Huellas: 20

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda



La noticia no causó mayor sensación en el país de los descuidos. ¡Pero la joven y hermosa muchacha que estaba en vísperas de casarse, contrajo matrimonio con la muerte en un rincón del abyecto depósito de cadáveres!

El médico le recetó una limonada purgante, y el farmacéutico le sirvió igual dosis de ácido fénico.

No tiene nada de particular: una equivocación. No fue a las altas horas de la noche, sino a las primeras horas del día; se veía bien y la receta estaba claramente escrita. Pero, en fin, cualquiera se equivoca. -¡Sólo que las equivocaciones pueden costar la vida a una mujer hermosa y enamorada!...

En Madrid cualquiera se equivoca. El cartero entregará a usted una carta que era para el vecino, o viceversa, porque al subir al piso de usted se arrancó por peteneras, y «el hombre», distraído, se equivocó sin querer, el hortera de ultramarinos servirá bacalao en vez de jamón que se le pidió, por que estaba timándose con una criada y... «¡qué le vamos a hacer!» se equivocó; el barbero le desollará vivo, porque está atento a todo (menos a la barba del afeitado), y si no mira a la calle, con la herramienta en alto, tendrá que saludar y despedir a todos y cada uno de los parroquianos. -¡Buenos días, D. Patricio! -¡Vaya usted con Dios, D. Ángel! -Siéntese usted, D. Cosme. -¡Diez minutos... va en seguida, D. Pedro!;- y se equivoca de sitio y da a usted un tajo en una oreja. -El médico recetará estricnina por quinina; el farmacéutico propinará limonada purgante de ácido fénico; y el sepulturero, meterá al muerto en un tranvía o en un café, en vez de echarlo al hoyo. Nada, los cigarrillos, las buenas mozas que pasan al desgaire, el olé, el chachipé, y sobre todo la comezón de charlar como cotorras. La verdad es (dicen para excusar su equivocación) que no puede uno estar en todo.

Ya usted al estanco para certificar unos paquetes de periódicos dirigidos a América.

-Sírvase usted pesarlos.

-¿Gusta usted?

-Gracias.

-¿Buen tiempo se nos ha metido, eh?

-Sírvase usted pesarlos...

-¿Son para la Habana? ¡Menuda vuelta van a dar! Allá me tocó ir cuando caí quinto; pero un señor que tal vez conozca usted, porque es muy sonao, don Pantaleón Rodríguez se empeñó en que no había de ir, y... aquí me tiene usted.

-Sírvase usted pesarlos... ¿Cuánto?

-No se qué decir a usted, porque como no hay costumbre de mandar tan lejos los papeles, pues no estoy bien enterao. (Enciende con tranquilidad musulmánica una colilla apestosa y lee un papelucho mugriento.) Aquí marca dos céntimos; pero... vaya usted a saber. Estas son tarifas viejas. Las nuevas... pues va ya para seis meses que las estoy esperando. Ya sabe usted que en Correos son mu liosos.

Por lo general, el hombre, cualquiera que sea su oficio, tiene en Madrid un modus operandi, la parienta, es decir, la mujer, que se transforma, por voluntad de su señor y dueño, en burra de carga, o en burra de leche. -Ella se lo tiene todo tan apañaíto!... De pie, en el despacho, con la cara lavada y el moño alto, comercia por él, mientras él duerme hasta las dos de la tarde, o vive en el café voceando que Romero es el mejor orador del mundo -porque le dio una credencial- y Cavestany el mejor dramaturgo del mundo -porque le convidó a butaca la noche de un estreno- y la infantería la mejor del mundo, porque sí, y... de Madrid al cielo.

¿Hace falta un préstamo? Que lo pida la mujer. ¿Necesita hablar al casero para que prorrogue el pago del alquiler o rebaje el precio del mismo? Que vaya la parienta. ¿Le conviene suplicar al ministro? Anda tú, mujer, y dile... -Las pobres mujeres deben hacer heroicos esfuerzos de virtud por no arremangarse las faldas para que los ministros firmen en ellas las credenciales de los maridos.

Sí, es una porquería horrible. Por fortuna para la patria, no es todo el pueblo español ese de ¡Me equivoqué! ¡Se me olvidó! ¡No corre prisa! ¿Usted gusta? ¡Buen provechito le haga! pueblo de insignes gandules que, envueltos en la indecorosa y antidiluviana capa, defecan impúdicamente en la vía pública y con la misma impudicia se cascan las liendres al sol...




Huellas literarias de Luis Bonafoux

Dedicatoria - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 - 15 - 16 - 17 - 18 - 19 - 20
21 - 22 - 23 - 24 - 25 - 26 - 27 - 28 - 29 - 30 - 31 - 32 - 33 - 34 - 35 - 36 - 37 - 38 - 39 - 40
41 - 42 - 43 - 44 - 45 - 46 - 47 - 48 - 49 - 50 - 51 - 52 - 53 - 54 - 55 - 56 - 57 - 58 - 59 - 60