Huellas: 45

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Sin llegar a decir de las costumbres en España lo que dice el exministro Estévanez en un folleto de publicación reciente, puede y debe decirse que ni hay en España costumbres periodísticas, y, si las hay, no son ciertamente las mejores.

Así como en las casas de huéspedes de Madrid no falta nunca un señor -que generalmente se llama D. José -presidente vitalicio de la mesa, con derecho a calarse el felpudo gorro mientras están descubiertos los demás comensales, fiscal de cuanto ocurre en la casa, y sin cuyo voto nadie se atreve a mover un cubierto del aparador, así en las redacciones de nuestros periódicos jamás falta el indispensable D. José, que lo mismo sirve para un barrido que para un fregado -aunque en realidad no sirve de nada- y que puede decir con justicia: -¡El periódico soy yo!...

Este D. José, que, convencido de su nulidad, quiere, él solito, campar en la publicación, es el que declara a la chita callando, embozado hasta los ojos en la prehistórica capa, la guerra del silencio, género de guerra que, por pequeño, está mandado recoger en todas partes.

Sin semejante guerra a la sordina no hubiera tenido yo que presentar en Madrid al literato y sabio español E. Zerolo, erudito de tomo y lomo, perteneciente a la Sociedad geográfica de París y a la real Sociedad belga de geografía. Es claro que conocen y estiman a Zerolo un Menéndez Pelayo y un Eduardo Benot; pero es claro también que esos y otros señores no constituyen, con todo de valer tanto, la publicidad, la circulación de un escritor español que vive, hace ya muchos años, en el extranjero.

¿No publica libros Zerolo? Sí los publica. ¿No los remite a las redacciones de los periódicos de Madrid? Sí los remite. Pero... allí está D. José, que no permite que se elogie, ni siquiera se cite, a quien vale más que él. Sólo así se explica que periódicos de gran circulación, que tocan a rebato la campana del bombo con llamar distinguidos, ilustrados y eminentes a unos Fulanos que son sencillamente unos viveurs literarios, no digan palabra de un Zerolo, de quien ha dicho Elíseo Reclus: «El Sr. Zerolo me ha enseñado muchas cosas.» Sí que sabe muchas cosas E. Zerolo; pero... no ha sabido dar un bombo a D. José.

Zerolo tiene otro inconveniente, Zerolo es, como verdadero sabio, retraído y modesto. No alterna. Como no tomó ningún cheque de Panamá, trabaja sin tregua desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde, Y después de comer, en vez de ir al Grand Café, a chismorrear de las cosas de España, o al Café Madrid, a ver alguna que otra andaluza trasnochada, Zerolo se encierra en su casita del boulevard Montparnasse, y dedica varias horas a los trabajos científicos y literarios. Es lástima. Porque sería más conocido si cultivara menos a Shakespeare y cultivara algo a Chequespeare; bien que no habría podido, en tal caso, hacer folletos tan notables como el titulado La lengua, la academia y los académicos, ni prólogos como el que ha puesto a las poesías líricas de Heredia. Este prólogo, que no se conoce en España, es un verdadero libro, lo mejor y más completo que se ha escrito acerca del poeta cubano.

Hay en París un mundo de españoles de mérito, ignorados en la patria, porque no van al Ateneo, ni comen cocido, ni se cascan liendres en la Puerta del Sol; españoles que viven, según la frase de Pasteur, en la paz de las bibliotecas y laboratorios.

Su único crimen... ya he dicho en qué consiste. No conocen a D. José, y, si le conocen, no quieren adularle.




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