Huellas: 13

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Huellas literarias
La patria agradecida

de Luis Bonafoux



«¿Es posible que no entienda vuestra merced lo de hacer aguas menores y mayores? Pues en la escuela destetan a los muchachos con ello.»


Cada país tiene su especialidad. En Holanda se fabrica la mejor ginebra; en España el mejor patriotismo.

Patriotismo cómodo que vive de la leyenda. Fuimos heroicos en Zaragoza con la señora Agustina, y en Bailén con Arturo de Welesley. Seguimos heroicos por tradición, porque nos queda el olor de la señora Agustina.

Decimos: -¡Cualquier día entraban en Madrid los cuatro hulanos que entraron en Nancy!...

-Los cuatro, aquellos cuatro, precisamente, no parece fácil. ¡Ya habrán muerto!

-Aquellos cuatro u otros. Les damos con la puerta de San Vicente en las narices.

-Pero es que detrás de los cuatro hulanos estaba Federico Carlos con cien mil guerreros y cien mil bombas.

-No importa... Empezamos por comernos los cuatro hulanos; luego... luego veríamos: lo probable sería que nos comiéramos al príncipe Federico Carlos con sus cien mil soldados. Y aunque así no fuera... ¡Aquí no discurrimos ante el peligro! ¡Somos patriotas!

El patriotismo consiste en hacer una patria grande, inteligente, culta, digna y respetada... El patriotismo se demuestra dando espontáneamente el dinero ahorrado en el hogar para que los hulanos evacuen a Verdun... El patriotismo sabe honrar la memoria de los héroes... El patriotismo por excelencia se llama Inglaterra...

Ved en Londres a Wéllington, a Nelson...; en Hayde Park a Byron -guerrero de las letras del siglo- saludado reverentemente... Ved a Napoleón en su Tumba de París, a Voltaire en su barriada... Columnas que se destacan orgullosas sobre las viviendas de los míseros mortales; lujo oriental; austero recogimiento de los espectadores, parecido al del alma creyente que eleva a Dios una plegaria sentida...

Mirad los monumentos que tiene Madrid. Pero antes... tapaos las narices y andad en zancos. ¿Queréis ver de cerca a don Cristóbal? ¡Cuidado! No os aproximéis mucho... Hay allí, alrededor del monumento, toda una corona fecal.

Espartero es... una columna mingitoria; las renombradas puertas de San Vicente y de Alcalá parecen, por lo que tienen a sus alrededores, puertas abiertas de inmundos retretes...; el monumento erigido en el Prado a la memoria de los héroes del Dos de Mayo es un picadero de bacantes de a peseta..., Cervantes sigue ejerciendo en la plaza de las Cortes el oficio de alcahuete...; el monasterio del Escorial es una pared de obscenos letreros...

-Pero, Sr. Bonafoux ¡esas atrocidades no deben escribirse!...

-Pero, señores míos, peor que escribirlas, denunciándolas a la vergüenza, es hacerlas sin decoro uno y otro día al amparo de los guardias de orden público. Pues qué ¡señores! (discurso), ¿se es genio para vivir así, en forma de cantaor flamenco, con flecos y adornos caprichosos que huelen y no a ámbar? ¿No resulta ridículo que tropiecen ustedes, si quieren saludar respetuosamente a los reyes de la plaza de Oriente, con las innumerables cacas que bordan a diario aquellas pobres estatuas?...

-¡Qué porquería, señor Bonafoux!

-¡Qué hipocresía, ¡oh señores! (discurso) ver diariamente eso, olerlo, pisarlo, y repetir al otro día, sin protestar siquiera por patriotismo!...

-Pero, Sr. Bonafoux, usted no escarmienta. Le han apedreado a usted, le han desterrado, le han dedicado pasquines. Convénzase usted de que no se le puede ver ni en pintura. ¡Tendrá usted que ir borrando pueblos del mapa!... Esa labor, por lo demás, es estéril. ¡Decir verdades! ¡qué tontería! Hay que vivir con todos... ¿Pretende usted acaso redimirnos del atraso, del encanallamiento y de las cascarrias en que vivimos a gusto?

-¡Dios me libre! El mejor día tomo un barco, y... ahí queda eso: toda la farsa política y literaria, toda la farsa social de gentes que se saludan y se odian cordialmente... Entretanto, permitidme, ¡oh, señores! (nuevo discurso), tomar nota, como Stanley, de los perfumes que exhalan los bajos de los héroes.

Veamos. No, olamos. Aquí huele; debe haber héroes por aquí; internémonos. París ha elevado suntuosos monumentos al vencedor de Jena -un carnicero con uniforme de emperador.- Madrid ha dedicado un recuerdo a Daóiz y Velarde, genios de la libertad, cuyo martirologio festejamos oyendo misas en el Prado...

Nada descubro... ¡Oh, sí! ved los héroes; ved el monumento. ¡Qué risa! Algunos albañiles le lavan la cara para que su fealdad no espante a las gentes.

En el centro de desaliñada plazuela se levanta un arco pequeño, rechoncho, de ladrillos en cueros, salpicado de lodo, injuriado por el tiempo. Colgado del arco, a manera de candil en cocina de pobre, se divisa una especie de escudo, tosco, deforme, de madera pintarrajeada de verde y amarillo, con una inscripción que dice «-A los héroes del Dos de Mayo, Daóiz y Velarde». -¡Qué contraste con el Panteón que ha hecho Francia, agradecida, a sus grandes hombres! -El escudo, o lo que sea, está rodeado de una guirnalda marchita que semeja peluca de cómico, y el arco cobijado de tejas, al igual de las casas, para que si llueve no se mojen ni se constipen los héroes... Eso parece puerta de presidio, sarcasmo mudo de ladrillos. ¡Ay! confortadme!... No quiero ser héroe en esta heroica corte. Me levantarían un arco de cartón cobijado por un paraguas de a peseta que me preservara de la lluvia y de la nieve.

Y Gravina y Churruca, ¿dónde están que no los veo? ¿Dónde Méndez Núñez? ¿Y el Heine español que se llamó Bécquer, y el Byron de Castilla que se llamó Larra?... ¡Se salvaron de la boñiga patriótica!

Ahora, no hace aún diez minutos, he visto a un caballero, decente al parecer, orinándose en don Álvaro de Bazán.

¡Es el botafumeiro de la patria agradecida!




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