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Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia/Prólogo

Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia
Prólogo de Nicolás Salmerón.

 
PRÓLOGO.


La contrariedad que hace un año vino á perturbar á algunos devotos de la libertad de la Ciencia en su pacifica mision de la enseñanza, y la saña inverosímil con que plugo al Poder honrar la primera protesta presentada en la Universidad de Madrid contra las ilegales restricciones impuestas al Profesorado, dieron feliz ocasion á distinciones sociales y á nobles amistades con que el Catedrático de Filosofia del Derecho, señor Giner de los Rios, vió compensadas las oficiales ofensas, enaltecida su conducta y hasta atendida con religioso celo su salud, que el Gobierno no supo ó no quiso respetar. Una de aquellas honorables personas, que así prestaban á la dignidad científica el homenaje debido entre las gentes cultas, es el traductor de este libro. Quien ha sabido unir su nombre con solos esfuerzos y sacrificios personales á los novísimos adelantos de la Astronomía, siendo, por nuestra desgracia, más conocido fuera que dentro de España, no es maravilla que supiera honrar al que por honrar la Ciencia padecia. A su pesar queremos hacer público este testimonio de gratitud: ya que a este origen de nuestra amistad se anuda la obligacion de escribir el presente prólogo.

Por grave compromiso, de empeño superior al esfuerzo de unos breves momentos que de otras tareas apenas puedo en esta sazon distraer, tuve siempre la empresa de formular un juicio sobre el interesante libro en que el profesor Draper ha expuesto con vasta erudicion, severa crítica y esmerado arte los Conflictos entre la Ciencia y la Religion. Por el antiguo y nuevo mundo divulgado; traducido á casi todas las lenguas cultas; examinado y discutido bajo diversos criterios en multitud de Revistas; con la autoridad de un nombre ya ilustre en las Ciencias naturales y en la Historia; y habiendo alcanzado, en suma, el privilegio de las obras universales, infunde ese religioso respeto que, si la crítica vulgar profana aplaudiendo ó censurando segun las imposiciones del espíritu y áun del interes de secta ó de partido, manda á todo hombre desapasionado y severo juzgar, no ya sine ira et studio, que esto en lo pequeño como en lo grande importa á la salud del juicio; mas con cabal conocimiento del asunto, cuya concepcion y ejecucion seria sin esto imposible estimar rectamente. La general aceptacion que en contados meses ha alcanzado entre los amigos de la libertad del pensamiento, y la profunda ingrata impresion que ha producido entre los interesados en mantener las imposiciones dogmáticas, debidas en parte son, sin duda, al carácter y tono de propaganda y polémica que acentúa las brillantes y animadas páginas de este libro; mas injusto sería estimarlo como una de esas obras que en el fragor del combate se engendran, destinadas a caer en olvido cuando la lucha termine y el ardimiento de las pasiones ceda á la tranquila soberania de la Razon. Si no reclama meditacion profunda; si más que discusion fundamental de principios forma su trama la exposicion de hechos, con que más excita la fantasía y mueve el ánimo que despierta y sostiene la reflexion, no deja por eso de suministrar cumplida y elocuente prueba, cuanto en la Historia cabe, de que la intolerancia de las religiones positivas ha retenido el progreso y contrariado la difusion de la Verdad en el mundo, pretendiendo imponer transitorias y fantásticas representaciones de la Realidad y de la Vida como criterio definitivo y sobrenatural de las investigaciones científicas.

Nunca como hoy, por la incuestionable superioridad de los tiempos en que la madurez de la civilizacion humana ha sustituido la fe en lo imposible y absurdo por la conviccion en lo real y racional; en que el misterio y el milagro han desaparecido ante el claro conocimiento de la universalidad y permanencia de las leyes; en que mitos y símbolos han sido penetrados por la crítica y revelado el proceso de su formacion en el Espíritu; en que la historia comparada de las religiones positivas ha hecho reconocer el valor de sus pretendidas revelaciones, haciéndolas descender, ó mejor elevándolas, de imposiciones ideales y dogmáticas á expresion temporal del concepto, formado por individuos y seguido por los pueblos, del organismo de la Realidad y del destino del Hombre en el Mundo; y en que patente por fin la inferioridad del dogma á las concepciones científicas aparece con su infinita majestad el sol de la Razon, disipando la penumbra de la fe: nunca como hoy, decimos, ha sido planteado en su cabal trascendencia —ántes lo fuera sólo en relaciones particulares y con vago presentimiento— el problema de las relaciones entre la Religion y la Ciencia.

Innumerables y de varios géneros y tendencias son los trabajos con que desde el periódico hasta el libro viene dilucidándose esta capitalísima cuestion, que en los últimos dias hasta ha revestido un gravísimo carácter político en casi todos los pueblos europeos, merced á las pretensiones de imperio temporal en que la Iglesia católica quiere encarnar la direccion y gobierno de las almas. Hasta en las naciones protestantes se cree mal seguro el Estado con las declaraciones y decretos de la córte pontificia y del Concilio Vaticano sobre el poder civil. La rebelde actitud del clero y la supersticion de los fieles han provocado en Alemania medidas que, si han pasado de los límites de la defensa, apénas si han correspondido á las condiciones del adversario. Inglaterra misma ha sido apercibida por sus más eminentes repúblicos del peligro que envuelven para la lealtad civil los recientes dogmas católicos. Y las naciones latinas sufren ó expian las consecuencias del ominoso yugo. Prescindiendo por el momento de esta relacion que ya sabrá resolver la espada, si no la justicia del Estado; y fijándonos en la lucha entre la ortodoxia y la Ciencia, merece notarse el significativo cambio en pocos años ocurrido. Con un poco de piadosa flexibilidad en la interpretacion de los textos de la Biblia y un poco de atenuacion ó de tortura en los descubrimientos de la Ciencia —á que se prestáran hombres como Cuvier— habia corrido autorizada una conciliacion, que ha acabado por reconocerse imposible. Y apartándose cada vez más se encierra la ortodoxia en el anatema; y la Ciencia niega á la Religion sus títulos de perpétua dominacion en el espíritu del hombre. La contradiccion presente es profundísima; y al repasar la historia humana con el sentido, y áun la preocupacion de la crisis en cuya solucion estamos empeñados, aparecen los seculares conflictos con sangre y fuego sellados entre la fé positiva y la Razon. Tocó siempre á aquélla la mision de verdugo; la de mártir á ésta. Cada cual en sus obras daba testimonio de su virtud y origen. Para vivir necesitaba y áun necesita la una oprimir y exterminar; la otra vence sin imposicion hasta la muerte. Inspirado en este espectáculo tan sublime como trágico, en que perece el hombre, pero la Verdad prevalece y triunfa, ha escrito el profesor Draper páginas dignas del asunto.

Pero un vacío y una honda pena deja la contemplacion de ese espectáculo tan viva y bellamente representado en el presente libro. ¿Son esa contradiccion y esos cruentos conflictos de la esencia misma de la Religion y la Ciencia? ¿Es servido aquélla, como en su concepcion de Satan pretende que éste sirve para exaltar la grandeza de Dios y la excelsitud de la ciudad celeste, sólo para hacer más preciados los progresos de la Ciencia? ¿No ha reportado la Religion, áun en el límite de sus manifestaciones históricas, beneficios á la Humanidad, ni contribuido positivamente á la obra de la civilizacion? ¿Habrá de desaparecer al fin la Religion de la conciencia de los hombres y de los pueblos para que éstos en paz alcancen la plenitud de su cultura?

Cuestiones son éstas, que trascienden de un mero estudio histórico: que piden ser planteadas y resueltas bajo principios filosóficos en razon de los conceptos de la Religion y de la Ciencia; y que en su aplicacion á las evoluciones progresivas de la vida humana revisten un carácter complejo filosófico-histórico, donde la eternidad del concepto se muestre en el proceso legítimo de su temporal determinacion efectiva. No pretende el ilustre profesor norte-americano dar este alcance á su trabajo, que desde luego reduce á los límites de una exposicion histórica; y áun dentro de ellos se circunscribe todavía á estudiar el antagonismo y la lucha entre los progresos de la Ciencia y las confesiones cristiana y musulmana. Sin duda son éstas y las civilizaciones que á ellas se anudan la obra más importante de la segunda edad de la Humanidad en la Tierrra, dentro de cuyo período vivimos aún, si bien preparándonos para una superior evolucion en que franqueando aquellos límites y rompiendo su estrechos moldes, se eleve la Conciencia á un estado más conforme con su naturaleza racional, una concepcion más comprensiva y verdadera del organismo del Mundo, y á la absoluta Idea del Sér como Principio de la Realidad y de la Vida.

Pero ni aquellas etapas de la conciencia religiosa y científica son las únicas que merezcan ser conocidas, y basten á fijar las relaciones entre esas dos fuerzas capitales del Espíritu; ni el proceso mismo de la formacion y desarrollo con que aparecen puede ser justa y suficientemente comprendido y apreciado sin el claro fundamental concepto de estos términos y esferas de la vida racional, y sin el conocimiento de los estados precedentes en cuya continuidad y relativa dependencia histórica se produjeran la fe de Cristo y de Mahoma. ¿Cómo saber, por ejemplo, el propio valor de la angelología cristiana sin conocer sus precedentes en las representaciones religiosas arianas? ¿Cómo entender y estimar rectamente la concepcion del Dios extramundano y antropomórfico que por tan grandes evoluciones ha pasado, hasta fijarse en el monoteismo semítico y en la Trinidad cristiana? ¿Cómo formar cabal ideal del Cristo, ignorando las encarnaciones y apoteósis de las religiones arianas y la doctrina del Verbo en la filosofía helénica? ¿Cómo penetrar en el origen y valor de los intermediarios y patronos que pueblan los altares, sin conocer el carácter gentil de las divinidades paganas? Y todo esto, ¿cómo viene á ser representacion y concrecion de la esencia de la Religion misma que tiene su fuente universal y eterna en la Conciencia del hombre?

