Igualdad Capítulo 4

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Igualdad
Capítulo IV.
Una oficina bancaria del siglo veinte

de Edward Bellamy


Las formalidades en el banco resultaron ser muy simples. El Dr. Leete me presentó al superintendente, y el resto se siguió como algo natural, no llevando todo el proceso más de tres minutos. Fui informado de que el crédito anual de un ciudadano adulto para ese año era de 4000 dólares, y que la porción que me correspondía para lo que quedaba de año, estando a últimos de septiembre, era de 1075,41 dólares. Saqué justificantes hasta una cuantía de 300 dólares, dejando el resto en depósito exactamente como habría hecho en uno de los bancos del siglo diecinueve al sacar dinero para uso en el momento. Cuando concluyó la transacción, el Sr. Chapin, el superintendente, me invitó a su oficina.

"¿Qué le parece nuestro sistema bancario comparado con el de su época?" preguntó.

"Tiene una manifiesta ventaja desde el punto de vista de un resucitado sin blanca como yo," dije--"a saber, que uno recibe un crédito sin haber hecho un depósito; aparte de eso apenas conozco lo suficiente de él para dar una opinión."

"Cuando llegue a familiarizarse más con nuestros métodos bancarios," dijo el superintendente, "creo que quedará impresionado con su parecido con los de su época. Desde luego, no tenemos dinero y nada que responda a dinero, pero toda la ciencia bancaria desde sus comienzos estaba preparando el camino para la abolición del dinero. El único modo, realmente, en el cual nuestro sistema difiere del suyo es que cada uno empieza el año con el mismo balance en su crédito y que este crédito no es transferible. En cuanto a requerir depósitos antes de que las cuentas sean abiertas, somos total y necesariamente tan estrictos como lo eran sus banqueros, únicamente en su caso el pueblo, colectivamente, hace el depósito de una vez. Este depósito colectivo está hecho de provisiones de tales diferentes artículos e instalaciones para los diferentes servicios públicos como se espera que sean necesarios. Se ponen los precios o los costes estimados sobre estos artículos y servicios, y la suma agregada de los precios dividida por la población da la cuantía del crédito personal de los ciudadanos, que es simplemente su parte alícuota de los artículos y servicios disponibles para el año. No hay duda, sin embargo, de que el Dr. Leete le ha hablado de todo esto."

"Pero yo no estaba aquí para ser incluído en la estimación del año," dije. "Espero que mi crédito no sea sacado del de otras personas."

"No debe sentir preocupación," replicó el superintendente. "Aunque es asombroso cómo las variaciones en la demanda se equilibran unas con otras cuando están involucradas grandes poblaciones, aun así sería imposible dirigir un asunto tan grande como el nuestro sin grandes márgenes. El objetivo de la producción de productos perecederos, y aquellos en los cuales el capricho cambia a menudo, es mantenerse tan poco por delante de la demanda como sea posible, pero en todos los productos de primera necesidad importantes se arrastran constantemente excedentes tan grandes que una sequía de dos años no afectaría el precio de los no perecederos, mientras que un inesperado aumento de varios millones en la población podría asumirse en cualquier momento sin alteraciones."

"El Dr. Leete me ha dicho," dije, "que toda parte del crédito que no sea usada por un ciudadano durante el año es cancelada, no siendo válida para el año siguiente. Supongo que esto es para evitar la posibilidad de acaparar, mediante la cual la igualdad de sus circunstancias económicas podría ser socavada."

"Tendría el efecto de evitar tal acaparamiento, ciertamente," dijo el superintendente, "pero es por otra parte necesario para simplificar la contabilidad nacional y evitar la confusión. El crédito anual es una ordenanza sobre una provisión específica disponible durante cierto año. Para el año siguiente se ha de hacer un nuevo cálculo con elementos algo diferentes, y para hacerlo, los libros han de estar cuadrados, y cancelados todos los pedidos que no se han presentado, para que podamos saber exactamente dónde estamos."

