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Informe del capitán general de Guatemala José de Bustamante al Consejo de Regencia en 1813

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Informe del capitán general de Guatemala José de Bustamante al Consejo de Regencia en 1813 (1813)
de José de Bustamante
En la que informa acerca del inicio de su administración, las instrucciones al diputado de Cortes por el ayuntamiento, el primer movimiento independentista de San Salvador y el que hubo más tarde en León, Nicaragua.

SERENISIMO SEÑOR:



El espíritu de oligarquía es el que ha dominado estas provincias. Los que forman el pueblo bajo son unos infelices que siguen ciegamente el impulso que se les imprime. Proclaman a nuestro deseado Monarca; celebran las noticias plausibles de la Península; respetan las autoridades, o se vuelven contra sus legítimos jueces; insultan a sus jefes y trastornan las leyes, según la dirección de los que tienen influjo en ellos.
Distraídos en sus vicios u ocupados en sus trabajos; sin fondos, sin educación para elevar sus miras, ni ansian empleos, ni piensan en el comercio, ni tienen interés para desear que las plazas sean servidas por los de esta clase más bien que por los de otra.
Ambición de empleos, codicia mercantil, han sido en los tiempos anteriores y serán en los sucesivos el único origen de las conmociones de América. Se exageran durezas en la ley; se encarecen los derechos de los pueblos; se habla con horror del despotismo; se afectan sentimientos tiernos por el miserable, etc.; pero no hay otras causas que las indicadas, y el pueblo desdichado no ambiciona empleos ni se ocupa en el comercio.
Desde las primeras noticias de los sucesos funestos de la Península, comenzaron a explicarse las ideas y sentimientos que no se habían manifestado anteriormente.
En 809, cuando aun no había sido provisto Gobernador de este reino, dió el primer ejemplo la provincia de Chiapa: ejemplo lastimoso que con pequeñas variedades en la forma ha sido seguido posteriormente en las otras. La gobernaba como intendente interino, en quien había recaído el mando por muerte del propietario, el asesor teniente letrado D. Mariano Valero. Parece que no se le han comprobado los cargos de que le acusaron después varios individuos del Ayuntamiento de Ciudad Real. He sido por el contrario absuelto en la sentencia que se pronunció en primera instancia; pero que se le suponga criminal, la ley designa lo que debe hacerse en iguales casos: manda que se eleven las quejas a la autoridad superior; que se pida justicia para el escarmiento y castigo, y sin embargo los individuos del Ayuntamiento, que no podían ignorar ley tan sabida, depusieron a su intendente interino, de mano armada; le redujeron a verdadero arresto; reasumió el mando el Ayuntamiento, que en aquel país, como en los otros, es el cuerpo de los que figuran en ellos; nombró intendente al alcalde primero y escribió al Ayuntamiento de esta capital dándole cuenta de lo que se había practicado e implorando su protección, según estoy informado.
Un atentado de este tamaño no fué escarmentado, sin duda por la moderación que mi antecesor juzgó oportuno manifestar en consideración a las circunstancias; y por no haberlo sido, creció acaso la fermentación.
No era pequeña la que se observaba en este reino antes de tomar posesión del mando. Hombres inquietos, que ignoran sus verdaderos intereses, los calculaban falsamente. Creian encontrarlos en el desorden y trastorno de lo que hace su más sólida felicidad; difundían noticias equivocadas; suponían otras falsas; exageraban las adversas; engendraban dudas sobre las más plausibles; multiplicaban los pasquines; encarecían los defectos del Gobierno, y minaban sordamente las bases de la autoridad legítima.
Hay noticia positiva de que se llegó a mayores extremos. Fijos en la idea que el mando estuviese en los ayuntamientos o en juntas de individuos elegidos por los mismos, cuando se supo que estaba ya provisto el gobierno y capitania general de este reino, se juzgó momento oportuno para llevarla a efecto. Se pensó interesar a mi antecesor en su ejecución, proponiéndole indirectamente que sería presidente de la junta proyectada, y que de este modo continuaría en el mando,que de otra suerte se veria obligado a dejar.
Si no tuvo efecto maquinación tan maligna, fué porque no se encontraron palancas suficientes para tan grande movimiento; porque mi antecesor no se hubiera prestado a pensamiento tan negro; porque la suerte de las armas españolas, varia como todas las del mundo político, ha ido conteniendo sucesivamente, según el aspecto risueño con que se ha presentado, el genio de la guerra.
