones arras- trando como la culebra , para que no los sientan ni descubran. Paraoir el mas leve ruido , aplican el oido al suelo, y conocen por cálculo aproxi- mativoel numera de los guerrerps con quienes tienea. que combatir. Cuando se hallan bien preparados , esperan que Ue^e la noche, y al momento que sale la luna caen con furor sobre sus enemigos degollán- dolos sin cqmpasion , ó sobre las bestias y ganados que se llevan. Nun- ca hacen tales sorpresas sino en tiem- po de luna llena , porque entonces no tienen que temer errores funes- tos, y en caso de un revés andan dos dias y dos noches sin parar. En es- tas astucias de guerrra se conocen los hábitos y el admirable instinto de los Americanos del emisferio bo-. real. Estos son los únicos que llegan en destreza y habilidad á un grado mucho mas notable. Cooper en sus unimos Mohicanot y en su Pradera^ ha descrito maravillosamente las sin- gulares prácticas de los Indioi del alto Mississipí, en tiempo de guerra; y todo cuanto los viajeros noshan re- ferido de la circunspección y de Id intelijencia de los. indíjenas del Ca- nadá, en isuale& circunstancias, piHieba que los naturales del Sur pudieran también en esta materia recibir lecciones de los Bfombres Rojos. Aun nó hace un siglo que los Pa- tagones peleaban todavía á pié. Bien es verdad que el caballo no es oriun- do de la América , pues ha sido na- turalizado allí por los Europeos, de quienes los Indios han adquirido, con una superioridad maravillosa , el medio de dominar este soberbio animal , y de servirse de él utilmen- te. Hoy dia son los Patagones del Norte casi inseparables de sus cabal- gaduras , tanto que la mayor parte de los. viajeros no los han visto sino á caballo. Nadia tienen de particular las sillas ó monturas de que usan. Los estribos son die madera y apenas tienen la anchura necesaria para el pulgar del pié ; y aun á veces se re- ducen á un nudo, que sirve de pun- to de apoyo, pasando el cordel entre el dedo pulgar y el segundo. Las es- puelas son comunmente de dos pe- dacitos de madera movibles y iuntos atados con una correa. La silla que usan las mujeres es muy diferente , pues consiste en dos rollos de juncos envueltos en una piel muy delgada y adornados de pinturas varias. Cuan- douna Indiana.sale á paseo á caballo pone además en el lomo de su caba- o un pedazo de cuero, sobi>e el cual se sienta llevando un estribo suma- mente raro, en que hace ostentación de todo el luío que la es posible ; es- tribo que llaman keia-kenohue ^ y que usan todas las Indianas de las partes australes délos Pampas. Con- siste en una pieza fuerte de tela de lana, adornada de colores vivos, y de tres á seis pulgadas de larga , cuyos estremos unidos por el mismo tejido se separan en franjas desde su misma juntura. Este aparato va colgado del cuello del caballo , pendiente sobre el pecho. Cuando la Indiana quiere montar , pone allí un pié, agarra un puñado de la crin, y de un salto que- da como encajada entre los dos ro- llos con las rodillas muy levantadas y los pies colgando; posición á la ver- dad nada cómoda , pero que no im- pide que galopen tan velozmente co- mo los hombres. Suelen llevar las Indianas en estos paseos un sombre- ro de viaje, que parece un gran pla- to ó fuente boca abajo , formado de mimbres de sauce y de lana, entre- tejido con mucha hs^bilidad y ador- nado con chapas de plata o cobre. Llámase este sombrero joa , y va prendido por detrás con dos hilos al cabello, y por delante con un barbo- quejo. Desconocen los Patagones la poli- gamia. Muy diferentes en esto á los Araucanos, el marido jamás abando- na la mujer lejítima ; de suerte que el hombre ni aun puede dejar una concubina , sino cuando de ella no tiene hijos. Si en una guerra hace cautivas , estas son criadas y no ri- vales de la esposa de un Patagón. Los maridos son sumamente zelosos, y castigan con gran rigor la mas leve infidelidad ; pero mientras perma- necen solteras, gozan las mujeres de una libertad completa ,^ bien que son ejemplarmente castas y tiestas. Si|;uiendo una costumbre jenera- lizaoa entre los Patagones , Arauca- nos y Puelches (dice el sabio natura- lista que tantas noticias nos ha dado de aquellas reiiones) luego que una ióveso tiene inaicios de su nubilidad, lo advierte á sn madre ó su mas cer- cana pariente, quien lo manifiesta al cabeza de 1a familia, y este esoGJe inmediatamente su yegua mas gor- da para regalar con su carne á sus amigos. La doncella se coloca en lo interior de un toldo ( tienda ) llamada puete nuca^ separado de los demás y adornado al intento. Allí , en una especie de altar recibe las visitas sucesivas de todos los In- dios de ambos sexos de la toldería , que van á felicitarla de ser mujer , y á recibir de su mano una tajada de yegua , proporcionada á su clase ó graao de parentesco. Cuan do ya han ido todos los visitantes , y nadie de la tribu ignora que la joven India- na es nubil, la sientan en una man^ ta de lana que su madre coje por de- lante, y su parienta mas cercana por detrás; y llevándola así como en an- das, la pasean en tanto que una vie- ja ^ desempeñando las funcione^ de adivino ó sacerdote, marcha al fren- te cantando, sin duda para conjurar al espíritu maligno. Este acompaña- miento se encamina lentamente hacia un lago inmediato , sin que nadie le siga; y la sacerdotisa entra la prime- ra,)toma un poco de agua y la arroja al aire, hablando largo rato; induda- blemente para rogar al dios del mal que proteja á la doncella en su nue- va situación. Las demás mujeres su nleten también en la laguna , y ter- minado el conjuro zambullen allí á la joven Indiana por tres veces con- secutivas , la enjugan bien , estien- den algUQas piezas de tela en la ori- lla , la acuestan y la cubren con lo mejor que tienen. Al cabo de un lar- go rato , cuando la sacerdotisa ha concluido y empezado de nuevo sus oraciones, vuelveii la neófíta á la toldería , y en ella tiene represen- tación desde entonces. Esto se hace jeneral entre los pueblos de la Amé- rica meridional , sin mas que variar las ceremonias , según los países. Al celebrarse los matrimonios , el pretendiente está obligado á hacer regalos á los padres de la futura, que á yeces suelen fijar el precio que^ quieren por su hija , y si no escede del caudal del novio , se arregla todo fá- cilmente; en la inteligencia deque nunca se fíia la atención en la con- ducta pasada de la novia » porque considerándola dueña de su persona, nineun mérito se hace de lo que ha hecno en' un tíempo en que no esta- ba obligada á guardar fidelidad á .nadie. Luego que los interesados es- tán acordes , la madre de la futura y sus amigos construyen el toldo matrimonial para los nuevos con- sortes , donde se establecen , y al punto vana rodearlos todos los adi- vinos y parientes. Los primeros de estos empiezan por dar consejos al marido sobre la conducta que debe observar con su mujer y sus deberes, y consecutivamente hacen lo mismo con ella predicándola particularmen- te acerca de la sumisión. Dados ya to- dos los consejos oportunos, adivinos y Sarientes cantan y danzan al rededor e la tienda , ejecutando una música disonante con calabazones y caraco- les marinos. En aquel intervalo en- cienden los hombres una gran ho- guera y asan carne , de la cual pre- sentan de cuando en cuando tajadas á los recien casados , haciéndoles también nuevas amonestaciones. Pa- san así la noche , y al dia siguiente por la mañana, se les considera defi- nitivamente casados cuando todos ; los habitantes de la toldería los han visitado ya estando aun en la cama. Enseguida la nueva esposa se es- mera y complace en ataviarse con todo lo mas precioso que su marido la ha regalado ; siendo para ella cosa del mayor recocijo, si él, á ejemplo de los Aucas, la ha dado un gorro de cuentas de vidrio dexjolores, ensar- tadas en tendones de avestruz. Las joyas consisten en diferentes barati- jas. Si la recien casada tiene un ca- ballo, le ensilla, le adorna con todo cuanto tiene, monta y sale á pasearse, haciendo ostentación de todas sus riquezas entre los vecinos. Cuando una mujer se escapa de la tienda del marido, en busca 'de un q[uerido, para vivir con él, el esposo, SI es de alta categoría ó tiene amigos mas poderosos que el raptor , hace que le restituyan su mujer ; pero si este se encuentra en clase mas eleva- da, el marido tiene que sufrir pacien- temente que le hayan arrebatado su compañera , sin poder quejarse. Las mas reces entran los interesados en composición , y se arreglan median- te algunos regalos. Las mujeres lo hacen todo , me- nos cazar y guerrear. Multiplicanse sus ocupaciones , y sufren durísimo trato , aun durante la preñez. Cuan- do paren, apenas 'se les conceden tres dias de rei)oso. Asísteles en el parto una adivina, y al nacer el ni- ño se celebra comunmente con can- tares danzas y festines , á lo cual suele añadirse conjuros contra los espíritus malijgnos. Los Patagones aman á sus hiios hasta el estremo de idolatrar en ellos. Si hay un hecho digno de parti- cular atención universalmente, es la unanimidad de los pueblos en hon- .rar la memoria de los muertos. £1 salvaje llega á esceder en esto al hom- bre civilizado. Solo piensa ' en el muerto; en el muerto, nada mas; en la tumba y lasexeqiúas, espre- sando así enérjicamente un amor verdadero. Ni conoce el fausto en la desesperación, ni menos compren- derla el despotismo que nosotros llamamos bien parecer ó decoró. Conservan los Patagones por mu- cho tiempo en la memoria las per- sonas á quienes amaron , y no po- cas veces se les oye lamentarse y re- ferir las virtudes y buenas prendas del difunto. Al punto que muere un cabeza de familia, los amigos se pin- tan de negro y van sucesivamente á consolar a la viuda y los huérfanos. El cadáver es despojado inmediata- mente de sus vestidos por los pa- dres ó parientes, y luego , estando caliente todavía , le doblan las pier- nas de manera que lai barba descan- se en las rodillas , y en los talones en la parte inferior del cuerpo , cruzán- dole además los brazos sobre las piernas. Queman en seguida una parte de lo que le pertenecia eu señal de duelo: aniquilan su mora- da ; su mujer y sus hijos son despo- jados de todo lo que no es propio; y la viuda, sin asilo muchas veces, casi desnuda, espera en las cercanías que algunos paríeutes vayan á darla algún vestido. Esta desgraciada se embarduna inmediatamente la cara de negro, se corta el pelo por delan- te , se peina lo restante dejándolo tendido por encima de los hombros, y se encierra en una tienda vieja, de donde no sale en un año, vestida lú- gubremente, sin poder lavarse hasr ta pasado otro año mas , y guardan- do en todo aquel tiempo la vida mas austera. I.a menor infracción de esr ta costupibre se miraria como una afrenta á la memoria del difunto , y los suyos tendrían derecho para cas- tigar de muerte á la culpable y á su cómplice. «Plegado de aquel modo el cuerpo del difunto, ]r quemada su tienda, los parientes iiimolan á sus inanes cuantos animales tenia , matándo- los en el campo, inclusos los caba- llos , Y ningún Indio prueba su car- ne únicamente reservan del degüe- llo su mejor caballo para llevar el cadáver á la sepultura con sus armas y sus joyas, que deben ser enterri^das con él, Sus hijos ó sor brinos le acompañan hasfa la últi- ma mansión, marchando- á lo lejos por el campo; particularmente si están cercanos á alguna liacion di- 'ferente de la suya, ó de cristianos, para que ninguno de ellos les vea, Cuando se consideran solos y muy lejanos , para no ser atisbados ó se- guidos, hacen un hoyo bedorido de unos dos pies de diámetro , y harto profundo para que el cuerpo puesto en él pueda quedar sentado y cu- bierto con algunos pies de tierra so- bre la cabeza (1). Con él entierran sus' armas, sus espuelas de plata y sus mejores vestidos, á fin de que I03 encuentre en la otra vida, é in- molan luego el caballo sobre la se- pultura para que le tenga á mano cuando quiera hacer uso de él. He- cho todo esto, regresan daildo gran- des rodeos para no dejar rastro de donde han estado , y evitar que nin- guno vaya á desenterrar el cadáver (I) Mr. de Orbigny contradice aqcd la opinión de Falkner, quiep dice que Iqs Patagones y los Aucas hacen esqueletos de los cuerpos de su» muertos , j que los tras- Enrtaii muy lejos. La costumbre de qqe ^a- la Orbigny, parece ser común á la tribu de las Molucas. Sin embargp, los viajeros ntíaden que entre l»s de dicha tribn , una rojijer ar oiana está encargaqa de abrir cada ario U «bóveda,» y no la sepultura , en que ha sido sepultado el cuerpo , y limpiarle y vtatfrle. para quitarle el vestido y las alhajas; propinación que suele ser causa de disensiones y odios mortales entre las tribus y naciones limítrofes. Co- mo todos los ganados y caballos son del cabeza de familia , cuando mué* re una Indiana antes que su marido, únicamente se puede destruir lo que la pertenece en propiedad , que se reduce á sus vestidos y alguncH adornos. En su entierro se hacen las mismas ceremonias , pero ni el viu- do ni los hiips llevan luto alguno es- terior, y el ])rimero puede casarse desde luego si quisiere.»

PATAGONES DEL SUR. No habien- do visitado Orbignymas que el noi^ te y el nordeste déla Patagonia,y habiendo fijado con particularidad sus observaciones al espacio com- prendido entre los cuarenta y cua^ renta y dos grados de latitud sur; á fin de que nuestra relación sea m^s completa, creemos deber reunir los documentos que nos suministran Wallis y Parker King, relativos á los naturales de los confines meri^ dionales. La estatura de los Patagones del Sur ó Inakenes, parece ser la misma que la de los indíjenas del Norte, Los que vio el capitán King en la bahía Gregorio, teniati de cinco á seis pies ingleses el ancho de sus espaldas y la lonjitud de su busto les daban á primera vista la aparien- cia de una raza verdaderamente ji-r gantesca; pero cuando sus mantos se entreabrían, notábase que la par- te inferior de su cuerpo no estaba en armonía con las proporciones de la parte superior! Sus piernas y sus muslos eran cortos y enjutos (1): por un efecto de esta conformación deben parecer á caballo mucho mas grande^ de lo que son realmente. Ring midió la cabeza y los hom- bros de un Patagón , y he aquí el re- sultí^do de sus observaciones : De la coronilla á la estreroídad superior de loá ojos. ^ . . 4 p. A la punta de la nariz .... 6 A la boca , , 7 (I) Oc^iígnj dice que no ha observado ea- ta disposición ri8is;a e^ los ]pa(agonea del

Sud.
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A la barba g

Anchura de la cabexa de úen á «en • • • • 7 i Anchara de Us espaldas de hom- bro á hombro id | «La cabeza de otro Patagón, añade el capitán King, era larga y aplasta^ da, pero cubierta de pelo hasla la distancia de pulgada y media del ar- co de las cejas, que estaba casi del todo raso. Los ojos eran pequeños , la nariz chata, la noca muy hundida, los labios gordos , y el cuello corto ; las espaldas muy anchas, los bra- zos poco musculosos , como tam- bién los muslos yr las piernas. El pe- cho era alto y bien desarrollado , y la estatura del Patagón de cerca de sei^piés.» Se ve pues que no hay eran di- ferencia, en cuanto á lo físico, en- tre los naturales del Sur y los de la parte septentrional. El rasgo caracte- rístico de los primeros es la delgadez de los miembros inferiores. Lois toldos de los Inakenes son de forma rectangular: tienen diez ó doce pies de largo, diez de ancho, siete de alto por delante, y seis úni- camente por detrás. Estas sucias moradas están formadas con unas perchas fijadas en el suelo y ahorqui- lladas por arriba para sostener los cabríos (jue sostienen el techo. El toldo esta cubierto de pieles,tan bien cosidas unas con otras, que son ca- si impenetrables al agua y al viento. No encontrándose fócilmente per- chas ni cabríos en todas partes, los naturales del pais arrancan los de sus tiendas y los llevan arrastrando en todas sus escursiones. Cuando han llegado al paraje en que deben hacer noche , y escojido el sitio me- nos espu«!Sto al viento , hacen un ho- yo ó agujero con una barra de hier- ro ó con un madero puntiagtido , f)lantan allí las estacas ; y como toda a armazón de la tienda ó toldo va ya preparada, en breve queda cor- riente. En el centro del toldo eslá el ho- gar, se ha observado que los Pata- gones del Norte jamás se ponen de cara al fuego como los Europeos, sino de espaldas , para ver mejor lo que pasa al rededor de ellos. Los viajeros que han tenido rekciotíés con los habitantes de la p«rte Sur, han atribuido no solo al humo, si- no también á la vista del fuego, las enfermedades de ojos, casijenerales entre los Indios^ y á estas causas el no calentarse por delante. - Entre los Patagones del Sur es fi^ cuente la poligamia. Compran las mijyeres muy jóvenes, dando en cam- bio , grano, cascabeles, vestidos ó caballos. Van vestidas como los hombres, de pides de guanaco. £1 manto que se hacen con el despojo de aquel animal va prendido por delante con un alfiler de plata; lle- van el cabello como las Indianas del Norte. Los naturales del Sur entierran los muertos de diferente modo que los de la otra parte. Véase sino la descripción que Parker King nos da de la sepultura de un niño cerca de la bahía Gregorio: «Habia, dice, un montón cónico de ramas secas y de broza, de diez pies de altoy veinte y cinco de. circunferencia, rodeado todo de listones de cobre. La cum- bre de esta pirámide estaba cubier- ta deun pedazo de tela encarnada, tachonada de clavos de cobre , y en- cima de todo unas banderas rojas con cascabeles, qvie movidos por el viento no cesaban de sonar. Al re- dedor de la tumba habia una zanja de dos pies de ancho y uno de hon- do. En frente de la entrada, que es- taba llena de leña, se veian tendidas . las pieles de dos caballos recien muertos , sostenidas por cuatro es- tacas. Las cabezas de los caballos es- taban adornadas de olavos de co- bre , semejante á los de la cumbi'e de la pirámide. En fin , á la parte afuera de la zanja se veian dos palos y en cada uno de ellos^ dos banderi- nes, uno encima de otro. » Como los Patagones del Sur no han aprendido todavía á costa suya , cuan peligrosa es para ellos la pro- ximidad de los Europeos, son mas afables. y familiares que los de otras Í)artes del pais. Los que habitan en as costas del estrecho de Magallanes, acoien á los estranjeros con cordiali- dad ; pero cuando son en gran núm<^ro imponen á los huéspedes un crecido tributo de tabaco , pan, fu- siles ó escopetas, pólvora, balas, y otros artículos á <iue son apasiona- dos. Cuéntase 4iue nabiendo aborda- do á la babia Gregorio la tripula- ción de un buque mercante in^és, en 1834, rehuso á los Patagones los artículos que deseaban. £1 capitán tuTo la malhadada idea desaltar en tierra : los indíjenas se apoderaron inmediatamente de su persona y le retuvieron prisione;x) hasta que ks fué entregado el continjente de.pan y tabaco. No és el único rasgo característi- co de los Patagones meridionales la confianza y la familiaridad, pues hay otro que no debe quedar en si- lencio: tal es aquella especie de in- diferencia y apatía que patentizan en todas las circunstancias en aue se escitaria vivamente la curiosidad instintiva de los hombres del Norte. Refiere el capitán Wallis que cuan- do hizo el viaje al estrechp de Maga- llanes, mandó llevar á- bordo mu- chos Indios y. no pudo despertar en ellos el menor sentimiento de sor- presa ». Les llevé , dice á todas par- tes del navio, y únicamente miraron con atención los animales vivos que teníamos á bordo, Examinaban con mucha curiosidad los cerdos y los carneros , y se divirtieron en estre- mo viendo Jas g|illinas de Guinea y los pavos. De todo cuanto veiansolo manifestaron deseos de nuestros vestidos, y un viejo Patagón fué el único que se determinó á pedirnos uno. Les ofrecimos cigarros puros, y aunque fumaron un poco, no de- mostraron en ello ningún placer. Les di carne de vaca, tocino, galle- ta y otras cosas de las provisiones del navio: comieron indistintamente de cuanto se les ofreció, pero no qui- sieron beber sino agua. Les enseñé los cañones , y no dieron señales de conocer su uso. Hice que se pusie- ran sobre las armas los soldados de marina y que ejecutasen parte del ejercicio , y á la primera descarga de fusilería se manifestaron nuestros Americanos sobrecojidos de espan- to y terror ; mas viendo que estába- mos de buen humor , y que ellos no hablan recibido ningún daño, re* cobraron en breve su alegría , y sin coninoverse mucho oyeron dos des- cargas mas. Pero prescindamos de pormenores para volver á entrar en lo jeneral y común á las tribus de lasdosrejio- nes. Creencia* relijiosas. Superstición ne/.-Encuéntranse entre los Pata^ nes , en materia de culto y de nocio- nes relijiosas , los disparates mas es- traños. Creen en la inmortalidad del alma , y seih^ntes á los anti- fuos pueblos del ríorte de Europa y los oue cubren todavía una gran parte ael Asia, se figuran un paraiso material, otra vida material en fin donde les acompañarán las mismas pasiones y necesidades. Como estos pueblos sepultan con el muerto, se- gún queda dicho , todo cuanto creen puede serie útil en el otro mun- do, y proporcionarle allá mejor re- presentación, adoran definitivamenr te un solo ser, que bajo el nombre de Achekenat' iCaneX , es alternativa- mente para ellos el jenio del bien y del mal, á quie;i consultan bajo es- tas diferentes invocaciones. Indican tener de. él una idea tan alta , que no le representan bajo ninguna forma, y se rien de nosotros , como de lás- tima, á la vista de los objetos de nuestro culto. Pero, cosa rara , tie- nen también su fetichismo: si en- cuentran un obstáculo le dirijen sus súplicas ; si esjjerimentan ó les ame- naza algún accidente físico, esto mis- mo se convierte para tellos en un ob- jeto de demostraciones relijiosas que constituyen un verdadero culto. Or- bigny cita un ejemplo singular so- bre esto. «Si viajan , dice , y pasan- do cerca de un rio divisan algunos troncos de madera arrebatados por la corriente, los toman per divinida- des maléficas , se detienen para con- jurarlos y les hablan en voz alta. Si por casualidad aquellos trozos ó troncos atraídos por un remolino del rio parecen arrastrados con len- titud y dando vueltas, creen los In- dios que se paran á escuchadles , y entonces prometen mucho pafa que les sean propicios, cumpliendo es-

crupulosamente sus promesas. Sus
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armas, sus objetos mas preciosos,

