Inocentes:III

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El sentimiento maternal absorbió la febril actividad de Dorotea en los primeros meses siguientes a su desembarazo.

Sin embargo, sus sueños de orgullo en que veía satisfecha la vanidad que llenaba su cabeza sin ideas, venían de vez en cuando a perturbar sus tranquilos goces maternales.

Varias veces había salido dejando el chico al cuidado de la abuela, pero como esta siempre estaba ocupada, no tardó en buscar una muchacha para que lo cargara.

Cuando la sirvienta fue tomada Dorotea sintió un gran alivio. El círculo de sus relaciones se había ensanchado y su más vivo deseo era tratarse con las personas decentes del barrio.

Casi con todas las de su sexo se saludaba y con varias hablaba, ya al acaso, sobre temas del día, de los enfermos cercanos o de chismes corrientes en la vecindad; bien parándose en las puertas de calle o juntándose mañosamente a un grupo a la salida de la Iglesia.

Todo esto la entonaba llenándola de una loca alegría.

Pero cuando recaía la conversación sobre la fonda o los artículos del almacén de su padre, se entristecía sin quererlo: sentíase humillada al hablar de estos asuntos tan enojosos para su vanidad.

Poco a poco fue produciéndose un cambio de servicios. Dorotea prestaba a sus vecinas los diarios que se recibían en la fonda, algunas novelas de Pérez Escrich o Fernández y González, a las que se había suscrito por entregas; les enviaba postres, muy bien hechos y todo aquello que, estando a su alcance, suponía que las halagaría. Estos obsequios tuvieron su correspondencia. Dorotea recibió unas camisas bordadas y algunos pañuelos de mano marcados con sus iniciales. Esto empezó a generar cierta intimidad.

Un domingo, de regreso de la iglesia, una de las vecinas, parándose en el umbral de su casa, invitó a sus amigas a pasar adelante, haciendo extensivo este ofrecimiento a Dorotea.

La joven se sintió sobrecogida, se excusó con sus quehaceres y con su hijo que había quedado solo y se dispuso a retirarse.

La dueña de casa insistió aún, pero luego con delicada política, ofreció la casa y la pidió que no dejara de visitarla.

Dorotea llegó a su cuarto radiante. Se veía ya haciendo papel en la alta sociedad. Esa mañana no almorzó. Todo le parecía en la fonda vulgar y asqueroso. Soñaba con bailes, paseos en el campo, y que su nombre saldría después en las revistas que hacían los diarios de estos torneos de la vanidad elegante y a fortuna orgullosa.

Dª Margarita entró en este momento.

Dorotea hizo un gesto de desagrado que reprimió prontamente: ya hacía tiempo que todo lo que se relacionaba con su familia la ponía violenta.

Pero disimulaba. Desde que era casada había cosechado mucha experiencia de la vida: ¡había visto y oído tantas cosas! Estaba casi preparada para ser una mujer de mundo: su inteligencia bastante atolondrada habíase saturado de malicia. Sus concepciones eran rápidas y del modo como las relacionaba con el porvenir, más parecían producto de un cerebro aleccionado y varonil.

Un egoísmo cruel la alentaba. Hasta pensaba en sus momentos de fiebre en la muerte de sus padres y de Dagiore. ¿Para qué vivían? se preguntaba: ¿sabían acaso gozar de la vida? El delirio de su imaginación le perturbaba el sentido moral.

Dª Margarita habló con su hija de cosas insignificantes, pero esta la había notado bastante triste desde el principio. Entró en cuidado, no sabiendo cuál podría ser la causa, y así se lo dijo, prodigándole algunos mimos y diciéndole en tono de cariñoso reproche que ya no tenía confianza en ella.

La madre cayó en el lazo y algunas lágrimas brotaron de sus ojos.

Dorotea trató de consolarla y la instó a que hablase.

Dª Margarita la dijo en su expansión, que los negocios del almacén iban mal, y que por esta razón estaban muy afligidos.

Esto era cierto: D. Juan antes de establecerse en el comercio de almacén al por menor, se ocupaba de mercachifle, negocio que entendía ventajosamente y en el cual le había ido muy bien.

Cierto día, se vio con un paisano que era el dueño del almacén que ahora le pertenecía. No podía atenderlo por impedírselo otros negocios y al dependiente que dejaba lo había pillado varias veces en flagrante delito de hurto. Desalentado, quiso deshacerse de él a toda costa y lo cedió a D. Juan en magníficas condiciones. Este, más se decidió por lo barato que por otra cosa. El aprendizaje le costó algunas pérdidas, y en los primeros repuestos de surtido pagó la chapetonada comprando infinidad de clavos. Ya cuando se prometía entrar en vida normal y cosechar algunos frutos, se inauguró un lujoso almacén en la esquina que hacía cruz con el suyo y en ambas restantes había dos más: con mayor capital tenían por consiguiente más recursos para atraerse los compradores.

También los locales que ocupaban sus colegas eran más espaciosos y por esta causa hasta los borrachos habían cesado de hacerle gasto a D. Juan. Preferían ir a tomar la copa en cualesquiera de los otros, porque, según la expresión de muchos de estos, se encontraban más a sus anchas.

-¿Y qué piensan hacer? -insinuó de pronto Dorotea, viendo que su madre se había quedado callada y cabizbaja.

-Juan no sabe qué hacer -contestó algo indecisa Dª Margarita.

-¿Pero algo habrán imaginado?

-Sí, es verdad; pero no es más que un proyecto; yo creo que no se podrá realizar: ¡ay! la fortuna se ve que no ha sido hecha para nosotros.

-Pero no desespere, mama, así: Vd. misma ha dicho muchas veces, que para todo hay remedio menos para la muerte y que lo último que se pierde es la esperanza.

-Así es, hija, pero...

-Hable Vd., dígamelo todo; tal vez a mí se me ocurra algo.

-Pues lo que ha pensado Juan es deshacerse del almacén y poner una tienda: tiene esperanzas de que le vaya mejor en este negocio porque ya lo conoce.

-¿Y por qué no lo hace?

