Huellas: 23

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Huellas literarias
Doña Berta, Cuervo, Superchería

de Luis Bonafoux




Tiene usted la culpa, amigo Sánchez Pérez. Porque dijo usted en este mismo periódico que el señor Alas es el novelista de más enjundia; -¿de gallina?- y como lo dijo usted a propósito de Doña Berta, Cuervo y Superchería, leí el libro con el buen deseo de rectificar el error de creer que no es novelista el Sr. Alas. Y ¡ay de mí! que en el error sigo.

No voy a dedicarme a la caza de gazapos retóricos, porque creo, con un ilustrado y distinguido publicista, que Planche, Brunetiere y Lemaitre son necios cuando ejercen de dómines. Para gazapos hablaría de otros folletos del Sr. Alas, singularmente Museum, que lo es de disparates y fruslerías... subjetivas. Abundan también en Doña Berta, Cuervo y Superchería, pero no seré yo quien los mueva.


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El primer defecto del citado libro está en que el autor da gatos por novelas. Doña Berta, Cuervo y Superchería, no son novelas cortas ni largas; son tres cuentos que pudieron servir, a imitación de lo que hacen para formar dos volúmenes algunos autores extranjeros... traducidos, de apéndice o de propina a una novela verdad.

De estos cuentos, el menos malo, a mi juicio, es Cuervo, aunque se le haya preferido por hablar de Doña Berta; y el peor me parece Superchería, entre otras razones, porque es muy cursi y vulgar, y está muy visto y contado...

Doña Berta es tonta de puro inverosímil. Ya he dicho que el Sr. Alas pretende, a pesar de sus humos de naturalista, que las cosas sean como se le antoja a él, no como son en realidad; por eso Doña Berta, sorda como una tapia, tan sorda que no oye el tranvía cuando la atropelló en la calle de Fuencarral, percibe claramente el ruido que produce en una maleza el paso de un hombre; y por eso mismo, la buena señora, que perdió el honor sin saber por qué, inconscientemente, a lo María-Pichón en Pot-Bouille..., y a quien no ocurrió en muchos años la idea de salir por el mundo en busca del hijo que le robaron, resuelve de buenas a primeras vender todos sus bienes para venir a Madrid en persecución del retrato de su hijo, que no está en casa de Otero, ni en la fotografía de Debas, sino en manos de un millonario de la Habana, que le compró en miles de duros... (¡un indiano!... ¡y de la Habana!... ¡qué estudio del medio ambiente!); y sale la señora con un gato, para que la guíe y acompañe en la corte, dejando el Aren, aquel Aren que es un recorte del Paraíso en La caída del Padre Muret, o que al menos lo recuerda, como huele a El vientre de París la cocina de la casa mortuoria, en la aldea, visitada por Cuervo al olor del difunto y de los guisos, y como recuerda también la maledicencia de Nicolás Serrano cuando escribe de literatura y filosofía, la maledicencia del escéptico en Candide, cuando Cándido inspecciona la biblioteca...

Y diga usted, Sr. Alas: ¿Qué señoras americanas son esas que, según nos cuenta usted, hablan así: dise uté, etá bien, etá bien, pué sí, señó, ya etá? ¿No habrá tomado usted por señoras americanas a algunas negras que estén invernando en Oviedo?


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Sabe D. Leopoldo Alas que no me remuerde la conciencia de haberle dispensado un elogio, un solo elogio, ni antes ni después. Podrán haberle ensalzado grandemente, y lo han hecho, (con sentimiento mío), escritores como Emilio Bobadilla, víctima de un engaño transatlántico; Antonio Cortón y otros que son hoy enemigos de él. Yo, no. Yo he dicho siempre horrores del Sr. Alas, y pienso seguir. Si voy de viaje en un barco, reúno en meeting a los pasajeros para despellejar literariamente al señor Alas; si viajo en ferrocarril, me detengo en cada estación para decir y demostrar que el Sr. Alas es un escritor muy malo. «¡Ataquines! ¡Un minuto!» Ya estoy yo bajando del coche, y si no encuentro paletos en el andén, digo al jefe de estación: «¿Conoce usted a D. Leopoldo Alas? Es detestable como escritor, créame usted», y en seguida al coche, hasta la próxima estación.

