Huellas: 40

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No ha sido entierro; ha sido resurrección. El gobierno, la diplomacia, el ejército, las Academias, las Universidades, la prensa, todo el París de la inteligencia, representado por sabios que se exhiben de rara en raro; carros con coronas monumentales, bosques de flores y espigas, interminable hilera de carruajes, silencio y recogimiento del pueblo, y en medio de la procesión, cubierta con paños negros, la figura de Renán apacible, sonriente.

La iglesia de la Magdalena no cerró su ancha verja, y los parisienses se acomodaron bien presto en las espaciosas gradas del templo. De allí vengo; y allí estuve cuatro horas, esperando el entierro y viéndolo luego, a pie firme, y casi helado por un gris que me recordó el aire sutil del Guadarrama.

Una beata que se azoró, al salir del templo, ante tamaña explosión del racionalismo, preguntome toda compungida:

-¿Qué procesión es?... ¿Qué santo se celebra?

-¡San Renán, señora! Es la procesión de los que piensan.


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Declaro lealmente que no son de mi agrado las disquisiciones religiosas. Si quitamos a Renán la belleza literaria y la cultura de pensamiento, será un Tchau-Tchau, el autor de la Muerte o la religión del Diablo, que es la de Cristo, a juicio de aquel escritor chino. Por otra parte, me parece Renán, como racionalista, un... atrasado.

Declaro igualmente que no me enamora el temperamento de Renán, que fue la antítesis de Voltaire, digan lo que quieran los que le comparan con él; esto es, un racionalista manso, suaviter in modo, y en este punto, juzgándole con arreglo a la apacible crítica religiosa, me parece inferior a Strauss... Apunto estas ideas para que no se me tache de poco entusiasta de Renán filósofo, o, mejor aún, de Renán incrédulo, del Renán que, con todo su escepticismo, inspirábame ganas de decirle que ocultaba, debajo de la capa raída por la polilla filosófica, un buen cura... Y no digo más, porque el escritor y filósofo para quien «no ha tenido el mundo de las letras, después de la desaparición de Víctor Hugo, una pérdida más grande», continúa siendo para los acaparadores de la rutina religiosa lo que para el clero de Nápoles; el cual, cuando supo la noticia de que había llegado Renán a dicha ciudad, dispuso oraciones permanentes y rogativas en todos los templos, y que se tocara a vuelo las campanas «para echar al demonio del cuerpo del antecristo Renán», del pensador en cuya tumba se grabará por todo epitafio, y en cumplimiento de su voluntad postrera, estas solas palabras:

AMÓ LA VERDAD.

En el entierro no hubo discursos que lamentar... Es un consuelo para el muerto, si se entera. Cuando yo pensaba en ser grande hombre (hace ya mucho tiempo) preocupábame la idea de que me acompañaran, si moría en Puerto Rico, una porción de amigos con sombreros de paja, y que un orador fúnebre, de los que merecen alquilar sus servicios en la isla, me soltara un discurso; porque si hacen eso conmigo, o contra mí, ¡yo me salgo de la caja!

En la cuestión, a la orden del día, de si merecen o no merecen los restos de Renán ir al Panteón de los grandes hombres, me permito votar con Charles Laurent. Si han de llevarse allí, hágase para él y sus compañeros de filosofía y letras «un Panteón de segunda clase.»

Renán era un gran filósofo, aunque le precedió Hegel, como Becquer era un gran poeta, aunque tuvo de precursor a Heine. Pero los grandes filósofos y literatos no son de la madera de los grandes hombres en honor de los que se erigiera el Panteón.

Un periódico pide, en el delirio del entusiasmo, que lleven a la tumba de Napoleón los restos de Renán. ¡Qué atrocidad!

Renán, que era un filósofo pacifico, quitado de ruidos, doméstico en fin, se hallaría muy mal a la vera de aquel insigne energúmeno. Sería una crueldad obligarle a encerrarse con él en una misma habitación. Renán tendría mucho miedo, porque Napoleón fue de los hombres que, según una célebre frase de Fray Gerundio, «nacieron y estudiaron para matar»; y cuentan los Inválidos domiciliados en las cercanías del Panteón, que oyen allá dentro, a ciertas horas de la noche, un a modo de ruido de arrastre de cañones, y es que en la imaginación de los soldados de la patria, rudos y sencillos, hase guardado impresa la leyenda de aquel extraordinario neurópata que pasó la vida en un soplo... de metralla, arrastrándola desde las Tullerías hasta Berlín y Moscou; el cual «capitán del siglo», que no dejó más que escombros y rencores, paréceme un malhechor chasqueado de los que no encuentran un solo ochavo del pingüe tesoro con que soñaron cuando resolvieron robar y matar mucho... -¡Oh! ¡Los Napoleones, Cortés, Pizarros, Alejandros, Moltkes, los Césares todos, bonita canalla!

Pero, ya que la guerra es innata y perdurable en la humana especie, entiende Laurent que el primer hueco del Panteón debe llenarse con los restos del grande hombre que vengue los ultrajes inferidos a Francia; y yo me atrevo a añadir que no harán falta entonces proyectos de ley, que no habrá una sola voz que proteste, y si la hubiera... ¡las puertas del Panteón se abrirían por sí solas!

Se impondrá, eso sí, una medida preventiva: poner bajo llave a Napoleón primero... ¡para que no salga de noche a pelear con el otro!...

Puesto que Roma guarda en el Monte Pincio los bustos de una porción de italianos sobresalientes, y Londres conserva en la abadía de Westminster a Darwin, Livingstone, Dickens y otros ingleses ilustres en ciencias y artes, pide un cronista que lleven al Panteón no solo a Renán, sino también a Arago, Ampere, Lamartine, Balzac, Cuvier, Dupuytren, Berlioz, Hérold, Bizet, Gericault, Corot, Musset, Dumas, Gautier y... Luis Bonafoux. Sí, ¡que me lleven a mí! El cronista no lo dice, pero debería decirlo, por si falta gente, aunque yo he renunciado generosamente a la gloria. Porque la gloria en resumen, qué es? ¿Dormir al lado de Napoleón? Pues, francamente, no vale la pena.

Mucha gente se me antoja esa que quiere encerrar el cronista. De hacer lo que indica, habría que agrandar el Panteón; y, aun así y todo, los ciudadanos distinguidos llegarían a las bohardillas.




Huellas literarias de Luis Bonafoux

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