Historia de la conquista de La Habana por los ingleses: Capítulo VIII

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Disgustada la guarnición con la ausencia de Velasco y re­pugnando el paisanaje ir a morir infructuosamente bajo las órdenes de otro jefe que el que por su heroísmo había llegado a excitar la admiración de los mismos contrarios, apenas si dio señales el Morro de estar defendido en todo aquel día y el siguiente. Viendo éstos la inacción de los españoles, aunque sin conocer la verdadera causa, empezaron a poner en uso los grandes preparativos que por algunos días los habían traído ocupados, para adelantar sus obras sobre el fuerte y apresurar su rendición (108).

Comenzaron, pues, el 17 el hornillo de una mina en direc­ción de una pequeña batería en el ángulo del caballero de la mar, aunque las gruesas raíces de un inmenso tronco que ha­llaron al paso les impidieron seguir adelante aquel día (109). El general Prado tuvo noticia de esta mina por un desertor irlandés, y mandó ingenieros a reconocer aquel punto: éstos opinaron que no era posible hacer una contramina, por ser el terreno de roca viva y faltar los instrumentos necesarios para aquella operación, y sólo se remedió el mal con una cor­tadura que los ingenieros consideraron suficiente para dismi­nuir los efectos de la explosión (110). El 18 por la noche habían logrado adelantar la mina dos terceras partes de la distancia, y situar un campamento a la orilla del bosque hacia el extremo del baluarte; y el 19 se apoderaron del camino cubierto delante de la punta del baluarte de la derecha y principiaron otra mina a lo largo de él hacia el frente derecho, donde formaron otro campamento.

Los mineros estaban ya el 20 debajo de la cortina del ore­jón de la mar, único punto por donde era posible seguir los trabajos de la mina al pie de la muralla, por ser el foso del frente que mira a la Cabaña de sesenta pies desde el principio de la contraescarpa, y de éstos más de cuarenta profundizaban en las rocas. Por fortuna de los mineros, había una punta saliente al extremo del baluarte, que servía para cerrar el foso y prevenir cualquier sorpresa por la parte del puerto; y por allí saltaron con alguna dificultad al pie de la muralla, cosa que no hubieran podido alcanzar por ninguna otra parte sino valiéndose de escaleras de cuerda, operación penosa y de mucho peligro. Era aquel pico tan angosto que no había posibilidad de defender el paso contra el fuego del flanco opuesto; pero se resolvieron aún a riesgo de la vida, y lograron salvarlo a costa de la de solo tres o cuatro. Los que trabajaban por la parte exterior del camino cubierto empezaron aquella tarde a cavar un pozo con el fin de poder desplomar la contraescarpa y cu­brir el foso en caso necesario, y continuaron minando a lo largo del glacis, apoderándose de un cañón que tenían los sitiados en el ángulo saliente: estos mineros y zapadores encontraron grandes dificultades a causa de las rocas con que tropezaban a cada paso, cuya remoción les costaba mucho tiempo y trabajo (111).

En el castillo se había animado un poco la guarnición con la vuelta de Montes el 19, ya graduado de teniente coronel y encargado del mando de la compañía de alternación, la cual se componía de tropas de todos los cuerpos que guarnecían el fuerte. Los enemigos, que habían logrado acercarse por el ba­luarte de Pina, tenían al abrigo de las peñas un destacamento de sobre cincuenta hombres haciéndoles un fuego continuo de fusil, y contra éste mantenía el castillo aquella compañía esco­gida en punto avanzado sobre la estacada. Las bombas y gra­nadas hacían sobre ella un estrago espantoso: este punto costaba a los sitiados porción de vidas, y la guarnición empezó a clamar por salir al campo donde pudiera batirse con ventaja. Sabido esto, determinó Prado dar un golpe de mano con tropas de la ciudad ayudadas de los fuertes, y probar de reducir a los ingleses a levantar el sitio (112). Aun sin esta motivo, era ya evidente que el Morro no podría sostenerse muchos días en el estado ruinoso en que se hallaba, si se le abandonaba a sus medios de defensa solamente, contra el aparato de baterías concluidas en la Cabaña y el progreso inevitable de las minas inglesas. Muchas veces había recomendado Velasco que se le ayudase por el campo con tropas de la ciudad (113), haciendo ver al Consejo que la defensa del castillo era imposible si no se destruían las obras con que el enemigo desmoronaba las murallas y baluartes. Al fin la nece­sidad movió a Prado a hacer ya tarde lo que la prudencia de aquel célebre capitán le aconsejaba desde los principios con esperanzas de más feliz resultado, y acordóse una sorpresa contra la Cabaña para desalojar a los enemigos de sus campamentos, inutilizarle sus cañones e incendiar sus baterías.