Léjos estamos de pensar que la Religion constituya un estado transitorio de la Razon humana, como Hegel y Vacherot y Strauss y tantos otros, en nuestros dias sobre todo, afirman. Léjos tambien de creer que la esencia de la Religion se agote en una manifestacion histórica, como Renan y Vera pretenden que se ha agotado en la cristiana. El grave y trascendental error de confundir ó identificar la Religion con sus revelaciones positivas, comparable al de reducir el valor y alcance de la Ciencia al determinado en el sistema concebido por un hombre, llevaria ciertamente á tener por esencial y definitiva la contradiccion entre la Religion y la Ciencia, y á desear la legítima desaparicion de aquélla como prenda de paz y amor universal entre los hombres y condicion irremisible para el progreso y difusion de la Verdad en el mundo. Si así fuera, ¿quién, libre de preocupacion, podria resistir, ni qué pudiera oponerse racionalmente á la conclusion de Strauss en su última ingenua y profunda confesion sobre la antigua y la nueva fe, cuando afirma que la Religion es incompatible con la nueva superior concepcion del Mundo y de la Vida universal que la Ciencia ha revelado? ¿Cómo, sin abdicar de su dignidad racional y caer en moral abyeccion, sobrepondria el Hombre los puros presentimientos y creencias religiosas á las verdades científicamente demostradas? Sobre el absurdo de negar el perfeccionamiento y el progreso en la Religion se haria inmutable el límite de las revelaciones positivas, cuando hasta la revelacion misma y lo sobrenatural son mera forma histórica y transitoria condicion de las representaciones fantásticas en que encarnan los hombres las relaciones que trascienden al Principio de la Realidad por no saber mantenerse en la pureza é integridad de su concepto: cosa que, dicho sea de paso, ya reconocen y declaran los órganos más puros y elevados del llamado protestantismo liberal, como Parker y Vögelin, Scholten y Reville, y entre nosotros, espiritus tan religiosos como Castro y Tapia.

La índole y hasta las dimensiones naturales de un prólogo no consienten que nos detengamos á dilucidar las cuestiones arriba enunciadas; ni ante la gravedad del asunto podria satisfacer una mera solucion anticipada y dogmática que nunca tendria otro valor que el de una opinion subjetiva, desprovista hasta de autoridad personal, que no pretenderiamos ostentar tampoco, aunque la mereciéramos, ante el público. Pero séanos lícito consignar al ménos: que, si las religiones positivas no han tenido, ni pueden tener otro carácter ni origen que el de un estado temporal de la Conciencia humana en el individuo o en los pueblos que aspiran á consagrar en la vida la union de los seres del Mundo bajo el Principio absoluto de la Realidad, es infundada y hasta irracional la afirmacion de que afecten á la esencia misma de la Religion y la Ciencia la contradiccion y los conflictos que nacen sólo de los límites y representacion histórica en que ha estado por determinado tiempo el espíritu del hombre. Aun dado que una confesion religiosa se estimara como revelacion directa de Dios —lo cual está contradicho en cada caso por la Historia y hasta por el exclusivismo que cada supuesta revelacion pretende— habria de ser necesariamente limitada como determinacion efectiva, como hecho, pues que en ningun hecho puede agotarse la esencia de ningun sér; y como dato que, con ser gracioso, indefectiblemente se apropia segun la condicion y el estado del que lo recibe. Hasta los mismos católicos, que en punto á erigir en santidad nunca han sido muy exigentes de ciencia ni virtud, ¿cómo podrian identificar nunca la elevacion y pureza con que reciban la palabra divina el más inculto ó negligente de los fieles y el Padre comun de todos que á una cuasi consustancial infalibilidad con Dios han elevado? Y es que en la esfera religiosa, como en todas las demas de la vida, los límites de la individualidad son sagrados é infranqueables. Por eso tambien la libertad es tan de esencia en la Religion; aunque todas las religiones positivas hasta hoy la condenan y persiguen con piadoso celo y santa intolerancia.

A su vez la Ciencia, cuyo propio objeto es la Verdad, cuya obra, por tanto, consiste en saber las cosas como ellas son realmente, debe distinguirse del parcial y relativo saber que los hombres alcanzan en un tiempo dado. Los conceptos se forman y reforman, se estrechan o extienden, se sintetizan y elevan; mas la Verdad es siempre la misma, universal y eterna. Por su interior homogeneidad, una verdad que sólo en parte ó en determinada relacion, siempre en límite, sea concebida por el hombre, conserva su cualidad inalterable en medio de la limitacion del conocimiento; y en el proceso de la vida se enlaza libremente con otras y otras relativas y particulares con que vamos penetrando en el reino universal de la Verdad. Y como no se impone su parcial descubrimiento, cuanto ménos las limitaciones que la contradigan ó deformen, con la pretension de un dogma infalible; ántes bien reclama y promueve á cada hora nueva investigacion y prueba, progresa y se extiende en paz y sin violencia; derriba sin estrépito los ídolos; rompe las estrechas envolturas al brotar de vigorosos fecundos conceptos, y corrige con amor los viejos errores. La Ciencia vive así de evolucion libre y progresiva: sus manifestaciones históricas no son cerradas, ni exclusivas, ni impuestas; en ella no cabe el gentilismo; la escuela no alcanza á anular la libertad del concepto. —Mas la Religion, por cuanto consiste en la union de los seres en la vida, se produce haciendo estado en una total concepcion del Mundo, fijándola en una representacion ideal y congregando bajo esta enseña sus fieles. De aquí el gentilismo de que no se ha purgado hasta ahora ninguna confesion positiva, y de ley es que á su proselitismo acompañe el exclusivismo más estrecho, como sagrado, llegando, segun los periodos de todo proceso biológico, á predominar éste sobre aquél cuando la hora de la muerte se aproxima. Nuevo ideal, nueva fórmula religiosa aparecen cuando otra nueva superior concepcion de Realidad y de la Vida haya penetrado y arraigádose en la Conciencia del hombre. Así, de cada capital progreso de la Ciencia debe resultar y resulta una más amplia y universal y pura comunion religiosa, hasta que desgentilizándose si se permite la expresion, quede y se afirme la Religion natural, con límites franqueables y libres, mas sin limitaciones impuestas ni dogmáticas que la contradigan, perviertan ó deformen. De esta suerte se concibe y explica que, en medio de contradicciones históricas y de colisiones impías, sean esencialmente y deban ser en la madurez de los tiempos de armonía y concordia las relaciones entre la Religion y la Ciencia.

Por más que sus conflictos todavia nos preocupen al presente, y violenta enemiga separe á los sectarios del dogma y á los libres investigadores de la Verdad, imposible es desconocer, cuando en razon se piensa y con sana crítica se estudia la Historia, no ya la unidad de principio y comunidad de origen en que se fundan y de que proceden aquellas esenciales relaciones de la Conciencia, más la compenetracion histórica que en la produccion de ambas obras existe. Y algunas, si áun raras, autorizadas voces de los contrarios campos anuncian el concierto que presienten, y preparan la armonia que contemplan en el divino consorcio de la Realidad y la Razon, á cuyo supremo fin en definitiva sirven, aun sin saberlo y sin quererlo, los mismos que extreman de un lado la estrechez é irracional supernaturalismo del dogma, y de otro la negacion de todo principio trascendental en la existencia de los seres y en la formacion de su concepto: los unos precipitan la ruina de las impuestas representaciones dogmáticas; los otros elevan la observacion al reconocimiento de las leyes que rigen el infinito organismo del Mundo. Atestiguan en lo general nuestro aserto las graduales evoluciones del llamado protestantismo liberal, y la trasformacion que en el Positivismo contemporáneo prepara el Monismo tan preclaramente representado por Haeckel y Wundt.

Y para no multiplicar citas ni ejemplos, bastará notar dos manifestaciones singulares de altisima importancia.

Despues de la aparicion de este libro, otro profesor, norte-americano tambien, Mr. Charles W. Schield, ha publicado una obra (Religion and Sciencie) encaminada á probar la armonia ente la Religion y la Ciencia, y donde, trazando un rápido bosquejo de sus conflictos, muestra cómo han ido tratando los teólogos de conciliar con Ciencia sus dogmas. Ofrece en esto un aspecto histórico de la cuestion, que con indisputable verdad completa el presentado por Draper. En los tiempos de formacion é interna vitalidad del Cristianismo aparece evidente la decisiva influencia de las doctrinas científicas. Despues y á medida que va completando su definicion dogmática, niega y condena las libres especulaciones que por el progreso de la Razon viena contradiciéndola. Más fiel á su confesion y particular fin y título de la enseñanza que profesa (Armonía de la Ciencia y de la Religion revelada), que consecuente con la misma verdad histórica que en la elaboracion del dogma reconoce y sustenta, pretende Mr. Schield que la solucion de paz á la crisis presente debe esperar de una filosofía futura, que por cierto no logra determinar; como si hubiera de amoldarse la Ciencia á las conclusiones impuestas por una fe positiva, que á un inferior estado de cultura corresponde.

¡Qué distinto es el sentido del ilustre Tyndall, cuando en su primer prefacio al célebre discurso pronunciado en Belfast, contesta á las violentas censuras de la estrecha ortodoxia! «No es, dice, en las horas de claridad y vigor cuando la doctrina del ateismo se recomienda á mi espíritu; desde que vuelve el pensamiento más fuerte y más sano esa doctrina se disipa y desvanece siempre, porque no ofrece ninguna solucion al misterio que nos envuelve y del que nosotros mismos formamos parte.»

Allí es la religion positiva que, desesperando de su propia vitalidad, se aparta de la Ciencia, cuya luz teme al sentir la relajacion y flaqueza de sus misteriosos símbolos; aquí es la Ciencia que, segura de su virtud, y reconociendo sus propios limites é históricas limitaciones, aspira confiada al principio eterno de la Religion misma en la Conciencia racional del hombre. Y es que las imposiciones dogmáticas mutilan y endurecen el Espíritu: los ideales religiosos en cuanto se concretan en fórmulas y ritos, y se determinan como productos de la actividad de la fantasía, y se encarnan en instituciones seculares, pierden luego su interna vitalidad orgánica: y de productos orgánicos, como en el mundo de la Naturaleza acontece, degeneran en materiales inorgánicos, estadizos, petrificados, empedernidos, que sólo entrando en la circulacion universal y al calor de una nueva idea se vivifican y trasforman como elementos de más altas y comprensivas concepciones, que á su vez se determinan en creaciones más puras, libres y bellas. Tal es el proceso á que las religiones positivas, como todas las obras de la vida racional, obedecen.

