Huellas: 46

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Los negritos que llegaron a París en un cajón, facturados como mercancías, alcanzaron gran notoriedad; pero puede más que ellos la señorita S'Nabou, otra negrita de buen ver, princesa ella, que ha venido con Mr. Mizon, explorador francés.

Los periódicos están locos con esta negrita interesante. La dedican artículos de fondo, crónicas, sueltos, columnas enteras. ¡Diríase que viene de matar en duelo a Mr. Mizon!

¿Qué ha hecho, pues, esta insigne negrita para distinguirse así de las demás, oriundas de las Antillas francesas, que pasean el boulevard sin que nadie les haga caso, con los morros fruncidos, como si hubieran comido caimito, por el frío que experimentan en una temperatura de 28 grados sobre 0?

Lo primero que hizo mademoiselle fue... nacer princesa. Su papá es el rey, o punto menos, de una ciudad que se llama Igbobé. La negrita no es Iboba, sin embargo; quería correr una juerga en París y se agarró al primer viajero en aquellas «apartadas regiones».

El cual resultó ser un Sr. Mizon, atrevido explorador y buena persona. ¿Cómo había de negar la blanca mano a la virgen nubia de trece años de edad que, según dicen los periódicos, es bonita (aunque negra) y princesa además? Aceptó, pues, el atrevido pensamiento. Un explorador inglés habría hecho valer su influencia en la corte de Igbobé para copiar del natural una escena canibalesca, o de antropofagia. Pero el Sr. Mizon, como buen parisiense, tomó la negrita por lo serio. ¿Demoiselle y princesa, aunque bituminosa? Hay que inclinarse...

Pero la exploración no era tan fácil como parecía a primera vista. Hacía falta tramitarla, formar expediente, reunir en pleno el Consejo municipal, ante el cual comparecieron la doncella y el caballero.

-¿Es cierto -dice el rey dirigiéndose a su hija- que quieres fugarte con este explorador?

-Sí, papá. (Llanto.)

-Grave caso... ¿Qué opina Mi consejo?

-Vuestra majestad puede permitirlo -observa el Consejo municipal.- Si el señor blanco resultara un Tenorio, la princesa no perdería mayor cosa. Recordad, excelso soberano, que habéis consentido en vuestros dilatados dominios la práctica de la poligamia.

-¡Visto! -exclama el rey; y hablando con monsieur Mizon:- ¿Quiere usted llevarse a la princesa? Si lo consiente vuestra majestad...

-Por consentido; pero a condición de que me la devuelva usted, cuando regrese, en su mismo ser y estado.

La princesa. -¡Ay qué gusto, papá!

El rey (a sus lacayos): -¡Negros indignos, arreglad las maletas de los regios viajeros!

No respondo, a título de cronista veraz, de que fueran precisamente esos los términos del diálogo, pero me los figuro; porque también estuve en África, aunque no exploro. De lo que sí doy fe es de que la negrita está, como dice la prensa de hoy, en train de devenir une célébrité parisienne. A falta de princesas blancas, buenas son negritas.

Vestida elegantemente, con la indispensable blusa rusa que le está a maravilla -porque no tiene rival el regazo de la mujer de África- y aplaudida por inteligente, graciosa, encantadora, distinguida, etcétera, etcétera, mademoiselle «hará su camino» y el Sr. Mizon está fresco, quiero decir, que con razón afirman los periódicos que tiene une grosse responsabilité. Tanta; ¡tendría que ver que el caballero regresara a Igbobé con media docena de mulatitos!

En cuanto a que mademoiselle es bonita, que me perdone la crónica parisiense. A mí me ha parecido una negrita bembúa, «como otras muchas que a la par se ignoran...»


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Dahomey es una tumba anónima, y París ve con disgusto esa tumba. Buena parte de la prensa protesta contra esa campaña; la pluma volteriana no se atreve a decir que aquellos indígenas son unos monos sin rabos, que se fueron al monte por no pagar contribución; el lápiz no dibuja fácilmente al gran Dodds, fiera la mirada, agarrando del cuello a un negrito en cueros, que es Behanzin con sombrero de jipijapa. Porque son muchos los soldados que van a Dahomey; pero son pocos los que pueden contarlo, y los hay, entre los que regresan, que se mueren aquí del susto de haber estado en aquellas tierras.

De ellas ha vuelto el general Dodds en traje de vainqueur; y... la república, salida de madre, se tima bonitamente con el general.

¿Por qué? Porque los pueblos, como las mujeres livianas, necesitan y piden quien les siente la mano, y si Dodds no lo hace, como no lo hizo Boulanger, será sencillamente porque no quiere.

En tiempos de revuelta española, dijo alguien a D. Nicolás Estévanez: -Hace falta aquí un dictador. ¿Quiere usted serlo?

-No; porque soy sinceramente republicano.

¿Contestaría lo mismo el general Dodds? Pienso que no; y aunque me equivocara, que sí puedo equivocarme, porque no soy León XIII, no sería menos cierto que Francia pide un Dodds con mucha necesidad, y que París, la gran cocotte, se peina hace tiempo para Dodds, aunque éste no llega a la talla de un Martínez Campos de Dahomey. Ese frenesí popular no prueba más que una cosa: que Francia suspira por el verdadero vencedor que la vengue de los pasados ultrajes...

No es decir que Dodds sea tonto; pero, por Dios, no es para tanto.

Está la prensa asustada con «los recuerdos de la dura campaña».

Los cuales son, según ha dicho Le Matin, «unos bastones con dioses de Dahomey esculpidos artísticamente».

Y advierte con énfasis el mismo periódico; «...y un soldado de infantería trae entre los brazos un mono».

No, que había de traerlo entre las narices.

Ya es labor el traer un mono de Dahomey, pero un mono no prueba la rudeza de una campaña, o yo estoy loco.

Después de todo, los bastones y los monos podrían pasar; pero...

«...el soldado Appercé -añade Le Matin,- enseñaba con el dedo (dispensando el modo de enseñar) la ciudad de Marsella a una joven negrita, regalo de nuestro aliado, el rey Toffa, al general Dodds.»

Esa, la negrita regalada de propina, esa sí que no cuela.

La cual negrita «tiene catorce años, se llamaba Vomí Tando, pero el general la bautizó con el poético nombre de Mamí.»

¿Ma... qué? ¡Me escamo! ¿Y por qué ha de ser Mamí más poético que Vomí?

Mamí, Vomí Tando, o como quiera llamársela, «estaba (sigue Le Matin) en cueros, cuando iba a embarcarse; pero las religiosas le hicieron una bata de seda azul, flotante, que le está muy bien. «Sí, lo que es el azul, máxime si es flotante, se combina bien con el negro.

¡Oh prensa parisiense! ¡Oh negrita desgraciada! Ya están acabando con ella. Al verla en Marsella, preguntaron las señoras:

-¿Pica?... ¿Pica?...

Yo no lo sé; lo que sí sé es que el general Dodds, volviendo de allá como un explorador, me ha quitado la ilusión. Porque ahora, siempre que tenga que hablar del general, me acordaré primero de la negrita...


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Las exploraciones más o menos pacíficas, terminan, por fuerza, con la adquisición de una negrita, obligado gaje del oficio de explorador. Cuando estuve, -no en calidad de explorador, sino a título de persona,- a ver al Sultán de Tánger (o a que el Sultán de Tánger me viera a mí) recuerdo que me dijo aquel salvaje:

-Le regalo a usted esta negrita. ¡Llévesela usted!

A lo que contesté, después de examinarla al microscopio, sumamente indignado.

-¡Guarde usted eso, Sultán!




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