Huellas: 07

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Huellas literarias
Neurosis de mentecatos

de Luis Bonafoux



Indudablemente es un infierno el mundo de las letras... La fiebre artística, para el que la sienta (como la siente doña Emilia Pardo, según nos cuenta en alguno de sus libros); las dificultades para crear algo que encaje en las corrientes del movimiento literario, «en este momento histórico»; las asperezas, nunca dominadas, del idioma en que se escribe; las envidias y rencores de los estimables compañeros... ¡Y luego la lucha para editar el libro, y las bofetadas con el librero que lo toma a ocho reales arroba!... Sí, es un infierno de tremendas injusticias y monstruosas infamias...

Por serio y para defenderse de él, se habrá formado quizá esa sociedad de bombos mutuos que nos pone en ridículo ante las razas superiores. ¡Todos somos grandes!... ¡Todos eximios!... ¡Todos guapos!...

Si el periódico no saliera de casa, menos mal. Lo peor es que pasa la frontera y ya se enteran en el extranjero de que «pululan» aquí los genios desconocidos. De mí sé decir que, por la parte que pueda corresponderme en esta merienda de genios, me siento ruborizado.

Lo cierto es que no se puede con «los chicos de la prensa» y que nos ponemos de bombos que no hay por donde cogernos.

«...Mi querido amigo y compañero el egregio poeta D. Fulano...» (que ha escrito por junto cuatro necedades líricas).

A lo que contesta el interesado:

«...Mi ilustre amigo el eminente crítico D. Zutano, gloria de España y envidia del extranjero...»

Hay quien se excede a sí mismo en el bombito, y hablando de su compadre le llama Shakespeare, o Hugo... cualquier cosa; -¡y sea usted genio de veras para que lo confundan así!

Otros caballeros de la sociedad hacen más que todo eso. Dicen con la mayor frescura que D. Fulano es superior a Balzac, o a Flaubert; o que ha entroncado con Zola, o que lo que escribe lo firmaría con honra el mismo Homero. Recuerdo haber leído que el siglo XIX tiene una trinidad en quien creer: Dios, un señor D. Héctor y Víctor Hugo!

Es un consuelo. Porque si nosotros no decimos y creemos tales cosas... ¿quién sería capaz de imaginarlas?

Un Menéndez Pelayo suena de Pascuas a Ramos un Eduardo Benot, se muere a pedazos en el olvido; un Palacio Valdés, que es uno de los pocos humoristas de España, recaba en el extranjero, por sus maravillosas semblanzas de poetas y oradores, lo que no consiguió en su patria... Pero nosotros, «los chicos», llamamos diariamente la atención de Madrid y provincias. En algunos pueblos están consternados. Dicen que esta cosecha de talentos es... el fin del mundo. Y se comprende; porque si yo digo de usted que es el Napoleón de la novela, y me contesta usted que soy el Livingstone de las frases inexploradas, se conmueve la aldea y se perturban nuestras familias respectivas.

Entre los males innumerables que acarrean esas y otras hipérboles parecidas, no es el menor que todo, el mundo quiera «meterse» y «se meta» a emborronador de papeles públicos. Cualquier niño se dispara con un artículo en guirigay, esperando fundadamente que le llamen «correcto», «clásico», o le titulen «el moderno manco de Lepanto».

Otros imbéciles se dedican a oradores perpetuos...

...«El distrito, es claro, quiere hacerme diputado. Pero lo que yo he dicho ya, lo que yo digo ahora, lo que yo repetiré una y mil veces en todas las ocasiones, prósperas o adversas, de mi accidentada vida, es ¡señores!...»

Y le suelta a usted, en plena cara, un surtidor de saliva. ¡Porque no es posible hablar tanta tontería sin escupir la lengua!

Unos y otros se escuchan cuando hablan y también cuando escriben. Se aplauden ellos mismos; se ríen de sus chistes, y dedicados exclusivamente a ejercer de genios, acaban con sus familias, con sus amigos, con sus conocidos, con todo el mundo, en fin. Al divisarlos hay que correr, huir al monte, refugiarse en el primer escondrijo que se encuentra, aunque sea una columna mingitoria.

Los ditirambos de rigor no se paran en literaturas, y alcanzan también al físico de los genios.

-Tu nariz es de crítico...

-Tus ojos expresan cierta melancolía que se refleja en todo lo que escribes...

Tu sonrisa es volteriana...

(¡Ay!)

Se imita en todo (menos en ser modesto), a los verdaderos genios. Sé de un ciudadano que toma por lo serio el parecido que, según le han dicho, tiene con el autor de Childe Harold, y cojea de lo lindo. Otro «se quiere parecer» a Daudet... en las melenas y en tamaño perro que lleva a todas partes. Madrid resulta una Corte de los milagros... literarios.

Es cosa de risa. Pero estos genios a domicilio mueren prematuramente, ¡como genios!...

Dedicados a esos juegos florales, comiendo cocido y fumando cigarrillos del estanco, esos genios que tienen el deber, según ellos, de vivir al desgaire, revientan a lo mejor. Una mielitis... Una anemia cerebral... Debilidad nerviosa... ¡Neurosis!

Creen que están locos... y se equivocan. Están mentecatos. ¡Es la neurosis de la mentecatez!

Si yo tuviera amigos y mimbres, publicaría una Correspondencia al revés para fundar la Sociedad de palos mutuos.

«...Mi querido amigo D. Fulano de Tal, uno de nuestros primeros bárbaros en ripios...»

A lo que contestaría D. Fulano:

«...Mi cariñoso amigo D. Luis Bonafoux, esa bestia salvaje de la prosa...»

Y así sucesivamente.

El lector inteligente quitaría de los palos lo que hubiera que quitar. Y el vulgo, la masa de lectores, no se llamaría a engaño, creyendo que todos somos genios.

Creería probablemente que todos juntos no valemos un pito; y puede que no se equivocara...




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