De todas estas cuestiones que afectan al fondo mismo de las relaciones entre la Religion y Ciencia prescinde el libro del sabio profesor Draper; mas injusto sería censurarlo por ello, y por ello desestimar su obra. No proponiéndose dilucidar el problema filosófico; limitando su trabajo á una exposicion histórica, circunscrita todavía por el tiempo y el objeto, y hasta por condiciones editoriales, era imposible que tratára íntegramente el asunto que á toda la Historia humana afecta y á la Filosofia trasciende, ni que dejara por consiguiente de ofrecer vacíos que son en rigor exteriores á los límites de la obra. Mérito singular de ésta es que su lectura despierte y promueva reflexiones más profundas, y abra al pensamiento más dilatados horizontes que los que aparecen materialmente consignados por el autor. Si hemos querido bosquejar algunos términos que no aparecen definidos ni expuestos en las interesantes páginas con que ese ilustre hijo del nuevo mundo de la libertad aspira á sellar los negros fastos del viejo mundo de la intolerancia, no ha sido en verdad porque las hallemos deficientes, dados el fin y propósito á que responden; mas por indicar á los lectores de nuestro pueblo la altísima y universal trascendencia del problema, una de cuyas fases sólo, y aun esto parcialmente, se le ofrecen por un espíritu noble y generoso en la presente traduccion.

Excusado es ahora, y hasta perjudicial seria, pues habriamos de retardar la grata é instructiva ocupacion con que brinda el libro, que nos detuviéramos á exponer y juzgar su rico y bello contenido. Baste, para animar en el fecundo empeño de prestarle asidua atencion, decir: que todas las cuestiones que interesan á la vida espiritual del individuo y de los pueblos, desde la unidad de Dios y la naturaleza y destino del alma hasta el gobierno del Mundo y la independencia y libertad de las naciones, se hallan expuestas con tal conocimiento de los sucesivos progresos en su racional solucion cumplidos y de las trabas, anatemas y persecuciones opuestas por la intolerancia religiosa desde la formacion del Cristianismo hasta hoy, que difícilmente podria ensayarse otra tan acabada, viva y elocuente representacion del grandioso drama en que los seculares conflictos entre la fe positiva y la Razon se vienen desenvolviendo.

No queremos prescindir, sin embargo, de aducir alguna breve consideracion sobre ciertas cuestiones en que más resaltan el sentido que ha inspirado la obra y el criterio á que el autor obedece. Un sentimiento de justicia nos mueve y hasta obliga á ello; que si admiracion y sincero elogio le tributamos, no debemos ocultar lo que nos parece deficiente ó sujeto á cierta estrechez de espíritu en la concepcion de la Ciencia.

Aun sin contar la extension y elevacion de cultura que en el remoto Oriente alcanzaron sobre todo las razas arias, y que en la Religion como en el Arte y la Filosofía y hasta en el saber positivo de la observacion natural constituyen un periodo brillante y aun solemne por la majestuosa fecundidad de la fantasía y la profundidad de las ideas, parécenos de todo punto injustificable referir el origen de la Ciencia á la fundacion del Museo de Alejandría; como si pudieran relegarse al ínfimo papel de frustráneos ensayos ó fantásticas irreflexivas concepciones las profundas y sistemáticas doctrinas que con tan regular y legítimo proceso fué produciendo y desarrollando el maravilloso espíritu del pueblo griego. Podria quedar inapercibido el movimiento ante-socrático por la falta de monumentos escritos, que no alcanza á suplir la tradicion y por la deficiencia y manquedad de las observaciones y teorias, siendo en rigor injusto menospreciar el naturalismo dinámico de la escuela jónica, y el idealismo matemático de la escuela itálica, y el panteismo dialéctico y el atomismo mecánico de las escuelas metafísica y física de Elea, y el espiritualismo de Anaxágoras y el racionalismo que pudiéramos llamar evolutivo ó trasformista de Heráclito, con que se preparaba una concepcion unitaria del Mundo, y se destruia el antropomorfismo mitológico, y se abria el camino de la observacion y la induccion científicas, y se despertaba la Razon al conocimiento reflexivo de los principios y leyes de la Realidad, y se hacia posible la aparicion de los genios superiores de Platon y Aristóteles, y hasta se formulaban doctrinas á que la Ciencia vuelve con reconocimiento profundo en nuestro tiempo. Tratando de estudiar la cultura intelectual de Europa, que en relacion con el Cristianismo se desenvuelve, es, en nuestra opinion, injustificable prescindir de estos precedentes y fijarse sólo en el momento en que se produce el sincretismo greco-oriental, imposible por otra parte de conocer y apreciar rectamente sin el más preciado y decisivo elemento que su composicion entraña. ¡Cuánto más lo será el desconocimiento ú olvido de la trascendental influencia y hasta del secular imperio que en el mundo intelectual han ejercido y ejercen todavia las dos capitales direcciones socráticas! El idealismo cristiano es, sin la dialéctica de Platon, inconcebible. El evangelio metafísico que fija la doctrina del Verbo, ¿qué otra cosa es que una concepcion platónica? Los dogmas que en los primeros siglos se elaboran y que tan lógico proceso siguen desde la Trinidad á la gracia, ¿cómo podrian entenderse ni explicarse, sin la fusion de los elementos arios y semíticos bajo lo principios del espiritualismo socrático? Fácil seria mostrar en cada herejía como en cada dogma esta filiacion é influencia; pero excede de los límites que nos hemos impuesto. Y si en la formacion dogmática del Cristianismo apénas aparece la influencia aristotélica, ¿cuál no fue en cambio su poder cuando la inspiracion ideal se hubo concretado en doctrina? Aristóteles compartió en la Edad Media, ¿qué digo compartió?, superó á la autoridad de los Padres de la Iglesia y de los Concilios. Bien pudieran señalarse dos periodos caracterizados por la influencia de los dos maestros de la filosofia griega: hasta San Agustin inclusive impera Platon: despues del Doctor de la gracia comienza el imperio de Aristóteles. Alterada y mutilada, sin duda más que por la mediacion árabe, por el estrecho espíritu de la Escolástica cristiana, quedó infecunda é ignorada la teoría de la induccion, que constituye la parte más elevada y esencial de la lógica aristotélica y el punto de congruencia con la dialéctica platónica, hasta el punto de que el autor del Novum Organum acusara injustamente al Estagirita por la mutilacion del entendimiento que el mero procedimiento silogístico envolvia.

Mas, dejando aparte el valor de las especulaciones filosóficas, ¿cómo no contar dentro de los orígenes, y aun de la creciente formacion de la Ciencia, las delicadas, profundas y extensas observaciones del enciclopédico saber de Aristóteles, á quien hoy mismo tienen que reconocer como un maestro los naturalistas más eminentes? (Haeckel). ¿Cómo en justicia limitarse á decir que prestó su espíritu científico a los sabios del Museo alejandrino? ¿Ni con qué razon, de otro lado, se rebaja el valor de la filosofia platónica al decir que carecterizó la decadencia de la escuela de Alejandria? Sin duda que el neo-platonismo degeneró en las visiones místicas á que propendia el espíritu del tiempo; pero ¿quién puede negar ni desconocer siquiera la profundidad y trascendencia del idealismo que entraña un capital problema para la Ciencia humana, sin el que sería deficiente toda construccion científica y quedaria la inteligencia mutilada? No pretendemos rebajar en un ápice la positiva elevacion y engrandecimiento del saber que siguieron a las conquista de Alejandro. La observacion de regiones y climas diversos, el espectáculo del Océano y del desierto, la impresion de creaciones orgánicas desconocidas, las gigantescas maravillas del arte, los conocimientos astronómicos, la comunicacion de razas y civilizaciones, la más amplia contemplacion, en suma, del mundo de la Naturaleza y de la Historia que el héroe macedonio ofreció y hasta impuso al delicado y ya culto espíritu de los griegos, marcó sin duda un solemne momento en la formacion de la Ciencia, que se encarnó en la fundacion del Museo donde todos aquellos elementos se recogieron con religioso afan y cultivaron con inspiracion fecunda. Mas no por esto puede afirmarse que en aquella hora y en aquel punto naciera la Ciencia; como no quiera significarse con ello que entónces se organizó como una funcion pública. El material de investigacion y enseñanza, la fundacion de bibliotecas la division de los estudios en cuatro facultades, Literatura, Matemáticas, Astronomía y Medicina, la asistencia de 14.000 alumnos, los descubrimientos físicos, químicos y astronómicos que siguieron, cosas son en verdad que exceden á cuanto antes se hiciera más por esfuerzos del genio que con la cooperacion social y la proteccion del Estado. Pero de aquí á declarar que hasta entónces no habia aparecido la Ciencia entre los hombres media un abismo, comparable al que pretende establecer la Iglesia católica entre ella y las demas comuniones á que niega el titulo y carácter de Religion confundiéndolas con el ateismo. Ni áun admitiendo, lo que parece inferirse del sentido de Draper, que no hay más Ciencia que la de la observacion natural, con lo cual se niega todo un mundo á la investigacion, el mundo de las ideas, indispensables ciertamente para entender y sistematizar los datos empíricos, y se prejuzga negativamente la existencia del Espíritu, y se reduce la Conciencia á la relacion exterior sensible, y se destierra del reino infinito de la Verdad la indagacion del Principio absoluto de la Realidad y de la Vida, cosas que, como cuestionables al ménos, nadie puede desechar en razon; ni aun así, decimos, seria exacta la afirmacion de que el origen de la Ciencia está en la fundacion del Museo alejandrino. Y en el proceso tan racional y legítimo del total objeto de la Historia dentro de los particulares límites y relativas desviaciones de la libertad humana, bien puede hoy reconocerse que, mientras del Oriente venian maravillosos datos de una anterior cultura, donde más habian predominado las fuerzas y facultades espontáneas del Hombre en relacion á la Naturaleza y la fantasia, se preparaba la Grecia, por la reflexion y disciplina intelectual, á interpreta aquellos datos con la luz de las ideas para forma una superior construccion científica. Tal es, en nuestro sentir, la verdadera significacion é importancia del sincretismo greco-oriental, que tuvo su foco en el punto intermedio entre los pueblo cuyas civilizaciones condensaba, y donde más tarde pudieran hacer estacion y como bautizarse en su espíritu las nuevas concepciones que debian surgir de aquella mística sublime cópula. Por lo demas, es lo cierto que el origen de la Ciencia no puede ponerse ni aquí, ni allí; nace en el momento en que se despierta el Hombre á la reflexion sobre la universal presencia que la Realidad le ofrece. Eterna relacion de la Conciencia del hombre, seria imposible que éste existiera sin que la luz más ó ménos diáfana y directa de la Verdad le iluminára; sólo que en la medida que el sujeto atiende, en ésa la ve y conoce. Como el Sol irradia su luz en nuestro cielo sin importarle que haya ojo que la perciba y contemple, la Conciencia ilumina nuestro sér, aunque el distraido ó ciego no la vean.

