Huellas: 08

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Huellas literarias
No corre prisa...

de Luis Bonafoux



Por eso, porque no corre prisa, porque somos un pueblo de guitarristas y cantaores, no hay invento que pueda con nosotros.

¿El telégrafo? Pone usted un telegrama ahora, once de la mañana, avisando a su familia, la cual está en Pradanos, que sale usted esta tarde 11: efectivamente sale usted y no choca con ningún tren, ni descarrila usted, ni nada, y llega a Pradanos mañana a las diez de la misma (salvo retraso).

Dos horas después se presenta un señor peatón con un parte... Es el telegrama de usted, por el cual pagó una peseta, y otra peseta tendrá usted que dar al señor peatón, quien para justificar la demora, dirá tranquilamente: «Me figuraba yo que no corría prisa.»

Tampoco hay prisa en los trenes del ferrocarril.

-¡Venta de Bañooos! ¡Ochenta y dos minutos de parada y fonda!...

Es cómodo. Usted puede bajar del tren, visitar el pueblo, afeitarse, bailar un tango con el ama del cura, y todavía le sobra tiempo.

«Pero... ¿qué prisa tiene usted?»

No, «no corre prisa».

Espera usted hoy una carta avisándole la muerte de toda su familia en Consuegra, culpa de los adobes y adoquines. Sabe usted que la carta salió ayer, que debe llegar hoy, pero no llega.» «¡A qué tantas prisas!»

«Lo mismo da hoy que mañana.»

Y por eso sale usted de la Puerta del Sol en el tranvía de la calle de Fuencarral y llega a Chamberí mañana a las once de la misma. ¡Venta de Bañooos! ¡Cinco días de parada y fonda!

Y el tranvía no puede ir con mayor velocidad. Lo primero, porque se estropea el ganado y... ¡nada más respetable que una mula! Lo segundo, porque el tranvía tiene que detenerse a cada paso para que suban tales o cuales personas, que le han hecho señas de que pare, y echan su parrafito antes de subir, y van a alcanzarlo sin prisas, con la tranquilidad del mundo, y ya con el pie en el estribo se despiden afectuosamente, dándose las manos y expresiones a casa.

Además, el tranvía no puede atropellará los buenos vecinos que están en el arroyo, formando grupos pintorescos, con los brazos en jarras (por no estorbar al transeúnte), y con las colillas pegadas a los labios... Y luego, que no conviene viajar velozmente, porque se expone el viajero a un choque o cosa así, y en fin, que no hay prisas.

Aquí está contento todo el mundo con su suerte. Si se lo lleva a usted el Amarguillo, «no hay que apresurarse»: si llega usted a su casa con nueve horas de retraso (y sin fonda), «¿qué más da?;» si se encuentra usted detenido de buenas a primeras en Las Matas y no tiene que llevarse a la boca, pues se embute usted un pedazo del chorizo de un viajero que lo divide en cachitos con una navaja de cortar callos, o sale usted de caza, «porque hay tiempo», y vuelve al apeadero con un gato muerto, y si no hay cama donde echarse, se lía usted en la manta sobre un banco de pintado pino... «¡y andando!» En habiendo alegría, aunque no haya pan.

Y quédense para mañana los negocios de hoy, y vengan atropellos y lluevan calamidades, en la seguridad de que nadie protestará, «porque somos sufridos, pero mu sufridos»; y nuestro ejército no es como el inglés que necesita comer y beber bien. Nosotros, con el general No importa, con unas judiítas y en alpargatas y con trajes de percal, peleamos un mes seguido».

Un pueblo así, sin prisas (en el siglo de los yankees), dejando para mañana lo que puede y debe hacer hoy, merece un diluvio sin arca de Noé (para que no queden animales de ninguna especie), un diluvio que lo arrase todo, absolutamente todo, y que transforme la comarca en inmenso lago sobre el cual floten guitarras y panderetas...




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