Huellas: 42

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Huellas literarias
El señor Marqués

de Luis Bonafoux



Tenía treinta y cuatro años de edad; madre y hermana que le adoraban y que han marcado con lágrimas el camino del entierro; brillantísimo porvenir en el ejército, que le enseñaba orgullosamente como diciendo: «Este es uno». Merecía morir por la revanche, luchando en pro de la gran aspiración nacional, a la cabeza de sus soldados en la frontera alemana; -y atravesado con arte por la espada de un duelista en estrecha sala de la Grande-Jatte, duerme el sueño de los que, como el periodista Massas, en 1882, y el pintor Dupuis, en 1888, se sacrificaron en aras de los humanos respetos de un público hipócrita...

La lucha duró escasamente tres segundos. El joven Mayer era muy valeroso; pero no se había batido y no conocía el manejo de la espada de combate. Se tiró a fondo... «Gracias a mi práctica en el terreno -escribe hoy el marqués de Morés- descubrí la táctica de mi adversario. Seguro de la estocada que iba a darle, yo le tiré, sin extenderme, un golpe, cuyas consecuencias han sido fatales... Lo declaro muy alto: contemplé a Mayer y moderé el ímpetu de mi espada. Al sentir que había penetrado el hierro lo detuve inmediatamente. Si no lo hubiera hecho, habría pasado de parte a parte al capitán Mayer. Yo siento mucho esta desgracia.»

Se moría. En el abatimiento de su semblante, en la tristeza de sus ojos, en el acento de su voz que caía como una arista rota, comprendí al punto -dice uno de los testigos- que la vida huía de aquel hombre que fue mi compañero.

El marqués de Morés se acercó al moribundo... te estrechó la mano... «Capitán, yo espero que eso no será cosa de cuidado.»

La espada, que le había atravesado el pulmón se detuvo en la columna vertebral... La detuvo el marqués, puesto que, no olvidarlo, él no quiso atravesar de parte a parte... Fue acto de caridad y prueba de culto a las buenas formas; porque, en Fin, una espada no debe ser un asador, ni un caballero merece ser tratado como un cochinillo.


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El marqués de Morés ha luchado... Estuvo trabajando en América. La labor no era propia de su elevada alcurnia, ni de su afición a las armas de la andante caballería. Todo un príncipe Krapotkine es cochero en Moscou. Todo un príncipe Soltikoff es carnicero en Petersburgo. Las princesas Galitzin y Dolgourouki cantan y bailan en conciertos públicos. El señor marqués de Morés se dedicó en Chicago al comercio de la carne de buey. Vencido por los comerciantes de aquella plaza, el señor marqués fue a la India; de la India pasó a Tonkín, y de regreso en Europa, derrotado y maltrecho, el señor marqués, que injuriaba y provocaba diariamente medio mundo, en artículos y folletos como el titulado Rotschild, Ravachol et C.ª, deplora hoy, según dice, la desgracia de haber matado al capitán Mayer, introduciéndole veinticinco centímetros de una de las espadas, de más de 100 gramos de peso, que usaba en sus ejercicios de la sala de armas...

Comprendo la pesadumbre del señor marqués. El capitán Mayer no tuvo parte en la infracción que cometiera el Sr. Cremicux-Foa; el capitán Mayer tenía imposibilitado el brazo derecho; el capitán Mayer dijo, presintiendo su fin, horas antes del duelo: «Esto terminará mal para mí... lo sé...» Comprendo la tristeza del señor marqués. ¡Me explico que palideciera cuando le dijo el presidente: El desgraciado capitán dejó caer la espada! Usted se le acercó mientras le sostenían; le tendió usted la mano, y el moribundo se la estrechó lealmente. (Sensación.)

Y después, el mismo presidente «El ministerio público dirá que usted quería el cadáver de un judío.»

¡Qué lástima, pensaría el señor marqués -cuya sincera pesadumbre soy el primero en reconocer- qué lástima que no hubiera podido, yo permanecer en Chicago dedicado al negocio de la carne de buey! Porque si aquel oficio no era propio de infanzones de pro, no resulta menos triste el oficio de matador de judíos.

Si no fueran nobles los sentimientos del señor marqués, el señor marqués podría estar satisfecho. Los más de los periódicos de hoy le describen físicamente: alto, fornido, «todo un buen mozo que lleva con cierta truhanería un bigote sedoso» La Libre Parole ha hecho más por el busto del señor marqués: le ha grabado en la primera plana. Muy parecido -observan los que le conocen- aunque un poco poetizado.

Algunas demi mondaines sonríen al ver el retrato, y exclaman cuchicheando: «-¡Su cabeza es hermosa...!» Si el señor marqués no estuviera quitado de ruidos, podría hacer algunas conquistas. Pero después de matar a un hombre, y de vender carne de buey en Chicago, el señor marqués no estará para nada.

Hay que tener lástima al señor marqués. Su apoteosis es fúnebre. Su paseo triunfal va a parar al cementerio, llevando en ristre un ensangrentado espadón de la Edad Media... ¡Pobre!... ¡Pobre!...

Ante la conciencia racional, el muerto no es Mayer, el muerto es el señor marqués... ¡Paz a sus restos!




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