Otra cuestion de capitalísima importancia para apreciar el respectivo valor de las dos civilizaciones que con tanta copia de datos se examinan en el presente libro, es la particular composicion de los elementos semítico y ariano que caracteriza al Cristianismo. De no haberle prestado la consideracion que merece pende sin duda la sobrestima que, en nuestro sentir, dispensa sin razon ni justicia histórica el ilustre profesor Draper á la religion de Mahoma y á la esplendente, fantástica y voluptuosa, más que profunda, reflexiva y severa cultura que entre los árabes promueve y difunde. Ya que los límites y condiciones de este ligero trabajo no consientan discutir y dilucidar suficientemente tema de tal trascendencia histórica, permítasenos al ménos aducir alguna indicacion que preste á nuestro aserto el valor objetivo necesario para oponerse á la respetable autoridad personal que abona la opinion contraria.

Infundado sería afirmar, por la mera relacion del tiempo, la superioridad del Mahometismo; que no sigue el progreso humano, ni la evolucion en todas las esferas de la vida una línea recta ascendente, antes se extiende y desvia para envolver y recoger múltiples relaciones, concentrándolas en parciales conciertos y composiciones que á traves de contradiccion y antagonismos históricos sirven de elementos á construccion más elevadas y comprensivas. El progreso es orgánico como la vida, y no puede tener su forma adecuada en la simple línea recta. Sobre que la libertad y originalidad de individuos y pueblos y las condiciones y límites en que su actividad se determina, producen excentricidades y desviaciones con que seria imposible desplegar su rica variedad en aquel estrecho y monótono carril. Ahora bien, sin desconocer ni menospreciar el peculiar valor y la bienhechora influencia de Islam, que regeneró naciones y razas diversas aportando elementos poderosos á la obra del civilizacion, promoviendo bajo un nuevo ideal religioso el renacimiento del Oriente, difundiendo desde Bagdad á Córdoba el saber concentrado y próximo á extinguirse en Alejandria y encarnándose como religion de los héroes, segun feliz expresion de Gibbon, en aquellas tribus tártaras refractarias al nirvana, con las cuales debia derribar el corrompido y caduco imperio griego, para esparcir de un lado nuevos gérmenes de renacimiento en Europa, y mantener de otro en el punto intermedio entre los dos continentes el antagonismo y la lucha entre la civilizacion oriental y occidental, mientras una más alta y racional solucion se prepara á traves de la Edad Moderna, —sin desconocer, repetimos, el valor y los méritos del Islam y de la cultura que promueve, es lo cierto que la unidad indeterminada y extramundana de Dios, bajo la cual compuso Mahoma con sus tradiciones nacionales otros principios de la ley judaica, y del Evangelio, y de los Nackas, y hasta los sueños de los talmudistas, formulando una doctrina religioso-política, viva expresion del genio y carácter de su raza, no deja lugar á las especulaciones filosóficas sobre las relaciones entre el Principio de la Realidad y el Organismo del Mundo; y negando con su Deismo exclusivo el principio del Verbo, del Mediador divino, si de una parte gana la verdad histórica reducida a la mera condicion humana la personalidad de Cristo, disípase de otro el fecundo dogma en el cual, bajo una representacion fantástica, late la profunda concepcion de la inmanencia de Dios en el Mundo con que las razas occidentales arias trasformaron para asimilárselo el Cristianismo. Así, como doctrina teológica se identifica el Islam con la secta arriana que careció de virtud para educar á los pueblos germanos; y mientras en la consustancialidad del Verbo se compone el monoteismo semítico con la filosofía socrática, que los Padres de la Iglesia consideraban como precedente providencial del Evangelio, la fe de Mahoma aparece como una reaccion contra la Filosofía, mostrando en esto la falta de espíritu reflexivo que caracteriza á la raza semítica y que fué entre los árabes causa de su precoz engrandecimiento y de su precipitada decadencia. No vacilamos en afirmarlo: la excelencia del Cristianismo procede de la superior composicion de aquellos elementos, de la compenetracion del espíritu de dos razas diversas, del ingerto, si vale decir, de la unidad extramundana y personal de un poder creador en la inmanencia de la Razon que desenvuelve y encarna en la Realidad sus ideas. De aquí, la más lenta formacion del ideal cristiano; más de aquí tambien, la fuerza moderadora de la reflexion racional y la evolucion progresiva de las imposiciones dogmáticas en conocimientos científicos, que constituye la ley de la civilizacion cristiano-europea.

Para mostrar ahora cómo estos principios diversos se traducen en la vida, permítasenos reproducir en parte lo que en un estudio más detenido sobre esta importantísima cuestion hemos expuesto[1].

«La unidad que Mahoma predica es tal, que niega toda oposicion y variedad en la vida: ante ella desaparecen las naciones; y con ella no cabe el contraste, fecundo durante la Edad Media, entre lo espiritual y lo temporal; y en ella no se dan términos medios, los elementos conservadores de toda sociedad y salvadores en las crisis históricas..... Ni la individualidad de un pueblo, ni el contraste y equilibrio de los poderes, ni la sustantividad de las instituciones, condicion del organismo social, ni la propiedad en las relaciones humanas, ni la posibilidad de la reforma y el progreso, como ley de la actividad, pueden constituirse ni subsistir, rechazada en principio toda oposicion y composicion al afirmar el puro Deismo y negar toda esencial relacion entre lo finito y lo infinito, tan admirablemente representada para el mundo occidental-germánico en el Mediador divino. Si á esto, que procede de la idea, se agrega el carácter con ella tan simpático de la raza, comprenderáse fácilmente cómo ni la libertad, ni el derecho aparecen en la civilizacion musulmana con el propio sustantivo valor que una firme constitucion de la sociedad reclama. Todo depende de la religion que liga por la fe, pero no de la Razon que une y distingue juntamente en propias concertadas relaciones.

»Ley á la par religiosa y civil el Koran, á la vez que impedia y condenaba toda reforma y progreso políticos, que no podian cumplirse sino mediante la aparicion de nuevos profetas y con la escision del Islam, reducia la igualdad de los creyentes á la igualdad de la servidumbre ante el Califa, y hacia de la tolerancia religiosa principio, no de union, sino de disolucion social. Ni Iglesia ni Estado pudieron constituir verdaderamente los muslimes por la confusion de estas dos esferas fundamentales de la vida. No hay progresiva formacion de la fe, porque no tienen como el Catolicismo en los concilios, una orgánica comunion de fieles que razone y discuta con unidad de espíritu el contenido de sus dogmas concertando la tradicion con los progresos de la inteligencia en las doctrinas religiosas, segun aquel fecundo principio que declaró San Anselmo: Fides quærens intellectum. De aquí que miéntras la Filosofía, expresion del mediador comun en la vida humana, se va formando al lado de la religion entre los pueblos occidentales, y llega á elevar por su propio camino el Espíritu á Dios, la inspiracion calenturienta es la única fuente del ideal religioso entre los árabes. No se constituye la sociedad segun propias condiciones y relaciones jurídicas, ni mediante instituciones se organizan las clases sociales, faltando por completo términos medios y conservadores del órden político, con los cuales pudiera asentarse sobre fuertes pilares la organizacion del Estado y consagrarse la libertad del ciudadano. Por eso el absolutismo teocrático, siempre opresor y frágil, va acompañado de la anarquía y se halla expuesto en nombre de la religion á violentas insurrecciones, que la insolidaridad y el antagonismo de las razas, y áun la tendencia de éstas á la vida nómade, exacerban y alimentan.

»Casi al mismo tiempo se fundan los dos grandes imperios, el cristiano y el musulman; pero mientras en el siglo X la Europa se fracciona en multitud de pequeñas soberanías, conservándose sin embargo la unidad temporal en el Imperio, y afirmándose sobre todo la suprema espiritual en el Pontificado, como lazos comunes de una misma civilizacion que con peculiar originalidad prosiguen los pueblos europeos, el Califato se disuelve en multitud de dinastías enemigas por el antagonismo de las razas y la diversidad de creencias.

»Estos dos gérmenes de disolucion debian traer necesariamente la ruina de la unidad árabe. Yuxtapuestas las razas, pero no fundidas ni unificadas, sin otro lazo que el de la conquista y el tributo, quedaron divididas en radical oposicion que la diferencia y aun enemiga de la fe ahondaban. Esto precipitó la ruina de los muslimes en España; esto ha favorecido la emancipacion de Grecia, y esto, que recientemente produjera la insurreccion de Candía (y áun hoy mismo provoca y mantiene la de la Herzegowina), concluirá acaso por disolver el Imperio otomano de Europa. Demas de que la fe supuesta revelada era tanto como lazo de union para los creyentes, de division con los infieles, á quienes el Islam mandaba aborrecer como al perro, —el animal impuro,— la tolerancia, que para facilitar la conquista habia predicado Mahoma, y practicaron los árabes permitiendo la coexistencia de religiones rivales en una misma sociedad no constituida por el vínculo comun humano del derecho, perpetuó la division de las razas. No supieron los musulmanes hacer de la unidad religiosa el principio de la unidad política, como los cristianos; condicion inexcusable en su tiempo para fundar la unidad social cuando no existia la jurídica del Estado, y más entre los árabes, á quienes el sentido del derecho faltaba.