son con este motivo arrojados al agiia , y aun en las ocasiones mas graves precipitan allí hasta caballos atados juntos por los pies, creyendo que así están mas á salvo de los acon- tecimientos. » Por otra parte , obser- va el niismo escritor , estos son los únicos sacrificios que hacen; y mien- tras pueblos mas adelantados que ellos sobre otros puntos, inmolaran sus semejantes á su bárbara divini- dad , y que otros conocidos también por su civilización , hicieran correr ar torrentes sobre los altares de sus innumerables ídolos la sangre de los animales mas útiles , el Patagón, to- davía medio salvaje, reserva para raras é importantes ocasiones la muerte de algunos caballos. Los Patagones, como tod os los natu- rales de las tierras australes, son muy supersticiosos y propensos á la ma- jia. Itas viejas, hechiceras, profeti- sas ó adivinas, de que hemos ha- blado ya tratando de las ceremonias sobre la nubilidad de las jóvenes, son los principales ministros de su culto , y acrecientan su importancia agregando á estas funciones sagra- das el ejercicio de la medicina. Ellas son las que invocan á Achekenat- Kanet, cuando la familia, sentada en corro, cree que debe aplacar su cólera ó darle gracias por sus bene- ficios. Las palabras que profieren cuando al fin de la ceremonia han llegado al mas alto grado de exalta- ción , son ansiosamente escuchadas Sor los circunstantes y considera- as como oráculos infalibles. Pero su triunfo mas completo , es sin con- tradicción cuando ejercen á su ma- nera la medicina. Padeciaun enfer- mo una calentura causada por un baño que tomó en el rio ,- en oca- sión que sudaba. Estaba tendido dentro del toldo. La vieja agorera que le cuidaba, le puso boca abajo; empezó á chuparle por la nuca , y dándole además repetidos golpes en el pecho y la barba, y haciendo con- torsiones, invocaba el jenio del mal, rogándole que saliese. Chupóle en ñtí todas las partes del cuerpo , y úl- timamente y con mas ahinco la -na- riz. De repente hizo jestos espanto- sos pareciendo que padecía , y dan' dose golpes á sí misma, esclamó que ya tenia el mal y que iba á demos- trarlo. En efecto , después de otros muchos dengues , hizo como que sa- caba de la boca del paciente un gor^ do insecto, como un escarabajo, el cual mostró á los que estaban pre- sentes, cual si fuese el emblema del demonio que poseia aquel cuerpo. Esta docilidad del paciente y de cuantos la miran, causará menos es«  trañeza al saber que la confianza de los Indios en el poder de aquellas magas es tal, que cuando, como una cosa estraordinaria , se cortan el cabello, tienen particular cuid^ do de echarlos al no ó guemailos , temiendo que alguna vieja se apode- re de ellos y cause la muerte del que los tenia , haciéndole brotar toda la sangre por los poros. «El temor á los contajios hace con frecuencia que los Patagones, así como las demás naciones juistrales , se vuehan mas inhumanos. Pero, ¿quien no les disculpará en esta par- te , cuando han visto la mitad de su jente arrebatada por la viruela , á consecuencia de sus comunicaciones con los blancos? Miran esta enfer- medad llevada de Europa , como im efecto particular del espíritu malig- no , que pasa sucesivamente de un cuerpo á otro. De aquí es, que al punto que temen una epidemia , y que cualquiera individuo de una de sus familias les da sospecha de estar invadido, se alejan toaos de la tien«- da , dejando al enfermo únicamente poco de carne cocida y agua , y van á establecerse muy distantes. Si mueren hasta dos individuos, y otros se hallan con los, mismos síntomas, entonces ya no les queda duda. La tribu entera abandona el lugar jr los enfermos , sin mas * que el débil socorro indicado; y á nn de que el mal no la acompañe, van los Indios dando al aire, de distancia en dis- tancia, cuchilladas con sus armas cortantes , creídos de que así cortan toda comunicación con la enferme- dad , y al mismo tiempo echan rocia- das de agua para conjurar al dios del mal. Al cabo de algunos dias de marcha , se detienen poniendo todos í»u» ínstntmentos cortantes en di- rección al lugar que abandonaron ; y si en la niiev» residencia se ma- nifestasen algunas enfermedades, huyen de nuevo con las mismas de- mostraciones supersticiosas, espar- ciendo así «US enfermos en todos los F untos donde han hecho parada, ácil es de inferir que serán pocos los dolientes que escapen con vida ó se restablezcan de este modo ; por^ que si unacrísis feliz les salva, en los primeros dias de convalecencia consumen las escasas provisiones que les dejaron, y luego mueren de hambre ó de miseria, en medio de un desierto, no pudiendo llegar á donde fué su tribu , distante á veces mas de cien leguas. ¡Figurémonos cuáles deben ser las anjgustias del desdichado vuelto á la vida, no te- niendo á su alrededor otro espec- táculo que el de cadáveres devora- rados por millares de aves que des- garran las carnes de sus hermanos durante su letargo ! Así es que teme entregarse al sueño , por no ser víc- tima de los monstruos alados, antes de su muerte.» Volviendo á tratar del culto délos Patacones , añadiremos que acordes con las naciones^ vecinas , personifi- can ásudios'Achekenat-kanet en un árbol aislado, llamado por los Puel- ches gualichú^ y que en todos los pai- ses se conoce bajo igual denomina- ción. Este dios detestable es un ár- bol achaparrado, que si se encontra- se en un bosque no llamara la aten- ción , al paso aue como perdido en una inmensa llanura donde se es- tiende, parece que anima y sirve al viajeix). Tiene de alto veinte á trein- ta pies ; es muy torcido, espinoso , y su copa ancha y redonda: el tronco corpulento y nudoso, medio carco- mido por los años, y el centro hueco: pertenece á las numeixjsas especies de acacias espinosas que dan una vai- na cuya pulpa es azucarada, y que los habitantes confunden con el nom- hre de algarrobo. Es muy sin- gular encontrar este árbol solo en lo interior dé los desiertos, como ár- i*ojado por la naturaleza para inter- rumpir en ellos la monotonía. Las ramas del algarrobo sagrado están llenas de las oD^endas salvsges : allá ^ se ve pendiente una manta , aquí un poncho; mas distante cintas de lana, hilos áe colores , y por todas partes vestidos mas ó menos estropeados por el tiempo , y cuyo conjunto pre- senta mas bien que la vista de un al- tar una triste prendería, desbarradas por los vientos. Ningún Indio pasa por allí sin dejar alguna cosa. El que nada tiene , se contenta con ofrecer parte de la crin de su caballo , atan-- dola á una rama. XI tronco caverno- so del árbol sirve de depósito á los Eresentes de hombres y mujeres: ta- aco , papel de cigarros, baratnas de- vidrio , y hasta monedas de vi(n*io se encuentran allí revueltas. Lo que atestigua aun mas que todo el culto delossalvsyes , es el gran número de esqueletos de caballos degollados en honor del jenio del lugar , ofrenda, la mas preciosa que un Indio puede hacerle, y que en su concepto debe ser mas eficaz: así es que los caballos tan solo son sacrificados al árbol det gualichú y á los rios, que reveren- cian y temen igualmeale por la ne-. cesidad que hay de pasarlos conti- nuamente y arrostrar á un tiempo su profundidad y su corriente. » Admiración causará tal vez que- estas absurdas creencias y estas prác- ticas mas absurdas todavía , no ha- yan desparecido con el contacto del cristianismo, que ha tomado posesión de una gran parle del nue- vo mundo. Aquí se ve pues uno dé- los hechos mas característicos de ciertas razas australes. Jamás ha que- rido abrazar la relijion católica un Patagón, un Puelche, ni un Arauca- no. Siempre se han resistido á los piadosos esfuerzos de los misioneros y han permanecido invariablemente fieles a sus divinidades. Lo que eran en otro tiempo con respecto á las creencias y la superstición, lo son to- davía actualmente, sin que se mani- fiesten dispuestos de ningún modo á admitir otras ideas y otros princi- pios. En aquellos países remotos es donde se debe irá estudiar al verda- dero hombre Americano : allí existe en toda lavirjinidad de sus tradicio- nes y su antiguo tipo : allí es donde el filósofo y el fisalojiata pueden eiicontrar el punto de partida que les /alta para sus especulaciones sobi*e la aDUx)pok)iía. No así en la América del Norte ; porque sabido es que el Indio de aquel hemisferio ha perdido completamente su primera fisono- mía y se ha europizado bajo la in-^ fluencia de la relijion de Jesucristo. Los liurones^ los Algonquinos , los Chactaws, y otros mucnos septentrio»- nales tan miserablemente diezma- dos desde un siglo atrás, ¿han gana- do algo por ventura con aquella mo^ difícacion profunda de su carácter y sus costiunbres nacionales? ¿Quién se atrevería á afirmarlo? Acaso no ha coincidido la introducción del Cris- tianismo en el Nuevo mundo, con la importación de las plagas físicas y morales mas funestas a la especie humana ? Recorred las aldeas india* ñas del Canadá^ y veréis lo c¡ue que» da de las numerosas poblaciones que habitaban aquel pais en otro tiempo: entrad en las cabanas donde la pa- labra de los propagadores de la fe t^tólica ha penetrado , y ved á qué «stado de degradación y miseria es- tán hoy dia reducidos aquellos hom- bres , que causaban admiración á los primeros viajeros p<H* su intelijencia y su intrepidez caballeresca. Sí ; la iniciación de la América en la civili^ «ación ha sidoy es todavía muy dolo- rosa : lo mismo ha sido poco mas ó menos en una parte de Europa : so^ lamente la América se ha rebelado di antiguo mundo en una época en que no podia haber ya igualdad en la lucha que debia trabarse entre los dos colosos ; es decir , al moniento en que el hombre culto podi^ cor- romper y oprimir al homore primi- tivo sin resistencia de parte de este^ La Europa cristiana ha abusado de su superioridad ; y ciertamente bino el punto de vista de la moral social , su ma^or crimen fuera el haber des^ moralizado y despoblado todo un mundo nuevo que la (providencia entregaba á su dominación y á su enseñanza y sus doctrinas. Los Pa* . tagpnes y sus vecinos los Pampas y los de Cnile, han sido favorecidos por la naturaleza de los paises que habitan ; y gracias que tal vez á su alejamiento instintivo en cuanto á nuevas creencias, deben el poder pisar en paz todavía el suelo en que descansan las cenizas de sus padres. Si la cosDK^nia de los Patagones no ofrece una gran variedad de he- chos , ni prueba de parte suya gran- des rasgos de imajinacion', á lo me- nos tiene el mérilo de la sencillez. Dios, dicen ellos ^ entonces jenio be- néfico^ creó los hombres bajo tierra y les dio sus armas. Esplican tam- bién de un modo muy orijinal la aparición en el continente de diver- sasEspecies de animales que eran allí desconocidos antes de la llegada de los europeos. Suponen que después de la creación del hombre, los animales todos salieron de la misma caverna , pero que al punto que el toro se pre- sentó a la puerta espantó de tal manera con sus cuertoos á los hombres, que esf tos la cerraron precipitadamente, y la condenaron amontonando á la entra- da piedras enormes. Mas añaden que cuando tocó el turno á los Españoles, estos dejaron abierta aquella malha- dada puerta , y entóúces salieron el tora, el caballo y todos los animales que hasta entonces estuvieron allí encerrados. Preciso es convenir en que'esta fábula no es mas maravillo- sa que la del Arca de Noé. Jenio nacional , lengua. — A pe» sár de las aserciones absolutas de Pauw y algunos antiguos autores españoles, es positivo qUe los Pa-«> tagones no carecen de intQlijencia y que su jenio nacional merece to^ marse en consideración. Ya se ha dicho que jamás atacan á sus enemi- gos sin que el cacique haya aren-" gado á sus guerreros. Estos dlscur-' sos tienen siempre un carácter dé énerjía muy admirable , y no cédén á los que Gooper pone en boca de sus salvajes del Norte. Los Patagones dan también pruebas de elocuencia en stls entrevistas con los Españoles ó con los caudillos de las tribus ve- cinas; tieüen sobre todo en un grado incomparable el talento de Hablar pincho tiempo sin titubear ni salir de la cuestión ; talento que poseen también los Araucanos. Lo que dis«  tingue su jenio nacional , es una ten- dencia á dfar mas enerjía á lo que di- cen con el uso frecuente de la comparacion. Este rasgo de imajinacion les acerca á los pueblos orientales ^ que, como se sabe, hacen consistir la poesía en el uso exajerado de la me- táfora. Así es que Orbigny oyó decir" á un Indio , con referencia á una mujer de jenio áspero , que era mala como la guindilla. Representan la Cuerea mediante uoa carreta con su tiro, y el valor con un corazón de toro. Para espresar que alguno de los suyos ha tenido miedo en presen- cia del enemigo , dicen jocosamente que han temblado sus espuelas. Es- ta propensión á las imájenes retóri- cas y á la exajeracion, no escluye en ellos la rectitud de juicio y la conci- sión en la manifestación verbal de sus ideas. Tienen, por ejemplo, dos espresiones, perfectamente exactas, para designar la falsedad de las pa- labras, y la falsedad de las acciones: el que acusan de la primera es hombre de ilos lenguas , y el otro hombre de dos corazones. Para dar á entender en cierta ocasión que los caciques hablan obrado con toda franqueza y de buena fe , decia un indíjena : « Los Caciques no tienen dos corazo- nes. Tienen uno, y nada mas.» Todo esto indica á un tiempo en aquellos Indios una gran lóiica y un instinto poético indisputable. El hábito de cazar, y la necesidad de dirijirse durante sus largas es- cursiones por el sol y las estrellas , fueron el oríjen entre los naturales de aquellos paises de algunas ideas astronóiíiicas. Aquí encontró tam- bién en que eíercitar su inclina- ción á la poesía: trasformaron la parte del firmamento que les era co- nocido , en^ un inmenso cuadro re- presentando la caza del Indio. De este modo la via láctea no fué para ellos el camino recorrido por la ca- bra Amaltea , sino el del viejo Indio cazando el avestruz. Los tres revés fueron las bolas (tapoiec) que echa- ba á dicho páiaro , cuyos piés son la cruz del Sural paso ^ue ]^& manchas australes de la via láctea tínicamen- te son á sus ojos unos montones de plumas formadas por el cazador. Es- tas • alegorías injeniosas , que valen tanto como las graciosas fantasías del politeísmo griego , no hanestra- viado á los indíjenas del obíeto prác- tico y útil de la astronomía ; así es como han adoptado una división del tiempo muy racional ; han dis- tribuido el aiio en doce mHes, {kech- nina) , y cada año, en la primavera, cuando las plantas empiezan á bro- tar, rectifican y arreglan los dias su- plementarios-. La falta absoluta de documentos nos impide dar una idea completa del sistema astronómico de los sal- vajes de la Patagonia. La lengua patagona es mucho mas gutural que la de los Aucas , difícil de pronunciar y llena de sonidos que nuestras letras no pudieran es- presar. Observaciones recientes in- dican en ella una riqueza y unas com- binaciones dignas de atención. Es un idioma mucho mas rico en nom- bres numerales que ciertas lenguas del continente. Los indíjenas pueden contar hasta cien mil. Verdad es que sus números ciento y mil les han si- do trasmitidos por los Puelches y los Araucanos , quienes los adquirieron delos^ncas; pero esta cantidad de desigjnaciones numéricas no deja de» atestiguar la multi])licidád de las combinaciones de cálculo á que se entregan los Patagones. Goí/^r/io.— El sistema político de estos Indios es de los mas sencillos. La nación está gobernada por un je- fe superior, denominado caras -ken , cuyo poder muy circunscripto se ejerce únicamente en tiempo de paz. Entonces reúne y están bajo su» órdenes todos los jefes subalternos. Eri tiempo de paz se le mira con mucho respeto, pero no goza de nin- guna prerrogativa ni privilejio , de manera que si no proveyese él mis- mo á sus necesidades, ninguno desús pretendidos subditos se cuidara de el. Aun en la guerra, las ventajas de su categoría se limitan á tener ma- yor parte en el botin. Este puesto, tan poco digno de envidia, bajo nin- gún concepto es hereditario. Leyes, — Ningunas tienen esto^ pueblos, de modo que no hay casti- g» señalado para los delincuentes, ada cual vive á su modo , y el mas ladrón es el mas estimado; conside rándole el mas diestro. Desconociendo la partición del ter- ritorio entre lot individuos > de su sociedad, las riquezas no pueden ser entre ellos sino movibles^ y como el uso de destruir al morirse uno todo lo que pertenece al muerto po- ne á las familias en la continua ne- cesidad de encontrar nuevos medios de existencia , de ello resulta aue la propiedad , tal como nosotros la en- tendemos , no existe entre los Pata- gones» Esto esplica á im tiempo su opinión acerca del robo y la poca consistencia de su estado social.

Historia.— Terminaremos esta no- ticia del modo posible, atendidos los límites que nos hemos trazado , con una rápida ojeada sobre la historia de los establecimientos formados por los Europeos en aquellos remotos paises. Diez Y seis años después del des- cubrimiento de la America por Cris- tóbal Colon, reconocieron Juan Diaz de Solis, y Vicente Yañez Pinzón , la embocadura del rio de )a Plata, y si- guieron toda la costa hacia el sur hasta el 400 grado de latitud austral. En 1520 invernó Magallanes en el puerto de San Julián , y á la fuerza Üevó á su nave un Patagón[2]. En 1578, pisaron los Ingleses el suelo de aquel país, hasta entonces esplorado esclusivamente por los Españoles. El capitán Drake desmintió por la primera vez los cuentos maravillo- sos esparcidos en Europa sobre la estatura y las costumbres de los Pa- tagones; pero el error debía preva- lecer por mucho tiempo todavía. Las aserciones de Argensola, historiador del viaje de Sarmiento , decidieron al gobierno español á intentar el co- lonizar un pais donde . según la re- lación de algunos hombres entusias- mados , se esperaba encontrar ciu- dades considerables, edificios mag- níficos é inmensas riquezas. Desem- barcó pues un gran número de Es- pañoles en 1582 , en la parte este de la península de Brunswick , en el panye que hoy se llama Puerto del Hombre ; y estos aventureros , para com^Bzar la obra de la colonización. presidida por el mismo Sarmiento y liego Flores, pusieron los cimientos de la ciudad de San Felipe. Entonces echaron de ver que aquella tierra era ingrata é inhospitalaria. Los ví- veres que hablan llevado se consu- mieron en breve, y empezó á esperi- mentarse un frió rigorosísimo. Sar- miento resolvió ir en busca de pro- visiones á varias colonias del Piorte ; se embarcó, naufragó varias veces , Ír fué apresado por los ingleses, que e retuvieron^ , prisionero. Durante este tiempo morían de hambre , de frió , y á manos de los Indíjenas los cuatrocientos desgraciados colonos que esperaban el regreso de Sarmien- to. Beducidos á veinte y cinco , to- maron el partido de buscar por tier- ra un lugar mas propicio, donde encontrasen con que sostener siquie- ra su miserable existencia. Empreiv- dieron la marcha, y el único de ellos que rehusó seguirlos no volvió á verlos jamás. Este último fué halla- do en 1587 , sobre las ruinas de la ciudad naciente, por el corsario Ca- vendisch,que se le llevó cautivo. Des- de entonces, la España, algo disgus- , tada del resultado de aquellas aven- turadas espediciones,se mantuvo en sus establecimientos de la Plata. Por espacio de muchos años, los Ingleses visitaron solos los diferen- tes puntos del estrecho de Magalla- nes. Cavendish arribó muchas veces al puerto Deseado; Juan Chidley fondeó en 1590 en el Puerto del Ham- bre, mudo testigo del desastre de la colonia española , y tres años des- pués el navio de Ricardo Hawkins surcó las aguas del puerto San Ju- lián. Los Holandeses, que aspiraban también al imperio de los ipares , se presentaron muy luego en aque- llas costas tan poco conocidas. Se- baldo de Weert, Simón de Cord, Oliveros de Noort y Spielberg, se empeñaron en el terrible estrecho , y visitaron alsunos parsges de la Pa- tagonia meridional. Apenas se atre- viéronlos Españoles en 1601 á entrar en el territorio patagón , partiendo de Buenos-Aires y atravesando las Pampas. Esta espedicion, dirijida * por Hernando Anas de Saavedra , dio á los naturales ocasión' oportuna , para advertir que no eran invenci- bles los Europeos, apesar de sus ter- ribles medios de destrucción; de suerte que la tropa española y su caudillo cayercm en manos de los Patagones, de cuyo poder salieron con mucha dífícuHad. En 1^6, dosHol^deses ^ Lemai* re y ScKouten, descubrieron el es- treclw, á que después sé dio el nom- bre de uno de ellos , y cuya existen- cia aereditó á los jeógrafos de aqué- lla época , que el estrecho de Ma|;a- llanes no era, como creían, la ünica arteria por la cual se comunicaba el Océano Atiái^ico con el mar Pací- ñco. Zelosos de este éxito los Espa- ñoles, encargaron en 1618 á García 4e Nodal atíe esplor&se el nuevo pa- so, y al cabo de seis años, el Holan^ des Santiago el Ermitaño, fué á costear loseonñnes dé la Tierra del Fuego. Estas tierras australes fue- ron visitadas de nuevo por dos In- gleses , Narborough y Wood , á fines del siglo diez V siete; siendo los Franceses los dltimos que se aven- turaron etí aquellas rejiones que aitn no conociañ. Desdé 1696 á 1712 «  aparecieron allí sucesivamente De- gennes, Beauchesne-Góuin y Freziér, y desde esta última época esplo- raron los parajes de lá Patágonia y de la Tierra del Fuego , los nave- gantes mas ilustres del ^iglo diez y bcho, tales como Anson, Byron, Bóugainville, Wallis y Cook. Los progi'ésos de los jesuítas del Paraguay y del alto Perú en mate- ria de colonización , inspiraron á la España la idéá de confiar á dos de aquellos relijiosos, los PP. Quiro* > ga y Cardiel , la misioh de formar Wn nuevo establecimiento én el pun- to de Ja costa patagónica que juzga- sen mas favorable. Esta tentativa, verificada en 1745, no produjo ve- sultado alguno , ni la relación de los jesuitasfué de naturaleza capaz' de animar én lo futuro para empresas «emeiantes. Pero publicada la des- cripción de las tiendas maeallánicas por el Inglés Falkner , que nabiá ha- bitado por largo tiempo en los Pam- pas, la España, recelosa de las in- tenciones manifestadas por la Ingla- terra con respecto á los paises aus- trales de la América , trató seria- mente de fortificar los puntos prin- cipales del litoral patagón y crear allí colonias. En su consecuencia se fundó en 1779 la. colonia de San José, por D. Juan de. la Piedra, qui^i muy luego la dejó bajo la dirección de Antonio de Viedmak Una epidemia eslermi- nadora obligó á los colonos á refíi- jiarse en Montevideo. En el mismo año se verificó un ensayo mas feliz de colonización en el paraje donde se ve boy dia el pueblo del Carmen^ á pocas leguas de la embocadura de Rio^'Negro, y en 1780 sé intentó el establecimiento de otra éolonia por Francisco Viedma en el puerto de Saii JuUan. El hermano de este sub> intendente, Antonio Viedma, cons- truyó allí un fuerte con algunas ca- sas, ydenoníinó á tal sitio Florida blanca. El puerto beseado vio casi al mismo tiempo comenzar otro es- tablecimiento. Estos diferentes es- fuerzos que indicaban claramebte el proyecto bien meditado de asegu- rar la posesión de la Patajgonia a la corona de España , no tuvieron feli¿ éxito , poraue esta se vio obligada en 1783 i aoandonar todos los pun- tos ocupados á escepcion de la colo- nia naciente de Rio-Negro» Francisco Viedma encargado de dará este establecimiento todo el auje importancia de que era en- tonces susceptible 4 compró de un cacique el curso del rio desde su em- bocadura hasta San Javier^ y supo captarse tan bien la voluntad de los naturales, que tuvo la satisfacción de ver que aquellos hombres, tan altivos y celosos de su independen- cia, le ayudaban espontáneamente á la construcción del fuerte del Cár^ men qiie en breve puso al abrigo á los hamtantes, reducidos hasta en- tonces á vivir en lóbregas cavernas. Cediendo, á instancias de Viedma, se decidió el virey de Buenos-Aires, en 1781 , á enviar al Carmen sete- cientos treinta y cuatro individuos Sroced entes de las montañas de Ga- cia ; y desde aquel momento adqui- rió la colonia una verdadera impor- tancia. En 1782, se encargó al piloto Ba^ silio Villarino que remontase el cur- so del rio para buscar un paso há- eia el Ckile por el rio de Mendoza, que se suponiaseruno de los afluen- tes del Rio-Negro ; pero esta espío- ración interesante bajo el punto de vista jeográñco no produjo ningún resultado material para la colonia del Carmen (1). Todo iba á gusto de los colonos del Rio-Negro , cuando Juan de la Piedra , nombrado en 1784 coman- danta de aquella población , tuvo la loca idea de hacer la guerra á las naciones indíjenas, y atacó al caci- que , cuya alianza con los Españoles nabia favorecido hasta entonces el progreso del establecimiento. La re- ducida tropa de Piedra cometió en esta desgraciada campaña un rigor nada á prbpósito contra los salvajes aue eran victimas de él; mas no tar- aron estos en desquitarse, tanto qe los compañeros de Hedra tu- vieron que replegarse hacia Buenos- Aires. Apesar de esto se mantuvo la colonia , gracias á las fuerzas que el gobierno español mantenía en aquel punto. El comercio llegó á ser tam- bién muy activo por un efecto de la abundancia de sal recojida en las cercanías de la población. La colonia de San José fué mas desgraciada. Parece que la conducta imprudente de un gobernador espa- ñol causó su ruina cuando comen- zaba á prosperar tanto como la del Rio-Negro , y que contaba ya veinte mil cabezas de ganado. Escritor hay que dice recordar aquella catástrofe en pequeño las vísperas sicilianas. Segim relación de uno de los tres Españoles que escaparon de las ma- nos de los salvajes, habiéndose reu- nido muchas tribus de Patagones marcharon óontra la colonia , acam- paron en las cercanías , y un dia de nesta , mientras que todos los habi- (i) Mr. de Orbignt posee el manuscrito ori- jioal é inédito de este yiaje en lo interior del con> tíoeote atnerieano. Asegura que tiene un gran carácter de verdad j exactitud , lo cual le permi- tirá hacer uso de ¿1 para la parte jeográBca da au obra. La publicación de la|i obserTaciones de Villarino será de un gran socorro para lo deli- neado del curso del ftio-N«gro j de algunos da aua afluentes sobre los mapas de la estrwnidad dc' la América. PAT agonía ( Cuaderno 3 J tantes de la población estaban sin armas oyendo misa en la capilla , les cercaron , acometieron y degollaron. Los tres ünicos que se salvaron de tan horrible carnicería debieron su vida á la amistad que tenian con al- gunos Indios. La colonia fué ente- ramente destruida, las casas que- madas y una gran parte de los gana- dos arrebatada. La pk)blacion del Carmen estaba como destinada á ser una mazmora. Hacía el año 1809 , en el momento en que los criollos de Buenos- Aires comenzaron el movimiento insur- reccional que produjo su emancipa- ción de la monarqu/á'española , cin- co de los patriotas mas decididos valientes fueron desterrados á Pata- gón ia por el virey Limiers. Los ejemplos de semejantes deportacio- nes por causa política serenovaron después con mucha frecuencia, y esto contribuyó mas á exasperar los ánimos. Como todo lo que nos resta decir es relativo al Carmen, antes de pa- sar adelante creemos oportuno na- cer una descripción de aquel estable- cimiento. Descripción de la población del Carmen, Está situada en la línea que, según la mayor parte de losjeógrafos, separa la Patagonia del territorio de Buenos-Aires ; es decir, cerca del 41** de latitud austral y por 64°45' de lonjitud oeste de Paris. La po- blación se levanta en la márjen del Rio-Negro, dominada y protejida por un fuerte de forma cuadrada ue domina las cercanías y el (íurso el rio acierta distancia del pueblo. Aunque situado á seis leguas de la embocadura del rio, este estableci- niiento, es elünico que ha qued ado en Eié en las costas de la Patagonia ; los uques, aun los de muchas tonela- das, llegan muy cerca y fondean con seguridad en aeuas muy tranquilas y profundas. El aspecto del Carmen es agreste y pintoresco. Los sauces que sombrean las orillas del Rio- Negro, los terrenos de aluvión, que por ambos lados presentan una lar- ^a banda de verdor , los altos acan- tilados ó tajadas rocas que de dis- tancia en distancia levantan sus p«. lacias cHbttzas, y .cuyos costados, im- preguadas de tierra Yejetal,estáu po- blados de verdosos arboles,, iodo aquel fresco paisaje , que se desar- rolla y serpentea á lo largo de la grande arteria de la Palagonia , pre- senta ÜB estraño contraste con los desiertos comarcanos. La población ^e Cársoen podrá ascender á unos seiscientos habitan- tes, compuestos de los primeros co- lonos, U»radore& ó oriadorea de ga- nados , la raayor parte procedentes de las Castilla^, comerciantes de va- rias naciones, negros esclavos, em- pleados como obleeros en los diver- sos talleres, y Gauchos desterrados por crímenes. ElcUma. esiemplado, muy apa- cible durante una gran parte del aoo y sumamente saludanle. Hiela muy poco en el Carmen , y jamás nieva. Sia embargo, jeneralmente Hace mas frío qc^e en ciertas locali- dades situadas á la misma distancia del Equadoreael hemisferio boreal: esta da/ereocia debe atribuirse á los hieloa eternos de los Andes chileñas, V al poco obstáculo q^ue las vastas llanuras de la Patagonia oponen á loa vieotos que soplan de las rejio- nes magallánicas. Las noches en par- ticular son estremad amenté frías á causa de la ausencia del sol, que deja libre la influencia del viento, itnico azote en aquel j^unto privile- jiado. Rara vez llueve en la Patago- nia: loé vientos de oeste que produ- oea la sequedad soplan casi de conti- nuo; y esta sequedad es tal jeneral- mente que casi4l punto queda evapo- rada la lluvia ^ y los.cujerpos de los animales ^ disecan al coutacto del aire , quedando así muchos año& so- bre el suelo misma sin descompo- nerse. El comercio del Cármea consiste en sal recojida en sus salinas natu- rales , ^n cueros , lana de carnero , carne sabula, granos, peletería, plumas de naBdii« frujbas^ tales como manzanas y uvas , aceite de foca , y jamones tan estimados en Buenosr Aires., como lo son en España los de Galicia* Los habitantes hacen también un comercio activo con los Indios, qae á este efecto acuden cor mo enjambres á las cercanías del establecimiento. Por algunas bara- tijas, aguardiente y tabaco, eom- pran á los Patagones los ricos tapi- ces que fabrican con el pelo de km guanacos , zorras , mofetas y avet- truzes; los«4ucas y losFuelches délos Pampas les llevan sus tejidos de la- na , riendas y cinchas de cuero Ire»- «ado , así como hermosas peleterías. La población está gobernada por un comandante militar , delegado y representante del gobierno de ^a/^ nos-Aires , y por un administrador de aduanas. El primero ejerce vm poder absoluto en la colonia , escep^ to en materias de rentas , cuyo ra* mo está á cargo de dicho adminis^ trador que recauda los de todas cla- ses,


