Huellas: 47

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Son rescriptos de origen divino. Por el primero se hace saber al gobierno de Alsacia-Lorena, para que el gobierno entere a los vasallos, malandrines y demás follones, que se revocan las maniobras en Lorena, «porque el emperador, animado de sentimientos paternales por su pueblo, quiere evitar que afluya a un solo punto la multitud patriótica, con riesgo de la salud del pueblo». La cual orden, desbrozada del estilo pérfido en que se explican los señores de origen divino, quiere decir que el emperador tiene miedo al microbio, como lo prueba el hecho de haber ordenado la desinfección de la vajilla imperial, que fue enviada, para el servicio de S. M., al Casino militar de Metz.

Segundo rescripto. En cumplimiento de órdenes terminantes del emperador -participa la Norddeutsche- el gran mariscal de la corte ha dispuesto que esté en pie de día y de noche la segunda batería de artilleros de la guardia imperial, pronta a anunciar, con las salvas de ordenanza, el nacimiento del séptimo hijo de su majestad. Un aparato telegráfico, en comunicación con el cuarto de la parturienta, transmitirá al coronel de la guardia, en el instante mismo del suceso, la noticia de haber alumbrado la emperatriz. El primer cañonazo coincidirá con el primer grito que dé la criatura.

¡Qué precisión! ¡Qué disciplina! ¡Eso es lo que se llama llevar las grandes maniobras imperiales a la alcoba nupcial!...

Nuevos imperios, nuevos tratados de obstetricia imperial a la emperatriz se la obliga a parir a cañonazo limpio. ¡Pobre señora! ¡Amenazada de ver partir a su primogénito con rumbo a las regiones polares, y de ver al último de sus chiquitines atacado de alferecía a causa de un bombardeo prematuro!

Decididamente, la civilización está en mantillas.


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Y el emperador Guillermo está chiflado. A mí no me digan. Si a uno de ustedes, lectores, se le ocurriera la idea de enviar al polo un hijo chiquitín, cañonear a otro hijo, recién nacido, con un Krupli colocado frente a la habitación en donde pare la mamá, a mí no me digan, le llevaban a usted al manicomio de Leganés los vecinos del barrio.

Lo grave de esa monomanía militar es que expresa un sentido contrario al que informó la guerra de Alemania contra el emperador Napoleón, no contra Francia. «La victoria de Sedan -dice el periódico Vorwoerts, órgano de una bandería socialista de Alemania -fue el término natural de la espantosa y fratricida guerra que hizo presa en dos de las más grandes y cultas naciones de Europa, y era de esperar, después de la caída del imperio francés, una era de felicidad para los pueblos. Los acontecimientos tomaron un rumbo distinto. No guían al gobierno alemán la libertad y la paz; le guía la fuerza. Prisionero Napoleón y derrocado el imperio, continuó el combate. Su fin oculto era la conquista de Alsacia Lorena. La guerra contra el emperador se transformó en guerra contra el pueblo francés.

«De Sedán a París duró la lucha dos veces más que de la frontera a Sedán. La victoria que se obtuvo en aquel espantoso matadero no fue símbolo de paz para Alemania y el mundo, sino constante peligro de guerra. El Moloch del militarismo tomó formas gigantescas. De manera que Sedán inauguró para nosotros, los alemanes, no un período de bienestar, sino de esclavitud; excepciones humillantes, exclusivismos odiosos, empobrecimientos, tiranías, explotaciones y corrupciones. Sedán produjo a Bismarck. Para limpiar la basura de ese escombro, hace falta una generación. Celebren otros el aniversario de Sedán. Nosotros, alemanes también, no lo festejamos...»

Un inmenso aplauso de la prensa de París ha saludado las declaraciones del Vorwoerts. Son humanas, patrióticas y justas. Sobre la cúpula del edificio que levantara el rey Guillermo, no flota, no, la hermosa bandera que corona la cima de aquellas obras que tuvieron acabamiento sin llanto y sin sangre. En lo alto del moderno imperio alemán se vislumbra una bandera de muerte.

Es un error -he dicho en otra ocasión- confundir a los alemanes con el país de idólatras fundado en el siglo XII por los cruzados del Orden Tentónico. Los prusianos no son verdaderamente alemanes, ni querrían serlo, si no les conviniera. Mientras Alemania se enorgullece con Leibnitz, Hegel, Kant, Krause, Goethe, Meyerbeer, Schiller, etc., soldados vencedores en los campos de la ciencia y el arte, Prusia se entusiasma con los vencedores en Lowositz, Rosbach y Kunersdorf, con el obligado acompañamiento de gigantones que creó el rey Sargento; y en tanto que Alemania enseña con orgullo las heridas que le infirió en el pensamiento la Revolución francesa, Prusia venga agravios en nombre de los gigantones derrotados en Friedland y Jena, uncidos, con Federico Guillermo de arriero, al carro triunfal de un Bonaparte, y escoltados por hermosas rubias que humedecieron a Berlín con el Champagne del espíritu francés, que les infiltraron los borrachos de la guardia imperial... Y luego, a guisa de represalias, tropas prusianas son las que, de resultas de las conferencias de Pilnitz, se internan en Francia; tropas prusianas las que deciden el gran duelo de Waterloo; tropas prusianas las que pasan debajo del Arco del Triunfo, tropezando el letrero ¡Casa de fieras! con que marcara irónicamente a los invasores el peregrino ingenio parisiense. Desde el Rhin hasta la capital de Prusia, en la superficie de las aguas del río y sobre las colinas más altas, rastreante por las llanuras, en toda la tierra germana, se destaca ensangrentada y rígida la silueta del centinela prusiano, mientras beben los buenos alemanes vino espumoso y cerveza de Baviera.

No me extraña, pues, la protesta del periódico Vorwoerts. Porque no se alza sobre los muros de Sedán el trovador tudesco que canta a paz. Se alza Bismarck con su armadura férrea, y su enorme casco de punta acerada, mirando fieramente hacia París.




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