»Pero áun hay más: la division en sectas escindió á la misma raza conquistadora y destrozó al Islamismo, falto de un cuerpo y unidad religiosa, de una verdadera Iglesia que mantuviera la unidad de la fe, y hostil desde un principio á la Filosofía, que hubiera preparado la racional formacion de una doctrina, en cuyo espíritu hubiera podido renacer el pueblo árabe, arrastrado de otra suerte por miserables cismas, hijos de calenturienta inspiracion. Mas, como dejamos probado, ni aquello cabia dentro del dogma fundamental del Mahometismo, ni esto se compadecia con él, y ménos con el carácter de la raza. Así es que, mientras de la disolucion de la unidad europea en la Edad Media resultó nueva y más fecunda vida, anunciándose tambien más alta y superior unidad; á la disolucion de la unidad árabe siguióse, donde más, la independencia y cierta prosperidad de las provincias, que reproducian al cabo la triste historia del despotismo; y en alguna parte, como en España, la degradacion, y tras efímeros fulgores de cultura la muerte.»

Enlázase con esta consideracion general de cultura musulmana otra cuestion, si de ménos trascendencia, de verdadera importancia histórica para conocer y apreciar rectamente los progresos cumplidos por los árabes en la formacion de la Ciencia y el influjo que en los pueblos cristiano-europeos ejercieron. Abundante copia de datos aduce el autor para probar la extension de saber que señaladamente en las ciencias naturales alcanzan así los árabes de Oriente como los de Occidente, y con justicia pondera el renacimiento intelectual que hasta en la Filosofía promueven y difunden por Europa al tiempo que la tradicion clásica habia casi enteramente desaparecido en los nuevos pueblos, cuya lenta formacion preparaba la fusion de las razas greco-latinas y germánicas. Cuatro largos siglos de profundo oscurantismo que este periodo de gestacion abraza, y en que sólo la Iglesia, ante cuya fe se rindieron algunas tribus de los bárbaros, y sometieron las restantes por la fuerza y el rigor de los que primero la abrazaron, hubiera podido cultivar la Ciencia y el Arte, y dispensar su preciados dones á las sociedades que nacian de las ruinas del Imperio; cuatro largos siglos de tinieblas, repetimos, parecen perdidos en la obra de la civilizacion, y no faltan historiadores que como Draper, acusen por tan grave apariencia la inferioridad de la cristiandad. Pero sin absolver, ni excusar siquiera, la indiferencia y hasta aversion al saber que tan notoriamente revela la dominacion teocrática, es lo cierto que la rica complexion de elementos y el predominio de la reflexion que caracteriza la cultura europea, exigian harto más tiempo para formarse y florecer que el que bastaba a la asimilacion del saber concentrado en Alejandria, y al vuelo fantástico de la inspiracion árabe. Baste sólo con indicar las dos inmensas obras de la formacion de las naciones y de la produccion de las lenguas modernas que en aquellos siglos se preparan.

Si á todos los pueblos europeos alcanza esta postracion intelectual, contra la que fueron impotentes los esfuerzos de Cárlo Magno y Alfredo, y si la Iglesia en todas partes más se mostró celosa en arraigar su poder, allegar riquezas y aumentar sus privilegios, que en educar y ennoblecer las almas, cuya sumision á las imposiciones dogmáticas está siempre en razon directa del fanatismo é inversa de la cultura, justo es notar que en España, tanto por la elevacion que las letras clásicas alcanzaron bajo la dominacion romana, como por la favorable condicion para la ciencia y la virtud en que el alejamiento del poder con el imperio del arrianismo colocó al clero católico, se mantuvo una cierta tradicion literaria y científica, con que no sólo florecieron ilustres individualidades, mas continuaron viviendo escuelas, donde se profesaban las enseñanzas de San Isidoro. Y á la par que presta España maestros á Francia é Italia, como Teodulfo, Claudio y Galindo, venian extranjeros á instruirse en las disciplinas liberales. En Ausona (Vich), y no en Córdoba, como afirma Draper siguiendo la opinion más extendida que autorizada, fué donde Gerberto (Silvestre II) hizo estudios bajo la direccion del obispo Hatto.

Ínfimo era con todo el saber del clero, y ruda la vida de la sociedad cristiana, en comparacion á la esplendente cultura de los árabes. Ellos comentan á Plinio y Dioscorides, á Euclides y á Apolonio Pergeo, á Hipócrates y Galeno, á Ptolomeo y Aristóteles: ellos poseen bibliotecas, observatorios y colegios que no pueden recordarse sin asombro; ellos inventan el Álgebra y la Química; ellos acogen las más ilustres academias hebráicas; ellos fomentan y enriquecen la industria con importantísimos descubrimientos; ellos elevan las artes, y en la Arquitectura sobre todo crean un género, y prestan al Occidente la ojiva; ellos en la literatura, si no alcanzan el drama ni la epopeya, inundan de leyendas y concepciones fantásticas y poéticas pasiones el espíritu, transmitiéndolas con el simbolismo oriental y exuberantes formas á la todavía tosca imaginación de los pueblos cristianos, y ellos, en fin, al declinar de su rápida grandeza, legan á la reflexión del genio europeo la más alta concepción filosófica de la Edad Media, el averroismo. Si no podemos con tales glorias enorgullecernos, porque no fueron obra del espíritu nacional, tocando sólo á las condiciones del suelo la parte que la Naturaleza pone en las creaciones de la Historia, es lo cierto que no sólo sirvió España de asiento á aquella preciada cultura, ni la España cristiana fué mero cauce para llevarla al continente europeo; mas supo utilizarla fecundando sus propios campos, preservando con generosa tolerancia aquellos veneros que las ruinas del imperio musulmán habrían cegado. Draper desconoce ó nos niega de intento esta justa gloria. ¿Cómo sino pasar en silencio el ilustre reinado de Alfonso X?... Verdad que hasta entonces el oscuro fanatismo de la clerecía había rechazado la influencia árabe; pero asegurada la obra de la reconquista, á la par que se extendían los centros de población libre, con que formaban las ciudades los senos de la vida moderna, los príncipes castellanos y aragoneses difundían la instrucción creando escuelas públicas que colmaban de honores y privilegios. Baste citar algunos hechos del Rey Sabio para penetrarse del amplio y levantado espíritu con que aspiraba á fundir las civilizaciones arábiga y cristiana: recogió en Toledo las academias hebraicas que en siglo X se habían instalado en Córdoba; apénas contaba un año de reinado cuando se publicaron las tablas astronómicas, y fundó al siguiente en Sevilla los Estudios et Escuelas generales de latin et arábigo, dando en las unas las enseñanzas del Trivium y el Quadrivium, y de filosofía y árabe en las otras, y colmándolas por igual de privilegios y distinciones con que fomentaba el comercio intelectual entre mudéjares y cristianos.

Desdichadamente la delantera que llevaba España en los últimos tiempos de la Edad Media trocóse luego en inferioridad notoria, cuando el triste privilegio de fundar la orden consagrada á la impía obra de la Inquisición comenzó á dar sus naturales y justos resultados. España fué, como Perilo, la primera víctima de la horrible invención que ofreciera á la tiranía religiosa; con la cual no tardó en identificarse, apenas realizada la unidad monárquica, la tiranía política, inaugurando así los reyes con razón llamados Católicos un régimen que alcanzó su encarnación perfecta en aquel príncipe, que los partidarios de la monarquía teocrática apellidan el Devoto y el Prudente, pero á quien por siempre la Historia reconocerá con el nombre de Demonium meridianum, que le dieron las gentes que contra su inmenso poder y más poderosa perfidia supieron salvar la libertad de la conciencia. Y como aquí, donde las glorias nacionales se ligaban á una secular lucha religiosa en que la idea de la patria se había identificado con la Iglesia católica, parecía la victoria milagro de la fe, creyóse que la ventura, y aun la existencia de la nación, dependían de su unidad religiosa; y príncipe y clero y pueblo trabajaron á una para consolidar su absoluto imperio en el interior, y aun para defenderlo é imponerlo en el exterior, haciéndose España el campeón obligado del catolicismo en el mundo, y trayendo á la Edad Moderna el ideal perseguido en la Media. Así, contra el movimiento libertador y progresivo de la Reforma que á la par amenazaba al Pontificado y al Imperio, creamos la milicia espiritual del jesuitismo, y armamos formidables ejércitos que, insensatos, creíamos invencibles, desconociendo la incontrastable virtud de las nuevas ideas. Desde entonces en la patria de los dominicos y los jesuitas se hizo imposible la libertad de la conciencia. No necesitamos recordar la triste suerte que desde aquella hora funesta viene corriendo España; basta reparar la situación presente en que todavía el fanatismo nos desangra, y en que tras larga serie de revoluciones, si se han dejado sentir venganzas y persecuciones contra la Iglesia, apenas sí hemos podido lograr tímidas y como vergonzantes declaraciones de libertad religiosa. Con esta causa eficiente de la decadencia y aun degradación de España en los tiempos modernos se anuda la distracción del genio y de la actividad nacional en empresas de engrandecimiento exterior y de conquistas; con que mientras los demás pueblos europeos convertían mediante el renacimiento clásico-naturalista y la reforma á propia libre reflexión su espíritu, y se despertaban á la observación diligente y profunda de la Naturaleza, elaborando un más alto y científico concepto de la Realidad y de la Vida, nosotros quedábamos adheridos y como petrificados en las viejas imposiciones dogmáticas, prestando á lo sumo esfuerzos materiales a empresas como las de Colon y Magallanes, que respondían al curso de las nuevas ideas. De aquí, nuestra esterilidad en la Ciencia y nuestro atraso en la industria á que tanto contribuyó la expulsión de judíos y moriscos; de aquí, la falta de intimidad religiosa que degradó la conciencia de nuestro pueblo; de aquí, la presuncion é impotente soberbia que tan duramente expiamos. Dígase cuanto quiera en contrario, es lo cierto que sólo, y como inspiracion de pasadas grandezas, contamos eminentes creaciones de fantasía, un exuberante desarrollo literario con que más se idealiza la Edad Media, y como que se cierra y estrecha el espíritu en el molde católico, que se emancipa y eleva segun la exigencia de los nuevos tiempos. Voces aisladas á lo sumo, sin enlace ni consecuencia directa en el proceso de la Edad Moderna, son las que ofrece España en la estera de la Ciencia, y áun éstas con el sentido y el carácter peculiar a los siglos medios. Vives, Foxo Morcillo y Gómez Pereira se distinguen sobre todos; mas el primero, con ser tan vasto y profundo su saber, con sentir la necesidad de renovar la Ciencia, y con haberse formado en medio de Europa, no lleva su sentido más allá de un concierto, que no siquiera sincretismo, entre las doctrinas de Platon y Aristóteles y las de los Santos Padres; ensaya el segundo una combinacion ingeniosa y hasta profunda del idealismo platónico y la induccion aristotélica; y el tercero, aunque extremos de orgullo nacional lo estimen como precursor de Descártes, no pasa, áun prescindiendo de lo absurdo de ciertas teorías, de enunciar en fórmula silogística un razonamiento análogo, como ya lo había expuesto San Agustin, al que constituye el principio del método cartesiano; mas sin el carácter de criterio de indagacion, ni la intencion sistemática que determinan precisamente su valor científico. Haciendo punto en estas consideraciones que, si insuficientes para dilucidar el tema de la representacion de España en la Edad Moderna, exceden ya de los justos límites que la índole y fin de este trabajo imponen, concretamos nuestro pensamiento afirmando: que ni en la Filosofía, ni en las Ciencias naturales, ni en la Industria, cuyos maravillosos progresos, en oposicion al ideal católico y a las imposiciones dogmáticas, caracterizan los tiempos modernos, ha contribuido con obras originales y fecundas nuestro genio nacional por la comprension en que lo ha retenido el absolutismo teocrático.