Cerca de las cuatro de la mañana del 22 desembarcaron por la batería de la Pastora sobre mil quinientos hombres formados en tres divisiones (114) al mando de don Juan Benito Lujan (115). La primera se adelantó desde un banco de arena que estaba detrás de la batería, y fué detenida por una avanzada de treinta hombres que al mando del capitán Stuart los entretuvo cerca de una hora sosteniendo un vivo fuego, hasta que llegaron cien zapadores en su auxilio y después el tercer batallón de ame­ricanos del Rey, y obligaron a los españoles a retirarse con gran precipitación, haciendo en ellos una horrible matanza: algunos pudieron llegar a los botes para volverse a La Habana, pero muchos se arrojaron al mar y más de ciento cincuenta se ahogaron; además, el baluarte oeste de la Punta, las líneas y flancos de la entrada y los buques del puerto hacían al mismo tiempo un fuego vivísimo sobre aquel punto sin que los con­tuviera el ver que sacrificaban a sus mismos compañeros, con tal de destruir a los ingleses vencedores del campo. La segunda división se apresuró a salir por el ángulo saliente del Morro para atacar sobre el glacis a los zapadores y al destacamento emboscado que los defendía; pero fueron rechazados en poco tiempo. La tercera llegó tarde al antiguo reducto que destru­yeron los españoles antes de abandonar la Cabaña a los prin­cipios de la invasión, y encontrando a los enemigos preparados a recibirlos, se retiró por donde mismo había venido sin dis­parar una bala. La guarnición de la plaza permaneció en con­tinuo movimiento durante el ataque, y algunos se embarcaron en botes para ayudar a sus compañeros; pero conocieron que todo esfuerzo era inútil y que sólo corrían a su propia per­dición, y desistieron de acercarse a la Cabaña. La pérdida de los españoles fué de cuatrocientos hombres entre muertos y ahogados, además de un gran número de heridos: los ingleses tuvieron noventa entre muertos y heridos (116).

A haber logrado los españoles el objeto que se habían pro­puesto, no cabe duda de que los enemigos hubieran levantado el sitio inmediatamente y reembarcándose en la escuadra para la Martinica o sus colonias del Norte de América. El daño cau­sado por el primer incendio de las baterías y los trabajos su­fridos en su reciente reedificación tenían al ejército y armada aniquilados de fatiga; las enfermedades y escasez de recursos los diezmaban en los hospitales; nada se sabía de la división que se esperaba de Nueva York con refuerzos. Si la fortuna se hubiera mostrado propicia a los españoles en este último arrojo de valor, muy pocos oficiales se hubieran atrevido a pro­poner la construcción de nuevas fortificaciones y ninguno de ellos alimentado las esperanzas de un éxito feliz en los grandes sucesos que tuvieron lugar más adelante para honor y repu­tación de aquel ejército y gloria inmarcesible de las armas bri­tánicas (117).