"Por otra parte, ¿qué ocurrirá si sobrepaso mi crédito antes de que termine el año?"

El superintendente sonrió. "He leído," dijo, "que el despilfarro era un grave mal en su época. Nuestro sistema tiene la ventaja sobre el suyo porque los más incorregibles derrochadores no pueden sobrepasar la fontera de su capital, que consiste en su indivisible e igual participación en el capital de la nación. Todo lo que puede hacer como mucho es despilfarrar el dividendo anual. Si usted hace esto, no tengo duda de que sus amigos cuidarán de usted, y si no lo hacen, puede estar seguro de que lo hará la nación, porque no tenemos el estómago que permitió a nuestros antepasados disfrutar de la abundancia con gente hambrienta a su alrededor. El hecho es que somos tan aprensivos que si supiésemos que un sólo individuo en la nación estuviera en necesidad, nos quitaría el sueño. Si usted insistiese en estar en necesidad, tendría que esconderse para tal propósito.

"¿Tiene alguna idea," pregunté, "sobre a cuánto equivale este crédito de 4000 dólares en términos de poder adquisitivo de 1887?"

"Entre aproximadamente 6000 ó 7000 dólares, diría yo," replicó el Sr. Chapin. "Estimando la posición económica del ciudadano debe considerar que ahora hay una gran variedad de servicios y artículos de los que se provee gratuitamente por cuenta pública, por los cuales antaño los individuos tenían que pagar, como, por ejemplo, el agua, la luz, la música, las noticias, el teatro y la ópera, toda clase de comunicaciones postales y eléctricas, el transporte, y otras cosas demasiado numerosas para detallar."

"Puesto que suministran tanto por cuenta pública o común, ¿por qué no suministran todo de ese modo? Simplificaría las cosas, digo yo."

"Nosotros creemos, por el contrario, que complicaría la administración, y ciertamente no sería conveniente para la gente tampoco. Ya ve, aunque insistimos en la igualdad, detestamos la uniformidad, y pretendemos dar juego libre a la mayor variedad posible de gustos en nuestro gasto."

Pensando que podría estar interesado en inspeccionarlos, el superintendente había traído a la oficina algunos de los libros del banco. Sin haber sido experto en absoluto en los métodos de contabilidad del siglo diecinueve, quedé muy impresionado con la extrema sencillez de estas cuentas comparadas con cualquiera de aquellas con las que había estado familiarizado. Hablando de esto, añadí que me impresionaba tanto más, cuanto me había dado la impresión de que, grandes como eran las superioridades del sistema de cooperación nacional sobre nuestro modo de hacer negocios, debían de implicar un gran incremento en la cantidad de contabilidad comparada con lo que era necesario bajo el viejo sistema. El superintendente y el Dr. Leete se miraron entre sí y sonrieron.

"¿Sabe, Sr. West," dijo el primero, "que nos sorprende como algo singular que tuviese usted esa idea? Estimamos que bajo nuestro sistema basta un contable donde se necesitaban docenas en su época."

"Pero," dije, "la nación tiene ahora una cuenta diferente con o para cada hombre, mujer, y niño del país."

"Desde luego," replicó el superintendente, "pero ¿no la tenía en su época? ¿Cómo, si no, podría haber evaluado y recaudado impuestos o cobrado una docena de otros gravámenes a los ciudadanos? Por ejemplo, su sistema de impuestos por sí solo con sus investigaciones, tasaciones, maquinaria de recaudación y multas era inmensamente más complejo que la contabilidad de estos libros que tiene delante, los cuales consisten, como ve, en dar a cada persona el mismo crédito al principio del año, y después sencillamente registrar lo que se va retirando, sin cálculo de interés u otras circunstancias cuales sean. De hecho, Sr. West, las circunstancias son tan sencillas e invariables que las cuentas se mantienen automáticamente mediante una máquina, y el contable meramente desempeña su función mediante un teclado."