-Ahora hay muchas tiendas y no le alcanzaba para surtirla como él quería. Después, esto ha sido anteayer, ha sabido que D. Francisco, ¿sabes? el de la tienda de la calle Tucumán; quiere venderla... aquí es cuando se ha entusiasmado tu padre: habló con D. Francisco, pero no quiere saber nada de plazos...

Dorotea callaba.

Dª Margarita, tragando saliva, continuó:

-Anoche quiso hablar de esto con Dagiore; vino aquí, pero después no se atrevió a decirle nada.

-Pero Dagiore no tiene dinero -interrumpió bruscamente Dorotea.

La joven se había inmutado. Una seriedad invencible la inundó poniéndole rígidos los músculos de la cara. Se había desilusionado. Creía que sus padres trabajaban muy bien y ahora, en su egoísmo, suponía que querían robarla.

Su madre quedó fría. Siempre había pensado que su hija, en un momento crítico, la daría hasta la camisa. En su cerebro obtuso hacía una suposición. Trocaba los papeles respectivos y levantaba ella de la miseria a su hija. Sucede siempre lo mismo en las cuestiones de interés y miseria. El que pide se hace generoso para el porvenir, y esta prodigalidad no es más que el reflejo presente de su apremiante necesidad. Luego que pasa el momento crítico se aprecia la dádiva con un criterio distinto, porque es diferente la situación personal. La montaña a una cuadra de distancia nos parece enorme, a diez leguas la confundimos con una pequeña eminencia, porque en lo moral, como en lo físico, la perspectiva determina los juicios respecto de las cosas y de los hechos. Haciendo lo posible por disimular su despecho, Dª Margarita dijo, en tono triste:

-Juan quería asociar en la tienda a tu marido, si has creído otra cosa te equivocas.

-Pero, mama, si yo no le digo nada: si yo pudiera, ya sabe Vd. que lo haría con el mayor gusto; mire, lo que le he dicho es cierto: al menos que yo sepa, José no tiene plata, sin embargo, yo le voy a hablar hoy de la cosa.

-No le digas nada, es mejor: allá nos arreglaremos como se pueda, que con la ayuda de Dios no nos ha de faltar un pedazo de pan.

-Vea, mama, vaya tranquila, que luego yo misma les voy a llevar la contestación.

-Puedes hacer lo que quieras, pero yo no te pido nada...

Bastante resentida se alejó Dª Margarita, pero su hija parecía que había cambiado completamente de opinión, tal era su deseo de hacerla ir contenta.

Dorotea acompañó a su madre hasta el patio de la fonda y volvió a su cuarto.

Se puso a tararear un vals: parecía trasportada de gozo. Estaba radiante, sus mejillas se habían coloreado e iba y venía en movimientos descompasados por la habitación.

El negocio de la tienda era lo que tanto la excitaba. Le parecía una idea soberbia. No era el deseo de servir a sus padres ni un golpe nervioso lo que la hacía cambiar de opinión en el asunto. Había encontrado una puerta para dar escape a la vanidad que la ahogaba y sólo el cálculo la impelía a obrar. De pronto se irritaba consigo misma de no haber visto desde el principio las ventajas que traería para ella el negocio de la tienda, entrando Dagiore.

Seguía paseándose por la habitación; de pronto se paró delante del espejo del lavatorio y mirando con sensualidad su boca fresca y rosada, empezó este monólogo:

-Bien: tata vende el almacén, José vende la fonda, compran en sociedad la tienda de D. Francisco: ¡ah, Dios mío! esto siquiera es más decente: la tienda creo que no tiene más que dos piezas interiores: claro está que no hemos de vivir todos allí; entonces alquilamos una casita ¡Dios mío! ¡Dios mío! cuánta felicidad.

Estas ideas la hicieron desfallecer: fue hasta la cama y se recostó un poco. La joven pasaba por un ensueño delicioso. La esperanza -ese espejismo de la imaginación que nos muestra realizados nuestros deseos del presente-, batía su ala fresca y sonrosada, acariciando los pensamientos que bullían sin orden sobre su frente.

Con febril ansiedad, empezó desde ese instante a acechar a su marido: quería sorprenderlo en un buen momento para dejar terminado el asunto.

A eso de mediodía se oyó en el patio la voz de Dagiore. Estaba dando algunas órdenes para que bajaran al sótano algunos artículos recién descargados.

El cocinero, con su gorro y su delantal blancos, sus imponderables bigotes, y un cucharón en la mano, se acercó al círculo, terciando en la conversación. Dorotea salió a la puerta de su dormitorio. Mañosamente fue acercándose a la rueda. Cuando estuvo cerca de su marido se afianzó en su hombro con encantadora naturalidad. El cocinero la miró de reojo. No estaba esa escena en sus libros. Dagiore era despótico con los que dependían de él, y estos, como la mayoría de los subalternos, le deseaban todo el mal posible y daban salida al rencor que los animaba, mordiendo atrozmente su reputación. En la cocina el cocinero lo parodiaba colocándose en cada sien una tenaza. Espiaban a Dorotea, y cada vez que salía compadecían caritativamente al patrón. Cuando regresaba la observaban minuciosamente: si la joven llegaba acalorada ya por efecto del cansancio de haber andado mucho a pie o bien a causa del calor, siempre el areópago pensaba con malignidad lo peor. Habían llegado las cosas al extremo de forjar una novela de fantasía: empezaron por suponer que acudía a citas; imaginaban luego los parajes donde tendrían efecto las entrevistas, para terminar, corriendo el tiempo, que estos hechos eran reales y positivos. La joven estaba bien extraña de estas calumnias y ni siquiera conocía de nombre los parajes en que la suponían, entregada en brazos de un amante: uno de los motivos que había dado pábulo a estas habladurías era que jamás se les había visto en verdadera intimidad o prodigándose naturales caricias entre esposos. Dorotea siempre había evitado las expansiones amorosas de su marido delante de los mozos. Era el orgullo de su pudor que no podía consentir en avergonzarse de esa manera.

