Huellas: 06

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Después de copiosa lluvia, el sol iluminó de improviso la carrera mortuoria, y apareció, brillante de luz y de colores, la bajada a la fosa...

Detrás del carro fúnebre, que iba entre flores, coronas y banderas, la carroza del rey; en pos de la carroza real, los carruajes de los ministros; en seguida, rodando, aceleradamente, innumerables coches de lujo con toda la grandeza de España; y, por último, un pueblo desidioso que encontraba en el muerto motivo para holgar...

-Mira, un entierro de algún gordo -dijo un pobre diablo que corría con la lengua fuera.

Me asomé al balcón de mi casa, que es, por su proximidad a San Isidro, la antesala del cementerio... Miré. El muerto iba bien, entre flores, coronas y banderas, seguido de todas las grandezas de España, iluminado por el sol...

-¡Qué séquito tan flamante! Ah, sí, ha muerto el más justo de los hombres, o el más insigne de los artistas, o el más grande de los sabios; tal vez el más bravo y aguerrido de los soldados de la patria!...

-Ha muerto -oí que decían -el general Dabán...

Lo conducía la Guardia civil.




Huellas literarias de Luis Bonafoux

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