Historia del año 1883: 08

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Capítulo VIII
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Historia del año 1883 Emilio Castelar


El mes de Mayo con sus muertos y con sus problemas

Cuando las yemas de los árboles reverdecen y el arpegio de las avecillas resuena en el florecimiento hermosísimo de la estación primaveral, debía la muerte suspender su terrible ministerio, y no asomar la hueca y huesosa calavera, la fría y triste segur, entre las ramas olientes, y los nidos poblados, y las mariposas multicolores y los coros alegres y la exuberancia de vida, que rebosan los pechos ubérrimos de la próvida Naturaleza. Mas ¡ay! mientras por los clarísimos bordes del horizonte llegan las viajeras golondrinas, por los negros bordes del sepulcro parten los amados amigos. Ninguno de aquellos a quienes lanzó de nuestra patria la reacción borbónica el año sesenta y seis, y que, refugiados en París, hallaron a sus dolores dulce consuelo y en su destierro segura hospitalidad por las orillas del Sena; bajo la sombra de los altos árboles, entre los cuales se destacaban las torres de góticas iglesias y los áticos de regios palacios, en los bosques de Saint-Cloud, habrán olvidado la casa-museo de Arosa, que nos mostraba por sus ventanas la inmensa extensión de la capital de Francia, sin límites en el horizonte sensible como las superficies el mar, y nos retenía en sus salones con la variedad riquísima de los objetos artísticos, pertenecientes a épocas y a razas diversas, que, colocados por mano experta y divididos y clasificados por consumada inteligencia, hacíannos palpar en aquella historia tangible la impalpable idealidad.

¿Quién habrá, después de tratarle, desechado de su memoria el recuerdo de aquel Gustavo, según familiarmente le llamábamos, artista de primer orden, consagrado como un sacerdote al culto religioso de la belleza en su manifestación más ideal y más divina, en su manifestación artística? Hijo de un español, emigrado liberal del veintitrés, quien hablaba su lengua castellana tras sesenta años de residencia en Francia, como los hidalgos más castizos de la vieja Castilla, doctores y maestros en analogía y en construcción, había heredado Arosa de sus abuelos paternos el romanticismo natural a nuestro genio, como había recibido de su cuna y crianza parisienses la gracia de frase y la claridad de inteligencia, verdaderamente áticas, por lo esculturales y lo armoniosas. Mi amigo Julio Claretie ha llorado su muerte y descrito su ingenio en las columnas de El Tiempo. Casi todos los hombres ilustres de la capital francesa lo trataban y lo querían. A cada paso y a cada instante tropezábamos a su lado con Doré, Cliampflcury, Gounod y otros innumerables, los cuales iban a una en demanda de historias, erudición, arqueología, indumentaria y otros ramos del saber, prodigados por quien pasaba su vida entre las copias de Velázquez y de Goya, cuyo realismo le recordaba la patria de sus progenitores; en casa, donde las paredes relumbraban a los toques metálicos de las fuentes hispano-arábigas y a los relieves mágicos de nuestros antiguos bargueños; con los versos de Racine y de Lope a la continua en los labios; ora dibujando los bajo-relieves de la columna troyana, ora componiendo las porciones maltrechas de un mueble viejo; dado a las letras y a las artes en aquel museo regocijante, como un sultán oriental en el harem se da entre las esencias de sus pebeteros a los ensueños de su amor; despidiendo a torrentes, de sus labios inagotables, las ideal nuevas, y perfeccionando con sus manos diestras y habilísimas los varios objetos, en los cuales se cristalizara de cualquier modo una hermosa y verdadera inspiración.

Gustavo prefería entre los antiguos poetas a Lope, Calderón y Shakespeare, como entre los modernos a Victor Hugo y a Zorrilla; pero, a fuer de buen francés, tras la guerra franco-prusiana borró al gran poeta sajón de su calendario, diciendo que los triunfos y predominios de las razas germánicas eran debidos al continuo loor sin tasa prodigado a sus obras, aún la más imperfecta, por los heleno-latinos, verdaderos dispensadores de la inmortalidad, y llevado a ciegas de tal sentimiento patriótico, ponía las correctas, pero artificiosas tragedias romanas de Racine, como Germánico, sobre las profundísimas de Shakespeare que han resucitado a César, Antonio y Cleopatra. Bien es verdad que la guerra de los alemanes ha divorciado hasta las almas después de haber dividido a los pueblos aquende y allende las orillas del Rhin. Iba yo cierta mañana, en Normandía, por las dunas del austero Etretat, hablando con el célebre filósofo Vacherot de las cosas del alma, y no pude contener mi asombro al oírle decir que antes de la guerra franco-prusiana pertenecía por completo a la escuela de Hegel, y después de la guerra franco- prusiana pertenece a la escuela de Spencer. Por involuntario movimiento de mi espíritu pedí a Dios que no hubiera bélica ruptura entre Inglaterra y Francia, pues faltaría entonces asilo y refugio en el mundo al pensamiento de un filósofo. Mas Gustavo era un artista excepcional, y debía dirigirse por sentimientos y no por reflexiones o raciocinios. Y ningún sentimiento en su corazón estaba tan vivo como el patriotismo. Amaba la Francia de su cuna y de su educación ¡ah! con la ceguera propia del verdadero amor. Esta ceguera, sugerida por los llamamientos del corazón al cerebro, inspirábale, ya en su madurez, aquella derogación parcial de las ideas profesadas en toda su juventud. Mas, aparte tal honrada inconsecuencia, Gustavo Arosa permaneció fiel siempre al romanticismo y a la República. Eran de oír sus temeridades continuas de palabra contra el Imperio cuando decirlas costaba muchas veces y a muchos republicanos incómodo viaje a Cayena. Eran de atender los recuerdos de sus batallas literarias en favor de los románticos franceses contra los académicos y en favor de los libre-pensadores contra los jesuitas. En la grande alma de Gustavo se confundían el amor al arte con el amor a la libertad, y juzgaba incapaces de amar la belleza verdaderamente artística a los incapacitados de sentir las grandezas del gobierno republicano y del elemento democrático, los cuales deben ser queridos como los querían los más cultos de los hombres, los atenienses en los antiguos tiempos y los florentinos en los tiempos modernos.

