Huellas: 48

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Mientras llega el cólera vuelve a discutirse la eficacia de las inyecciones del doctor Haffine. El doctor dice que está seguro del resultado, porque ha hecho experimentos en cochinillos de la India. Pero un cochinillo, aunque sea de la India, no es generalmente una persona. La primera ejecución por la electricidad se creyó que sería instantánea, porque en Nueva York se había hecho el experimento en una vaca. Pero un hombre no es generalmente una vaca, y el reo pasó la pena negra antes de pasar a «mejor vida». Sin embargo, según Haffine, todo es cochinillo. Puede que lleve razón.

Como no es cosa de pasarse la vida filosofando sobre las inyecciones, el público acudió a divertirse en el salón de pinturas, cuya mayoría es un verdadero paso de risa. Claro que no falta algún que otro cuadro, como el de Robey de mérito excepcional, revelador, y una docena de pinturas excelentes; pero dada la barbaridad numérica de los cuadros expuestos, resulta que la Exposición no merece bien del arte. El público, por supuesto se divierte atrozmente, porque lo que menos le preocupa es el arte, y lo que le absorbe por completo es el lujo de los trajes femeninos y masculinos.

En una correría por una población remota, observé cierta noche, en la plaza de la villa, que unos señores, sentados en un banco debajo de frondoso árbol, prorrumpían en gritos y alaridos semejantes a los de los animales. Cuál de ellos imitaba al carnero, cuál otro al perro; éste bufaba como un toro, y aquél, después de darse unas palmaditas en el pecho, remedando el aleteo del gallo, exhalaba un agudo quiquiri-qui; y todos, eso sí, muy serios, graves y circunspectos.

Es claro que yo supuse que tal escena era cosa desusada, tal vez una broma, acaso un rapto del cura; y como conviene, al llegar a una población que no se conoce, enterarse de la clase y condición de las bestias y personas con quienes se ha de vivir en forzoso trato, reincidí en el paseo nocturno, y cuantas veces pasé por la plaza oí los mismos ladridos y rebuznos, iguales bufidos y quiquiriquís. Esa menagerie suelta -observé al dueño del hotel en que yo paraba,- será cosa accidental, con motivo de alguna fiesta, y compuesta, sin duda, por personas de baja estofa.

-No tal, me contestó tranquilamente. Todas son personas principales, lo mejorcito del pueblo. Mire usted: el que hace el borrico es un abogado, que fue dos veces diputado a Cortes; el que ladra como un perro rabioso no se dejaría ahorcar por un millón de duros; y el gallo es nada menos que el señor cura.

Creo desde entonces que son muchas las personas inferiores a las bestias; muchas más las que tienden irresistiblemente a rivalizar con los animales; y si, me quedara aún alguna duda, bastaría a disipármela la nueva moda del año 30, reformada.

La inclinación natural, intuitiva, de imitar a las bestias, ha adquirido todo su desarrollo con el gabán de pieles, que es el desideratum de las personas de viso; tanto, que algunas tienen como punto de partida de tal o cual hecho, al hacer tal o cual relato, la adquisición de dicha prenda.

He oído decir:

«Cuando murió mi madre, que fue por el mismo, tiempo que me compré el gabán de pieles, tuve que ir al pueblo para arreglar unos asuntillos.»

O bien:

«Eso pasó... dirá a usted, eso pasó en marzo... ¿En marzo? No, a principios de abril, porque recuerdo que fue para entonces que me compré el gabán de pieles.»

Si el gabán es bueno, y por lo tanto costoso, la metamorfosis animal no es tan grande; pero si el gabán es de poco más o menos, o de medio pelo, quien le lleva puede tener la satisfacción de que le confundan fácilmente con un búfalo, cuando no con un perro.

En este invierno, excepcionalmente cruo, apenas se distinguen las personas de las bestias. Hay que ver los vecinos pobres de los barrios extremos de París; hay que verles pasar de prisa y corriendo, cubiertos con pieles enteras de ciervos, corderos, perros de Terranova, deteniéndose a veces, en medio de un polvillo de ventisca, para que les acaricie la lengua de fuego de un brasero al aire libre. Pero no hay que ir a los boulevards exteriores; en pleno gran boulevard de la Magdalena encontré anoche a una señora, respetabilísima y distinguida, muy amiga mía, que me pareció de lejos una vaca.

Y es que, como dice el doctor Haffine, todo es cochinillo...


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En Madrid están sumamente preocupados con las boas erizadas que les llevan de París a las señoras madrileñas, y que le dan un susto a cualquiera. Al volver de una esquina se encuentra usted una mujer pequeña, fea y sumergida en una de esas boas con plumas de gallos o rabos de monos, y lo menos que se figura usted es que se le viene encima un perro de lanas extraordinario o un salvaje de las Pampas.

Nos civilizamos. Las comidas de nuestros principales restaurants parecen perfumes; las salsas saben a cosmético; los panecillos tienen forma de confites. Hay trajes femeninos tan vaporosos y pintarrajeados que semejan ropajes de guacamayos; batas de plumas de colibrí; abrigos de zorra...; y los españoles a la moda parecen cochinillos de la India en actitud de recibir las inyecciones Haffine.

Pero lo más gentil y bien élevé en París, sépanlo las madrileñas, es llevar, a guisa de pulsera, un lagarto, de goma; lagarto símbolo de los que gastaban algunas viejas cocottes de la novela Sapho... ¡y da mucho gusto el ver a las damas meneando el lagarto!

Nadie teme al otro lagarto, vencedor en Lowositz, Roshach, Kunersdorf, Sadowa, Gravelotte, París... lagarto monstruoso, con casco de hulano y botas de montar, que pasó escupiendo baba por debajo del Arco de Triunfo...




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