En marzo del año siguiente de 811 tomé posesión del mando. Vi acreditadas las noticias que se me habían dado del espíritu secreto de inquietud en este reino; temí sus efectos en la provincia de San Salvador, donde menos los recelaba mi antecesor; y para quitar del medio cuanto pudiese ser estimulo de insurrección, di orden para que se trasladasen a esta capital las armas y fondos que había en la de San Salvador; y en su cumplimiento se trasladaron en agosto del mismo año de 11, 700 fusiles, 95.201 pesos 3¼ reales de la hacienda pública, 20.621 del consulado y 12.177 de particulares.
Posteriormente, hechas las elecciones del diputado de Cortes, acordó el Ayuntamiento de esta capital formar instrucción para el suyo y se me presentó manuscrita la que se habia formado.
Fué preciso hacer violencia a mis sentimientos, sacrificar mi opinión para permitir que se diera a luz. Lo permiti por obedecer el decreto soberano de la libertad de imprenta, para excusar quejas y que no se dijese que privaba a los cuerpos o particulares de la facultad que el Congreso Nacional les habia declarado de publicar sus pensamientos e ideas politicas.
En ella se manifestó a las claras la que ha sido objeto de los deseos, el espiritu evidente de oligarquia. Que los individuos de los ayuntamientos sean elegidos por los mismos ayuntamientos; que las dos terceras partes de ellos sean vitalicios y sólo el tercio restante bienales; que el tratamiento del Ayuntamiento de esta capital sea el de Grande, y de Señoría el de los regidores; que en cada capital haya una junta compuesta de individuos nombrados por los ayuntamientos; que la mitad de sus vocales sea precisamente de individuos de los ayuntamientos y la otra mitad individuos de los mismos ayuntamientos o vecinos; que el tratamiento de la junta sea el de Alteza Serenísima, y de Señoría por toda su vida el de sus vocales, con el sueldo de 4.000 pesos fuertes cada uno; que tenga dos secretarios y dos censores, nombrados por la misma junta, con 3.000 pesos cada uno; que el gobierno de todos los ramos de policía, de hacienda, de rentas públicas, de guerra, fomento, de agricultura, industria, artes, comercio, establecimientos públicos, estudios y patronato, resida en la junta; que la misma junta sea una cámara que proponga a S. M. para las vacantes del reino; que los ayuntamientos, y no los pueblos, nombren los diputados de Cortes: éste es el plan de gobierno que publicó el Ayuntamiento de esta capital en la instrucción formada para su diputado.
Circuló impresa por todas las provincias; penetraron por todas partes las ideas de la capital, que por serlo tienen siempre la prepotencia que hay en las mismas capitales.
Los ayuntamientos interesados con un plan de gobierno en que todo debía ser obra de sus manos, era natural que las adoptasen. Las familias que han estado en posesión de dar individuos a los ayuntamientos, excitados por los mismos intereses, debían celebrarlas con igual entusiasmo. Las otras clases eran lisonjeadas con la perspectiva hermosa que se les presentó de libertad de comercio, abolición de aduanas, destrucción de estancos, una sola contribución, astilleros, caminos, etc. Y los pueblos infelices, sin luces para percibir que el nuevo plan no miraba a su ennoblecimiento, sino a la elevación de los ayuntamientos, fueron halagados con las esperanzas que se les hizo concebir, ponderando en la misma instrucción que la especie humana estaba degradada, los hombres morales igualmente tiranizados, que los hombres físicos, la sociedad, dividida en opresores y oprimidos, la justicia violada, etc.
Pocos meses después, el 5 y 6 de noviembre del mismo año de 811, se manifestó en lo público el fuego que ardía en secreto. Conmovidos los de San Salvador depusieron al Intendente D. Antonio Gutiérrez Ulloa, sin haberle justificado cargo alguno; establecieron junta gubernativa; cerraron los estancos; abolieron los reales derechos; persiguieron a europeos honrados, de patriotismo notorio, entre ellos a D. Gregorio Castrisiones, que había hecho servicios distinguidos a aquel público y donado para gastos de la presente guerra 11.000 pesos fuertes, y convidaron a los demás pueblos a seguir su detestable ejemplo, uniéndose en el plan que habían comenzado a ejecutar.