-No es obsesión, es convencimiento, amor al arte y a la independencia, desprecio a la tiranía literaria de Oviedo, ejercida en Madrid sobre una república de escritores degradados, que se humillan ante el espanta pájaros o ridículo monarca de cartón que les hace el bu desde la Cueva; tiranía como la que suelen ejercer en América, a lo Rosas y Francia, una cuadrilla de dictadorcillos sin otro mérito que su audaz bandolerismo para aclamarse presidentes de la república. El Sr. Alas no es un crítico; es un salteador de dramaturgos y poetas infelices.

Sin embargo, «hoy sale, hoy» un aplauso mío muy sincero; porque el Sr. Alas está muy triste. Hay en todo el libro un dejo amargo y tristón, no de los que exhalan los escritores efectistas, que tienen la petulancia de que se crea que están tristes porque lo dicen ellos, sino a la manera del ¿qué le vamos a hacer? de D. Antonio, el cual no se siente bastante fuerte, por lo mismo de tener talentos excepcionales, para resolver el problema de la vida nacional...

La baja... artística del Sr. Alas, entristece su espíritu. Harto comprende él que es un Claudio Lantier sin genio. No concibe las gigantescas creaciones que concebía el cerebro de Claudio; la creación artística del señor Alas es poca cosa, ¡y no puede, sin embargo, con ella!

Prueba entre mil: Doña Berta, resuelta a conquistar el retrato de su capitán, apura el último sacrificio y la última vergüenza confesando su secreto, su falta, para ablandarle al indiano el corazón. La escena, descrita por un Maupassant, y sin ir tan lejos, por Palacio Valdés, hubiera sido patética, dramática, hermosísima, entre lágrimas de la viejecilla que no había tenido aún el consuelo de llamar hijo a quien lo era, ni de llorarlo públicamente, sin miedo. La misma escena, descrita por el Sr. Alas, es anodina, raquítica, fría, superficial; y el señor Alas, que conoce el flaco de su paleta, pasa sobre la escena como si pasara sobre ascuas, mientras se detiene, hasta ser molesto y pesado, en el lío de los capitanes (mi capitán, su capitán, tu capitán; ¡una declinación de capitanes!), desde que sale el pintor, como si lo vomitara la tierra, a hablar de arte a una vieja ignorante y sorda, en florido paisaje de melodrama del teatro Martín...

Comprende el Sr. Alas que deja huecos, trata de llenarlos, sin conseguirlo, porque son la fosa sin fondo de su espíritu pequeño, y apela al mal gusto de las explicaciones y comentarios. Un Julio Burel hubiera hecho de Doña Berta un prodigio de arte, porque Burel es artista de corazón.

No se desanime el Sr. Alas. ¡No esté tan triste! Doña Berta, Cuervo, Superchería, son agradables cuentos de Oviedo, a lo Juan Bobo y Bertoldo, excelentes para pasar las largas veladas del invierno en familia, cerca de la camilla olorosa a espliego.

El Sr. Alas adora en esos cuentos, según declara en la dedicatoria al Sr. Tuero. Tiene derecho. Ellos regocijarán el hogar y liarán las delicias de los escolares en vacaciones...


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Ya ve ese... Juan de Lis, periodista de Denia (es decir, de ninguna parte), que no se le regatean aplausos a Clarín, cuando los merece, como no se le regatearían a él si no fuera un solemne majadero, y además, un trápala de aldea, un diplomático baturro, un Maquiavelo de lugar...

Escribe el caballero:

«Cuando más confiados estamos, cuando nuestro gozo es mayor, ¡zas!, aparece Bonafoux en la ESPAÑA Y AMÉRICA, u otra revista por el estilo, y ya está armado el belén.»