Parece que le veo todavía en su estudio de Saint-Cloud, allá, por un desván de pintor, desde cuyos ventanones descubríanse, destacándose, como engarzados en el Sena, y a guisa de joyas en su montura, precedidos por grandes bosques y jardines que combinaban la naturaleza con el arte, los monumentos artísticos de París, el Arco de Triunfo romano, el Panteón helénico, las torres góticas de Nuestra Señora y de la Santa Capilla, bogando en las brumas del horizonte como naves que conducen almas por la inmensa idealidad, y alzándose a una erguidos sobre los pesados paredones y el triste conjunto de las vulgares casas, como se alzan, erguidas sobre los intereses vulgares, las inspiraciones y las ideas, esas cimas eternas de lo ideal y de lo artístico. Aquí un caballete, con cuadro a medio terminar trazado por la diestra mano de su hija Margarita; más allá un volumen in folio, donde se acababa de buscar la noticia necesaria para cualquier memoria o libro; en los pavimentos la oscura alfombra persa unida con la vistosa y multicolor árabe; por las paredes, junto al macetón de flores, la estatuilla de Sajonia, la jarra de Talavera, el plato de Sèvres, la bandeja esculpida por los artistas del Renacimiento, el bote de Alcora, el porrón de Cataluña, el vidriado de antigua Venecia, parecido a piedras preciosas, el joyel mudéjar, las grandes riquezas del anticuario, comentadas por fotografías, acuarelas, copias, dibujos, que reproducían las primeras bellezas artísticas del mundo y os llevaban, como a un viaje de circunnavegación ideal, en torno de la historia.

Yo iba mucho a su casa, por mi amistoso afecto a su hija primogénita María, parisiense y española como su padre, joven distinguidísima por la hermosura y por el ingenio, a quien todo Madrid conoce, como mujer que es de nuestro compatriota Calzado, cuyo hogar, lleno de niños preciosos, españoles todos, puede llamarse allá en París templo erigido a la patria, donde siempre se guarda una capilla de consagración a mi ardiente y exaltado patriotismo. Así, cuando en las noches del invierno de nuestro destierro, tras largos días sin sol, llegábamos al palacio de Saint-Cloud, después de haber respirado tanta niebla, lo primero que nos recibía era el cuadro de Velázquez, por cuyo plano cabalga el príncipe D. Baltasar, esclarecidos el damasquinado de sus adornos y el color claro de su banda a la luz vivísima de Madrid, la cual, rebotando en la nieves del Guadarrama, tiende su manto áureo sobre los paisajes luminosos del Pardo y la Moncloa. ¡Oh! Después que habíamos contemplado esta obra maestra y recibido por todos nuestros poros, como un baño fortificante, aquel éter que los nervios recogían del efluvio misterioso esparcido por las irradiaciones del arte, nos sentábamos a la provista mesa, departiendo en la lengua materna sobre las cosas y las noticias de España. Una noche de esas en que los horizontes se oscurecen y cierran al emigrado, pareciéndole que no volverá jamás a ver la patria y su cielo, el hogar y los suyos, la tumba de los antepasados, las aras del parentesco y amistad natales, recitaba yo de memoria el inmortal romance de Góngora Oh sagrado mar de España, y conforme iba en su recitación subiendo, anudábase la voz en mi garganta, y lágrimas, mal reprimidas, caían de los ojos asombrados por amargo desconsuelo. ¡Ay! Jamás olvidaré las reflexiones, en aquella noche y en aquel dolor, de nuestro Gustavo, cuya grande alma, henchida de inspiración, habrá visto allá en el cielo, frente a frente, los sublimes ideales por los que ha sentido religioso culto siempre aquí en la tierra.

Otro muerto ilustre lloran hoy las letras y las ciencias, Eduardo Laboulaye. Quien, llamándose demócrata en los tiempos nefastos del Imperio, cuando Francia yacía envuelta en la mortaja del cesarismo, y la prensa dirigida por los fruncimientos del entrecejo de César, y la tribuna vacía bajo la neumática reglamentación imperial, nos leyera y saboreara el París en América, libro popular sugerido por el numen de la libertad y consagrado a la difusión luminosa del pensamiento republicano y parlamentario, en oposición al bonapartismo y su dictadura; quien, llamándose demócrata, repito, por aquella sazón y oportunidad, no admirara tan oportuno libro, debía dejarse de servir la causa del pueblo e irse de grado a incorporar con los lictores y custodios de la omnipotente dictadura, tan adversa de suyo a la conciencia y a la libertad. El Paris en América nos movía, con sus animados diálogos, con su interesante dramática, con sus varias noticias, con sus sabias reflexiones, al entusiasmo por el individualismo, por el derecho personal, por el Parlamento moderno, por el régimen democrático, por la República, y como todos los libros correspondientes a incontrastables necesidades del alma, se difundía por millones de ejemplares, llevando a las inteligencias luz y a los ánimos calor, en aquella terrible desolación, fe y esperanza. El escritor ilustre no podía, dadas sus cualidades, aspirar al coro inmortal donde se hallan los grandes pensadores como Conte y Bernardh; los grandes artistas como Hugo, Michelet y Renan; pero nadie le ha igualado en el arte dificilísimo de propagar las ideas nuevas y ejercer un verdadero apostolado en sabia y constante propaganda, la cual penetraba, como aire y luz del espíritu, en los abismos donde yace dormido el pensamiento de las esclavizadas muchedumbres. Penetrado de un liberalismo sistemático, sin excepciones ni distingos, Laboulaye no ejerció la influencia propia de su talento por el error, hoy tan divulgado entre nosotros, de la indiferencia respecto a las formas de gobierno, cuyo error condújole, como de la mano, a transigir como transigiera Ollivier en tan mal hora, y a olvidar que toda monarquía, y especialmente la monarquía imperial, es incompatible con la libertad en toda su extensión y la democracia en toda su pureza. Tamaño error le arrebató su popularidad cuando más la necesitaba y cuando mayores servicios pudo prestar con su pluma y con su palabra en días bien tristes y nefastos a la causa inmortal a que consagrara una inteligencia sin sombras y una vida sin mancha.

