Historia del año 1883: 09

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Capítulo IX
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Historia del año 1883 Emilio Castelar


La coronación del Zar

No abriréis un diario francés por estos días sin daros de manos a boca en seguida con el Tonkin, problema de carácter oriental por su lado geográfico, y de carácter europeo por su lado político. Francia no ha querido contentarse con el predominio moral que le daba el haber prescindido de su monarquía y de su aristocracia, constituyéndose por su propia voluntad y derecho en libre y robusta República, tan luminosa para todas las inteligencias como atractiva para todos los pueblos del mundo. Cegada por las reverberaciones últimas de su gloria militar, aún resplandeciente con vivos arreboles sobre su ocaso, quiere colonizar en remotas regiones y extenderse y dilatarse por el África y el Asia en competencia con Rusia e Inglaterra. La impremeditada expedición a Túnez le ha traído la enemistad implacable de los italianos con la ocupación del Egipto por los ingleses; y a este doble desastre de su diplomacia responde con una doble temeraria empresa en Madagascar y Tonkin, exponiéndose a desagrados nuevos con Inglaterra y a conflictos temerosos con China. El pretexto a tal movimiento lo ha encontrado en las incursiones continuas de piratas varios bajados desde las fuentes del río Rojo, al comienzo del cauce navegable, a Lao-Kaz, como de Lao-Kaz a la desembocadura del río a Tonkin. Tales excursiones molestan mucho a los franceses en su comercio con estas tierras y hasta en la quieta y tranquila posesión de sus dominios en Cochinchina. Y para evitar tantas molestias y conseguir la seguridad de su Imperio esbozaron ciertos proyectos de convenios con los chinos, por lo cuales reconocían los franceses la supremacía de, China sobre Anam, y reconocían los chinos el protectorado de Francia sobre Tonkin. Y unos y otros habían asentido a dejar entre los dos Imperios, el Celeste antiguo y el francés nuevo, una zona montañosa, especie de muralla natural, poblada por tribus, lo bastante guerreras para impedir el contacto de dos dominaciones, las cuales, para estar muy hermanadas, habían grande necesidad de no ser enteramente fronterizas. Andaba todo esto en paz cuando los ingleses mueven a los chinos contra Francia, y a consecuencia de este impulso comienzan los chinos a retroceder en sus componendas pacíficas y a volverse amenazadores y combatientes. Pero lo más grave del caso es que si China requiere sus armas con aire de reto, la prensa británica requiere sus plumas con aire de rivalidad, y pone los torpedos de sus desconfianzas en las fronteras de un pueblo como el francés, asediado ya por las desconfianzas germánicas y las desconfianzas italianas en el Este. Así, no es mucho que los ingleses recelen de la dirección y administración francesa en el canal de Suez y propongan abrir otro nuevo con el especioso pretexto de la deficiencia del antiguo. Según y conforme avanzamos en civilización y cultura perdemos aquellas expansiones humanitarias de otros tiempos y vamos encerrándonos los pueblos europeos, respectivamente cada cual, en refinado egoísmo. ¿Qué ha sido de aquel antiguo partido liberal inglés, tan ufanado de su carácter humanitario y de su grande superioridad sobre las viejas supersticiones torys? ¿Qué ha sido de aquella definición, dada por un repúblico eminente, de los antiguos partidos ingleses, cuando decía que los wighs anteponen los intereses generales de la humanidad al interés de Inglaterra, y los torys el interés de Inglaterra a los intereses generales de la humanidad? Hoy, en este asunto, son iguales todos. Las palabras de Bright parecen arqueológicas supersticiones de un cuáquero tenaz que combate los horrores de la conquista y de la guerra por miedo a la perdición de su alma: ya no queda un solo inglés que sea osado a proponer lo hecho nuestra vista, el abandono de la isla de Chipre, cual en otro tiempo abandonaran el archipiélago Jonio. Aquel carácter humanitario de los wighs de otros tiempos se conoce ahora por la oposición al túnel entre Francia e Inglaterra, y por el protectorado de Egipto, y por la enemiga implacable a Francia en sus varias coloniales empresas. Pero no deben olvidarlo jamás los ingleses; si sus vecinos han de contar siempre con el odio de Alemania, ellos han de contar siempre con el odio de Rusia; y como sería nociva para Francia una alianza de Inglaterra con Alemania, sería nociva para Inglaterra una alianza de Francia con Rusia. Pululan, pues, con tales motivos, rumores varios de guerra europea. Porque ha dado un paseo Moltke por las costas ligúricas y las montañas suizas; porque ha ido a Génova y Ginebra; Wimpfen, sucesor de Ducrots en Sedán, escribe alarmante carta, que parece concebida en vísperas de otra irrupción y otra batalla. ¡Dios preserve de tal calamidad a Europa!

