Huellas: 30

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Huellas literarias
De López y otros excesos

de Luis Bonafoux



Don Luis López Ballesteros es amigo mío; sí, señor. De palabra, en las mesas de Fornos y en un portal de la calle de Peligros, y por escrito en La Opinión, de Pérez Vento, el Sr. López ha tenido la bondad y la benevolencia (que yo no sabré agradecerle nunca) de dedicarme grandes elogios.

Es más, el mismo Sr. López me dispensó el honor de entregarme, para que le pusiera prólogo, un libro manuscrito. Con él fui a Puerto Rico (1889 -expedición 8 de la serie) y volví; con él fui a la Habana (1890) y volví también. Cuatro travesías de Atlántico con un libro manuscrito del Sr. López. No lo prologué, con mucho sentimiento, por que no tuve tiempo; ni lo leí, con el mismo sentimiento, porque tampoco tuve tiempo. Pero no le dejé en el camarote, como hubiera hecho cualquier literato... despreocupado de los que creen que el talento obliga a hacer canalladas, ni lo tiré al agua. Le di cuatro vueltecitas por el Atlántico, como si fuera reliquia colombina para el Centenario, y lo devolví sano y salvo, aunque un poco amarillento por el orín del trópico...

Podría, pues, establecerse una cuenta corriente.


DEBE
Luis Bonafoux a D. Luis López Ballesteros Bombos en café y portales: 1.000.000.
Don Luis López Ballesteros a Luis Bonafoux Travesías de Atlántico con un manuscrito: 4.


No quiero aumentar las deudas con el Sr. López. Hay en La Correspondencia de España un señor que firma L. B. ciertas revistas bibliográficas, críticas teatrales, etcétera.

Me dicen que L. B. es D. Luis López Ballesteros; y me parece imposible, porque no puedo creer que no tenga el valor de su López.

Pero si no es otro López, si es el mismo Ballesteros, creo que podrá hacerme el favor de firmar como Dios manda, no vaya a creer algún lector cándido que me dedico a propinar los estupendos bombos que atiza, en uso de un derecho perfecto, mi estimable amigo D. Luis López.

No es cosa de imitar a los ciudadanos que acuden frecuentemente a los periódicos en demanda de la publicación de sueltos por este tenor:

«D. Fulano de Tal, dueño de la acreditada tahona de la calle de Tudescos, no es el Fulano de Tal que robó anoche una bacalada en la misma calle.»

«A petición de D. Zutano hacemos constar que no le toca nada D. Zutano, presunto asesino del mozo de cuerda Toribio Ramos.»

Tampoco tendría derecho para imitar a esos señores que se curan en salud.

Mi nombre es pequeñín. Por eso mismo de ser humilde, podría fácilmente confundirse, y tengo el deber de declinar el honor de que se me confunda con un redactor de La Correspondencia de España.

El Sr. Ballesteros comprenderá y estimará mi discreción y mi rubor.


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Otro Luis; mi amigo Luis París, un... anarquista frustrado. ¡Bonitos tiempos aquellos en que me felicitaba públicamente por haber sido el primero en protestar contra el pontificado de Clarín y me escribía cartas dinamiteras, y entendía conmigo que la sociedad literaria estaba muy necesitada de explosivos que derrumbaran los carcomidos cascotes!...

Mientras fui a América y volví de allí (siempre con el libro manuscrito del Sr. López) se derrumbó sin explosivos ¡ay! mi amigo Luis París. Lo siento, pero ya no puedo llorar: ¡he llorado tanto sobre los cascotes de mis amigos!

Acaso porque es propio de sabios el mudar de acuerdo, o tal vez por exigencias brutales de la... prosa, Luis París ha entrado por el aro de la sociedad de bombos, tirando a toda prisa, como medroso y avergonzado, las bombas que podían comprometerle. Hizo antaño media docena de pinitos, y, como la inmensa mayoría de los caracteres al uso, cambió su incipiente ravacholismo por un plato del día. Hoy es uno de los periodistas más ramplones y hueros de España y Ultramar. Como disolvente, no es siquiera un Debach; resulta un anarquista con tacos de papel y pólvora en salvas. ¡Pobre Luis París! ¡Yo que le estimo tanto!

Tanto, que tengo todavía fe en que no se malogre (ji, ji), aunque se roza demasiado con los bomberos de la villa y... dime con quién andas y te diré quién eres.

Digo esto con motivo de la sorpresa que me produjo la firma de Luis París debajo de un espantoso ditirambo (no sentido) en honor de la calamidad novelesca que se titula Doña Berta, Cuervo, Superchería. Clarín, reirá, indudablemente.

«Leit-motive» (idea madre)..., «reemplisoge novelesco» (¿idea padre?)..., «coeficiente de pérdidas»..., «reverie»..., «incoherencia con intentos satíricos»..., «alardes de psicólogo»..., «instrumentación a posteriori»... ¡Dios ayude al instrumentado Clarín! Señores, ¡me han cambiado a Luis París! ¡Eso es... un negro catedrático con intentos de instrumentación a posteriori!