Otro escritor francés, Julio Sandeau, acaba de morir, escritor todo él candidez y dulzura, que la muerte no perdona, en su implacable igualdad, a nadie, y no se deja desarmar por las violencias de los fuertes ni por los reclamos de los débiles, guardando avara, sobre todos, su omnipotente autoridad y su incontrastable imperio. El escritor que acaba de morir a los setenta y dos años en el retiro de su biblioteca y en el apartamiento de su hogar, llamábase Julio Sandeau y era un verdadero miniaturista de la novela, seguramente atractivo por la nimiedad del dibujo y por la reducción de los personajes a las menores dimensiones posibles, pareciéndose así todas sus obras a esas modestísimas joyas que las matronas de cierto recato y retiro se ponen al pecho sin ostentación, como una sencilla reliquia de familia o un recuerdo de dulce y perdurable amistad.

Sin embargo, escritor tan modesto y apocado tuvo amistad con un gran genio, con Honorato Balzac, y amor con otro gran genio, con la célebre Dudevant. Esta mujer extraordinaria le tomó las primeras letras de su apellido y se llamó en el mundo, y se llamará por siempre ante la Historia, Jorge Sand. Un año escribieron juntos. Algunas obras resultaron de la unión de sus dos almas. Estas obras apenas eran leídas, ni mucho menos compradas, tanto, que la pobre joven debía cooperar a la manutención de los dos colorando con pincelitos mojados en pastillas flores grabadas, no tan olientes ni tan hermosas como las que tenía en germen o en capullo por los campos inmensos de su nativa y creadora fantasía. En tales obras de dos, toda la parte dulce y tierna, que hubiérase dicho pertenecer a la mujer, pertenecía de suyo al hombre; y toda la parte audaz y fuerte, que hubiérase dicho pertenecer al hombre, pertenecía de suyo a la mujer. Separados al poco tiempo, quizás porque ni sus inteligencias se comprendían mutuamente ni se completaban sus complexiones opuestas y contradictorias, Julio Sandeau se preservó él mismo y preservó a su amante de los escándalos que diera, por igual motivo y por la misma mujer, Musset, con sus celos, con sus caprichos, con sus embriagueces de cólera expansiva, con sus inmortales quejas de genio delirante y desgraciado. Recluido en la Biblioteca Mazarina, escribió libros que parecían copias de los hogares y las familias de clase media en que naciera y se criara, o dramas que parecían copias de sus novelas, escritas todas con exquisito gusto, en claro estilo y desarrolladas con método y medida, como cumpliera naturalmente a quien esquivaba discurrir por las cerúleas regiones, temeroso de no poder a sus anchas respirar allí donde solamente respiran las águilas verdaderas de la literatura y del arte. Yo le hablé mucho en casa de Legouvé, durante una velada literaria que diera éste en honor mío; y no podía creer a mis ojos, cuando me trasladaban a la mente aquel escritor, célebre por los primeros amores que inspirara, colocado en tan diverso lugar por mis ideas y por mis recuerdos. Un gran dolor moral ha precedido a los dolores materiales que han acabado con su vida, la muerte de un hijo, brillante oficial en la marina francesa. Desde este golpe no ha vuelto a levantar cabeza, muriendo de afectos puros e íntimos, como los que tratara por espacio de medio siglo en sus preciosas novelas. ¡Que haya encontrado en otra vida mejor la paz negada por el destino a los mortales en esta triste vida!

