Huellas: 50

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En fin, con decir que presenciaron el desfile de los dos cortejos históricos un millón ochocientas mil personas, puede formarse idea, aunque aproximada, de lo que fue la fiesta de ayer. Cien mil espectadores había en la plaza de la Concordia. La multitud, que lo invadía todo, respetó el dolor de la estatua de Estrasburgo. No hizo falta que nadie la defendiera, porque ningún francés fue osado a profanar la inviolabilidad de aquel símbolo de un fragmento de la patria sangrienta. Sola, aislada, entre crespones y coronas fúnebres, contrastaba la estatua en aquella orgía de audaces regocijos. La multitud alardeó de circunspecta y respetuosa. No quiso manifestarse hostil a la Libre Parole, aunque este periódico protestó contra la celebración de la fiesta; no quisa tampoco responder al meeting proyectado en Saint-Ouen por los anarquistas. Derrochó, eso sí, el humor que le distingue tanto, a costa de las tres mil personas que formaron las comparsas: rió mucho cuando Voltaire y Rousseau fueron llamados a ocupar los asientos respectivos, y al oír decir a Montesquieu que llevaba zapatos Carlos IX porque le dolían mucho los callos. Un granuja hizo al autor del Espíritu de las leyes muecas horribles, que no lograron sacarle de su seriedad. Una chulilla, que también las hay en París, dijo al ver a Lafayette ¡Si se parece a mi suegro!

Un entusiasta por la Rosina del Barbero de Sevilla -la cual Rosina era una española de primera caliá- le gritó al paso: -¡Te comía!... Y la lindísima rubia Celestina Girard, que llevaba la palma en la cima del carro de la Concordia y de la Paz, recibió una ovación de besos a honesta distancia.

No hubo más, y los atentados del monstruo, como llaman los monárquicos a la plebe, se limitaron a protestas contra una señora aristocrática y perfumada (hasta cierto punto), que colocada detrás de una reja insultaba a los que la quitaban la perspectiva. -¡Bien estás enjaulada! -respondían los aludidos. ¡Hidrófoba! ¡Anda que te den morcilla!...

Los más sedientos de fiesta revolucionaria se dispersaron al caer de la tarde, entre los acordes de la Marsellesa, que iban poco a poco apagándose muriendo después de haber despertado y enardecido el gigantesco organismo de la metrópoli republicana.


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El cuerpo diplomático no asistió al Panteón; y las embajadas, exceptuando las de Inglaterra e Italia, se abstuvieron de iluminar sus casas. La española se significó con dejar a obscuras los dos mecheros de gas que alumbran de ordinario las puertas cocheras. Hay que dispensar a la embajada, porque está haciendo economías de petroleo y velas de sebo; pero el señor duque de Mandas que, como diplomático, no tiene otro prestigio que perder, está en el caso de conservar el prestigio de los faroles... y no puede salir de su casa diciendo al criado: apaga y vámonos.

La monárquica Inglaterra iluminó brillantemente su residencia en París. Ha cumplido una vez más su añeja teoría de respetarse a sí misma y respetar a los demás. Pall Mall Gazette dice a este propósito: -«Felicitamos a Francia porque tiene hoy, después de tantas dificultades, el gobierno republicano más serio que ha habido en Europa. Nosotros, los ingleses, no hemos hecho todavía la justicia que merece al pueblo francés, por el valor extraordinario con que ha sacudido los desastres de 1870 y 71 y por la energía con que ha rehabilitado la nación. Esta es la página más gloriosa de la historia contemporánea.»

Se significaron igualmente por la abstención la aristocracia del faubourg Saint-Germain y el clero, que ha conculcado la ley con el hecho de no poner banderas ni iluminaciones para celebrar una fiesta nacional; ese clero que recibe severas censuras del cardenal Richard, porque «pululan» los sacerdotes que ahorcan los hábitos por casarse con las feligresas, como lo han hecho el vicario de Saint-Ferdinand des Ternes, el de una importante parroquia parisiense, y el vicario de Saint-Maur, el cual se casó ha poco con una muchacha tan guapa como rica, marchándose a veranear al hotel que tiene ella en Varenne, aunque protestó la parroquia toda y el cardenal Richard quiso atajarles escribiéndole a él: «Mi querido niño... venid a verme... hablaremos.»

Marchaban, con arreglo al orden establecido, un pelotón de la guardia republicana; escolta de agentes; dragones del tiempo de Luis XV; carro de los Precursores de la Revolución, (Voltaire, Rousseau, Diderot, madame Goffrin y demás personajes), tirado por doce caballos con gualdrapas encarnadas; carro de la Marsellesa, símbolo de la Gloria que corona el busto de Rouget de Lisle, entre palmas, banderas y flores; Voluntarios de la República, que lucen tricornios de plumas rojas; Caballería de Valiny, con uniformes verdes y dormanes amarillos; carro de Chant du depart, monumento extraordinario, con la Victoria enseñando a los soldados el camino del triunfo, mientras el pueblo cantó las estrofas del himno de Chenier; seguía el Triunfo de la República, carro en forma de nave, en la que se embarcó un mundo; y, por último, cerrando la marcha el carro de la Concordia y de la Paz, que llevaba una representación de todas las clases sociales. ¡Procesión indescriptible! Al detenerse en las plazas de la Concordia, ópera y República, entre estruendo de armas y cantares bélicos, rodeada de un millón ochocientas mil personas que aplaudían y vitoreaban la República, me pareció que Voltaire y Rousseau se daban, sin que lo notara el público, un gran apretón de manos.

No quiero hacer el Loubet, ni el Challemel Lacour, ni el Floquet, ninguno de los cuales acertó en su discurso con la nota que sintetizara esa sinfonía wagneriana de un gran pueblo que avienta con orgullo las cenizas del pasado. Para describir la pluma el vértigo de ayer no hay más que un escritor en Europa: Zola. Y para describirlo de palabra no hay tampoco más que un orador en Europa: Castelar. La fiesta del Centenario habría sido completa si Castelar hubiera hablado en el Panteón y Zola hubiera escrito en la plaza de la Concordia.




Huellas literarias de Luis Bonafoux

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