Huellas: 60

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Huellas literarias
La nochebuena en el mar

de Luis Bonafoux



Un mar rebelde, que hacía visos de bilis colérica, oponíase con tenacidad ciega a la marcha del Tamaulipas. Grandes pirámides de olas le alzaban en vilo y le ponían perdido de agua. Crujía la madera y chirriaba el hierro dando tumbos sobre las verdosas aguas que alzaban sus ondas alrededor del barco, y se encrespaban y crecían en borbotones de espuma para escupírselos a la cara, tan pronto como se deprimían y acurrucaban humildemente, a guisa de piel de chacal que se dispone a recibir la presa, para atraerla a los remansos aterciopelados y dormidos en apariencia... La casa flotante continuaba gimiendo, como si se la abriese en canal, y llorando lágrimas salobres. Aquello era igual a viajar dentro de un trueno... Pero el Tamaulipas resistía como si tal cosa, con valor y majeza, aquel manteamiento terrible.

-¿Cuántas millas? -se preguntaba.

-Trescientas cincuenta trescientas sesenta y dos... largas de talle.

El pasaje reía... ¡Le tomábamos el pelo al Atlántico!...

A Bertha, un pimpollo de seis años de edad, la sorprendimos con el dedo pulgar de la mano derecha sobre la nariz y con el dedo pulgar de la mano izquierda sobre el meñique de la derecha.

-¿Qué haces, chica?

-Nada, me burlo del mar. ¡El mar! qué mamarracho! ¡y qué tío! Nos dejó sin platos, sin copas, sin misa. El capellán estaba mareado. ¡Este buen señor cura que nos da el triste espectáculo de caerse con el altar en plena misa!

La epilepsia del monstruo duró una semana. Ya no era esperada la llegada del buen tiempo.

Pero de pronto cambió la decoración.

Recuerdo perfectamente el alborear de aquella mañana dulce y templada como la primera caricia de una madre... Cuando desperté estaba mi manta de invierno a los pies de la litera y me culebreaba a lo largo del cuerpo una línea de sudor; -¡parecía una lágrima!..- Pasar de las nieblas de Madrid a las transparencias del cielo habanero; acostarse colgando en la percha un ulster forrado de franela y levantarse para sacar de la maleta una chaquetilla de alpaca -todo esto así, de buenas a primeras, de la noche a la mañana- tiene realmente impresiones de baño ruso.

La toldilla tenía cara de Pascua. Claro, se acercaba Nochebuena, y, además, habían salido de la cámara -por primera vez en todo el viaje- unas niñas cubanas con trenzas de color rubio melancólico y andares de paloma. El Tamaulipas se deslizaba suavemente sobre manso mar de azul intenso; azul, sin mancha de nube, estaba el cielo; y a babor y estribor, a popa y proa, pulverizaba y abrillantaba el sol aquel tono fuerte y mimoso a la vez. Todo era azul arriba y abajo. La vela blanca de un buque navegando a los lejos, se destacaba en el horizonte como ala de cisne en lago de añil puro.

Estábamos ya al tocar de la tierra habanera. Diríase que se sentían, y puede que las echara el deseo, templadas ráfagas de aire caliente; ecos melancólicos de quejumbrosos cantares; fuertes aromas... y, a la luz de la imaginación distinguíase sobre las verdes lomas cubanas los cogollos de palmera suspendiendo el fruto...

Mi amigo Colmenero, contador del Tamaulipas, me interrumpió guiñando los ojos: -Para esta noche, besugo y castañas, como en Madrid.

¡Este pobre Colmenero pensando en Madrid! Recordé los rabeles, las zambombas y las chulas (las chulas sobre todo), y, como Lamartine ante el féretro de su ideal, lloré en silencio largo rato...

La cámara del Tamaulipas es ciertamente de las más hermosas y lujosas: -lujo inglés, fuerte y severo.- Esta cámara se vistió de uniforme por Nochebuena; alfombras y portiers y adornos de gala, alumbrado todo por cuarenta y ocho luces eléctricas; -una noche de gran fiesta en los Jardines del Buen Retiro.

Marcos Guisasola, excelente maître d'hôtel, que dio de comer mucho y bueno al Rey D. Amadeo, había preparado una cena suculenta, elegante y bien remojada... -quiero decir con lo del remojo, que se escanció mucho vino de cinco clases distintas. -¡Qué turcas en alta mar!

No había más que pedir, ni cabía más ya. Había chillado mucho el corcho de las botellas, y hormigueaba el líquido en las pupilas de los bebedores con llamaradas rojas y negras...

Y a seguida de la cena, concierto al aire libre en la toldilla. Allí se alzaba en forma de columna una barricada inexpugnable. Cajas de turrón, barriles de aceitunas, sacos de cacahuets -toda una Plaza Mayor,- y allá en la cúspide, botellas del Rhin que enseñaban el azogue de sus cuellos. Las cajas estaban unidas por sartas de dátiles, engarzados como eslabones de oro, a la rubia espiga, y húmedas de las filtraciones de las granadas con sus cortezas abiertas por la hinchazón del fruto, que lloraba lágrimas de sangre y parecía decir: «Sacadme de esta prisión que me marchita y muero».

Un aire cálido y levantisco echaba a la cara de las mujeres los bajos de sus vestidos cuando subían por la peligrosa escala, e hinchaba las velas del buque, en cuyo palo mayor se despepitaba cantando un pajarraco.

La noche, que había estado hasta entonces como boca de lobo, empezó a clarear... Del fondo de una nube muy negra brotaron, como por encanto, chispas luminosas. Era de ver cómo se deshacía la negrura de la noche en pedazos jaspeados de rojo y blanco; y después, de entre aquellas luces artificiales de última hora, salió, muy maja y lustrosa, como la cabeza de un calvo, una luna que ya la quisieran en Sevilla para las noches de verbena y que sirvió lindamente de lámpara colgante...

Volvió a predominar el color azul arriba y abajo azul era el vacío del cielo con una claraboya por donde se asomaba una figura grotesca de monte bosquejado a medias -apunte o mancha del paisajista divino,- y el casco del Tamaulipas tenía reflejos azulados al dejar en pos chorros fosforescentes de añil puro, cuyos ruidos apagaban el eco de las guarachas y camagüeyanas que se cantaba aún sobre la toldilla del barco...

-Pero, chico, ¡qué pesadilla más horrorosa la tuya! -me dijo mi compañero de camarote al despertar del día siguiente.- Dabas unas voces... «¡que me las traigan!» «¡que me las traigan!» ¿qué querías que te trajeran?

-Las chulas, hombre, las chulas. Una Nochebuena sin chulas... ¡qué tontería y qué escándalo!

Y, como Lamartine ante el féretro de su ideal, volví a llorar en silencio largo rato.

En el mar. -Diciembre 1885.




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