Por lo mismo que deploramos sus funestos efectos, que hasta han llegado á escindir nuestra nacionalidad, la más trabajosamente formada en la Tierra, acogemos con júbilo y bendecimos todo esfuerzo consagrado á redimir la Conciencia de las imposiciones dogmáticas. Pueden hoy los hombres de ciencia olvidarse en otras partes, con la secular posesion de la libertad del pensamiento, del dispensador de tan preciado beneficio; pero es imposible que los desheredados olviden su desgracia. Por esto, sin duda, apenas sí se detiene Draper a consignar el progreso cumplido en la Reforma, y áun estima su trascendencia y carácter con incierto criterio, incurriendo en contradicciones que no hemos de pasar en silencio. Preocupado sólo de enumerar los adelantos concretos de la observación, afirma (pág. 224) que «nada debe la Ciencia á la Reforma»; y casi á renglón seguido (pág. 247) tiene que consignar que merced a ella «no hubo ya autoridad que pudiese condenar las obras de Newton». Confundiendo en un mismo anatema la excepción con la regla, llega por la muerte de Servet á equiparar el protestantismo con el catolicismo (página 224); y al fin (pág. 376), viniendo á mejor acuerdo, reconoce que si llegó Calvino á tan bárbaro exceso de fanatismo «no fue por los principios de la Reforma, sino por los del catolicismo, de los que no había podido emanciparse completamente.» Mas sobreponiéndose á tales indecisiones, y rectificando sus contradicciones, en definitiva sustenta (pág. 376) que «mientras el Cristianismo católico y la Ciencia son absolutamente incompatibles, no sólo es posible una reconciliación entre la Ciencia y la Reforma, sino que se verificaria fácilmente si las Iglesias protestantes quisieran observar la máxima de Lutero, establecida en tantos años de guerra, de que todos tienen el derecho de interpretar privadamente las Escrituras; fué el fundamento de la libertad individual.»

Así lo viene confirmando el gradual proceso del protestantismo cuando llega á destruir toda imposición dogmática y á reconocer todo elemento sobrenatural, como extraño á la esencia de la religión misma, que sólo en la pureza é integridad de la Conciencia debe fundarse y producirse en la piadosa racional union del Hombre con todos los seres en el Mundo, bajo el absoluto Principio de la Realidad y de la Vida, en cuya intimidad se halla la fuente eterna del absoluto y universal amor, que en determinados límites y con relativa bondad vienen realizando las comuniones positivas. Aunque más atentos á purificar y elevar el sentimiento religioso que á formar el conocimiento de Dios, y aún cayendo algunos en el falso prejuicio de relegar la relacion religiosa de la Ciencia, dividiendo de esta suerte la indivisa Conciencia racional del hombre, todos los órganos del protestantismo liberal aspiran á consagrar el progreso que dentro del espíritu cristiano pueden obtener las almas, rompiendo los estrechos y caducos moldes de la ortodoxia. Léjos de pugnar con la sociedad civil y rechazar sus adelantos, se identifica más con ella cada dia; y acogiendo sin temor ni aversion los descubrimientos de la Ciencia, pretende sólo mantener viva la piedad en el corazon y salvar la fe en la voz de Dios, que eternamente habla en el Espíritu, de la inevitable é inminente ruina de los ídolos en que la han encarnado históricamente las supuestas revelaciones sobrenaturales, bajo la ley de referir á un origen exterior sensible la luz que trasciende de la Conciencia, mientras el hombre no llega por la Razon á saber que en ella inside y que por todo el divino organismo de la Realidad penetra. En cambio, por una singular contradiccion á toda imposicion dogmática inherente, al dividirse el Cristianismo se denominó católico el ideal cristiano que más se estrechó y gentilizó hasta caer en la negacion de la Conciencia como fuente de la vida religiosa, y reducir á la antropolatria del Pontifice el principio del Mediador divino. De tal suerte, concluye el límite de las religiones positivas por sobreponerse á la esencia misma que informa, precipitando su muerte esta concentracion de la vitalidad orgánica que las hace incomunicables con el espíritu y movimiento general del mundo. Con una lógica que en verdad causa maravilla, ha venido la Iglesia católica a erigir en dogma la incompatibilidad de que habla Draper. Ante las declaraciones y anatemas del Syllabus y del concilio Vaticano, ¿quién puede sostener la conciliación del catolicismo y la Ciencia? Imposible es ciertamente esperarla, como aquél no reniegue de su fe o ésta de la Verdad; y áun así no habría conciliacion, sino imperio de un lado, sumisión de otro, y negación de sí propios en ambos.

Mas como la contradiccion y la lucha ha de tener su solución histórica, ¿qué prevalecerá? Las enseñanzas siempre contestes de la Historia permiten inducir que prevalecerá la Ciencia. La Razón afirma que las manifestaciones positivas de la fe son transitorias y eterna la Verdad; pero sabe también que cada estado de la Conciencia humana lleva aneja la fe, como relación del límite siempre móvil del conocimiento al Todo de la Verdad que, si en principio concebimos, sólo en parte de su contenido y gradualmente penetramos. De aquí, la subordinacion legítima de la fe, que consiste en un estado subjetivo, a la Ciencia, cuya relación es siempre real, objetiva; de aquí, el absurdo de erigir a aquella en criterio de la Verdad.

Consagra Draper un capítulo de su libro á esta capitalísima cuestión; mas pone casi exclusivo empeño en probar con hechos las supercherías y violencias con que la fe se ha impuesto y la estrechez creciente del principio de autoridad; y llevado del sentido positivista que profesa, á la par que mutila la Ciencia, fijando como único criterio la observación de la Naturaleza, relega en absoluto la fe como si no tuviera lugar en el espíritu del hombre, y no fuera hasta necesaria para prestar animacion en la vida. Con esta limitacion se une el desconocimiento y áun el menosprecio injustificado de la Filosofía, que las insanas exageraciones y soberbia presunción de algunos doctores del Positivismo reinante llevan á condenar como vana y estéril especulacion. Volviendo por los legítimos fueros de la investigación racional y metafísica, no hemos de caer ciertamente en el extremo opuesto de censurar ni combatir como enemigo el movimiento científico novísimo; el cual sobre poner saludable correctivo al idealismo, afirmando el valor objetivo del conocimiento, aunque limitado a la concreción de la realidad en los hechos, cultiva con tal penetración y delicadeza la observación natural, y construye sus datos con tal exigencia sistemática, y aplica la inducción con tal universalidad y trascendencia, y con tal fecundidad —sino con discreta circunspeccion siempre— emplea la hipótesis, que ha sorprendido las más íntimas creaciones de la Naturaleza, descubierto sus más elementales procesos, investigado las formas de su actividad, y elevándose al reconocimiento de las leyes que rigen la determinación de los fenómenos y explican el mecanismo causal que produce el movimiento universal de la Vida. Injusto y vano sería desconocer que ha ensanchado inmensamente el campo de la Ciencia y planteado problemas ignorados de la antigua Metafísica esta nueva direccion del pensamiento, desplegando tan prodigiosa actividad que renueva todas las esferas del saber y prepara, sin duda, una superior concepcion del Mundo como organismo de la Realidad. Mas fuera igualmente injusto y vana presunción negar los precedentes del actual renacimiento naturalista en la Filosofía, como estimar definitivas sus soluciones que tal manquedad y áun torcimiento acusan en la Lógica y en la Ontología. Limitar á lo fenomenal la esfera de lo inteligible y considerar el conocimiento como meramente relativo, es mutilar el problema del Conocer y decapitar el Principio de la Verdad; reducir la Realidad al mundo de la Naturaleza; y pretender explicar el mundo de la Conciencia como una transformacion de la sensacion; y suplantar la libertad moral por inconsciente y mecánico determinismo; y afirmar el organismo del Universo como una mera totalidad que en variedad serial evolutiva se diferencia, es mutilar tambien la Realidad; confundir la solidaria concrecion de las determinaciones corpóreas con la sustantiva discrecion del Espíritu; identificar la condicionalidad con la causa; y desconocer juntamente la contrariedad que el organismo implica y la unidad que como fundamento absoluto exige. Mérito real, incuestionable de esta doctrina es haber rectificado el dualismo de la antigua Ontologia, acabando científicamente con el caput mortum de la materia y elevando la concepcion de la Naturaleza á un Todo de sér y vida corpórea; con que prepara el concepto racional del Universo, como una infinita complexion en la cual se compenetran gradualmente la Naturaleza y el Espíritu, formando órdenes y esferas de séres siempre compuestos como el Mundo bajo el Principio absoluto de sér y realidad: Principio, que no en mera trascendencia extra-mundana, sino en inmanencia esencial inside en cuanto existe, segun el límite y grado de su peculiar composicion, y á la par trasciende sobre lo finito que orgánicamente se determina y desenvuelve en el Todo. Basta enunciar el problema que tan eficazmente ha contribuido á plantear el Naturalismo contemporáneo para comprender su índole metafísica. Por esta necesidad racional, llevados sin duda sus más preclaros maestros, aspiran hoy a fundar con el nombre de Monismo una Metafísica positiva. Así se prepara el supremo concierto de la observación y la especulacion que, no en componendas de sincretismo artificial , más en composicion racional bajo Principio, habrá de trasformar la Ciencia. Este sentido, aunque tocado de cierto particularismo empírico, late en la obra de Draper, quien, áun desconociendo el valor de la reflexión de Conciencia al afirmar que el problema del alma humana no puede resolverse sino por la Psicología comparada —cuya transcendencia, si somos de los primeros en confesar, no extremamos al punto de derivar exclusivamente de ella el conocimiento de nosotros mismos— y explicando, ó mejor pretendiendo explicar las facultades intelectuales, por la conservación de las impresiones en los ganglios nerviosos, acepta, como la hipótesis más compatible con la verdad científica, la existencia de «una vasta realidad material en el Universo.»