Por fin, el espectro, recluido tanto tiempo en las marismas de Gatchina, se ha bajado de la nube terrible donde se hallaba envuelto y ha reaparecido como un olvidado ídolo que se moviese resplandeciendo con extraordinarios resplandores. Si cupiera cualquier duda respecto al carácter asiático del Imperio moscovita, desvaneceríala, de seguro, la capitalidad de su historia, la oriental y bizantina Moscou. Sus casas de madera, que huelen a campamentos tártaros; sus innumerables iglesias, revestidas de mosaicos litúrgicos trazados al resplandor de una tradicional ortodoxia y coronadas por áureas rotondas parecidas a gigantescos turbantes; el Kremlim, donde se aglomeran fortalezas y ciudadelas con palacios titánicos y templos sobrepuestos, especie de ciudades como las destruidas por los rayos del cielo y por las cóleras del hombre allá en las orillas del Eúfrates; las gentes varias que descienden del Don, del Cáucaso, del Asia Menor, con sus dormanes, jaiques, túnicas, gorras de Astrakán, diademas y tiaras persas; su clero, vestido a la usanza y manera semiasiática, semejantes por su aspecto a los sumos sacerdotes hebreos, las reliquias engarzadas de pedrería sobre el pecho, la capa pluvial en los hombros, cogida con broches cincelados y cubiertos de esmaltes, los incensarios de oro en la mano; el Emperador, envuelto en púrpura y armiño, con su corona, donde la luz reverbera con reflejos sobrenaturales en las sienes fatigadas, y con su largo cetro, rematado por brillante del valor de un reino, en la derecha, y la esfera del áureo mundo en la izquierda, semejándose a los Constantinos pintados en las letras iniciales de los libros escritos para la Santa Sofía de los Justinianos y de lo Comenos; todas estas varias imágenes que veis como en los vidrios de una catedral helénica o como en los cuadros de un santuario armenio, dicen bien claramente cómo Rusia se desprende y cae del mapa europeo para unirse al Asia, donde aún le aguarda un ministerio de cultura y civilización que cumplir sobre razas dormidas en los senos de la naturaleza o petrificadas en los recuerdos de la historia.

Fingid el ritual de la coronación última y aún veréis más clara esta verdad evidente. A las siete de la mañana el Kremlim se corona de humo, porque sus cañones retumban; y la iglesia de la Asunción retiembla, porque su gran campana, la mayor del mundo, suena con su terrible resonancia. El sitio donde la ceremonia se ha de celebrar es tan estrecho, con ser una Basílica matriz, que cabe muy poca gente, cual cabe muy poca gente, a su vez, en el Estado ruso, donde basta de suyo a dirigir el Imperio un autócrata solitario, y para dirigir la Iglesia un restringido sínodo. Los grandes dignatarios eclesiásticos, alineados a la puerta del templo de la Asunción, parecen a los colosos, a las esfinges, a las evocaciones de remotos siglos más que a seres vivientes. Los tomaríais por esas imágenes de madera, cubiertas en los altares con el plegado de sus lujosos ropajes, y deslumbradoras con la cargazón de sus alhajas, muestras varias de antigua joyería. Las voces lanzadas por todas las torres en el estruendoso campaneo anuncian que os halláis en ciudad antigua, donde la clerecía domina sobre todas las demás instituciones sociales. Por una escalera tapizada de púrpura desciende un cortejo, en el cual se hallan representados cien millones de seres humanos esparcidos por un territorio tal que se dilata sobre una gran parte del planeta. Cincuenta grupos, a cual más deslumbrador, divididos según su categoría y estirpe, como en los frescos monásticos la gloria celestial, componen esta inmensa corte y cohorte de un déspota. Detrás de todos vienen el Emperador y la Emperatriz con aspectos y aires de dioses, y de dioses rígidos e inmóviles como la increíble autocracia. Uno de los arzobispos, presidido de cruz levantada y acompañado de dos diáconos, va delante, rociando de agua bendita, encerrada en vasijas de oro, el sitio por donde han de pisar y pasar las plantas imperiales. Heraldos revestidos de dalmáticas rojas y cubiertos con gorras ceñidas de plumas de avestruz guardan las insignias imperiales, coronas, cetros, globos, collares, cuajados todos de brillantes que deslumbran. Los generales llevan el palio inmenso bajo cuyos pliegues entra el Zar; y los pajes, hijos todos de nobles, la cola rozagante y argéntea de la Zarina. El arzobispo de Moscou presenta la profesión de fe ortodoxa, que lee con voz entera el soberano, y a esta lectura sigue armoniosísimo coro de interminables letanías. Después de esto Alejandro III coge la corona y la pone sobre su cabeza, para quitársela en seguida, y tocar con ella la frente de la Emperatriz. A este acto sigue el Te Deum de San Ambrosio, y al Te Deum la entrada del Emperador solo en el santuario griego, donde comulga bajo las dos especies. Y queda ungido y consagrado Zar, ídolo del pobre mujich y dueño de cien millones de vasallos. Después de esto el pueblo va en tropel a una inmensa comida, para que le repartan quinientos mil pasteles y otros quinientos mil vasos de cerveza, todo encerrado en quinientas mil cestitas. Bien es verdad que cuando ese pueblo es el pueblo de Petersburgo, acompaña con desórdenes revolucionarios la embriaguez producida por los presentes del Zar. Así ha concluido una ceremonia tras la cual se ha dado una proclama sin ninguna promesa de libertad y bajo cuyas pacíficas apariencias se contienen crueles amenazas de guerra.

