Huellas: 09

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Huellas literarias
Literaturitis crónica
 de Luis Bonafoux



Vivimos de milagro. Como todos, cual más, cual menos, estamos locos de remate, o camino de Leganés, no hay que asombrarse de que abunden los médicos que, olvidando la seriedad del sacerdocio, se dedican a dramaturgos en copias, o en prosa vil, o lo que es peor, a periodistas al día.

Esto es muy grave, porque no se puede tener confianza en un doctor que mientras examina la lengua de usted ajusta una redondilla para el Madrid Cómico, fragua un drama para la Princesa, o habla a usted del arrepentimiento y la desesperación de Espronceda...

Yo me explico por eso la mortalidad de Madrid, y me extraña que todavía quede un vecino para contarlo. Médicos perfumados que gastan cestitas de raso azul para pesar criaturas, y dirigen coplas al firmamento azul... ¡El enfermo muere irremisiblemente!

De esto y de otras cosas tiene la culpa Zola. Yo creo que el autor de los Rougon es en la literatura del siglo una especie de Jesucristo, y que para reverenciarlo como se merece debemos levantar en honor suyo templos, capillas ardientes, en donde nos prosternemos humildemente todos los días, invocando las bondades de su corazón, grande y triste. Pero creo también que no debemos ni podemos imitarle. Zola es... Zola y no va más.

Siendo, como es, un hipnotizador, porque su genio deslumbra y ciega, ha hecho sin querer muchísimo daño en España; y si puede asegurarse que es rara la novela española que no contiene una reminiscencia o un calco, cuando no un plagio, de alguna obra del gran maestro de todos puede asegurarse también que no hay novela española sin su correspondiente curso de medicina... Todo porque Zola estudia en los Rougon las enfermedades de una familia.

Puesto que los novelistas no pueden hacer obras sin emplear en ellas términos terapéuticos, o como se llamen, los médicos, no queriendo ser menos, se dedican a recetar en prosa poética.

En lo más grave de una operación quirúrgica, cuando le han abierto a usted en canal, el cirujano interrumpe la operación y declama ante ustedes, estupefactos, una oda al Manzanares. -¡Debe de ser espantoso el sufrimiento de un hombre a quien se acaba de hacer, por ejemplo, el lavado de las tripas, y se le obliga a oír versos de un cirujano!

La medicina, desde del tiempo de Hipócrates (si Hipócrates no es una broma de mal género), no inspira confianza al enfermo.

Con solo leer que cada uno de los medicamentos sirve para cincuenta cosas y casos, le tiemblan las carnes al más despreocupado. Se mete usted en cama porque experimenta tales o cuales síntomas, precursores de la viruela, pero abre usted por distraerse un tratado de embarazos, y se convence usted de que está en estado interesante. Resulta que todas las enfermedades se parecen, y que, exceptuando alguna que otra, los médicos aciertan por casualidad. Es algo así como un pleno en la ruleta de la vida.

Y si tenía fundamento la desconfianza del enfermo cuando los médicos no se metían en dibujos -porque Hipócrates era muy serio, según me han dicho- claro está que esa desconfianza está más justificada ahora que los Galenos son conferencistas, poetas, dramaturgos, novelistas, etcétera, etcétera. Así andan, y yo he visto en África a un doctor que ejerció de dramaturgo en Madrid, haciendo pitillos turcos para ganarse el pan de cada día.

Más, mucho más que a la peste teme el público a los comunicados de los facultativos. Es un horror de comunicantes. Por fortuna, el cólera se ha ido de aquí, con los comunicados respectivos, y ya no oímos hablar de bacilus vírgulas y demás historias que nos volvían locos.

La literatura médicofarmacéutica, que hizo ministro a Fabié, ha llegado ya a provincias. ¿Que D. Fulano, cirujano o albéitar del pueblo, destroza un cliente? Pues no se contenta con eso, sino que publica un folleto para referirnos la historia clínica y las alternativas del operado.

Día primero. -Verificada la operación cesárea, continúa el enfermo como si tal cosa. Se le pone una inyección, y se le dan dos tazas de caldo, porque no quiso una.

Día segundo. -Se presenta, como es natural, la fiebre; pero no es cosa de cuidado (para el operador). Otras dos tazas de caldo y a sudar.

Día tercero. -¡Admirable! ¡Prodigioso! El enfermo ha cantado una petenera y oído las primeras estrofas de mi canto a Meolasa...

Día cuarto. -Muerte. No se explica (¡no se ha de explicar después de oír el canto a Nicolasa!) La casa estaba bien desinfectada. Se ha cumplido estrictamente el procedimiento indicado por Trelat. No se explica cómo ha sido, pero el enfermo ha muerto.

Y para contarnos eso... ¡un folleto!

Es horrible. Además, esos señores deberían comprender que no estamos en el caso de entender lo que escriben. Quieren, según dicen, divulgar la ciencia... ajena, siendo así que casi todo lo que nos cuentan está tomado o timado de obras extranjeras, como está tornado de la Neurosis escrita por Leven un bonito artículo que acabo de leer... Por lo general, no se entiende lo que dicen. Recuerdo, a propósito de esto, que un médico definía la linfa Koch, diciendo que era:

«Una solución en glicerina de una ptomaína o alcaloide orgánica agregado por el bacilo de la tuberculosis en un caldo de cultura.»

Las ptomaínas eran o son más sencillas todavía. Las ptomaínas:

«Tienen la propiedad de hacer los campos de cultura, en que están impropios para la vida de las bacterias.»

No podía estar más claro. Pero yo, lo digo sinceramente, no entendí jota de la explicación. Y tampoco entendí que hubiera un enfermo capaz de permitir que le inyectasen una definición así, de ptomaína con tuberculosis, en una taza de caldo de campos cultivados con bacterias impropias.

¡Ese sí que era caldo gordo!




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