Dagiore mismo se sintió sorprendido con la muestra de íntimo cariño que le prodigaba su esposa. Ese simple acto comprendía que lo rehabilitaba ante el pequeño mundo de su fonda, que para él representaba al universo entero. Ni le importaba ni podía pensar siquiera fuese en la opinión de otro barrio. Las paredes de su negocio demarcaban al mismo tiempo el límite de su orgullo. No conocía otros horizontes ni podía comprender que hubiera otras esferas para la actividad humana. Allí hasta su cerebro había echado raíces. Estaban tan afirmadas sus ideas a este respecto, que sólo el manicomio o el cementerio lo sacarían de esa atmósfera peculiar y hasta nauseabunda que genera el vapor de los cocidos, los fritos en aceite, los guisos con especias y las aguas servidas que se arrojaban a la letrina, la cual emanaba, a tiempos, fétidas bocanadas.

Dorotea seguía recostada con abandono en el hombro de su marido.

Se trataba de bajar dos pipas. Como eran muy pesadas, hacían los mozos grandes esfuerzos para conducirlas.

Siempre las habían bajado con sogas. Como el sótano era bajo y tenía escalera, Dorotea emitió la opinión de que cruzando las pipas se bajarían más pronto y fácilmente.

No fue bien acogida esta idea, porque así tendrían que hacer más fuerza.

Empero a Dagiore le agradó. Una de las pipas estaba en la boca del sótano. El fondero bajó, trepando sobre la pipa, hizo que le sacaran las sogas y ayudándole dos del medio y empujando de arriba el cocinero, bien pronto estuvo en su lugar. Igual cosa se hizo con la segunda. Terminado este trabajo Dagiore volvió a subir. Estaba sudando. Dorotea le tendió su pañuelo para que se enjugara la frente e impregnando su voz con una inflexión pesarosa le dijo:

-¡Te has cansado mucho!

-¡Bah! esto no es nada -contestó él encogiéndose de hombros.

La rueda se había dispersado: cada cual había ido a seguir sus respectivos quehaceres: entre tanto, Dagiore seguía maquinalmente a su mujer al dormitorio conyugal.

Una vez en este, se sentaron uno junto al otro.

Viéndose tan mimado, comprendió el fondero que su mujer tenía algo que pedirle, pero estas ideas pronto se confundieron en su cerebro: lo enajenaba tanto la consideración de que era objeto, que pensó concederle todo lo que le exigiera con tal de verla satisfecha.

Dorotea, poco a poco, expuso, los hechos: refirió el mal estado del negocio de sus padres y el proyecto que acariciaban de comprar la tienda de D. Francisco.

Dagiore asintió en general, pero dijo que necesitaba saber con cuánto tendría que concurrir para tener una parte en el negocio.

-¿Qué no tienes dinero? -preguntó Dorotea haciéndose la atolondrada.

-Eh, alguna cosa, mas en fin, quiero saber.

-Es que yo tengo un proyecto -agregó con viveza la joven y como si nada hubiera pedido.

-¿Qué proyecto?

-A ti, a todos, nos convendría.

-Vamos a ver.

-La fonda te hace trabajar mucho y a mí no me gusta eso; ya ves, hacer fuerza con las pipas y tener que lidiar con tanto pensionista que no paga. Después, aquí vienen borrachos y compadritos, que un día pueden armarte una pelea.

-Eh, yo no les tengo miedo.

-Pero una tienda; piensa todo lo que se puede ganar...

Dagiore callaba indiferente como si le hablaran de un negocio en el Japón, y Dorotea titubeaba ya algo desalentada.

Cobró nueva energía pensando en sus sueños de oro y se decidió a decirlo todo de una vez planteando clara la cuestión:

-A mí me parece que te convendría vender la fonda y entrar tú mismo en la tienda.

-¡Qué barbaridad! -replicó riendo el fondero.

-¿Por qué ha de ser barbaridad? -preguntó Dorotea toda inmutada.

-Eh, porque yo no entiendo de trapos y aquí estoy muy bien.

-¿Pero tú no piensas que una tienda es mil veces más decente que una fonda?

Aquí fue Dagiore el que se indignó. Había sido herido en el corazón de sus preocupaciones: su orgullo de gremio se levantaba feroz en su pecho y hasta lo ligaba con sus envidias y sus celos. Recordaba lo bien que vestían los tenderos y pensaba que más de una vez le habrían prodigado piropos a su mujer. Creía, como artículo de fe, que la corrupción de las mujeres la engendraba el lujo de las tiendas.

-Más decente, más decente -empezó diciendo con rabia-, yo soy decente, porque no trampeo a nadie y trabajo. Sí, mejor es cargar pipas como burro que estar limpiándose las uñas como esos manfloras de las tiendas, que son unos perros, unos haraganes.

Dorotea quedó consternada. Es tremendo para una mujer el momento en que se cree desamparada de todos y que no es comprendida.

Se arrepentía de haber tratado mal a su madre por la mañana. Si no hubiera sucedido tal cosa se habría refugiado en casa de sus padres. Allí se ahogaba y torturaba su pobre cabeza pensando dónde ir.

Su agitación hizo crisis en un mar de llanto.

Dagiore tuvo tentaciones de dejarla que llorase a su gusto, pero pronto se arrepintió de esta idea creyendo que Dorotea estaba verdaderamente muy afligida.

-No hay por qué llorar por esto -le dijo-, yo también tengo una idea.

La curiosidad y la esperanza devolvieron a la joven su entereza.

Con los ojos preñados de lágrimas interrogó a su marido.

-Es cosa muy sencilla -siguió este, con mucho entusiasmo y animación-, pienso hacer lo que hizo el dueño de esta fonda.

-¿Cómo?

-¡Eh, qué diablo! también quiero comprar un hotel: me parece que es cosa mejor que tu tienda.

A Dorotea no le disgustó el proyecto, pero con sus ansias de cambiar pronto de posición, preguntó:

-¿Y cuándo será eso?

-¡Oh! ¡oh!... no hay que apurarse, falta tiempo todavía, será de aquí a cinco años.

La joven volvió a caer en su anterior desaliento. Cinco años para ella era lo mismo que morir.

-¿Te parece mucho tiempo? ojalá haya plata para entonces: ¿sabes cuánto paga de alquiler el otro? Pues es poco: veinte mil pesos al mes, y su hotel no es de los mejores.