Dejemos a los muertos en su paz y vamos a los vivos en sus guerras. El Imperio alemán ha entrado, al fin y al cabo, como todos los Imperios, en pleno socialismo. Yo he creído siempre las instituciones imperiales más propensas a la utopía socialista que las instituciones republicanas. Si alguna duda cupiera respecto a tan evidente verdad, ahuyentárala el rescripto postrero de autorizado escritor imperial, del Emperador de Alemania, que, no contento con haber querido amortizar en poder del Estado un monopolio tan importante como el monopolio de los tabacos, allí desestancados y libres, ha querido fundar, bajo su alta protección, cajas de socorro para los trabajadores inutilizados, como si el trabajo fuere una profesión militar y consintiese su naturaleza verdaderamente social y su innegable universalidad asimilarlo a instituciones puramente del organismo gubernamental y del Estado, como el ejército y sus escasos inválidos. El trabajo, como el cambio, es una función esencialmente social, y no cabe dentro de las reglamentaciones burocráticas, gravosas al trabajador en último término, por lo mucho que aumentan el presupuesto y embarazan a un mismo tiempo la producción y el consumo. Digo del socorro gubernamental a los trabajadores pobres, inscrito en el presupuesto y regulado por la Administración, lo que del crédito gratuito, tentador de suyo para la miseria, y puesto ante los ojos del trabajador como una engañosa esperanza por los comunistas de abolengo. El crédito gratuito no se puede conceder a unos y negar a otros, hay que abrirlo para todos, pues de lo contrario, creándose privilegios absurdos, derogaríanse a una los principios de igualdad política encerrados en las Constituciones modernas. Pues si hay que abrirlo a todos, calculad el incalculable presupuesto necesario para tal operación, los empleados que habríais de mantener para emprenderla y cumplirla, las reglamentaciones que habríais de urdir para facilitarla, el influjo permitido por tales larguezas al Estado y a sus representantes, la disminución y aminoramiento del trabajo y sus productos, al lado de una burocracia y sus agentes que llegarían a verdadera omnipotencia y dispondrían de las elecciones como dispusieron los Césares en Roma, quienes se guardaron muy bien de abrogar las instituciones electivas, corrompiéronlas, ofreciendo a los electores las tierras públicas y su rendimiento, las anonas oficiales y su trigo. La carta del Emperador de Alemania es una copia servil de las conferencias de esos socialistas de la cátedra, para quienes hoy no tienen ningún valor la ciencia económica de la libertad, revelada en los comienzos de nuestro siglo al mundo, y mantenida por los espíritus superiores en todo el curso de nuestra gloriosísima centuria. Derogando las leyes naturales de la sociedad, sustitúyenlas con arbitrarias concepciones de secta y escuela que tientan a los fuertes y les dan medios de seducir, para mejor avasallar, a los débiles. Pero es el caso que los trabajadores ya se hallan muy advertidos de todo cuanto contiene el socialismo de arriba y dispuestos a rechazarlo, sabiendo que tira, con pérfidos medios, más que a enriquecer su peculio y aumentar su derecho, a enriquecer el presupuesto y aumentar el poder de la incontrastable autoridad imperial.

Está visto, como tras el Emperador aparece a la continua el Canciller, está visto que sueña el Canciller con la utopía. Autor de obras milagrosas que parecían desmentir las leyes de la naturaleza y de la historia, todo lo juzga posible a su poder, con sólo ambicionarlo en su voluntad. Si el mísero feudo cedido en lote a la orden teutónica, confinante con las tierras eslavas, apartado de aquella Suabia que diera sus privilegiados hijos al mundo germánico, hase, a guisa de grandiosa y henchida nube, por todos los horizontes de Alemania extendido, llegando a formar el núcleo de la poderosa nacionalidad nueva, no indica tanta fortuna increíble, tal resultado maravilloso, consecuencias ni siquiera sospechadas antes por el vulgo, que logre la sublime autoridad imperial, fautora de tal obra, romper las leyes naturales de la economía y distribuir por medios artificiosos los productos del capital y del trabajo, enriqueciendo a los pobres sin desdorar y empobrecer a los ricos.

Parece imposible; mas el pueblo germánico, autor del moderno individualismo, está, como pocos pueblos, tocado y enfermo de inclinaciones socialistas. Una parte considerable de su cuerpo docente ha fundado el socialismo de la cátedra, y otra parte considerable de su clerecía oficial ha fundado el socialismo de la Iglesia. Los catedráticos más conservadores hablan de la propiedad en el fraseo propio de los clubs más rojos, y los pastores más pietistas hablan de la pobreza y del pobre como los más exaltados reveladores de sistemas utópicos. Nosotros nada tendríamos que oponer a esto, si el socialismo de la imperial autoridad no se derivase inmediatamente del socialismo de la cátedra y de la Iglesia, que, aparentando endulzar la suerte de los pobres, extendió la autoridad de los reyes. Imposible parece la uniforme monotonía con que la historia se repite, y se reproduce, y a sí misma se copia de siglo en siglo y de gente en gente. La imperial autoridad de Germania en pleno siglo decimonono ha menester, como la cesárea autoridad de Roma en los pasados siglos, de numeroso ejército y de rendida plebe. La utopía socialista de Bismarck no es otra cosa más que la llama en cuyo ardor se dora la diadema del Imperio, para que parezca de oro esplendente y luminoso, cuando es de frío y pesado hierro.

No contento con la carta del Emperador ha reconvenido Bismarck a las Cámaras por su pereza en controvertir y resolver los problemas sociales, como si las facultades del poder ejecutivo pudiesen llegar hasta inmiscuirse, con oficial y pública censura, en los actos del poder legislativo y parlamentario. Mas de antiguo ha contraído tal manía y no tienen medio los diputados de conjurarla. Nuevas incidencias y nuevas reconvenciones han mostrado con irrefragable demostración de que naturaleza es el socialismo de la cátedra, puesto en boga por las autoridades del Imperio. Dada la copia del poderoso ejército que Alemania tiene para conservar su predominio político en Europa, necesita distribuirlo en muchas regiones; y dada esta distribución, alojarlo en grandes cuarteles; y dados estos cuarteles, asistirlos y proveerlos con todos los recursos indispensables a la colmena de tan grande y numeroso enjambre. Así, hay en todos estos cuarteles muy bien provistas cantinas, y en todas estas cantinas el vino, libre de las gabelas gravosas al general consumo, expéndese muy barato, arruinando a la industria y al comercio de los particulares, incapacitados para vencer y contrastar tan formidable concurrencia.

El diputado progresista Rischter hase creído en el deber de levantar su voz contra tamaño abuso, y ha vuelto por los derechos universales del ciudadano desconocidos en los fueros burocráticos del cuartel. Ya se ve, para todo buen socialista la ley de la libre concurrencia es tan odiosa como para todo buen vividor la ley durísima de la muerte. Pero así como ha querido la naturaleza implacable que las almas de las generaciones nuevas se monten y engarcen por necesidad en el sepulcro de las generaciones muertas, ha querido también que provengan las obras humanas y su gradual perfeccionamiento de la emulación y de la competencia. Quitadlas y destruidlas, como quiere la mayor parte de los utopistas modernos; gremiad los trabajadores por fuerza; imponedles imperialmente las horas de trabajo y el organismo de su oficio; disciplinadlos como disciplinaríais un regimiento; mandadles así las vocaciones respectivas como el respectivo límite de sus facultades; y veréis cuán pronto habéis convertido la sociedad moderna en triste y solitario convento, sobre cuyos claustros se alce un despotismo, natural y lógico, doquier muere la libertad individual, con su más inmediato y útil resultado, la libre concurrencia.