CONTINUACIÓN DE LA HISTORIA DE LOS ESTABLECIMIENTOS ESPAÑOLES EN LA PATAGONIA.


No podía dejar de i^esentírse- la parte de la Patagonia fW)nteriza oon Buenos-Aires del golpe de la revo- lución aue hubo ea aquel astado ea 1810. £1 partido republicano triun- fó, y no tardó en hacer marcharan cuerpo de tropas contra el Cá,rmea , á ñn de apoderarse de aauella colo- nia. La espedicion tnvo el éxito ape> tecido sin perder un hombre ; pero el delegado del gobierno de Buenoa- Aires abusó de la docilidad de los habitantes portándose como el d^- pota mas intolerable ; tomó en reh^ nes cuaUlos. poseían alguna cosa, arruinó la agricultura coa sus exac- ciones, y oprimió la población p&r cuantos medios son imajinables. Es- ta conducta impolítica debia causar infaliblemente una reacción : loa ha- bitantes, exasperado» por las iai- quidades del comandante , se aso- ciaron con afán á los proyectos de dos desterrados Españoles que cons- pírabau contra la. autoridad repu- blicaaa' E^cojióse lauy juiciosaaxeo- te el momento de* la ^ecucioa etn ÍS12. ]Vfpatevideo estiaba sitiado por los patriotas , y esto importante ope- ración inquietaba estraordiaaria- mente al gobierno revolucionario y

al mismo tiempo que dividía lajb
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ftieraas de que podía disponer. Los

conspiradores no perdieron un ins* tante : se apoderaron de un buque <ie guerra estacionado en el rio <, y no fué necesario mas: la aíutoridad española reemplazó á la tiranía de un gobernador culpable, mas el trninfo no fué muy dnradero. Ame- nazado el Carmen de nuevo por un bataHoH republicano y se sonvetfá humildemente como la piróicra vez. Desgraciadamente fueron los habi- tantes quienes pagaron por tos cons- piradores. Los propietarios vieron sus ganados muertos , sus castfs sa- queadas y sus campos taiados. ¡ Gol- pe terr^me para la pobre colonia ! Detestado» por los patriotas á causa de su connivencia con los partida- rios de la autoridad read, atareados en su caudal y basta en sus medios de existencia , los habitantes se vie- ron reducidos á la mayor miseria, de modo que, obligados á vivir de la caza, se desparramaron por los lla- nos y las orillas del rio, donde pasa- ron al^pn tiem}x> la vida nómada* y precania de los indíjenas. No solamente fueron funestos á' la^ colonos tales desórdenes, sino que lo eran también y de una manera muy sensible á los nuevos dueños del pais. £stos echaron de ver nniy lue^ go que no* les quedaba ya nafda qi^ie tomar y que vcndria momento én qne los establecimientos agrícolas, completamente arrmnad<)s, nopro^ docirianni aun para proveer á la sub- sistencia de la guarnición. Forzoso fué en consecuencia^ dejar la^ plasta , y así lo hizo el comandante, confían- do á un subalterno el' difícil cargo de mantenerse en un pais donde en adelante todo debia conspií^u^ con^- ti'a la dominación de Buenos- Aires^ En tanto , el eseeso de la miseria» había fbc^sado á los habitantes á res- tablecer con los indíjenas i^lacione^ de comercio que hasta entonces le* hahian sido repugnant€fs. Los indios Aucas les llevanan peletería y los té^ iidoscps fabricaban , y los Cdlonós» les dañan en cambici^ Itb pdco qn^ habían- podido salvar del tíanfmib de sil propiedad. Este trófico» atrajo poco á poco á los naturales^ y les su- jirió la idea de ir á saquearlas fron- teras del estado de Buenos-Aires^ para ir á vender consecutivamente el j^roducto de sus rapiñas á los Es- panoles de) Carmen. £ste jénehy de negociar tan singular fué provecho- so» unos y otros, de modo que in- sensiblemente aquella población que poco antes se nallaba en el ma- yor apKro, recobró un aspecto dé prosperidad. Notaron los habitantes que el ganado bacuno que habrá quedado en paz después del de- güegodek» colonos, se muItipli-< có prodijiosamente; un cacique, des- pués de haberse asegurado de la venta de todo e)gaAa<fó que pudiera llevar ai Carmen f cojió y condivfo cerca de mil reses en dos viarjes. E^ to bastó pafrar mover á los colonos el deseo de aprovecharse de un preció tan ventajoso: fueron pues á la j>e- nínsula , y todos los años en la mis^ ma* época atravesaban valerosamen- te ios áridos desiertos de la Patago»- nra para ir á buscar reses. Asíeonsr- guieron recuperar lo que habían per- dido y dar nuevo* impulso* iá la agi'i- cuttura, fuente principal dd su r¡- qiK^a. Sin embargo,* en 181^ vino rtn pe^ ligro muy cercano á poner otra vez en cuestión la etíslencia' de la colo- nia resucitada. Los soldados que el comandante republicano hffbiap de- jado en el Carmen , desdes ée los desórdenes de 1 8 1 2^, se insurreccio- naron, asesinaron ai gobernador, co^ metieron los críiaaenes mas horri^ btes, y ft»atart>iir aque* deígniciado pais como proyocia conqtnstada. Cuéntase Cfae en su embriaguez de sangw í^isüaron algunos de sus ce- ciales y forzaron» los demás á Itevar arrastrando' sus cadávere» al ^tib donde ellos- mismos habían úe ser enterrados vrv'osf hasta el Cuello». Es- tos- hijos jjerdrdos^ la repdblica dé Buenos-Aires se rieron en breve obligados á poner términq á' sus horrores : atáeado» por las atropan del' gobierno' central, hnyeron^bar^ demente j» serefujiaTon* ei^ éY pais de los» A^ttieas», dondiefC(mtkiuar(5n su vida de bandidos; EL Cáwnen* se habia rtSentido d^ esta dur» Sacudidas P^i*© muy luego se repuso redoblando su actividad comercial. No encontrando ya los Indios ganados en San José , adopta- ron el medio de robarlos en las ha- ciendas de los países limítrofes; y fueron en breve tan espertos en aquellos latrocinios , que no sabien- do que hacer de las reses que caian en sus manos, iban á venderlas á Chile y á otras partes mas lianas. Asegurase que ascendió á mas de 40 mil el numero de las reses vacunas vendidas por los indíjenas á los colo- nos del Carmen en los tres años del gobierno del comandante Oyuela. Con esto puede uno formarse una idea de lo mucho que se estendió en aquella época el comercio de cue- ros y de carne salada. Comerciantes de Buenos-Aires hicieron inmenso caudal en poco tiempo entre los Pa- tagones, á costa de sus propios com- patriotas, cuyos rebaños pasaban sucesivamente á manos de los salva- jes, y alas de los mas descarados compradores. El gobierno de la re- pübfíca hubiera podido reprimir tan insolente usura ó latrocinio , en vez de dar lugar á vituperarle por su indiferencia sobre un estado de cosas tan contrario á todo principio de justicia y moralidad. No fueron las relaciones mercan- tiles de los colonos cotí los natura- les la única causa de la importancia 3ue estos adquirieron en la época e que hablamos. Un acontecimien- to imprevisto y muy grave vino á recordará los colonos los peligros de su posición en medio de las tri- bus bárbaras , cuya timidez y des- unión hablan producido|hasta enton- ces su debilidad. Durante la guerra de la independencia que ensangren- tó las llanuras de Buenos-Aires , un oficial del partido español , llamado Pincheira , se deserto y pasó á los Indios con la mayor parte de sussol- dados. Adoptó la vida de homicidio y saquep que ejercían entonces los Araucanos, y haciéndose cabeza de una banda terrible , entre la cual se encontraban cerca de trescientos hombres armados á la europea y disciplinados, talólas fronteras de las repúblicas de Buenos-Aires y de Chile. No tardaron las demás tribus de indíjenas en redutar numerosos desertores ; este contajio »• jprofiago entre los Gauchos, y aun, segnn cuentan , algunos arrendadores , que preferían el gusto del robo á ma- no armada, á los < tranquilos goces de la vida doméstica. Por último la audacia de los bandidos se acrecen- tó á tal punto que nadie estuvo ya seguro en la estancia mejor guarda- da, ni en los asilos que se distinguen en aquel pais con el nombre de ca- sas fuertes. Estos desórdenes han continuado desde aquella época menos san- grientos , y por consecuencia menos temibles , pero siempre tan funestos á los intereses y á la tranquilidad de los habitantes. Los colonos de los es- tablecimientos españoles están en continua alerta,temiendoácada ins- tante las agresiones de los dignos compañeros de Pincheira. La guerra que estalló en 1826 en- tre el Brasil y Buenos Aires, tuvo una singular influencia en el Car- men. Habiendo bloqueado la escua- dra brasileña el Rio de la Plata, los corsarios de la república arjentina > mal protejidos por los fuertes de la Ensenada y de Tuyú , conduelan al Rio-N|egro las numerosas presas he- chas á la marina del BrasiJ. El suelo del Carmen fué entonces pisado por jentes de todas naciones, que carga- das de botin y poco escrupulosas en puntos de moral , introdujeron en la pacífica colonia, convertida para ellos en una tierra neutral , el gusto á los artículos de lujo j de las cos- tumbres licenciosas. Bien es verdad que lo que el Carmen perdió con respecto á las costumbix^s lo ganó de parte del bienestar y del progreso material. El concurso de los estran- jeros, la presencia de los oficiales de corsarios, que gastaban locamente el fruto de sus t*apiñas , produjeron un movimiento mercantil estraordi- nario, v aumentaron considerable** mente la riqueza de los habitantes. No era ya la modesta población adonde los Indios conduelan sus ga- nados por el precio mas módico: los Patagones se liabian vuelto un centro importante y el punto de reunión de toaos los individuos. Europeos y

Americanos , enti^ los cuales nabian
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«iespertado las perras d« las repú-

blicas vecinas ideas de codicia j amorá las aventuras. Irritados los Brasileños déla pros- peridad de un establecimiento que era como el depósito de las mercan- cías que les robaban, concibieron en 1828 el proyecto de arrebatarlo á á la república de Buenos- Aires. Nó tardaron pues en presentar cinco navios de guerra en la embocadura del Rio-Negro : tres solamente con- siguieron franquear la barra del rio , y avanzaron hacia la colonia. Ia única defensa del Carmen eran algunos marineros de corsarios , al- gunos soldados de infantería y la milicia del pais , compuesta de los habitantes y de los Gauchos. Hubo juntas , se tuvo consejo , y todos uná- nimes fueron de dictamen que se hiciera la defensa. Los capitanes de los corsarios armaron inmediata- mente dos buques, y de acuerdo con , todos los marinos tomaron la reso- lución de atacar los navios , en tan- to que la caballería cayese sobre las tropas enemigas. El jeneral brasile- ño, Inglés deoríjen, creyó que con soldados aguerridos era fácil vencer á un puñaao de hombres indiscipli- nados, y apoderarse del estableci- miento. Sin pérdida de tiempo, al dia siguiente, ejecutó su desembar- co, echando atierra setecientos hom- bres, y dejando poca jenle á l>ordo de los navios. A la pjjrte abajo del rio habia que andar seis leguas para llegar al Carmen. El guia que lleva- ba le aconsejó , temiendo una em- boscada, que echase por lo interior de las tierras para caer al improviso sobre pl Carmen ; pero entre hom- bres habituados á las astucias y ar- dides de los Indios , era imposible que fuesen desconocidos toaos los movimientos de los enemigos. Los inilicianos, en número de ciento á ciento veinte, tomaron iomediata- roente la resolución de rendirle por sed , y al instante pusieron en ejecu- ción este proyecto. Las tropas brasi- leñas, compuestas todas de infante- ría , se hablan puesto en camino sin la precaución de llevar refresco algu- no , de modo qi^eá las cuatro ó cin- co horas de marcha forzada en me- dio de áridos desiertos empezaron á esperimentar una sed devoradora , aumentada por el calor del estío. Acercábase el ejército al punto de su espedicion y quería ocupar el Rio- Negro. Vanos deseos. Encontró la milicia dispuesta á impedírselo : hu- bo muchas escaramuzas , muchos inuertos de una y otra parte. Pare- cía acalorarse la acción , cuando el jeneral, blanco de los Gauchos, á causa de su uniforme, guarnecido de alamares de oro, fué derribado de un balazo. Desalentó su jente r una sed cruel atormentaba los solda- dos y les hacia murmurar ; lo^ oficia* les trataban en vano de reun irlos , j el grito jeneral de rendirse les forzó á entregar sus armas á los milicia- nos, quedando todos prisioneros. Mientras que los habitantes del Car- men alcanzaban esta victoria distin- guida , los navios llegaron hasta cer- ca del fondeadero. Combatieron con ardor, y ya uno de los buques «brasi- leños estaba apresado, cuando la no- ticia de la derrota del gército obli- gó álos otros á rendirse; Tal fué el resultado de icion brasile-dla espe ña. Un rasgo de barbarie y de codi- cia inaudita acabó con la existencia del jeneral de los vencidos. Apenas fué derribado del caballo , se arrojó sobre él un Gaucho, le despojó de su rico uniforme y advirtiendo que llevaba un anillo precioso, trataba de cortarle el dedo , no pudiendo sa- carlo de él. El jeneral no estaba si- no herido , y se habia mantenido inmóvil con esperanza de salvarse ;• pero el dolor que le causó el corte del cuchillo del Gaucho fué tan vi- vo que le arrancó un jemido , y esto le vendió. El soldado le traspasó en- tonces el corazón con su sable , y hu- yó triunfante con la sortija qué tan- to habia codiciado. Al año de esta sangrienta lucha se veian todavía los llanos del Carmen sembrados de huesos y plagados de aves de rapiña que se disputaban los jirones de carne disecados por el sol ; restos de los cadáveres de los Brasileños muertos en el combate. Sus enemigos los dejaron insepul- tos, según parece: esta barbarie ea¿ jeneral en los partidos que se hae«n una guerra cfncamicad a en Améri- ca , aun en aquellas rejione» donde cierta civilización ha penetrado. Los prisionerD3 brasileños hechos en el combate del Carmen, para desemba- razarse de ellos los vencedores , fue- ron enviados á Buenos^Aires , á pié f en la estación mas calorosa del año ^ y á cargo de oficiales tan bárbaros cerno sus subalternos. Aquellos des- dichados anduvieron mas de dos- cientas leguas por desiertos áridos y ardorosos, devorados de la sed , sd«  metidos á las prtvaciones mas duras f al trato mas inhumano. Un gran número de ellos pereció en el cami- no; otros, rindióos de cansancio ó debilitados por )as enfermedades, no pudieron seguir él convoy v fue- ron abandonados en aquellas llana- ras inhospitalarias. A su regreso, los soldados que los habian escolta- do > üe jactaron de habar adquirido nuavos tUuloa á la gratitud de sus comnatriotas , por la manera con que nabian perseguido á los infor- tunados prisionerost

Ya se ha YÍ«to qu^ bajo el imperio de las cirennatancias se acrecentó la pfoapeHdad del Carmen de una raa- Hapaesti^aofdioaria. Por una conse- euenaia muy natural y fácil de pre- wr, aquel feli^ estado de cosas de- bta desaparecerían luego comocesa* rala concurrencia de los corsarios «airanjeros. flfeetivamente , la paz Gilabradaen 3 de octubre de 1828, entre el Brasil y Buenos-Aires , fué la señal de la decadencia de aquella eolqnia, comentando para ella una nueva ara de calamidades y de rui- na. Lqs Indio» volvieron á empren- der el cui^o de sus devastacionea , y el terror que difundieron en ambas orillas del Rio-lVegro fué tal , que un gran numero de habitantes del Car- men fueron á biuicar en las cerca- níaside Buenos-Aires la tranquili- dad de que no podian ya gozar pro* ximos á los Aucas y Patagones. Esta colonia que tantas alternativas ha t&* nido de dicha y de adversidad , se halla hay dia en el estado mas deplo- rable ; siendo de temer que de la in- diferencia del gobierno 4e Buenos- Aires resulte su total aniquilamien- to. Entonces los salvajes de la Pata- gonia , libres en adelante del contac- to de los estranjeros , campearán in^ solentemente en la morada dd hcmi- bre civilizado, y suspenderán los ar- neses de sus cabaUos de los arteso- nados que aun resuenan actualmen- te con los sonidos de tina mikica ar- moniosa. La destrucción de la colo- nia del Carmel será una verdadera pérdida para los navegantes , y los comerciantes de Buenos-Aires , y ha- rá además sumamente difícil cual- quiera otro establecimiento de colo- nia en los mismos paises« 


ESTRECHO DE MAGALLANES.