En medio de todo, estas confidencias fueron una revelación para la ambiciosa joven: si dentro de cinco años piensa comprar un hotel tan caro, se dijo, debe tener ahora mismo una regular cantidad.

No bien cruzó por su mente esta sospecha, se propuso sacar partido de ella.

-Eso me gustaría mucho -lo dijo para halagarlo.

Dagiore empezó a mirarla trasportado.

-Yo entonces te ayudaría; vería los cuartos de las señoras y correría con las lavanderas y las planchadoras, marcaría la ropa y la zurciría.

El fondero estaba enajenado. Él veía, tocaba ya el hotel, ese querido sueño, ese arrullo que lo acariciaba todas las noches.

Poco a poco su entusiasmo fue creciendo, el pobre hombre era completamente feliz, veía atracar los coches y descender a los pasajeros buscando alojamiento, los mozos, él mismo cargaba con el baúl y los objetos a la mano y precedía al cliente hasta el cuarto destinado: cuando pensaba que Dorotea atendía a las señoras sentía calambres en las piernas y desmayaba de contento; no pudo más con su emoción, se levantó de su asiento y se precipitó en los brazos de su esposa.

-No -la decía-, no tendrías que marcar la ropa: compraríamos un sello de goma para eso; son muy baratos, queda muy bien la marca y así he visto que se usa en los hoteles.

-Bueno -dijo Dorotea-, todo eso me gusta mucho, pero quiero hacerte una pregunta: ¿tú crees que ganarías mucha plata con el hotel?

-¡Ya lo creo! -replicó prontamente Dagiore con un tono de íntima convicción, y mientras decía esto, sus ojos despedían resplandores siniestros.

-¿Y para qué quieres tanta plata? -volvió a decir Dorotea con su aire tímido de gata que esconde las uñas.

Dagiore quedó perplejo, sin saber qué contestar. Esta escena habría traído a la mente de una persona discreta o ilustrada el recuerdo de los divagadores del arte por el arte. Dagiore, en efecto, pertenecía a esa raza cretina de la avaricia por la avaricia. Quería montones de oro y no sabía para qué. Es lo que sucede con las almas vulgares. Sueñan con riquezas, creyendo que la posesión de estas los traerá una perfecta felicidad, cuando en la mayoría de los casos la fortuna imprevista lo que hace es tender rieles de oro para llegar con más celeridad al abismo de la corrupción, en cambio que los corazones templados al calor de la honradez y de una verdadera virtud, conciben una idea noble y generosa y buscan luego el dinero como un medio de realizarla.

Dorotea renovó la pregunta a su marido, y este en vano buscaba una respuesta.

Pensaba en su hijo, en su esposa, en él mismo y se asustaba de que pudieran gastarle su dinero.

Entonces ella quiso ayudarlo para llegar más pronto al desenlace que mañosamente urdía.

-Tú comprendes -le dijo-, que los que trabajan deben darse algunas comodidades.

-¿Y no estamos bien? yo tengo mucho apetito, ronco mejor y estoy sano: ¿qué más quiero?

-Sí, pero cuando un marido anda mal en sus negocios y está pobre, la mujer debe sacrificarse con él y alentarlo, pero cuando gana mucho debe rodear a su familia de comodidades.

-¡Eh, eh! -replicó el fondero con sorna-: eso te lo han enseñado esas señoras de enfrente: diles que se metan en su casa, porque yo también podría enseñarles a sus maridos que no trampeasen al carbonero, al panadero y a muchos pobres para gastar en carruaje.

-A mí nadie me ha enseñado nada, o crees que tu mujer es una bruta que no puede decir una palabra me callaré -dijo Dorotea despechada.

-Pero acaso, no te doy todo lo que me pides; me parece que andas vestida como la mujer de Anchorena.

-¡Qué disparate! mira este vestido que tengo puesto es de percal; y en fin, todo lo que tengo en alhajas no alcanza a cinco mil pesos. Vaya una comparación ridícula. Ni siquiera ando como la mujer del boticario, y sin embargo tú te reías de su marido cuando el otro día decía el dependiente de la Botica mientras comía, que era su patrón tan miserable que no hacía consumo de huevos por no tirar las cáscaras.

Dagiore le tenía rencor al boticario. Era muy metido en todo, hablaba de política y cuando salía a la calle ostentaba su orgullo con una levita cruzada, sombrero alto y bastón. Sin temor al Consejo de Higiene, el bribón se permitía recetar a algunos enfermos. Esto, que había llegado a oídos de su vecino el fondero, es lo que más lo sulfuraba. Un día que oyó que un infeliz lo designaba en la fonda con el título de doctor, se expresó en términos poco honrosos para el boticario. No faltó quien llevara este chisme de barrio y desde entonces el boticario se encargaba todas las noches de ridiculizar al fondero ante el círculo de los amigos que tertuliaban con e todas las noches.

-Y qué se te importa de ese bregante: él es un ladrón y un mentiroso: así yo también tendría plata para tirar a la calle; cómo no, si vende porquerías y cosas que no sirven: los zonzos que le compran tienen la culpa, habiendo buenas boticas en el centro, en que dan los remedios más baratos.

Como lo predicaba lo hacía. Dagiore, en efecto, no compraba en la botica del barrio ni arsénico para los ratones de la fonda. Algunas veces cuando Dorotea rompía la consigna de hostilidades, decretada por su rencor, y mandaba en un apuro a comprar benjuí para sahumar sus vestidos se irritaba tremendamente.

Por todo esto, sintió herida su vanidad cuando Dorotea se comparó con la mujer del odioso farmacéutico.

-¿Qué se te importa -la dijo-, que pueda tener alhajas, que han de ser falsas, si tú eres bonita y ella es tan fea y más flaca que un bacalao?

-Pero en el barrio hablan de sus trajes y de la buena vida que pasa.

Aquí se ofuscó en su orgullo el fondero.

-¡Eh! -dijo-, tú no tienes que ser menos en nada. Pídeme lo que quieras y te lo daré.

-¿De veras? -saltó diciendo la joven-. ¿Me darás lo que te pida?

-Vamos a ver: ¿qué necesitas?