"Pero entiendo que también se mantiene un registro de cada ciudadano sobre sus servicios, como base para ascenderle o degradarle."

"Ciertamente, y muy minucioso, tomando muchísimas precauciones contra el error o la falta de equidad. Pero es un registro que no tiene ninguna de las complicaciones de las de sus cuentas de dinero o salarios por el trabajo realizado, sino que es más bien como los sencillos registros de honores de sus instituciones educativas mediante los cuales se determinaba el rango de los estudiantes."

"¿Pero el ciudadano también tiene relaciones con los almacenes públicos desde los cuales abastece sus necesidades?"

"Ciertamente, pero no una relación contable. Como su gente habría dicho, todas las compras son en efectivo--esto es, con la tarjeta de crédito."

"Queda," insistí, "la contabilidad por bienes y servicios entre los almacenes y los departamentos productivos y entre los diferentes departamentos."

"Ciertamente; pero estando todo el sistema bajo una única dirección y trabajando todas las partes conjuntamente sin fricción y sin motivo para segundas intenciones, tal contabilidad es un juego de niños comparado con el ajuste de las transacciones entre los capitalistas privados, que desconfiaban mutuamente, que se repartían entre ellos el campo de los negocios de su época, y se sentaban por las noches a urdir trucos para engañarse, derrotarse, y extralimitarse mutuamente."

"Pero ¿qué pasa con las estadísticas elaboradas sobre las cuales se basan los cálculos que guían la producción? Al menos se necesita bastante cálculo."

"Su gobierno nacional y los estatales," replicó el Sr. Chapin, "publicaban anualmente cantidades masivas de similares estadísticas, aunque a menudo muy imprecisas, la obtención de cuyo acumulado debe de haber costado muchos más apuros, considerando que implicaba una investigación, que no era bienvenida, en los asuntos de personas privadas, en vez de una mera recolección de informes de los libros de diferentes departamentos de un gran negocio. En su época, cada fabricante, comerciante, y almacenista tenía que hacer un pronóstico del probable consumo, y los errores significaban la ruina. Sin embargo, no podía sino adivinar, porque no tenía suficientes datos. Dense los completos datos que tenemos nosotros, y el pronóstico se verá tan incrementado en certidumbre como simplificado en dificultad."

"Cortesmente le ruego me ahorre más demostraciones de la estupidez de mi crítica."

"Dios mío, Sr. West, no es cuestión de estupidez. Un sistema de cosas completamente nuevo siempre causa en la mente la impresión de complejidad a primera vista, aunque al examinarlo puede descubrirse que es la simplicidad en sí misma. Pero por favor no me haga parar justo ahora, porque solamente le he contado una parte del asunto. Le he mostrado cuán pocas y sencillas son las cuentas que llevamos comparadas con las de las correspondientes relaciones que llevaban ustedes; pero la parte principal del asunto la constituyen las cuentas que tenían que llevar ustedes y que nosotros no llevamos en absoluto. El débito y crédito ya no se conocen; el interés, la renta, las ganancias, y todos los cálculos basados en ellos ya no tienen lugar en los asuntos humanos. En su época, todos, además de en su cuenta con el estado, estaban involucrados en una red de cuentas con todo lo que se relacionaba con ellos. Incluso el más humilde asalariado estaba en los libros de media docena de comerciantes, mientras un hombre con posesiones podía estar en cientos, y esto sin hablar de hombres implicados en actividades comerciales. Un simple dólar tenía que ser asentado tantas veces en tantos lugares, al ir de mano en mano, que nosotros calculamos en alrededor de cinco años lo que debe haber costado en tinta, papel, pluma, y contrato del administrativo, por no hablar de irritación y preocupación. Todas esas formas de cuentas y negocios privados ahora se han terminado. Nadie debe a nadie, ni nadie le debe, ni tiene ningún contrato con nadie, ni ninguna cuenta de ninguna clase con nadie, sino que está sencillamente en deuda con todos por tan amable consideración como sus virtudes puedan atraer."