El gran diccionario publicado eir 1899 por Piqueta se espresa así en el artículo Estrecho de Magallanes r «La entrada del lado del Atlántico se encuentra por 70** $8' de loiyitud occidental, ^itre el eabo de las Vír- jenes, higo W^ 31' de latitud sudj y el cabo del Espíritu Santo, bajo ¿8* 14'. Titne diez leguas de an- cho. La del lado del gran Océano se encuentra por 77** 14' de lonji- lud occidental entre el eabo Vic- toria, bwo6a°19 de latitud sur, y el cabo de los Pilai'es, bigo 62^46, Tiane once leguas de ancho des- de el cabo de las Vírjenes al ca- bo Froward , que determina con corta diferencia el medio del estre- cho : este se dirije jeneralmenle al sudoeste; del cabo Froward al de las Vírjenes >e dirije, al nordeste , y su lonjitud total es de ciento treinta le- guas. La palle mas estrecha se en- cuentra cerca de la entrada oriental, y está determinada por el cabo Oran- ge , estremidad norte de la Tierra del Fuego , y puede tener una media legua de ancho. Se ha contradicho la existencia de dos grandes paso» atravesando la Tierra del Fuego , el canal de S. Sebastian, que une el es- trecho al Atlántico , y el canal de Sta. Bárbara que le none en comuni- cación con el gran Océano. Las cosr tas de este estrecho son en jeneral muy elevadas, llegando en muchos parajes á dos y tres mil pies de altu- ra perpendicular sobre el nivel del mar , ofreciendo numerosas abertu- ras ó bahías. En jeneral es muy vior«nta en «sU* estrecho et viento de oeste. Entre el canal dé San Jeró* QÍmo>y la bahía, de Gallant, la costa norte (Pata^onia) presenta una pers- pectiva vanada y muy grata, al paso que alo lejos (al sur) se columbran picos Y montañas cubiertas de nieve. Ofrece una sucesión de montañas ^ colinas y llanuras , regadas por rios , y arroyos , y se eneuentran algunas, radas seguras. » Mmaos á completar y rectificar so- bre ciertos puntos esta bi*eve des- cripción del estrecho, á que- dio su nombre su primer esplorador, el ilustre Magallanes. Considerado este esti^echo en su to- talidad , presenta la figura de un ángulo obtuso, cuyo centro está al sur , y cuyas costas se elevan hacia el este y el oeste , profundamente cor- tadas al este por tres relieves ó des- igualdades, determinadas por dos boquetes , y al oeste por una infini- dad de isla», bahías ó promontorios y corrientes de agua. Wallis traza del modo siguiente el cuadro de las distancias respectivas de los princi- pales cabos y cabías que cortan par- ticularmente la costa norte. Miliar. Del cabo de lasVíijenes a la punta Dungueness. ... 5 De ésta á la de la Posesión. . 18 De está última al costado me- fid ional del primer boquete 27 Dé allí al cabo Gregorio. . . 25 De este cabo á la punta de la isla del Delfín. .... 14 De esta última á la punta sep- tentrional de la isla Isabel. 14 } De allí á la punta de Porpass. 12 De esta punta á la bahía de Agua milce (Frcshwater) . 22 { De esta bahía al puerto del Hambre 13 De este puerto al cabo Shatnp . 1 De este cabo á la isla del Delfín 1 De esta isla al cabo de Froward 1 1 De allí á la punta de la bahía de Sung í De la pifnta de esta bahía al cabo Holand 13 ^ Del caboHolandal Gallatid. . 21 De este á la bahía de Isabel. . 11 | De esta bahía á la punta de York « 1 De la rada de York al cabo Quáde. ....... 2t De este al de Notelz; ... ti De este último al de Mooday. 38 Del cabo Monda v al Upright. 13 De este punto al cabo de los Pilares. 50 •^376?: Despues d'eí viaje de Wallis han recorrido y estudiado otros navegan- tes los tortuosos contornos del estre- cho de Magallanes. A ellosj y en JJar- ticular al capitán Barker-kmff, somos deudores de los documentos mas exactos sobre este sitio tan impor- tante á la ciencia tiáutica. El estrecho de Magallanes és qui- zás el lugar mas pihtorestíd del globo Í^ el mas digno dé ser descrito por os poetas. Con justo motivo es el oljjeto de la admiración de los ma- rinos. ¿Dótide se encontrarla en efec- to, dice el capitán Duhaut-Cilly , un estrechó tan profundo , tan largo , tan navegable , y sin embargo tan cerrado , ofreciendo tan gran nú- mero de puertos naturales y de fon- deaderos seguros y cómodos ? Agua escelente por todas partes y leña en abundancia, caía, pesca y mariscos; en fin , todos los recursos que puede ofrtícer un pais, ha^ta ahora inculto y casi inhabitado^ A la altura de la bahía GrégoHo no ofrece el pais por ambas partes del estrecho sino Ilaíiuras rasas co- mo el testo de la Patagonia. En el cabo Negro, algo mas lejos, loma de repente los caracteres del suelo de la Tierra de Fuego. El viajero sesor- Íírende al ver en un espacio de vein- e millas una mudanza tan rara en el paisaje. Aun es mas admirable el contraste si se llega hasta el puerto del Hambre, á setenta millas de la bahía Gregorio. Allí se ven las mon- tañas cubiertas de bosques impene- trables, combatidas sin cesar por las lluvias y las tempestades , mientras tíue un cielo puro y un sol brillante . iluminan con luces espléndidas lla- nuras estériles y arenosas en las cer- canías del cabo Gregorio. En el puerto del Hambre ^o eslien- de la vista sobre masas de rocas graúíiicas , V bosques tan^ espesos qus para diríjirse allí con sej^urídad, es preciso no perder la brújula de vis- ta. El monte Tam, qae se eleva á 2600 pies sobre el nivel del mar, do- mina la bahía donde, como hemos visto en la noticia sobre la Patagonia, fundaron los Españoles ún estable- cimiento. Durante el invierno es sombrío y melancólico el aspecto de este lagar, tristemente célebre. La nieve cubre las montañas comarca- nas y y una nube glacial se estiende como una sábana por todo aquel pais. En ninguna parte del estrecho se ven árboles tan hermosos como en el estrecho del Hambre. El capi- tán Duhaut-Cilly dice que quedó ab- sorto por la belleza de los bosques que guarnecen el rio , cuyas aguas se pierden en el fondo de la banía. Midió árboles que tenían seis pies de diámetro , y mas de cincuenta hasta las ramas, sanos y derechos como palos de navio. Las tripulaciones de las naves que fondean en aquel puerto, cazan mu- chas especies de aves, en particular gansos , patos silvestres , cercetas , gallinetas , chorlitos reales y otras. Algunos Patagones errantes se mues- tran comunmente en la orilla y van á hacer un comercio de cambios con los marinos. Los toldos de estos In- dios se ven á lo lejos, dando al pais un carácter todavía mas singular. Antes de llecar al cabo Froward , que. se avanza a la estremidad de la provincia de Brunswick, se alarga el estrecho y da entrada á los canales de San Gabriel y la Magdalena. Las orillas del primero de estos pasos están cubiertas, hasta el puerto Wa- terfall,de inmensos ventisqueros que alimentan de trecho en trecho mag- níficas cascadas, superiores, con res- pecto al numero y elevación, á todas las que se conocen. En una estension de nueve á diez millas se cuentan mas de ciento cincuenta torrentes que despeñan sus bulliciosas y espu- mosas aguas en el canal, desde una altura que varía de mil quinientos á dos mil pies ingleses. Algunos dees- tos torrentes están tapados por el follaje de los árboles que sombrean sus márjenes : pero al llegar á la m^ tad de la caida aparecen de repent- á la vista , como »i brotasen dé en. medio de aquellos espesos bosques; Otros se reúnen al fin de su curso I y desembocan juntos en el mar en- tre una nube de vapores. Las formas variadas y los accidentes de estas cascadas , el contraste que ofrecen con el follaje sombrío dé los árboles de que están cubiertos los flancos de las montañas; el monte Buckland,cu- ya cima cubierta de un eterno man- to ie nieve se eleva en los aires bajo la forma de un gracioso obelisco; las blancas nubes que se paran al fren- te de aquellas alturas volcánicas; to- do esto presenta á los ojos del viaje- ro un espectáculo cuya belleza es imposible describir. Quizás no hay en el mundo entero una escena de la naturaleza t^ue iguale en lo gran- dioso y pintoresco á la que se con- templa en aquella parte del estrecho de Magallanes. «  Las aguas del cabo Froward abun- dan en cetáceos, focas y marso- Etas. El agua que allí arrojan las alienas en brillantes chorros , pre* senta una particularidad notable, pues forma en los aires nubes pla- teadas^, visibles, por mas de un mi^ ñuto , clara y distintamente , á dis- tancia de cuatro millas. . Del cabo que acabamos de citar al puerto de Ga41ant se prolonga la ribera septentrional casi en finea recta. En la parte opuesta se encuen- tra al contrario una multitud de pa- sos guarnecidos de altas montañas; separadas unas de otras por barran- cos profundos. Las dos orillas están cubiertas de una vejetacion vigorosa, bien que los árboles de la parte me- ' ridional son menores. El aspecto de j esta parte del estrecho , lejos de ser horrible, como dice Córdooa , es en la estación benigna sumamente in- teresante y pintoresco! Es innegable que las montañas mas elevadas es- tán privadas de verdor , pero sus crestas, cubiertas de nieve^ hacen un contraste de los mas poéticos con el terraplén inferior que se halla ente- ramente revestido de verdor. El j^aissge se halla también variado por los colores con que %e adornan , du- rante el otoño , los arbustos que se elevan en la orilla. Al norte de la entrada occidental ílel estrecho y al este de las tres isle- tas de la Victoria, está el golfo de la Trinidad, donde hay como arrojadas una infinidad de islams diferentes, uue reunidas tienen el nombre de arcni- piéla^o de Toledo. La de la Madre de Dios es la principal. Separada esta isla d^F continente por ei canal de la Trinidad , ancho de unas cua- tix> leguas , tiene cerca de 25 leguas de largo de norte á sur, 15 deancho y termina al nordeste por el cabo de tres puntas. £1 eje de esta isla está situado por 50" 10' de latitud sur , y 77*^ 45' de lonjitudoriental. Los Es- pañoles establecieron un apostadero en la isla dé San Martin, y factorías en muchos puntos de la costa occiden- tal de este archipiélago. £1 capitán Parker-King ha señalado en los mis- mos parajes el grupo de Guayanaco, compuesto de islotes , uno de los cuales contiene una alta montaña UamdidaL^ evada de Captana ; y por arbitrariedad ó capricho ha dado el nombre de Wellington á una isla que los Españoles denominaron Cam* Í7€ina , y ha visitado también las is- as Lobos Y Jloca partida. Estas tierras están situadas acorta distan- cia de la orilla occidental de la Pa- tagoníaen la dirección de sur á nor- te, desde el cabo de Sta. Isabel hasta el golfo de Penas. « Se sabe muy po- co de este archipiélago , dice Malte- brun ; tan solo que es peñascoso , montañoso y de un aspecto desagra- dable. Está separado del continente {)or el canal de la Concepción , y en a costa de este van á terminar los Andes , cuyos flancos se cubren allí de enormes ventisqueros. Para terminar esta descripción harto rápida del estrecho de Maga- llanes , deberíamos dar algunos por- menores sobre los vejetales y los ani- males que se encuentran en sus ori- llas y en sus aguas. Pero la concisión que nos hemos propuesto impiden estendemos á mas. Contentarémo- nos pues con referirnos , para go- bierno del lector en cuanto á la 700- Jojía , á una carta del capitán King, inserta en dos fragmentos en el zoo' lojical Journal de Londres, tomo III, páj. 422, y tomo lY páj: 91; acerca de la botánica , á la relación de la espedicion del Beagle y de la Aven- tura , y particularmente á la _ parte de esta obra redactada por Darwin. £1 estrecho de Ma^^allanes ha sido descuidado mucho tiempo por el es- trecho de Lemaire , situado entre la Tierra del Fuego y la isla llamada Tierra de los Estados. Pero este últi- mo estrecho ha sido después aban- donado , particularmente desde que el capitán King, que es autoridad ea la materia, ha negado positivamente las ventajas de la navegación en este peligroso paso. Hoy dia las naves si no prefieren atravesar el estrecho de Magallanes, que ahorra mucho ca- mino, doblan la Tierra de los Esta- dos, van hasta mas abajo , doblan el cabo de Hornos, situado á laestrjemi- dad sur de la mas meridional de las islas del Ermitaño , y remontan al jOcéano Pacífico , siguiendo á larea distancia la costa sudoeste de la Tierra de Fuego. Pero este derrote- ro de nineun modo es preferible al del estrecno de Magallanes. Las difi- cultades para doblar el cabo de Hor- nos son grandísimas : los vientos y las corrientes son tan mudables en estos parajes, que el marino debe preferir á ellos lo largo y el fastidio de una navegación que ofrece pocos peligros, y que presenta ventajas efectivas para el resto del viaie. Efectivamente , cuando uno ha sali- do del estrecho, reinando los vientos de la parte del oeste, y mas frecuen- tes al norte que al sur, son favora- bles para estenderse por la costa ; y en el caso en que no guardasen cons* tan temen te esta dirección, no habría la esposicionde abismarse en el mar, comparativamente mas tranquilo en aquella altura; al paso que un buque ((ue ha doblado el cabo de Hornos , SI el viento es nordeste, debe correr al este de las islas Malvinas , donde está entregado á fuertes brisas , y á un mar terrible que le coje de través y le fuerza á desafiar al viento para remontar hacia el norte y apar- tarse así de su verdadero derrotero. Según esto, se comprende lo importante que es hoy día el estrecho de Magallanes para penetrar en el Océano Pacífico. Por tanto no^ hay duda que dentro de algunos años será tan conocida como los demás puntos remotos del globo esta pre- ciosa comunicación entre los dos mares. Acaso pensará también algu- na potencia , europea , interesándose por el comercio , en* fundar en sus costas un establ^imiento formal. La triste suerte de la colonia del Puerto del Hambre, es sin duda un doloroso precedente , pero no bastante para desalentar en lo sucesiTo.^Se han vis- to mantenerse y aun prosperar esta- blecimientos en parajes mucho me- nos hospitalarios aue el estrecho de Magallanes , y colonos intelijentes pudieran ^car un partido ventajoso de los recursos que ofrecen en caza , pesca , aguas {mtables y maderas las mnumerables bahías de k estremi- dad sur de la Patagonia.


TIERRA DEL FUEGO.


Descfiption jeneral, — La Tierra del Fuego, así llamada , á causa des humo que los Españoles , como pris meros esplorad ores, vieron de leio-. elevarse de los toldos ó chozas de los indíjenas , está situada por k» 59 y 66 grados de latiUid austral , 67^50' y 77°75'.de lonjitud occidentah For- mada por ima inmensa aglomera- ración de islas, estendiéndose en un espacio de ciento treinta leguas de largo sobre ochenta de ancho , está limitada al norte por el estrecho de Magallanes; al este por el Océano At- lántico; al sur por el Océano Aus- ral ; ^ oeste por el mar dd sur. Las principales islas de este archipiélago y las que bañan las aguas del estre- cho de Magallanes pueden ser des- critas como sigue, en cuantp á la confíguracioi^ esteriorde^is costas. Partiendo al este del promontorio de la Reina Carlota , que forma el costado sur de la entrada del estrecho, la costa de la grande tierra llamada King Charles Southlnnd^ desciende ó biya del norte al mediodía, inclinán- dose sensiblemente al este, hasta los cabos de San Vicente y Diego.Desde el <5abo de San Vicente hasta el del Buen Suceso , la línea se abaja perpendí*^ cukrmente hacia el sur. La Tierna de los Estados , situada enfrente, y con cortar diferencia, á i^ual distan- cia dte San Vicente y I>ieg04 forma el estrecho de Lemaik*e. Del cabo del Buen Suceso á la bahía de Valentín,, corre Ta costa horizontalmente de este á oeste; después baja hacia el sur en esta djrecciott, y hundiéndose profundamente , sube hacia el norte para formar la bahía de Nassau. No lejos está la embocadura del canal: de Sat^ Gabriel, que separa lá isla Dawson de la Tienda dfel Fuego , pro- piamente tal; la costa meridional está guarnecida de altas montañas , yes auizás la mas elievada de la Tier- ra del Fuego. Entre sus picos estáa los montes Buckland y Sarmiento.. Ya hemos hablado det primen/- oportunamente tratando del estre- cho de Magallanes. Es un peñasco piramidal, de esquila, cuya punta es agudísima y tiene 1200 piés de altu- ra. El monte Sarmiento se levan- ta unos 207a metros sobre el ni- vel del mar; su base es ancha y termina eit dos picos puntes^- dos , el uno al nordeste y el otro al sudeste , á una distancia respec- tiva de un cuarto de milla inglesa. Sarmiento, el primero aue fe descu- brió , le dio el nombre de volcan ne- voso. Visto efectivamente del norte tiene la apariencia de un volcaa; pero jamás se han visto en él señales- ni trazas de erupción ; tal vez su for- ma volcánica no casino fortuita, por- 3ne mirado de la parte d^ poniente, e ningún modo se asemeja á nn cráter. Esta montaña es el punto mas alto que se ha observado hasta aquí en la Tierra del Fuego í es como el teatro de los principales fenómenos meteorólijiqos de aquellos países, y su aspecto anuncia el tiempo á los marinos , según se cubre ó despeja de los vapores que le rodean. Es una especie de barómetro que la natura- leza ha colocado en aquellos sitios donde amenaza al navegante mas de un peligro. Cuando el viento sopla del nordeste ó dd sudeste , las nu- bes ó nieblas que cubren su cima se desvanecen, y entonces presenta la perepectiva mas magnífica.

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£iiti*e el. monte Buckland y el Sar-

miento , la cresta de la cadena está ocupada por un estenso ventisquero, cuyo manantial continuo mantiene las cascadas de que hemos hablado. '*- La de las islas del Ermitaño, cuya estremidad meridional forma el ver- dadero cabo deHomos,está rodeada ai este de una infinidad de islotes de poca consideración , siendo los mas notables el de Barnevelto, las de Cvoust y la isla nueva, que se halla hacía el norte. Desde el cabo de Hornos hasta el del Pilar, que for- ma el confín nordeste de la Tierra deL Fuego, describe un círculo la costa, atravesada por el canal de I^a- vidad , la bahía de Sta. Bárbara y el cabo Glocester. Al entrar en dicho canal se halla un archipiélago cuyas isletas principales son la Catedral de York y la isla de los Tontos y de las O'os hacia el sur; y en el norte la isla del Huevo , y la Quemada al nor- deste. Mas arriba y hacia la parte del este de la bahía de Sta. Bárbara , se halla un grupo de cinco islotes , con el mayor de los cuales termina el ca- bo Negro , hallándose detras del ca- bo Glocester, y subiendo hacia el norte, un vasto archipiélago en el cual puede considerarse situada la isla ael Surjidero ; cerca de esta se halla el paraje de mas fondo de todo el litoral. Por lo tocante á las costas septen- trionales de la Tierra del Fuego, he- mos hablado ya al tratar del estre- cho de Magallanes , y por tanto nos ceñiremos a recordar lijeramente sol puntos principales de oeste á este , comoT la bahía y la ensenada de Se- paración situadas á la entrad a del estrecho; la bahía de las islas; la en- senada de las Golondrinas; la entra- da dd canal de Sla. Bárbara, situada en frente de Puerto-Gallant; la entra- da del canal de S. Sebastian frente del puerto del Hambre ; el promontorio de la Ráfaga , que forma el segun- do grupo de la entrada oriental del estrecho; el Mondrano,qiiefom^ael primer islote mas hacia el norte y al Sartir del cual va declinando la costa e norte á sur y de oeste á este, oara ir á unirse con el promontorio de la Reina Carlota, que nos ha sei'vídu d«  punto de partida. Desde el cabo Pilar hasta el de Hornos la costa es muy cortada y des- igual; en lo interior se hallan mon- tañas cubiertas constantemente de nieve y cuya elevación es algunas ve- ces de mas de mil y doscientos metros y nunca bajan de seiscientos. Al acercarse á la costa se ven mu- chos brazos de mar que entran en la tierra en todas direccione» y que co- munican con grandes golfos, situa- dos detrás délas islas del litoral. Las montañas contiguas al mar son muy verdosas por la parte del este^ pe- ro estériles por la del oeste , á causa de estar continuamente espuestas á los vientos , siendo estos tan fuertes que derriten en un momento la nieve. Casi siempre está nublado ó lloviendo , mostrándose rara vez el sol. CABO DE HOBNO&. — £1 puuto ma» importante de la Tierra del Fuego por la parte del sures sin disputa el cabo de Hornos , cuya posición he- mos indicado al estremo mas meri- dional de las islas del Ermitaño. Su elevación es de 152 metros sobre el nivel del mar , y las negras escabro- sidades que tiene por la parte del sur son de un efecto muy impenen - te. Al hablar del estrecho de Maga- llanes hemos espuesto las ventajas que tiene el paso al través del estre- cho ; pero como aun no se ha deci- dido la cuestión acerca de la prefe- rencia de ambos derroteros, daremos algunos pormenores acerca del paso del cabo de Hornos. Algunos marinos son de opinión que se debe doblar este cabo duran- te el verano , v otros al contrario opinan que en el invierno. Lo cierto es que allí como en todas partes son temibles los equinoccios, esperiipen- tándose fuertes ventolinas. Los peo- res meses del año son agosto, setiem- bre , octubre , noviembre y diciem- bre , pues entonces reinan los vien- tos del oeste , las lluvias , la nieve y los ventarrones : diciembre , enero y febrero son los mas calorosos , los dias largos ▼ el tiempo bueno , pero los vientos de oeste, a veces muy violentos y acompañados de lluvia, ra- nan en toda esta estación. Marzo es sin disputa el peor mes del año por las continuas tempestades y ventar- rones que se suceden. La mejor épo- ca es muchas veces el periodo de los meses de abril , mayo y junio, á lo menos son de menos temporales: los dias son mas cortos, pero no por eso dejan de parecerse á los de verano. Junio y julio tienen mucha analojía , aunque en este tiltimo se notan mu- chas- ventolinas de la parte de este. La poca duración del dia y el rigor del jFrio hac^n que sea este tiempo muy desagradable , pero es lamas apropósito para pasar á oeste, por- que casi todos los vientos son del es- te. En una palabra, los meses de ve- rano, enero y febrero, son los mejores para pasar del Océano Pacífico al Atlántico; y abril , mayo y junio pa- ra regresar al Océano Pacífico. En estos sitios se conocen apenas el re- lámpago y el trueno. Ráfagas violen- tas vienen del sur y del surdeste, anunciadas por masas de nubes y acompañadas algunas veces de nieve y piedra que las hace muy temibles. Las naves que salen del Atlántico para ir al gran Océano deben pro- curar alejarse mas de cien millas de la costa oriental de la Patagonia , tanto para evitar la marea alborota- da por las ventolinas del oeste que reinan en el este , como para apro- vechar la inconstancia del viento , <;uando está fijo en la parte del oeste. A pesar de todos estos inconve- nientes , el paso por el cabo de Hor- nos, tan temido por los antiguos ma- rinos , no es tan peligroso como lo supuso el almirante Anson. Dampier, Cook y otros navegantes han contri- buido á desvanecer el terror que ins- piraba este cabo de las tempestades: y Iqp viajeros modernos han acaba- do de disiparlo, pues todos están acordes en que las dificultades que ofrece el paso por el estremo de la Tierra del Fuego, no son mas que las contrariedades ordinarias en to- das las altas latitudes ; y que hasta los huracanes son como todos los que estallan en tal estación en los cabos. Sin embargo la derrota por el estre- cho de Magallanes es preferible , so- bre todo á causa de las calmas que ahorra á las naves que pasan al gran Océano.

ASPECTO DE LA TIERRA DEL FUEGO. —El almirante Anson, en su viaje al estrecho de Lemaire pintó la isla del Fuego con colores muy sombríos: Eero CkK)k, que la visitó después, atri- uye esta mala opinión á la estación en que estuvieron en ella sus predje- cesores. « Las alturas, dice, son muy notables, pero no pueden llamarse montañas, aunque se vean peladas ^us cimas. El suelo de los valles es muy rico y hondo , y al pié de cada colina corre un riachuelo cuya agua es algo rojiza, sin que deje de tener por esto muy buen gusto. » En la época en que Cook navegaba no ha- bía perdido aun su importancia el estrecho de Lemaire; así es que el capitán inglés pone mucho cuidado en la descripción de este estrecho , al cual da cinco leguas de lonjitud , indicando además todos los puntos que pueden guiar al marinero. Tank- bien vindica la Tierra de los Estados^ cuyo suelo no le pareció tan inculto como al almirante Anson. Dos años antes, el capitán AVallis, que se halla- ba reconociendo las costas del estre- cho de Magallanes , se espresaba en términos muy diferentes cuando ha- blaba de la Tierra del Fuego , bien qtie estuvo en el mes de febrero que corresponde á nuestro agosto. El contra maestre,áquien envió á buscar un fondeadero, «encontró, dice, muy horroroso y salvaje al pais que baña la costa; todo era montañas escabro- sas desde la base á la cumbre , sin el mas mínimo vestijio de vejetacion. Los valles no presentaban un aspec- to mas halagüeño ; hallábanse cu- biertos de profundas capas de nieve, escepto en algunos parajes donde había sido arrebatada ó helada por los torrentes que salen de las grietas de las montañas y se despeñan des- de las alturas, formándose y aumen- tándose con la nieve derretida. Estos mismos valles son tan yermos en los sitios donde no hay nieve como los peñascos que los rodean. Tales testimonios no son contra- dictorios mas que en apariencia,

pues que conducen á puntos sitúa
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dos á una gran distancia. £1 ca-

pitán Parker-Ring, que ha esplorado cuidadosamente toda la Tierra del Fuego, confirma lo que ha dicho CcÑok. Añade que en casi todas las islas que ha visitado es magnífica la Tejetacion , y que ha visto la veróni- ca y alguna otra florqpe en Inglater- ra son miradas y cultivadas como plantas muy delicadas. Estos vejeta- íes, añade aquel navegante, estaban en perfecta flor á muy corta distan- cia de la base de una montaña cu- bierta de nieve hasta las dos terceras partes de su altura. También vio co- libris ó pájaros moscas , chupando el aroma de las flores, al cabo de dos ó tres dias de lluvias y nieves, du- rante los cuales habia estado el ter- mómetro á punto de conjelacion. En fin , Mr. Fitz-Roy afirma que en iiinsuna época del año caen del todo las hojas de los árboles de la Tierra del Fuego. De estas diferentes rela- ciones se deduce que si aquel pais no tiene un aspecto muy hospitala- rio , al menos está muy lejos de ser tan espantoso como han afirmado ciertos viajeros. La relación siguiente de una es- ! cursion hecha por Banks y Solander, para estudiar las riquezas de la par- te sur de este pais, puede ser consi- derada como el lado espantoso del cuadro.

AVENTURA DE BANKS Y DE SOLANDER.