Sin más tropas que las pocas que hay y conviene que haya en esta capital, sin fondos para sostener otras, fueron graves mis cuidados, diversas las com-binaciones que hice y distintos los pensamientos que me ocurrieron.
Me fijé al fin en el que dictaba la prudencia y era más conforme a mi carácter y principios: el sistema de conciliación prudencial. Escribi de conformidad lo que juzgué oportuno al Intendente, al padre Vicario de San Salvador D. José Matias Delgado y a D. Bernardo Arze, vecino de influjo en aquella ciudad; comisioné al coronel D. José Aycinena, ahora consejero de Estado, para que pasase a la provincia a ejecutar el plan que me había propuesto seguir; le di la instrucción necesaria para que procediese de acuerdo, informándome de todo; acordé indulto general, ofreciendo olvido perpetuo por lo pasado; asisti al primer ayuntamiento que se celebró, no para conferenciar asuntos que están fuera del circulo de sus facultades, sino con objeto muy diverso; manifesté el nombramiento que acababa de hacer, en el acuerdo, de intendente interino en un individuo del mismo Ayuntamiento, que lo era el coronel expresado; mandé leer los oficios que los cabildos de San Miguel, San Vicente y Santa Ana, con sus dignos párrocos, me dirigieron, ofreciéndose para resistir las ideas sediciosas de San Salvador y dándome cuenta, el primero, del escuadrón que se habia dispuesto despachar con el mismo fin; no juzgué prudente desaprobar el pensamiento del Ayuntamiento de esta capital de mandar por su parte a D. José María Peynado, autor de la instrucción citada, para que contribuyese al mismo fin de la paz y concordia, estando a las órdenes del coronel comisionado, y al mismo tiempo tomé medidas oportunas para preparar fuerzas competentes y tenerlas en disposición de servir, en el caso de que no correspondiese a mis deseos el resultado del plan de prudencia que había acordado seguir.
Felizmente fué auxiliado por los partidos de Santa Ana, San Vicente y San Miguel, que negándose a las miras revolucionarias de San Salvador, su capital, hicieron oposición gloriosa a sus insinuaciones, distinguiéndose el celo de los beneméritos curas D. Miguel Barroeta, D. Manuel Antonio Molina y D. Ignacio Cárcamo, el del coronel D. Alonso Saldos y otros leales vecinos, que prepararon inmediatamente la fuerza que permitían las circunstancias, para repeler la de San Salvador en el caso de hacerse.
La provincia dividida en su recinto; firmes los mejores partidos en el de la paz y tranquilidad; obligados los inquietos a elegir los horrores de una división intestina, o el restablecimiento de la paz con indultos por lo pasado, prefirieron mal su grado lo que debían preferir.
Se serenó San Salvador, y dichosamente estaba ya en calma cuando entró en la ciudad el coronel comisionado, que conforme a mis órdenes salió de ésta sin fuerza alguna a ser ejecutor del plan de conciliación.
Restablecida la paz en la provincia de San Salvador, comenzó a turbarse en la de Nicaragua. El 13 de diciembre siguiente hubo en León, su capital, igual conmoción a la de San Salvador; se levantó igual grito contra los europeos empleados o comerciantes; se depuso al Intendente D. José Salvador; se estableció junta gubernativa y trató de abolir estancos y derechos.
El coronel D. Joaquin Arechavala, vecino antiguo de aquella ciudad, que sin embargo de sus relaciones en la provincia, como hijo de ella, supo mantenerse firme en los principios de lealtad que había manifestado, fué una de las víctimas de la revolución, pues no sólo se le depuso de su empleo, sino que se le redujo a verdadero arresto y se le hicieron sufrir daños y perjuicios dignos de que se le premien con proporción a sus circunstancias.
Se iba dilatando el fuego por toda la extensión de la provincia; pero causas iguales a las que lo apagaron en San Salvador, concurrieron a extinguirlo en la de Nicaragua.