Parece que después de Rusia, el despotismo, no debíamos hablar de América, la libertad. Pero lo exige así, no solamente la ley de los contrastes, sino también la necesidad de apuntar un fenómeno curioso.

Los libros publicados en Europa respecto a la joven América por americanos, unen al mérito intrínseco de sus calidades literarias y científicas, el extrínseco de su especial utilidad, para quienes ignoran tanto como los europeos las cosas de Ultramar. Apenas podemos inscribir en nuestra memoria la lista de los errores cometidos por la casta de los políticos en el Viejo Mundo al resolver el problema de sus relaciones con el Nuevo. Se ha necesitado que pasaran múltiples sucesos y muchos años para imbuir a la reacción europea el propósito de no rebasar los límites de nuestro continente para derramarse por el continente americano. Por aquí abundaban los pretendientes resueltos a reedificar la realeza histórica en el Nuevo Mundo, sin más mérito que haber perdido el patrimonio personal heredado de sus regios padres. Los bastardos, muy abundantes en los palacios reales, invocaban el recuerdo de Enrique de Trastámara, o Isabel de Inglaterra, o Juan de Austria para mostrar a los americanos como los príncipes habidos de ganancia por los reyes en sus devaneos valen más aún que los legítimos para combatir y reinar. A la eficacia propia de tales supersticiones engendráronse los monstruosos proyectos de reacción intercontinental. Un caudillo más o menos auténtico, presentó con solicitud a las reinas más o menos santas plantel de tronos para su numerosa prole regia en los bosques y sel vas vírgenes. La horrible palabra reincorporación de los territorios perdidos comenzaba públicamente a usarse por diplomáticos viejos en documentos oficiales. Todo un Gladstone creía que la gran República del Nuevo Mundo se dividiría en la guerra servil para dar ese plato de gusto a los supersticios realistas del Imperio británico. Y las cancillerías de Francia e Inglaterra con las cancillerías de Austria y España, imaginaron que nada tan fácil como renovar contra cualquier presidente liberal de República mejicana las proezas de los primeros conquistadores contra el Emperador histórico de los aztecas y erigir sobre las bayonetas de los soldados extranjeros y las sobrepellices de los ultramontanos excomulgadores un Imperio, de reacción monárquica y religiosa, cuya sombra cubriese con las tinieblas de una eternal noche los espléndidos horizontes de la democracia en el cielo brillantísimo de la libre América.

Todavía recuerdo la hora del desengaño y la cara que ponían los poderosos del Viejo Mundo al saber cómo se acababa de caer la fortaleza de sus ilusiones en el Nuevo. Paréceme ver aquella escena en la gran ceremonia del certamen celebrado para repartir los premios conseguidos en la última Exposición Universal por todos los expositores del mundo. La fugaz corona de Maximiliano, al rodar por los suelos, se llevaba consigo nada menos que la corona de Napoleón. El Grande tropezó en la vieja España para morir, después de aquel crimen, bajo el sombrío cielo de Waterloo; y el Pequeño tropezó en la Nueva España para morir después de aquel crimen bajo el sombrío cielo de Sedán. Las noticias nefastas llegaron a la corte de las Tullerías cuando se preparaban los Emperadores para las fiestas del trabajo. En aquella hora ultima de su poder, como que resplandecía con llamarada más viva Imperio, por lo mismo que se hallaba más próximo a la muerte. Aún recuerdo, como si la viera hoy mismo, la célebre fiesta, enaltecida por la presencia de innumerables príncipes, entre los que relucía y descollaba el principal huésped entonces de Napoleón, el Sultán de Constantinopla. Se habían agotado los recursos del arte y de la industria, sin dar mas de sí que aumento de tristeza; pues parecía Palacio de la Industria, donde acababa de llegar noticia del desastre de Maximiliano a los oídos de su protector, un gran teatro adornado con todos los esplendores del babilónico lujo imperial y henchido con todas las notas de armoniosa música para celebrar siniestros funerales, en que a los ojos más imprevisores aparecía el Emperador como un frío cadáver y el Imperio como una fugaz sombra.


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