Estos viajeros, que en calidad de naturalistas acompañaban al capi- tán Wallis en su viaje al rededor del mundo, encontrándose á media- dos de diciembre de 1766 en el es- trecho de Magallanes y muy cerca de la costa de la Tierra d.el Fuego ha- cia un punto donde el desemharco no ofrecia dificultad alguna, resol- vieron no abandonar este paraje sin renovar la escursion que habían in-- tentado ya sobre aquel suelo, don- de esperaban descubrir verdaderas riquezas científicas. Ya hemos dicho aue el mes de diciembre correspon- de bajo aquella latitud á nuestros meses de mayo y junio. El tiempo era hermoso y teman en perspectiva una montañita amenísima en su la- dera, suave y verdosa en medio de su altura , árida y pelada en su cum- bre. Partir al salir el sol , reconocer aquellos bosques, aquella pradera, aquel peñasco donde antes que ellos nunca habia penetrado un Europeo, y volver á la noche á bordo, les pa- reció una espedicion tan gloriosa como fácil. El cirujano del buque el Endeavour , el astrónomo , el deli- neador de Mr. Banks, tres criados, dos marineros y dos negros se jun- taron á ellos; y el diez y seis de di- ciembre muy de mañana desem- barcó la fallía en la orilla á las doce, llenos de confianza. Mr. Banks se apresuró á llegar á la pradera , y la demás jenle, metiéndose en la espe- sura , comenzó valerosamente á su- bir la montaña. A las tres de la tar- ' de marchaban todavía á la ventura sin descubrir el menor sendero que les condujese al paraje donde de- bían hacer el primer alto. Llegaron el fin al lugar que habían creido de lejos ser un llano , y se quedaron fríos al conocer que era un terreno pantanoso, cubierto de matorrales de abedul , altos de unos tres pies ,- y tan juntos que era imposible apar- tarlos para abrirse camino. Estaban obligados á saltar á cada paso , me- tiéndose en el fango hasta los tobi- llos. Para mayor dificultad en seme- jante viaje el tiempo , que se habia mantenido bueno , se volvió de re- pente nebuloso y frío , y un viento muy sutil empezó á soplar á bocana- das acompañado de nieve. A pesar del cansancio ya estremado y el des- aliento interior que empezaba á apoderarse de algunos de ellos , con- tinuaron avanzando, creyendo siem- pre haber salido del paso mas difí- cil y llegado al término de su viaje. Estaban como á dos terceras partes del cenegal, cuando Mr. Buchan, delineador de Mr. Banks, fué acome- tido de un ataque de epilepsia. Que- dando algunos con él para asistirle , y Banks, y Solander, el astrónomo y el cirujano continuaron la marcha. Estos viajeros llegaron en fin á la cumbre tan deseada , y no quedó burlada su esperanza, pues allí en- contraron muchas plantas tan dife-- rentes de las que se crian en las al-* turas de la orílhi de la costa, como estas lo son de las producciones de los llanos de nuestros climas. Pero el frío era tan rigoroso , la nieve que- cala tan. abundante , y la nocrhe esta- ba tan cerca^ que no era posible inol- ver al navio antes de anochecer. Pre- ciso fué pues arrostrar todo peligro resinándose, como mal menos gra- ve, a esperar el día siguiente en el paraje ¿onde se báUanan, Tomada est» resolución, el doctor j su ami- go Banks , contentos en sa interior de tener algún tiempo mas parar sus observaciones, solo pensaron en aprovecharse de él. Sus dos com pa- neros, menos apasionados á la cien- cia y cuidándose por consecuencia muy poco de- herborizar bajo la nie- ve y el viento, marcharon á juntarse con lo» que habian quedado* atrás, señalando como pmito &e reunión jeneral una altura por la> cual se proponian pasar para volver al boflr que, atravesando el cenagal. Este nuevo itinerario lesparreda mas fá- cil. Todos se juntaron en efecttvmuy prcmto en ei sitio convenido con mas ánimo que antes. Er9 ya cerca del: anochecer cuando traptanÑ» de pasar el paraje pantanoso. Jí doctor Solander, que mas de una» veis habia atravesado las montseñas que sepa- ran la Suecia de la I^orueg», ssJ^ia que un sran frie^, particularmente cuando a* estorseagrega la fatiga y el cansancio*, prodnce' en los miem- bros un pasnw casi insuperable. Exhortó á sus compañeros k que no se detuviesen por masF trabajos que sufriesen : «cualquiera que se sSen*- te, les dijo, se dormirá, y el que se duerma ya ao> diispert»ré. >» Hecha esta advertencia, no» sm Iferror, echaron á asdarv pero» cuanto mas andaJnB<les pared» habefr cavama^ do^ Mienos. Aun» istí hal^ian lie-» gadot al^ cenagalv y ya* el itw era» txn penetraiiÉet|neempezai^a*á'prodtrcir la» eüMoB indicadas; EF doctor Sígk lander íxxé d primerer que cedió al siiefto^ del cxxm s» hablv esftrnraNf o en pnecaverá kis demás. Pfi ime^o» ni persuasiones^, nod^^ pudt^ impedir que se tendiese en k i?fieve, y su amigD:tuvo que* usen* de ía vioW»nda para mantenerle .medio dispierlo» Richemond, uno de los negros de Mr. Banks, empezó también á que- darse aterido^ y su amo manifes- tantk^ admirable áerenidad y valor en aquella situación cfue amenazaba ser de instante en ifistante mas ter- rible, inmediatamente hizo que se adelantasen cinco personas, una cíe días Mr. Buchan, para que prepa- rasen fuego en d primer paraje coa- veniente ; y quedándose él con otros cuatro al lado de Richemond y dd doctor, les hizo marchar de grado é de fuerza. Tocaban ya los dos enfer- mos al término de su penosa mar* cha, cuando declararon espoota* neamenteque vtor jiodian pasar de allí. Todor cnanto* llrzo Mr. B^e^fué en vana, pues en vez de atemorizar á RichemMd , respondía este : «cNo deseo mas que detenerme un poca y morir.» Et doctor no renundaba tan formalmente á k vida, diciendo que consentía en andar, pero que a&- tes quería dormir un momento ; ni uno ni (rtro q[uerian dar un paso^ de manera <pe a pesar del alecto que Mr. BanLs tenia á Solaxtdier y lo apreciable aue le fuese fer conserra»- Clon de Ricnemond , conodé que el obstinarse mas era comprometer intítilmente la existencia dé los cuai- tro que quedaban: reunió á tod» priesa aljgima broza y les dejó ten- derse en ella y entregarse á na sue- ño que podia ser eterno. En el mismo instante algunos de los que habia mandado adelantarse llegaron cgh la buen» noticia de que esteba encendida» el fuego 4 un ciiar^ to de t^guna de allí^ Al noficiark) al doctor se aaimd y consintió en ha- cerse' Itevarccwno á rastra Mcialaí, Inmin-eque le enseñaban á lo lejos^; mas ew cuantotal pobre Richemond fueron' inütiles tddos los c^iEierzos, y Mr. Banks dbjó para que le cuidan sen á otn» negroyun» marinero que aun se mniftenian ñvmes, prome*- tiéncboles qne volverían^ díE>8 de su» compaáieros luego qtie se hubiesen calditado» y con su» ayud» llevarían alpc^re enfermo ú aun estaba vi- vo. Cumplió su palabra ; pero los dos eAviados^ esttaviéndíose ciertír- ment», volvieron* al cabo de dos ho-

ras diciendo que no habian podido
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encontrar ni á Rlchemond ni á mi>

guDO de los que habian cU^do* En medio de aquel conflicto , el naturalista^ sin dejar de lamentarse de la falta de ti^es hombres > busca- ba todavía con afán bajo la nieve al- guna planta ignorada. Acordáronse por último que ha- lóla qufdado en la mochilla de une de los ausentes una botella de rom, linica provisión de la compañía. Pensaron pues que el negro y el tyiarinero que se quedaron al ladode Bicbemond Y babriau echadlo mano áfil licor para estar despiertos , y que habiendo bebido de él los tres y ^mbriagádose, se habriaiv apartado del sitio donde debian esperar los guias. Perdida ya toda espseranza de Bailarlos se oyeron á media noche gritos repetidlos. Banks acude cor- riendo hacia, donde le Uaman , y en- cuentra al marinera que apenas po- día tenerse en pié. Guiado por las noticias que este le da y seguido de cuatro mas, marcha ei» nusea de los otros, y el primero que descubre es Á Richemond , en pie , mas sin po- der andar , y á su eompaoero tendir 4o , tan. insensible come un cadáver. ?to fué posible sacarlos de aquel si- tio, ni encender fuep;o ea el para hacerles voVver ea a. Forzosa fué abandonar aquellos desgraciados á su suerte después de hacerles allí una cama de ramas de árboles y cu- brirles con ellas enteramente. El res- ta déla jeníe se encontraba en una aituaeion la mas- terriblew De doce hombres que habían partida por la m^ana llenes de vigor y salud, das eran tenidos por muertos, otro esta* ha tan malo que se dudaba pudiese vivir hasta el día siguiente > y otm,, Mr. Ruchan ,. se hallaba suaíienazado d« mr nuevo ataque del resultas de cansaacia qjue- habia esperimeata- do durante aauella tremenda noche. Para colmo oe la desdieha, lejanos del navio una jornada , no tenían mas alimeoto^que vm> buitre que ha^ bian muiNita. la vMpena al empezar su espedician. Amanecía Gon< un tiempo horroroso, y todiss- estaban ateridos. Sin embargo , arcosa de las seis de la mañana- concibieneir luia luz de esperanza , distinguiendo la salida del sol entre nubes que em- pezaban á ser menos densas. Lo pri- mero quer hicieron fué ir á socorrer a los infelices que habían sepultado entre ramas, y los hallaron muer- tos. Eran las ocho cuando se levan- tó u« YÍeatecillo suave, que favore- cido por la acción del sol empezó el deshielo. Renació en el corazón de todos la alegría , y con ella el dolor de un sufrimiento que otros mu- chos habían hecho olvidar hasta en- tonces. El precioso buitre estaba in- tacto todavía : despedazado y re- partido entre los diez hombres que quedaban , y cuando cada uno hubo comido los dos bocados c|ue te toca- ron , se pusieron en camino. En fín , á las dos de la tarde desembocaron impensadamente en la ribera , pre- cisamente en frente del lugar donde estaba amarrada todavía la falúa que les había echado la víspera en aquella tierra fiínebre. Historia natural, ^Yn hemos vis» to á cuánta costa enriquecieron los' doctores Banks y Solanger la ciencia de algunas nuevas plantas. Obser- varon particularmente una especie de canela, llamada wintentaneaaro^ maiica. El winter , que es sa cor- teza , tiene la hoja ancha cama la del laurel: es verde, pálidapor aflo- ra y azulada por dentro. Encontra- ran también muchas plantas anti- escorbúticas , en cuyo número debe comprenderse una especie de berro llamado cardamius antiscorbutica^ el apio silvestre , apium antiscórhu" ticum , y una especie de cañaheja roja y blanca. El berro se cria en los sitios húmedos, y se émcuentra prin- cipalmente en la bahía del Btien Su- ceso. En particular cuando es tierno es mas saludable : se cria tendido, sus hojas son de un verde claro , pa- readas, y apuestas la una á la otra, con una sola á la estremidad ó re- mate, que comunmente es la quinta encada tallo. Saliendo la planta de tal estado, echa unos vásta^, quB tienen á veces dos pies de «to, y en las puntas unas fioreeitas blancas, seguidas de largas vainas ó silicuas. Los árboles parecen pertenecer to» dos á la femilía del abedul , llaniada hetula antárctica, vSu tronco tiene de treinta á cuarenta pies de largo, y dos ó tres de diámetro en su base : la hoja es pequeña , la madera blan- ca , y se hiende ó parece muy recta al hilo. Las rocas aue forman el fondo de la bahía de 2$an Vicente es- tán cubiertas de ovas entre las cua- les merece una descripción circuns- tanciada el lelp , ó Jucus giganteas de Solánder. Esta planta marítima se cria en las rocas de las aguas mas profun- das, en los canalizos ó canales. Mr. Darwin dice que en todo el viaje del Beagle y el Aventura , no ha visto una roca siquiera que no estuviese cubierta de esta yerba flotante. El fucus giganteas se ha nombrado así, á causa de la lonjitud de su tallo que llega á tener, según el capitán Cook, hasta trescientos sesenta pies. Es re- dondo , viscoso , lustroso , muy fuer- te , y poco mas grueso que el pulgar. Concíbese de cuánta utilidad es esta planta singular para los buques que navegan en aquellos canales estre- chos, incesantemente ajilados por las tempestades ^ con decir que en caso necesario puede servir de cables, y que á esto ha debido mas de una nave su salvación. Como se aplana á cierta altura , y forma un ángulo con su base estendiéndose por la super- ñcie de las aguas, sucede muchas veces que detiene la sonda de los marinos. Se encuentra- desde las is- las mas meridionales, cerca del cabo de Hornos, hasta los 46 ^prados de la- titud hacia el norte: al oeste es tam- bién muy abundante; se cria en el espacio de quince grados de latjtud] y como el capitán Cook la encontró en la tierra áe Kerguelen , de aquí se deduce que ocupa en lonjitud ciento cuarenta grados. El núihero de vivientes de toda es- pecie , cuya existencia depende esen- cialmente del kelp^ es verdadera- mente prodijioso. Se pudiera escri- bir un abultado tomo de descripcio- nes relativas á los habitantes de uno de aquellos lechos de yerba marina. Las hojas tienen cuatro pies de lar- go, y cada una de ellas, esceptuando fas que flotan en la superficie del mar, está de tal manera incrustada de co- rales blancos que blanquea entera- ramente. Algunas dan asilo á los simples pólipos; otras alimentan animales mejor organizados y ma- sas de bellas ascidias. Innumerables mariscos y algunos bivalvos se agar- ran allí también. Millares de crustá- ceos acuden además á todas las par- tes de la planta. Mr. Darwin refiere, que removiendo un montón de aque- llos inmensos tallos, cae de ellos una porción de pececillos, maris- cos, jibias , langostas ó cangrejos de todas especies, herizos de mar, es- trellas, holoturias ó gusanos mari- nos , y nereidas de muchas formas. «Tantas cuantas veces examiné un fragmento del facas giganteas ^ aña- de dicho naturalista, descubrí en él animales de forma nueva y curiosa. Numerosas especies de peséados vi- ven en medio d# las hojas, encon- trando en ellas abundante alimento. Aquellas inmensas capas vejetales , cargadas de animales tan diversos , tienen también un recurso precioso para los cuervos marinos y otras aves marítimas; para las nutrias, las focas y las marsoplas. En fín ,/ á no ser por ellas, el salvaje de la Tier- ra del Fuego , privado de algunos de sus alimentos predilectos , se en- tregaría con mas ferocidad y gloto- nería á sus gustos de caníbal; su nú- mero dismmuiria infaliblemente , y quizás hasta su raza acabaría por estinguirse. » La zoolojia de la Tierra del Fuego es muy pobre , como es de presumir. Entre los mamíferos , además de los cetáceos y las focas , se encuentra una especie de murciélagos, un nue- vo ratón , y otras dos especies ; el tvcutuco , animal roedor , que en cuadrillas numerosas habita en la parte oriental ; una especie de zor- ra, la nutria marítima , el guarapo , yun venadodel cual se ven muy po- cos ^1 sur del estrecho de Magalla- nes. En los bosques se encuentran pocas aves. Algunas veces el acento del papamoscas ó cataraña de cresta blanca , encaramado en la copa de los árboles mas altos , se oye repetir por los ecos de aquellos tristes va- lles : y frecuen temen le se hace oir en los bosques el grito singular del pi-

co negro , cuya cabera está adorna
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da de una hermosa cresta roja. El

scyta lopus fuscas , ó reyezuelo , brinca sin cesar ocultándose en los matorrales y troncos caídos en fuerza de su vejez. El trepador (»/- naUcueit tupinieri^ es el ave mas co- mún. Se le encuentra en los bos- ques de hayas, en los barrancos mas hondos. Este pajarito parece miüti- pilcarse, digámoslo así, con la vista del hombre, á causa del hábito que tiene de seguir curiosamente los visi- tadores que penetran en aquellos ló- bregos retiros. Voltea de árbol en ár- bol a muy corta distancia del viajero, haciendo oir una especie de mofasin- fulan No tiene las costumbres tímí- as del verdadero trepador {certhía JamiHarls ni sube como este á lo largo délos troncos de los árboles; salta con destreza y va buscando in- sectos de rama en rama. En las par- tes mas escuetas del terreno existen tres ó cuatro especies de pinzones , ua zorzal, un estornino o icterus^ dos y en fin algunas aves de rapiña y nocturnas. Los insectos son en muy corto xvia- mero; /urnarii^ en cuanto á los rep- tiles , niuno siquiera existe en toda la estension de la Tierra del Fuego. Habitantes, -^Toáos los viajeros están acordes en representar á los Fueguenses, ó habitantes de la Tier- ra del Fuego , como los individuos mas miserables de la especie huma- na. Tienen la cabeza gorda, como los Patacones, los pómulos salientes y la nariz aplastada , pero la fisono- mía mas afaole. Son mas bajos, peor forma dos, y mas sucios todavía. Em- badurnan algunas veces su cuerpo con una mezcla de carbón , almagra y aceite de foca, lo que les hace no solamente feos, sino de un olor tan pestífero, que no puede uno acer- carse á ellos. Algunos se pintan cier- tas partes con una tierra arcillosa blanca. Otros prefieren el color ne- gro. El capitán King ha visto uno de ellos pintado de blanco. Su vestido se reduce á unos man- tos de pieles de guanacos ó de focas, no tan bien hechos como los que llevan los indíjenas de la Patagonia. Es verdaderamente estraño que un pueblo sujeto á los rigores de un PATAGONIA. {Cuaderno 4, clima tan crudo, no hayan pensado todavía en vestidos de mas abrigo. Sus cabanas ó ^igwams tienen la forma de un pan de azúcar. Están hechas de largas ramas fijada circu- larmente en el suelo, reunidas y atadas en la parte superior con jun- cos, y cubiertas de broza; tienen dos entradas ó aberturas, la una á la parte del mar y la otra mirando a los bosques. El hogar ocupa el cen- tro de la guarida, y así lleno cons- tantemente de una espesa humarr- da que, confundida con las exhala- ciones fétidas producidas por las carnes echadas á perder , de que se compone la provisión de invierno de cada familia, hace aquellas asquero- sas moradas casi incomunicables con los estranjeros. Un arco , unas flechas con un pe- dernal aguzado y cortante , y una honda , son sus armas predilectas. Disparan el arco con una destreza maravillosa ; pero el uso que hacen de la honda es verdaderamente es- traordinario , pues dan con la pie-, dra en un blanco colocado á una larga distancia en una rama de ár- bol. Refiere King que habiendo pe- dido á un Fueguense que le ensena- se el niodo de que usaba de la hon- da, cojió el Indio una piedra del ta- maño de un huevo, y habiendo indi- cado como blanco una canoa, se vol- vió y tiró Ja piedra en dirección opuesta al tronco de un árbol ; re- chazó, pasó por encima de su cabe- za y fué á caer en la canoa. Mas pare- ce que ño empleaban sus armas sino en la caza, pues no observaba que se entregasen á las guerras de tribu á tribu , que están como destinadas á desterrar la ociosidad de las pobla- ciones del continente y de las gran-- des islas vecinas. Cuando quieren encender lumbre golpean con un pedazo demondie , teniendo por debajo, para que pren- dan las chispas, un poco de musgo ó Eelusa, mezclada con un polvo, lanquizco hecho de hojas vejeta les enteramente secas y que prende co- mo yesca. El mondie de que usan indica haber en las montañas donde lo cojen y que están principalmente situadas al nortcí , la existencia de minas de estaño y quizás de metales tnas preciosos. Navegan en canoas de unos quince pies de largo , tres de ancho y otros tantos de profundidad. Estas embarcaciones, mas vastas, pero me- nos artísticamente hechas que la de los Samoyedos, son de ramillas en- corvadas y enlazadas con tendones de animales y listones de cuero. Las mujeres tienen el penoso cui- dado de remar en el mar, y los hom- bres no las reemplazan sino cuando están rendidas de cansancio. A ellas están también confiadas las ocupa- ciones domésticas, tanto que con un cesto, un palo puntiagudo, y un morral de piel d,e guanaco á la es- palda, van a desprender de las rocas y de los escollos descubiertos por la baja marea , los mariscos de que se compon^ el principal alimento de aquel pueblo. Los Fueguenses, cuyo apetito no se sacia fácilmente , co- men también carne de foca y de ce- táceo , l^ cual se halla atestiguado por la existencia de muchas osamen- tas de aquellos animales en sus ca- banas. El pescado crudo es también para ellos uri gran regalo. En cuan- to á vejetales , tan solo comen bayas de un despreciable arbusto , y un hongo de color amarillo, gordo co- mo una manzauita, y que se cria en gran cantidad en la corteza de las hayas. Lo esterior de esta seta, de una especie particular , presenta una multitud de celdillas profundas, asemejándose en esto á un panal ir- i'egular. Los indíjenas le comen cru- do , cuando por su madurez tiene un sabor algo azucarado, y un olor análogo al moserñon de Jénova. Los oficiales del Beagie tenían razón en parte al acusar á los Fueguenses de canibalismo. Esto se vio confírmado por las declaraciones de algunos de los indíjenas que habían sido con- ducidos á Londres , y que habien- do aprendido la lengua inglesa , die- ron al comandante Fítz-Roy esplica- ciones positivas y circunstanciadas .sobre aquella horrible costumbre : d« aquí es que el mismo Fitz-Roy no titubea en afirmar que los Fueguen- ses son caníbales, y que tii^nen par- ticularmente la costumbre de matar á sus mas viejas mujeres para devo- rarlas cuando temen que les falten víveres. Este rasgo daña á la fisono- mía de aquel pueblo un carácter el mas particular y le distinguirta esenciabnente de las otras naciones de la estremidad meridional de la América. A pesar de este uso, que contrasta con el amor á la familia , sentimien- to muy particular en los Fueguenses, son de jenio muy apacible; y después del primer movimiento de sorpresa, causada por la vista de un estratije- ro , le acpjen bien. Su intelijencia parece muy ilimitada: sin embargo, mas de una observación y partici)- larmente el examen frenolojieo he- cho por un oñcial inglés en muchas de ellas, prueba que son suceptibles de mucha educación. Se sabe muy poco acerca de su reli- jion, suponiendo que tienen una. Es probable quesus creencias se limiten como entre los Patagones á supersti- ciones mas ó menos estra vagantes. Sea lo que se quiera, ningún culto esterior se ha observado en ellos. Tales son los rasgos y los caracte- res distintivos de los Fueguenses en jeneral. La obra de Ring , Fitz-Roy y Darwin , nos dan algunos porme- nores especíales á cada tribu en par- ticular. He aquí cómo divide el pri- mero de estos sabios á los indíjenas de la Tierra del Fuego: La tribu del Yacana-Kunny ha- bita la parte nordeste de aquel vasto grupo de islas; es poco conocida , j se compone, según se cree, de qui- nientos ó seiscientos individuos sin contar los niños. Al otro lado de una alta cadena de montañas, al sudeste de los Yacanas, habita la tribu de los Tekinicas, lla- mada en otro tiempo Kyuhué, In- dios los mas pobres de la Tierra del Fuego. iven en las orillas y cerca- nías del canal del Beagle , y el número de los. jóvenes en esta tribu ascenderá á quinientos. ALoeste, en- tre la rejion occidental del canal de! Beagle y el estrecho de Magallanes , hay una tribu llamada Alijkhoulip , (fue cuenta cerca de cuatrocientos individuos. Las partes centrales del

estrecho están nabítadas por 'una
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horda de doscientos Fuesucnses, á

quienes BoQganville, y después de este otros navegantes , han dado «1 nombre de Pecherais^ por anakijfa con una esclamacion familiar entre estofrsalví^. Los Tacana-Kunny se asemejan á los Patagonas por la estatura , el co- lor del cutis y el traje. Parecen estar hoy día en 1^ situación en que se ha- llaban le»Patd|^oftes antes de tener caballos. Coa au^^ perros, sus arcos y flechas^ si|s>oto,; hondas , lanzas y ma¿as , maUcí guanacos , focas , avestruces y otcaA aves. En cuanto á lo demás, los iadíjenas de esta re- jion son, niais dichosos, bajó cierto aspecto; que sus vecinos del conti- nente; porque la porción nordeste de la Tierra del Fuego está situada físicamente nic^^ que la Patagonia. A^uí ya no se encuentran las mon- tanas llena» de bosques de las islas oc- cidentales, sino terraplenes poco ele- vados y poblados de árboles en par- te solamente; al norte de estos ter- raplenes se ven vastos espacios casi descubiertos y que ofrecen precio- sos pastos. Añadamos que el clima tiene lo mejor entre los estremos de humedad y sequía de que adolecen algunos píiises limitrofes. Es de pre- sumir pues qu^ sialgundia se for- mase una cernía en el pais de los Yacanas, llamado particularmente por Narborough tierra merídíotHU del rey Carlos^ tendrá probabilida- des de buen éxito. Los Tekinicasflon pequeños y mal formados; el color de su cutis es el de la caoba muy usada , ó mas bien en- tre cobre y bronee. Las piernas son delgadas y desproporcionadas con el busto ; ^m cabellos negros , sucios y rústicos ocultan una parte de su rostro y hacen todavía mas horrible el carácter de su fisonomía. El humo en ^ue viven constantemente envuel- tos, el uso d^ aceite con que se un- tan el cuerpo, las sustancias con que se embadurnan , los alimentos insa- lubres y aveces podridos que aglome- ran en su voraz estómago ,' todo esto produce en su persona efectos fáciles de conocer. Puede comprenderse hasta cierto punto el estüdo df escualidez física de esta tribu , por el clima á cuya influencia está sujeto. £1 pais «^te b*bita está cortado tm todas diK«0^ ciones por mi» infinidad de kiWi^d» de mar , y presenta altas montañas cuya cumbre se halla eai^;adft de eternas nieves , mientras que su ba- se ó pié se ve cubierto át espesos y húmedos bosques. Son raros los dias hermosos en aquella rejion , ei| la cual caen como por predileccioúr fa» nubes , las nieblas y las tempestado» formadas á la estremidad de la lieiv ra del Fiiego, Los Aliknoulipsson los mas §nm*' des y mejor hechos de loa Filtgnen^ ses ; sus mujeres tienen la fisonorisia: muého menos horrible que 1» 4m otra» tribus. Sin ^ínbargo , esto» t»* díjentasson inferiores á los Yüwati y nnicho mas aun á los Patagosesu El paÍ8< en que residen tiene muehar ansuojía con el de los Tekinicas, biim que en él reinan los vientos masfiré^ cuentemente y con mas fuerza** Loa Pecherais son pobres y nmie» Indios de un aspecto repuenanto^' Como ocupan la parte central dele», ti*echo de Magallanes, les visitasr marijrios que navegan en aquel paacr y en jeneral los Europeos jamás^bav tenido que quejarse de su caráeter» Loa Fueguenses de la ensenada éa Merci tienen el cuerpo ruin,, loa- miembix)s disformes y poco miiscm' losos; el cabello negro , tieso y aitoo' so ; la barba , los vigotes y las of|Hl«  sumamente cortos y arrancados cni^ dadosamente ; la frente estreohar, fieh nariz mny preeminente , los narii»^' le» anclas, los ojos son pardos.]» de- tamaño re^ar, la boca grandl^vo^ labio inflerior estrecho ; los dientes pequeños regulares , pero de oaiñr terroso. Su fisonomía es sin es|lm¿* sicm. Nos queda un punto important- te que tratar indicar á lo menos ;(tál) es la lengua de los Fueguensea^ W^ vocti^nlario que damos aquí es nat* documento casi orijinal bajo el can* eepto de que no existe todaW»aMU9 en la relación de Mr. Roy. Publicando en compendioaKiXMK dro de dos lenguas hasta aquí entcvan mente desconocidas , debemat* aA«i vertir al lector que la letra A im^tnri una aspiración gutural muy fuartei! Loa sonidos entúrales son mucho mas percqptioles en los idiomas foeguenses que en la lengua patago- na. Aun se pueden comparar ciertas entonaciones de los primeros á los esfuerzos que unoliace cuando tiene en la garganta un cuerpo estraño que quiere arrojar.