-¡No, no, no! -gritó vivamente Dorotea-. Ese no ha sido el trato -y se sentó en las faldas de Dagiore rodeando con el brazo su pescuezo largo y colorado.

-Pero para comprarte lo que quieres necesito saber lo que es.

-¿Y si no fuera cosa de comprar?

El fondero, quedó intrigado.

-No sé qué puede ser -dijo-, yo no tengo ninguna alhaja guardada.

-Bueno; yo te lo voy a decir, pero tú estás ya comprometido: ¿no es cierto?

-Vamos a ver.

-No quiero así -insistió la taimada, y le dio un sonoro beso en la mejilla.

-¿Pero si no me dices?...

-Es... quiero... pero ¿me vas a hacer el gusto?

-Sí -respondió Dagiore cansado.

-Acuérdate que has dicho sí, ¿oyes? quiero... que alquilemos una casita.

El fondero se sorprendió enormemente.

-¡Alquilar casa! Pero ese sería un gasto inútil y muy grande.

-Ya sabía yo que ibas a decir eso -exclamó Dorotea abandonándole-: qué me importa a mí que ganes mucho dinero si no eres capaz de darte tú mismo algunas comodidades. De mí no hablo, porque ya veo que me tienes en cuenta de perro: ¿no ves que aquí me ahogo? a la mejor se la doy; en una sola pieza, y con los olores de la letrina que me dan dolor de cabeza todos los días: ¡bonita vida la mía! podías aprender del boticario, que siendo la botica grande, alquila casa a la vuelta.

Dagiore se sintió insultado; pero el calor de las piernas de su esposa, que todavía sentía, lo inclinaba a ceder.

-Yo no tengo que aprender de nadie -replicó un si es no es enojado-, pero si te contentas con una casita chica la compraré.

-¡Mi negro, si eres el más bueno de los maridos! -decía fuera de sí Dorotea-, ¿no es cierto que no me engañas?

-No, buscaré una casita barata...

Dagiore tenía esto pensado hacía bastante tiempo, pero con distinto objeto.

El dinero que poseía estaba en el Banco de la Provincia y le redituaba el cinco por ciento. Tenía, pues, decidido comprar un inmueble para conseguir un interés mayor.

Los días que siguieron no se habló de otra cosa entre los esposos.

Dorotea revisaba todas las mañanas los avisos de los diarios y ella misma iba a ver las casas en venta.

Varias le agradaron, y al comunicárselo a su esposo este le respondía que era cara y que el dinero que tenía no alcanzaba para comprarla.

Al fin Dagiore se decidió por una. Era en la calle de Andes entre Temple y Tucumán. Regularmente construida, con cuatro piezas y un fondito. Pedían por ella cincuenta mil pesos; y al fondero la pareció ventajosa la compra.

Al darle a Dorotea parte de esta novedad, la joven se indignó al principio y después tomó la cosa a broma.

-No, hijo -le decía-, mejor es que se te ocurriera comprar en Morón o en medio de la Pampa: no está mala tu idea; me pondré botas y compraré un revólver, porque allí han de asesinar a las doce del día.

Estas chuscadas, que Dorotea había aprendido de los compadritos que frecuentaban la fonda, sentaban muy mal al rústico fondero.

De pronto pensaba sensatamente. Veía todos los sacrificios innecesarios que hacía por su esposa, pesaba de una manera lúcida las pretensiones e insensatez de esta y concluía discretamente por pensar que estaba loca. Veía con espanto un precipicio de deudas, su ruina, tal vez su deshonor. Quería ponerse a la altura de las circunstancias para reprimir el mal desde su comienzo, pero la energía le faltaba, su lujuria, que con tanta facilidad se inflamaba, postraba sus fuerzas debilitando sus propósitos de orden.

Dorotea comprendía este ascendiente que tenía sobre su marido y estaba dispuesta a usar de él hasta el abuso. En su orgullo creía también, como artículo de fe, que un solo beso de ella valía bien todas las ganancias imaginadas de la Fonda.

En medio de su atolondramiento no dejaba de pensar en el costo que demandaría la instalación y los gastos diarios de la casa.

Pero esto sólo le producía una ligera opresión de pecho.

Quería embarcarse a todo trance. Allá si venía un naufragio se vería lo que había de hacerse.

Su única aspiración era salir de la Fonda, marearse en otra vida, gozar de una nueva existencia en consonancia con sus gustos y sus sueños.

Dagiore mismo, en último caso, estaba bien dispuesto a alquilar una casita para no ver el espectáculo diario del malhumor de su esposa.

La casita de la calle de Andes le agradaba por lo barata y porque sentía cierta inefable fruición al sentirse propietario, pero no por esto había dejado de encontrarle inconvenientes mirando el asunto a través del vidrio de sus pasiones.

Le parecía muy lejos para que la mayor parte del día lo pasara allí Dorotea: ya en su imaginación celosa la veía en brazos de un amante, y aquí, notando que a Dorotea no le agradaba una tan lejos, se enternecía creyendo encontrar en esto la prueba más palpable de su honradez.

Predispuesto de esta manera, preguntó:

-Entonces, ¿qué quieres que haga?

-¿Para qué voy a decir nada si tú no tienes voluntad de hacerme el gusto en ninguna cosa?

-¿Pero qué más quieres que haga? No te gusta la casita de la calle de Andes, y para comprar más cerca no tengo plata. ¿Si quisieras esperar? aventuró tímidamente el fondero.

-Esperar, esperar; déjame, ya no quiero nada: ya sé que he de morir en las cuatro paredes de este cuarto; ya no quiero nada de ti, ¿oyes?, y después dice que me quiere -agregó la joven, cambiando de tono y asumiendo una actitud despreciativa.

-Contigo no se puede hablar. De todo te enojas...

-Cómo no, si prometes y luego no cumples.

-¿Pero qué quieres que haga ahora?

-Si fueras otro alquilarías una casita barata cerca de aquí.

-Pues se concluyó: búscala y no me embromes más con tu casa.

-Aquí a la vuelta hay una desocupada -contestó al punto Dorotea, cogiéndole la palabra, inundada de un súbito júbilo.

-¿Cuál?