¡Claro! ¡Como que mía es la culpa de todos los belenes que se arman allende y aquende el Atlántico! Tendré que tomar por casa una hoya, en el mar... Pero ¿qué belén es ese de que habla usted? ¿O los ve porque vive en Belén, digo, en Denia?

«Hablando serio; Bonafoux apache, a pesar de sus bromas, es una rica joya que el Nuevo Mundo ha tenido la bondad de regalarnos.»

«Él ha descubierto que el maestro Clarín ha plagiado a Flaubert

«Que Pardo Bazán ha robado un cementerio a Zola.»

«Que Taboada es poco menos que un payaso.»

Hablando en serio: ¿cuándo y dónde he dicho yo que es un payaso mi amigo Luis Taboada? Porque no hay tal cosa en ninguno de mis seis libros que tengo a la vista.

«Como si el Gobierno del curro Cánovas no fuera bastante, han principiado nuestros fogosos críticos su campaña.»

«Bonafoux la ha iniciado -aunque iniciar sea galicismo- en ESPAÑA Y AMÉRICA, revista o cosa así, que se publica para dar salida a unas cuantas obras invendibles.»

Aparte del calificativo de curro aplicado al señor Cánovas como si fuera un vecino de Denia, tiene mucha el calificativo de invendibles que propina el Sr. Lis a obras de Veuillot, Croisset, Lesage, etc., a quienes no debe conocer porque no nacieron en Denia. ¡Invendible la monumental Historia del movimiento republicano de Emilio Castelar! Es un colmo del desparpajo en provincias.

Que usted me llame crítico apache no me importa, aunque le advierto que tengo tanto de apache como usted de periodista (¿en Denia? ¡qué risa!), y que soy mas caucásico que usted, porque desciendo de franceses, y usted desciende de la morisma berrenda, y es degenerado, sin abluciones, como si lo viera. Lo que sí me importa, e importará a Clarín, es que me escriba usted al margen del mismo número del periódico donde le atiza un bombo servil, lo siguiente, que está a la disposición del público en las oficinas de ESPAÑA Y AMÉRICA:

«Sr. D. Luis Bonafoux: Usted que se jacta de descubrir crímenes literarios, ¿por qué no ha descubierto la burda imitación que Clarín ha hecho en su Camachología (Sermón perdido) de la «Premática contra los poetas güeros», de Quevedo? Además, no eche usted en saco roto que D. Leopoldito, el que acusa a Pardo Bazán de exhibirse, se ha exhibido lamentablemente en las Vírgenes locas. A la legua se conoce que aquel capítulo lo escribió momentos después de leer las obras de Guhl y Koner, y ¡claro! resultó un erudito de primera.

¿Y por qué no se lo cuenta usted, en vez de decirle que tiene un talento arcifinio? ¿Se figuraba usted que era yo un perro de presa a quien se podía azuzar desde Denia? El juego de atacarme y, atacar por tabla a Clarín, o viceversa, ya está visto.

Quede convicto el Sr. Lis de ser un... Lila de Mandas, o Duque de Tetuán en Denia.

Lo que siente él, por supuesto, es no ser un Hernán Cortés y degollar apaches. ¡De qué buena gana resucitaría la Historia y haría conmigo lo que, según cuenta Voltaire, hicieron los progenitores del Sr. Juan con los indios, chunchos o no chunchos!

Me duele el salir... con estas salidas. Pero no es cosa tampoco de que un periodista cualquiera de Denia llame apaches a los americanos españoles.

¡Cuanto más hermoso no es decir, como dice Llorente Vázquez, que en América no hubo vencedores ni vencidos, españoles y americanos, sino todos españoles, defensores los unos del principio realista, defensores los otros del principio republicano! Pero, ¡qué tontería después de todo, hablar de estas cosas a un Juan de Lis-Viñas que se propuso seguramente que le nombrara yo en Madrid y en ESPAÑA Y AMÉRICA!...




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