El sistema de prudente conciliación adoptado en este Gobierno; el celo del R. Obispo D. fray Nicolás García Xerez, que en el centro mismo de la revolución trabajó en sofocarla con el ascendiente de su respetable ministerio; la dulzura de su amable carácter; la lealtad acreditada de su Provisor y Vicario general, el deán D. Juan Francisco Vilches, digno también de que se le conceda premio proporcionado a sus muchos méritos; pues auxiliando al obispo en sus benéficos oficios excitó a todos los párrocos y coadjutores al restablecimiento de la paz, en la juiciosa y elocuente circular que les dirigió oportunamente y fué impresa en la Gaceta de este Gobierno; los partidos que hicieron resistencia gloriosa a las intrigas de los in-quietos; el de Segovia, que dirigido juiciosamente por su fiel Ayuntamiento se distinguió entre los demás por la prudencia con que supo manejarse; la provincia inmediata de Costa Rica, que lejos de unirse con la de Nicaragua, no permitió que se propagase por su seno el fuego de la insurrección; el respeto de la fuerza que tenía preparada en los puntos más ventajosos para inspirarlo: éstas son las cuusas felices que sofocaron la revolución de Nicaragua.
Desde el principio de las que comenzaron en el reino conoci la necesidad de mantener un cuerpo re-gular de fuerza, para facilitar el sistema de conciliación prudente que había acordado seguir, o emplearla en el caso de ser necesaria. No eran pequeñas las dificultades que lo embarazaban en un reino donde las oponían por todas partes el carácter de sus habitantes, la escasez de fondos, la miseria de los pueblos, la falta absoluta de milicias en algunos partidos, la ninguna disciplina de las pocas que había en otros, las seducciones de los malos y el mismo espíritu de inquietud, que iba penetrando en todas partes.
Sin embargo, venciendo obstáculos, excitando el celo de los vecinos honrados, avivando el de los oficiales, interesando el de los párrocos beneméritos y vecinos de influjo en los pueblos, haciendo ahorros de consideración en la hacienda pública, logré al fin armar cuatro mil hombres, sin gravar los pueblos con impuestos, y situarlos en los parajes oportunos para acudir con rapidez a las provincias conmovidas, con el fin de imponer respeto a todas y ocurrir con la fuerza donde fuese necesaria.
Llegó a serlo en Granada, esta infeliz ciudad que, sosteniéndose rebelde al sistema pacífico de conciliación que se le ofreció, quiso llevar adelante el de inquietud, cuando había ya cesado en los demás partidos de la provincia. Fué precisa la entrada en aquélla de las tropas, contra mis sentimientos de paz, y hacer conocer a los inquietos que había en el Gobierno, a quien habían despreciado en sus proposiciones de armonía y conciliación, la energía y fuerza necesaria para hacerse respetar.
Tegucigalpa no llegó a tanto extremo, ni en su revolución se advirtió tanto desorden. Distinguida en mi protección, por ser la única provincia mineralógica del reino, la que provee a esta Casa de Moneda de las barras que se acuñan en ella, fué sin embargo plagada del espíritu de inquietud. La hubo en la villa de San Miguel Heredia, su capital; pero la que hubo no tuvo por objeto sacudir el que los inquietos denominan yugo español, ni perseguir a los europeos, ni aspirar a la independencia. Fué dirigida principalmente contra la casa de un vecino, hijo de la misma provincia, D. Antonio Tranquilino Rosa, subdelegado de la real hacienda, que se había hecho objeto casi general del odio de los demás por sus relaciones, por su espiritu de dominación y prepotencia, por su giro y sistema de intereses, extendido aún a los pequeños artículos que el pueblo mira como fondo propio de subsistencia. Contra él y los que le eran unidos se levantó el grito; contra ellos se desahogó el resentimiento de los quejosos, y por su causa parece que se puso en movimiento el pueblo.
Para serenarle adopté el sistema que en circunstancias tan vidriosas parecía el más prudente: el mismo que produjo los efectos felices que me prometi al meditarlo.
Acordé en junta superior de real hacienda el restablecimiento de la alcaldía mayor, pedido desde mucho tiempo por los vecinos de Tegucigalpa, que deseaban tener en su partido el juez de minas que había antes de la creación de intendencias; nombré alcalde mayor interino al cura de la misma villa D. Juan Francisco Márquez, para que aprovechando en beneficio de la paz el ascendiente de su ministerio pastoral, influyese en su restablecimiento; mandé con el mismo objeto al R. P. ex Provincial de San Francisco fray José Manuel Alcántara, religioso muy propio para desempeñar el encargo, por ser de un carácter amable y haber nacido en la misma villa de Tegucigalpa; dirigi los oficios correspondientes al R. Obispo de la diócesis D. Manuel Julián Rodriguez, que ha trabajado con distinguido celo en la pacificación de la provincia; y para que las providencias del Gobierno y oficios prudentes de los comisionados fuesen más respetados y de influjo más benéfico, mandé situar en la misma villa la fuerza que consideré oportuna de 200 hombres.
