Huellas: 18

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Un periódico de allende apareció con tamaña orla, el 8 del mes pasado, para celebrar el aniversario de la creación de un Instituto y cantar «hosannas y aleluyas» por la derrota de los jesuitas... en Navalcarnero, como si dijéramos. ¡No más jesuitas! ¡Hemos acabado con ellos!

El poder de los jesuitas -entiéndalo ese periódico- es realmente asombroso, no tanto como creía Eugenio Süe, quien, como ha dicho Michelet, hizo del jesuita un tipo sobrenatural, pero sí lo bastante para que la Compañía, organizada mejor que otra alguna, no perezca... en Navalcarnero. Roma la temió siempre; prestole acatamiento la Inquisición española, y el jesuitismo promovió buena parte de los transcendentales disturbios del mundo europeo. En el fondo de todas luchas se encuentra siempre a Rodín...

La política de los jesuitas se basa en la doctrina del libre albedrío. «De vosotros depende vuestra salvación y condenación eternas; pero si os engañáis, ahí está el infierno. Para guiaros, aquí estamos nosotros». El jansenismo tendió a la ruina de esa doctrina y de la Compañía que la predica, y lo que no pudo conseguir Richelieu, a pesar de su genio, lo alcanzó el jesuitismo: la muerte de la secta de Jansenio y Saint-Cyran.

Uno de los más tenaces adversarios de la Compañía, Pascal, profetizó su caída: «Vuestra ruina será semejante a la de una alta muralla que se derrumba de improviso, y a la de un vaso de arcilla que se rompe, que se aplasta en todas sus partes por un esfuerzo tan poderoso y universal que no quedará de él un casco con que sacar un poco de agua o llevar un poco de fuego, porque habéis afligido el corazón del justo».

Pascal se engañaba. Se engañó también Voltaire al creer que su sátira había herido de muerte a los jesuitas. La Compañía vive y vivirá, porque es utópica la idea concebida por Fourier de suprimir el dolor, y porque el combate diario es elemento indispensable para el progresivo perfeccionamiento de la humanidad.

Sin embargo... Lo que no pudo hacer el jansenismo, ni Pascal, ni Voltaire, pretende conseguirlo un periodiquín ultramarino cantando hosannas y aleluyas en el guícharo.

«Ved una gota de agua pura y cristalina. Ved cómo cae lentamente, y cae y sigue cayendo sobre, la más dura piedra. Observad lo que pasa».

Soy todo ojos.

«La piedra resiste orgullosamente; parece reírse con desdén.»

Piedras... de allá tienen que ser las que se ríen con desdén «del líquido átomo».

-Es sensible que la Guardia civil no compontee al autor de este hosanna.

«Mas, (coma con mucha gracia), la gota cae, (bis) cae (triplicado) y sigue cayendo (¡admirable, amigo mío, admirable!) sobre aquélla».

«La piedra, siempre mojada por la gota (¿por cuála?), diríase que echa de ver que flaquea su fortaleza».

«La gota no cede. (¡Es militar esa flota!) Continúa la lucha. La piedra cede un día (¡por fin!). La gota de agua continúa su propósito inquebrantable hasta que penetra en el cuerpo de aquélla».

¡Qué inmoralidad!

«La perseverancia de la fuerza, activa, firme, segura y nunca apartada de su objeto...»

No lo entiendo. Me recuerda a Salmerón. «He explicado mi conferencia va términos claros y sencillos para el atento, difíciles y obscuros para el distraído en las relaciones, el presumido y el empedernido». No sabría decir si yo era presumido, o si estaba empedernido, o distraído en las relaciones con la novia que usaba entonces. Pero recuerdo que no entendí la conferencia clara y sencilla para el atento; y eso mismo me ocurre ahora con la perseverancia de la fuerza activa, firme y segura y única apartada de su objeto. Vamos, que no nací para filósofo.

«Todas las madres pónganse de pie...»

Eso sí lo entiendo, y por mí que se pongan.

«Todas las madres pónganse de pie con coronas en la diestra y palabras de bendición y de júbilo en los labios. La instrucción laica, civil y provincial rechaza el principio de que el hombre sea perinde ac cadaver, SINO QUE prepara y deja libre su actividad».

Si los redactores de ese periódico hubieran estudiado con los jesuitas, no escribirían semejantes sinos ques disparatados.

«Este siglo es de atrevida ciencia».

Diga usted que sí; como que ya no hay clases, y cualquier... aleluya se mete a periodista.

«¡Viva la libertad para todos!»

Eso; ¡viva la Pepa!

«Cantemos un hosanna.»

Dos hosannas dirá usted, porque ya hemos cantado uno morrocotudo. ¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Mal tiro te dé la Guardia civil!

«Cantemos aleluya».

¿A que nos resulta tenor de zarzuela el caballero que escribe esos cantos?

«Aleluya, sí, aleluya. Cantemos aleluya, y que salgan las vírgenes».

Sí, señor, sí, que salgan, y que nos las traigan los redactores del Intransigente las esperamos pluma en ristre como la gota a la piedra.

El artículo con orla ha sido un acontecimiento. Clarinetes y tiples recorrían las calles del pueblo; una comparsa de negros catedráticos, candidatos a las plazas del Instituto, bailaba el seis chorreao; grandes cocktailes de huevo y ginebra; y una turba de autonomistas vitoreando a Labra y cantando el

«Aniseto Mangallú,
eso no lo sabes tú...
¡con tu cara balajú
paresida a Bonafú!




Huellas literarias de Luis Bonafoux

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