Inseparables como son el problema lógico y el ontológico, pues que la Verdad es una relacion interior de la Realidad, y tocando sólo en parte á las llamadas ciencias positivas, segun el particular objeto á que atienden y el límite en que la observacion y sus procedimientos auxiliares se aplican; mas no estudiándose en ellas propiamente el problema del Conocer, ni el del Sér en su unidad é integridad, es injustificado, y en rigor imposible, investigar el criterio de la Verdad fuera de la Filosofía. Y en el hecho es todavía más injustificable prescindir de la obra de los filósofos. ¿Cómo al tratar esta cuestion puede Draper olvidarse de Bacon y Descártes? Y dado su sentido, ¿cómo, sobre todo, prescindir del primero? Trate en buen hora con toda la severidad, y hasta dureza, que el ínfimo carácter moral del Canciller merece. Pero desconocer que él redactó el cánon más completo, que áun hasta hoy existe, de los procedimientos de observacion y de experiencia, es imposible. ¿Qué son Stuart-Mill y Baine, los legisladores del Positivismo contemporáneo, sino sus continuadores y discípulos? Porque Bacon ignorára las Matemáticas, y por su ignorancia cayera en injusto menosprecio de la importancia y áun necesidad de estas ciencias formales para la investigacion de la Naturaleza, ¿dejó por eso de apercibir y disciplinar al Espíritu para que, desechando seculares ídolos, pudiera y supiera observar, experimentar, inducir rectamente? El hecho de enlazarse á la doctrina de Bacon todo el movimiento sensualista, que sigue inversa dirección al Idealismo cartesiano; el haber sellado el genio científico y filosófico inglés; el mostrar la impotencia del escolasticismo, y probar la necesidad de una completa renovación de la Ciencia, y hasta ensayarla, atestiguan que su obra fue algo más serio y profundo que una «fantasía filosófica». Suprimid á Bacon en el proceso del pensamiento humano, y se hará inexplicable el renacimiento del Naturalismo en la Edad moderna. Por eso nos ha sorprendido el menosprecio con que Draper lo trata. En cuanto á Descártes, sin rebajar la altísima importancia de la Geometría analítica, cuya invención le deben las Matemáticas, es lo cierto que más ilustra su nombre el Discurso sobre el Método, por el cual será siempre tenido en la Historia como el maestro del Espiritualismo en la Edad Moderna. Y sin embargo de estar consagrada su inmortal obra a la investigación del criterio de la Verdad, ni mención siquiera merece de Draper. Bacon y Descártes representan la indagación contra el dogmatismo en la Ciencia; y bajo este comun carácter, que sella la vida del pensamiento al salir de la Edad Media, lleva el uno á la observacion de la Naturaleza, el otro á la reflexión del Espíritu, con cuyo doble trabajo se viene elaborando la concepcion de estos dos términos interiores de la Realidad, que se compenetran en el organismo del Mundo y que ponen eternamente ante la Conciencia la cuestión del Fundamento absoluto del Sér y del Saber.

Y aproximándonos á los tiempos novísimos es cuando más clara y precisamente hallamos planteada esta cuestion, de que pende la solucion del criterio de la Verdad. ¿Cómo olvidar á Kant, cuya Crítica en este punto, como dice con justicia Vacherot, ha reducido á un mero interés histórico toda la Filosofía precedente? Nadie menos que un positivista puede olvidarlo, cuando no sólo aceptan, mas consagran todos como principio de su doctrina el resultado de la Crítica kantiana: la relatividad del conocimiento y la incognoscibilidad del noumenos; desechando sólo aquellos que más propenden al extremo sensualismo las formas intelectuales subjetivas que consideran meras transformaciones de la sensación. Así puede afirmarse que, en medio de la complejidad de elementos que han contribuido a determinar el Positivismo contemporáneo, el principio lógico que informa su doctrina tiene su génesis en la Crítica de Kant, ó es en rigor esa misma Crítica mutilada por la negacion de todo trascendentalismo; con que si de un lado relega todo principio categórico ó ideal para transformar la sensación en concepto, desecha de otro el dualismo del conocimiento, la division radical de objeto y sujeto que hace insoluble el problema de la Verdad. De esta suerte, mientras en la dirección filosófica que aceptara la posicion del problema en los términos formulados por Kant, se ha proseguido con un enlace y gradacion sin ejemplo la solucion de aquel antagonismo hasta llegar al Idealismo absoluto de Hegel; en la dirección que se llama científica, bajo el imperio de la experiencia natural y asimilándose el principio de la evolucion hegeliana, se ha pretendido resolverlo también en un Realismo concreto y evolutivo, donde por virtud de un movimiento siempre determinado se eleva lo inconsciente á lo consciente, la sensacion á la Idea (Wundt, Spencer...). Por manera, que han venido á componerse en esta superior manifestacion del Positivismo el principio lógico de Kant con el ontológico de Hegel; mas la unidad, aunque abstracta é indeterminada de que este procede, falta en aquella doctrina, que viniendo de la concreta variedad del mundo á la conciencia individual del hombre, ni alcanza el Principio de la realidad que en el Universo se determina, ni el fundamento de la composicion que en el conocimiento existe. Por eso está todavía en total cuestion el criterio de la Verdad; y aunque latente con parcial relativo sentido en estos superiores esfuerzos del pensamiento humano, y hasta iniciado ya en algun ensayo sistemático —que hasta ahora parece, por la preocupacion subjetiva que áun impera en la Ciencia, una de tantas voces escolásticas que ni siquiera seduce por el brillo de ostentosa construccion teórica, y en cambio reclama indagacion reflexiva y circunspecta— habrán de proseguir las várias, encontradas direcciones con que, bajo aparente confusion y discordia, irá entrando la Conciencia en la plenitud de sus relaciones en el Mundo, reconociendo el sustantivo valor de cada una y capacitándose para concebir el Principio comun entre todas y de unidad sobre ellas, que constituye el Criterio absoluto de la Verdad y funda el interior organismo de criterios que al sistema de aquellas esenciales relaciones corresponde.

A esta exigencia de nuestro tiempo se enlaza la cuestion que con el fin y sentido general de la obra se estudia, bajo el epígrafe de Controversia sobre el Gobierno del Universo. Tanto por el superior interes del asunto, cuanto por la discreta eleccion de los datos, y la belleza de la exposicion, y la circunspeccion del juicio, y el delicado ingenio de las insinuaciones y censuras, tenemos ese capítulo por el mejor libro; que no es posible leerlo sin sentir la profunda emocion que causa contemplar la ruina de una estrecha, mezquina y arbitraria representación de la Realidad, y la ereccion de un concepto en que la eterna, inmutable majestad de la Ley permite abrazar el infinito organismo del Mundo y de la Vida. Por vía de observacion, ya que ni reflexion bastante madura, ni la materialidad del espacio permitan aventurarnos a exponer, ni bosquejar siquiera una teoría; que en punto de tan grave trascendencia y cuando áun se mueve el pensamiento en la esfera de la opinion y las hipótesis no bastan algunos ciertos y positivos datos, ni algunas leyes plenamente comprobadas, ni algunos principios en razon concebidos para autorizar una construccion científica, por vía de observación, decimos, harémos sólo algunas sumarias indicaciones.

Ante todo, reparando un olvido en que incurre el autor, por el propósito, sin duda, de prescindir de la Filosofía y de los filósofos, como si pudiera tratarse sin aquella y sin estos de la Ciencia, debemos advertir que en la Teoría del Cielo, de Kant, se halla expuesta la que corre hoy autorizada bajo el nombre de Laplace, con tan leves diferencias que casi afectan sólo á la hipótesis que aquél formula sobre la destrucción de los astros, siguiendo al proceso de su formación, y de que éste prescinde, limitándose á explicar el génesis del sistema planetario por el dato que el conocimiento de las nebulosas le ofrece. No pretendemos amenguar en un ápice la justa fama del astrónomo francés, y áun nos anticipamos á afirmar que no conocía directamente la obra del inmortal filósofo; pero tan notorio como es que la concepción de Laplace se anuda á las observaciones é hipótesis de Herschel, éslo tambien que á la opinión de Kant, no ciertamente fantástica, mas de incuestionable carácter científico, se refieren las ideas sobre la condensación progresiva de las nebulosas y su transformacion en estrellas.