Pero los medios de ejecución estuvieron muy distantes de corresponder a la idea que inspiró al Consejo. La mala estrella que guiaba al general Prado en este desventurado sitio lo llevó esta vez a cometer errores de gran magnitud. En lugar de escoger tropas de línea aguerridas, acostumbradas a la disci­plina y evoluciones militares, para que pudieran con buen éxito llevar a cabo el ataque de unas baterías situadas en posiciones ventajosas y defendidas por un ejército que acababa de efectuar la conquista de las Antillas Francesas, mandó Prado que salie­sen al campo mil milicianos recién llegados los más del interior (118) y sobre quinientos pardos y morenos de La Habana (119), deseosos todos de pelear y muy ajenos de sospecharse que los habían de enviar a morir miserablemente en pago del noble espíritu que los animaba de ser útiles a su país y defenderlo contra la invasión extranjera: aunque no había temores de que el enemigo pudiese intentar ningún ataque sobre la ciudad, la desidia criminal del Gobernador llegó hasta no agregar a aquella fuerza ninguna tropa de la guarnición; y para colmo de desacier­tos dióle en el señor Lujan un jefe incapaz de mandarla, pues su turbación y falta de disposiciones comprometieron desde sus principios el resultado de una empresa tan bien meditada (120). Así que en la tregua que se acordó para enterrar los cadáveres, celebrando los soldados ingleses la intrepidez con que los tierradentros habían avanzado por la cuesta de la Gran Batería, decían que los españoles eran valientes pero no tenían jefes que supiesen mandarlos (121). No fueron éstos los únicos que probaron su valor en el campo del este: distinguiéronse también durante el sitio algunos ve­cinos y naturales de Guanabacoa. Además del alcalde mayor provincial don José Antonio Gómez, a quien el señor Pezuela llama "el valiente partidario" y dice que fué uno de los jefes de milicias (122), y del teniente don Diego Ruiz, que según Valdés, "perdió la vida en el empeño de atacar una partida venta­josa a la suya” (123), merece una mención especial el guerri­llero Pepe Antonio, cuya memoria conservan aun los habitantes de aquella villa (*). Este animoso criollo llegó a adquirir una gran reputación en el ejército español y a hacerse temible entre los mismos ingleses. Como buen conocedor de los intrincados montes y espesos bosques de Guanabacoa, acosaba por todas partes las avanzadas enemigas y los piquetes que salían del campamento o bajaban de la escuadra para proveer al ejército de víveres y municiones, logrando frecuentemente batirlos, dis­persarlos y hacerles gran número de prisioneros. Sus hechos de arrojo y valor llegaron a hacerlo tan popular que logró con sus propios esfuerzos reunir una partida de trescientos hombres, compuesta de los guajiros más valientes de aquellas campiñas, los cuales armó y equipó con los despojos cogidos al enemigo.

(*) Suponemos que el alejamiento de la Patria, en que vivía Guiteras, al impedirle la acuciosa investigación en fuentes locales, fué la causa del error —lunar único en esta valiosa obra— de considerar como dos personajes distintos a José Antonio Gómez, el alcalde mayor de Guanabacoa, cubano de nacimiento, y al “guerrillero Pepe Antonio”, que no son sino una sola y brillantísima personalidad, según ha sido reconocido ampliamente por los historiógrafos posteriores a Guiteras. Precisamente esta Oficina publica ahora la segunda edición do la biografía de este héroe criollo de la defensa de La Habana. [Nota de la Oficina del Historiador de la ciudad de La Habana]. Si en lugar de contener en su gloriosa carrera a este bravo gue­rrillero, se le hubiera dispensado la protección y consideraciones a que se había hecho acreedor, probablemente hubiera engro­sado su ya numerosa partida y causado inmenso daño a las tropas inglesas; pero el coronel Caro, que tan mal había pro­bado por aquellos montes cuando con fuerzas superiores tuvo el encargo de embarazar el desembarco del conde de Albemarle, ahora cometió la grave falta de llamar a Pepe Antonio a Jesús del Monte, quitarle lo mejor de su gente, tratarlo con una aspe­reza poco digna de sus méritos y afearle acciones que todos aplaudían con entusiasmo. Esta injusta y cruel conducta de Caro hizo tanto efecto en el ánimo de aquel buen patriota, que viéndose humillado y sin medios de ser útil a su país, murió de pesadumbre a los cinco días de habérsele quitado el mando de una fuerza creada, armada y organizada sin auxilio alguno extraño y con sólo su valor e intrepidez (124).



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