Vamos a ver el estado y desarrollo de la política en Oriente. Una ceremonia solemne acaba de celebrarse allá en las aguas del Bósforo. Los cañones de los fuertes han retumbado, como si aún los hiciera tronar la mecha de los grandes conquistadores; y las barcas del serrallo han salido, en guisa de cisnes áureos que discurrieran, airosos y erguidos, por los celestes cristalinos lagos, donde se miran las riberas del Asia y de la Europa. Desplegábase tanto lujo en aquel escenario incomparable por haber llegado a la capitalidad antigua de la cristiandad el nominal vasallo de Turquía, que hoy dirige los destinos de un pueblo recién desprendido de la dominación turca, el pueblo de Bulgaria. Pretendía pasar por aquel sitio sin rendir homenaje al Sultán, su archisoberano; y el Sultán, que por tal descuido le ahorcara en otros días, o por lo menos le remitiera el dogal para que se ahorcase, hoy le invita con solicitud y le agasaja con esplendidez, seguro de que a todos, sin excepción, se revela por miles de revelaciones diversas la triste irremediable decadencia de su antiguo Imperio. El Príncipe de Bulgaria es vasallo meramente honorario del Sultán de Constantinopla y vasallo real del Zar de todas las Rusias. Y lo es en tanto grado, que Rusia le nombró hace tiempo un Ministerio, por cierto a sus gustos e inclinaciones muy repulsivo, y ha de sostenerlo durante dos años enteros, si quiere conservar su corona en las sienes amenazadas por fulminante rayo, y su apellido entre los soberanos más o menos irrisorios, de la nueva Europa. Nada tan curioso como el combate que sostienen estos principillos eslavos con el soberano impuesto por los arreglos diplomáticos, a quienes prestan acatamiento ilusorio, y el soberano impuesto por las necesidades políticas, a quien prestan ineludible obediencia. Contra el primero, puramente nominal, recaban la concesión de condecoraciones y la firma de títulos nobiliarios y el envío de agentes diplomáticos y la ostentación de otras zarandajas más o menos baladíes, mientras tienen que recabar contra los otros, que los rodean de ministros y empleados suyos, la efectividad del supremo poder. Habrá visto el Sultán a su vasallo so el amparo de propio pabellón, y en el pavés de autoridad soberana; mas al verlo, debería recordar por qué caminos agrios y escabrosos suelen perderse los Imperios que rinden culto al fatalismo y no saben renovarse por la creadora virtud de una verdadera libertad.

El príncipe Alejandro habrá reconocido aquellos lugares por la poesía clásica esmaltados; habrá visto el sitio donde la ninfa Io esquivaba los celos de Juno, y el sitio donde plantaba Medea su laurel ponzoñoso, y el sitio donde morían de amor Hero y Leandro, habrá observado todas estas maravillas; y al ver las aguas en cuyo seno va disuelta la luz oriental y las montañas en cuyas cumbres olímpicas están como dibujados los dioses helénicos; entre las costas de Asia y Europa, que parecen abrazar y adormecer a los mares, en cuyos cristales clarísimos los palacios de mármol, las rotondas de oro, los kioscos multicolores, los jardines poéticos, los intercolumnios festoneados de rosas y jazmines se retratan como recreándose a una en contemplar las velas que van por las corrientes y las aves que van por las alturas; habrá comprendido cómo se deseará poseer todo aquello desde las áridas estepas del Norte, desde las petrificadas olas del Báltico, desde las oscuras orillas del Volga, y comprenderá que sus protectores le han dado cetro y corona para que represente la vanguardia del ejército de cruzados moscovitas, que, creyéndose dirigidos por los ángeles de Constantino, juran redimirá Santa Sofía, relegada impíamente a los harenes del turco, y hacen de Constantinopla la capitalidad inmortal de un Imperio greco-eslavo, apercibido por el cielo a bautizar y a evangelizar todo el Oriente.

La verdad es que Turquía se desvanece cada vez más en los aires como una gran pesadilla. El hombre aquel, en quien pusiera tantas esperanzas, el buen Arabi-Bajá, que había desplegado la verde bandera del Profeta y esgrimido el cortante alfanje de Ostman, hállase ahora en la isla de Ceylán, donde los mahometanos creyeron que había surgido Adán, y donde se cruzan innumerables tradiciones islamitas por los aires, consagrado, no a meditar los libros sacros, que fortalecen la fidelidad del creyente; no a invocar los santos del Islán, que han destruido tantas veces a los nazarenos y han elevado en los cielos de la victoria el arco argénteo de la media luna, sino a industriarse, como pobre discípulo y doctrino, en el inglés, para dar gracias a los vencedores, si posible fuera, en la propia lengua suya, por tanta piedad y misericordia como han tenido al dar un paraíso en su Imperio al caudillo de una rebelión contra su Imperio. Y mientras tanto, lord Dufferin, embajador antiguo de Inglaterra, se ufana de recortar patrones de códigos políticos para el Egipto, como si esta tierra de los dioses muertos y de los ritos legendarios fuese un primitivo territorio de aquellos no surcados por la historia, sin escombros y sin recuerdos, en cuyos senos pueden los utopistas ejercitarse y escribir, como en limpia pizarra, los términos todos, más o menos algebraicos, de ideales utopías. Al hojear la disertación de lord Dufferin sobre las instituciones más convenientes a Inglaterra, nadie diría que la trazara un experimental y positivo sajón, acostumbrado a las contemplaciones de los hechos más que a las contemplaciones de las ideas, sino un meridional, soñador y artista, idóneo para la traza de leyes, mejor o peor ideadas, en las cuales, curándose mucho de las teorías y de las proporciones, no se cura gran cosa de la realidad y de sus irremediables impurezas. ¡Buena tierra el Egipto para constituciones ideales! ¡Ah! Lo que verdaderamente resulta y resalta de todo esto es que Turquía y su Imperio se han desvanecido en Egipto, para dejar paso libre a Inglaterra y su Imperio. La dominación turca toca en su ocaso, y el Califato de Constantinopla estaría ya disuelto, si Europa no temiese la infección que pueden dar al aire respirable los gusanos inmundos generados por la descomposición de tan podrido cadáver.