-Ahí, donde vivía esa familia inglesa.

-Me parece muy grande.

-Bueno, yo la voy a ver más tarde: ¿hasta cuánto puedo pagar de alquiler?

-¿Y a ti qué te parece?

-Creo que se podría pagar 600 o 700 pesos.

-¡Es mucho! con una casita de tres piezas es suficiente.

-¿Adónde vas a encontrar esa miniatura? Esas muy chicas son muy buscadas y rara vez se desocupan ¿y qué importa que tomemos una que sea un poco grande para nosotros? Si es así se podría alquilar una o dos piezas a unos buenos inquilinos.

Todo el afán de Dorotea era consumar el hecho lo más pronto que fuera posible: tenía recelos que el fondero se arrepintiese. Jamás había pensado vivir con inquilinos, pero lo decía para quitarle hasta los últimos escrúpulos que pudiera abrigar.

-Diablo, diablo -dijo de pronto Dagiore-, ¿y con qué la vas a amueblar? No había pensado en eso.

-Me parece -replicó la joven- que no habrás supuesto que íbamos a sentarnos en el suelo; no es tampoco el caso para asustarse: los muebles están muy baratos, y yo no te pido lujo. Muchas casas de remate tienen venta particular de muebles y los dan por la mitad de su precio: yo haré una lista de lo más necesario y tú mismo te encargarás de comprarlos: si algo te parece que no hace falta dejas de comprarlo, y asunto concluido.

Con estas explicaciones se tranquilizó un poco el fondero.

Poco después fue a ver la casa: tenía cuatro piezas, chicas y bajas: la sala, con el zaguán de entrada a la derecha, dos siguientes en el primer patio, una pequeña pared con una puerta persiana pintada de verde lo dividía de un segundo patiecito; a este daba la puerta de la última habitación y al frente, como si se hubieran propuesto ganar terreno, estaban la cocina y la letrina.

A Dorotea le pareció un paraíso. Era la primera que veía y no quería ni podía pensar en alquilar otra más ventajosa.

Fue a tratar con el dueño, y le pidió ochocientos cincuenta pesos de alquiler.

No hizo ninguna objeción: suponía que era baratísima.

Con estas nuevas volvió a su hogar.

Dagiore dijo que el precio era exorbitante, pero su esposa lo disuadió después de un gran altercado en que la escala cromática de sus nervios recorrió desde el arrullo más zalamero hasta el insulto más procaz.

-No seas infeliz -decíale a ratos-, si llega el momento en que no ganes lo suficiente para estos gastos, dejamos la casa.

Ya estaba el asunto arreglado por este lado y Dagiore había prometido ir al día siguiente a dar la fianza y recoger las llaves, cuando de pronto Dorotea vino con una nueva exigencia:

-Mañana -dijo-, mañana es otro día y puede alguno madrugarnos: vamos ahora ¿quieres? ¿por qué vas a negarme esto? ¿qué te cuesta?

Entonces Dagiore dijo que sería mejor que fuera él solo.

Así lo hizo en efecto: una hora después, poco más o menos, estaba de regreso con las llaves: no había querido ir con Dorotea, para evitar la influencia de su entusiasmo y recatear con resultado y a sus anchas. Algo consiguió. Quedó estipulado el alquiler en ochocientos pesos y sin más fianza que dos meses anticipados.

-Ahí tienes tus llaves -dijo Dagiore con visos de tristeza al entregarlas a su mujer.

-¿La has alquilado? -dijo esta, enajenada y sin darse cuenta de lo que le sucedía-: ¡qué bueno eres!

-Yo voy a verla: vamos, ¿quieres?

-Deja para mañana.

-¡Ah! no: yo voy...

El fondero la acompañó. En un instante salvaron la corta distancia que separaba la Fonda de la casita.

La noche había ya entoldado a la ciudad con su manto de tinieblas. El cielo estaba límpido y cubierto de estrellas. La luna, en cuarto creciente, arrojaba una claridad indecisa. El ambiente era suave y hacía consonancia con la tranquila majestad que se observaba en el claro azul del firmamento.

Pero ni Dorotea ni Dagiore notaron nada de esto: sus espíritus estaban harto preocupados con los afanes terrestres.

Con febril ansiedad abrió la puerta de calle. La casa estaba oscura; sólo en el zaguán se proyectaba alguna claridad, reflejo pálido que enviaba un farol de gas desde la vereda opuesta.

Entonces recordó Dorotea que no tenían luz.

-Mira -le dijo-, vuelve por una vela, yo voy a esperarte -y como Dagiore se disponía a partir, lo detuvo para pedirle una caja de fósforos.

Dorotea quedó sola.

Empezó a prender fósforos y a examinar la casa de esta manera.

Ya no era la visitante de horas antes.

Ahora la casa era la suya; allí iba a vivir, a mandar, a ser la patrona, a dignificarse en el concepto social, según sus ideas.

No se cansaba de mirarlo todo: varias veces se quemó los dedos en su ensimismamiento.

De pronto se sobrecogió de terror: había sentido un ruido a su espalda; dio un pequeño grito, pero se calmó al momento reconociendo a su marido, que estaba de vuelta.

Encendieron una vela y recorrieron toda la casa.

Dagiore la encontraba mil defectos; pero ella, con una verbosidad inagotable, defendía la casita: el barrio, decía que era excelente y que también había que pagar la localidad central en que se hallaba situada.

Todas las piezas estaban recuadradas con pintura de cola, excepto la sala, que había merecido los honores de ser empapelada con un papel punzó en fondo canela: esta y la pieza contigua tenían cielo-rasos de yeso, pero muy sencillos: en las otras habitaciones se veían descarnados los gruesos tirantes de pino.

Dorotea se quedaba perpleja observando las piezas vacías. Pensaba cómo había de amueblarlas; pero como no tenía nada comprado, se confundía en la disposición imaginaria que concertaba.

-José ¿mañana me comprarás los muebles?

-Bueno, puedes hacer la lista, y yo veré.

-¿Tienes un lápiz?