Así es cómo he restablecido la paz general del reino en época tan triste, cuando los mandos no tienen los auxilios que abundaban o no escaseaban en tiempos más venturosos.
No comenzó a turbarse por la causa que indica el Ayuntamiento de esta capital con muy poca sinceridad, ni fué el arresto del padre D. Manuel Aguilar, o el emplazamiento de su hermano D. Nicolás, el origen de las conmociones.
Desde mucho antes habia comenzado el espiritu de inquietud que las ha producido. Nació desde las primeras noticias de Bayona y siguió formándose gradualmente, según las que se recibían de otros reinos de América.
Antes de pensarse en la provisión de los cargos que servimos el M. R. Arzobispo electo y yo, se difundian pensamientos revolucionarios; se inquietaba al pueblo con pasquines y se comunicaban noticias desfiguradas desde esta capital, que ha sido el centro de donde se ha extendido el fuego que ha abrasado a las provincias.
El año de 1809, cuando aun no habíamos venido a este reino ni el M. R. Arzobispo ni yo, comenzó en la de Chiapa el mismo sistema de conmociones que se siguió después en la de San Salvador y Nicaragua.
Antes de tomar posesión del mando se intentó el establecimiento de junta gubernativa. Antes del arresto y emplazamiento de los Aguilares se publicó por este Ayuntamiento la instrucción que ha propagado por todo el reino las ideas dañinas que han influido en la turbación de la paz. Antes de acordarse uno y otro tenían los inquietos designado el mes de enero de 1812, según la voz común, para conmover a un mismo tiempo los pueblos de las provincias y hacer sentir los efectos funestos que hubiera producido el movimiento simultáneo en todas ellas.
Felizmente se descubrió la correspondencia que seguían los Aguilares; se siguió expediente para adelantar su inquisición; en vista de su mérito, el M. R. Arzobispo, de celo infatigable en cuanto puede contribuir a mantener las provincias en paz, decretó el arresto del uno y el emplazamiento del otro el mes de octubre de 1811, por causas justísimas constantes del mismo expediente; y por una providencia tan oportuna se cortaron las consecuencias del plan inicuo que se había formado y acaso hubiera seguido oculto hasta el mes designado, si no hubiera ocurrido incidencia tan feliz.
El celo del M. R. Arzobispo; la vigilancia de este Gobierno; el trabajo infatigable con que me ocupo en cuanto puede afianzar la paz y sosiego de las provincias, dilatando la atención a todo lo que puede ser causa aun remota de su turbación, es el que la ha ido restableciendo con una felicidad rara, de que no hay iguales ejemplos en los otros mandos de América.
Se me ha ofendido, suponiendo lo contrario, en el oficio dirigido por este Ayuntamiento y publicado a la faz de todos en la Gaceta de la Regencia.
El mismo bien del reino que es a mi cargo; el objeto primero del mando que se me ha confiado, que es mantener inalterable la paz de estas provincias, exige:
Que ofendido públicamente mi honor, se me dé satisfacción proporcionada; porque sólo sosteniéndose las consideraciones debidas a la autoridad se hace respetable, como es preciso, a los ojos de los pueblos.
Que se me franqueen desde luego, como se han dado a otros reinos de América, los auxilios que tengo pedidos, mandándome las tropas necesarias para el mismo fin de hacer respetar las providencias del Gobierno y afianzar más el sosiego y tranquilidad general en época tan borrascosa.
Uno y otro espero del celo benéfico e ilustrado del Consejo de Regencia que gobierna la Monarquía con acierto tan feliz, en consideración a los intereses generales de este reino y a los servicios que no ceso de hacer.
Guatemala, 3 de marzo de 1813.
SERENISIMO SEÑOR,
JOSÉ DE BUSTAMANTE.

Referencia de archivo

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  • Archivo General de Indias. E. 100, C. 3, L. 16