El Oriente llama la general atención de Europa; y la llama, porque está el Oriente amenazado de guerra, y cualquier chispa, siquier aislada y pobre, podría hoy avivar y mantener el incendio universal. Armenia se mueve demandando las reformas prometidas en el tratado de Berlín, y Turquía se resiste a la concesión de estas reformas. En tal estado, Rusia, como siempre, se mueve, y como siempre, aparenta interesarse por la libertad y los derechos de las varias sectas, más o menos cristianas, poseídas aún, como triste rebaño, por el Sultán de Constantinopla. Poseedora la gran potencia del Norte, con motivo de sus victorias últimas en la península balkánica, de sumas plazas fuertes en el Asia Menor, guarnece sus alojamientos militares, concentra sus tropas, requiere sus armas y amenaza con los vislumbres relampagueantes de una próxima guerra. Pero el mayor síntoma de graves acontecimientos está en la visita hecha por el Príncipe de Bulgaria, recién constituido, a su vecino el Rey de Grecia; visita que ha seguido a la del Sultán de Constantinopla. La raza bulgárica, como eslava de suyo, y la raza griega, como helénica, guardan dentro de sus pechos un vivo sentimiento de rivalidad y competencia. Estados constituidos los dos en el quebrantamiento y fracción de la Turquía tradicional, aspiran a extenderse con grandeza y en daño mutuo de sus sendas nacionalidades. La oposición ha llegado tan lejos, que Bulgaria se ha desasido del Patriarcado de Constantinopla tan sólo por el carácter helénico de tal institución religiosa. Mas ahora ven búlgaros y helenos que mientras ellos disputan y riñen, Austria se acerca sigilosamente a Salónica y Rusia se introduce y entromete con tal imperio en los negocios búlgaros, que hasta nombra los ministerios, imponiéndolos al irrisorio Rey de Bulgaria. Y mientras tanto la cuestión de Armenia con sus complicadas incidencias acusa la proximidad de nueva guerra, la cual podría traer sin remedio la total ruina del Sultán y la conversión de la Mezquita más ilustre del islamismo, coronada hoy por la media luna de Ostman, en la Basílica Santa coronada por la cruz griega de los inmortales Constantinos. Y para tal evento deben los pueblos cristianos entenderse y apercibirse a la solución única que ha de conjurar todos los conflictos y ha de traer todos los seguros a la confederación greco-eslava.

Verificóse la coronación del Zar. Aquel trono de los zares, por la retina del Eterno rematado, ha vuelto a la sala imperial de San Andrés, coronado con su guirnalda de rayos. El manto de armiño, en cuyo centro campean las águilas de dos cabezas coronadas de diademas y armadas de cetros, ha salido del empolvado camarín. Aquí se han visto las espadas que muestran la fuerza y allí las insignias que muestran la majestad del poder. Los cosacos llegaron en pelotones y los arzobispos corrieron desde sus respectivas diócesis para ofrecer la mirra, el óleo y el incienso a esta especie de dios. Juntáronse ríos de cerveza, millones de pasteles, músicas semejantes a ejércitos por su número, coros que pueden atronar los aires, y llegó la triste policía de los moscovitas a impedir que los genios invisibles y apocalípticos del nihilismo se deslizaran sigilosos entre tantas grandezas históricas y las hicieran saltar en pedazos con sus terribles explosiones.

El ministerio Gladstone acaba de ser derrotado en la Cámara de los Comunes por una cuestión religiosa, por la cuestión del juramento político. Embargados los ánimos y ocupadas la opinión y la conciencia general con tamaño problema, pertenecía seguramente a un hombre de la previsión por todos reconocida en el gran ministro, buscar una solución que tales agitaciones calmase, reconociendo los derechos fundamentales e inalienables de la humana conciencia. Por consiguiente, propuso Gladstone una reforma justísima de suyo, aceptada hasta por los conservadores en España últimamente, y que da con grande acierto a los diputados la facultad omnímoda de cambiar el juramento de fidelidad por la promesa, cuando su conciencia filosófica y religiosa les vede invocar el nombre de Dios y los Santos Evangelios. La política no puede tener un carácter absoluto, y aunque busque ideales de grande superioridad, debe tomar en cuenta, para su trabajo de todos los días, cuanto hay de relativo y circunstancial en nuestra existencia. La cuestión del juramento sobrevino a consecuencia de la elección de Bradlaugh, especie de popular predicador, dado a vagar por las calles y encrucijadas continuamente, sosteniendo el ateísmo con vehemencia y llamándose con el ridículo y anticuado nombre de iconoclasta, cuya general acepción contiene antiguos combates y recuerda tremendas irreverencias. Ningún espíritu al ateísmo tan repulsivo como el mío, en quien aquella idea de Dios, inspirada por la primera educación, ha crecido a medida que crecía la existencia y ha madurado a medida que maduraba la razón.

