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Inquietudes sentimentales/XII

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XII

Eran sus manitas como dos mariposas inquietas, como dos capullos recién abiertos a la brisa.

Era su boquita un cántaro de rubies que, por capricho de la naturaleza, habían adquirido vida y sangraban.

Eran sus ojos, dos lagos bajo la serenidad de un plenilunio, donde se escondió todo el azul del éter.

Y era su frente, una placa de marfil en la cual el destino escribió, con lapizlázuli, raras cifras incomprendidas.

Sus cabellos eran topacios diluidos, y al desparramarse en mis brazos fulguraban como hilos diamantinos de estrellas.

Qué linda era!

¡Qué linda y qué tierna!

Vino al mundo para hacerme sentir lo que era adoración, para hacer conocer a mi regazo la más dulce de las cargas, para despertar en mi corazón el más santo y bello de los ideales.

¡Y se fué...!

Se fué aquella realidad de un sueño.

¿Es posible, Dios mío, decir que los muertos están más solos que yo?