ESPAÑOL. ALIKHOULIP. TEKINICA. abeja kikiooul yumerteté abuelo caouicH ó coouich eprílourran cfaamea i^a tchauach árbol kiareucka ó kafcha lyusoureuch arco kereccana whaianna arena puntel beghe aye ó pájaro taouqua barba eufca wonné barco athlé watch . beber afkhella nltaóallé blanco akifca boca euffearé yiack bueno layip brazo toquimbé ofchocka carminé cabeza lukabé cabeUo alu ochta caUente ketkhik nckhoula caer ahlach leuppae casa heut oukhal ceja tethlui utkhella cesta kaekhu ó khai'o kaekhensókeuch cinco cupaspa comer luffich attema óettuma cmtar cuppa inaaaba atkhekum cuatro carga cuello chahlikha yarek cuchillo aftare ó aftaila tetlowalóteclerel dedo skeuUa dia enoqual dientes cauouachó^arlioh tououm dos telkiou cómbele esposa achwalluk . tooucou estrella quoounach appernich ou ap- (pouna enfermedad yauhal orna ü omey flecha annagua tíacou flor viksta kichach aneaca ftío euccoou fk^nte telché ochcarché fuego tettal pnchahké grito yelkesta narmaenr eurra ffuanaco hermana armaoua cholicl waykippa hermano arre marcos í4Ío • paral marríou hombro choiks ahkeka huevo lithlé herch hueso ochkia ahtuch ESPAÑOL. ALIKHOULIP. TEKINICA humo tellicksótelkhach uckco ú ochat , oven (una) engua anua varumatea leun leukin luna conakho anoco luna nuera yecoat touquillé houlouch luna llena oquel nuyia madre cappocahcli chanp rubbacha ó vrert dahbé madera y bosque ucha ahchifúospatadi mano yuccaba marpo mañana euchqual maoula mar chahbeucl hayeca marido arrik dougou muchacha yarreukepa muerto (participio} willacarwona muerto (sustantiro) apaina mijger. atlarahich, ó ac&hanach kepa ó chepuch mosca tomattola muslo cuüaba lukha naris nohl cucheuk navio aoun alia negro fcal. nieve acho oppunáca no quiftteuk barbé norte yaou uffahou nube teullou nueve yurtoba occidente eutqualdal uppaheück oir tellich murpa ojo telkh della oriente yulaba yahcuf oreja padre teldil eufkhea cheeul ajumo pequeño choks perro chiloké eachenlla pié keutlículcul cola pedernal cathaou piedra kehtlas ó cathow oouei pierna keut híeta piel euccoloaik appuUa oftoukou pluma ayich pescada appeubin ó apeuffín tethi appeurms puerco reir fiaíl teuchka sangre cheubba cheubba seis coumoua si oo das siete

kooucasta» sol leum leum suela tchampth oché sur éuccoai ahné ESPAÑOL. ALIKHOULIP. TEKINICA. ijerra barlié tann tres keupeb meutta trueno cayrou kekika uno toouquídooú ocaalé venid aqaí vamacheumA neurreuquach viento weureup rifiaim kuppude viejo kerowich keuttoas ld¿ atkhurska yiatia.


Al leer este estrado de vocabulario t{uedará qualauiera sorprendido de la admirable diferencia que hay en- tre los idiomas de dos tribus tan in- mediatas la una á la otra. Verdad es que hay en América lenguas ma- dres diferentes por sus raices, y que se semejan por el mecanismo y el carácter, y por consecuencia es me- nester atenerse poco á las palabras , y mucho por oira parte a las cons- trucciones y al jenio de las lenguas americanas. Toda la desemejanza casi completa entre las palabras y las raices, es un hecho grave y signifi- cativo cuando se trata de dos len- guas hablada^ por pueblos á quienes separa un espacio sumlamente estre- cho , y á los cuales el hábito de la navegación piermite conservar rela- ciones casi continuad. Este hecho característico nos im- pide adoptar , bastar tener prueba mas convincente , la opinión de Or- bygny, que hace de los Fueguenses lina rama de la raza araucana. No solamente no se halla la eufonía que distingue la lengua de los Aucas , bajo ningún concepto, en. los idio- mas fueguenses , c[ue son bárbara- mente suturales, sino que hay tam- bién diferencia esencial en estos úl- timos entre sí. Las consideraciones fisoliójicas militan también contra la aserción del sabio naturalista. Si los Tekinicas son pequeños como los Araucanos^ por otra parte tienen el ctis de color de caoba, aunque ha- bitan en un pais sumamente fragoso y húmedo, circunstancia que, según el propio sistema de Orbigny, debie- ra aclarar aquel color. Ahí tenemos segundamente los Yacana-Kvnys , que, se^m afirma el capitán King y sus oficiales, se parecen á los Pataj- úes en la estatura , la tez , el :traje , las armas y los usos. Motivo hay pues para creer que si el viajero ilustrado, que nos ha sido tan útil en nuestra empresa, hubiese llegado hasta ob- servar á la población fueguense en su totalidad y en sus ind i vid uo^^ hu- biera adoptado conclusiones dife- rentes. Por desgracia declara que no ha visto sino un Fueguense adoles- cente en el norte de la Patagonia. Añádase que cuand o deOrbigny escri- . bió su Hombre americano , la obra tan esphcitade Kin^no se habia pu- blicado todavía , y de consiguiente , no ha podido aprovecharse jde los preciosos documentos que los sabios de la espedicion inglesa han recoji- do sobre esta nación tan poqo cono- cida hasta entonces. Dirémos,como de Orbigny, que Mr. Bory de Saint-Vincent ha incurrido en error supon iend oque los Fueguen- ses descienden de la raza negra ; es decir , de la que cubre una parte de la tierra de Diemen. Con respec- to al color nada hay mas exacto; pero por otra parte , preciso es convenir en que la lonjitud y delgadez de ios miembros délos Fueguenses, su mo^ do de andar vacilante, y su estraña fisonomía, cuyo tipo se ve represen- tado en una de nuestras láminas , les hace semejarse de una manera sorprendente a las poblaciones del gran océano. A pesar de los pocos datos que el autor del viaje á la América meri- cTional puede darnos acerea de los piieblos auc no ha visitado de la Tierra del Fuego, no deja de ser muy sensrbte , por la concerniente á íosFueguenses,que no se hayan pu- blitíJatio todavía sus observaciones circunstanciadas sobre las lenguas de las naciones australes. Este pre- cioso trabajo nos hubiese permitido examinar la conexión exacta d^ los idiomas fueguenses , de aue King nos ha dado una idea , eon la lengua de los Patagones , y de justificar en- tre otras cuestiones, si la emigración asiática , probada por Malte-Brun y c>th)s jeógrafos, lle^jó á estenderse hasta la otra parte del Chile ; es de- cir, hasta el archipiélago de la Tier- ra del Fuego.

No dudamos que el nuevo voca- bulario, de cuyo es tracto acabamos ^e dar una idea, llamará seriamen- te la atención de las |jersonas inteli- jentes , porque las lenguas fueguen- ses ofrecen un elemento de compara* clon de que hasta este momento se carecía.


ISLAS MALVINAS.


DESCRIPCION JENERAL.— Las islas Malvinas, llamadas, de Falkland por los Ingleses , se componen de dos islas principales ; la Soledad al esté* y la de Falkland al oeste , ro- deadas de una multitud de islotes, Cüyó número , según algunos auto- res, asciende á ciento y setenta. Están situadas casi á la altura y á ochenta leguas del estrecho de Magallanes. Ocupan un espacio de setenta leguas del este al oeste , y de cuarenta le- guas de nortea sur, espacio com- prendido entre los 51^5' y 52^46' de latitud austral, 60° y 63°30' de lonji- tud oeste.

La fisionomía jeneral de las Mal- vinas es singularmente triste. Mon- tañas escarpadas y á veces corta- das á pico ; acantilados de rocas parduscas , quyo pié está incesante- mente combatido por las olas de un mar turbulento ; playas de are- na, donde no se oye masque el sil vi- do de vientos desencadenados y los •oncos y penetrantes graznidos de las aves y anfibios ; numerosos apeones separados unos deotrps por puntas peñascosas, y cuyas orillas solo ofrecen una veietacion enfermi- za; cerca de aqueÜas enseñadas có? modas y espaciosas , sombríos isloi tes ó escollos que sirven de asilo á los leones marinos; en ló interior llanuras inmensas , semejantes por su uniformidad á los pampas de la. América meridional, y por las cua-, les se estienden en redes monótonas los largos tallos de matas rastreras ; por acá y acullá arroyos y riachüe- fos adonde van á beber los anima- les salvajes; barrancos en que el ba- salto eleva su columna regular ; mo- les sólidas , reunidas en un desor- den espantoso ; tales son los objetos en que fíjala vista el viajero en aquel inmenso archipiélago. No es decir f)or esto , que en sugunas de aque- las islas tan numerosas , no encuen- tre la vista en que detenerse en aquellos paisajes menos melancóli- cos. Los manojos de yerbas y la abundancia de las aguas corrientes dan á ciertas localidades un aspecto mas alegre ; millares de pájaros de diferentes especies animan aquel cuadro con sus vuelos y helguetas. A veces también un navio fondead o ó un campamento de pescadores,, establecido en la playa, acreditan al observador que aquel rincoil del mundo no está olvidado de los hom- bres.

La configuración del terreno de aquellas islas, la naturaleza de aque- llasmontañas que varian su superfi- cie; la existencia de una especie de lobozorra, que á pesar de los caraclé- , tes, en aparencia diferentes, es de la misma raza que habita en la Pata- gonia y la Tierra del Fuego; los nu- merosos vestijios de volcanes estin- guidos , y otros hechos que no que- remos enumerar en una relación tan corta , parecen indicar que las Malvinas han sido separadas de los países magallánicos por alguna re- volución súbita y terrible. Tal es en efecto la opinión de algunos nave- gantes que han esplorado el grupo de Falkland. Otros piensan que es- tas islas han sido abortadas del seno del abismo, á consecuencia de la ba- jada de las aguas, y quieren probar- lo por las osamentas jigantescas en- contradas en lo interior de las tier- ras, á una gran distancia de la orí*- lia; osamentas que han sido de ba- llenas y que ciertamente no han po- dido ser llevadas á aquellos sitios lejanos por las aguas del mar , aun durante las tempestades mas viólen- las. No declararemos cosa alguna en- tibe estas dos opiniones, délas cua- les cada una tiene en pro y en contra hechos igualmente significativos. La temperatura en este archipié- lago es mas benigna de lo que diera motivo á creer la latitud en que se halla situada. EL termómetro ape- nas pasa de doce de Reaumury ra- ra vez baja mas del grado de coníe- lacion. Sin embargo , el viento del í>ur es muy frió y acarrea las tem- pestades que arrasan aquellas tier- ras. Los vientos dominantes son en- tre el sudoeste y el nordoeste, y como soplan de las costas de la Pa- tagón ia, son templados y nada no- civos. La humedad producida por el gran numero de corrientes de agua es allí el azote mas temible y del que siempre se han quejado los colonos. Según las relaciones de los capita- nes balleneros que arriban á las Mal- vinas , parece que el clima de estas es hoy díamenos frió de lo que era en la época de las primeras colonias. El capitán Weddel , que en el curso de sus tres viajes á las islas austra- les ha pasado dos inviernos en Falk- land , dice ser justa la observación, y atribuye tal mudanza á la disposi- (^ícm de los inmensos campos de hie- lo que se encontraban en otro tiem- po por la latitud de 50*. Estas moles flotantes pasaban al norte entre las Malvinas y la Georgia, y refresca»- ban singularmente la temperatura. Un hecho semejante indicará tam- bién modificaciones importantes en el e&tado de los hielos ael polo aus- tral.