El fondero tanteó sus bolsillos, pero las pesquisas que hizo resultaron inútiles. Buscaba, sin duda, un lápiz plano, parecido a los que usan los carpinteros, con punta mocha, que era el que le servía para hacer cruces y rayas en la libreta de los pensionistas de la Fonda.

Con la intención de hacer la lista allí, cerraron las piezas y salieron.

Dorotea, conforme llegó, se procuró papel y tinta y confeccionó el siguiente detalle de muebles:

Un sofá, dos butacas, cuatro sillitas doradas, seis sillas con asiento y respaldo de esterilla, imitación jacarandá, una mesa haciendo juego, con piedra mármol, las varas necesarias de alfombra para la sala y un espejo.

Para el cuarto siguiente tenía bastante con sus muebles.

Pasó al comedor: un aparador, escribió, mesa, cuchillos, y de los demás enseres por el estilo se prometía hacer una famosa acarreada de la Fonda.

-¿Qué mas? -se dijo-: ¡ah! caramba, me olvidaba de lo mejor, y sonriendo escribió: un ropero con espejo.

Agregó aún otras chucherías y fue a entregarle la lista a su marido.

Empezó Dagiore a deletrearla, porque apenas había aprendido a trazar algunas letras.

-Lee tú -dijo al fin. Así lo hizo Dorotea, y entonces Dagiore comenzó a hacer observaciones:

-¡Eh!, la alfombra no es necesaria, sillitas doradas, ropero con espejo: todo esto va a costar mucho.

-Pero ya te he dicho que en los remates se compra eso tirado.

Todavía en los días siguientes libró Dorotea algunas batallas para conseguir los muebles que deseaba.

Parcialmente, a medida que Dagiore los iba comprando, fue llenándose la casita.

Todos los muebles eran de ocasión; los elásticos del sofá y de las butacas estaban muy gastados, y al recibir el peso de la persona que se sentaba hundíanse más de lo conveniente; el reps mismo en que estaban forrados tenía sus averías. Dorotea les había hecho fundas. Sin embargo, el arreglo de la salita daba golpe, como se dice vulgarmente.

La alfombra, de fondo verde, formaba a trechos cuadros simétricos dibujados con una guarda griega de color negro que venía a ser monótona a la vista, porque era lo que resaltaba en todas partes, luego en medio de cada cuadro una dalia de un rosado percudido con gajos naranjos.

Este tapiz de un gusto desastroso la había encantado a Dorotea: el placer de pisar alfombra y ver que le pertenecía, era suficiente venda para que no cayera en cuenta de que era fea.

Dagiore se había decidido por ese gusto por ser la más acomodada que encontró; le había costado diecisiete pesos la vara.

La joven no paró hasta comprar cortinas para las dos ventanas y la puerta que comunicaba con su dormitorio: ella misma las había escogido en una tapicería: le mostraron unas galerías de madera, elegantes en su sencillez y otras de lata dorada: éstas a últimas eran de un precio inferior, y Dorotea se decidió por ellas, porque le parecieron las mejores: el oropel la enloquecía. Distaba mucho de tener el gusto educado: todo lo que relumbraba y los adornos de cargazón hacían llegar su entusiasmo al frenesí.

Los días subsiguientes fueron de entera felicidad para la joven.

Quedaba las horas parada delante de sus muebles. Podría decirse que los adoraba: no se cansaba de acomodar las sillas y los floreros y chucherías que había comprado para adornar la mesa de mármol; de pronto se lo antojaba que estaban con polvo y venía con un plumero a sacudirlos; a veces un fragmento de pluma quedaba embutido en una de las molduras, se hincaba entonces a sacarlo y no contenta con esto se ponía a repasar las patas de la mesa con una toalla.

No descansaba en todo el día: iba y venía; se sentaba a ratos con languidez en el sofá, y luego caía en verdadera adoración ante su imagen, que reflejaba la luna del ropero.

Soñaba entonces en una vida de lujo y eterno desvarío.

A ratos le parecía que todo le faltaba. Eran ráfagas de recuerdo que venían a trastornarla. Ella había visto desde las ventanas el lujo de las familias ricas, su boato, los trajes que vestían y los magníficos carruajes en que ostentaban la soberbia de su orgullo, se bañaba en estas visiones, enloquecía, y se amarraba, como el náufrago a un deleznable pedazo de junco, a esas esperanzas en que se veía magnificada y triunfante de su humillación de fondera, despertando envidias a su paso.

Rosada por la emoción, con su traje correctamente cortado, que no sólo ponía de manifiesto sus bellas formas, sino que las realzaba, estaba Dorotea elegante y encantadora.

¿Quién le había enseñado ese desenfado de buen tono al andar?

Pisando alfombras, entre espejos y vistiendo seda, ¿podría alguien suponer que fuese la mujer del fondero Dagiore? ¿Era esta la misma joven que despachaba en el almacén de D. Juan? ¿La que cuando su padre era un pobre mercachifle que buscaba en los suburbios salida a sus artículos ordinarios, vagaba descalza y toda sucia en un conventillo?

Sí, era la misma: tocada por el soplo ardiente que vagaba en la atmósfera social, se había nutrido con el ejemplo del boato y el oropel: había crecido apurando humillaciones, y aprovechaba la primera oportunidad propicia para tomar la revancha y marearse en ese grato ambiente, porque tanto habían suspirado sus pulmones.

Tal vez se hubiera suicidado si no consigue tan pronto ese cambio de posición. Diariamente tenía acerbas incomodidades, despertamientos de envidias impotentes y desesperadas, porque a cada momento tenía conocimiento de lo bien recibidas que eran las hijas de muchos inmigrantes que ella conocía, y que, aunque habían levantado una regular fortuna, no por eso su primitiva educación había dado un pago.

Todo ejemplo es contagioso, pero cuando este emana de un igual, el afán y la turbación que se producen en el ánimo desquicia mucho más. Esto le sucedía a Dorotea y de aquí su fiebre de aparecer y ser tenida en cuenta avivada a cada instante.

Este salto brusco del proletariado a las altas esferas de la sociedad, trae perturbaciones graves y todo lo desequilibra.

En ninguna parte se observan estas anomalías con mayor frecuencia que entre nosotros.

Puede decirse que no hay proletariado, propiamente dicho.