Evidente es la contradiccion entre los dogmas religiosos y los descubrimientos de la Ciencia relativos al gobierno del Mundo, y en este conflicto se condensa la crisis que al presente trabaja el pensamiento y la vida. Sin duda que la concepción antropomórfica de Dios y la arbitrariedad de su gobierno, que todavía se supone accesible a sacrificios y exhortaciones para operar milagros, perturbar el órden de la Naturaleza, torcer el curso de los sucesos humanos, y violar, en suma, la esencia de los séres, son irracionales y falsas representaciones, con que llevado el hombre por la preocupación subjetiva, eleva sobre la Realidad un sujeto soberano, á imagen y semejanza de cómo él se presupone despótico dueño de su actividad y de sus obras. Imponiéndosele la variedad del Mundo, y obedeciendo á la suprema necesidad de la Razón, que en ley eterna y real descansa, mientras no alcanza el hombre á conocer científicamente la Unidad del Todo en que aquella variedad se funda, la anticipa por la fe, y la representa en un poder extra-mundano, á que presta los más altos atributos que en su propio ser halla. Tal es la teoría de la creación, que en las superiores confesiones religiosas se ofrece.

Mas la Ciencia va descubriendo propia actividad en todos los órdenes de seres, y desde el proceso de formacion estelar hasta la existencia y desarrollo de la vesícula germinativa que produce los individuos epitelúricos, halla donde quiera, en lo máximo y en lo mínimo, una célula orgánica y viva, que se desenvuelve, se forma y deforma en concreciones corpóreas, segun leyes inmutables que en la misma realidad natural insiden. La solidaria continuidad y dependencia de unas determinaciones individuales con otras permite inducir la existencia de un Todo y medio natural que constituye interiores particulares centros, donde la actividad se concreta con límite peculiar cuantitativo y sustantiva cualidad, en interna composicion de esencia factible ó realidad formable, y poder activo formador. Así va desapareciendo de las Ciencias naturales la irracional division de lo inorgánico y lo orgánico, reconociéndose (Fechner, Preyer, etc.) como producto de esto aquello que revierte en su descomposicion al todo inmediato; ya para trasformarse en los procesos generales (físico-químico) de éste, sirviendo de material asimilable á nuevas creaciones individuales; ya para quedar como material fijo, que, segun su propia realidad y ley, debe el arte humano emplear y trasformar en sus obras. De otro lado la Ciencia penetra en la realidad y vida del Espíritu, así mediante la propia reflexion, como mediante la observacion externa (Psicología comparada); y aunque con más lento progreso, y más expuesta sin duda á aventuradas inducciones é hipótesis, tiende á reconocer el gradual progreso de determinaciones del Espíritu, que se componen con las de la Naturaleza en el Mundo, afirmando la complexion de la realidad finita, cuyo total organismo constituye el Universo.

Cuestiones hay en esto, sin duda, que sería presuncion dar por científicamente resueltas hasta ahora. La evolucion, á que Draper con casi todos los naturalistas contemporáneos se inclina, no pasa de ser una teoría, cuyos datos empíricos no bastan á autorizar la induccion que se formula, ni en rigor se ha investigado suficientemente si los términos de individualidad y grado de sér se dan en transformacion incesante, ó tienen sustantividad original é imborrable dentro de infranqueables límites. Cuanto menos puede darse por averiguado que la naturaleza sea impotente para la produccion de variedad de tipos, que sólo pudieran determinarse por evoluciones de la generacion individual. Lejos está ciertamente la Filogenia de poderse invocar como causa científicamente conocida de la morfología ontogénica, según pretende Haeckel; cuando ésta podría ser á lo sumo un dato, y dato insuficiente, para inducir á aquella, que no pasa todavía de una hipótesis aventurada. Y cuenta que las hipótesis sólo alcanzan valor científico cuando, sobre conformar con los principios racionales, en cuya virtud se anticipan, son la única explicacion posible de los fenómenos, cuya causa y ley directamente tamente se ignoran. Mas quedará siempre en la evolucion un fondo de verdad, así por lo que respecta a la aparicion sucesiva de las especies, como á la modificacion del tipo especifico y al desarrollo del individuo, en razon del proceso de las edades del inmediato todo orgánico (el planeta), del cambio de condiciones consiguientes en el medio natural, y de la herencia que la funcion genérica determina. Término tambien capital de esta teoría, y como toda ella, puesto áun en cuestion, es el origen de la vida epitelúrica. Quién se inclina á la protogenesis ó generacion espontánea, ya de toda la variedad de tipos, ya sólo del más elemental (protistas); quién niega la generacion espontánea y se inclina á pensar que en la nebulosa se contienen ya los gérmenes de vida que se desarrollan al producirse la condicion apropiada; quién que los cosmozoos pueden pasar de un cuerpo sidéreo á otro; quién, como Preyer, sustenta que siendo la Tierra un propio sér orgánico se han sucedido en ella una serie de combinaciones cada vez más semejantes al protoplasma, hasta que por el progreso de la diferenciacion se determinaron las formas iniciales comunes del reino vegetal y animal: hipótesis todas con que se tantea la explicacion del origen de la vida por la propia eterna actividad de la Naturaleza. Por deficientes y problemáticas que estas teorías aparezcan, es lo cierto que responden á una exigencia y áun necesidad irremisible de la Razón: á sustituir la arbitrariedad por la ley; y aún cuando todavía sea incierto su resultado positivo, y la circunspeccion obligue á no anticiparlo presuntuosamente como solucion científica, su resultado negativo en cambio puede afirmarse definitivamente. La cosmogonía teológica repugna á los principios racionales, y verdades ya conquistadas por la observacion la contradicen.

Haciendo estado en ellas, más no cerrado ni dogmático, sino progresivo, bien se deja explicar que nuestro tiempo se preocupe tanto de la idea del Mundo, y áun que lo conciba como el Todo de la Realidad, pretendiendo desterrar de la Conciencia el pensamiento y el sentimiento de Dios como ídolo de la fe. Mas trabaja en esto ciertamente contra el Dios histórico de las confesiones positivas; y no tardará, si hoy se siente frío é indiferente el Espíritu ante esta suprema relación, en convertirse á ella con diligencia y anhelo, á medida que penetre y se eleve en la concepción del Universo mismo. Cumple ahora su obra; y aún cuando lo desconozca y niegue, con ella se capacita para emprender la fundamental indagacion del Principio de la Realidad y de la Ciencia. Si con cierta disculpable presuncion estiman hoy los científicos innecesaria y estéril la Metafísica; á los beneficios pasados, que desconocen, tendrán que añadir el nuevo y superior de la construccion sistemática de las verdades particulares y relativas, con que sin duda ilustran y enriquecen el pensamiento, bajo la Verdad absoluta de la presencia del Sér en la Conciencia y en el Mundo.

No queremos entrar en el fondo de esta cuestion. Sobre la piadosa desconfianza en nuestras fuerzas, que en vez de presuncion quisiéramos conservar siempre, sería imposible que en este trabajo bosquejáramos siquiera las ideas y convicciones que profesamos; pero séanos al ménos permitido como críticos indicar el vacío que dejan las conclusiones de Draper, y que el lector experimentará como nosotros. Parece que propende á un Cosmoteismo naturalista, aunque no lo declara expresamente. Pues bien: el Cósmos no se concibe, y ménos por el camino de la observacion exterior, sino como el conjunto de los séres finitos, como un Todo de composicion. Mas éste es en razon inconcebible sin el Todo de unidad. ¿Cómo en lo particular y finito reconocer el Principio y Fundamento de la union con su opuesto? Ni la Ley, que con progreso sin duda quiere sustituirse a aquella providencia que define Bossuet y que impíamente se exhorta por el hombre para satisfacer sus pasiones y egoísmo y hasta para amparar sus crímenes a veces, ni la Ley, que es una relacion formal de la actividad de los séres, inmutable y eterna, pasa de una abstraccion en los términos con que Draper la entiende y formula. La Ley inside ciertamente en la Realidad, y sería grosero antropomorfismo pensar que su existencia pende de que un legislador, áun supuesto soberano, la forje é imponga. Ni áun en lo humano se hace otra cosa que declararla segun en aquel momento la concibe y quiere la conciencia del individuo ó del pueblo; pero su fondo divino y eterno dado y contenido está en la naturaleza misma del hombre, la cual es lo inmutable y permanente que preside al progresivo cambio de los estados y los hechos que, conforme á nuestra esencia y esenciales relaciones en el Mundo, debemos producir con propia conciencia y libre determinacion. Mas el organismo de leyes que rigen el movimiento, la actividad del Universo, ¿cómo puede concebirse sin la Unidad de ser y realidad? En la sustantiva variedad de esferas cuya mera complexión constituye el Cosmos, y con la peculiar determinacion que la Ley recibe en cada una, sería inconcebible de otra suerte el universal organismo de las leyes, y el concierto y relaciones legitimas de unos con otros séres en la Vida.

Concluyamos. Las consideraciones que hemos expuesto, si no bastan á formar un juicio completo y acabado de la interesantísima obra de Draper, servirán al ménos para dar al lector una idea del capital problema que en ella se estudia, y de la extension de conocimientos y riqueza de datos que para su solucion allega. Un deber de justicia nos ha obligado á unir la crítica al encomio: mas por diferencia que entre el criterio del autor y el nuestro exista, siempre quedará de nuestra parte el reconocimiento á una obra meritoria que tiende á consagrar la libertad del pensamiento, ofreciendo una brillante exposicion de los progresos de la Ciencia, con que va emancipándose el Espíritu de fantásticas representaciones é imposiciones dogmáticas y penetrando en el reino divino de la Verdad. Elevar al hombre al concepto del organismo racional del Mundo es la mision de la Ciencia en la hora presente, у la condicion indispensable para que aquél reconozca su puesto legítimo en la Realidad, y formando clara conciencia de su destino, sepa y pueda cumplirlo en la Vida. Por eso, contribuir á la propagacion de este libro es trabajar en la obra de la redencion humana. ¡Ojalá se difunda en nuestro pueblo, porque serviria eficazmente para sacudir el letargo en que yace la conciencia religiosa y científica! Con esta piadosa y patriótica aspiracion hemos querido sellar la amistad que al ilustrado y generoso traductor nos une; y desde este oscuro rincon del viejo mundo donde apénas comienza á penetrar la luz de las ideas, queremos ligarnos tambien en el puro objetivo amor á la Verdad con el sabio americano que devuelve multiplicado á la Europa el tesoro de la civilizacion.

N. SALMERON.
 

  1. ↑ Introduccion al Estudio sobre el Imperio árabe-español. — «Revista de la Universidad de Madrid», t. II, n. 1.