PRODUCCIONES. — Fejetales, La flo- ra de las Malvinas es poco rica ; sin embargo , el botánico puede hacer en ellas una colección muy intere- sante. Los llanos y las alturas están cubiertos de una especie de heno que se eleva hasta pié y medio , y es un escelente pasto para los ganados. Eif sus costas, cuyo suelo mas variado íes conviene mas , se encuentran has- ta ciento y veinte especies del jénero de los fanerógamas. En lo interior se han encontrado los sagamas, en número de noventa y siete especies; y en fin, los liqúenes , las epaticas y los musgos componen allí un con- junto de cuarenta y ocho especies. Encuén transe en Europa y en el Ca- nadá una multitud de estas plan- tas. El apio rojo y blanco, de un sa- bor dulce y grato , se cria allí sin cultivo, así como otras plantas anti- escorbúticas , que son como la pro- videncia de las tripulaciones. Pemet- ti habla de una planta que denomi- na i'infigteía. Echa diez y ocho ó veinte hojas de un verde claro juntas en redondo al cabo de una cola de color de cereza , gruesa como el ca- non de una pluma de cuervo , altia de siete á ocno pulgadas. Pío tiene mas que un tallo, que dá una sola flor blanca , compuesta de un cálij^ de cinco hojas, de la forma de un tulipán, que se abi*e del mismo mo- do, y espide un olor de abnendra muy suave. Las hojas de esta planta tienen la figura de un corazón pro- longado, y están pegadas al tallo f)or la punta , casi siempre abarqui-' ladas en forma de canal. Kl mismo viajero describe muy estensamente otra planta que tiene hasta die£ á do- ce raices como las de la escorzonera, muy lareas. Estas raices están cu- biertas ae un pellejo muy delgada bajo el cual se encuentra una sus- tancia pegajosa , acuosa y de un gusto dulzacho, y luego un sabor ambarino y semejante á la orina de gato. Las Malvinas solo tienen débi- les arbustos en corto número, y de la especie de los brezos. La planta que suple allí mejor la falta y que de lejos baria creer que las islas son muy fragosas , es una especie de es- padilla o junco aplastado y estrecho » que se eleva tres pies lo menos y cu- yas hojas en mazorca alargándose por el coffollo llegan hasta la altura de seis a siete pies. Estas plantas destilan una goma resinosa , blanca al principio cuando esta blanda, y de color de ámbar cuando seca. Tie- ne un olor tan aromático y fuerte como el del incienso. Arde como la mejor resina, exhalando un olor muy suave , y deja por residuo un aceite ne^izco, incombustible, y que enfriándose se convierte en un cuerpo duro que puede servir para encolar. Esta goma tiene mucha analojía con la goma amoníaca : el mismo sabor y olor, y el mismo re- siduo después de la combustión. Las aguas que cercan las islas Malvinas son casi tan ricas como ellas en vejetafes , y por tanto solo hay lugar para citar la planta llama- da vulgarmente baudrcux, «Eleva sus tallos o palos, dice Pernetty, hasta la superficie de las aguas , y en ella se i>ostiene por medio de una especie de ampolla llena de aire , que forma el nacimiento ó arranque de la ho- ja. Sus raices, que suelen tener hasta veinte brazas de largo , son amari- llas como el tronco de la planta. En- trelazadas una con otra , forman un haz ó lio al cual se acojen las alme- jas. j4nimal€s,-—Xá emSs d e los bueyes, caballos, cerdos y conejos, que in- troducidos por los Europeos en las islas Malvinas, se han multiplicado allí prodijíosamente, y viven en el estado salvaje, se encuentra en aquel archipiélago una especie de zorra diferente de las otras especies comunes. Se cre^ ser este ultimo cuadrúpedo peciüiar de las Falk- land, porque tiene proporciones mas grandes aue la zorra de la Pa- tagonia y de la Tierra del Fuego; pero esta opinión nos pai*ece mal fundada. Hoy dia se sabe que la mayor parte de los animales trasportados á un clima diferente del suyo propio , sujetos á nuevas condiciones de exis- tencia, se trasforman en cierto mo- do, tanto en cuanto á lo físico co- mo en cuanto á costumbres ó pro- piedades. Así se han visto gatos do- mésticos tomar en el estado salvaje un desarrollo tan estraordinario , que hubiese sido difícil de adivinar su oríjen. ¿Quien puede asegurar pues que la zorra de las Malvmas , cuando nadie prueba su carácter aboríieno, nó es orijinaria de laTier ra del Fuego , y que no se ha tnodifí- cado bajo el imperio de circunstan- cias particulares? Son tan numerosas las aves en las Malvinas , que cubren algunas veces llanos inmensos y playas de muchas kguas de estension. Las mas nota- bles son la avutarda, el cuervo ma- riño, la golondrina , la gallineta, la avefría, el zorzal , el cisne de cabe- za negra , la oca y el pato, aclimata- dos por los Españoles y Franceses; el Kájaro gobo , esta especie de anfi- io que los naturalistas han descri- to tantas veces , que cava sus habita- ciones subterráneas en las ensena- das mas abrigadas y que hace reso- nar las riberas desiertas con su craz- nido , perfectamente parecido al re- buzno del asno. De todos los anima- les que concurren á las Malvinas los 3ue merecen mas atención y que urante cierto período han dado tan gran importancia á la posición de estas islas,. son los anfibios deí jéncy ro foca. Los navegantes señalan par- ticularmente el otario de Pernet- ty (1) , el oso marino , y el elefante marino. Pernetty ha confundido al otario con el elefante de mar, bajo la denominación común de león ma- riño, «Esta foca , dice Mr. Lesson en un artículo notable del Diccionario clásico de Historia natural^ adquie-^ re una estatura considerable, según Pernetty, pues afirma cjue algunas de ellas tienen hasta veinte y cinco pies de largo y diez y nueve á vein- te pies de circunferencia. Le carac- teriza el pelo de la parte superior del cuerpo, particularmente el que puebla la cabeza , el cuello y las pa- letillas, que es tan largo como el pelo de una cabra. Pero Forster, que es mas digno de crédito , dice que el león marino del sur solo tie- ne unos doce pies de largo cuando^ mas, y siete á ocho las hembras. » He aquí la descripción que hace es- te hábil compañero del ilustre Cook; «El cuerpo es grueso, cilindrico ^ (2) «Otaria leonina», Perón; «Otaria jii- bata» , Desmarets ; «platyrbyncus^leoninnr^ CuTÍer, etc. muy craso;, la cabeza muy pequeña, bastante parecida á la del perro de presa; la nariz algo remangada y como cortada en su eslrémidad. El labio superior saliente del inferior, y guarnecido de cinco hileras de cerdas fuertes á modo de bigotes, largas y negras , y blancas en la ve- jez. Los orejas son cónicas, largas de seis á siete líneas solamente : su cartílago es firme y tieso. Los ojos son grandes y saltones, el iris ver- de; tiene tremta y seis dientes; los pies anteriores negros, formando una banda ancha pelada , y mani- festando en los , dedos señales de uñas únicamente ; los pies posterio- res tienen cinco dedos, con uñas pequeñitas que sobresalen de cinco festones membranosos y delgados. L^ cola es cónica y corta.» Pernetty describe así las costumbres de este animal : « No e» maligno , y huye en lugar de acometer: se mantiene de peces, de aves acuáticas que coje por sorpresa, y de yerbas (1). La carne de este animal puede comer- se sin repugnancia , y su aceite es de gran recurso. Su pellejo es muy á jiropósito para obras de montura,co- frería , etc. El Otario de Forxter il oso mari- no provee de pieles esquisitas á los pescadores que arriban á las Falk- land. Esta foca es muy buscada en el comercio, á causa de su piel, po- blada de un pelo pardo ó rojizo, se- gún la edad del animal. Hácense de ella sombreros superfinos, guarni- ciones de vestido^ de capas, etc. Este anfibio es muy espantadizo y de finísimo olfato , tanto que advierte cuando se acerca el hombre y con prontitud se mete en el mar donde está seguro. En ftn , entre las innumerables cuadrillas de animales que van á descansar en aquellas silenciosas playas se encuentra el Otario molo- so^ que sin duda es el lean marino (le la menor especie , de que habla Pernetty. Se diferencia notablemen- te de los demás de que acabamos de Í2) Perón Rsecura qau estos animales ja- mas cnmen yerba, y así lo afirman vano» pesca doies ingleses. Iiablar. Llama particularmente ta? atención por sus formas langarutas, é irregulares, así como por su cabe- za pequeña , redonda, truncada por delante, y su semejanza muy exacta con el hocico de un perro. £1 elefante marino, llamado indi- ferentemente por los viajeros lobo^ marino, león marino^ y foca de trom- pa (1), es el ma? interesante de aque- llos amfibios, en cuanto á las cos- tumbres , y el mas reparable por la gordura. Tiene veinte y cinco y aun treinta pies de largo sobre quince ó diez y siete de circunferencia ; su nariz, cuando está enzelo, se alarga en forma de trompa, y pasado, aquel tiempo vuelve á su estado natural. Haciendo uso de un admirable capí- lulo del viaje de Perón á las tierras australes^ hablaremos de las costum- bres del elefante marino. Las focas de trompa empiezan á mudar de morada , siguiendo la es- tación , así aue llega el estío , emi- grando hacia los parajes mas frios. Al mes de su arribo se prepara» las hembras á parir. Reunidas todas juntasen la misma orilla, las rodean los ipachos para no dejarlas volver al mar, y no entran en él hasta que han parido y criado sus cachorros. El parto no dura mas dé cinco ó seis minutos , en cuyo cQrto intervalo se conoce que la hembra padece mucho, pues hay momentos en que da lar- gos y agudos gritos de dolor. No pa- re mas de un cachorro, el cual tiene al nacer de cuatro á cinco pies de largo, V pesa cerca de setenta libras. Para darle de mamar, se échala madre de lado , y le presenta las te- tas. Dura la lactancia siete á ocho semanas , durante las cuales nada comen el macho y la hembra. Así se ve que estas enflaquecetiestraordina- riamente , y aun se ha visto morir algunas durante tan penoso perío- do. Cuando tienen los cachorros seis ó sietie semanas, sus padres los llevan (2) ciPhtMja proboscidea» , Pefon, Viaje á las lierras australes; «león marino», Daiu- Sier y Anson; «lobo niarino,»»Pérnelly, viaje las Malvinas; «phoca leonina '» Lineo; nphoca de hoeic6 arrugado» , Forater v BufTon; « macrorhinus proboscideos »» , F. Ciivier; «raiouroug» de los negros de Nueva Huta n Ja. al agua, y toda la manada echa á nadar á un tiempo. I^a marcha de estos maníferos dentro de las olas es muy lento , viéndose forzados á salir muchas veces á la superücie p«ra respirar. Se ha observado que los mas jóvenes , cuando se apartan de la manada , son perseguidos in- mediatamente por algunos de los mas viejos que a bocados les obligan á juntarse con los demás. A las dos ó tres semanas de este ejercicio, vuel* ven los elefantes marinos á la playa impulsados por el deseo de la repro- ducción. A la voz imperiosa del amor se de- dara la guerra entre estos mons- truos espantosos , peleando los ma- chos con furor, siempre uno contra otro y nada mas. Su manera de re- ñir es muy singular. Los dos rivales van arrastrando muy despacio , se iuntan digámoslo así, hocico con hocico; levantan toda la parte ante- rior del cuerpo apoyándose en las nadaderas, abren su ancha boca; sus ojos parecen inflamados de deseos y furor, se embisten con violencia, vuelven á camr uno contra otro , dientes con aientes, quijada con quiiada, se hacen recíprocamente anchas heridas , á veces se sacan los Ojjos en aquella lucha , y no pocas pierden así sus largos colmillos. Cor- re la sangre abundantemente ; pero éstos obstinados adversarios , como si no lo advirtiesen , continúan pe- leando hasta que ya no tienen fuer- zas. Es raro sin embargo el ver que- dar algunos de ellos en el campo de batalla , y las heridas que se hacen , por profundas que sean , se cicatri- zan con una prontitud increíble* Se- mejante curación depende mucho menos de la calidad de su grasa , que de la espesura de la capa que ella forma al rededor del animal , y cuyo efecto es poner las partes heri- das á cubierto del contacto del aire , al mismo tiempo que impide la he- morrajia. Durante aquellos sangrientos com- bates, las hembras mostrándose in- diferentes esperan que la suerte de- cida quién na de ser su dueño. £1 , macho , orgulloso por su victoria , se avanza en medio de la tímida cuadrilla , se acerca á la compañer ue ha clejido; e»ta se tiende inme íatamente; él la abraza fuertemen- te con las nadaderas de delante , y en la embriaguez del amor olvida sus recientes luchas y sus heridas, que echan sangre á borbotones. En tal éxtasis, que dura de doce á quince minutos , nada fuera capaz de dis- traerles , ni aun el dolor mas agudo y penetrante. No son menos singulares ni me- nos interesantes que su modo de reproducirse , los hábitos de los ele- fantes marinos. Les gusta zambu- llirse en agua dulce y tendei^se en playas arenosas. Dueimen en la su- perficie del mar como en la orilla. Guando están reunidos en tierra en cuadrillas numerosas para dormir 4 velan constantem^ite uno ó muchos de ellos y en caso de peligro estos centinelas dan un grito de alarma, y vuelven todos á las olas protectoras.. Su modo de andar es el mas estri- ño: van como á rastra, remando con sus nadaderas; y el cuerpo, en todos sus movimientos, parece tiritar , co- mo una enorme vejiga llena de jale- tina, efecto de lo espesa que es la ca- pa de grasa aceitosa <]ue los envuelve. A cada quince ó veinte pasos tienen que pararse, jadeando de cansados , y como aplastados bajo su propio peso. Si durante su fuga se presenta alguno delante de ellos , se detienen, y si á fuerza de golpes se les fuerza á moverse, manifiestan padecer mu- cho. Lo mas admirable en tales ca- sos , es que las pupilas de sus <jos , que en el estado natural es de un verde azulado claro , se vuelve en- tonces de color de sangre ennegre- cida. El grito de las hembras y de los machos jóvenes se parece mucho al mujido de un vigoroso toro ; pero en los machos ya grandes, el prolon- gamiento tubuloso de sus narices da a su grito tal inflexión , que aunque mucho mas fuerte tiene gi*an seme- janza con el ruido que uno hace gargarizando. Este eco ronco y sin- gular se oye de lejos , causando al- gún espanto , cuando en medio de una noche borrascosa despierta uno sobresaltado por los ahullidos confasos de aquellos colosos anfibios , j no se desvaneciera el temor, á no ser por la certeza de la debilidad y mansedumbre de aquellos anima- les. Cuando un elefante marino repo- sa tendido en la playa, y le incomoda la fuerzade los rayos del sol, se le ve levantar repetidamente con sus an«  chas nadaderas de delante, gran porción de arena humedecida con 9gua del mar, y echársela en el lomo hasta que se halla enteramente cu- bierto , de modo que entonces pare- ce una gran roca. Los elefantes marinos son esen- cialmente pacíficos , en tal manera que los hombres pueden bañarse sin peligro en las aguas donde se encuentran reunidos , y así lo ha- cen los pescadores sin temor alguno. Estos animales son susceptibles de cierta enseñanza. Habiéndose pro- puesto un pescador inglés salvar á uno de estos mamíferos , se declaró su protector consiguiendo de sus compañeros que no le hiciesen daño, y así vi vio largo tiempo pacífico y res- petado en medio de la matanza.El pes- cador se acercaba á él todos los dias para acariciarle, y en pocos meses se QÍzo tan manso, que se dejaba mon- ta)* y meterle el brazo en la boca; iba cuando le llamaban , y en una pala- bra, el dócil animal aguantaba cuan- to queria hacerle el marineix) sin irritarse por nada. Desgraciadamen- te , habiendo tenido el Inglés un al- tercado con uno de sus compañeros, este por una cobarde venganza, ma- tó la foca protejida de su adversario. Lo mas dieno de admiración en el período de la vida del elefante ma- rino, es que inmediatamente que se siente enfermo, se sale del mar, se interna en tierra mas de lo acostum- brado , se echa al pié de algún ar- busto , y permanece allí hasta que muere , como si quisiera dejar la vi- da en los misiodos lugares en que la recibió. Los pescadores han obser- vado que sin tener ninguna señal de herida ó contusión', parece que entonces padece mucho, y muere al cabo de algunos dias de agonía. Según queda dicho en el artículo de la Patagonia, matan los elefantes marinos alanzadas; pero hay un me» dio mucho mas sencillo y muy sin^ fular para darles muerte : tal es el e un fuerte eolpe con un palo en el hocico. Un nombre solo, sin efu- sión de sangre, puede matar así ceu' tenares, de estos pobres animales. Abriendo el ^tómago de los que acaban de espirar , se encuentra en ellos comunmente , además de una gran porción de ova, piedras á veces tan numerosas y tan gordas, que pa- rece imposible puedan contenerlas sin des^rrar por su pesadez las pa- redes del seno donde se hallan. Dice Forster que el estómago de muchos de estos anfibios muertos por si» jente, estaba lleno de diez ó doce piedras redondas y pesadas , cada una del buHa de dos puños. ISLA DB LA SOLEDAD. — La- ísla mas interesante con respectóla pro- ducciones , y en la parte histórica , es la que los Españoles denominaron de la Soledad , jr posteriormente lla- maron de Conu los Franceses. Situa- da al este del archipiélago de las Malvinas , está separada de la gran- de isla occidental por un estrecho de siete á doce millas de ancho , lla- mada por los Españoles canal de Saoi Carlos, y por los Ingleses canal Falkland^ nombre en otro tiempo común á las dos islas , pero que na se aplica ya sino á la mayor. ' La Soledad tiene setenta y ocho millas de nordeste á sudeste , y cuar renta y cinco en su mayor anchura : sus costas ofrecen ensenadas y puer- tos entre los cuales , el que ha con- servado el nombre de bahia Fran" cesa , es el mayor y mas se^ro. El punto mas elevado de la isla es el monte Chatellux , situado cerca de- dicha bahía. Muy inmediato arran- ca una cadena de montañas poco ele- vadas y dispuestas en forma de re- cinto ; mas no se puede andar por ellas sin encontrar á cada paso pe- d FUSCOS de asperón, amontonaaos confusamente. De lo interno de su base sale un ruido monótono, ocasio- nado por las aguas corrientes que manan de la cumbre. De sus entra- ñas salen heléchos jigantesco» que tapizan con sus ramosos troncos aquellas enormes moles de rocas. Cruzan las llanuras y los valles , cu- biertos de pastos , varios arroyos de aeua cristalina , mas ó menos grata ai paladar, según la madre de turba d de chinarro por donde pasa. Por uno y otro lado se ve el suelo tapiza- do de verdor , en aue brillan la ele- gante anémona y la violeta de sua- vísimo perfume. Las márjenes de estos arroyos, aunque pantanosas, están cubiertas de una vejetacion tan activa y espesa que casi en par- te alguna se descubre la superficie del terreno. Encuéntranse hermosos lagos en los llanos y deliciosas ca- vidades hasta CA la cumbre de las montañas. Por todas partes hay abundancia de aguas frescas y pu- ras. £1 suelo de la isla de la Soledad se <x>mpone de tierras ocreosas , rojas y amarillas , de espato y de cuarzo. La abundancia de pizarras rojizas y de color de plomo revela allí la existencia de una gran cantidad de azufre. Algunos peñascos de cuarzo rotos han indicado una materia vi- triólica y cobriza. Pemetty supone haber encontrado allí una substan- cia verdosa que tiene las cualidades del cardenillo. Toda la vejetacion de los llanos , coúio Ja de los montes , se halla en un terreno turb<»M) de Sran espesura. Dotado aquel suelo e la cualidad esponjosa , en sumo grado , absorve la humedad con tal prontitud , que en breves instantes suele secarse el césped á poco tiem- po de las mas abundantes lluvias. Esta turba, tan preciosa que como un recurso de¡provision de leña, exis- te en capas, mas profundas en lo in- teríordel paisque en lo litoral. Zapa- da en sus orillas de una manera ir- regular , ofrece de lejos con frecuen.- cia la perspectiva de un muro ó de un foso ; y el viajero que r€Ncorre ta- les soledades , le cuesta trabajo cr^r que aquello no es obra de los hom- bres. Estas especies de murallas na- turales , mas comunes en las alturas, tienen de ordinario cuatro y cinco pies de elevación sobre el terreno Sie las cerca, y es muy difícil es- . icar su formación. En cuanto á lo demás , es cierto que los caballos •ncuentran allí un abrigo favorable PÁTAGONIA. 61 contra el furor de los vientos ; y si aquellos accidentes del suelo no fue- sen tan frecuentes, se atribuirían sin mas examen á aquellos animales* Pernetty habla de un sitio en que la disposición singular de las pie- dras parece ser el resultado de un temblor de tierra que pudo trastor- nar en otro tiempo la isla de la So- ledad. Presentaba, dice, un espectá- tulo horriblemente hermoso. Las piedras, todas de asperón porfiriza- do, están cortadas en tablones de diez pies de lai^o, seis de ancho , y uno y medio de grueso. Se hallan en todas posiciones , pero tan bien co- locadas como si lo fuesen artística- mente. «Son como los muros de una ciudad , en los cuales se ven aleros en línea recta, cual si fuesen cornisas ó cordones; voleados lo menos d«í filé y medio, y que corren todo lo argo, tanto de las partes entrantes , como de los ángulos salientes , figu- rando salidizos ; y hasta molduras se encuentran allí. Al otro lado de aquellas ruinas hay un valle profun- do de mas de doscientos pies, ancho de medio cuarto de le^a, cuyo fondo está cubierto de piedras re- vueltas, y que parece haoer servido de albeo a un rio ó ancho torrente que hubiese ido á perderse en la gran bahía del oeste. Antes de llegar á la altura que termina el va- lle, se encuentra una esplanada ancha , de cerca de diez ó doce toe- sas , y que se estiende desde la parto baja del anfiteatro hasta la otra par- te de las primeras ruinas. Sobre es- ta esplanada hay dos depósitos de a^ua , el uno redondo y de veinte y cinco pies de diámetro , el otro oval y de treinta y tres pies. Desde la Dase de la colina se encuentran bar- rancos enteramente colmados de aquellas piedras despeñadas, y entre estos, cortos espacios de terreno ir- regular, cubiertos de yerbasy de bre- zos, salvados digámoslo así del tras- tomo jeneral. Los peñascos , arroja- dos confusamente unos sobre otros, dejan entre sí por todas partes aber- turas, cuya profundidad puede con- jeturarse. Las plantas que se encuentran en la isla de la Soledad son todas indijeoas. La mayor parte resiiiosas ó <$ubiertas de un barniz lustroso que las preserva de los efectos de la nu- médad. Los antiguos colonos lleva- ron plantas y árboles exóticos , pero hoy en día no se encuentra ningún vestigio d« ellos. Los vientos y no la naturaleza turbosa del suelo , se oponen al desarrollo de los vejetales estranjeros; pues todavía se ve cerca de las ruinas del eslaUecimiento de la bahía francesa , la tierra vejetal que los Españoles trasportaron, y que se halla tan despejada como las rocas de la cosía. Como una de las primeras plantas ¡nd(jeBas , se de bd hablar de la que Parker^King ha denominado Tea plunt (planta del té). Puesta en infu- sicuy tiene el mismo gusto que el té ordinario , y es difícil diferenciarla. Produce una vaina (>equeda, que cuando está madura tiene un sabor agradable. £n cuanto al resto de la nomenclatura, nos limitaremos á lo que el naturalista D'UrvíUe reitere á consecuencia de una escursion cfue hizo en el monte Ghatellu , mien- tras estuvo fondeada en la bahía francesa la corbeta Coquüle. «El monte Chatellux , cuya eleva- ción llega á quinientos ochenta y , cinco metros sobre el nivel del mar, es el punto culminante de la isla de la Soledad , y domina una vasta lla- nura, surcada 4c numerosos torren- tes y dividida por los inmensos bra- zos de la bahía Marville. En estaes- bursion se invirtieron dos dias, y en este tiempo tuve ocasión de adqui- rir una idea exacta de la naturaleza de la isla. El resultado de mis obser- vaciones ftié que la v^etacíon era tanto menos variada cuanto mas se alejaba de las costas , y particular- mente de las que presentan á la vez mogotes, pantanos y rocas. Mas lejos se atraviesan millas enteras de un terrena casi cubierto únicamente por los tapices espesos de las tres gramíneas mas conocidas en la isla Qídi% festuca erecta^ el arundo anUire* tica y elíirundo pilosa), hos gomeros están muy ea^^rcidos. Luego que uno comienza á subir , advierte que la flora se va haciendo mas copiosa , pues encuentra mayor número de especies. Én la cumbre misma de monte Chatellux encontré casi todas las que se me habían ofrecido á la vista en las diversas estaciones* Cin^ CQ plantas selamentie me has par^^ do particulares en las alturas mas elevadas^ á saber: un bello mspMum^ que se cria en las hendiduras de las rocas , y que de su semejanza con un helécho, único en su jénero^ha to- mado el nombre de moh^ioides; el curioso y raro nassáNmm , al onal be denominado serpens^j que be recdi- doen la alta monlatta, al sur de nuestro fondeadero , y solure el Char tellux; el ceaamjce vermkiílaris ^ blanco como la ntcrve , cuyos troneos^ entrelazados y confusamieBle le«id^ dos por el suelo , parecen otras tan- tas raices de grana, blanq«ieadas por el aire; en fin, otras dos planti- tas que forman copetes cerrados, iguabsoente admirables por su es- tructura, y que se ha descubierto ser la una' el drap&tes muscoides y reco^ jida y9í pov Commevsoaen las orÜlas del oslrecho y descrita p^r Lamark; y la otra , un* nupva especie de va- leriana^ qu« he denominad*» settífo' lia. Eslaa tres última» se criM eselí»- sivameftte en la cumbre mismia del monte Chatdlux. Rara vez se encuen- tra en el llano un hermoso helécho^ el iornari^ magalláaicm , pero cubre las orillas de aquellas corrientes de eno vmes<f ragmenios de asperón cuar* zosQ muy wecttenlies en: las laderas de todas las montañas. La mnea me- laxantha se cria con prefereaci* en las rocas peladas, bastidas por los vientos del . sudeste ; y por s» nú* mero y sa sem!e}anaa , su» troncos ramosos, variados de negro, aoMMritto Lleonaido , fiorman muenas. veces en stuperficie de aquellos ptd regíale»,, praderas de ikueva especie. Esde ad- vertir q«e dj^fmúm rocas de una na- turaleza única y constante , están todas formadas de capas> muy irre- gulares, inclinada ba«» luiiángulo-die 40 á 50^y echadas del estoal oeste. <iEn el número diC la» plantas úti- les al hombre en aquellos pari^ desierto», citaré la aeederay la oxd* Uda , de las cuales la última, me ha parecido preferible á la otra en el

gusto ; el apio , abundante en lo»
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mogoles arenosos; los tallos del

plantel y las hojas araargasdel tara- xqcum Icpvigatum , de que pudieran hacerse ensaladas tan agradables co- «ip salutíferas. Los frutos de los Per- netia , myrtus y rubus , han sido muy preconizados porBougainville, Pemetty y Gaudichaud; pero como no he visto sino las flores, no puedo decir hasta que punto merecen ser elqjiados. La bena fetuie (Jatuca flíibellatá) porcia cualidada,bundan- cia y largura desús cañas, servirla utilmente en mas de una ocasión ; y le resguardaría de la intemperie del aire , en tanto quü la parte infe- rior del tallo le darla un alimento sano y agradable. El empetrum^ con su fuego chispeante calentarla rápi- damente los tornos ; el chiUotrícum formaría hermosas cercas ; y del ba- charis se haria cerveza como la ha- cen los colonos de Bougainville. Creo igualmente que las tres grandes //-i/- '<;aceaiy macrocYstix communis^ Dur- intlcea utilis y Lessonia flaincans^que tanto abundan en aquellas márjenes, fueran muy propias para beneficiar las tierras yiprepararlas al cuUiyo.En una palabra , la primavera, la viole- ta, suaves y agradables peridicuim y el ciegan le statire^ pudieran ser el ornato de aquellos jardines.»

Los animales domesticados entre nosotros y las que pueblan las quin- tas y camplBas de Europa ,>on muy numerosos en la Soledad y en la isla Falkland é islotes circunvecinos. Al abandonar este archipiélago los Es- pañoles y Franceses, dejaron bueyes, caballos , cerdos , conejos, etc. los cuales se han multiplicado estraordi- nariamente , á pesar de la caza conti- nua de los pescadores y marinos , que tienen en ellos un recurso pre- ciosísimo , lo mismo que las tripula- ciones de los buques que recorren aquellos mares. Así es que no dejan de ir á tocar en las Malvinas para re- frescar los víveres.

La caza de los toros y caballos es muy fácil ; los primeros no huyen nunca de una sola persona ; de ma- nera que se les puede matar á pisto- letazos; pero los cazadores deben te- tier mucho cuidado en mantenerse en línea cerrada para engañar al animal acerca del número de los agresores. Igualmente ha de ten^ cuidado de asestarle á la frente 6 al costado, porque las heridas le enfu- recen , y entonces es muy temible. Los caballos tampoco temen al hom- bre cuando va solo^ pero suelen dis- persarse al estruepuo de un arma de fuego»

No se reduce á efAo la riqueza aai* mal de la isla de la Soledad , pues !^us costas y lagos se hallan pobladas de un número prodijioso de pesca- dos; particularmente en la bahía principal.

Esta se halla situada al oeste de la isla. Los Españoles la dieron el nom- bre de bahía de la Soledad^ y los In- gleses el de UckeleY Sound. Tiene quince millas de lonjitud sobre cua- tro de latitud. A la punta nordeste de la entrada se estiende una sé ríe de arrecifes que por la parte del este se dirijen á una roca cubierta al ni- vel del agua,donde se estrelló en¡1820 la corbeta francesa Urania. Al lado opuesto se distingue la isleta de los Cerdos, llamada así por la abun- dancia de los que en ella se crian.. La bahía, propiamente tal se estien- de hasta los islotes Pingüinos y de los Lobos marinos. La conoa donde se va á parar después de haber pasa- do entre estas dos islas , recibió el ti- tulo de i'odM de Sa/t Luis.


ISLA DE FALKLAND PROPIAMENTE DICHA.


Esta isla es mayor que la de la So- ledad , y sus costas tan desiguales , que es muy difícÜ determinar sus aimensiones : sin embargo , por un cálculo puede decirse que tiene cien millas de este á oeste y setenta de norte á sur.

La príncipal bahía sobre la costa septentrional es la que conduce al Piierto-E^mont. En el fondo de esta bahía fué donde se estableció la co- lonia inglesa para asegurar el domi- nio de la Gran Bretaña sobre la mas vasta de las Malvinas. El sitio ,en que se fundó la ciudad fué muy mal es- cojido , según se ve por las ruinas que ocupan el reverso meridional de una alta montaña. Los jardines de- bían hallarse al oeste , de manera que estaban privados del sol duran- te la mayor parte de) dia. Después de Puerto-Egmont , el mas considerable es la bahía de West- Point, al estremo oeste de la penín- sula meridional de Byron's Sound«  Estas bahías y las de las islas vecinas son el refujio de los balleneros, cuando el mal tiempo les sorprende en aquellos mares borrascosos. Puer- to-Egmont era muy concurrido años atrás por la abundancia de comesti- bles que facilitaba á los marinos. En efecto, hallábanse cerdos, ocas sil- vestres, etc.; pero hoy dia son muy raros estos animales, y las únicas provisiones que dá de sí la isla Falk- land, se reducen á algunas ocas y pato^ que por alimentarse de peáca- do tienen una carne muy desagrada- ble. Terminaremos aquí nuestros por- menores jeográfícos acerca de las Malvinas. Solo haremos mención de las islas Anican y la de los Leones marinos , que están al sur de la So- ledad; déla isla Beauchene que es la mas meridional de todas; al nordeste las islas Jasonsó Salvajes, llamada, Sebaldeti otro tiempo; de la del Pan de azilcar , colocada al frente de la isla Saunder, y los Muelles verdes {Quais veris) ^ al^omashácia el norte.

