Inquietudes sentimentales/XXIV
XXIV
El viento remolinea las hojas secas en la esquina de las aceras.
El viejecito del barrio, vestido en guiñapos innobles, irónico disfraz de la miseria, jorobado por el peso del saco que maltrata sus enclenques hombros, mira con codicia las basuras del tacho que ha quedado olvidado a la puerta de una casa.
En este momento toda la aspiración de ese vie—' jo es apoderarse de la asquerosa roña que contiene ese tarro. Y ese ser tiene dos piés y anda con la frente alta como los que tienen alma.
¡Maldita miseria destructora que arrastras más seres que la muerte! Cuántos hombres hay que careciendo hasta de un jergón para dormir, van a descansar bajo los puentes del río, y por todo abrigo tienen el fango!
¡Qué sarcasmo! Y arriba, en el cielo, hay una blanca sábana que cubre a espíritus alados que no han sufrido, que no saben qué horrible clave encierra la palabra vivir.
Y los hombres que son felices, porque la suerte impía los ha mimado, se embarcan en el bajel de la indiferencia, pletóricos de vida, remando en un mar de sangre, de la sangre de sus semejantes.
No soy feliz ni podría serlo; porque, entonces, no sería hermana de los miserables; porque no tendría el alma ilimitada de indulgencia.