Yo he visto a Dios en los esplendores todos de la Naturaleza, y he columbrado las deslumbradoras alas de sus ángeles, en el brillo resplandeciente de los astros; yo he sentido a Dios en los más puros afectos de mi corazón y le he amado con todas mis aspiraciones a la caridad universal y con toda mi compasión por los humanos dolores; yo he oído a Dios en los conciertos de las esferas y en las armonías de las orbes; yo, sin Dios, creeríame y creería a mi especie como un rebaño de pobres animales, todos materia, seducidos y engañados por una diabólica ilusión: que sin la idea de Dios no explicaría el átomo perdido en los confines de la nada ni los soles vivificadores de la creación, como no comprendería sin su providencia las leyes divinas del Universo y de la historia. Por consiguiente nadie como yo abomina de las escuelas ateas y nadie como yo cree y adora la suprema y divina existencia del Ser absoluto y perfecto, en quien se animan a una espíritu y naturaleza, por quien se explican todos los enigmas del Universo y se adivinan y se presienten todas las fuerzas de las ideas y de las cosas en sus concéntricas esferas y en sus divinas armonías. Pero yo no puedo negar el derecho que tiene la naturaleza humana en su limitación y condicionalidad a la expresión del error, como no puedo desconocer la ineficacia de los medios coercitivos para perseguirlo y ahogarlo. Así, pues, creo con el gran ministro inglés, que la verdad metafísica y dogmática no puede imponerse por las fuerzas coercitivas, y que se debe respetar hasta en sus mayores extravíos la irrefragable libertad del humano pensamiento.

Pero no ha creído esto que yo creo la Cámara de los Comunes inglesa. Por el contrario, abstenidos los liberales de viejo cuño, los wighs por tradición y escuela; reunidos en haz y apretados como tebana legión los conservadores; poseídos del demonio pesimista los inexpertos irlandeses, quienes todo lo deben al radicalismo inglés y en todo sirven a la escuela conservadora, su cruel enemiga; excitados por su exaltadísimo celo y su adhesión a la Iglesia los obispos; recrudecida la universal superstición religiosa, en ninguna parte del mundo tan rutinaria como en la Gran Bretaña, ¡oh! el poder discrecional atribuido en el bill Gladstone al diputado de cambiar el juramento de fidelidad por la promesa, reforma justa y saludable, ha valido al Gobierno una derrota, que si bien ahora no lo derriba y aterra, disminuye sus fuerzas y amengua su poder. Era de oír, según los asistentes refieren, el aquelarre armado por los vencedores contra sus adversarios los vencidos. Unos diputados aplaudían hasta romperse las manos y otros vociferaban hasta desgañitarse; metían éstos infernal ruido, silbando como en mal teatro y se colocaban de pie aquellos en los bancos cual si estuvieran reunidos en cualquier cuadra o chiquero y no en la primer Cámara del mundo. Los más irreverentes llegaron hasta la mofa, la befa y el escarnio, cantando el nombre de Gladstone, su gran ministro, en coro, a los aires soeces de los lampiones y otros cantares desvergonzados y corrientes en los barrios bajos parienses entre los pilluelos de los can-canes: por manera que ninguno de los dervis, o carreras de caballos, donde los sajones se emborrachan y gritan; ninguna de las corridas de toros de muerte, donde se salen fuera de sí los españoles, puede compararse con esta última hora de una grande sesión parlamentaria en respetabilísimo y antiguo Parlamento. Permítase, pues, a mi amor patrio el envanecerse recordando que jamás damos a las gentes, nosotros los españoles, tales ejemplos; y diciendo que aquí hemos admitido hace poco la opción libérrima entre la promesa y el juramento, por escrupuloso respeto a la libertad religiosa y espiritual, sin que se hayan suscitado los obstáculos y dificultades que acaban de suscitarse allá en Inglaterra; pues el pueblo español, tan probado por las tiranías de sus sacerdotes y de sus reyes, después que ha sacudido las cenizas de la Inquisición y que ha roto los viejos ídolos del absolutismo proclamando la libertad religiosa, lógico y consecuente, ha sabido declarar que las ideas no pueden impedir el ejercicio de los cargos públicos y que las conciencias tienen derecho al respeto del Estado y de las leyes, hasta cuando yerran, si ha de salvarse su indispensable inviolabilidad.

Los ingleses cuentan dentro de su oficial protestantismo innumerable variedad de sectas religiosas. Todavía quedan restos allí del catolicismo antiguo, rejuvenecidos y remozados por la libertad moderna. Junto al anglicanismo tradicional, auténtico, histórico, se levantan los puseistas, que dominan con grande dominio en centros religiosos importantísimos y que usan las estolas, el incienso, los cirios como arreboles de la fe antigua; los metodistas, los discípulos de Wesley, que combatiendo el excesivo rigor del dogma luterano relativo a la gracia, se apropian tanto al carácter individualista inglés y tanto confían en que el segundo Adán rescatará la culpa del primero; los presbiterianos, los verdaderos demócratas del protestantismo, quienes asocian el elemento eclesiástico y dan al principio electivo la virtud alcanzada en las antiguas sociedades apostólicas; los unitarios, que proclaman una especie de socialismo derivado de las ideas españolas e italianas del siglo decimosexto, de aquellas ideas mantenidas por Valdés y por Servet, las cuales, regateando a Cristo su divinidad, lo reconocen y proclaman como el fundador de la moral definitiva y eterna; y tantas y tantas otras sectas, matices diversos y varios de una misma creencia, los cuales van desde la ortodoxia secular de los antiguos creyentes católico-romanos, hasta la República cristiana e idealista de los cuáqueros en esos templos vivos de Dios y de la libertad que se llaman las selvas del Nuevo Mundo. Pues así como en el cielo religioso, donde parece que la fe ha de dar más unidad a los espíritus y más universalidad a las ideas, existen estas diferencias, ¿por qué no han de existir en el cielo científico, donde reina más el criterio individual y la rica variedad del pensamiento?