Existen efectivamente sus representantes: todos hablamos diariamente con el carnicero, el panadero, el almacenero, el albañil, etc., pero sus familias, especialmente sus hijas, visten, si no con las mismas bolas, al menos con las mismas modas.

No hay pueblo en el mundo, relativamente a nuestra población, que haga más consumo de artículos femeninos de lujo, en géneros, sombreros, gorras, tapados y calzado.

Con la exhibición de las tiendas, con el ejemplo y con las costumbres y preocupaciones públicas, que imponen el lujo a la mujer so pena del ridículo y el desprecio, esta se siente excitada toda su vida, provocada, fuera de todo equilibrio, se hace así murmuradora, enredista y envidiosa: sale y olvida el drama de su existencia, tal vez tranquila, para vivir en los acontecimientos dramáticos de la vecindad.

Así cada día las familias modestas descarrilan en su juicio y se entregan a la vorágine de las preocupaciones reinantes: agrandan el círculo de sus necesidades superfluas que luego se vuelven más imperiosas que el hambre, y los cerebros empiezan en el ejercicio peligroso, que traen las emociones, las humillaciones y las deudas.

En esta tierra, así preparada, empezaba a germinar el hijo de Dorotea.

Lo habían cristianado en la parroquia de San Nicolás de Bari, poniéndole el mismo nombre de su padre.

Dorotea había pensado darle unos padrinos acaudalados, pero tuvo que ceder a las instancias de Dagiore que ya lo tenía prometido como ahijado a D. Juan y Dª Margarita.

La pequeña fiesta que se originó en la familia con este motivo, los compuso, pues estaban algo desunidos, desde el negocio de la tienda, en que Dagiore no les ayudó ni con un peso.

D. Juan hizo sociedad con otro paisano suyo y los dos dirigían la tienda que hacía pocos días la habían comprado.

Dagiore nada sabía de estos enredos. Dª Margarita, después de la entrevista que había tenido con su hija, se retiró harto disgustada y concertaron con su esposo no ocupar al fondero. Este les había hablado del negocio, pero ellos cortaron todo trato respondiéndole que ya no necesitaban nada.

Dª Margarita no dejaba de guardarle rencor a su hija, y hablando con D. Juan, reprobaba la carrera de lujo en que había entrado, pronosticando un fin desastroso.

No por esto dejaba de admirarse del arreglo de la casa cuando visitaba a Dorotea. A veces se enternecía y sentía halagado su orgullo al pensar que todo eso era de Dorotea. Madre, al fin, concluyó por parecerle aquello lo más natural del mundo. Se trataba de su hija, y suponía, muy convencida, que todo lo merecía.

El pequeño José ya estaba despechado. En esta faz de su edad no presentaba ningún rasgo particular. Como todos los chicos, era muy glotón, rabioso e incómodo por sus continuos llantos.

La madre no se preocupaba mucho de él.

En manos de la niñera andaba casi todo el día, y cuando esta se cansaba lo sentaba en el umbral de la puerta de calle: allí se arrastraba y llevaba a su boca todo lo que encontraba al alcance de su mano, siempre húmeda a consecuencia de tenerla a menudo en los labios.

La curiosidad, que se despierta tan potente en los niños, le hacía abrir grandemente sus ojos celestes a cualquier ruido o espectáculo que venía a herir sus tiernos sentidos.

La observación está mucho más desarrollada en la infancia, porque a esa edad el cerebro no guarda nada convencional, ni está poblado de novelas.

Empieza, recién, a hacer su almacenaje de quimeras, echando las bases, los futuros sistemas filosóficos que lo han de trastornar.

El ruido de los carros le infundía pavor; un ramillete de confitería que pasara por la calle con el tradicional angelito de alas desplegadas, -le hacía sonreír deliciosamente.

Cuando Dorotea recordaba que era madre, lo cargaba, paseándolo por toda la casa: jugaba con él acercándolo al espejo para retirarlo luego precipitadamente, gritándole en la oreja: ¡guau! Este juego encantaba al pequeño. Después en la sala lo acercaba a la mesa y le mostraba los objetos.

-¡Chiche, nene, mira, chiche! ¿te gusta? Ah, no, no se agarra -continuaba la madre, viendo las intenciones del niño. Este lloraba, y entonces Dorotea volvía ante el espejo otra vez con el «guau».

Se cansaba al fin; le daba un beso y lo confiaba nuevamente a la niñera.

Le mostraban estampas, tenía bastantes juguetes de formas grotescas, cuando estos deberían hacerse representando objetos de la manera más artística que fuese posible compatible con sus precios.

Tenía, además, una colección de figuras sacadas de las cajas de fósforos.

Todo esto empezaba a darle predisposiciones a su imaginación. Esta confusión de colores y objetos generaría en él, a no dudarlo, una ansiedad por cosas noveleras, que a no ser rectificada por una educación recta y sólida le haría en lo porvenir bastante mal a su criterio en la apreciación de los hechos y las cosas.

Su misma madre ya lo estaba inclinando al lujo cuando los días de fiesta lo empaquetaba, terminaba siempre por prodigarle más caricias de las acostumbradas y decirle, señalando la pollerita: ¡chiche!

El niño, cuando veía pasar por la calle un nene bien vestido, llamaba hacia él la atención de su madre y decía en su encantadora media lengua:

-Mamá: ¡chiche! y sonreía denotando la mayor alegría.

Ni una vez siquiera lo habían sacado al campo, no había visto ni un pedazo vivo de la naturaleza: todo lo que tenía ante sus ojos era falsificado: no se había embriagado en el perfumen de las flores ni oído el clamoreo de las aves cantando dichosamente a la existencia en una mañana de primavera.

Su gusto por los perfumes estaba formándose con el pachouli, disfrazado con otros nombres, que usaba Dorotea en su pecho y pañuelo y la vista la tenía ya cansada con las flores artificiales, mal hechas y percudidas, que había en las macetas de adorno al lado de la ventana. La vida de invernáculo de la ciudad moderna tendía ya la traidora tela de su influencia, engañando sus sentidos con nociones falsas, que más tarde turbarían su criterio y lo harían vagar en un mundo de convención.


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