Inquietudes sentimentales/XLIII
XLIII
El hada maléfica de las aguas ha salido a recrearse sobre la superficie del mar. Es una bacante loca hecha de opalinos fuegos chinescos y danza sobre las ondas, como la luz.
Sus cabellos larguísimos se desplegan en filamentos metálicos y ondulan al viento, quebrándose en mil colores fantásticos.
Con sus ojos profundos de esmeralda no tallada, el hada hipnotiza a los horizantes, los disminuye, los pulveriza.
Baila, baila infatigable; sus carcajadas se refugian en las rocas, produciendo más armonía que el ruido de las olas.
La túnica que cubre sus miembros helados con argentadas escamas, queda sobre las ondas en dulce vaivén de resto náufrago.
Mientras la marea crece sorbida por la luna, el hada enloquecida aumenta la danza, y son ya convulsiones espasmódicas las contorsiones de su cuerpo, que se pierden en el cielo, como iluminaciones veladas.
Pasa un meteoro azotando la bóveda con su cola radiante; el hada espantada se sumerje en las profundidades del océano.
En el sitio donde desaparecieron sus larguísimos cabellos, asoma un pulpo aprisionando en sus tentáculos la enfermedad de mi espíritu, un mal extraño un extrañísimo mal de amores.