Inquietudes sentimentales/XLIV
XLIV
¡Anuarí! ¡Mágico espíritu de mi vida!
Anuarí, dulzura ignota que te has dado a mí en un rasgo de generosidad que te agradeceré de hinojos.
¿Anuarí ¿por qué eres cruel? ¿No ves, acaso, mi martirio?
He espiado en los espejos tu llegada, y he atisbado tu figura en los rayos velados de la lámpara. No llegaste, y mi agitación ha terminado en un desfallecimiento que me ha hecho caer de bruces sobre el lecho y abrazarme gimiendo a las almohadas.
Anuarí, ¿no ves que yo encuentro en tus ojos mi perdida dicha?
¿Sabes que he despreciado a todos los hombres para darme sólo a tí, espíritu purísimo?
Anuarí, me aterroriza pensar que algún día no vendrás más; que quedaré a ciegas con mis brazos tendidos, esperándote en un desgarramiento del alma, ya sin fin...
¡Anuarí, Anuarí!
Quédate en mí.
Seré más fiel que tu sombra, y más buena que la madre que ha dado a luz.