NEW-ISLAND Ó NUEVA ISLANDIA. — IJn nuevo Robinson,- La isla Nueva rio merecería í|ue hiciésemos de ella especial mención si no hubiera sido el teatro de una aventura muy dra- mática que no debemos pasar en si- lencio. Digamos desde luego, para dar una idea del lugar de la escena , que esta isla es montañosa en estremo y que su parte occidental ofrece una cadena, serie de horrorosos precipi- cios; en cuyo fondo bulle á veces el mar con un ruido espantoso. Un muro impenetrable de peñascos se eleva quinientos cincuenta pies so- bre las olas , y cuyo aspecto sombrío infunde un terror inesplicable en el alma del espectador. Cuando el vien- to de oeste sopla con violencia , las olas furiosas se estrellan contra esta mole jigantesca, envolviendo su base con una nube espesa de vapor mez- clada de espuma. Llanuras cubiertas de yerbas; y la^s, cuyas aguas se ven rizadas por innumerables aves , y bañan el pié de las montañas ; si- tios salvajes y precipicios pintores- cos; enormes preduscos confusa- mente amontonados ofreciendo se- ñales evidentes de convulsiones ter- restres; esto es cuanto se vé en lo in- terior de Píew-Island. A principios del año de 1814, el capitán Bamard , de la marina de los Estados-Unidos, se vio forzado á tocar en New-Island, durante un viaje emprendido para completa runcar^a- mentode pieles fínas. Así que se dis- ponia á dejar esta soledad, encontrt) en la costa meridional la tripulación de un navio inglés que naufragó, y que se componía de treinta personas, entre las cuales habia algunos pasa- jeros andaban errantes por aquellas plavas, poseidos de la desesperación. El buque americano era muy chico, y los náufragos muchos; pero la hu- manidad alzó su imperiosa voz , y Barnard no titubeó en recojer á los Ingleses. El primer impulso de estos desgra- ciados al verla jénerosidad del capi- tán americano , fué el de un vito agradecimiento; pero esta impresión fué poco á poco cediendo á una idea enteramente contraría. Los Estados Unidos de América se hallaban en guerra entonces con la Gran Breta- ña, y esta circunstancia les sujirió un pensamiento sumamente injurio- so para el honrado Bernard. Estelen habia prometido bajo su palabra de honor, dejarles en un puerto brr - sileño cuando regresara á su patria. Pero esta promesa no les tranquili- zaba ; imagináronse que el capitán tenia el odioso proyecto de traficar con su libertad y entregarles por una recompensa al gobierno de Ioü Estados-Unidos. Mientras tomaban incremento es- tas sospechas entre los Ingleses , Barnara se molestaba yendo el mis- mo en persona á New-Island para cazar aves y animales salvajes á fin de proveer suficientemente de víveres la embarcación. Un dia des- pués de haber andado errante mucho tiempo con cuatro mariaet'os regresaba cargado de ca^a , pensan*- do eit el gusto que iba á dar á la tri- jjulacion al presentarla las provisio- nes frescfis; ya estaba cerca de la playa é iba á embarcarse en la lan- rha , cuando echó de ver que habia I desaparecido el buque; Atribuyó la I causa á la niebla que se habia le- vantado durante su ausencia , pero por mas aue llamaba nadie respon- i día deciaióse entonces ; á h* reman- do hacia donde habia dejado ancla- do el baque, y llegado al sitio acabó de convencerse de que habia des- aparecido.Los ingleses hablan corta- do efectivamente el cable y tomado el rumbo de Rio Janeiro abando- nando sin piedad á su libertador y á cuatro marineros mas en aquellas reiiones inhospitalarias. El pasmo , la indignación y el do- lor se apoderaron del alma del ca- pitán, i Horrorosa ingratitud ! Con- denar á un largo suplicio á quien les habia acojido con tanta libera- lidad ! Un momento de reflexión hi- zo adivinar al capitat) la cansa del complot ejecutado con tanta cobar- día en ocasión en que habia encar- gado la custodia de su baque á la tripulación estranjera ; conoció ^ue el miedo de ser entregados al gobier- no de los Estados unidos les hizo cometer una acción tan baja y villa- na; y esta idea que los náufragos formaron de él , mas que su horro- rosa posición , hizo que se arrepin- tiera de haber cedido á un impulso de humanidad. ¿Cómo vivirían él y sus cuatro compañeros? Los Ingleses no habían dejado ni víveres ni vestidos , su desnudez era completa , pero la ne- cesidad es madre de la industria. Los huevos de los albatros y algunos mariscos que recocieron en la orilla del mar, les facilitó por unos dias alimento abundante. Luego eúseña- ron á un perro , que por casualidad llevaron consigo, á cazar los cerdos, cuya carne les fué de mucha utili- dad. Plantaron también algunas pa- tatas, que habian sacado del barco para almorzar el dia de la infausta cacería , y al año siguiente recmie- ron una cosecha suficiente para na- PATAGONiA. C Cuaderno .5.) cer provisión de invierno. La piel de las focas que mataron con lai pocas municiones que tenian les sirvió de vestidos. En fin , lograron construir una casita de piedra bastante sólida para resistir á la violencia de los hu- racanes, tan frecuentes en aquellos parajes. No hablaremos de su situa- ción moral , pues harto se puede co- nocer. £1 que padecía mas era Barnard. Los marineros habian olvidado todo respeto v subordinación hacia su amo desde que se vieron abandona- dos con él en aquellas rocas sólita "- rias. Lá autoridad de su jefe se li- mitaba á darles oons^os para sn. propio interés, pero aun así la enf contraron dura, y formaron una liga contra él. El capitán bajaba la cabeza y sufría las hamillacion()K que b hacian pasar sus subordina- dos , haciéndose cargo de que la pa- ciencia y la resignación eran suma- mente necesarias en sit triste y peli- grosa situación. Una noche en que bajo un frivolo pretesto se habian separado de él los cuatro marineros para cazar en otro paraje, no regresaron á la ca- bana á la hora acostumbrada. Vino la noche y Barnard los esperó en . valde. Al amanecer dirijióse con un siniestro presentimiento al sitio donde estaba amarrada la lancha ^ peix> esta habia desaparecido. Co- noció entonces que aquellos misera- bles se habian fugado dejándole abandonado á la suerte. El dolor ^ut esperimentó fué inesplicable, ¡ vién- dose solo, en medio de aquella in- mensa Tebaida, sin mas apoyo que sus fuerzas, ni mas consuelo quo los recuerdos y las oraciones J Los hombres groseros que habian parti- cipado de sus padecimientos le hi- cieron esperimentar cruelmente el peso de su despotismo brutal ; había- se indignado cruelmente contra los tiránicos procederes de aquellos bár- baros,y ahora que se hallaba á solas consigo mismo , ahora que ninguna voz respondía á la suya , echaba d^ menos su presencia. Es preferible, decía, vivir entre enemigos que ha- llarse solo. En efecto , la Soledad e^ un tormento que pocos hombre . pueden soportar, porque enerva, corroe y paraliza las fuerzas del al- ma , abate el jenio mas intrépido, es un veneno que destila gota á gota en las venas y mata infaliblemente. £1 capitán entró desanimado en su cabana. Sin embargo, al dia si- guiente volvió á sus tareas cotidia- nas como si estuviese con sus com- pañeros , trabajando sin interrup- ción para no entregarse á la deses- peración dominando así su espíritu con el uso escesivo de sus fuerzas físicas. Preparaba ya pieles de focas, iba á caza con su perro, único com- pañero que le habia quedado, ó juntaba provisiones para la época en que escasease la caza. Subia una ó dos veces al dia á una penosa altura situada en una montaña elevada, especie de observatorio natural cer- ca de su vivienda, y desde la cum- bre paseaba larso tiempo sus mira- das con ansiedad por la inmensidad del Océano , interrogando al hori- zonte y quedándose extático cuan- do veia un punto negro que tenia i a apariencia de un buque; pero luego bajaba de la montana sumamente* abatido y entregado á la meditación dolorosamente. Todas las impresio- nes crueles esperimentadas por el héroe de Daniel de Foe acomete- rían sin duda al capitán americano durante el largo período de su ais- lamiento ; tantas cuantas angustias atormentaron al habitante solitario déla isla de Juan Fernandez, otras tantas sintiera también Barnard. Léanse las escenas mas tiernas del escritor indés y se creerá leer la historia del prisiopero de las Malvi- nas. Ya habían trascurrido muchos meses desde la huida de los marine- ix>s , cuando un dia que Barnard se hallaba sentado á la puerta de su cabana , vio unos bultos parecidos á hombres que se dirijian hacia él. No se engañó , pues eran los cuatro fujitivos que, no habiendo podido pasar mas adelante de las islas veci- nas , é incapaces de poder adquirir la subsistencia , venian á implorar el perdón de su superior y vivir con él. Este dia fué de fiesta en New-Is- land; celebróse la llegada de Jos marineros y cada cual olvidó po.- un momento sus sombrías ideas y si? presente situación. i Pero ay ! la guerra volvió á en- cenderse ae nuevo entre Barnard y los cuatro subordinados. Uno de es- tos ideó la muerte del capitán , pero la animosidad de los demás no lle- gaba hasta este estremo; así es qu^^ descubrieron d proyecto de su ca- marada y le hicieron abortar denun- ciándole el delincuente al capitán, á auien Barnard tuvo la jenerosidad de enviar diariamente víveres. Este retiro forzoso, esta especie de reclu- sión en un paraje tan apropósito para reconcentrar serias ideas , in- fluyeron poderosamente en el ánimo del criminal. Al cabo de tres sema- nas juzgó el capitán que estaba sufí- cientemeate castigado y le permitió volver á sentarse con ellos al hogar. Desde entonces reinó entre los cin- co la mayor armonía , j^. el bien jeneral fué consiguiente a esta paz tardía. Entregáronse con nuevo ardor á la caza y la pesca de lobos marinos , cuyos despojos les eran tan precio- sos. Estendian frecuentemente sus escursiones hasta las islas vecinas , donde hallaban caza abundante , y cuando la jornada habia sido pro- ductiva, cuando unfa temperatura dulce y apacible habia favorecido la espedicion , regresaban mas con- tentos á su amada vivienda. Sin em- bargo , el capitán echaba de ver que el desaliento empezaba á apoderar- se de sus compañeros.. £1 mismo , á pesar de sus esfuerzos voluntarios y la filosofía que habia adquirido en el duro ensayo de su soledad , sen- tía disminuirse de día en -dia su fuerza moral. La nostaljia minaba sordamente la existencia de estos hombres , víctimas de la traición mas horrorosa. Quizás su estrella les destinaba á sucumbir bajo el pe- ^o de la cruel agonía que les devo- raba, cuando en 10 de diciembre de 1815 , una vela lejana les anun- ció el ñn de su cautiverio , y pocos momentos después estaban á bord o del buque libertador. Quiso la cacualidad que este mismo Barnard, vendido por unos Ingleses, debiese la libertad á otros de la misma na- ción, porque el bajel que los recibió á su bordo habia salido de un puer- to de la Gran Bretaña.

New-Island guardó en su seno du- rante dos años á estos desgraciados, que no podian envidiar á Robinson mas que un historiador tan hábil como Daniel de Foe.


OJEADA HISTÓRICA ACERCA DE LAS MALVINAS.


Apesar de la opinión de los anti- p;uos jeografos , estas islas no han tildo descubiertas por Americo Ves- pucio, porque la tierra que este vio en 1502 bajo el paralelo 52 no se refiere mas que á la posición de lj!s Malvinas. Éstas rejibnes pues no pueden ser otras mas que aque- llas de que en 1675 tuvo noticia An- tonio de la Roca, y que reconocidas porDuclosGuyoten 1756 fueron ape- llidadas G^or^vVzpor el capitán Cook. A quien debe atribuirse el primer descubrimiento es al célebre nave- gante John Davís, que ha dado su nombre al estrecho que separa el Labrador de la costa occidental de Groenlandia. Arrojado á aquellas arenas en un viaje al mar del Sur, rl capitán inglés bautizó al grupo de las Falkland con el nombre de Davis' Southern islands.

Dos años después el capitán Ri- cardo Hawkins reconoció ía parte septentrional 4e estas islas, á hs ([lie denominó entonces Maiden- /rtW (tierra de la Vírjen). En 24 de (íuero de 1600, descubrió Sebaldode Weerd en la parle occidental tivs rs- lotes, y les puso su nombre. Las Malvinas fueron reconocidas en 1615 por Schouten y Lemaire, y en 1701 por Beauchv»sne Gouin , cuyo nom- bre ha quedado á aquella isleta,que forma el límite austral del archipié- lago. Últimamente, en 1706 y 1714, los Españoles las denominaron Mal- vinas.

Puede decirse que hasta 1670 no se esptoraron estas islas. El primé- is) f|ue lo verificó fué John Strong, (juien llamó canal de Falkland Á paso que separa las dos islas princi- pales. El islote descubierto por Beau- chesne en el sur, fué visitado en 1708 por Wood Roger y Courtney, que nabian seguido toda la eosta oriental. Estos naregantes, lo mis- ma que Hawkings y otros esplorá- dores, creyeron que las Malvinas es- taban ciíbiertas de bosqiie^s espesos, y se engañaron ; porque no se en- cuentran en ellas sino campos de es- pesa y crecida verba. ,

En 1760 dirijió la Francia sus mi- ras hacia este archipiélago, pues los gastos de la guerra con Ingla- terra y las necesidades del comer- cio nacional obligaron á los minis- ti^os de Luis XV á buscar en el es- tremo de la América un punto sus- ceptible de establecer un buen fon- deadero y un establecimiento im- portante. Sus navios, destinados al gran Océano, tuvieron que arribar al Brasil ó rio de la Plata, donde ha- bían de encontrar mil obstáculos. La posición de las Malvinas que el almirante Anson habia señalado ya á solicitud del ministerio inglés, fi- jó la atención del gabinete de Ver- salles,el cual, en vista de los informes que tuvo, creyó que no podía dejar de prosperar cualquiera coltjnia en una de ms islas de este vasto archi- piélago. Encargó pues á Bougainvi- lie que fuese á establecer una colo- nia duradera en el sur de América.

El 3 de febrero de 1764 arribó es- te marino á la Soledad , y se apode- ró sin mas ni mas de esta isla en nombre de la Francia , construyen- do un fuerte y levantando un obe- tiscoenr su recinto, donde puso una- inscripción en que la con arrogancia se alribuia el descubrí mienta y con- quista de esta isla^

Apenas hubo ensayado Bougain- ville el plantear la colonización ins- talando las familias destinadas á re- sidir en la isla, cuando el comodoro Ryron echó el áncora en el norte de la Soledad, en el puerto de la Cruza- da,llamándole Puerto Egmont , y to- mando posesión de todo el archipié- lago en nombre de la Inglaterra. Pe- ro ninguna formalidad siguió á esta tentativa de establecimiento; solo en 1766 se vio al capitán Mac Bride empezar uua colonia Mue no debía tener mejor éxito que el que tuvo la francesa. No dejó de sorprender á la Espa- ña esta abierta violación de sus de- rechos. Colocadas en los dos estre- inos de la América meridional dos potencias marinas estranjeras y po- derosas, podian dar un golpe de mano a las posesiones trasatlánti- cas españolas. Rn vista de esto, el gabinete de Madrid reclamó enérji- ctf mente de la Francia las islas Mal- vinas, que no eran mas que una de- pendencia de la América del sur, y esta nación tuvo que ceder y entre- gar al gobernador de otras islas, D. Felipe Kuiz Puente, la isla y estable- cimiento de Puerto Luis en 1.** de ubrildel767. Dos aqos después de la evacuación (le los Franceses, saliendo un dia de la bahía de la Soledad un navio espa- fiol , encontró' por casualidad á un !)uque inglés que venia de Puerto Egmont. Eslraordinaria fué la sor- presa de ambas tripulaciones al sa- ber, en vista de sus pabellones, que estábanlas dos hacia tiempo habti- tando en un mismo paraje sin sa- berlo. No era aquella la ocasión oportuna de obrar , contentándose los Españoles con intimar á los In- gleses que abandonasen aquellas is- las. Ambas colonias dieron conoci- miento á sus gobiernos del hecho, peix) los Españoles fueron los pri- meros que recibiei*on una satisfac- ción. Sabedor del establecimiento británico D. Francisco Bucareli y Ursna , gobernador de Buenos-Ai- res , envió á Port Egmont cinco fra- gatas con mil quinientos hombres de desembarco. Prevenidos con tiempo los Ingleses reunieron tam- bién sus fuerzas y trataron de opo- nerse á Maradiaga, comandante de la escuadrilla española. El número era casi igual por ambas partes, y después de un combate encarnizado, quedó la victoria por los Españoles , quienes se apoderaron de la colonia inglesa en 10 de junio de 1770. Vivamente picada la Inglaterra, reclamó enérjicamenle cerca del go- bierno español, y al cabo de muchas contestaciones y conferencias diplo- máticas, se permitió al gobierno británico volver á tomar posesión de Port Egmont; pero apenas lo hubo hecho, cuando abandonaron aquel punto los Ingleses consuma admi- ración de sus vecinos. Los Españoles establecidos en es- tas islas no dieron á su colonización todo el desarrollo de que era suscep- tible; era pues evidente que solo las conservaban por miras puramente políticas. Por otra parte, el clima húmedo y cálido era insalubre; la agricultura no prosperaba, y los ár- boles trasplantados de la isla del Fuego , no se pudieron aclimatar. Así fué que abandonaron gustosísi- mos aquel suelo tan poco adecuado á su temperamento meridional. Pe- ro el gobierno español, que queria conservar á toda costa aquel puesto avanzado de sus posesiones colonia- les en América , conservó una corla guarnición en la estremidad occi- dental del archipiélago, y las naves españolas iban allá de cuando en cuando para saber qué jentes y pa- bellones se presentaban á visitar aquellas costas , hasta que á princi- pios de este siglo tuvo que abando- nai* la España aquel punto definiti- vamente. La importancia de las Malvinas como puesto de arribada y militar , no pedia ocultarse al gobierno repu- blicano de Buenos-Aires. En 1820,1a fragata Heroina^maínáaádí por el ca- pitán Jewilt, fondeó en la bahía francesa y tomó posesión de estas is- las en nombre de la república. To- do inducia á creer que el gobierno revolucionario de la Plata ioa á ocu- parse seriamente en colonizar las Malvinas ; pero las violentas convul- siones políticas de que era entonces teatro la América meridional, impi- dió llevar á cabo este proyecto : cre- íase jeneralmente que ya se habia abandonado del todo, cuando en 1829 se espidió un decreto en que, después de |iaberse abrogado la re- pública de Buenos-Aires todos los derechos de la corona de España so- bre las tierras de cerca del cabo de Hornos, contenia las siguientes dis- posiciones : Artículo 1.° Las islas Malvinas y las adyacentes al cabo de Hornos en el Océano atlántico , tendrán un gobernador militar y político, que sera inmediatamente nombrado por el gobierno de la república.

Art. 2.° Este gobernador residirá en la isla de la Soledad, donde se levantará una batería y se enarbolará el pabellón de la República.

Art. 3.º Dicho gobernador cuidará de la observancia y ejecución de las leyes de la república, así como de los reglamentos concernientes á la pesca de focas y ballenas en las costas.

Poco tiempo después se supo en Europa que Mr. Luis Vernet de Hamburgo, que acababa de esplorar las Malvinas, estaba nombrado gobernador de estas islas, y que había partido con su familia y cuaren- ta colonos ingleses y alemanes, para empezar el proyectado establecimiento en la bahía francesa.

No pasaremos adelante sin dejar de manifestar que las razones que se alegaban en el decreto de la república de Buenos Aires eran sumamente estrañas. Una colonia que se emancipa , no por eso hereda el territorio contiguo que perteneció á sus dueños , pues si esta doctrina tan singular se admitiese en el código de las naciones , hubieran podido reclamar por ejemplo los Estados Unidosde America á Terranova y el Canadá á título de herencia. En semejantes casos la fuerza constituye la autoridad , y por esta razón pasaron las Malvinas a manos de la república arjentina. Por lo demás, el gobierno de Buenos-Aires no tenia necesidad de apoyarse en tan frivolos argumentos y encubrir su usurpación con la capa de la lejitimidad, pues no necesitaba escusa para justificar un hecho que mucho tiempo hacia estaba autorizado por el uso entre los pueblos civilizados.

Creemos que no carecerá de interés el saber lo que fué en poco tiempo la colonia de la Soledad en manos de Mr. Vernet. El siguiente estracto de una carta escrit al capitán King, por un oficial amigo suyo , nos falícita curiosos pormeno : « El esta blecimiento , dece , forma un semicírculo al rededor de un terreno á donde se llega por un pasadizo estrecho que forma parte de la bahía. Los Españoles ten ian defendida esta entrada por dos fuertes (lueen la actualidacl están arruinaaos. El gobernador Vernet me reei- ^ bió con benevolencia ; es un suieto muy instruido y posee varios idio- mas. Su casa larga y baja , consta de un solo piso con paredes de piedra muy gruesa. Encontré en ella una buena librería , compuesta de obras españolas, alemanas é inglesas. Una alegre conversación amenizó la co- mida , á la cual asistieron Mr. Ver- net, su mujer, y algunos convidados; por la noche hubo música, canto y baile. Este concierto improvisado me pareció muy estraño en las islas Falkland donde solo creía encontrar marinos y pescadores. El estableci- miento de Mr. Vernet consiste en unos quince esclavos que él mismo ha comprado al gobierno arjentino, con la condición de enseñarles al- gún oficio útil , y darles libertad al cabo de algunos años de servidum- bre. Estos esclavos son deíedad de 15 á 20 años y parece que se tienen por (i ichosos. El número total de losha- bitantos de la isla no pasará decien- to, compi^ndidos veinte y cinco Gauchos y cinco Indios. Había dos familias holandesas, cuyas mujeres se ocupaban en ordeñar las vacas y hacer manteca; dos ó tres familias inglesas, y una alemana ; el resto^se componía de comerciantes españo- les y portugueses. Los Gauchos eran de Buenos-Aires, y su capataz un francés. »

Estos pormenores prueban que los colonos tenían motivos para confiar recoier el fruto de sussudDres. Des- graciadamente una catástmfe impre- vista cayó sobre ellos y aniquiló el fruto de sus trabajos. Mr. Vernet además del título de gobernador de las Malvinas, habia obtenido el privüejio esclusivo de la pesca en el archipiélago. Apenas se nalló revestido de sus funciones, mandó alejar las naves anglo ameri- canas, cuyas tripulaciones devasta- ban las bahías mas pobladas de am- íibios, y mataban indistintamente un todo tiempo el ganado errante en I :is llanuras. Habiendo visto en 1831 un buque de aquella nación , que estaba paescndo en las costas Malvi- nas á pesar de los avisos oficiales co- municados al cónsul de los Estados Unidos , se apoderó el gobernador de la embarcación , y este acto de re- presión le acarreó á él ya su desgra- ciada colonia , toda la cólera del ca- pitán americano , Silas Duncan , co- mandante de la corbeta Liexngton. Sin estar en lo mas mínimo autori- zado este marino por su gobierno, se dirijió á las Falkland , atacó re- pentinamente el nuevo estableci- miento , saqueó las propiedades de sus colonos y arrasó sus viviendas. Muchos de ellos fueron conducidos prisioneros á bordo de la corbeta , y con muy mal trato á Buenos-Ai- 1*68, donde los dejaron en manosdel í^obierno en 1832. Los Estados Uni- (ios aprobaron la conducta brutal del capitán Duncan , y reclamaron no tan solo las indemnizaciones por los perjuicios causados al comercio de la Union, sino también una re- paración por los supuestos daños <iue habian recibido personalmente los ciudadanos americanos. Mientras que estaban perdiendo el tiempo los Estados Unidos con la repitbli(5a de Buenos- Aires en inter- mmables discusiones ^ la Inglaterra, que no habia cesado de considerar- se como única soberana de las islas Falkland , y que ya antes habia pro- testado contra la instalación de la colonia republicana , dio orden al comandante de su estación naval en la América del Sur, para que man- dase un navio al archipiélago é hi- riese tremolar en aquellas islas la bandera británica, confirmando los derechos del dominio inglés y ha* ciendo desaparecer todo cuanto per* lenecia al sobiemo de Buenos- Ay res. I'.n 2 de febrero de 1832, fondeó la fragata Clio en la bahía de Berkeley , y la Tyne en Port Egmont. En am- bos puntos se enarlK>ló el pabellón inglés con salvas de artillería. La corta guarnición republicana rindió las armas sin ninguna resistencia , y partió para la Plata en un schoener armado que habia en la bahía. Desde entonces pertenecen las Malvinas á la Gran Bretaña, aunque esta potencia no se ha ocupado en sa- car los recursos que induaablemente ofrecen aquellas islas. En 1834 fué enviado á Puerto Luis un teniente déla marina real , con orden de re- sidir en él, sin que sepamos -lo que haya hecho después, porque aquí carecemos de documentos, tanto fi'anceses como ingleses , relativos á este asuuto. Seguramente no hemos dicho to- do lo concerniente á las Malvinas , porque la posición de estas islas al confín meridional del continente americano, en parajes muy precio- sos para el comercio , les promete un destino no menos fecunda en vi- cisitudes como ha sido el período de su existencia cuyo cuadro acabamos de bosquejar. Sin embargo , han perdido de su importancia romo puerto de arriba- das, estando de dia en dia mas aban- donado el paso al Océano-Pacifíco por el cabo de Hornos , para el es- Irecho de Magallanes. Los ballene- ros y otros barcos que se dedican á la pesca de las focas cerca de las tier- ras polares , son los únicos que van lioydiaá las Malvinas para refres- car sus víveres.


FIN.


INDICE


DE LA


PATAGONIA, TIERRA DEL FUEGO,
É ISLAS MALVINAS




Páj.
INTRODUCCION.
PATAGONIA.
Situacion jeográfica. — Configuracion jeneral y límites. 2
Golfos, cabos y montañas. id.
Volcanes. 3
Ríos. id.
Lagos. id.
Clima, aspecto. id.
Constitucion del terreno. 4
Viaje á la América meridional. id.
HISTORIA NATURAL.
Vejetales 6
Animales id.
El hombre. — Tribus indíjenas. 14
Poblacion de la Patagonia. 15
Patagones del norte. Su retrato. id.
Traje. 18
Carácter. 19
Usos y costumbres. id.
Patagones del sur. 24
Creencias relijiosas. Supersticiones. 26
Jenio nacional, lengua. 29
Gobierno. 30
Leyes. id.
Historia. 31
Descripcion de la poblacion del Cármen. 33
Continuacion de la historia de los establecimientos españoles en la Patagonia. 34
Estrecho de Magallanes. 38
Cabo de Hornos. 43
Aspecto de la Tierra del Fuego. 44
Aventura deBanks y de Solander. 45
Historia natural. 47
Habitantes. 49
Idioma. 52
ISLAS MALVIVAS.
Descripcion jeneral. 55
Producciones. — Vejetales. 56
Animales. 57
Isla de la Soledad. 60
Isla de Falkland propiamente dicha. 63
New Island ó Nueva Islandia. 64
Ojeada histórica sobre las Malvinas. 67
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  1. El nombre de «Patagon» fué dado á estos Indios en 1520 por Magallanes. Segun Olivier de Noort (en la Historia de las navegaciones á las tierras australes, por el presidente Brosses), los habitantes de la Tierra del Fuego, designan á los Patagones con el nombre de «Tiremenen». Los colonos españoles del Carmen les aplicaron la denominacion de «Tehhuelches; la misma sin duda de que usa Falkner, y esto hace creer que les ha sido dada por los Puelches. Los Okonos de Chile, según Frezier los llaman «Chaoua»; porque les ha oído pronanciar frecuentemente esta palabra paMr», Los Arancanoa los i^zao^' oüniU- vbesi) ú (chombrea de^ Sor». £1 .,' los Pata- cones mbfflOM toman dos nombres difereo- to», ol efe «TehneUíhe» por lus del norte , y m <l# «IiiakflA»por los natacatoa d«l sor.
  2. Véase Picafetta que ha escrito la relacion de este viaje.