Ya sabemos que han concurrido muchas circunstancias para hacer odiosa la personalidad originalísima de Bradlangh a los ingleses. Su brutal franqueza contrasta con la pudicicia que pone la gente sajona en las palabras y formas de sus más audaces pensamientos. El carácter socialista le daña también mucho en pueblo donde parece congénito a la complexión y naturaleza nacional e histórica el más desenfrenado individualismo. Luego, aquel trabajador, verdaderamente gigantesco y hercúleo, que alza la cabeza erguida sobre las muchedumbres como el trofeo sobre la legión; que posee una voz estentórea, cuyos acentos llegan a tener la resonancia del trueno; que destituye al Dios de los profetas con fórmulas proféticas; que convierte las utilitarias reuniones políticas en reuniones teológicas, donde se desgarran página a página los libros santos leídos por los ingleses todos los domingos en sus ejercicios religiosos, ha de concitar contra sí muchas iras y ha de tener frente a sí muchos enemigos. Yo aseguro, sin embargo de todo esto, que Bradlangh es un moderado y conservador escrupuloso en comparación de los demagogos españoles, franceses, germanos y rusos. ¡Ah! Extrañarse del ateísmo plebeyo y rudo, y brutal si queréis, de un pobre trabajador, los que han colocado, y con motivo y fundamento, entre sus mayores glorias a un Stuard Mill, semicontistha y semipositivista; a un Spencer, mantenedor del movimiento eterno y de la evolución universal; a un Bain, que confunde la psicología con la fisiología y explica la unidad del espíritu humano por mera asociación de ideas; a un Darwin, que deriva unas especies de otras especies y genera en sus teorías al hombre mismo por el ayuntamiento de las bestias. Aquella Cámara de los Comunes, compuesta por católicos, apenas emancipados gracias a la sublime y tempestuosa palabra de O'Connell; por protestantes que admiten los derechos de la libre conciencia y los ejercicios del libre examen; por judíos, víctimas primeras de la intolerancia religiosa; por presbiterianos y cuáqueros y unitarios que rechazan y condenan el juramento, debía llegar a donde las Cámaras españolas y francesas han llegado, o bien a la indispensable abrogación del innecesario y vejatorio juramento político, cuya inutilidad es manifiesta, o bien a la opción entre el juramento y la promesa, como nosotros los españoles, a quienes consideran los ingleses padres naturales de la Inquisición y enemigos natos de la tolerancia. Para ir a la cabeza del mundo no basta con tener mucho territorio, porque si bastara, tendría tal dirección esa Rusia, tan grande, que apenas puede medirse la extensión material de su Imperio; necesitase la posesión plena y absoluta del espíritu moderno y el culto desinteresado a sus grandes ideales de progreso y a sus eternos principios de justicia. El respeto a la conciencia individual es lo menos que puede pedirse al viejo liberalismo inglés, generador ilustre de todo el moderno liberalismo europeo.

Con la crisis italiana rematamos esta crónica, ya larga, de un mes rico en varios e importantes sucesos. Después de las últimas elecciones, hechas con censo bajo y numeroso, creían cuantos observan de ligero la política europea que iba el partido de oposición, existente ya en la izquierda liberal, a obtener mucho número y desmedida influencia. Ponían, los que pensaban así, en olvido la consumada prudencia de los italianos y su afición a las pacíficas y lentas evoluciones del progreso medido y legal a que se hallan sujetos los pueblos salidos del periodo revolucionario. Depretis se había presentado a los comicios con franqueza en su discurso de Stradella, y los comicios le habían dicho con sus votaciones ministeriales cómo podía contar con la estabilidad si no se paraba en los amplios caminos del progreso. La nación estaba resuelta contra todo retroceso hacia la derecha conservadora, por conocerla demasiado, y contra todo salto violento hacia la izquierda extrema, por conocerla poco. Dentro de la izquierda extrema existe un hombre con autoridad extraordinaria, Cairoli, de la madera de los héroes más que de la madera de los estadistas, y tres jefes muy patriotas y talentudos, pero poco idóneos para el gobierno, como Nicotera, Crispi, Bertani, por sobrado gubernamental el primero y sobrado radical el segundo, mientras el tercero padece de una inquietud nerviosa en todo cuanto a la política interior se refiere, y de una galofobia crónica en cuanto se refiere a lo exterior, que le quitan fuerza y le dan enemigos. Por esta razón, a no dudarlo, el viejo Depretis, consumado estadista por su ciencia y por su experiencia, no ha querido enderezar la proa de su gobierno hacia cabos circuidos de la incertidumbre, la mayor entre las plagas que pueden malograr una política, y ha preferido pararse, aún corriendo el riesgo de tocar en la inmovilidad. Cierto que, contrastado y combatido por una fracción de suyo hábil, como la fracción conservadora, encabezada por un hombre de suyo eminente, como el economista Minghetti, se ha encontrado con que su política de progreso ha salido política de estancamiento, según las calificaciones dadas por los doctores en la materia y robustecidas por el abrazo y el voto último, en que los más reaccionarios han hablado y votado como una sola persona en favor del mismo que les ha sucedido y reemplazado para empujar la Italia por los progresos a las reformas y cumplir una política de amplia y radicalísima libertad. No debe olvidarlo Depretis. El calor de su vida sólo puede conservarse con el movimiento hacia adelante. Una estabilidad sobrado quieta podría pudrir la nave muy velera en que va embarcado y dispersar la tripulación a los cuatro vientos, mientras que si anda de prisa, con los ojos puestos en la estrella-norte de la libertad, llegará con fortuna y rapidez al seguro puerto de una gran política que realce mucho su nombre y agrande y robustezca su patria.


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