Huellas: 27

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Huellas literarias
Primavera de versos

de Luis Bonafoux



Ni árboles cargados de frutos, ni plantas exuberantes de savia, ni campos bien olientes a fresca hierba, ni azules horizontes del mar, por cuya orilla corrió mi infancia como una pilluela de la playa...

Del invierno al verano, un paso. Dentro de la villa, nubes polvorientas, sequedad febril, calor agónico; en los alrededores, el horror de la llanura, escueta, sucia, destacando en la lejanía, por entre andrajos del terruño, el bostezo de un perro aburrido y el tardo paso de un carretero holgazán... A falta de naturaleza primaveral, donde sumergir el cuerpo como en baño aromoso, bueno y confortable es sumergir el espíritu en primavera de versos.

Estos versos, que forman un ramo de flores Efímeras, aunque vivirán siempre, son un bonito regalo que hace Méjico a su madre España por mano de uno de sus representantes en la legación, el Sr. Icaza.


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Dime esa frase que el amor inspira;
Me engañas, ya lo sé: pero ¿qué importa?
¡Si es tan bella y tan dulce la mentira!
Miente y hazme feliz... la vida es corta,


El Sr. Icaza, poeta en Méjico, en España y en todas partes, siente «la tristeza resignada de un cielo gris tranquilo.» Delicado y tierno, sin sentimentalismos mentidos y cursis, como lo es en Los dos sueños y en Estancias; filósofo tristón en Gladiatorie, Fantasmas y en suavísimos Paisajes con la nota gris que pintó entre lágrimas la paleta de Casimiro Sainz; puede el Sr. Icaza decir con razón, que su musa tiene «lo inmenso y lo distante:» -la inmensidad de ternuras de un gran corazón aplastado por la prosa, y la distancia infinita, eterna, jamás salvada, entre la poesía y el ideal.

Hablando de Andrés Bello, recuerdo haber dicho que los versos de su musa deben ser leídos durante las noches templadas y melancólicas, en Sevilla a las márgenes del Guadalquivir, o en Caracas a orillas del Guáire, al olor de los jazmines que se marchitan, porque se mueren de envidia, en el seno de una muchacha fresca y rubia.

Los versos de Icaza, más bonitos y sentidos que los de Bello, merecen también leerse al arrullo no entendido de las calladas noches, entre aromas de flores que huelan a gloria, y aromas de mujeres que siempre huelen mejor que las flores.

Les oí por primera vez en el Vivero. Arriba, ramajes que colgó el estío; abajo, tierra húmeda y caliente; sobre el musgo del campo, desgranándose, un collar de cabecitas rubias y morenas...

Siesta deliciosa. El poeta no cantaba en el ramaje, como canta el pájaro; cantaba en la mano las hermosas estrofas que lleva en el corazón.




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