Cuervo merece elogios de Luis París, porque es, a su juicio, «un puñetazo»; que es como aconsejar a Clarín, que se dedique a hacer puñetazos.

No para ahí el leit-motive de Luis París. Metido a Barbieri de Clarín, dice que éste, cuando escribió el libro, pensaba en una sinfonía; y con tan plausible motivo, nos da una murga de «notas impresionistas» y «ascensiones hacia las regiones serenas en donde el ambiente es más luminoso», asegurando de paso que todo «suena» en el cuento... con bombo y platillos.

Tampoco se detiene ahí la instrumentación a posteriori o por detrás. Deja Luis París su papel de coristo y se mete... a comadrón.

Veamos cómo opera.

«Superchería resulta algo incondensado. Es un caso que reclama la atención del perito antes de calificarlo como aborto o como parto prematuro.»

Esa falta al buen Clarín: que le metan el fórceps.

No ejerza Luis París de Ravachol de la prensa si no le llama Dios por ese camino, o si ha discurrido que es, en punto a letras, el camino que va al cementerio madrileño. Pero no ejerza tampoco de Ciuti de Clarín, ni escriba en el cursi y disparatado estilo de un periodista congrio de la ronda secreta.

-Que es una frase morrocotuda a lo reemplisage instrumentado.

Discurro así con Luis París porque se puede. No es él de los pobrecitos habladores que se diputan genios en sus casas y se enfadan si hay quien les saque del error. París ha vivido algunos años en el Verbo de la Humanidad, y allí no se vive impunemente. Él sabe además que es de suyo poquita cosa y admite observaciones.

Nada de enfadarse. ¿Le pongo un reparo (con la intención más amistosa, por supuesto, y con muchísima tristeza)? Pues como si tal cosa. Donde quiera que me encuentra me saluda cariñosamente. «¿Qué tal, querido Luis?» Siempre fino.

¡Quién sabe! ¡Quién sabe si «evoca, como él diría, una nota impresionista, un recuerdo vago de la bohemia literaria»; y viendo al hermano de siempre, aunque amigo por temporadas, sin reemplisages ni instrumentaciones, dice en silencio cuando no pueden oírle los bomberos: «¡Tiene razón!»

Es un bonito leit-motive... wagnerista.


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A la señora doña Emilia Pardo de Quiroga le ocurre lo que a los oradores socialistas, y es que maltrata a los periodistas que le hacen el favor de circularla por ahí y les llama imprudentes y entrometidos.

A lo que observa, para justificarse, La Correspondencia de España:

«La noche de la segunda representación de Realidad permaneció doña Emilia durante los cinco actos en el cuarto de Mariquita Guerrero, donde también se encontraban el autor de la obra, un insigne dramaturgo, y claro está que también uno de los noticieros imprudentes y entrometidos.

»El Sr. Echegaray suscitó la conversación, preguntando:

»-¿Y usted, doña Emilia, cuándo se decide a escribir algo para el teatro?

»La señora Pardo Bazán: Confieso a usted que me inspiran gran temor las tablas; sin embargo, quizá haga un arreglo para la próxima temporada teatral.

»D. José Echegaray: ¿Un arreglo? Eso sería imperdonable en usted. Pluma tan bien cortada sólo en algo original puede emplearse.

»La señora Pardo Bazán: No digo qué no. Es más, me siento tentada de poner manos a la obra. Desde luego puedo decir a usted que hace tiempo tengo la idea de escribir una comedia; pero será una comedia de costumbres campesinas, algo por el estilo de Goldoni; creo que se ha explotado poco la vida del campo en nuestra escena.»

La señora por el estilo de Goldoni puede tener la seguridad de que en El Resumen no hemos sido los de la noticia. Porque no creemos que sea capaz de hacer un drama bueno, ni mediano.

De un arreglo sí la creemos tentada para la próxima temporada; y aun para esta misma.

Algunos literatos me han interviewado acerca del asunto Pardo-Bazán-Unión-Amorós y Compañía, y les he dicho que la señora de Quiroga ha quedado, a mi juicio, muy mal; y no lo creo solamente porque lleva la razón en el pleito el Sr. Amorós, sino por la ocurrencia de declarar doña Emilia que «tomaba» de otro escritor el asunto de su cuento propio, y que retaba a que se averiguase de dónde lo timaba, digo tornaba; con todo lo cual quiso excusarse del plagio. ¡No, señora de Quiroga! Figúrese usted que le robo cinco duros al Sr. Amorós, que me sorprende usted, y que salgo diciendo por ahí: -¡Bueno! Pero ahora voy a robar unas alhajas, y reto a que se averigüe de cuál escaparate las «tomé.» Y ya vería la señora que me llevaban a la cárcel.

No se desanimen los escritores que no tengan mollera para artículos propios. M. de Bernoff, escritor mediocre, ha conseguido la popularidad recorriendo a pie nueve mil kilómetros. Lo que no pudo obtener con las manos, lo consiguió con los pies, y todo es conseguir. No es un escritor pero es un carrerista.

Cuando la señora Pardo no esté de vena como escritora, haga a pie unos viajecillos de Madrid a Coruña, y vice versa. ¡Todo es escribir!





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